CASABLANCA

CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

viernes, 19 de junio de 2026

 

EL LUGAR INEXISTENTE DONDE HABITA LA LITERATURA


          


 
Para José Luis Gracia Mosteo, escribir no es una forma de huida, sino un modo de intervenir en lo real, de levantar una arquitectura paralela donde la imaginación no suplanta a la vida, sino que la completa, la corrige y, en ocasiones, la desenmascara. En La leyenda del lugar inexistente. Postales y patrañas del Parnaso, esa concepción alcanza una de sus formulaciones más libres y sugerentes.

            El autor propone un territorio propio —ese Parnaso que prefiere rebautizar como “Paraguas”— que se abre y se cierra con la misma lógica caprichosa de la memoria y la evocación. No es un espacio solemne ni sacralizado, sino un refugio irregular: un asilo de almas literarias, sí, pero también una buhardilla algo desordenada donde conviven la admiración, la ironía y una mirada profundamente humana sobre el hecho literario. En ese lugar, los escritores continúan viviendo después de haber vivido, aunque no siempre en su mejor versión: entre ellos se cuelan impostores que el propio Gracia Mosteo introduce con deliberada irreverencia.

            Ese “Parnaso” no es tanto un lugar físico como un espacio simbólico donde conviven la tradición literaria, la invención y cierta voluntad de desmitificación. Aquí, lo culto y lo lúdico se dan la mano con naturalidad, reforzando esa atmósfera híbrida en la que la alta cultura se permite sonreír y mirarse al espejo sin solemnidad.

            El libro se articula como un conjunto de “postales”, pequeñas piezas que combinan el apunte biográfico, la recreación imaginativa y el guiño humorístico. Lejos de la erudición rígida, el autor opta por una escritura ágil, cómplice, que invita al lector a recorrer ese territorio incierto con una sonrisa y cierta complicidad cultural. Pero, además, estas piezas se organizan en distintas secciones que dotan al volumen de una estructura interna coherente y muy significativa.

            Así, “Los fantasmas del paraíso” reúne breves semblanzas de escritores admirados, aunque no por ello exentos de una crítica a veces contundente: una suerte de biblioteca universal personal donde caben tanto la devoción como el ajuste de cuentas. En “Museo de retratos orales”, Gracia Mosteo propone una colección de retratos en la que los grandes de las letras son observados por otros grandes, no solo de la pluma sino también, como él mismo señala con ironía, “del cotilleo”, añadiendo una dimensión humana y desmitificadora al canon.

            Por su parte, “Blablablá poético del lugar” ofrece un conjunto de reflexiones de corte casi impresionista sobre la escritura y los escritores: piezas breves y sugerentes que abordan cuestiones como “El poema perfecto”, “Los poetas piratas”, “Los límites de la poesía”, “El oficio de poeta”, “Poetas y novelistas”, “Breviario poético del ligue”, “¿Influyen las letras en el poema?”, “Poetas y literatos”, “Rap de los poetas raros” o “La familia del poeta”. Este apartado puede leerse como una prolongación natural de su ensayo anterior, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos?, y dialoga de forma directa con la sección siguiente, “Un paraíso con muchos Jacks the Ripper”, donde el autor reflexiona sobre la importancia de la desobediencia y la rebeldía en el acto creativo.

            El recorrido se cierra con “Flotando en el río y alejándose”, una sección en la que, a partir de la metáfora heracliana de la vida como un río —donde el agua vivificadora convive hoy con la basura—, Gracia Mosteo traza una lúcida reflexión sobre la escritura contemporánea, en especial de la poesía, retomando y ampliando intuiciones ya presentes en su obra ensayística previa.

            Uno de los mayores aciertos del libro es, sin duda, su tono. Hay en sus páginas una amabilidad cómplice con el lector, una invitación constante a participar del juego sin necesidad de solemnidad. Gracia Mosteo no escribe desde la torre de marfil, sino desde una cercanía que permite disfrutar tanto al lector curioso como al más avezado. La erudición está, pero no pesa; la reflexión aparece, pero nunca abruma.

            Su estilo es impecable, claro y preciso, fruto de una decantación continua y de una sólida formación literaria. Como recuerda en “El fantasma de Borges”, para escribir bien hay que corregir, corregir y corregir y, por supuesto, leer, leer y leer. De algún modo, este libro puede catalogarse también como un divertido manual de escritura, poblado de ejemplos de escritores reales y salpicado en todo momento de ese humor somarda tan característico de este autor que, pese a vivir en Madrid, siempre ha ejercido de aragonés.

            Al mismo tiempo, el libro no renuncia a la polémica —como el mismo advierte—, aunque lo hace desde una inteligencia que prefiere la sugerencia a la imposición, la ironía a la diatriba.

            Esa mezcla —admiración y risa, conocimiento y desenfado— es, en definitiva, uno de sus mayores logros. Gracia Mosteo consigue acercar figuras, ambientes y mitologías literarias desde una perspectiva que no renuncia al rigor, pero tampoco al placer de la invención. Su “Paraguas” se convierte así en un espacio literario propio, reconocible, donde lo real y lo ficticio se entrelazan con naturalidad.

            En última instancia, La leyenda del lugar inexistente es un homenaje a la literatura desde una mirada tan crítica como divertida. El resultado es un libro que se deja leer con agrado, que despierta la sonrisa y, de cuando en cuando, invita a detenerse y pensar.

martes, 2 de junio de 2026

 

ENTRE LA MEMORIA Y EL ESPECTÁCULO: EL ARTE DE INVENTARSE DE XAVIER CUGAT


           

          


  La edición de Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, recuperada por la editorial Fórcola, no es solo la reedición de unas memorias, sino la restitución de una voz tan fascinante como poco fiable: la de Xavier Cugat, uno de los grandes fabuladores de sí mismo en el siglo XX.

            Desde sus primeras páginas —respaldadas por un prefacio excepcional firmado por Frank Sinatra— el libro se presenta como una celebración del espectáculo entendido como forma de vida. No deja de resultar insólito que el propio Sinatra, evocando sus inicios, confesara que de haber nacido en España habría soñado con integrarse en la orquesta de Cugat; en ese mismo texto subrayaba además la “fuerza” y la “vibración” de una música con la que siempre se sintió identificado. Francisco de Asís Javier Cugat Migall de Bru y Deulofeu, violinista, caricaturista y director de orquesta que conquistó Hollywood y popularizó los ritmos latinos en Estados Unidos, narra su ascenso con un tono que oscila entre la confesión y la autoparodia. Esa ambigüedad constituye, precisamente, uno de los mayores atractivos del volumen: el lector nunca sabe con certeza dónde termina la memoria y comienza la invención.

            Durante décadas, y especialmente tras su muerte en 1990, la figura de Cugat —“Cugie” para Sinatra— fue deslizándose hacia un cierto olvido, convertida casi en un anacronismo. Sin embargo, su recuperación ha sido paulatina, impulsada en parte por obras como Confeti de Jordi Puntí, y ahora consolidada con esta reedición, que devuelve a las librerías un texto imprescindible para entender la construcción de su mito.

           


El prólogo de David Felipe Arranz sitúa con acierto al personaje en su contexto cultural: el de un entertainer total, capaz de convertir su propia biografía en una extensión de su espectáculo. Arranz reivindica además la vigencia de su legado, subrayando esa energía excesiva, estética y pragmática que convirtió a Cugat en uno de los pocos españoles verdaderamente universales del siglo XX.

            En efecto, Cugat no solo cuenta su vida, sino que la escenifica, encadenando episodios que lo vinculan con estrellas, mafiosos, presidentes o iconos del cine, en una sucesión que remite más al imaginario hollywoodiense que a la autobiografía tradicional. Sus páginas se convierten así en un auténtico “quién es quién” del siglo dorado del espectáculo: desfilan figuras como Clark Gable, Charlie Chaplin, Rita Hayworth, Walt Disney o Cantinflas, entre muchos otros, junto a nombres de la música como Bing Crosby o Barbra Streisand. Que esos encuentros fueran a veces fugaces o magnificados forma parte del juego narrativo que Cugat propone.


            La autobiografía —subtitulada significativamente Mis primeros ochenta años— traza un recorrido que arranca con su nacimiento en Girona en 1900 y su temprana formación en La Habana, donde llegó a ser violinista de la Sinfónica del Teatro Nacional. Desde ahí, su carrera despega con un concierto en el Carnegie Hall en 1920 y se despliega entre Europa y Estados Unidos: estudios en Berlín, incursiones en la caricatura en el Los Angeles Times, regreso a la música y, sobre todo, el triunfo de su orquesta durante años en el Waldorf Astoria de Nueva York. A ello se suma su intensa vida sentimental —cinco matrimonios, entre ellos con Abbe Lane o Charo Baeza—, convertida también en materia narrativa.

            El libro incorpora, además, episodios que oscilan entre lo anecdótico y lo revelador: desde su relación con Sinatra —que grabó su primer disco con la orquesta de Cugat— hasta la muerte de Carmen Miranda durante un intermedio, pasando por reflexiones tan irónicas como aquella en la que afirmaba que “estar arruinado en España… es una felicidad”, en alusión a sus propias dificultades económicas. No faltan tampoco comentarios sobre el mundo del espectáculo —incluido el “cainismo” entre artistas hispánicos—, ni detalles más mundanos sobre peluquines, casinos o negocios de restauración.

            La edición, a cargo de Javier Jiménez, resulta especialmente valiosa por el aparato de notas —cerca de un centenar— que actúa como contrapunto crítico y contextualiza con precisión la trayectoria de Xavier Cugat. A ello se suman dos amplios cuadernillos centrales de ilustraciones y caricaturas, que no solo muestran el talento gráfico de Cugat —en ocasiones cercano al estilo del artista mexicano Miguel Covarrubias—, sino que funcionan como un retrato visual de toda una época, desde sus inicios en Carnegie Hall hasta sus apariciones televisivas, como su actuación en The Ed Sullivan Show en 1967.

            Estamos, en realidad, ante un libro escrito, pero también dibujado. Cugat poseía un notable talento para la caricatura y el retrato humorístico, aunque en ocasiones tomara como referencia imágenes del propio Covarrubias. En Yo, Cugat abundan los ejemplos de esa habilidad con el lápiz: aparecen caricaturizados personajes como Greta Garbo, Liza Minnelli, Salvador Dalí, Pau Casals o el propio Cugat, convertido en imagen de referencia de uno de sus negocios de restauración, Casa Cugat, en los estudios de Metro-Goldwyn-Mayer. De alguna manera, esta faceta artística que cultivó hasta el final de su vida enlaza con la tradición de Enrico Caruso, gran tenor y también excelente dibujante, cuya figura resultó decisiva para que Cugat optara por dedicarse plenamente —y con notable éxito— al mundo de la música.

            Ese diálogo entre texto e imagen se completa con un sólido aparato final: cronología, filmografía, discografía e índice onomástico que recorre un arco cultural que va de Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven a figuras del espectáculo del siglo XX.

            A ello se suma un trasfondo biográfico especialmente revelador: la escritura de estas memorias en los años finales de su carrera, cuando, tras décadas en Hollywood, decidió regresar a Cataluña en 1972, instalándose en el Hotel Ritz de Barcelona, donde viviría sus últimos años y aún formaría una nueva orquesta, llegando a grabar en 1987 el álbum Cugat desde el Ritz. En ese proceso desempeñó un papel clave Enrique Sabater, antiguo secretario de Salvador Dalí, cuya labor editorial fue decisiva para que estas memorias vieran la luz.

            Los epílogos —firmados por Diego Mas Trelles, Ignacio Peyró y el propio Puntí— amplían esa perspectiva. Especialmente sugerente es la mirada de este último, que incide en el carácter kitsch, excesivo y profundamente moderno del personaje, alguien que entendió antes que muchos que la fama también se construye a base de relato y artificio. Peyró, por su parte, subraya con tono elegíaco esa mezcla de esplendor y ocaso, entre el brillo del Ritz y la nostalgia de un mundo desaparecido.

            No debe olvidarse, además, que estas memorias dialogan con una tradición previa: Cugat ya había publicado en 1948 Rumba is my life, reutilizando parte de ese material en la versión de 1981 con la clara intención de fijar su propia versión de los hechos y adelantarse a futuros biógrafos. En ese gesto hay tanto control del relato como intuición moderna de la celebridad.

            En conjunto, esta edición de Yo, Cugat no solo recupera a una figura clave en la difusión de la música latina —el célebre “rey de la rumba”, precursor de una explosión cultural que hoy llega de Rosalía a Bad Bunny—, sino que invita a reflexionar sobre la construcción de la celebridad en el siglo XX. Más que unas memorias al uso, el libro es un artefacto narrativo donde vida y espectáculo se confunden deliberadamente. Y ahí radica su mayor virtud: en recordarnos que, en el caso de Cugat, la verdad siempre fue, también, una forma de ficción.

 

jueves, 7 de mayo de 2026

 

EL PESO DEL PASADO



            Tormenta de polvo fino es una novela breve solo en apariencia. Bajo su extensión contenida, Carlos Fortea construye un artefacto literario de gran densidad simbólica y narrativa, en el que convergen memoria, historia e interrogación moral. Profesor universitario y reconocido traductor —galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción—, ya había mostrado en novelas como Los jugadores o El mal y el tiempo —reseñadas en estas mismas páginas— su interés por los dilemas éticos y por la persistencia del pasado en el presente. En esta ocasión, la obra llega a las librerías bajo el sello de Nota al margen, editorial independiente fundada en 2024 con la vocación de apostar por propuestas literarias exigentes y alejadas de la lógica puramente comercial.

            Desde sus primeras páginas, el lector percibe que no se encuentra ante una narración convencional, sino ante una indagación en aquello que queda fuera del relato histórico oficial. El protagonista —un narrador sin nombre— recorre archivos olvidados, abre legajos que nadie consulta porque no pertenecen a personajes ilustres, sino a personas comunes. Al hacerlo, se levanta una nube de polvo: el polvo de la historia acumulado en los papeles de la gente normal, esa “tormenta de polvo fino” que da título a la novela y funciona como poderosa metáfora del pasado silenciado. “Los recuerdos ajenos son míos. Fermentan, y los gases que producen alimentan mi mente como si se tratara de una gran turbina”, afirma el narrador, dejando claro que su tarea no es reconstruir grandes acontecimientos, sino rescatar vidas sepultadas por el olvido.

            En este gesto se sitúa el verdadero núcleo intrahistórico de la novela. En un sentido claramente unamuniano, Fortea no se interesa por la historia de los grandes acontecimientos ni por la de los dirigentes políticos, sino por la de quienes la padecen y la sostienen en silencio, “la historia de la gente”, hecha a pico y pala. Conviene insistir en ello: no estamos ante una novela histórica al uso. Aquí no se reconstruyen batallas, fechas decisivas ni grandes decisiones políticas. Se trata, más bien, de una novela sobre la memoria, construida a partir de vivencias individuales de personas sumergidas en su tiempo, que viven dentro de los acontecimientos sin alcanzar nunca una perspectiva completa sobre ellos. El narrador actúa como un mediador entre pasado y presente: recorre casas vacías, escucha los ecos de quienes las habitaron y recompone fragmentos de vidas comunes, marcadas —y con frecuencia aplastadas— por los vaivenes políticos y sociales de la historia española. En esa lograda fusión de verdad y ficción, devuelve al relato colectivo a individuos anónimos, arrastrados por los acontecimientos y herederos de culpas ajenas, cuyas intrahistorias reclaman, por fin, un lugar en la memoria compartida.

            La novela se articula como una auténtica “novela de novelas”, una estructura fragmentaria que permite abarcar más de dos siglos de historia sin recurrir a un relato lineal. Desde la Guerra de la Independencia hasta la Transición, las tramas se suceden y se entrecruzan, y sitúan ya en 1812 —momento en que el país se parte en dos, entre quienes aspiran a un cambio hacia la libertad, el progreso y la mejora de las condiciones de vida, y quienes desean que todo permanezca perpetuamente igual— el inicio de un presente que sigue proyectándose hasta hoy. Frente a la idea de que todo comienza con la Guerra Civil, la novela sugiere que esta no fue la causa, sino la consecuencia de un conflicto ideológico y social acumulado durante más de un siglo: en ese sentido, somos hijos e hijas de Cádiz. En ese amplio arco histórico se inscriben las distintas tramas: un afrancesado que planea vengarse de Fernando VII mientras espera el regreso de “El Deseado”; la amistad forjada en la Guerra de Marruecos entre dos jóvenes destinados a tomar caminos opuestos; un maestro solitario en el frente sublevado durante la Guerra Civil; una actriz en los años de la República; una periodista en tiempos de la Transición; o el romance entre una actriz emergente y un diplomático alemán poco antes del ascenso de Hitler. Son siete u ocho relatos distintos, poblados por personajes que, sin ser reales en sentido estricto, poseen un claro “pozo de realidad”: ecos de personas conocidas, oídas, vividas.

            Estos personajes luchan, aman, obedecen o resisten según las circunstancias históricas que les tocan en suerte. Sus decisiones aparecen siempre condicionadas —y a veces anuladas— por el contexto, lo que da lugar a una reflexión especialmente lúcida sobre la imposibilidad de separar pasado y presente. En este sentido, el tiempo avanza porque se va saltando de relato en relato, de vida en vida, y las vidas de todos los personajes van dando como resultado la vida del país. No en vano, uno de los pasajes más elocuentes afirma: “La historia es igual que una noria puesta en el cauce de un río, nunca gira hacia atrás”. La estructura fragmentada refuerza esta idea y exige del lector una implicación activa: Fortea no ofrece respuestas cerradas, sino episodios que dejan preguntas abiertas y reverberan más allá de la página.

            El estilo, sobrio y preciso, contribuye a crear una atmósfera absorbente en la que lo histórico y lo imaginario se confunden, como ese polvo fino que se deposita lentamente y acaba cubriéndolo todo. Aunque a lo largo del libro se abordan temas como el poder, la venganza o la lucha política, el verdadero núcleo es la memoria: la que duerme en los archivos, deformada por el tiempo, y la que se proyecta hacia un futuro incierto en el que aún podría servir para corregir errores, si alguien se detuviera a escucharla.

            En conjunto, Tormenta de polvo fino es una obra exigente y profundamente sugestiva, ideal para lectores interesados en la literatura introspectiva y en la reflexión histórica. La novela sugiere la convicción de que el mundo se encamina cíclicamente a la repetición de las catástrofes porque las olvida, y de que ese olvido no es inocente, sino a menudo fomentado por quienes medran en la oscuridad. Frente a ello, el autor aspira a arrojar luz: los focos que iluminan el pasado, parece decirnos, despejan también el camino del futuro. Con esta novela, Carlos Fortea se confirma como una de las voces más singulares de la narrativa española contemporánea, capaz de convertir el silencio, el polvo y las vidas marginales en el auténtico centro del relato.

viernes, 10 de abril de 2026

 

RAMÓN J. SENDER ANTE MARILYN MONROE: FRIVOLIDAD Y ABISMO



            La visión que Ramón J. Sender ofrece de Marilyn Monroe en su libro Monte Odina es mucho más compleja de lo que podría esperarse de un simple retrato de admiración. No se trata solo de la evocación de una estrella de cine deslumbrante, sino de una reflexión sobre la frivolidad, el erotismo, la inteligencia y la soledad del genio en el mundo contemporáneo. Sender, que la conoció personalmente, construye una imagen paradójica: la de una mujer aparentemente ligera y, al mismo tiempo, profundamente trascendente.

            Desde el comienzo, el escritor la sitúa entre esas actrices que, además de talento, estaban dotadas de “un genio movedizo y espumoso” y de un cuerpo lleno de atractivos. La compara incluso con Joan Crawford, a quien considera quizá más talentosa pero menos hermosa. Sin embargo, para Sender, Marilyn ocupa un lugar singular: es la “novia universal”, figura casi mítica cuya muerte —suicidio trágico— añadió a su imagen frívola un “doble fondo” de resonancia cósmica.

            El autor concede importancia al libro de Maurice Zolotov, dedicado a la actriz en vida de ella. Allí, sostiene, que no todo es opinión del biógrafo: muchas afirmaciones estaban inspiradas o dictadas por la propia Marilyn. Ella quería que ciertas cosas se supieran. Y Zolotov obedecía. ¿Quién no habría obedecido?, sugiere Sender, consciente del magnetismo irresistible de la actriz.

            Uno de los ejes del texto es la reivindicación de la frivolidad. Para Sender, la frivolidad no es superficialidad vacía, sino una dimensión necesaria de la existencia. Marilyn era “tan frívola que no había más remedio que tomarla en serio”. Su belleza clásica despertaba en el hombre un sentido también clásico y eterno de la masculinidad. Restablecía el “amor-voluptuosidad” frente al amor nupcial, canónico, supuestamente “puro”. En esa línea, la compara con el mito de Don Juan Tenorio: así como Don Juan defendía los derechos del deseo frente a la moral rígida, Marilyn encarnaba una versión femenina —“Donjuanita”— de esa misma reivindicación natural.

            Pero bajo esa exaltación hay un trasfondo doloroso. Sender recuerda que, siendo niña, fue violada por un hombre con discapacidad mental que le dio un níquel para comprar su silencio (esto es parte de la mítica). Ese comienzo “horrible” contrasta con la posterior idolatría masculina: hombres dispuestos a pagar fortunas por una sola noche con ella (incluso por ocupar el nicho superior al suyo). La frivolidad, por tanto, no niega el trauma, sino que convive con él.

            El escritor la conoció en Nueva York, en una reunión presidida por Arthur Miller. Aunque Miller hablaba elocuentemente, nadie le escuchaba: todas las miradas se dirigían a Marilyn, que repartía sonrisas con una atención infantil y lisonjera. Sender describe una amistad teñida de ingenuidad, más cercana al juego que a la galantería. En otra ocasión, hablando de amor, Marilyn confesó que llevaba años esperando al hombre que la “venciera y convenciera”. Esa idea de la batalla amorosa revela una concepción de los sexos distante de la igualdad abstracta: para ellas, decía Sender, la diferencia era natural y complementaria.

            Muchos no la tomaban en serio. Los productores afirmaban que cada pulgada de su cuerpo era sexo. Sender añade que también lo era cada matiz de su personalidad. Su aparente simpleza escondía una complejidad nerviosa extraordinaria. “Nada tan trabajado como ciertas formas de sencillez”, afirma, recordando que la frivolidad puede ser fruto de una elaboración constante.

            La biografía de Zolotov introduce elementos freudianos: su impuntualidad como castigo inconsciente a una sociedad que la abandonó en la infancia; la madre internada en un hospital psiquiátrico, sostenida económicamente por ella; la necesidad de escuchar música clásica antes de posar para un calendario. Son detalles que desmienten la trivialidad. También su memoria minuciosa —recordaba el menú de su primera comida con Joe DiMaggio— y su negativa a subir al cuarto del hotel “para ver trofeos”, gesto que Sender interpreta como discreta responsabilidad.

            La lista de hombres que admiraba —Marlon Brando, John Huston, Arthur Miller, Jerry Lewis y Jawaharlal Nehru— revela una combinación espontánea y barroca. Frente a la gravedad trágica de Greta Garbo, símbolo de la “mujer fatal”, Marilyn representaba el derecho al amor-orgía sin fatalidades añadidas. Era, según Sender, un valor definidor de su tiempo.

            Su muerte ocurrió cerca de donde él vivía, junto al campus de Universidad de California en Los Ángeles. La noticia le impresionó, aunque no le sorprendió del todo: sufría depresiones, la “soledad de las alturas” propia de los genios. Sender la equipara, en esa soledad, a figuras como Charlie Chaplin, Bernard Shaw o Albert Einstein. Para él, también Marilyn era un genio, una supernova: pequeña, explosiva, destinada a estallar.

            Uno de los pasajes más reveladores es el diálogo sobre Dios en la terraza de un planetario de Los Ángeles. Ella duda; él responde que ha visto a Dios en la sonrisa de un hijo y en el rostro de una madre muerta. “Eso es poesía”, replica Marilyn. Y concluye: “Sólo la poesía es verdad en la vida”. La actriz, que se sentía en pecado, muestra aquí una inquietud religiosa inesperada. Sender la tranquiliza con una imagen audaz: Dios, más generoso que un juez humano, concede siempre un último deseo, y ese deseo sería el perdón.

            Tras el suicidio, todos revisaron su juicio sobre ella. Sender no. Siempre había sostenido que para parecer tan deliciosamente tonta debía de ser muy inteligente. Arthur Miller, en cambio, escribió después sobre ella una obra de teatro considerada casi sacrílega por los críticos, mientras Joe DiMaggio acudía con flores al lugar de la muerte.

            La imagen final es poderosa: Marilyn, cruzada en la cama, el teléfono descolgado, la sonrisa infantil intacta. ¿Qué número quería marcar? Sender se permite una ilusión imposible. La distancia entre su casa y la de ella era de diez minutos; la distancia entre la vida y la muerte, infinita. Frívola y gozosa, supernova estallada, Marilyn encarna en la mirada de Sender la paradoja suprema: saber que se posee belleza y éxito, y aun así sucumbir al abismo. Y en ese “sin embargo” final queda suspendido el misterio.

jueves, 2 de abril de 2026

 

SOMBRAS EN FOCO





            En Estás en mis ojos, Angélica Morales nos entrega mucho más que una novela. Nos ofrece una mirada detenida, firme, poética y brutal sobre lo que no se quiso ver y lo que aún sigue invisible. Publicada por Editorial Destino, esta obra confirma su madurez como narradora sin renunciar a su raíz poética: una historia tejida con precisión quirúrgica, lirismo contenido y una conciencia aguda sobre la violencia estructural que atraviesa a las mujeres, también en la literatura.

            Premiada en 2024 con el Búho por La casa de los hilos rotos y con el Santa Isabel de Portugal de poesía por Dolor —reconocimientos que suma a otros muchos obtenidos con anterioridad y que, sin duda, seguirá ampliando—, Morales se encuentra en un momento “dulce” de su carrera. Fiel a su naturaleza poética, su narrativa continúa siendo una prolongación de esa sensibilidad. En esta ocasión, la escritora turolense afincada en Huesca reconstruye —y reimagina— la historia de Hélène Roger-Viollet, fotoperiodista pionera, feminista, visionaria, empresaria y víctima de un asesinato tan brutal como el olvido posterior que eclipsó su obra.

            Estás en mis ojos es un thriller hipnótico, a la vez reconstrucción biográfica y ejercicio de memoria lúcida y reveladora. La novela transcurre en dos tiempos narrativos que dialogan entre sí con intensidad y profundidad. En 1985, en un París aún teñido por sus propias penumbras históricas y emocionales, Hélène es brutalmente asesinada por su esposo y socio, Jean Fischer. No interpreten esto como un espóiler ni como un giro inesperado, este crimen es el punto de partida del relato, su impulso inicial, lo que activa todas las piezas de la trama. La inspectora Isabel Santolaria, encargada de esclarecer el caso, se ve arrastrada no solo por la oscuridad del crimen sino también por la de su propia vida, marcada por una relación tóxica y opresiva con Michel Étienne.

            Treinta años más tarde, Isabel vive retirada en el valle de Hecho, dedicada a la escritura desde las sombras. Su aparente calma se ve sacudida cuando recibe un encargo inesperado: escribir la biografía de Hélène. Aceptarlo implica enfrentarse al pasado, no solo al de la víctima, sino al suyo propio. Lo que comienza como una labor literaria se transforma en una doble indagación: la reconstrucción de una vida truncada y la revisión íntima de una herida aún abierta.

            Este viaje hacia la verdad nos lleva mucho más allá del crimen. Retrocedemos hasta 1936, al inicio de la Guerra Civil española. Luego nos desplazamos al Argel de la Segunda Guerra Mundial, atravesamos la efervescencia de la Cuba revolucionaria, y, en paralelo, se intercalan los momentos del presente de Isabel —al silencio, al retiro, y al pulso íntimo del acto de escribir— en casa Martina, ubicada en el sereno y hermoso valle pirenaico de Hecho. Allí, en ese paisaje de calma aparente, se desenredan los hilos de la historia y de la memoria, iluminando las zonas oscuras que el tiempo no ha logrado borrar.

            La gran potencia de esta novela reside en cómo Morales convierte la mirada —literal y metafóricamente— en el eje narrativo. La inclusión de la optografía, esa vieja pseudociencia que creía que los ojos conservaban la última imagen antes de morir, no funciona aquí como simple recurso de intriga, sino como una poderosa metáfora. ¿Qué imágenes quedan impresas en la retina de la memoria? ¿Qué verdades nos negamos a ver? En ese gesto, Morales hermana la mirada fotográfica de Hélène con la mirada narrativa de Isabel, seguramente también con nuestra propia mirada de lectores.

            Morales no escribe desde el morbo ni desde la estadística, sino desde la necesidad de devolver a Hélène su lugar como sujeto y no solo como víctima. Esta novela invierte el relato histórico, que tantas veces se limita al crimen y se olvida de la vida. Hélène, mujer adelantada a su tiempo, inteligente, carismática, no especialmente “bella” según los cánones, pero luminosa e imponente, emerge aquí como figura plena: artista, empresaria, jefa, feminista, pero también, mujer enamorada y… superviviente de su tiempo… hasta que dejó de serlo por obra de un hombre incapaz de vivir a su sombra.

            La ambientación de París, especialmente en los años 80, es otro de los logros del texto. Es un París que ya no existe, pero que sigue palpitando entre las calles húmedas, las paredes con moho y las voces que se cuelan desde las fotografías. Junto a ello, como hemos anticipado, la presencia de los valles altoaragoneses y el fenómeno de las “golondrinas” —esas mujeres migrantes de ida y vuelta— le dan al relato una profundidad telúrica, muy conectada con lo real y con lo íntimo.

            Estás en mis ojos es una novela negra, sí, pero también es una historia de memorias cruzadas, de secretos familiares, de traumas encarnados y de mujeres que, aun equivocándose, intentan nombrar su dolor. Morales construye personajes complejos, quebrados y honestos (excelentes secundarios son la criada argelina; el matrimonio de homosexuales que tienen alquilada la zapatería de Rosario; Marguerite y Jacqueline...). Isabel Santolaria no es solo una testigo: es otra víctima del mismo sistema que anuló a Hélène. Y su proceso de reconstrucción a través de la escritura es también el de muchas lectoras que han sido silenciadas de formas más sutiles.

            Esta es una novela que no teme a la oscuridad,  más bien persigue la luz. Angélica Morales demuestra que escribir es mirar de frente, aunque duela. Y que las historias, cuando son verdaderas, se nos quedan impresas en los ojos mucho tiempo después de haber cerrado el libro.

            Una obra imprescindible. Conmovedora, inquietante y necesaria.

 

Angélica Morales, Estás en mis ojos, Barcelona, Destino, 2025.

 

lunes, 16 de marzo de 2026

 

ESCRIBIR COMO VIAJAR: MEMORIA, LENGUAJE Y ÉTICA EN VIDA DE RAMÓN ACÍN


           



Vida
es un libro de relatos en el que Ramón Acín Fanlo despliega una mirada profundamente humanista, una forma de ver la vida desde los ojos de un escritor atento a los gestos mínimos y a la dignidad silenciosa de las personas comunes. Los relatos parten siempre de la realidad concreta —de lo vivido, lo observado, lo recordado—, pero esa materia cotidiana se transforma en literatura mediante una escritura precisa y consciente de sus recursos. No se trata de contar grandes acontecimientos, sino de detenerse en la experiencia diaria, en los afectos, el trabajo, la injusticia y la esperanza, y hacer de todo ello un espacio de reflexión compartida.

            El libro se conforma como un organismo vivo y pensante: cuatro bloques de diez textos —Desafuero, Hecho, Desliz y Desasosiego— que avanzan desde la herida histórica hasta la inquietud moral contemporánea, precedidos cada uno por la definición del Diccionario ideológico de Casares, un gesto que no es ornamental sino programático. Porque aquí el pensamiento se vuelve lenguaje y el lenguaje, experiencia: somos palabra, nacemos y morimos palabra. En Desafuero late la memoria de la guerra, la culpa y la corrupción moral de la dictadura; en Hecho, los encuentros y desencuentros con figuras cuyo olvido alivia y cuyo recuerdo duele; Desliz juega con los pecados capitales y las virtudes teologales como máscaras narrativas; y Desasosiego abre dilemas y enigmas de interpretación abierta. Con una prosa sobria y afilada, Acín compone un libro donde cada relato es una definición en acto, una tentativa de nombrar —y entender— eso que llamamos vida.

            Con una prosa clara y sin artificios innecesarios, Acín Fanlo construye escenas breves en las que el lenguaje adquiere un papel central. Destaca especialmente la precisión expresiva y el cuidado por la palabra justa, pero también la presencia de un humor sutil, muy aragonés, cercano a lo somarda, que atenúa la dureza de algunas situaciones y aporta una mirada irónica y compasiva sobre la condición humana. Ese humor, nunca estridente, forma parte de la identidad del libro y contribuye a su cercanía con el lector.

            Los relatos de Vida se caracterizan por su sobriedad expresiva y por una fuerte carga ética. El autor observa a sus personajes con empatía, sin idealizarlos ni juzgarlos, y deja que sean sus actos —a menudo modestos, a veces dolorosos— los que revelen su humanidad. En ellos reaparecen temas recurrentes en la obra de Ramón Acín: la Guerra Civil; la importancia del pasado como espacio de memoria; y una reflexión pausada sobre cómo ese pasado sigue influyendo en el presente. La literatura se convierte así en una forma de diálogo entre tiempos, en una herramienta para comprender lo que somos.

            Uno de los rasgos más destacados del libro es su compromiso social. Sin caer en el panfleto, los relatos dejan entrever una crítica a las desigualdades, al autoritarismo y a la violencia ejercida sobre los más vulnerables. La atención a la vida de quienes suelen quedar al margen del relato oficial convierte el libro en una reivindicación de la memoria y de la justicia cotidiana, entendida como respeto y solidaridad entre las personas.

            De algún modo, Vida funciona también como un cuaderno de viajes, no solo geográficos sino también vitales. En uno de los relatos, el propio autor, a través del protagonista, reconoce que “escribir es como viajar”, una idea que resume bien el espíritu del libro: la escritura como desplazamiento, como mirada abierta al mundo y a los otros, como forma de conocimiento y de encuentro.

            El tono general es contenido, a veces melancólico, pero no exento de luz. Incluso en los momentos más duros, Vida deja espacio para la ternura, la ironía suave o la confianza en la capacidad humana para resistir y crear vínculos. Esa combinación de lucidez y compasión es una de las mayores virtudes del libro.

            En conjunto, Vida es una obra breve pero intensa, que invita a leer despacio y a reflexionar sobre lo esencial. Un libro que demuestra cómo la literatura puede ser, al mismo tiempo, sencilla en su forma y profunda en su alcance, y que confirma a Ramón Acín Fanlo como una voz comprometida con la defensa de la vida en todas sus dimensiones.