CASABLANCA

CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

domingo, 16 de abril de 2023

 

VACUNA CONTRA EL ALZHEIMER DE UN PUEBLO:

CRÓNICA DE SARRIÓN (1800-1936)

 




Considerada como la epidemia del siglo XXI, una de las grandes enfermedades de nuestra época es el Alzheimer. Para Buñuel “una vida sin memoria no sería vida…”. Por su parte, el filósofo Emilio Lledó afirmaba que “ser es, esencialmente, ser memoria; es encontrar una forma de coherencia, un vínculo entre lo que somos, lo que queríamos ser y lo que hemos sido.” No hace falta poner más ejemplos, está claro que sin memoria el ser humano pierde una parte fundamental de su esencia y eso mismo se puede decir de un pueblo que por diferentes razones ha perdido la suya. Es el caso de Sarrión, una villa turolense cuya privilegiada situación geográfica ha jugado en numerosas ocasiones en su contra. Así, por ser lugar de tránsito y estar junto a las principales vías de comunicación entre Aragón y Valencia, la localidad fue completamente destruida durante la Guerra de los dos Pedros en 1364, siendo también duramente castigada en otras sangrientas contiendas como las de la Independencia, las carlistas y la Guerra Civil, cuando los días 11 y 12 de agosto de 1936 se quemaron los archivos de la iglesia y del Ayuntamiento. El alzheimer se había consumado por completo y un pueblo sin pasado pierde también sus opciones de futuro.

No eran muchas las esperanzas de solucionar este grave problema, sin embargo, el esfuerzo titánico de Javier y Enrique Sanz, junto con Pablo Cercós, coautor de varios capítulos de  Crónica de Sarrión (1800-1936), supone una vacuna contra la desmemoria y recuperan con este ingente trabajo más de siglo y medio de recuerdos mediante un detallado estudio de los escasos restos patrimoniales, tanto materiales como inmateriales, así como de un exhaustivo rastreo hemerográfico y archivístico, para con las teselas de datos sueltos y la argamasa de los cada vez más escasos testimonios orales de sus paisanos más longevos (en este sentido han jugado un importante papel los diarios personales inéditos escritos por familiares de los autores) recomponer el rompecabezas de la historia e intrahistoria de la localidad.

La investigación, como anticipa su título, sigue un orden cronológico, arranca en la Guerra de la Independencia y se extiende hasta la tercera semana de la guerra civil española -11 de agosto de 1936-. En cada capítulo, tras una breve contextualización del momento histórico en España, Aragón y provincia de Teruel, presentan la situación concreta en el pueblo y analizan los hechos más relevantes ocurridos en sus diferentes ámbitos de estudio: urbanismo, patrimonio, guerras, agricultura, política, sociedad, medios de comunicación, fiestas y tradiciones, personajes relevantes, turismo… Así, se nos informa de la destrucción de sus murallas y portales y de la evolución de sus monumentos más importantes; sabemos de las principales epidemias que ha sufrido la localidad (cólera morbo y gripe); conocemos los principales trabajos agrícolas y ganaderos y descubrimos la importancia del vino en la localidad a finales del siglo XIX, un cultivo en la actualidad perdido, y del turismo –los conocidos como veraneantes- en la economía local; asistimos a la llegada del ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, la luz y el agua (se nos explica con detalle la larga polémica del abastecimiento y sus consecuencias políticas); documentan el estado de la educación y la sanidad en el pueblo; nos participan los resultados de las sucesivas elecciones, los enfrentamientos políticos y nos relacionan las composiciones de las diferentes corporaciones municipales; disfrutamos de las fiestas y romerías, descubriendo con sorpresa la importancia de sus Carnavales y la existencia de una fiesta de “Moros y cristianos” de la que nunca habíamos oído hablar; viajamos a partir de 1914 con paisanos aventureros a los EE.UU. en busca del “sueño americano”; sufrimos los rigores de la prisión de Florentín Villalba Brun, cautivo Abd el-Krim tras el desastre de Annual; se nos presenta a importantes familias locales, Jericó y Benso, entre otras, y a numerosas personalidades destacadas como los médicos Sebastián Casinos y Vicente Ortiz, el tenor Juan García, el farmacéutico Aurelio Gámir, etc.

Conforme avanza la crónica, lo económico, cultural, social y festivo, cede protagonismo a la política y se nos describe con detalle el clima de enfrentamiento que desgraciadamente desembocará en el levantamiento militar del 18 de julio, que en Sarrión, como en tantos otros lugares, tuvo como consecuencia duras represiones y asesinatos, incluido el de la personalidad central del relato, Alberto Benso, cuyas crónicas periodísticas y archivo fotográfico constituyen el cañamazo fundamental sobre el que se construye gran parte de los hechos ocurridos durante el primer tercio del siglo XX en la localidad.

Crónica de Sarrión (1800-1936) es un trabajo ímprobo que aúna rigor histórico y amenidad de lectura gracias a una prosa fluida y precisa. Sus casi 700 páginas imponen respeto, pero se lee como una novela, a lo que contribuye un extraordinario apoyo gráfico que ayuda al lector a poner rostro a los protagonistas de las historias y paisaje a los hechos narrados, recuperando siquiera de esta manera parte del patrimonio desaparecido. Incluye también en impagable anexo relaciones de cargos municipales, empleados estatales, profesionales, industriales, asociaciones y cambio de nombre de calles y plazas.

Sarrión está de enhorabuena, un trozo de su memoria se ha recobrado y no nos cabe duda que ello redundará en futuros proyectos que se extiendan a otras épocas.

Javier Sanz Fernández, Enrique Sanz Gallur y Pablo Cercós Maicas, Crónica de Sarrión (1800-1936), Sarrión, Muñoz Moya Editores, 2023.

 

viernes, 24 de marzo de 2023

 

BIARRITZ, TERRITORIO LITERARIO


           


A nadie se le escapa que somos memoria: para
Buñuel “una vida sin memoria no sería vida…”; para Lledó “ser es, esencialmente, ser memoria; es encontrar una forma de coherencia, un vínculo entre lo que somos, lo que queríamos ser y lo que hemos sido”; para Proust “lo que llamamos realidad es cierta relación entre las sensaciones y los recuerdos que nos circundan”;  Rilke, por su parte, decía que “para escribir un solo verso, hay que haber visto muchas ciudades, muchos hombres y muchas cosas…” Los griegos ya lo sabían y nos lo anticiparon cuando hicieron a las Musas, inspiradoras de la creatividad, hijas de Mnemosyne, la Memoria. Por eso, Memoria de Biarritz, la última obra de Fernando Castillo, es mucho más que un libro de viajes, es una suerte de bildungsroman sobre la evolución vital, sentimental y cultural de esta ciudad desde sus comienzos como villa de pescadores hasta llegar a la actualidad convertida en un fantasma de lo que fue, en un decorado de “residencias de influencers adictos al selfie y pobres en conocimientos y sentido del ridículo…”, pasando por sus diferentes etapas como destino de nobles aristócratas, refugio de exiliados rusos –más tarde españoles-, sede de espías, campo de entrenamiento militar durante la ocupación nazi, paraíso de surferos y santuario del terrorismo vasco.

            ¿De dónde le viene su magia a Biarritz? De su carácter de encrucijada de diferentes mundos: el francés, el español, el ruso, el vasco… De ser el lugar elegido por el ecologismo ilustrado para los “baños de impresión”, los famosos “baños de mar”, que pronto derivó en distinguida ciudad de veraneo de la alta aristocracia europea, ese “París de la costa vasca”, como se le conoce a partir del Segundo Imperio, con la llegada de Napoleón III y de la emperatriz Eugenia de Montijo, que construyeron esa residencia de verano, símbolo identitario de cierta Europa durante la llamada Belle Époque, que años más tarde sería el Hôtel du Palais, para en su época dorada convertirse en lugar de refugio de transterrados ilustres, en principio rusos, como el bello príncipe Félix Yusúpov, uno de los asesinos de Rasputin o los Poliakoff, banqueros judíos y reyes de los ferrocarriles rusos, tiempo después ya de todo el mundo, caso del conocido como Bolo Pachá, un golfo marsellés de buena familia, comisionista internacional y agitador cultural y festivo de Biarritz en su Villa Velléda, que terminó siendo juzgado tras Mata Hari por espionaje y fusilado en abril de 1918.

            En el oleaje de la memoria de Biarritz presenciamos el ir y venir francés y español de monarquías, repúblicas e imperios; asistimos a dos guerras mundiales, a la ocupación y liberación de un territorio, al glamur del turismo de ilustres minorías y a la vulgaridad del turismo de masas, todo ello salpimentado con la presencia constante de personalidades de la realeza (Eduardo VII, Alfonso XIII, etc.), economía (los millonarios Errázuriz, propietarios de otro de los edificios más emblemáticos de la ciudad, La Mimoseraie o Pierre d’Arcangues, financiero belga, magnate del sector de la energía eléctrica y pionero de la explotación de las posibilidades de la aviación, otro de los grandes animadores culturales de la ciudad), estafadores (Serge Alexandre Stavisky), espías (Josep Pla, Manuel Aznar, Manuel Vidal Quadra, etc.), conspiradores (Sanjurjo, Calvo Sotelo, Primo de Rivera, etc,) vamos, por momentos, una novela trepidante.

            Castillo describe con rigor histórico y agilidad narrativa en veintitrés capítulos la literatura a la que ha dado lugar la ciudad, convertida en territorio literario de novelistas, poetas y viajeros, que han transmitido con plasticidad no exenta de atracción los claroscuros de Biarritz en sus obras, porque como él mismo reconoce, “se puede viajar solo, pero no se puede viajar sin lecturas”,  así en este viaje le acompañan obras de Felipe Trigo, Fernández Flórez, Azorín, Víctor Hugo, Zola, Flaubert, Maurice Rostand, Raymond Roussel, Nabokov, José C. Valdés… y, claro, cómo no, de Proust, Irène Némirovsky, Patrick Mondiano y un larguísimo etcétera. Pero también ha sido lugar de residencia e inspiración para pintores como Benlliure o Picasso, diseñadoras de moda como Coco Chenel, músicos como Stravinsky, Ravel o Rubinstein y actores tan populares como Gloria Swanson, Douglas Fairbanks, Raquel Meller, Gary Cooper, Bing Crosby, Charles Chaplin, Frank Sinatra, etc.

            La historia de la ciudad y en cierto modo también de Europa, se encuentra resumida en esa “lista de sombras” de los nombres grabados en las tumbas del cementerio de Sabaou, “un tanto escondido en un Biarritz algo secreto y alejado…”, nombres de todas las nacionalidades, irlandeses, franceses, españoles, portugueses, croatas, holandeses, italianos, armenios, rusos, polacos, ingleses, alemanes… y cruces de todo tipo, latinas, vascas, ortodoxas, de Lorena, con estrella de David y compases masónicos… ejemplos evidentes de su “cosmopolitismo póstumo”.

            Fernando Castillo, como ya hiciera en otras publicaciones anteriores (Atlas personal, Un cierto Tánger o Rapsodia italiana) vuelve a demostrar sus dotes como excelente historiador de la cultura y como escritor, capaz de extractar los amplios y diversos conocimientos de numerosas lecturas y esencializarlos en una prosa entre narrativa y ensayística, absorbente y seductora, sugestiva y placentera en la que de manera fluida se relacionan múltiples saberes: historia y arquitectura; el detalle humano con la referencia cultural; la literatura con la música y la pintura; el gusto y el olfato con la mirada de un paseante curioso, de un fotógrafo que busca el ángulo inédito, la fotogenia callada de lo que fue y ya ha dejado de ser, para de esta forma hacer viajar al lector a Biarritz sin moverse del sofá, estamos ante la obra de un excelente lector y viajero que, bebiendo de una extensa bibliografía, de sus recuerdos familiares –una colección de postales heredada de sus bisabuelos en vísperas de la Gran Guerra- y los propios de un biarrot de adopción, como él mismo se reconoce, así como también de sus impresiones sobre el terreno, escribe un ensayo amable, culto y luminoso, de grata y amenísima lectura, en el que evoca una época ya pasada poblada de ilustres espectros, un mundo hoy desaparecido y reconvertido en decorado turístico.

            Memoria de Biarritz es más, mucho más que un libro de viajes, son veintitrés postales en blanco y negro que gustará, y mucho, al viajero que reniega de la guía online y busca penetrar en la esencia de esta ciudad.

 

Fernando Castillo, Memoria de Biarritz, Confluencias Editorial, 2022

           

           

 

miércoles, 4 de enero de 2023

 

EL PRADO, UN ESPACIO DE PENSAMIENTO


            Nadie que conozca la obra de Agustín Sánchez Vidal pensará que su último ensayo, La vida secreta de los cuadros, se limite solo a presentar sesudos análisis pictóricos al uso o pretenda atraer la atención del lector con visiones esotéricas sensacionalistas, desde luego, todo eso lo encontrará en su justa medida, pero su pretensión última es más ambiciosa, completa y universal, de alguna manera nos la anticipa en el subtítulo de la obra, Un recorrido diferente por el Museo del Prado, y nos la explica en su prólogo, “El camino español o pintura de la variedad del mundo”: no estamos ante una “guía del museo a través de sus ‘grandes éxitos’”, su propósito es hacérnoslo disfrutar desde la erudición y la anécdota mostrando “las historias que exhibe, esconde o deja adivinar”, crear una cartografía abierta -nunca definitiva-, que reflexione acerca de la imagen, pero también acerca del mundo y de la vida. En suma, su intención es la de enseñarnos el Prado como un espacio de pensamiento abierto.

            Etimológicamente la palabra museo proviene del griego moyseîon, propiamente “lugar dedicado a las Musas”, un templo consagrado a las nueve jóvenes diosas protectoras de la épica, la música, la poesía amorosa, la oratoria, la historia, la tragedia, la comedia, la danza y la astronomía. De alguna forma son las inspiradoras de la creación, el arte, el saber y la elocuencia, si aplicamos esta definición original a nuestro museo nos encontramos ante “un espacio con plena capacidad para repensar el mundo” y se convierte en una “atalaya” desde la que contemplar y comprender la vida humana. Pero, además, el Prado, por su gestación y configuración, tiene un valor único y especial que lo distingue de otros grandes museos mundiales como el Louvre o el British, precisamente porque habla de manera directa sobre España, sobre nuestra historia e, incluso, sobre nuestra idiosincrasia, es, como él mismo define, un “ágora sobre lo que nos ha constituido como colectividad”, en este sentido, esta obra se emparenta directamente con su ensayo, Sol y sombra, por lo que tiene de introspección y homenaje a España, por su forma de relacionar pasado y presente, arte y vida cotidiana.         

            Junto con el Prado –continente y contenido-, uno de los personajes principales de su trabajo es el complejo y contradictorio Felipe II (el “rey papelero”, que se pasaba horas y horas atendiendo la correspondencia, admirador de Tiziano, pero fascinado por otro pintor en sus antípodas, El Bosco)  y su época, cuando en España no se ponía el sol, pero su persona y cuadros sirven no solo para hablar de pintura e historia, sino de matrimonios de conveniencia, del nacimiento de la correspondencia en el mundo, la creación de los servicios de espionaje y de la criptografía, de duelos y disputas por amor… para cerrar el capítulo regalándonos el argumento de una novela policíaca con trasfondo histórico con Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, como protagonista.

            Sánchez Vidal analiza la importancia y el simbolismo de los colores, en especial en los bodegones, esos cuadros aparentemente inocuos, interpretables de inmediato que, como el resto del arte figurativo, simulan que transcriben la realidad tal cual es, pero no es así, también están codificados y bajo su sagaz mirada descubrimos la simbología política de los alimentos, así el naranja fue emblema del protestantismo porque su nombre coincidía con el de Guillermo de Orange, momento en el que en la pintura holandesa se impone ese tono para las zanahorias y otros productos hortícolas, o que los arenques simbolizan la resistencia contra los españoles, porque constituyó el alimento que les permitió aguantar durante el cerco de la ciudad de Leiden, en el marco de la guerra de Flandes. Por el contrario, como contrapunto, el azul, hasta ese momento muy poco utilizado por su elevado coste de elaboración, terminó convirtiéndose en el de la Inmaculada Concepción y, a la postre, en el de la bandera europea, elección mal digerida por los países protestantes de la Unión, cuyo uso interpretaron como una conspiración religiosa e ideológica de los católicos.

            Otro personaje principal es Goya, o los diferentes Goyas que conviven en sus paredes estableciendo visiones radicalmente distintas de España: la colorista, alegre y placentera de su etapa juvenil en “La pradera de san Isidro”, frente a  la sombría y siniestra de “La Romería de san Isidro” de sus pinturas negras.

            Uno de los capítulos más curioso y documentado es el que dedica a los bufones y “gentes de placer” -enanos, locos, titiriteros, fenómenos-, centrado en su mayor parte en la pintura de Velázquez y en su humana y personal relación con ellos y con los monarcas.

            Sánchez Vidal nos enseña que las imágenes nunca son transparentes, juegan con códigos o lenguajes determinados por el contexto histórico, la cultura o la educación. El cuadro trampantojo elegido para la portada, de cuyo marco sale –o entra- el título y un niño, nos lo anticipa: este ensayo quiere romper el espacio pictórico, hacer permeable el marco, y prorrogarlo hacia el el espectador para incluirlo dentro y hacerlo partícipe de su mensaje; mirar una obra de arte no es verla como algo externo, ajeno a quien lo contempla, sino que también puede servir para conocernos más y mejor.

            Siguiendo el gracianesco aforismo, “no todos los que miran ven”, nos evidencia que la visión no es solo un fenómeno óptico, implica también acuerdos, convenciones y procesos sociales, su mirada va más allá del canon tradicional y establece conexiones con otras múltiples disciplinas: arte, literatura, cine, ciencia, economía, sociología y realidad se integran y se explican mutuamente estableciendo constelaciones de significado, de manera que esta capacidad para encontrar vínculos entre ámbitos diversos del conocimiento y nuestro propio presente nos ayuda a entender mucho mejor el mundo en que vivimos y a nosotros mismos. De esta forma, nuestra mirada se amplia y completa convirtiendo al museo del Prado en un espacio de pensamiento que nos obliga a hacernos preguntas, así,  guiados por el especialista, pero con divulgativa y esencial exposición de maestro de escuela regada por el refrescante chirimiri de la lluvia fina del humor, descubrimos que las imágenes sirven de motor cultural, narrativo y vital para los hombres, de alguna manera son contadoras de historias y crean relatos colectivos que nos ofrecen un conocimiento transversal y no estandarizado del mundo. Fuera de estas ficciones no existen dioses, ni naciones, ni dinero, ni leyes… Como señala en el capítulo, “Cicatríces de Babel”, en el que analiza  este recurrente mito a lo largo de la historia y sus implicaciones lingüísticas-político-religiosas presentes en las diferentes artes, los relatos son los únicos capaces de “sobreponerse a las ruinas de los imperios y monumentos[…] Pueden conectar Babilonia con Nueva York, superando la geografía y la historia, atravesando los continentes desde Asia hasta América o los siglos a lo largo de cuatro mil años. Son capaces de mantener toda su vigencia y dejar por el camino un reguero de obras maestras, generando miles de glosas abordadas desde las más diversas manifestaciones artísticas, instancias culturales o derivas geopolíticas.”

Agustín Sánchez Vidal, La vida secreta de los cuadros, Barcelona, Espasa, 2022.

jueves, 1 de diciembre de 2022

 

VIVIR EN LOS LIBROS: LEER PARA VIVIR, VIVIR PARA LEER




         España puede estar a la cola en muchos temas, pero no en literatura, de nuestros ocho premios Nobel, seis son en esta materia,  si incluimos a Vargas Llosa, que tiene doble nacionalidad.

         La Literatura Española está llena de  grandes obras y de ilustres escritores: desde la primera jarcha a la poesía más reciente; desde los cantares de gesta a la novela actual; de Gonzalo de Berceo a Alfredo Saldaña; de Cecilia Böhl de Faber o Rosalía de Castro a Rosa Montero o Gloria Fuertes; de Cervantes, Garcilaso, Góngora, Lope o Quevedo a Javier Marías, Eduardo Mendoza, Manuel Vilas o Elvira Lindo.

         Es incuestionable, nuestra historia literaria es muy rica, son más de mil años de letras repletas de clásicos universales, pero qué convierte a una obra en un “clásico literario”, no resulta fácil la respuesta, si bien podríamos convenir que se alcanza esa calificación cuando perdura a través del tiempo y permanece en la mente y el gusto del público lector durante años o se convierte en modelo a seguir en su género abriendo nuevos caminos.

         Nacho Escuín, en el prólogo a su último ensayo, Vivir para leer (Breve guía de la Literatura Española en 101 libros), nos explica con claridad meridana la finalidad de su empeño: resumir la esencia de la Literatura Española -como anticipa el subtítulo- mediante 101 lecturas escogidas, para lo cual se impone una tan dolorosa como complicada restricción, ninguno de los autores aparecerá con más de una obra, sus criterios de elección van desde aquellas que desarrollaron un concepto o una estética tras su escritura, pasando por ser considerada singular, hasta simplemente el gusto personal.

         Escuín, poeta y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, sabe de la dificultad de su reto y se presenta ante nosotros con humildad, “como un lector más, con su gusto, sus filias y sus fobias…”, con la única pretensión de transmitirnos esa pasión personal por los libros, ese fuego que ha animado su vida desde la infancia.

         Con frecuencia, la literatura se contempla como perteneciente al reino de lo inefable, pero está hecha por hombres y mujeres que sufren, gozan, viven y mueren en un mundo que unas veces los desprecia y otras los encumbra. La escritura no es solo el anhelo de crear, de buscar belleza, de trabajar una estética, el escritor es hijo de su tiempo y en mayor o menor medida es espejo del mundo circundante y de sí mismo. Nacho Escuín así lo interpreta y entiende la Literatura como un método para comprender la Historia, si bien, advierte, no es la Historia, y especifica que la infiere vinculada a dos conceptos tan interesantes como la identidad y la pertenencia a un contexto nacional, como una ayuda para comprender las ideas y las costumbres de sus diferentes etapas.

         En su selección es evidente que no están todos los que son, pero sí son todos los que están y de ella destacaría tres esfuerzos importantes: en primer lugar la inclusión de títulos poco conocidos, pero relevantes dentro de géneros escasamente estudiados como es el de la literatura de viajes, representada por Embajada a Tamorlan de Ruy González de Clavijo,  o poco cultivados en nuestro país como es la novela gótica, con Galería fúnebre de espectros, de Agustín Pérez Zaragoza; en segundo, la importante presencia de poetas y poemarios, equilibrando una balanza que en propuestas similares se decanta más por la novela; en tercero, es meritorio su empeño por incluir nombres de mujer en número importante, hasta la fecha escasamente representadas en este tipo de trabajos.

         Vivir para leer es un libro de libros, una especie de Mil y una noches de la historia de la literatura, un manual esencial, pero riguroso y suficiente que, en poco más de 150 páginas, resume con experta precisión la española. Su lectura es recomendable para todos los públicos, pero en especial para aquellos lectores escasos de tiempo que quieran construir sobre la columna vertebral de las lecturas propuestas su propio cuerpo lector.

Nacho Escuín, Vivir para leer (Breve guía de la Literatura Española en 101 libros), Zaragoza, Libros del Frío, 2022.

jueves, 20 de octubre de 2022

 

RADIOGRAFÍA DE UN ESCRITOR




            A vivir se aprende viviendo. ¿Perogrullada? Sin duda, pero esa obviedad encierra el secreto del, como diría Pavese, oficio de vivir, lleno de paradojas, entre otras la más importante: vivir es un acto individual que, sin embargo, se ejerce en sociedad. Oficio pues cooperativo desde nuestra misma concepción y nacimiento, el hilo de nuestra vida se entrecruza con los de otras para tejer relaciones familiares, sociales, culturales, religiosas… conformándose de esta manera el entramado que nos constituye como seres humanos. Escribir un diario es dibujar el plano de esas tramas en un papel, para que cuando pase el tiempo podamos o puedan otros tirar del hilo y conocernos mejor para encontrarnos en el laberinto de la existencia. Pero, claro, la memoria llega, como escribiera Goethe, “justo donde llega nuestro interés”.

            Manuel Rico tiene una importante trayectoria como crítico, poeta y narrador, avalada por numerosos títulos, algunos de los cuales han sido reconocidos con premios literarios de renombre, por eso, estos Diarios completos suponen una panorámica privilegiada para conocer los cambios políticos, culturales y sociales de la España de los años ochenta (1985-1991) y de la primera década de nuestro presente siglo (2000-2008) pero, sobre todo, son una reflexión personal de su autor sobre su propia formación como escritor -filias y fobias como lector; dudas y temores como narrador; contradicciones vitales y angustia existencial derivada de la necesidad de dividir un tiempo siempre escaso entre trabajo, compromiso social, dedicación a la literatura y familia- y un acercamiento íntimo a sus particulares fantasmas y obsesiones –la novela española de los años cincuenta; los vínculos entre política y escritura, etc.-

            Manuel Rico confiesa que estos Diarios surgen como necesidad de “hacer pluma”, de practicar la escritura para avanzar en su recién iniciada carrera de novelista y lo cierto es que en ellos muestra una abrumadora capacidad de relatar y combinar estilos, planos de lectura y temas: análisis de libros, viajes, amistades, particular visión de la cotidianeidad, literatura de la memoria, obsesiones y pasiones… Pero lo que comenzó siendo un ejercicio retórico de aprendizaje narrativo, pronto se convirtió en una necesidad de autoreflexión sobre el sentido y finalidad de su misma escritura. En última instancia son una explicación de sí mismo, pero expuesta literariamente a los otros, una forma de darse a conocer, de abrir su mundo interior a los demás desde el autoconocimiento personal.

            Divididos en dos etapas, en la primera nos encontramos con un escritor que empieza: metódico en sus lecturas, comprometido con su escritura y dividido entre el compromiso político y la vocación literaria; obsesionado con publicar y en determinados momentos abatido por los silencios editoriales; ansioso por escapar a Cabo de Palos, La Manga y Sanlúcar de Barrameda… En la segunda, superada la etapa formativa y de lucha por hacerse un hueco en el paisaje literario nacional, donde ya ocupa un lugar destacado por méritos propios, prosigue con la lectura sistemática de sus coetáneos y continúa con su particular lucha con las palabras para lograr un buen poema, pero vive con más distancia y calma los reveses intelectuales; describe la realidad política y social del país, se afana en la recuperación de la memoria histórica y critica sin acritud las obras de algunos de sus compañeros de fatigas literarias por su falta de compromiso; reflexiona sobre su pasado y se recrea en sus gustos y aficiones: disfrutar de la familia y amigos; gozar del contacto con la naturaleza; viajar, por ejemplo a Teruel  y Albarracín (“Teruel existe, pero está lejos. Por Teruel no se pasa (o solo de manera excepcional), a Teruel se va: hay que ir a propósito. Lo mismo que a Albarracín…”); refugiarse en la casa familiar de Gargantilla (“Hace cuatro días que se produjo el acontecimiento: la casa de Gargantilla, el sueño inacabado de mi padre, el lugar de los últimos momentos de felicidad de mi madre, es al fin nuestra.”)

            La descripción de un día se constituye de la suma de diferentes apuntes breves sobre materias diversas: una reflexión vital (“Qué difícil simultanear literatura y actividad política”); un ir y venir del presente al pasado (“Tardes de domingo en el barrio... La imagen de los viejos atentos a las retransmisiones futbolísticas avivó viejos recuerdos de la infancia: la sintonía del ‘Carrusel Deportivo’ que mi padre escuchaba algunas veces, los anuncios de coñac, de anís, de cigarrillos y puros, una cierta mítica de lo varonil y machista que, entonces, el mundo del fútbol albergaba, retornaron de pronto ocupando un espacio no desprovisto de nostalgia…”); una opinión literaria (“…leer a Delibes siempre ha sido un placer…”); una reflexión creativa (“…no existe obra de arte trascendente que no parta de las propias vivencias o que carezca de un marco temporal y territorial determinado…”).

            En la actualidad nos interesa cada vez más saber cómo trabajan los escritores, a qué problemas personales, estéticos y de publicación de originales se enfrentan y cómo los resuelven, por lo que recomendamos leer estos Diarios completos de Manuel Rico en paralelo a su obra poética y narrativa, para tener un mayor conocimiento de sus motivaciones, dudas y procesos creativos, así, de esta forma, comprenderemos mejor y en profundidad su mundo literario, asentado en lo fundamental en sus propias vivencias y experiencias; en la memoria personal (recuerdos, afectos y desafectos) y colectiva; en paisajes y ambientes, etc. En definitiva, son el testimonio del desarrollo de un escritor en contacto con su época. Todo esto nos lo ofrece con honesta sencillez de pensamiento y una prosa muy trabajada, brillante, rica y precisa que, cuando bucea en la memoria del pasado (los finales del verano en su infancia y adolescencia, las experiencias campestres, el descubrimiento de la vida rural por sus hijos, los paseos por los barrios de extrarradio de su niñez, los viajes familiares, el contacto con el primer ejemplar de cada libro publicado, etc.), deviene en un estilo de altos vuelos repleto de un hondo lirismo evocador, una suerte de narrativa autobiográfica que revela la radiografía del escritor que es Manuel Rico, su universo poético esencial, su arte-oficio de vivir siempre comprometido.

 

Manuel Rico, Diarios completos. Madrid, Punto de Vista Editores, 2022

Reseña publicada en la revista cultural Turia, núm. 144

lunes, 15 de agosto de 2022

RECEPCIÓN EN PRENSA DEL LIBRO DE "ELVIRA DE HIDALGO, DE PRIMA DONNA A MAESTRA DE MARIA CALLAS" (I)

 

PRENSA ESCRITA

Gracias a Antón Castro por su magnífica entrevista en el Heraldo de Aragón:



Gracias también a Miguel Artigas por su artículo en el Diario de Teruel: