CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

jueves, 28 de marzo de 2013

MINGOTE. UN GENIO DEL SIGLO XX... Y DEL XXI


APROXIMACIÓN BIOGRÁFICA (III)



Un año antes, en 1946, un compañero de pensión le llevó a Álvaro de Laiglesia, a la sazón director de La Codorniz en su segunda etapa, unos cuantos dibujos que fueron suficientes para que lo admitieran como colaborador habitual y todoterreno: chistes, dibujos, artículos, críticas y relatos (“Amor desgraciado”, “El trompeta”, “Mamá de pistolero”, “El caso de Lord Creek”, etc.). Creó el personaje el novel enmascardo, ilustró la novela de Fernández Flórez, El malvado Carabel, y fue dando cuerpo y vida a sus personajes más exitosos de ese momento, la pareja siniestra – bautizados por el escritor Ángel Palomino como Clodulfo y Lisarda-, una especie de “familia Addams” a la española, que simbolizaba la “España negra”, rancia y caduca. Más tarde los retomaría en Don José, llamándolos simplemente esos dos, revista de humor que entroncaba con la primera Codorniz -la capitaneada por Mihura-, y que Mingote dirigió desde sus comienzos en julio de 1955, hasta su número 107, para poco después desaparecer, constituyendo “uno de los más bellos fracasos de la prensa española”.



Los ideales carlistas del joven Mingote se atemperaron y aunque siguió como militar en activo para sobrevivir, poco a poco fue definiendo un camino personal que se decantó por la inteligencia y, sobre todo, por el sentido común, de manera que comenzó a mostrarse crítico con el régimen desde su tronera de francotirador de La Codorniz y participó, sin duda, del general anhelo de apertura común a todos los integrantes de la citada revista.
Como el mismo confesó en repetidas ocasiones, La Codorniz “fue como mi madre. Ella me parió al mundo del humor y del periodismo; ella me enseñó a comportarme con libertad, comprensión y tolerancia...” Allí entró en contacto con lo que López Rubio denominó la otra generación del 27: Mihura, Jardiel, Neville, Herreros y, sobre todo, su gran amigo Tono, al que tanto quiso y admiró. Tan importante fue esta experiencia para él que siempre reconoció que La Codorniz era su tema favorito, es más, afirmaba que  “el querido pájaro es mi tema único”, “el suceso humorístico del siglo”, “un Acontecimiento Histórico Trascendental”.
Desde su ingreso en La Codorniz no dejó de dibujar y escribir. Publicó su primera novela, Las palmeras de cartón, en 1948, ilustrada por Goñi, uno de los grandes dibujantes de la época y buen amigo suyo.

martes, 26 de marzo de 2013

MINGOTE. UN GENIO DEL SIGLO XX... Y DEL XXI.

APROXIMACIÓN BIOGRÁFICA (II)



Nieto por parte de padre y de madre de dos veteranos carlistas, se alistó en las milicias falangistas y, junto con el citado Clemente Pamplona, crearon una “centuria volante” de prensa y propaganda en el Teruel sublevado. Hacia finales de agosto de 1936, publicaban una hoja semanal que se llamó Imperio azul (antecedente directo del diario Lucha). Pamplona lo recordaba así: "Mingote, para dar gusto a la mano y suplir la falta de fotograbado, dibujaba más que escribía, decorando paredes y haciendo monos con cualquiera de nosotros como protagonistas. Él y todos pertenecíamos, a su vez, a la Centuria volante, especializada en descubiertas y golpes de mano al amanecer, en el muchas veces vano intento de sorprender al enemigo, intento muchas veces desbaratado por él, que nos obligaba a retirarnos perseguidos como aquella vez en los llanos de Celadas, que nos pisaron los talones los caballos republicanos del Alfambra. Meses más tarde volvimos a encontrarnos a Mingote en el mismo escenario; era alférez provisional; Publio y yo seguíamos siendo soldados de la Centuria y periodistas."
  Más tarde lo destacaron en el Tercio de Santiago en la Sierra de Albarracín (Orihuela del Tremedal). Al recuperar las fuerzas franquistas la capital –perdida hacía escasamente un mes-, Mingote buscó noticias de sus padres y hermana; Teruel era una escombrera y solo tres o cuatro personas deambulaban entre las ruinas. Ni rastro de su familia. Meses después recibió noticias a través de Cruz Roja. Estaban bien, pero su padre había sido encarcelado.

Como integrante del Regimiento de Zamora, participó en la toma de Barcelona. Concluida la contienda, se afincó en Zaragoza y se matriculó en Filosofía y Letras, pero tras la traumática experiencia bélica, los estudios no eran ni mucho menos su prioridad –“para estudiar estaba yo”-, prefería vivir la vida y frecuentar el Plata,  hasta que  a los dos años abandonó la universidad y comenzó una efímera carrera militar. Ingresó en la Academia de Guadalajara, donde puso en circulación su primera publicación humorística, La Cabra, autoeditada a ciclostil y distribuida de forma muy local entre 1942 y 1943.


Tras un breve destino en el Pirineo y luego en Guipúzcoa, en 1944 se trasladó a la Escuela de Suboficiales de Madrid con la finalidad de estar cerca de su madre, a la que atendió hasta su muerte en 1947. 

sábado, 23 de marzo de 2013

MINGOTE. UN GENIO DEL SIGLO XX... Y DEL XXI.


    APROXIMACIÓN BIOGRÁFICA (I)       

Mingote en 1935

   Mingote fue un tímido y un modesto patológico enormemente popular, en constante estado de perplejidad, asombrado de causar asombro. Hombre solo y taciturno, no gustaba de homenajes y recibió cientos, castigo al que volvemos a someterlo cuando se va a cumplir un año de su muerte. Esperamos acepte y perdone con su habitual resignación y natural elegancia nuestro atrevimiento, que no va más allá de pretender dibujar una sintética semblanza de su persona y de su obra, de recorrer a vuela pluma su trayectoria vital y profesional con afán divulgativo. Las siguientes entregas que sucesivamente iremos presentando en el blog con un apoyo gráfico importante, han sido publicadas en forma de artículo en la revista TURIA Nº 105-106.

        Ángel Antonio Julián Orson Dulce Nombre de María Mingote Barrachina, Mingote para los amigos, fue catalán de nacimiento, madrileño de adopción, aragonés de espíritu y carácter, español por vocación y ciudadano del mundo, como todos los grandes genios que en el mundo han sido.
Con su abuelo Esteban en Sitges (1923)
            Nació en Sitges el 17 de enero de 1919 (en esta localidad ejercía como maestro su abuelo materno). Hijo del músico y musicólogo, Ángel Mingote, y de Carmen Barrachina, maestra, escritora y poeta. Poco después de su nacimiento, la familia se trasladó a Calatayud y más tarde a Daroca, ciudad en la que su abuelo paterno era alguacil, director de la banda de música y organista de su Colegiata. Aquí comenzó sus estudios en el Colegio de los Escolapios de Puerta Alta.

Daroca. Cuadro de Mingote

Mingote llegó a Teruel en 1927. Su padre trabajaba de pianista -también tocaba el violín, daba clases particulares y componía- en uno de los varios cafés que en aquel momento ofrecían en la ciudad música en directo (después de la guerra conseguiría una plaza en el Conservatorio Superior de Música de Madrid como profesor de solfeo y su presencia en él resultaría decisiva para la formación del gran compositor y músico turolense, Antón García Abril). Vivieron en la Plaza del Torico, en el tercer piso de un edificio estrecho, enfrente de la pastelería Muñoz.
Mingote en 1928

Inició sus estudios en los Hermanos de las Escuelas Cristianas de Teruel, donde se manifestó su afición por el teatro, el dibujo y la música, disciplina esta última a la que parecía destinado. Allí trabó amistad con el que andando el tiempo sería periodista y director cinematográfico, Clemente Pamplona Blasco, con quien en el futuro colaboraría en diferentes proyectos.
Mingote con su madre.
En 1929 comenzó su bachillerato en los Padres Franciscanos y lo completó en el Instituto de la ciudad. Mingote describió siempre esta época como un tiempo maravilloso de descubrimientos: “Primeras lecturas deslumbradoras. Mi madre me enseña a admirar con humildad a los admirables. Mi padre me descubre a los del 98. Ildefonso Manuel Gil, pariente y amigo muy querido, me descubre a  los del 27 y a tantos otros. Yo, por mi cuenta, descubro a dibujantes y humoristas y guardo desde entonces devoción a tres Ramones: Don Ramón, Juan Ramón y Ramón…” Descubrió también el amor –su primer amor-, una chica con la que hacía manitas a escondidas: “Nos amenazaban con enviarnos al infierno. Los curas nos hicieron mucho daño. ¿Cómo vas a hacer caso al Infierno cuando eres joven y tienes a tu lado a una preciosidad de mujer? ¡Además, eso del Infierno es un invento perverso.”

Primer dibujo de Mingote (1932). Celia y el conejo Roenueces
En 1932 remitió un dibujo de Celia –el popular personaje de Elena Fortún- y del conejo “Roenueces” al suplemento infantil “Gente Menuda”, de la revista Blanco y Negro, y se lo publicaron; algunos años más tarde, en 1936, como discípulo del ya en ese momento profesor del instituto turolense, Ángel Novella (lo consideró más que maestro un “amigo y consejero”), envió otro al concurso de portadas del diario ABC. 
Portada enviada al ABC (1936)

miércoles, 6 de marzo de 2013

JAVIER MARTÍN, Morir en agosto, Barcelona, Candaya, 2004.


                        EN LOS LÍMITES DE LA REALIDAD





                Javier Martín nació en 1965 en Andorra (Teruel). Estudió literatura francesa en la Universidad de Barcelona. Es autor de Paraguay no tiene mar (Calambur, 2002), colección de relatos muy bien acogida por la crítica (en una futura entrega la reseñaremos) y del libro de poemas La vuelta al mundo (Veruela de Poesía, 2001). 
            La novela comienza con un Preámbulo en el que el autor, utilizando el recurso cervantino del manuscrito encontrado, se desdobla en The King of Redonda, un monarca escritor-coleccionista de libros de una isla del Caribe, creando de este modo el marco narrativo de la novela, una novela que ya se nos anticipa va a ser una suerte de cajas chinas o de muñecas rusas, donde un narrador nos lleva a otro y en la que constantemente se teoriza sobre el hecho literario, sobre la misma escritura de la novela que estamos leyendo, de manera que este mismo Preámbulo se define como “ese punto en el que el principio y el final se confunden como las aguas de un delta. Una suerte de prólogo-epílogo redactado por el monarca de un lugar perdido en el Caribe, una isla que no todos los mapas señalan ni nombran, un territorio que existe y no existe, como la literatura” o como Teruel.
            En la 1ª parte, titulada Ellos, nos encontramos con toda una serie de personajes que conocieron a Santos Puebla, protagonista y autor apócrifo de la novela, alter ego de Javier Martín, aunque diez años mayor, que se dibuja y se desdibuja en las voces de su hermano, su mujer, su hija, sus amigos, algunos de los cuales son seres reales ficcionalizados como los escritores Enrique Vila-Matas, Leopoldo María Panero o el malogrado narrador chileno Roberto Bolaño, al que se homenajea en toda la novela y cuya sombra,  en especial la de su obra Los detectives salvajes, planea sobre su estructura.
            El tema del saber aparece en numerosas ocasiones vinculado con el afán de descubrir un secreto o de averiguar una verdad. Así, en la Biblia, la expulsión del Paraíso es consecuencia de satisfacer ese deseo de conocimiento, o en la mitología griega, Pandora libera los males por la misma causa. De igual forma, el hermano del protagonista de Morir en agosto, Juan Puebla, al comenzar la novela nos dirá: “Tardamos quince años en volver allí, y cuando lo hicimos, algo nos estalló entre las manos. No lo que había ocurrido, ni su recuerdo, ni siquiera la idea de culpa, que los dos compartíamos en secreto; no, eso lo habíamos superado, lo que no pudimos soportar fue la impotencia de no poder conocer la verdad. Quince años después sabíamos que ya nunca llegaríamos a saber la verdad.” Estamos, pues, ante un modelo narrativo típico: la presencia de un enigma o de una verdad por descubrir, pero, si bien el deseo de conocer, de saber la verdad y de revelarla por medio de la palabra es lo que mueve la narración, la verdad puede manifestarse –de hecho se manifiesta- huidiza o incierta, de manera que el personaje o personajes se ven condenados a la búsqueda de una verdad inaprensible, o como dice Juan Puebla: “…la verdad se escurre como un pez entre las manos, un pez explosivo…”
Todo apunta a que estamos ante una novela de intriga, pero pronto descubrimos que no es así, estamos en una metanovela donde la escritura aparece siempre en primer plano y  se convierte en auténtica protagonista, donde la escritura es el género.
Todos los personajes de esta primera parte parece que hablan sobre Santos Puebla, pero en realidad hablan sobre ellos mismos, sobre su propia existencia o la de Javier Martín, pues al fin y al cabo vienen a ser lo mismo como afirma el propio Santos Puebla: “Los lectores tienden a identificar a los personajes con el autor, y en general no se equivocan, porque sólo es posible escribir sobre lo que uno ha vivido.”
            La 2ª parte, titulada Julián Ríos, me recuerda a la película de Robert Wiene, El gabinete del doctor Caligari, pues a su conclusión no sabemos si quien narra es un psiquiatra o un loco, o un psiquiatra que deviene en loco o un loco que deviene en psiquiatra-escritor, o mejor dicho, como él mismo dice en “cronista, en historiador descreído” que escribe para “comprender algo en algún momento, y también para atraer a los fantasmas”.
            Como se observa, Javier Martín se desenvuelve de modo inteligente en esa variante literaria que es el juego de espejos entre verdad y mixtificación, entre realidad y ficción, entre locura y cordura, entre hechos y conjeturas. Juega a confundirnos, recuperando de esta forma la mejor tradición del Quijote, de Niebla de Unamuno, de los personajes de Pirandello o del Luis Álvarez Petreña de Max Aub.
            En la 3ª parte, es Santos Puebla quien toma la palabra y nos descubre su secreto o la verdad de lo que ocurrió aquella lejana tarde de verano de 1969. En realidad ésta sería la auténtica novela, pero lo cierto es que tan sólo es una excusa que utiliza el autor para reflexionar sobre la literatura, sobre el oficio de escritor, sobre los imprecisos márgenes en los que confluyen la realidad y la ficción, sobre la disolución del sujeto y la imposibilidad de conocer y conocerse por completo, sobre el paso del tiempo y la muerte,  la culpa, la soledad, etc. En suma, sobre la compleja existencia de lo humano,  que en esta parte de la novela se instala en un paisaje concreto, el del Bajo Aragón, de resonancias casi míticas, descrito con el candor de la infancia perdida, pero salpicado con reflexiones que indican la madurez desde la que se narra, el paso del tiempo y las experiencias vividas. Por ello, el personaje de Santos Puebla no tiene la solidez narcisista y marmórea de un “yo”, su ser se configura como una serie de actos de enunciación:  no es el de una sustancia, sino el de ese mismo “estarse diciendo”, intensamente deseante y temporal. 
Santos Puebla cierra la novela con una última vuelta de tuerca y se confiesa autor de toda ella. De esta forma se nos presenta en toda su extensión el tema de las complejas relaciones entre verdad y mentira- locura y cordura en el ámbito de la ficción, así, aunque el tiempo y el espacio se concretan en todo momento tratando de imprimir veracidad a lo narrado, la impresión final es la de vaguedad y falta de certeza.
            La narrativa de Javier Martín no carece de peligros, quizá el mayor sea una cierta artificiosidad debida a un exceso de literatura, pero desde luego, como afirma en la novela, ha depurado su estilo, ahora más eficaz y elegante, fundamentado en una prosa  comedida y transparente, exenta de vanos retoricismos. De esta manera, el lenguaje cobra, por lo mismo, todo el protagonismo que le es propio en el espacio de un texto literario.
            Morir en agosto sitúa a Javier Martín como uno de los pocos narradores del panorama actual dispuesto a jugar hasta el final la baza de la experimentación y el compromiso con la literatura. Merece la pena.

Una buena crítica se puede encontrar en el blog BRÚJULAS Y ESPIRALES

             
           


domingo, 24 de febrero de 2013

MINGOTE: UN GENIO DEL SIGLO XX... Y XXI. "DE MUERTE NATURAL"



De muerte natural (Espasa, 1993) es una colección de diecisiete relatos tan imaginativos como divertidos, en los que conjuga esa mezcla tan mingotiana de ternura, burla y melancolía, acompañados de treinta ilustraciones. La unidad de conjunto viene dada por la presencia de la mentada muerte, natural o provocada, tanto da, pero, eso sí, siempre desdramatizada (no es humor negro sobre la muerte, sino humor con la muerte como presencia, como destino inevitable que hay que aceptar con normalidad).
En general, los relatos aparentan un exterior de corte festivo, absurdo o disparatado incluso, pero en su interior hay una densa humanidad recubierta de sutil ironía contra tópicos y lugares comunes –a veces sangriento sarcasmo hasta llegar a la caricatura-, cuya última finalidad no es provocar la risa, sino la reflexión.
El primero, “Carta de amor”, es una desopilante declaración de amor de un maduro jornalero analfabeto a su señorita de toda la vida, en la actualidad ya una venerable anciana inválida, momentos antes de ser ajusticiado por un ignoto delito.
El segundo, “La casa de los muertos”, es una parodia hilarante de los rancios dramas de honor decimonónicos que sigue la estela de la popular obra de Jardiel Poncela, Angelina o el honor de un brigadier.
En “Katrina”, Mingote enfrenta el mundo rutinario de un “tenedor de libros de la meseta” y la vida en libertad y aventurera de un “lobo de mar” llamado Katrina (Mingote comete conscientemente la falta de concordancia, pues se trata de una mujer), mediante un humor absurdo preñado de lirismo, llegando por momentos a crear inigualables boutades del tipo: ”Estaba yo una noche disfrutando del famoso espectáculo del rielar de la luna en el mar y viendo cómo las olas venían con un suspiro a morir en la playa una tras otra –aquello era una epidemia- […] Callamos. Las olas muriendo en la arena con la naturalidad de quienes no han hecho otra cosa en su vida…” De alguna manera, estamos ante esa pugna tan de Mihura -presente ya en la primera novela de Mingote, Las palmeras de cartón-, de enfrentar el mundo poético y creativo  con el de la vulgaridad de la rutina diaria.  
 “Pirulero. Una historia taurina” es una hispanización de la historia clásica de “Androcles y el león”, con un maletilla y un novillo cuyo nombre da título al relato,  sobre el que gravita el cuento de Neville, “Torito bravo” –sobre los dos autores el magisterio del admirado por ambos, Ramón Gómez de la Serna y el humor y la amargura que destila su novela El torero caracho-, si bien en el cuento de Mingote domina un tremendismo cómicamente desaforado, casi solanesco, que aquél suaviza con una prosa más lírica, pero que indistintamente en los dos finales concluirá en tragedia.
“El prodigioso viaje de Arsenio” es una parodia de la novela de ciencia ficción de Wells, La máquina del tiempo.
El libro contiene además algunos chistes literaturizados protagonizados por esas mujeres dominantes tan propias del universo gráfico de Mingote como son las de “Asesinato inminente” –una vuelta de tuerca a los dramas de honor calderonianos- , “Taxidermista” y “Arenas movedizas” (este último, como se puede deducir por su título,  remite al episodio “El asfalto”, de las míticas Historias para no dormir, cuya escenografía, como hemos comentado, diseñó nuestro autor). Otro relato con una mujer muy especial es “Chica rara”, una especie de “embrujada” que huye de cualquier atadura, un homenaje a la mujer independiente, al amor libre.
En “Paco”, Mingote satiriza la egolatría y la envidia de los círculos y tertulias de intelectuales y creativos con frases tan memorables comos la siguiente: “La noticia impresionó a los contertulios, en la medida en que algo puede impresionar a escritores y artistas, tan impresionados por sí mismos.” No menos memorable es la siguiente, demoledora de tópicos literarios y cinematográficos: “Me enfrenté a él en la tertulia una tarde de aguacero, de las que cuando suceden en París se mueren los poetas.”
En “Soñar acaso” encontramos un relato surrealista puro, en el que el sueño y la vigilia se confunden formando una misma cosa, pero que Mingote añade el tipismo del costumbrismo español y el picante espiritoso del clásico vodevil.
En “Otoño” presenta una cáustica visión desmitificadora de esa estación, convertida en tópico en la literatura romántica.
Como señala el propio Mingote, en su relato titulado “Don Tibaldo”, “es raro el escritor medianamente imaginativo que no haya escrito una historia de ventrílocuos y sus muñecos”, y se introduce en el tópico para dinamitarlo desde dentro.

Encontramos un interesantísimo homenaje a su venerado Velázquez y a sus Meninas en “Como todas las tardes”, un cuento que pone en palabras uno de sus cuadros más conocidos y habla del genio creativo, del instante anterior a la genial realización; Velázquez habla con sus personajes antes de pintarlos. Atrapados en el lienzo, cada tarde repiten la misma escena para distraer el ocio de los visitantes y escuchan indefectiblemente a algún pedante afirmar que Velázquez fue capaz de pintar el aire.
A nuestro juicio, el mejor es el titulado “El fin del caballo de Troya”, cien por cien mingotiano, destila perplejidad, escepticismo y desengaño por todos sus poros. La épica de las grandes gestas, en este caso la de Diómedes y sus hombres, a quienes nos presenta esperando el momento de entrar en acción para llevar a cabo su hazaña en el interior del caballo de madera, se diluye, y con ella su exposición retórica, para dar paso a mordaces reflexiones que presentan la mítica epopeya de forma más prosaica y mundana, hasta llevar al abismo de la duda al héroe aqueo y preguntarse si toda esa guerra no tendrá como fin último –y principal- el “sacarles las castañas del fuego a los especuladores”. Heróica decepción, muertes absurdas, demoledoras revelaciones, acertada visión de la historia. 

domingo, 17 de febrero de 2013

ÁNGEL DELGADO Y JOSÉ DAMIÁN DIESTE, EL REY CONQUISTADOR, Barcelona, Edhasa, 2008.


                                                              CRÓNICA DEL “REY TOZOLUDO”

     Ángel Delgado y José Damián Dieste, autores de la novela El Rey Monje: Crónica de Ramiro II, publican diez años después otra gran novela histórica, El Rey Conquistador. La crónica oculta de Jaime I ( Barcelona, Edhasa, 2008), completando de esta forma un magnífico díptico narrativo (confiemos en que con el tiempo se convierta en trilogía) sobre dos de los reyes más importantes de Aragón.
            
El siglo XIII fue un periodo convulso y muy interesante desde el punto de vista histórico y de la religiosidad. En Aragón estuvo regido por la inmensa figura  de Jaime I, el rey que más años permaneció en el trono, accedió en 1213, cuando contaba con cinco años, y se mantuvo hasta su muerte en 1276, sesenta y tres años nada menos, casi la duración de toda su vida. Durante su reinado conquistó Mallorca, el reino de Valencia, Murcia y abrió Aragón al Mediterráneo,  algunos cronistas, tras su muerte, escribían que el poder del rey de Aragón era tal en esas aguas que “hasta los peces llevaban en su lomos las barras de Aragón”, y, aun a pesar de haber sido educado por los Templarios en Monzón,  quizá  fue el rey más antiaragonés de todos. Los grandes nombres de la historia son así, inaprensibles y paradójicos.
            El Rey Conquistador es, como reza su título, un soberbio retrato de su protagonista, Jaime I,  un hombre de noble planta, mujeriego, misterioso, enérgico, de fuerte personalidad –en ocasiones violento y cruel con los desleales-, de carácter austero y reflexivo, con un fuerte sentido del deber y del poder, pero, por encima de todo, destacó por su tenacidad, fue  un rey tozoludo, “empecinado como mosca de mula.”
            El retrato del monarca se realiza desde el punto de vista de un gran acierto narrativo: Aymerico de Batayuela, un imaginado escribano, que toda su vida lo acompañó y cuya condición de homosexual lo lleva a admirar sus virtudes, a comprender sus defectos y a disculpar sus bajezas, de hecho, lo amó en secreto, pero este sentimiento no ciega su raciocinio, el cual, al final, se impone y le aconseja abandonar sus filas y  rendir vasallaje a Ferrán Sánchez de Castro, hijo bastardo de Jaime y enfrentado con él.
Junto con el rey destacan también los retratos de personajes femeninos (Leonor de Castilla, Aurembiaix, Violante de Hungría, Blanca de Antillón, Teresa Gil de Vidaure, Berenguela, etc.) y de los grandes nombres del siglo: reyes (Pedro II, Fernando III, Alfonso X, etc.), papas (Inocencio III, Honorio I, etc.), intelectuales (Raimundo Lulio, etc.) y multitud de nobles.
En su planteamiento, la historia recurre a un recurso clásico: el manuscrito encontrado. Aymerico descubre en el monasterio de Sigena una crónica sobre el Conquistador diferente a la que el mismo contribuyó a redactar al dictado del propio rey -El libro de los hechos-, por lo que llevado de su amor al monarca y a la verdad,  se dispone a glosarla y cotejarla para mostrar las divergencias de hechos y así conocer el envés de la historia. De esta manera tan literaria, los autores nos transmiten lo que de forma más o menos reconocida históricamente aconteció en la época y que las mistificaciones del poder ocultaron o tergiversaron, al tiempo que les permite descubrir el lado más humano del personaje.
El rigor histórico del libro –Crónica- es indudable, aun a pesar del aragonesismo confeso de los autores –siempre quejosos por el maltrato del monarca hacia Aragón y dolidos por su indolencia hacia las tierras del Landeloc-, los expertos podrán encontrar quizá algún error, pero nunca un engaño malintencionado.
El tándem Ángel Delgado-José Damián Dieste funciona como un solo hombre, aquél presenta un estudio cronológico fiel, éste acopla la evolución de los personajes al acontecer diario con precisión de relojero (crecen, maduran y envejecen de manera acorde con su época. Su cultura y su tiempo están reflejados en su personalidad); aquél aporta una documentación exhaustiva, estudia la economía, la población, los recursos, los movimientos, etc., éste los convierte en literatura, y es que El Rey Conquistador es mucho más que buena historia, es también literatura, y literatura con mayúsculas.
El Rey Conquistador es una magnífica novela entretenida y apasionante en su trama, escrita con un lenguaje brillante en el que abundan, como no podía ser de otra manera, los aragonesismos, los términos medievales, las sentencias, los refranes y  los dichos (asombra la riqueza de vocabulario y la precisión de su uso). Aderezada con interesantes elementos etnográficos,  maneras de vivir, comportarse y pensar en la Edad Media: los usos de plantas medicinales, las formas de alimentarse, de viajar,  de vestir,  el lujo y la pobreza, el descanso y el trabajo cotidiano, etc., todos estos elementos enriquecen el argumento y le dan un tono novelesco real, de vida vivida con autenticidad.
Por otro lado, las descripciones de todo tipo, incluso las más complejas –olores, sabores y sones- demuestran la precisión de un orfebre de las letras que sabe dotar a su texto de momentos sublimes de gran sensualidad y delicado lirismo, los ejemplos son numerosos, pero en especial destacaríamos todas las escenas de amor y sexo -con bellísimas metáforas- y las descripciones de territorios (de Aragón, “ese dragón seco”, o de Cataluña, “esa sirena sonora”), de ciudades (Teruel, “… ciudad real, señora de los altozanos, condesa de las arcillas, gema de ladrillos y atrio de los sueños de gloria.”; Zaragoza, “es un florón de verdor, una ninfa con norias sonoras entre ásperos secanos…”; Lerida, “…altiva y nebulosa…entre campiñas transfiguradas por la niebla…”, etc.), de pueblos,  de lugares… Todos ellos demuestran, no sólo el conocimiento directo de la geografía descrita, sino, sobre todo, el amor de los autores por esos paisajes.
A nuestro juicio, es difícil encontrar en la actualidad novelas de este género tan meticulosamente escritas. Dieste y Delgado nos ofrecen una novela fascinante que se huele y se siente sobre la piel, que se vive con la fuerza y el esplendor de ese  Aragón medieval, altivo y contumaz que ellos aman.