CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

viernes, 27 de enero de 2012

DE CÓMO EL ADOLESCENTE ILDEFONSO MANUEL GIL PERDIÓ LA VIRGINIDAD EN SARRIÓN (III): UN VERANO INOLVIDABLE.

            Como señalábamos en la entrada anterior, en el verano del año veinticinco, Ildefonso pasó dos semanas en Sarrión. Así, para la víspera de la Virgen de Agosto, malhumorado y con pocas ganas de realizar el viaje, el joven se dispuso a pasar unos días de fiesta en el mencionado pueblo turolense. Pronto descubriría que sus previsiones habían sido erróneas y las vacaciones fueron en verdad magníficas.
            Su llegada al pueblo la recuerda de la siguiente manera: “Las carreteras han cambiado tanto en los últimos catorce o quince años que algunas de mis referencias al verano de 1925 estarán por completo erradas, Sarrión estaba a la derecha de la carretera y un poco más adelante y a la izquierda había un montecillo que era toda su extensión cónica una finca del tío Aurelio, bautizada, quizás irónicamente, con el tristemente célebre nombre de Gurugú; la finca la habían comprado por los días peores de la guerra de Marruecos. Una porción de la base de la colina cónica era regable y allí habían plantado frutales. Por las faldas, almendros y por un lado más abrigado, chumberas. Ninguno de esos árboles estaba aún en edad de dar frutos. Quedamos en que el año siguiente iría yo a la primera recolección”.  En esta finca [en la actualidad todavía hermosa en su decrepitud, añado], Aurelio cultivó diferentes tipos de plantas medicinales que luego utilizaba en sus laboratorios. En las labores de recolección y extracción de esencias trabajaron muchas mujeres del pueblo, entre ellas mi abuela Rosa Gámir, quien, por cierto, como se puede suponer por su apellido, era familia del farmacéutico sarrionense.
            Los días pasaban rápido entre paseos, conversaciones y viajes a localidades próximas como Manzanera, Rubielos o Mora. A principios de septiembre, los Gámir tienen que ir a Valencia a una visita de pésame y deben hacer noche en la ciudad del Turia. De esta forma, el muchacho y las dos niñas del matrimonio (por esa fecha la mayor tenía cinco años) quedaron al cargo del ama de llaves y de una niñera, “Parito”, quien según refiere el escritor, “no era la habitual, sino una estudiante de Magisterio, recién comenzada su carrera y que dejaría de cuidar a las niñas el 30 de septiembre, para hacer en Valencia su segundo año de estudios. Había hecho en Sarrión una buena amistad con otra estudiante mayor que ella”. Días antes, una noche que hubo música y baile, el muchacho y “Parito” acudieron al mismo y bailó toda la noche con “Justi”, la amiga de la niñera que “hacía difícil bailar, porque se arrimaba tanto que casi había que llevarla a peso. No bailó más que conmigo y se enfadó cuando Parito y yo nos fuimos a casa, porque la señora le había dicho que a las doce quería vernos de vuelta”.
            Ya en el día de ausencia de los Gámir y como confiesa el propio Ildefonso de manera recatada y elíptica, “la tarde de aquel primer día de setiembre, en la caseta de Gurugú, con Justi y sin dejar de oír las voces del ama, de Parito y de las niñas, fue para mí tan inesperada y sorprendente, como gozosa e inolvidable. Más que una humanización de lo visto en la Vaquería fue una deslumbrante revelación de lo hermosa que, alguna vez, puede ser la vida para un confiado mocico de trece años, siete meses y ocho días”. Evidentemente, “lo visto en la Vaquería” se nos refiere en un capítulo anterior, en el cual Ildefonso nos describe como siendo niño aún conoce el sexo al ver a un toro cubriendo a una vaca. Gozosa experiencia de vida y de recuerdo de infancia-adolescencia.
           Hasta aquí nuestro particular homenaje al gran escritor que fue -decano durante muchos años de las letras aragonesas- Ildefonso Manuel Gil.

lunes, 23 de enero de 2012

DE CÓMO EL ADOLESCENTE ILDEFONSO MANUEL GIL PERDIÓ LA VIRGINIDAD EN SARRIÓN (II): EL FARMACÉUTICO GÁMIR Y LA BARDANA.

 En Un caballito de cartón. Memorias, 1915-1925 (Zaragoza, Xórdica, 1996), Ildefonso Manuel Gil rememora su niñez en Daroca y dedica todo un capítulo, significativamente titulado “Aquel verano”, a recordar unas imperecederas vacaciones en Sarrión, durante las cuales tendrá lugar su primera experiencia sexual.
            Los hechos se sucedieron de la siguiente manera: el padre de Ildefonso era farmacéutico y compañero suyo de la Facultad fue el sarrionense Aurelio Gámir, quien con el tiempo se convirtió en uno de sus mejores amigos –el Ildefonso niño lo llamaba cariñosamente tío-, pues además de estudiar juntos la carrera trabajaron también juntos en la Farmacia Gayoso y en sus laboratorios. Gámir se estableció en Valencia y su farmacia, ya por los años veinte, era una de las más importantes de la ciudad del Turia.
            En estas circunstancias, en el verano de 1922, Aurelio Gámir pasó con  su familia unos días con los Gil en Daroca. Según nos confiesa Ildefonso “iba buscando datos prácticos sobre la abundancia, en ribazos y zonas marginales de la vega del Jiloca, de una planta conocida por el nombre de bardana. Esa planta tenía entre el pueblo cierta fama de medicinal, más en un marco de superstición que de ciencia. Gámir había seguido el ejemplo del madrileño Gayoso y tenía un buen laboratorio de fármacos. Era el momento en que los específicos elaborados en serie comenzaban a sustituir las fórmulas magistrales. Estaba trabajando en un proyecto de obtener un depurativo, cuya base era la bardana; hasta el pnto de que el nombre iba a ser Bardanol Gámir”. El farmacéutico sarrionense terminó alquilando unas tierras en la zona para el cultivo de las mencionadas plantas, razón por la cual continuó periódicamente visitando Daroca y a los Gil.
            Debemos significar que algún tiempo después, el farmacéutico Gámir comercializó un fármaco con el nombre de Bardanol (gel de bardana y estaño; preparado dermatológico que ya había patentado en el año 1919). De hecho, Aurelio Gámir ingresó en el año 1935 en la Academia de Medicina de Valencia ocupando uno  de los sillones reservados a farmacéuticos. Su discurso de recepción versó sobre “Notas sobre estabilización y cultivo de la bardana, digital y belladona.” La personalidad de este investigador es tan interesante que en un futuro próximo le dedicaremos una entrada.
            Volviendo al tema que nos ocupa, en justa correspondencia, en el verano del año veinticinco, Ildefonso pasaría dos semanas en Sarrión, pero esto lo dejaremos para la próxima entrega. CONTINUARÁ


domingo, 22 de enero de 2012

DE CÓMO EL ADOLESCENTE ILDEFONSO MANUEL GIL PERDIÓ LA VIRGINIDAD EN SARRIÓN(I): INTRODUCCIÓN


FOTO TOMADA DEL BLOG DE ANTÓN CASTRO

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Ildefonso Manuel Gil (Paniza, 1912-2003) y queremos sumarnos desde aquí a los diferentes homenajes que se le tributarán a lo largo de este año por toda la geografía aragonesa.
Licenciado en Derecho y Doctor en Filosofía y Letras, enseñó desde 1962 a 1984 en diversas universidades de U.S.A., llegando a ser Profesor Emérito de la City University of New York y Numerario de la Academia de la Lengua Española y de la Spanish Society. Por su extensa obra (ha abordado todos los géneros: novela, poesía, ensayo, memorias, monografías, estudios literarios, ediciones críticas y traducciones, etc.) recibió en 1992 el Premio Aragón de las Letras, uno de los muchos que consiguiera a lo largo de su dilatada carrera.
            Escritor de la generación de 1936 –como él mismo se definió-, o mejor de la de 1931, como gustaba precisar, por ser la fecha en la que publicó su primer libro de poemas, Borradores. Como para el resto de los españoles de su generación, la guerra civil lo marcó profundamente: perdió su puesto administrativo, estuvo encarcelado en el Seminario de Teruel a punto de ser fusilado (fruto de esta experiencia es su dramática y dolorosa novela, Concierto al atardecer, publicada en 1992 en la Colección Crónica del Alba del Gobierno de Aragón) y sufrió un largo exilio interior, hasta que en 1962, invitado por su amigo, el escritor Francisco Ayala, viajó a Estados Unidos para impartir clases de literatura española.
            A su jubilación, en 1983, regresó a España y se instaló en Zaragoza, donde dirigió desde 1985 hasta 1993 la Institución “Fernando el Católico”, meritoria etapa de la que cabe destacar la recuperación del importante escritor aragonés Benjamín Jarnés, del que fue amigo y discípulo.
            Su nombre es uno de los importantes de la poesía española de posguerra y resulta fundamental para la poesía aragonesa del siglo XX. Títulos como Poemas del dolor antiguo (1945), Homenaje a Goya (1946, revidado en 1972 bajo el título Luz sonreíd, Goya, amarga luz), El tiempo recobrado (1950), El incurable (1957), Los días del hombre (1968), Elegía total (1976), Poemaciones (1982), Las colinas (1989) o Hectapoemario (1995), conforman una trayectoria poética de hondo calado lírico, densa y comprometida con su tiempo.
            Como novelista debemos destacar La moneda en el suelo (Premio Internacional de Primera Novela, 1950, publicada por José Jarnés en Barcelona en 1951), Juan Pedro el dallador (1953) –adaptada al cine con el título Ley y raza, dirigida por José Luis Gonzalvo y protagonizada por Antonio y La Chunga-, Pueblonuevo (1960) y la ya citada, Concierto al atardecer (1992).
              Para saber más sobre su vida y su obra BLOG DE ANTÓN CASTRO
CONTINUARÁ...

viernes, 13 de enero de 2012

CUENTOS DE CINE PARA LEER CON MÚSICA (IV): "MOON RIVER"


POR FAVOR, ANTES DE LEER EL TEXTO PULSE EL PLAY DEL VÍDEO.


video

                  "Río de luna… viejo creador de sueños. Adondequiera que vayas te seguiré."
                                                                           
                            Para Julia, compañera de estudios. Por esas casualidades que tiene la vida.
  
   Cuando descubrí sus ojos verdeazulados de pizpireta adolescente observándome a través de los cristales del escaparate, supe que nuestros destinos terminarían escribiendo una trágica historia de amor en el futuro; fue un flechazo a primera vista. Todos los días pasaba por delante del establecimiento y me miraba con el deseo creciente -placentero en la espera- de quien sabe que no es llegado el momento.
   Pronto, las coletitas color vainilla dieron paso a una larga melena de un rubio oxigenado, y la mochila escolar se convirtió en un pequeño bolso rojo, que hacía girar como las aspas de un molino, mientras masticaba el chicle de su vida a toda velocidad y esperaba en la esquina de la calle a su príncipe azul. Sin darnos cuenta, su aspecto saludable de limón fresco se transformó en una elegante y extremada delgadez. Cuando se paraba a mirarme y bajaba hasta la punta de su respingona nariz las gafas de sol, podía observar unas tremendas ojeras enmarcando sus ojos transparentes como agua de lluvia, realzando, más si cabe, la luminosidad calida y viva de su mirada. 
   Un buen día, se presentó vestida como una estrella de cine clásico, con su pelo y su arrogancia de gata salvaje recogidos en un moño alto que coronaba su rostro  transido de tristeza contenida, tarareaba una canción  -tal vez “Moon River”- , sacó de su bolso una polvera y guiándose con su espejito, se repasó los labios, se coloreó las mejillas, se marcó los bordes de los ojos y se sombreó de azul los párpados. Finalmente, le dio una leve patadita a un gatito que la acompañaba y se dispuso a entrar en la tienda.
   Todo sucedió con gran rapidez. Empuñando una pequeña pistola apuntó al dependiente y lo conminó a liberarme de mi prisión de cristal. Nuestras miradas se cruzaron por un instante y pude disfrutar de su trágica belleza terminal. Precipitadamente salió huyendo a la calle, entre sus manos anhelantes me sentí más ligero, como si el cálido viento de verano, que agitaba el toldo de la joyería, hubiera soplado dentro de mí, sentí su pulso en mi cuerpo y un tibio placer de gozo me inundó antes de salir volando por los aires y diseminarme en mil cuentas al estrellarme contra el asfalto cuando un taxi a toda velocidad la arrolló al cruzar la avenida. En su cara de ángel vi el último fotograma de toda una vida de cine que nunca fue. Ella y yo, su fiel amigo, su río de luna, buscábamos lo mismo, el final del arco iris.

sábado, 7 de enero de 2012

NUESTROS MAYORES (I): RICARDO BALLESTER, JOTERO DE LA PUEBLA DE VALVERDE.

"Estas tres jotas llévalas en nombre de Juan García", recuerda que le dijo el tenor de Sarrión -en esos momentos un divo de la ópera y de la zarzuela nacional e internacional-, allá por el año 1931, cuando Ricardo apenas contaba ocho años. Había viajado desde su localidad natal, La Puebla de Valverde, para sumarse al homenaje que el pueblo de Sarrión dedicó a su ilustre paisano y cantarle tres jotas que hoy, ochenta años más tarde, todavía siguen vivas en su memoria. Ricardo, aragonés de pura cepa, ha cumplido con su palabra, vaya si ha cumplido, siempre que tiene ocasión cuenta esta anécdota. El gran cantante que fue Juan García no se equivocó, aquel muchacho ha paseado su nombre por múltiples escenarios y lo ha recordado con admiración siempre que ha tenido ocasión. Si yo lo hubiera conocido a tiempo, le hubiera pedido una colaboración para el apéndice del libro que escribí sobre el tenor, pero como no fue así, le dedico esta entrada como particular homenaje a un hombre fiel a su palabra y a dos grandes voces: la de su mentor, Juan García, y la de Ricardo, un hombre agradecido.
De Ricardo supe por una entrevista que realizó para la Cadena Ser en Teruel -una iniciativa digna de continuarse consistente en recuperar para los oyentes las vidas de personas mayores-,  en la que en breve tiempo sintetizó su trayectoria vital y esbozó el canto de alguna jota. Aquí subo un resumen de la misma.


Ricardo es un hombre afable, parlanchín y decidor, con una memoria prodigiosa, al que le gusta cantar jotas y regalar su voz a todo el que quiera escucharlo. En la vida ha sido un todoterreno, nació en La Puebla de Valverde en 1923 y con 12 años ya estaba de pastor; con 14 años tiraba pinos con el forestal de su pueblo y poco después comenzó a trabajar como peón de la construcción: ayudó a desmontar la vía minera de Ojos Negros-Sagunto y colaboró en la constucción de los edificios de la emisora de televisión del pico de Javalambre, entre otras muchas obras. Con una instrucción primaria, le gusta leer y manifiesta un gran interés por todo aquello que tiene que ver con la Historia de Aragón. De hecho, entre múltiples borradores sobre personajes históricos de nuestra Comunidad (Agustina de Aragón, Ramiro II, etc.), tiene escrito un proyecto de memorias sobre sus vivencias en la guerra civil de gran interés, en el que se recogen los sucesos acaecidos en la puebla de Valverde en el verano del año 1936 con la Columna Casas Sala, el cambio de bando de los guardias civiles y los posteriores fusilamientos.
La afición por la jota le viene de su padre, Florencio Ballester Ibáñez, que era carretero y le gustaba cantarlas. Él lo ha hecho desde que recuerda, casi siempre acompañado por la rondalla de su pueblo y cuenta con orgullo que ha compartido escenarios con los más grandes voces de su época: José Iranzo,  Jesús Gracia y Joaquín Peribáñez. Aquí dejo testimonio de ello.



No puedo concluir esta entrada sin agradecer sinceramente la colaboración prestada por la directora de la Residencia Javalambre, Inmaculada Sánchez, y la Cadena Ser en Teruel, a quienes felicito sinceramente por la iniciativa de recuperar para la ciudad la memoria de muchos de sus residentes. Al fin y al cabo, las personas mayores son el disco duro de un mundo que desaparece, pero que todavía está vivo entre nosotros; no son muebles ni trastos viejos arrumbados en un almacén de antigüedades, son personas con mucha vida, mucho que contar y mucho que aportar, y más en unos momentos como los que estamos pasando, donde todos somos pocos para sacar esto adelante, la experiencia siempre ha sido un grado, hagámosla valer y escuchémoslos. Ellos nos lo agradecerán y nosotros también.


martes, 3 de enero de 2012

BUÑUEL EN ANÉCDOTAS (y XIII): ¿ES VERDAD QUE ERES MARICÓN?

Esta fotografía es una de las más populares de Buñuel –y también de Lorca-, dos grandes amigos que se conocieron en la Residencia de Estudiantes, pero la historia que se esconde tras ella, tras la sonriente cara de Lorca y la más seria y abstraída de Buñuel, quizá no sea tan conocida. Los hechos ocurrieron así en palabras del realizador aragonés.
“Federico García Lorca no llegó a la Residencia hasta dos años después que yo. Venía de Granada, recomendado por su profesor de Sociología, don Fernando de los Ríos [de hecho, se dice que Lorca llegó a concluir la carrera sin haber pisado las clases], y ya había publicado un libro en prosa, Impresiones y paisajes […] Nuestra amistad, que fue profunda, data de nuestro primer encuentro. A pesar de que el contraste no podía ser mayor, entre el aragonés tosco y el andaluz refinado –o quizás a causa de este mismo contraste-, casi siempre andábamos juntos […] Alguien vino a decirme que un tal Martín Domínguez, un muchachote vasco, afirmaba que Lorca era homosexual. No podía creerlo. Por aquel entonces en Madrid no se conocía más que a dos o tres pederastas (sic), y nada permitía suponer que Federico lo fuera. Estábamos sentados en el refectorio, uno al lado del otro, frente a la mesa presidencial […] Después de la sopa, dije a Federico en voz baja:
-Vamos fuera. Tengo que hablarte de algo muy grave.
Un poco sorprendido, accede. Nos levantamos.
Nos dan permiso para salir antes de terminar. Nos vamos a una taberna cercana. Una vez allí, digo a Federico que voy a batirme con Martín Domínguez, el vasco.
-¿Por qué? –me pregunta Lorca.
Yo vacilo un momento, no sé cómo expresarme y a quemarropa le pregunto:
-¿Es verdad que eres maricón?
El se levanta, herido en lo más vivo, y me dice:
-Tú y yo hemos teminado.
Y se va.
Desde luego nos reconciliamos aquella misma noche. Federico no tenía nada de afeminado ni había en él la menor afectación […]
Guardo una fotografía en la que estamos los dos en la moto de cartón de un fotógrafo, en 1924, en las fiestas de la verbena de san Antonio en Madrid. En el dorso de la foto, a las tres de la madrugada (borrachos los dos), Federico escribió una poesía improvisada en menos de tres minutos, y me la dio. El tiempo va borrando poco a poco el lápiz y yo la copié para no perderla. Dice así:
La primera verbena que Dios envía
es la de San Antonio de la Florida.
Luis en el encanto de la madrugada
canta mi amistad siempre florecida,
la luna grande luce y rueda
por las altas nubes tranquilas,
mi corazón luce y rueda
en la noche verde y amarilla,
Luis mi amistad apasionada
hace una trenza con la brisa.
El niño toca el pianillo
triste, sin ua sonrisa,
bajo los arcos de papel
estrecho tu mano amiga.

Quizá la introspección de Buñuel se deba al peso de la culpa; Lorca ha olvidado y perdonado, disfruta como un niño, luego le regalará un poema a su amigo del alma.
Todas las fotos encierran una historia, ésta es de sincera amistad juvenil.