CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

miércoles, 4 de enero de 2023

 

EL PRADO, UN ESPACIO DE PENSAMIENTO


            Nadie que conozca la obra de Agustín Sánchez Vidal pensará que su último ensayo, La vida secreta de los cuadros, se limite solo a presentar sesudos análisis pictóricos al uso o pretenda atraer la atención del lector con visiones esotéricas sensacionalistas, desde luego, todo eso lo encontrará en su justa medida, pero su pretensión última es más ambiciosa, completa y universal, de alguna manera nos la anticipa en el subtítulo de la obra, Un recorrido diferente por el Museo del Prado, y nos la explica en su prólogo, “El camino español o pintura de la variedad del mundo”: no estamos ante una “guía del museo a través de sus ‘grandes éxitos’”, su propósito es hacérnoslo disfrutar desde la erudición y la anécdota mostrando “las historias que exhibe, esconde o deja adivinar”, crear una cartografía abierta -nunca definitiva-, que reflexione acerca de la imagen, pero también acerca del mundo y de la vida. En suma, su intención es la de enseñarnos el Prado como un espacio de pensamiento abierto.

            Etimológicamente la palabra museo proviene del griego moyseîon, propiamente “lugar dedicado a las Musas”, un templo consagrado a las nueve jóvenes diosas protectoras de la épica, la música, la poesía amorosa, la oratoria, la historia, la tragedia, la comedia, la danza y la astronomía. De alguna forma son las inspiradoras de la creación, el arte, el saber y la elocuencia, si aplicamos esta definición original a nuestro museo nos encontramos ante “un espacio con plena capacidad para repensar el mundo” y se convierte en una “atalaya” desde la que contemplar y comprender la vida humana. Pero, además, el Prado, por su gestación y configuración, tiene un valor único y especial que lo distingue de otros grandes museos mundiales como el Louvre o el British, precisamente porque habla de manera directa sobre España, sobre nuestra historia e, incluso, sobre nuestra idiosincrasia, es, como él mismo define, un “ágora sobre lo que nos ha constituido como colectividad”, en este sentido, esta obra se emparenta directamente con su ensayo, Sol y sombra, por lo que tiene de introspección y homenaje a España, por su forma de relacionar pasado y presente, arte y vida cotidiana.         

            Junto con el Prado –continente y contenido-, uno de los personajes principales de su trabajo es el complejo y contradictorio Felipe II (el “rey papelero”, que se pasaba horas y horas atendiendo la correspondencia, admirador de Tiziano, pero fascinado por otro pintor en sus antípodas, El Bosco)  y su época, cuando en España no se ponía el sol, pero su persona y cuadros sirven no solo para hablar de pintura e historia, sino de matrimonios de conveniencia, del nacimiento de la correspondencia en el mundo, la creación de los servicios de espionaje y de la criptografía, de duelos y disputas por amor… para cerrar el capítulo regalándonos el argumento de una novela policíaca con trasfondo histórico con Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, como protagonista.

            Sánchez Vidal analiza la importancia y el simbolismo de los colores, en especial en los bodegones, esos cuadros aparentemente inocuos, interpretables de inmediato que, como el resto del arte figurativo, simulan que transcriben la realidad tal cual es, pero no es así, también están codificados y bajo su sagaz mirada descubrimos la simbología política de los alimentos, así el naranja fue emblema del protestantismo porque su nombre coincidía con el de Guillermo de Orange, momento en el que en la pintura holandesa se impone ese tono para las zanahorias y otros productos hortícolas, o que los arenques simbolizan la resistencia contra los españoles, porque constituyó el alimento que les permitió aguantar durante el cerco de la ciudad de Leiden, en el marco de la guerra de Flandes. Por el contrario, como contrapunto, el azul, hasta ese momento muy poco utilizado por su elevado coste de elaboración, terminó convirtiéndose en el de la Inmaculada Concepción y, a la postre, en el de la bandera europea, elección mal digerida por los países protestantes de la Unión, cuyo uso interpretaron como una conspiración religiosa e ideológica de los católicos.

            Otro personaje principal es Goya, o los diferentes Goyas que conviven en sus paredes estableciendo visiones radicalmente distintas de España: la colorista, alegre y placentera de su etapa juvenil en “La pradera de san Isidro”, frente a  la sombría y siniestra de “La Romería de san Isidro” de sus pinturas negras.

            Uno de los capítulos más curioso y documentado es el que dedica a los bufones y “gentes de placer” -enanos, locos, titiriteros, fenómenos-, centrado en su mayor parte en la pintura de Velázquez y en su humana y personal relación con ellos y con los monarcas.

            Sánchez Vidal nos enseña que las imágenes nunca son transparentes, juegan con códigos o lenguajes determinados por el contexto histórico, la cultura o la educación. El cuadro trampantojo elegido para la portada, de cuyo marco sale –o entra- el título y un niño, nos lo anticipa: este ensayo quiere romper el espacio pictórico, hacer permeable el marco, y prorrogarlo hacia el el espectador para incluirlo dentro y hacerlo partícipe de su mensaje; mirar una obra de arte no es verla como algo externo, ajeno a quien lo contempla, sino que también puede servir para conocernos más y mejor.

            Siguiendo el gracianesco aforismo, “no todos los que miran ven”, nos evidencia que la visión no es solo un fenómeno óptico, implica también acuerdos, convenciones y procesos sociales, su mirada va más allá del canon tradicional y establece conexiones con otras múltiples disciplinas: arte, literatura, cine, ciencia, economía, sociología y realidad se integran y se explican mutuamente estableciendo constelaciones de significado, de manera que esta capacidad para encontrar vínculos entre ámbitos diversos del conocimiento y nuestro propio presente nos ayuda a entender mucho mejor el mundo en que vivimos y a nosotros mismos. De esta forma, nuestra mirada se amplia y completa convirtiendo al museo del Prado en un espacio de pensamiento que nos obliga a hacernos preguntas, así,  guiados por el especialista, pero con divulgativa y esencial exposición de maestro de escuela regada por el refrescante chirimiri de la lluvia fina del humor, descubrimos que las imágenes sirven de motor cultural, narrativo y vital para los hombres, de alguna manera son contadoras de historias y crean relatos colectivos que nos ofrecen un conocimiento transversal y no estandarizado del mundo. Fuera de estas ficciones no existen dioses, ni naciones, ni dinero, ni leyes… Como señala en el capítulo, “Cicatríces de Babel”, en el que analiza  este recurrente mito a lo largo de la historia y sus implicaciones lingüísticas-político-religiosas presentes en las diferentes artes, los relatos son los únicos capaces de “sobreponerse a las ruinas de los imperios y monumentos[…] Pueden conectar Babilonia con Nueva York, superando la geografía y la historia, atravesando los continentes desde Asia hasta América o los siglos a lo largo de cuatro mil años. Son capaces de mantener toda su vigencia y dejar por el camino un reguero de obras maestras, generando miles de glosas abordadas desde las más diversas manifestaciones artísticas, instancias culturales o derivas geopolíticas.”

Agustín Sánchez Vidal, La vida secreta de los cuadros, Barcelona, Espasa, 2022.

jueves, 1 de diciembre de 2022

 

VIVIR EN LOS LIBROS: LEER PARA VIVIR, VIVIR PARA LEER




         España puede estar a la cola en muchos temas, pero no en literatura, de nuestros ocho premios Nobel, seis son en esta materia,  si incluimos a Vargas Llosa, que tiene doble nacionalidad.

         La Literatura Española está llena de  grandes obras y de ilustres escritores: desde la primera jarcha a la poesía más reciente; desde los cantares de gesta a la novela actual; de Gonzalo de Berceo a Alfredo Saldaña; de Cecilia Böhl de Faber o Rosalía de Castro a Rosa Montero o Gloria Fuertes; de Cervantes, Garcilaso, Góngora, Lope o Quevedo a Javier Marías, Eduardo Mendoza, Manuel Vilas o Elvira Lindo.

         Es incuestionable, nuestra historia literaria es muy rica, son más de mil años de letras repletas de clásicos universales, pero qué convierte a una obra en un “clásico literario”, no resulta fácil la respuesta, si bien podríamos convenir que se alcanza esa calificación cuando perdura a través del tiempo y permanece en la mente y el gusto del público lector durante años o se convierte en modelo a seguir en su género abriendo nuevos caminos.

         Nacho Escuín, en el prólogo a su último ensayo, Vivir para leer (Breve guía de la Literatura Española en 101 libros), nos explica con claridad meridana la finalidad de su empeño: resumir la esencia de la Literatura Española -como anticipa el subtítulo- mediante 101 lecturas escogidas, para lo cual se impone una tan dolorosa como complicada restricción, ninguno de los autores aparecerá con más de una obra, sus criterios de elección van desde aquellas que desarrollaron un concepto o una estética tras su escritura, pasando por ser considerada singular, hasta simplemente el gusto personal.

         Escuín, poeta y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, sabe de la dificultad de su reto y se presenta ante nosotros con humildad, “como un lector más, con su gusto, sus filias y sus fobias…”, con la única pretensión de transmitirnos esa pasión personal por los libros, ese fuego que ha animado su vida desde la infancia.

         Con frecuencia, la literatura se contempla como perteneciente al reino de lo inefable, pero está hecha por hombres y mujeres que sufren, gozan, viven y mueren en un mundo que unas veces los desprecia y otras los encumbra. La escritura no es solo el anhelo de crear, de buscar belleza, de trabajar una estética, el escritor es hijo de su tiempo y en mayor o menor medida es espejo del mundo circundante y de sí mismo. Nacho Escuín así lo interpreta y entiende la Literatura como un método para comprender la Historia, si bien, advierte, no es la Historia, y especifica que la infiere vinculada a dos conceptos tan interesantes como la identidad y la pertenencia a un contexto nacional, como una ayuda para comprender las ideas y las costumbres de sus diferentes etapas.

         En su selección es evidente que no están todos los que son, pero sí son todos los que están y de ella destacaría tres esfuerzos importantes: en primer lugar la inclusión de títulos poco conocidos, pero relevantes dentro de géneros escasamente estudiados como es el de la literatura de viajes, representada por Embajada a Tamorlan de Ruy González de Clavijo,  o poco cultivados en nuestro país como es la novela gótica, con Galería fúnebre de espectros, de Agustín Pérez Zaragoza; en segundo, la importante presencia de poetas y poemarios, equilibrando una balanza que en propuestas similares se decanta más por la novela; en tercero, es meritorio su empeño por incluir nombres de mujer en número importante, hasta la fecha escasamente representadas en este tipo de trabajos.

         Vivir para leer es un libro de libros, una especie de Mil y una noches de la historia de la literatura, un manual esencial, pero riguroso y suficiente que, en poco más de 150 páginas, resume con experta precisión la española. Su lectura es recomendable para todos los públicos, pero en especial para aquellos lectores escasos de tiempo que quieran construir sobre la columna vertebral de las lecturas propuestas su propio cuerpo lector.

Nacho Escuín, Vivir para leer (Breve guía de la Literatura Española en 101 libros), Zaragoza, Libros del Frío, 2022.

jueves, 20 de octubre de 2022

 

RADIOGRAFÍA DE UN ESCRITOR




            A vivir se aprende viviendo. ¿Perogrullada? Sin duda, pero esa obviedad encierra el secreto del, como diría Pavese, oficio de vivir, lleno de paradojas, entre otras la más importante: vivir es un acto individual que, sin embargo, se ejerce en sociedad. Oficio pues cooperativo desde nuestra misma concepción y nacimiento, el hilo de nuestra vida se entrecruza con los de otras para tejer relaciones familiares, sociales, culturales, religiosas… conformándose de esta manera el entramado que nos constituye como seres humanos. Escribir un diario es dibujar el plano de esas tramas en un papel, para que cuando pase el tiempo podamos o puedan otros tirar del hilo y conocernos mejor para encontrarnos en el laberinto de la existencia. Pero, claro, la memoria llega, como escribiera Goethe, “justo donde llega nuestro interés”.

            Manuel Rico tiene una importante trayectoria como crítico, poeta y narrador, avalada por numerosos títulos, algunos de los cuales han sido reconocidos con premios literarios de renombre, por eso, estos Diarios completos suponen una panorámica privilegiada para conocer los cambios políticos, culturales y sociales de la España de los años ochenta (1985-1991) y de la primera década de nuestro presente siglo (2000-2008) pero, sobre todo, son una reflexión personal de su autor sobre su propia formación como escritor -filias y fobias como lector; dudas y temores como narrador; contradicciones vitales y angustia existencial derivada de la necesidad de dividir un tiempo siempre escaso entre trabajo, compromiso social, dedicación a la literatura y familia- y un acercamiento íntimo a sus particulares fantasmas y obsesiones –la novela española de los años cincuenta; los vínculos entre política y escritura, etc.-

            Manuel Rico confiesa que estos Diarios surgen como necesidad de “hacer pluma”, de practicar la escritura para avanzar en su recién iniciada carrera de novelista y lo cierto es que en ellos muestra una abrumadora capacidad de relatar y combinar estilos, planos de lectura y temas: análisis de libros, viajes, amistades, particular visión de la cotidianeidad, literatura de la memoria, obsesiones y pasiones… Pero lo que comenzó siendo un ejercicio retórico de aprendizaje narrativo, pronto se convirtió en una necesidad de autoreflexión sobre el sentido y finalidad de su misma escritura. En última instancia son una explicación de sí mismo, pero expuesta literariamente a los otros, una forma de darse a conocer, de abrir su mundo interior a los demás desde el autoconocimiento personal.

            Divididos en dos etapas, en la primera nos encontramos con un escritor que empieza: metódico en sus lecturas, comprometido con su escritura y dividido entre el compromiso político y la vocación literaria; obsesionado con publicar y en determinados momentos abatido por los silencios editoriales; ansioso por escapar a Cabo de Palos, La Manga y Sanlúcar de Barrameda… En la segunda, superada la etapa formativa y de lucha por hacerse un hueco en el paisaje literario nacional, donde ya ocupa un lugar destacado por méritos propios, prosigue con la lectura sistemática de sus coetáneos y continúa con su particular lucha con las palabras para lograr un buen poema, pero vive con más distancia y calma los reveses intelectuales; describe la realidad política y social del país, se afana en la recuperación de la memoria histórica y critica sin acritud las obras de algunos de sus compañeros de fatigas literarias por su falta de compromiso; reflexiona sobre su pasado y se recrea en sus gustos y aficiones: disfrutar de la familia y amigos; gozar del contacto con la naturaleza; viajar, por ejemplo a Teruel  y Albarracín (“Teruel existe, pero está lejos. Por Teruel no se pasa (o solo de manera excepcional), a Teruel se va: hay que ir a propósito. Lo mismo que a Albarracín…”); refugiarse en la casa familiar de Gargantilla (“Hace cuatro días que se produjo el acontecimiento: la casa de Gargantilla, el sueño inacabado de mi padre, el lugar de los últimos momentos de felicidad de mi madre, es al fin nuestra.”)

            La descripción de un día se constituye de la suma de diferentes apuntes breves sobre materias diversas: una reflexión vital (“Qué difícil simultanear literatura y actividad política”); un ir y venir del presente al pasado (“Tardes de domingo en el barrio... La imagen de los viejos atentos a las retransmisiones futbolísticas avivó viejos recuerdos de la infancia: la sintonía del ‘Carrusel Deportivo’ que mi padre escuchaba algunas veces, los anuncios de coñac, de anís, de cigarrillos y puros, una cierta mítica de lo varonil y machista que, entonces, el mundo del fútbol albergaba, retornaron de pronto ocupando un espacio no desprovisto de nostalgia…”); una opinión literaria (“…leer a Delibes siempre ha sido un placer…”); una reflexión creativa (“…no existe obra de arte trascendente que no parta de las propias vivencias o que carezca de un marco temporal y territorial determinado…”).

            En la actualidad nos interesa cada vez más saber cómo trabajan los escritores, a qué problemas personales, estéticos y de publicación de originales se enfrentan y cómo los resuelven, por lo que recomendamos leer estos Diarios completos de Manuel Rico en paralelo a su obra poética y narrativa, para tener un mayor conocimiento de sus motivaciones, dudas y procesos creativos, así, de esta forma, comprenderemos mejor y en profundidad su mundo literario, asentado en lo fundamental en sus propias vivencias y experiencias; en la memoria personal (recuerdos, afectos y desafectos) y colectiva; en paisajes y ambientes, etc. En definitiva, son el testimonio del desarrollo de un escritor en contacto con su época. Todo esto nos lo ofrece con honesta sencillez de pensamiento y una prosa muy trabajada, brillante, rica y precisa que, cuando bucea en la memoria del pasado (los finales del verano en su infancia y adolescencia, las experiencias campestres, el descubrimiento de la vida rural por sus hijos, los paseos por los barrios de extrarradio de su niñez, los viajes familiares, el contacto con el primer ejemplar de cada libro publicado, etc.), deviene en un estilo de altos vuelos repleto de un hondo lirismo evocador, una suerte de narrativa autobiográfica que revela la radiografía del escritor que es Manuel Rico, su universo poético esencial, su arte-oficio de vivir siempre comprometido.

 

Manuel Rico, Diarios completos. Madrid, Punto de Vista Editores, 2022

Reseña publicada en la revista cultural Turia, núm. 144

lunes, 15 de agosto de 2022

RECEPCIÓN EN PRENSA DEL LIBRO DE "ELVIRA DE HIDALGO, DE PRIMA DONNA A MAESTRA DE MARIA CALLAS" (I)

 

PRENSA ESCRITA

Gracias a Antón Castro por su magnífica entrevista en el Heraldo de Aragón:



Gracias también a Miguel Artigas por su artículo en el Diario de Teruel:






martes, 5 de julio de 2022

 

DIARIO DE UNA PASIÓN LECTORA


 Mientras el común de los mortales cumplimos años y envejecemos, José Luis Melero cumple lecturas y rejuvenece con cada nueva entrega de esa obra en marcha que con su última publicación, titulada con milimétrica precisión, Lecturas y pasiones, suma ya cinco volúmenes de artículos literarios, tan esenciales como personales -quizá un género creado ex novo por el autor-, en los que en poco más de dos páginas da cuenta de un suceso muy notable presentado mediante una forma textual híbrida mezcla de discurso reflexivo y lenguaje literario, de erudición y divulgación, de temas graves y anecdóticos, con frecuencia salpimentados con humor o, si el asunto lo requiere, un punto de dramatismo, pero siempre sin agobiar, tratados con aparente ligereza, sin pretender ser trascendente, sin sentar cátedra, con datos contrastados y rigor científico, sin apriorismos ni dogmatismos, como si sus descubrimientos siempre hubieran estado al alcance de todos y no escondidos en libros de difícil acceso, propios de bibliófilos y de sesudos escritores, buscando en todo momento el entretenimiento del alma sensible sin caer en el chismorreo tosco y ramplón, suscitando el divertimento intelectual que espolea la curiosidad y provoca la necesidad de saber más sobre la materia tratada.      

         Melero es un maestro en el uso de la anécdota, afición que nace de su pasión por los libros y del placer de su lectura pero ¿qué es una anécdota? Es una redacción muy breve de un suceso trascendente ¿Dónde radica su utilidad? En facilitar la comprensión de la cuestión expuesta, creando una seductora tensión entre el hecho concreto y lo universal, en esto precisamente reside su atractivo y su enorme valor pedagógico: otorga a cualquier texto un carácter narrativo, propio de la historia, del cuento oral, de manera que el lector se siente atraído y disfruta con su lectura, al tiempo que se le obliga a reflexionar, pues su objetivo final no es otro que el conocido “enseñar deleitando” y en esto José Luis Melero es un verdadero experto, un educador  que reniega de la impostada seriedad del birrete y aboga por la sonrisa franca y sincera, al que tampoco le importa recurrir a la fantasía para espolear la nuestra, como ocurre en la tan sugerente como falsa existencia de esa librería-burdel de Bogota, camuflada entre “catálogos de grandes bibliotecas” y librerías reales como la de “Antonio Mateos” o la de sus “amigos de Portadores”. Y es que sus amigos asoman por todas las páginas de sus libros y los homenajea con esa placentera actitud del que cree firmemente en la amistad y tiene claras sus auténticas cualidades: “buen corazón y buena cabeza”. Así dedica sendas entradas a Víctor Juan Borroy y a Miguel Mena, recuerda a Félix Romeo y menciona a Jesús Marchamalo, Antón Castro, Víctor Fernández, y tantos otros con los que cena, viaja, busca libros, comparte aficiones… En suma, con los que vive la vida, sin olvidar, por supuesto, a su sufrida mujer, porque a la postre, lo que le importa es vivir, festejar con otros el hecho de estar vivo… Melero escribe para que lo quieran un poco y para compartir con otros la gozosa alegría de la vida, en especial la de los libros.

         Otra constante de José Luis Melero -persona y escritor- es su aragonesismo militante, su pasión por Aragón es absoluta, y en este nuevo libro se ve agudizada más si cabe en el sentido hegeliano del término: sus gentes, sus costumbres, su cultura -incluyendo la Jota, tan denostada a veces, o el Zaragoza FC, incluso en sus horas más bajas- sus tradiciones… todo le interesa, nada le es ajeno, prácticamente sus ciento doce artículos presentan de una u otra forma un vínculo con nuestra tierra, alcanzando su máxima expresión en esa serie homenaje de cuatro dedicada a García Mercadal, espejo de amor por ella en el que se mira.

         Gracia Mosteo calificó a Melero de “Sherlock Holmes de la literatura” y lo describió, a mi juicio muy acertadamente, comparándolo con un “minero literario al que solo le falta el candil y la mula, mientras va cantando de covacha en covacha con un saco colgado del hombro al que va echando los libros y las vidas que lee…”, así es como yo también lo veo, como un detective ilustrado que disfruta leyendo y contando, como un superhéroe de las letras que rescata personajes injustamente olvidados (Juan Ramón Masoliver, Antonio Maenza, Isidoro de Antillón…), muchos de ellos mujeres (Amparo Poch, la segunda mujer en licenciarse en Medicina en Zaragoza, con Premio Extraordinario de Licenciatura y matrícula de honor en todas las asignaturas de la carrera; la maestra, escritora y feminista, Carmen de Burgos, Colombine; la lexicógrafa del aragonés, Hortensia Buisán; la periodista María Dolores Serrano; la escritora pamplonesa, María Luisa Elio, mujer de Gabriel García Márquez; la bibliotecaria Juana Capdevielle; Amparo Barayón, Ana María Moix, la larga nómina de “Mujeres artistas” ausentes de las canónicas Historias del Arte…)

         Su “diletante” -entiéndase como deleitoso- rescate va más allá de una mera recuperación de nombres, obliga al lector curioso a investigar por su cuenta, a leer y a seguir documentándose sobre aquellos personajes que han sido de su interés, contribuyendo de esta forma a darles una segunda oportunidad de presencia en la historia, al tiempo que supone también una llamada de atención sobre esos olvidos que conlleva aparejada en muchos casos una reflexión sobre el éxito, sobre los inconvenientes de ser consecuente con actitudes personales, ideológicas o propuestas artísticas que se sabían de antemano que no iban a triunfar, mientras que en otras ocasiones ese recuerdo lleva implícita una denuncia de actitudes intransigentes y de marginación consciente.         

         Pero su afición por los raros, postergados e ignorados convive, en un ejemplo de igualdad de trato, con su encendida pasión por los grandes de las letras hispánicas: Baroja, Galdós, Cernuda, Machado (la desnuda narración de sus últimos días es tan dramática como esencialmente machadiana)… claro y su querencia por Lorca, quien quiera conocer el paradero de sus restos tendrá que leer el libro y las diferentes entradas que le dedica, para sacar sus propias conclusiones.    Melero lo reconoce, es un mitómano patológico, un fetichista irredento que se extasía al visitar un espacio o contemplar un objeto que alguna vez estuvo en contacto con uno de sus admirados personajes, por lo general un libro, pero puede ser cualquier otra cosa, por ejemplo, un trozo del arrumbado parqué de la casa de Aleixandre sita en “Velintonia, 3”, si bien, su fetichismo no es egoísta ni acaparador, pretende ser fecundo, generador de ideas tendentes a recuperar, perpetuar y divulgar su memoria.

         José Luis Melero sabe, como decía Cervantes, que “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, que la moral de un hombre, de todos los hombres, de todo un pueblo, es el reflejo de sus lecturas, y él escribe porque ha leído y viajado, porque trabaja infatigablemente para disfrutar como un niño narrando gozoso sus descubrimientos, primero como artículos en el suplemento cultural “Artes & Letras”, luego compilados en forma de libro, caso de Lecturas y pasiones (2018-2021) con las que sigue ampliando esa obra en marcha, ese diario de toda una vida de pasión lectora de bibliófilo culto que ama los libros, los colecciona, lee, estudia y comparte sin ninguna ostentación, con visión renacentista del mundo y del saber, en un intento de mejorar “saputinamente” a las gentes de su tierra.

JOSÉ LUIS MELERO, Lecturas y pasiones, Zaragoza, Xordica, 2021.

lunes, 27 de junio de 2022

RECEPCIÓN EN PRENSA DEL LIBRO "ELVIRA DE HIDALGO, DE PRIMA DONNA A MAESTRA DE MARIA CALLAS" (II)

 

RADIOS (I)

Gracias a Laura Barrachina y Martín Llade por su entrevista en el programa "El Ojo Crítico" de RNE:



 Gracias a Óscar Vegas por su entrevista en su programa de Aragón Radio, "La Cadiera:




 Gracias a Andrés Amorós por su excelente reseña del libro en el programa de Federico Jiménez Losantos, "Las mañanas de Federico":