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domingo, 21 de diciembre de 2025

 

FERNANDO CASTILLO: CARTÓGRAFO DE LA MEMORIA EUROPEA



         La obra literaria de Fernando Castillo (Madrid, 1953) constituye un corpus singular dentro del panorama de la historiografía cultural española contemporánea. A lo largo de más de dos décadas de producción sostenida, Castillo ha tejido una literatura fronteriza entre la historia, la memoria y la crónica, que se adentra en los pliegues de las ciudades, los personajes y las atmósferas del convulso siglo XX europeo. Más que un historiador convencional, Castillo puede considerarse un narrador de la memoria urbana, un explorador de los márgenes donde la vida cotidiana y los grandes acontecimientos históricos se entrelazan.

         Uno de los hilos conductores de su obra es la representación de las ciudades como espacios simbólicos, escenarios de conflicto, resistencia y transformación. En Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad, del 98 a la postguerra (2010), Castillo analiza cómo Madrid ha sido no solo capital política, sino también objeto de tensiones culturales, rechazo e incomprensión, especialmente en los discursos del 98 y la posguerra. Su Madrid no es solo un lugar físico, sino un palimpsesto de tensiones históricas y afectivas. Este interés por la ciudad como matriz de sentido se prolonga en obras como Madrid y el Arte Nuevo (2011) o La extraña retaguardia (2018), donde retrata el Madrid de la Guerra Civil como una ciudad sumergida en la sombra, cargada de silencios, personajes ambiguos y formas de supervivencia.

         Otro rasgo característico de la literatura de Castillo es su capacidad para rescatar figuras marginales o laterales de la historia, personajes que habitan las orillas de la memoria oficial: espías, exiliados, artistas, traficantes, escritores desplazados. Así ocurre en libros como Noche y niebla en el París ocupado (2012) o Españoles en París (2017), donde reconstruye la vida cultural y clandestina en una ciudad bajo ocupación, dibujando una constelación literaria que va desde el colaboracionismo hasta la resistencia, pasando por el exilio interior.

         Su fascinación por el París de la Ocupación y la posguerra culmina en París-Modiano. De la Ocupación a Mayo del 68 (2015), donde la figura del escritor francés Patrick Modiano le sirve para explorar la persistencia del trauma en la literatura y el modo en que la ciudad deviene en espacio de interrogación identitaria. Castillo comparte con Modiano esa sensibilidad por los rastros, los documentos perdidos, las biografías fragmentarias, y convierte el ensayo histórico en una forma de narración detectivesca, en busca de huellas que el tiempo ha querido borrar.

         También destacan en su bibliografía obras como Un cierto Tánger (2019) y Memoria de Biarritz (2022), donde el autor aborda otros enclaves de ambigüedad histórica, ciudades cosmopolitas, atravesadas por el contrabando de ideas, de lenguas y de pasados rotos. En estos textos, se percibe una clara afinidad con la tradición literaria del viaje y el exilio, así como con un estilo ensayístico que combina erudición con una prosa elegante y evocadora.

         A lo largo de su trayectoria, Castillo ha ido conformando un “atlas personal”, como sugiere el título de otro de sus libros (2019), donde cada ciudad, cada figura, cada episodio histórico, dialoga con una reflexión más amplia sobre la identidad europea, la memoria colectiva y la fragilidad de los relatos oficiales. En Explorador de Bulevares (2024), reafirma esa vocación flâneur, ese deseo de callejear por la historia recorriendo sus calles y visitando cafés, archivos, etc., pero siempre con una mirada oblicua de gran dinamismo y profundidad, viendo siempre más allá de lo evidente.

         En suma, la literatura de Fernando Castillo destaca por su capacidad para combinar el rigor del historiador con la sensibilidad del narrador. Sus libros son mapas de una Europa que aún interroga a sus fantasmas, textos donde la historia se vive como relato, y el relato como forma de hacer justicia a los olvidados. Leer a Castillo es adentrarse en una memoria que no se impone, sino que se descubre, fragmentada y luminosa, entre la niebla de las ciudades.

         El final de la Guerra Civil Española marcó no solo el cierre de una etapa dramática en la historia de España, sino también el preludio de un largo exilio, una represión feroz y el reordenamiento ideológico del continente europeo. En ese torbellino de destinos truncados y huidas desesperadas, las figuras de los dirigentes republicanos y comunistas españoles se entrelazan con las de los colaboracionistas franceses y belgas que, años después, buscarían refugio en la misma tierra que estos primeros habían tenido que abandonar.

         Tras la derrota republicana en 1939, en El último vuelo (editorial Renacimiento), la última publicación de Fernando Castillo, nos describe la huida de España de la élite republicana, la mayoría pertenecientes al partido comunista (Juan Negrín, Julio Álvarez del Vayo, Dolores Ibárruri, Palmiro Togliatti, Enrique Líster, Rafael Alberti, María Teresa León, etc.) huyendo en avión, en condiciones de cierta seguridad y poco penosas, alejadas de la más dramática de Max Aub o Eduardo Guzmán, en barco desde Alicante, o de la ya trágica y mucho más fatigosa de los cientos de miles de soldados y civiles, como el caso de Antonio Machado y su madre, a pie, por los Pirineos, para encontrar la muerte en Francia  o poco después otra guerra.

         Paradójicamente, la misma Francia que fue tierra de acogida precaria para los republicanos españoles, se convertiría años después en punto de origen para una huida inversa: la de los colaboracionistas del régimen de Vichy y simpatizantes del nacionalsocialismo alemán. Con la derrota de Hitler en 1945, numerosos oficiales, burócratas e ideólogos fascistas franceses y belgas buscaron refugio en una España gobernada por Franco, quien, pese a su neutralidad oficial durante la Segunda Guerra Mundial, mantenía lazos ideológicos y estratégicos con los restos del fascismo europeo.

         En El último vuelo hay protagonistas de primer orden, por ejemplo, la rocambolesca huida de Léon Degrelle, el gran líder del nazismo en Bélgica, uno de los mayores colaboradores de Hitler, digna de un guion de cine: escapó de manera desesperada  en vuelo nocturno desde Oslo en un avión Heinkel —los aviones son también objeto de estudio y protagonistas— con el combustible justo para llegar a España, tan justo que los últimos kilómetros los hicieron planeando hasta llegar a San Sebastián y aprovechando la marea baja aterrizar en plena playa de la Concha a las seis y media de la mañana despertando a numerosos ciudadanos que se acercaron a contemplar un avión con una enorme esvástica en la cola.

         Otro nombre importante es Abel Bonnard, uno de los grandes escritores franceses, miembro de la Academia Francesa y fanático fascista que llegó a ser ministro de Educación del gobierno de Vichy, le acompañaba Pierre Laval, jefe del gobierno de Vichy, quien fue entregado a Francia y fusilado, mientras que Bonnard y otros, acogidos por el gobierno de Franco, contó con la ayuda de José Félix Lequerica, Víctor de la Sernao o Luis Escobar.

         Otros no lo son tanto, caso de Alain Laubreaux, crítico teatral y feroz antisemita o de Georges Guilbaud, periodista y miembro del Partido Popular Francés o del poco conocido.

         La España franquista, aislada pero aún útil como santuario anticomunista, acogió a estos fugitivos con sigilo y complicidad. Desde criminales de guerra hasta propagandistas del régimen nazi, encontraron en la península un lugar para el silencio, el olvido o incluso la reinvención personal. Así, mientras unos luchaban por sobrevivir en el exilio y soñaban con la liberación de su patria, otros encontraban refugio bajo el ala protectora del mismo régimen que había vencido a la República.

         Estas dos corrientes humanas —republicanos y fascistas derrotados— cruzaron sus trayectorias en un mismo escenario, aunque en momentos distintos. El contraste es profundamente revelador: en sus destinos opuestos se resumen las paradojas del siglo XX. Por un lado, los idealistas vencidos de una guerra fratricida, por otro, los responsables directos o indirectos de la barbarie nazi, buscando impunidad bajo el mismo cielo español.

         Más allá de la fría cronología o el listado de nombres, estas historias adquieren un tono de novela: identidades falsas, redes clandestinas, traiciones y fidelidades inquebrantables. La historia se llena aquí de rostros, de decisiones morales bajo presión, de sueños truncados o secretos bien guardados. Como si la historia se deslizara hacia la ficción, pero sin perder nunca su densidad trágica y real.

         Hoy, revisar estas peripecias no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino una forma de comprender cómo los escombros ideológicos del siglo XX aún resuenan en nuestra manera de entender la justicia, el exilio, y la responsabilidad política. En ese cruce de caminos, entre los últimos ecos del comunismo idealista y los rezagos de un fascismo agónico, se escribe una de las páginas más intensas y contradictorias de la historia europea. Una historia que bien podría ser novela, si no fuera tan dolorosamente real.

         El último vuelo cuenta con un excelente prólogo de Antonio Muñoz Molina y un utilísimo apartado titulado “Dramatis personae”, en el que se presentan breves biografías de los “protagonistas” de las huidas, los “actores secundarios” y hasta los “figurantes” que junto con el nutrido “Índice onomástico” de casi mil entradas, facilitan al lector interesado localizar, conocer y parcelar la multitud de historias particulares que se entretejen a lo largo del meticuloso, riguroso y bien documentado trabajo. De hecho, el esfuerzo de Castillo es mayúsculo pues tiene un recuerdo especial para los pilotos de los aviones, que se jugaron la vida por obligación y no pasaron a la historia, a los que, incluso, cuando es posible, presenta con sus propios nombres.

lunes, 25 de noviembre de 2024

RESEÑA DE FERNANDO CASTILLO PARA TURIA DEL LIBRO DE JUAN VILLALBA, "ALBARRACÍN, UN VIAJE EN EL TIEMPO"

 

ALBARRACIN COMO LABERINTO 

 


    Hay libros que es necesario comenzar su lectura por la solapa en la que se presenta la biografía de su autor. Este es uno de ellos pues, en esas siempre apretadas líneas, se presentan comprimidas la trayectoria literaria y la actividad de agitador cultural de Juan Villalba, aragonés de Sarrión, que explican en parte este libro. Un libro del cual ya había proporcionado un adelanto de su propósito y contenido en el texto publicado por el autor en la revista Turia en 2022. Ahora, naturalmente, se trata de una obra más ambiciosa y sobre todo más compleja, mucho más de lo que se puede desprender de un título que parece remitir exclusivamente al ámbito de la historia local o a la literatura viajera. Y es que Albarracín. Un viaje en el tiempo, no es solo una aproximación al pasado y a la vida de la villa turolense a lo largo de los siglos, sin dejar de serlo. Juan Villalba es hombre de intereses variados que pertenece a ese grupo de escritores que gusta acercarse y practicar todos los géneros, como demuestra que haya publicado obras de narrativa, teatro y ensayo, con especial dedicación a la biografía, al cine y a la música, así como de ese género tan especial y equidistante que es el libro de viajes. Pues bien, de todo ello hay en esta obra, de cuidada edición y maquetación, dedicada a uno de los lugares de Aragón que hoy, cuando el turismo y el viaje son fenómenos sociales, se ha convertido en referencia para el visitante.

 

    Obra plural y casi cubista por la multiplicidad de la mirada, parte del hallazgo afortunado de abandonar la siempre segura y acertada cronología como método de acercarse a la historia de una ciudad, para acudir a un original recurso narrativo. En este caso el eje del trabajo lo representa la figura de un actor viajero a modo de cronista que regresa a Albarracín, donde hacedecenios rodó una película, que no es otra que Crónica del alba. Valentina, dirigida en1982 porAntonio José Betancor, basada en la obra del también escritor aragonés Ramón J. Sender. El alter ego de Villalba --un epígono del protagonista de la película, a quien no nombra pero al que enriquece con matices de protagonista literario que le hacen más complejo-- es el medio para ir desgranando con gradualidad controlada una erudición albarracinense que permite un conocimiento profundo de la ciudad, transcendiendo lo estrictamente local e incluyendo al lugar en un ámbito genérico, universalizándolo. Es decir, yendo más allá de lo que a algún distraído le pudiera llevar a pensar equivocadamente, que este libro pudiera ser una guía turística, aunque también tenga algo de Baedeker.

 

    A partir del viaje de este actor viajero, Juan Villalba, con prosa cuidada, vocación de estilo, destacable erudición y combinación de intereses distintos, lleva a cabo una original aproximación a la ciudad turolense que tiene algo de laberinto de Borges. De la complejidad del libro, de lo complejo de su armazón que es como una wunderkammer impresa, da idea la relación de asuntos que trata el autor, siempre superando la mera enumeración, incluso profundizando en aquellos asuntos más novedosos e interesantes. En primer lugar, y como no podía ser de otra forma, Villalba presenta un exhaustiva reunión de referencias y testimonios acerca de Albarracín. Una larga lista que comienza con los viajeros que han escrito acerca de la ciudad o de los escritores que la han incluido en sus obras: Pio Baroja, Azorín, Ortega y Gasset, Antonio Cano, Manuel Polo y Peyrolón, Rafael Pérez y Pérez, Federico García Sanchiz…, los más recientes Luis Carandell, Julio Llamazares, Antón Castro, Federico Jiménez Losantos, el interesante José Zapater, una suerte de Julio Verne local y decimonónico, o el "curioso impertinente" Richard Ford, que también recaló en el lugar. Todo el libro está lleno de recursos y guiños culturales y personales, como aquel en el que Juan Villalba lleva a cabo el alarde de convocar aescritores amigos vinculados con el lugar, como Raúl Maícas y José Luis Melero. Este último, de acuerdo con su condición de bibliófilo extraordinario, hace el papel de ingenioso erudito --¿quién podría mejor?--para ir enumerando los escritores que se han ocupado de Albarracín a medida que se encuentra sus libros.

 

    Pero las noticias acerca de la villa turolense no se limitan a la literatura. Por sus páginas desfilan las referencias que tienen a Albarracín como motivo esencial en la fotografía -en la que no falta la presencia de Bernard Plossu y Castro Prieto--, en la música, pintura, geografía, cine, zoología, gastronomía, micología, paleontología-- imprescindibles los dinosaurios y fósiles marinos--, historia, botánica o antropología, que de todo ello hay en este libro dedicado a Albarracín y su alfoz. Sin olvidar el protagonismo siempre presente, de la propia ciudad, de sus calles y lugares que la identifican como la Catedral del Salvador, de cuyos tapices se ocupa Villalba con detalle de especialista, las murallas, la Torre del Andador, el Alcázar, el Palacio Episcopal, la curiosa casa de la Julianeta o los museos de juguetes y de la ciudad, que reúne su historia y que impulso el arqueólogo Martín Almagro Basch, también nacido en la comarca albarracinense. Dadas las conocidas inquietudes del autor, no extraña la atención que concede al Albarracín cinematográfico --casi una ciudad plató, una Cinecittá turolense, en la que se han rodado una serie de películas que recupera Villalba en su libro--, o al Albarracín musical, en este caso a través de la figura del compositor, natural de la villa y muy televisivo Julio Mengod. No se puede finalizar sin resaltar las numerosas fotografías que lleva el libro, en el que aparecen magníficamente incluidas y que son un verdadero apoyo del texto y un acierto para el lector.

 

    En suma, Juan Villalba ha creado un laberinto de espejos con reflejos cruzados alejado de la erudición de manual, de la voluntad escolar, pero cerca de la literatura, de manera que consigue que, para quien es ajeno y se acerca a la ciudad, parezca que todo ha sucedido en Albarracín.- 


FERNANDO CASTILLO.

 Juan Villalba Sebastián, Albarracín. Un viaje en el tiempo, Zaragoza, Pregunta Ediciones, 2023

lunes, 22 de julio de 2024

 

ENSOÑACIÓN HISTÓRICA


 

         El polifacético activista cultural, escritor, historiador, fotógrafo y viajero Fernando Castillo aplica el método histórico de Karl Schlögel a su delicioso y singular libro de viajes, Explorador de bulevares, veintidós espléndidas y poéticas instantáneas de otras tantas ciudades que, de algún modo, suponen una continuación de aquellas postales-telegrama que cerraban su  personalísimo Atlas personal.

         La historia no trata de estructuras abstractas, está siempre relacionada con lugares concretos que quieren ser buscados y vividos. Como descubre Schlögel, “en el espacio leemos el tiempo”, y como señalara Claudio Magris y resume el autor, “hacer hablar a la realidad es un género literario vivo y fecundo, que injerta perfectamente la cultura en la evocación fantástica, en la que, vista su obra, también encuentra su lugar la ensoñación histórica”. Por eso, Fernando Castillo comienza su libro citando a Jünger: “Las ciudades son sueños”. Sin duda, en su escritura lo son.

         Dividido en tres partes, en la primera viajamos con él y sus lecturas a la tintiniana ciudad china de las maravillas heladas de Harbin, pasando, en un ejercicio de ejemplar síntesis cultural, del París ocupado y noir al París Feldgrau o al Tanger más literario y cosmopolita —no olvidemos que le dedicó un libro en exclusiva, Un cierto Tánger—, hasta dar la vuelta al mundo en ochenta páginas visitando Lvov, “la ciudad de los tres nombres”, Nowa Hura, “la ciudad del acero”, Berlín, Vilna, Alejandría y Shanghái.

         En la segunda, siguiendo el mecanismo de los evocadores olores de Proust, en este caso los especiados del Gran Bazar, nos brinda unas magníficas postales de Estambul recorriendo sus hitos históricos más destacados, para luego viajar a la cinematográfica Viena de Harry Lime, a las diferentes Habanas, a la luz y el color de Río, a la populosa Sâo Paulo, a la Ciudad del Sol de Brasilia, a sus particulares Venecias y, en una nueva pirueta de esencialidad literaria, entre el mircrorrelato, la greguería y el aforismo, presentar en tan sólo dieciséis páginas un viaje muy particular a cuarenta y una ciudades del mundo reales o imaginadas. Ejemplo: “AMAUROTA: La capital de Utopía, el país más deseado. Para ir, acudir a Tomás Moro.” ¡Alguien da más!

         En la tercera, más personal y española, nos propone un viaje invernal al campo albaceteño, a sus recuerdos infantiles de un Madrid primaveral de principios de los sesenta, a su personal visión del Toledo imperial del Lazarillo, de las masías ampurdanesas de Josep Pla o del Lanzarote que arranca en el fundacional de Lanceloto Malocello hasta el de la modernidad reflejado en la deconstrucción cubista del canto isleño de Agustín Espinosa y el land art, jardín geométrico de cactus, de César Marique.

         Explorador de bulevares es un libro de viajes absolutamente original, que nos enseña a descifrar el mundo de otro modo, a conocer ciudades con un espíritu de observación que va más allá del mero recorrido por sus calles. Viajar con Fernando Castillo requiere del lector aguzar los sentidos al máximo y, lo digo con admiración, un esfuerzo intelectual importante, su decantada prosa poética cargada de citas y referencias culturales de todo tipo —el libro por su formato y paginación parece una estrella enana, pero es un verdadero agujero negro supermasivo de lecturas—, no están al alcance de cualquiera, se adensa como el mercurio y exige concentración y búsqueda de información, es un auténtico reto para el lector del que si sale airoso habrá aprendido lo que no está en los escritos y alcanzará la satisfacción del que hace el Cubo  de Rubik por primera vez.

Fernando Castillo, Explorador de bulevares, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2024.