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viernes, 10 de abril de 2026

 

RAMÓN J. SENDER ANTE MARILYN MONROE: FRIVOLIDAD Y ABISMO



            La visión que Ramón J. Sender ofrece de Marilyn Monroe en su libro Monte Odina es mucho más compleja de lo que podría esperarse de un simple retrato de admiración. No se trata solo de la evocación de una estrella de cine deslumbrante, sino de una reflexión sobre la frivolidad, el erotismo, la inteligencia y la soledad del genio en el mundo contemporáneo. Sender, que la conoció personalmente, construye una imagen paradójica: la de una mujer aparentemente ligera y, al mismo tiempo, profundamente trascendente.

            Desde el comienzo, el escritor la sitúa entre esas actrices que, además de talento, estaban dotadas de “un genio movedizo y espumoso” y de un cuerpo lleno de atractivos. La compara incluso con Joan Crawford, a quien considera quizá más talentosa pero menos hermosa. Sin embargo, para Sender, Marilyn ocupa un lugar singular: es la “novia universal”, figura casi mítica cuya muerte —suicidio trágico— añadió a su imagen frívola un “doble fondo” de resonancia cósmica.

            El autor concede importancia al libro de Maurice Zolotov, dedicado a la actriz en vida de ella. Allí, sostiene, que no todo es opinión del biógrafo: muchas afirmaciones estaban inspiradas o dictadas por la propia Marilyn. Ella quería que ciertas cosas se supieran. Y Zolotov obedecía. ¿Quién no habría obedecido?, sugiere Sender, consciente del magnetismo irresistible de la actriz.

            Uno de los ejes del texto es la reivindicación de la frivolidad. Para Sender, la frivolidad no es superficialidad vacía, sino una dimensión necesaria de la existencia. Marilyn era “tan frívola que no había más remedio que tomarla en serio”. Su belleza clásica despertaba en el hombre un sentido también clásico y eterno de la masculinidad. Restablecía el “amor-voluptuosidad” frente al amor nupcial, canónico, supuestamente “puro”. En esa línea, la compara con el mito de Don Juan Tenorio: así como Don Juan defendía los derechos del deseo frente a la moral rígida, Marilyn encarnaba una versión femenina —“Donjuanita”— de esa misma reivindicación natural.

            Pero bajo esa exaltación hay un trasfondo doloroso. Sender recuerda que, siendo niña, fue violada por un hombre con discapacidad mental que le dio un níquel para comprar su silencio (esto es parte de la mítica). Ese comienzo “horrible” contrasta con la posterior idolatría masculina: hombres dispuestos a pagar fortunas por una sola noche con ella (incluso por ocupar el nicho superior al suyo). La frivolidad, por tanto, no niega el trauma, sino que convive con él.

            El escritor la conoció en Nueva York, en una reunión presidida por Arthur Miller. Aunque Miller hablaba elocuentemente, nadie le escuchaba: todas las miradas se dirigían a Marilyn, que repartía sonrisas con una atención infantil y lisonjera. Sender describe una amistad teñida de ingenuidad, más cercana al juego que a la galantería. En otra ocasión, hablando de amor, Marilyn confesó que llevaba años esperando al hombre que la “venciera y convenciera”. Esa idea de la batalla amorosa revela una concepción de los sexos distante de la igualdad abstracta: para ellas, decía Sender, la diferencia era natural y complementaria.

            Muchos no la tomaban en serio. Los productores afirmaban que cada pulgada de su cuerpo era sexo. Sender añade que también lo era cada matiz de su personalidad. Su aparente simpleza escondía una complejidad nerviosa extraordinaria. “Nada tan trabajado como ciertas formas de sencillez”, afirma, recordando que la frivolidad puede ser fruto de una elaboración constante.

            La biografía de Zolotov introduce elementos freudianos: su impuntualidad como castigo inconsciente a una sociedad que la abandonó en la infancia; la madre internada en un hospital psiquiátrico, sostenida económicamente por ella; la necesidad de escuchar música clásica antes de posar para un calendario. Son detalles que desmienten la trivialidad. También su memoria minuciosa —recordaba el menú de su primera comida con Joe DiMaggio— y su negativa a subir al cuarto del hotel “para ver trofeos”, gesto que Sender interpreta como discreta responsabilidad.

            La lista de hombres que admiraba —Marlon Brando, John Huston, Arthur Miller, Jerry Lewis y Jawaharlal Nehru— revela una combinación espontánea y barroca. Frente a la gravedad trágica de Greta Garbo, símbolo de la “mujer fatal”, Marilyn representaba el derecho al amor-orgía sin fatalidades añadidas. Era, según Sender, un valor definidor de su tiempo.

            Su muerte ocurrió cerca de donde él vivía, junto al campus de Universidad de California en Los Ángeles. La noticia le impresionó, aunque no le sorprendió del todo: sufría depresiones, la “soledad de las alturas” propia de los genios. Sender la equipara, en esa soledad, a figuras como Charlie Chaplin, Bernard Shaw o Albert Einstein. Para él, también Marilyn era un genio, una supernova: pequeña, explosiva, destinada a estallar.

            Uno de los pasajes más reveladores es el diálogo sobre Dios en la terraza de un planetario de Los Ángeles. Ella duda; él responde que ha visto a Dios en la sonrisa de un hijo y en el rostro de una madre muerta. “Eso es poesía”, replica Marilyn. Y concluye: “Sólo la poesía es verdad en la vida”. La actriz, que se sentía en pecado, muestra aquí una inquietud religiosa inesperada. Sender la tranquiliza con una imagen audaz: Dios, más generoso que un juez humano, concede siempre un último deseo, y ese deseo sería el perdón.

            Tras el suicidio, todos revisaron su juicio sobre ella. Sender no. Siempre había sostenido que para parecer tan deliciosamente tonta debía de ser muy inteligente. Arthur Miller, en cambio, escribió después sobre ella una obra de teatro considerada casi sacrílega por los críticos, mientras Joe DiMaggio acudía con flores al lugar de la muerte.

            La imagen final es poderosa: Marilyn, cruzada en la cama, el teléfono descolgado, la sonrisa infantil intacta. ¿Qué número quería marcar? Sender se permite una ilusión imposible. La distancia entre su casa y la de ella era de diez minutos; la distancia entre la vida y la muerte, infinita. Frívola y gozosa, supernova estallada, Marilyn encarna en la mirada de Sender la paradoja suprema: saber que se posee belleza y éxito, y aun así sucumbir al abismo. Y en ese “sin embargo” final queda suspendido el misterio.

jueves, 2 de abril de 2026

 

SOMBRAS EN FOCO





            En Estás en mis ojos, Angélica Morales nos entrega mucho más que una novela. Nos ofrece una mirada detenida, firme, poética y brutal sobre lo que no se quiso ver y lo que aún sigue invisible. Publicada por Editorial Destino, esta obra confirma su madurez como narradora sin renunciar a su raíz poética: una historia tejida con precisión quirúrgica, lirismo contenido y una conciencia aguda sobre la violencia estructural que atraviesa a las mujeres, también en la literatura.

            Premiada en 2024 con el Búho por La casa de los hilos rotos y con el Santa Isabel de Portugal de poesía por Dolor —reconocimientos que suma a otros muchos obtenidos con anterioridad y que, sin duda, seguirá ampliando—, Morales se encuentra en un momento “dulce” de su carrera. Fiel a su naturaleza poética, su narrativa continúa siendo una prolongación de esa sensibilidad. En esta ocasión, la escritora turolense afincada en Huesca reconstruye —y reimagina— la historia de Hélène Roger-Viollet, fotoperiodista pionera, feminista, visionaria, empresaria y víctima de un asesinato tan brutal como el olvido posterior que eclipsó su obra.

            Estás en mis ojos es un thriller hipnótico, a la vez reconstrucción biográfica y ejercicio de memoria lúcida y reveladora. La novela transcurre en dos tiempos narrativos que dialogan entre sí con intensidad y profundidad. En 1985, en un París aún teñido por sus propias penumbras históricas y emocionales, Hélène es brutalmente asesinada por su esposo y socio, Jean Fischer. No interpreten esto como un espóiler ni como un giro inesperado, este crimen es el punto de partida del relato, su impulso inicial, lo que activa todas las piezas de la trama. La inspectora Isabel Santolaria, encargada de esclarecer el caso, se ve arrastrada no solo por la oscuridad del crimen sino también por la de su propia vida, marcada por una relación tóxica y opresiva con Michel Étienne.

            Treinta años más tarde, Isabel vive retirada en el valle de Hecho, dedicada a la escritura desde las sombras. Su aparente calma se ve sacudida cuando recibe un encargo inesperado: escribir la biografía de Hélène. Aceptarlo implica enfrentarse al pasado, no solo al de la víctima, sino al suyo propio. Lo que comienza como una labor literaria se transforma en una doble indagación: la reconstrucción de una vida truncada y la revisión íntima de una herida aún abierta.

            Este viaje hacia la verdad nos lleva mucho más allá del crimen. Retrocedemos hasta 1936, al inicio de la Guerra Civil española. Luego nos desplazamos al Argel de la Segunda Guerra Mundial, atravesamos la efervescencia de la Cuba revolucionaria, y, en paralelo, se intercalan los momentos del presente de Isabel —al silencio, al retiro, y al pulso íntimo del acto de escribir— en casa Martina, ubicada en el sereno y hermoso valle pirenaico de Hecho. Allí, en ese paisaje de calma aparente, se desenredan los hilos de la historia y de la memoria, iluminando las zonas oscuras que el tiempo no ha logrado borrar.

            La gran potencia de esta novela reside en cómo Morales convierte la mirada —literal y metafóricamente— en el eje narrativo. La inclusión de la optografía, esa vieja pseudociencia que creía que los ojos conservaban la última imagen antes de morir, no funciona aquí como simple recurso de intriga, sino como una poderosa metáfora. ¿Qué imágenes quedan impresas en la retina de la memoria? ¿Qué verdades nos negamos a ver? En ese gesto, Morales hermana la mirada fotográfica de Hélène con la mirada narrativa de Isabel, seguramente también con nuestra propia mirada de lectores.

            Morales no escribe desde el morbo ni desde la estadística, sino desde la necesidad de devolver a Hélène su lugar como sujeto y no solo como víctima. Esta novela invierte el relato histórico, que tantas veces se limita al crimen y se olvida de la vida. Hélène, mujer adelantada a su tiempo, inteligente, carismática, no especialmente “bella” según los cánones, pero luminosa e imponente, emerge aquí como figura plena: artista, empresaria, jefa, feminista, pero también, mujer enamorada y… superviviente de su tiempo… hasta que dejó de serlo por obra de un hombre incapaz de vivir a su sombra.

            La ambientación de París, especialmente en los años 80, es otro de los logros del texto. Es un París que ya no existe, pero que sigue palpitando entre las calles húmedas, las paredes con moho y las voces que se cuelan desde las fotografías. Junto a ello, como hemos anticipado, la presencia de los valles altoaragoneses y el fenómeno de las “golondrinas” —esas mujeres migrantes de ida y vuelta— le dan al relato una profundidad telúrica, muy conectada con lo real y con lo íntimo.

            Estás en mis ojos es una novela negra, sí, pero también es una historia de memorias cruzadas, de secretos familiares, de traumas encarnados y de mujeres que, aun equivocándose, intentan nombrar su dolor. Morales construye personajes complejos, quebrados y honestos (excelentes secundarios son la criada argelina; el matrimonio de homosexuales que tienen alquilada la zapatería de Rosario; Marguerite y Jacqueline...). Isabel Santolaria no es solo una testigo: es otra víctima del mismo sistema que anuló a Hélène. Y su proceso de reconstrucción a través de la escritura es también el de muchas lectoras que han sido silenciadas de formas más sutiles.

            Esta es una novela que no teme a la oscuridad,  más bien persigue la luz. Angélica Morales demuestra que escribir es mirar de frente, aunque duela. Y que las historias, cuando son verdaderas, se nos quedan impresas en los ojos mucho tiempo después de haber cerrado el libro.

            Una obra imprescindible. Conmovedora, inquietante y necesaria.

 

Angélica Morales, Estás en mis ojos, Barcelona, Destino, 2025.