FERNANDO CASTILLO:
CARTÓGRAFO DE LA MEMORIA EUROPEA
La obra
literaria de Fernando Castillo (Madrid, 1953) constituye un corpus singular
dentro del panorama de la historiografía cultural española contemporánea. A lo
largo de más de dos décadas de producción sostenida, Castillo ha tejido una
literatura fronteriza entre la historia, la memoria y la crónica, que se
adentra en los pliegues de las ciudades, los personajes y las atmósferas del
convulso siglo XX europeo. Más que un historiador convencional, Castillo puede
considerarse un narrador de la memoria urbana, un explorador de los márgenes
donde la vida cotidiana y los grandes acontecimientos históricos se entrelazan.
Uno de los
hilos conductores de su obra es la representación de las ciudades como espacios
simbólicos, escenarios de conflicto, resistencia y transformación. En Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid
en la literatura y la sociedad, del 98 a la postguerra (2010), Castillo
analiza cómo Madrid ha sido no solo capital política, sino también objeto de
tensiones culturales, rechazo e incomprensión, especialmente en los discursos
del 98 y la posguerra. Su Madrid no es solo un lugar físico, sino un
palimpsesto de tensiones históricas y afectivas. Este interés por la ciudad
como matriz de sentido se prolonga en obras como Madrid y el Arte Nuevo (2011) o La
extraña retaguardia (2018), donde retrata el Madrid de la Guerra Civil como
una ciudad sumergida en la sombra, cargada de silencios, personajes ambiguos y
formas de supervivencia.
Otro rasgo
característico de la literatura de Castillo es su capacidad para rescatar
figuras marginales o laterales de la historia, personajes que habitan las
orillas de la memoria oficial: espías, exiliados, artistas, traficantes,
escritores desplazados. Así ocurre en libros como Noche y niebla en el París ocupado (2012) o Españoles en París (2017), donde reconstruye la vida cultural y
clandestina en una ciudad bajo ocupación, dibujando una constelación literaria
que va desde el colaboracionismo hasta la resistencia, pasando por el exilio
interior.
Su fascinación
por el París de la Ocupación y la posguerra culmina en París-Modiano. De la Ocupación a Mayo del 68 (2015), donde la
figura del escritor francés Patrick Modiano le sirve para explorar la
persistencia del trauma en la literatura y el modo en que la ciudad deviene en
espacio de interrogación identitaria. Castillo comparte con Modiano esa
sensibilidad por los rastros, los documentos perdidos, las biografías
fragmentarias, y convierte el ensayo histórico en una forma de narración
detectivesca, en busca de huellas que el tiempo ha querido borrar.
También
destacan en su bibliografía obras como Un
cierto Tánger (2019) y Memoria de
Biarritz (2022), donde el autor aborda otros enclaves de ambigüedad
histórica, ciudades cosmopolitas, atravesadas por el contrabando de ideas, de
lenguas y de pasados rotos. En estos textos, se percibe una clara afinidad con
la tradición literaria del viaje y el exilio, así como con un estilo
ensayístico que combina erudición con una prosa elegante y evocadora.
A lo largo de
su trayectoria, Castillo ha ido conformando un “atlas personal”, como sugiere
el título de otro de sus libros (2019), donde cada ciudad, cada figura, cada
episodio histórico, dialoga con una reflexión más amplia sobre la identidad
europea, la memoria colectiva y la fragilidad de los relatos oficiales. En Explorador de Bulevares (2024), reafirma
esa vocación flâneur, ese deseo de callejear
por la historia recorriendo sus calles y visitando cafés, archivos, etc., pero
siempre con una mirada oblicua de gran dinamismo y profundidad, viendo siempre
más allá de lo evidente.
En suma, la
literatura de Fernando Castillo destaca por su capacidad para combinar el rigor
del historiador con la sensibilidad del narrador. Sus libros son mapas de una
Europa que aún interroga a sus fantasmas, textos donde la historia se vive como
relato, y el relato como forma de hacer justicia a los olvidados. Leer a
Castillo es adentrarse en una memoria que no se impone, sino que se descubre,
fragmentada y luminosa, entre la niebla de las ciudades.
El final de la
Guerra Civil Española marcó no solo el cierre de una etapa dramática en la
historia de España, sino también el preludio de un largo exilio, una represión
feroz y el reordenamiento ideológico del continente europeo. En ese torbellino
de destinos truncados y huidas desesperadas, las figuras de los dirigentes
republicanos y comunistas españoles se entrelazan con las de los
colaboracionistas franceses y belgas que, años después, buscarían refugio en la
misma tierra que estos primeros habían tenido que abandonar.
Tras la
derrota republicana en 1939, en El último
vuelo (editorial Renacimiento), la última publicación de Fernando Castillo,
nos describe la huida de España de la élite republicana, la mayoría
pertenecientes al partido comunista (Juan Negrín, Julio Álvarez del Vayo,
Dolores Ibárruri, Palmiro Togliatti, Enrique Líster, Rafael Alberti, María
Teresa León, etc.) huyendo en avión, en condiciones de cierta seguridad y poco
penosas, alejadas de la más dramática de Max Aub o Eduardo Guzmán, en barco
desde Alicante, o de la ya trágica y mucho más fatigosa de los cientos de miles
de soldados y civiles, como el caso de Antonio Machado y su madre, a pie, por
los Pirineos, para encontrar la muerte en Francia o poco después otra guerra.
Paradójicamente,
la misma Francia que fue tierra de acogida precaria para los republicanos
españoles, se convertiría años después en punto de origen para una huida
inversa: la de los colaboracionistas del régimen de Vichy y simpatizantes del
nacionalsocialismo alemán. Con la derrota de Hitler en 1945, numerosos
oficiales, burócratas e ideólogos fascistas franceses y belgas buscaron refugio
en una España gobernada por Franco, quien, pese a su neutralidad oficial
durante la Segunda Guerra Mundial, mantenía lazos ideológicos y estratégicos
con los restos del fascismo europeo.
En El último vuelo hay protagonistas de
primer orden, por ejemplo, la rocambolesca huida de Léon Degrelle, el gran
líder del nazismo en Bélgica, uno de los mayores colaboradores de Hitler, digna
de un guion de cine: escapó de manera desesperada en vuelo nocturno desde Oslo en un avión
Heinkel —los aviones son también objeto de estudio y protagonistas— con el
combustible justo para llegar a España, tan justo que los últimos kilómetros
los hicieron planeando hasta llegar a San Sebastián y aprovechando la marea
baja aterrizar en plena playa de la Concha a las seis y media de la mañana
despertando a numerosos ciudadanos que se acercaron a contemplar un avión con
una enorme esvástica en la cola.
Otro nombre
importante es Abel Bonnard, uno de los grandes escritores franceses, miembro de
la Academia Francesa y fanático fascista que llegó a ser ministro de Educación
del gobierno de Vichy, le acompañaba Pierre Laval, jefe del gobierno de Vichy,
quien fue entregado a Francia y fusilado, mientras que Bonnard y otros,
acogidos por el gobierno de Franco, contó con la ayuda de José Félix Lequerica,
Víctor de la Sernao o Luis Escobar.
Otros no lo
son tanto, caso de Alain Laubreaux, crítico teatral y feroz antisemita o de
Georges Guilbaud, periodista y miembro del Partido Popular Francés o del poco
conocido.
La España
franquista, aislada pero aún útil como santuario anticomunista, acogió a estos
fugitivos con sigilo y complicidad. Desde criminales de guerra hasta
propagandistas del régimen nazi, encontraron en la península un lugar para el
silencio, el olvido o incluso la reinvención personal. Así, mientras unos luchaban
por sobrevivir en el exilio y soñaban con la liberación de su patria, otros
encontraban refugio bajo el ala protectora del mismo régimen que había vencido
a la República.
Estas dos
corrientes humanas —republicanos y fascistas derrotados— cruzaron sus
trayectorias en un mismo escenario, aunque en momentos distintos. El contraste
es profundamente revelador: en sus destinos opuestos se resumen las paradojas
del siglo XX. Por un lado, los idealistas vencidos de una guerra fratricida,
por otro, los responsables directos o indirectos de la barbarie nazi, buscando
impunidad bajo el mismo cielo español.
Más allá de la
fría cronología o el listado de nombres, estas historias adquieren un tono de
novela: identidades falsas, redes clandestinas, traiciones y fidelidades
inquebrantables. La historia se
llena aquí de rostros, de decisiones morales bajo presión, de sueños truncados
o secretos bien guardados. Como si la historia se deslizara hacia la ficción,
pero sin perder nunca su densidad trágica y real.
Hoy, revisar
estas peripecias no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino una forma
de comprender cómo los escombros ideológicos del siglo XX aún resuenan en
nuestra manera de entender la justicia, el exilio, y la responsabilidad
política. En ese cruce de caminos, entre los últimos ecos del comunismo
idealista y los rezagos de un fascismo agónico, se escribe una de las páginas
más intensas y contradictorias de la historia europea. Una historia que bien
podría ser novela, si no fuera tan dolorosamente real.
El último vuelo cuenta con un excelente
prólogo de Antonio Muñoz Molina y un utilísimo apartado titulado “Dramatis
personae”, en el que se presentan breves biografías de los “protagonistas” de
las huidas, los “actores secundarios” y hasta los “figurantes” que junto con el
nutrido “Índice onomástico” de casi mil entradas, facilitan al lector interesado
localizar, conocer y parcelar la multitud de historias particulares que se
entretejen a lo largo del meticuloso, riguroso y bien documentado trabajo. De
hecho, el esfuerzo de Castillo es mayúsculo pues tiene un recuerdo especial
para los pilotos de los aviones, que se jugaron la vida por obligación y no
pasaron a la historia, a los que, incluso, cuando es posible, presenta con sus
propios nombres.