CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

lunes, 9 de febrero de 2026

 

LA DANZA COMO DESTINO: IN MEMORIAM DE CARMELO ARTIAGA MIALDEA.


           


    Con profundo dolor y una emoción difícil de expresar, los miembros del Consejo Directivo de la Academia de las Artes del Folclore y de la Jota de Aragón hemos despedido recientemente a Carmelo Artiaga Mialdea, fundador y primer presidente de la institución, bailarín, coreógrafo y maestro irrepetible. Figura capital de la danza aragonesa contemporánea, fue también uno de los grandes nombres de la Jota en su proyección artística, pedagógica e internacional.



            Recuerdo con especial emoción cómo Carmelo quiso que uno de los primeros actos de la Academia se celebrara en Teruel. Aquel gesto no fue casual ni meramente protocolario. Consistió en el nombramiento en el año 2018 de los músicos vigueses Carlos Núñez, Xurxo Núñez y Pancho Álvarez como los primeros Académicos de Honor de la institución, en un acto solemne celebrado en el Círculo de Recreo Turolense. La investidura precedió al concierto-presentación La Hermandad de los Celtas, que pudo disfrutarse esa misma jornada en el Teatro Marín. Aquella iniciativa resumía bien su manera de entender la cultura: tejer redes, crear vínculos y unir tradiciones, haciendo dialogar los folclores más allá de fronteras y acentos.



            Nacido en Zaragoza, tras pasar su infancia en París, su vida estuvo entregada desde muy temprana edad a la danza, entendida no solo como disciplina artística sino como forma de conocimiento, de identidad y de diálogo entre culturas. Su formación comenzó en el Folclore Aragonés y la Escuela Municipal de Jota de Zaragoza entre 1971 y 1976, donde se fraguó un vínculo indisoluble con la tradición que nunca abandonaría y que más tarde sabría enriquecer con una visión abierta, rigurosa y profundamente contemporánea. En este campo se forjó bajo la guía de maestros esenciales: Andrés Cester Zapata, Angelita Vidal y Felisa Sevillano Querol, de quienes heredó no solo técnica, sino una manera de entender la danza como memoria viva. Formó parte del Grupo Folclórico Nobleza Baturra, donde el rigor y la tradición marcaron su carácter artístico. Más tarde asumió la dirección de la Escuela Municipal de Danza Villa de Tauste, convirtiéndola en un espacio de aprendizaje y transmisión. En 1990 dio un paso decisivo al crear su propia compañía de danza, con la que inició un camino personal de investigación, creación y compromiso con el folclore aragonés. 




            A partir de ahí, su trayectoria formativa fue tan extensa como exigente. Se formó en ballet clásico, contemporáneo y danza española en Zaragoza, Madrid y Palma de Mallorca entre 1977 y 1986, de la mano de maestros y maestras fundamentales como Carmen de la Vega, Almudena García Lobón, Isabel Pérez, Mona Belizán, Ana y Emma Maleras, Renée Gerard, Luis Fuente, José Espadero, Juanjo Castaño o El Güito. Amplió estudios en la Escuela de María de Ávila (1981-1983) y fue becado por la Escuela del Bolshói de Moscú entre 1983 y 1986, una experiencia decisiva que marcaría su concepción del rigor técnico y del escenario como espacio de verdad artística.

            Completó su formación en el Conservatorio Superior Óscar Esplá de Alicante, donde cursó las carreras de Danza Clásica y Danza Española, y se especializó en danza contemporánea y afrocubana en el centro de Karen Taft en Madrid. A ello se suman estudios de anatomía de la danza en Toulouse, cursos de danza de carácter, clásico español, jazz, técnica Fosse, así como una incesante curiosidad por todos los lenguajes del movimiento. Esta sólida y plural formación lo convirtió en un artista total y en un pedagogo excepcional.

                        Su carrera escénica fue igualmente deslumbrante. Debutó como solista en el Teatro Argensola de Zaragoza, actuando posteriormente en numerosos teatros españoles. Fue solista del Ballet Folclórico Nobleza Baturra entre 1976 y 1981 y participó en más de 450 programas de televisión en España y en el extranjero, en espacios tan emblemáticos como Aplauso, Gente Joven, Un, dos, tres (versión holandesa) o los grandes especiales de Nochebuena y Nochevieja de TVE.



            En 1983 formó parte de la Antología de la Zarzuela que acompañó a la Comisión Cultural Española en la histórica visita de los Reyes de España a la URSS, actuando en Moscú, San Petersburgo, Samarcanda o Dushambé, ciudades que más tarde lo nombrarían Hijo Adoptivo. Un año después, coreografió la bienvenida oficial a Sus Majestades en el aeropuerto de Moscú, un gesto que simboliza el reconocimiento internacional a su talento y profesionalidad.

            Fue primer bailarín en giras internacionales, coreógrafo de grandes producciones escénicas, creador incansable de espectáculos como El amor brujo, Yerma, La forja de un rebelde, La ley del deseo, Zaragoza, ciudad de las estrellas, la gala LOVE, estrenada en el Teatro Principal de Zaragoza en 2020, y el homenaje a la jota, en colaboración con la pianista Marta Vela, Un arte llamado jota. “De Principal Belleza”, estrenada también en el Principal en 2024. Dirigió y coreografió eventos de enorme impacto artístico y social, como la gala Somos, y colaboró como coreógrafo y estilista de moda con firmas de primer nivel internacional.




            Paralelamente, desarrolló una intensa labor docente y de dirección artística: fue profesor de danza durante décadas, director de la Escuela Municipal de Danza “Villa de Tauste”, formador de gimnastas de alta competición y referente pedagógico para varias generaciones de bailarines y bailarinas, siempre desde la exigencia, la pasión y el respeto absoluto por el oficio.

            En 2017 culminó uno de sus grandes sueños: la fundación de la Academia de las Artes del Folclore y de la Jota de Aragón, institución que presidió hasta su fallecimiento y desde la que trabajó incansablemente por la dignificación, el estudio, la difusión y el futuro de la Jota, entendida como patrimonio vivo, abierto al diálogo con otras artes y otras culturas. Su visión, su liderazgo y su amor por Aragón han quedado inscritos para siempre en la historia de nuestra danza.




            Reconocido con más de 24 premios nacionales de danza, tres premios de folclore en Gente Joven de TVE, dos premios nacionales de traje antiguo y numerosos homenajes dentro y fuera de España, su legado artístico es tan vasto como imborrable. Era también Miembro del Consejo Internacional de la Danza CID —UNESCO — París.

            Con su muerte, la danza aragonesa —y la Jota en particular— quedan huérfanas de una de sus figuras más luminosas. Nos queda, sin embargo, su ejemplo: una vida entregada al arte, al rigor del trabajo bien hecho y a la firme convicción de que la tradición solo pervive cuando se ama, se estudia y se proyecta con decisión hacia el futuro.

            Siempre en nuestra memoria 



 


domingo, 1 de febrero de 2026

 

LA FICCIÓN POLÍTICA COMO ESPEJO DEL PRESENTE


           


En La caza del ejecutor, Vicente Vallés vuelve a la ficción política con una novela que se sitúa en la intersección entre el thriller de espionaje, la intriga internacional y la reflexión sobre el ejercicio del poder en el mundo contemporáneo. Al igual que en Operación Kazán, el autor traslada a la narrativa su experiencia como periodista especializado en política internacional, construyendo un relato en el que la ficción funciona como una herramienta para interpretar la realidad global.

            La novela parte de un acontecimiento clave: el asesinato de un alto dirigente ruso, un hecho que actúa como detonante de una investigación compleja y peligrosa. A partir de ese suceso, la trama se despliega a través de distintos escenarios y pone en marcha una persecución contrarreloj para descubrir quién está detrás del crimen y, sobre todo, qué intereses se ocultan tras él. La figura del “ejecutor” no es solo la de un asesino individual, sino el símbolo de una maquinaria de poder mucho más amplia y opaca.

            Uno de los ejes centrales de La caza del ejecutor es la violencia política como instrumento estratégico. Vallés plantea cómo, en el tablero internacional, los asesinatos selectivos, las operaciones encubiertas y las acciones clandestinas forman parte de una lógica de poder que rara vez se muestra de manera explícita ante la opinión pública. La novela invita así al lector a cuestionar la versión oficial de los grandes acontecimientos y a sospechar de las explicaciones simples en un mundo gobernado por intereses económicos, geopolíticos y militares.

            Desde esta perspectiva, la obra resulta especialmente pertinente si se lee a la luz del contexto actual. La proliferación de conflictos armados, el uso del espionaje como herramienta habitual de presión, las injerencias en otros países y la normalización de la violencia encubierta hacen que la trama no parezca una exageración literaria, sino una recreación verosímil de dinámicas reales. Vallés sugiere que el orden  mundial se sostiene sobre frágiles equilibrios, y que la eliminación de una figura clave puede desencadenar consecuencias imprevisibles a escala global.

            Asimismo, la novela aborda la crisis de las democracias occidentales y su dificultad para responder a amenazas que no siempre adoptan formas convencionales. Los protagonistas se mueven en un entorno en el que las fronteras entre legalidad e ilegalidad, entre justicia y razón de Estado, se vuelven difusas. En este sentido, La caza del ejecutor plantea un dilema ético constante: hasta qué punto es legítimo vulnerar principios democráticos en nombre de la seguridad o de la estabilidad internacional.

            Desde el punto de vista narrativo, la obra destaca por su ritmo ágil y por una estructura que mantiene la tensión a lo largo de toda la investigación. El lenguaje es claro y preciso, con un marcado tono periodístico que facilita la comprensión de cuestiones complejas sin restar intensidad al relato. Vallés logra así un equilibrio entre entretenimiento y reflexión, haciendo accesible al gran público un análisis profundo de las relaciones internacionales y del funcionamiento real del poder.

            En conclusión, La caza del ejecutor se consolida como una novela que dialoga directamente con la actualidad y que refuerza la idea de que la ficción política puede ser una forma eficaz de interpretar el presente. Los acontecimientos recientes —el aumento de la inestabilidad internacional, los asesinatos políticos, las operaciones secretas y la desconfianza hacia los discursos oficiales— confirman la vigencia de las cuestiones planteadas por Vallés. No pretende ofrecer respuestas cerradas, sino despertar en el lector una mirada crítica ante un mundo en el que, con frecuencia, los verdaderos ejecutores no son quienes aprietan el gatillo, sino quienes mueven los hilos desde la sombra. 

    Esta reseña se publicó en el cultural del Heraldo A&L: 




   

sábado, 10 de enero de 2026

 

Wagner íntimo: reflexiones sobre arte, creatividad y misión artística

 


           


Sin duda, el fondo bibliográfico sobre música de la editorial Fórcola es uno de los más relevantes y exquisitos del panorama español. Fiel a su esmero habitual, la editorial publica ahora A mis amigos. Reflexiones sobre la creatividad y la música, una obra que se integra con naturalidad en este corpus musical tan cuidado y exigente. La edición incluye un prólogo del crítico y especialista wagneriano Miguel Ángel González Barrio, así como la traducción y el aparato crítico del doctor en filología germánica Alfonso Lombana, cuyo trabajo asegura precisión y claridad en un texto de gran alcance intelectual.

            Este volumen dialoga de forma especialmente fecunda con Richard Wagner–Friedrich Nietzsche: Correspondencia, también editado por Fórcola y reseñado en estas mismas páginas, donde se recoge la voz directa de dos figuras esenciales cuya amistad, tensiones y rupturas marcaron la cultura europea del siglo XIX. La lectura conjunta revela que Wagner, lejos de ser únicamente uno de los compositores más influyentes de su tiempo, fue también un escritor prolífico cuya obra abarcó crítica musical, teoría estética, ensayos filosóficos y textos de carácter político y social; durante un periodo, incluso ejerció como literato profesional.

            A mis amigos funciona así como un contrapunto reflexivo que ilumina y recontextualiza la Correspondencia, ofreciendo un marco más amplio para comprender el diálogo entre Wagner y Nietzsche y, al mismo tiempo, para adentrarse en una reflexión contemporánea sobre creatividad, música y pensamiento artístico.

            Wagner despliega aquí, con la vehemencia propia de su pensamiento —más dirigido al sentimiento que al entendimiento, al corazón más que a la razón—, una combinación de manifiesto estético y político, confesión personal y tratado filosófico sobre el arte. Aunque no es un texto extenso, su densidad conceptual y su tono abiertamente apasionado lo convierten en una lectura reveladora para quienes buscan comprender no solo la música wagneriana, sino la cosmovisión que la sostiene.

            El escrito se presenta como una suerte de carta abierta dirigida a quienes Wagner consideraba sus aliados intelectuales y espirituales. En él reflexiona sobre el papel del artista en la sociedad, la naturaleza de la verdadera creatividad y la misión casi redentora que, a su juicio, debía asumir la música. Para Wagner, el acto creativo es un impulso profundamente humano y casi sagrado, que solo puede desarrollarse plenamente cuando el artista se libera de condicionamientos comerciales, convenciones triviales y limitaciones sociales.

            Uno de los aspectos más sugerentes es su énfasis en la unidad entre arte y vida. Para Wagner, la música —y en particular el drama musical— no constituye un mero entretenimiento, sino un medio de transformación espiritual. Su crítica a la superficialidad del arte burgués refleja tanto su temperamento polémico como su deseo de un arte total, orgánico y arraigado en la experiencia humana profunda.

            El texto ofrece también una ventana a la autopercepción del propio Wagner, que se presenta al mismo tiempo como rebelde incomprendido y visionario adelantado a su época. Esta actitud puede resultar fascinante o irritante según el lector; sin embargo, es justamente esa intensidad lo que hace tan influyente su pensamiento.

            En suma, A mis amigos es una obra breve pero significativa: un documento donde se entrelazan estética, política, filosofía y autobiografía. No se trata de un análisis técnico de la música, sino de una declaración emocional e ideológica que ayuda a entender la fuerza que impulsó la creación de obras como El holandés errante, Tannhäuser y Lohengrin. El texto ofrece claves interpretativas esenciales y consolida el discurso estético de su actividad creadora, tanto para comprender la evolución posterior de su carrera como la recepción de su legado. Su lectura resulta imprescindible para quienes deseen adentrarse en el universo mental de uno de los compositores más polémicos y trascendentes del siglo XIX.

Esta reseña se publicó en el suplemento del Heraldo, "Artres & Letras": 



domingo, 21 de diciembre de 2025

 

FERNANDO CASTILLO: CARTÓGRAFO DE LA MEMORIA EUROPEA



         La obra literaria de Fernando Castillo (Madrid, 1953) constituye un corpus singular dentro del panorama de la historiografía cultural española contemporánea. A lo largo de más de dos décadas de producción sostenida, Castillo ha tejido una literatura fronteriza entre la historia, la memoria y la crónica, que se adentra en los pliegues de las ciudades, los personajes y las atmósferas del convulso siglo XX europeo. Más que un historiador convencional, Castillo puede considerarse un narrador de la memoria urbana, un explorador de los márgenes donde la vida cotidiana y los grandes acontecimientos históricos se entrelazan.

         Uno de los hilos conductores de su obra es la representación de las ciudades como espacios simbólicos, escenarios de conflicto, resistencia y transformación. En Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad, del 98 a la postguerra (2010), Castillo analiza cómo Madrid ha sido no solo capital política, sino también objeto de tensiones culturales, rechazo e incomprensión, especialmente en los discursos del 98 y la posguerra. Su Madrid no es solo un lugar físico, sino un palimpsesto de tensiones históricas y afectivas. Este interés por la ciudad como matriz de sentido se prolonga en obras como Madrid y el Arte Nuevo (2011) o La extraña retaguardia (2018), donde retrata el Madrid de la Guerra Civil como una ciudad sumergida en la sombra, cargada de silencios, personajes ambiguos y formas de supervivencia.

         Otro rasgo característico de la literatura de Castillo es su capacidad para rescatar figuras marginales o laterales de la historia, personajes que habitan las orillas de la memoria oficial: espías, exiliados, artistas, traficantes, escritores desplazados. Así ocurre en libros como Noche y niebla en el París ocupado (2012) o Españoles en París (2017), donde reconstruye la vida cultural y clandestina en una ciudad bajo ocupación, dibujando una constelación literaria que va desde el colaboracionismo hasta la resistencia, pasando por el exilio interior.

         Su fascinación por el París de la Ocupación y la posguerra culmina en París-Modiano. De la Ocupación a Mayo del 68 (2015), donde la figura del escritor francés Patrick Modiano le sirve para explorar la persistencia del trauma en la literatura y el modo en que la ciudad deviene en espacio de interrogación identitaria. Castillo comparte con Modiano esa sensibilidad por los rastros, los documentos perdidos, las biografías fragmentarias, y convierte el ensayo histórico en una forma de narración detectivesca, en busca de huellas que el tiempo ha querido borrar.

         También destacan en su bibliografía obras como Un cierto Tánger (2019) y Memoria de Biarritz (2022), donde el autor aborda otros enclaves de ambigüedad histórica, ciudades cosmopolitas, atravesadas por el contrabando de ideas, de lenguas y de pasados rotos. En estos textos, se percibe una clara afinidad con la tradición literaria del viaje y el exilio, así como con un estilo ensayístico que combina erudición con una prosa elegante y evocadora.

         A lo largo de su trayectoria, Castillo ha ido conformando un “atlas personal”, como sugiere el título de otro de sus libros (2019), donde cada ciudad, cada figura, cada episodio histórico, dialoga con una reflexión más amplia sobre la identidad europea, la memoria colectiva y la fragilidad de los relatos oficiales. En Explorador de Bulevares (2024), reafirma esa vocación flâneur, ese deseo de callejear por la historia recorriendo sus calles y visitando cafés, archivos, etc., pero siempre con una mirada oblicua de gran dinamismo y profundidad, viendo siempre más allá de lo evidente.

         En suma, la literatura de Fernando Castillo destaca por su capacidad para combinar el rigor del historiador con la sensibilidad del narrador. Sus libros son mapas de una Europa que aún interroga a sus fantasmas, textos donde la historia se vive como relato, y el relato como forma de hacer justicia a los olvidados. Leer a Castillo es adentrarse en una memoria que no se impone, sino que se descubre, fragmentada y luminosa, entre la niebla de las ciudades.

         El final de la Guerra Civil Española marcó no solo el cierre de una etapa dramática en la historia de España, sino también el preludio de un largo exilio, una represión feroz y el reordenamiento ideológico del continente europeo. En ese torbellino de destinos truncados y huidas desesperadas, las figuras de los dirigentes republicanos y comunistas españoles se entrelazan con las de los colaboracionistas franceses y belgas que, años después, buscarían refugio en la misma tierra que estos primeros habían tenido que abandonar.

         Tras la derrota republicana en 1939, en El último vuelo (editorial Renacimiento), la última publicación de Fernando Castillo, nos describe la huida de España de la élite republicana, la mayoría pertenecientes al partido comunista (Juan Negrín, Julio Álvarez del Vayo, Dolores Ibárruri, Palmiro Togliatti, Enrique Líster, Rafael Alberti, María Teresa León, etc.) huyendo en avión, en condiciones de cierta seguridad y poco penosas, alejadas de la más dramática de Max Aub o Eduardo Guzmán, en barco desde Alicante, o de la ya trágica y mucho más fatigosa de los cientos de miles de soldados y civiles, como el caso de Antonio Machado y su madre, a pie, por los Pirineos, para encontrar la muerte en Francia  o poco después otra guerra.

         Paradójicamente, la misma Francia que fue tierra de acogida precaria para los republicanos españoles, se convertiría años después en punto de origen para una huida inversa: la de los colaboracionistas del régimen de Vichy y simpatizantes del nacionalsocialismo alemán. Con la derrota de Hitler en 1945, numerosos oficiales, burócratas e ideólogos fascistas franceses y belgas buscaron refugio en una España gobernada por Franco, quien, pese a su neutralidad oficial durante la Segunda Guerra Mundial, mantenía lazos ideológicos y estratégicos con los restos del fascismo europeo.

         En El último vuelo hay protagonistas de primer orden, por ejemplo, la rocambolesca huida de Léon Degrelle, el gran líder del nazismo en Bélgica, uno de los mayores colaboradores de Hitler, digna de un guion de cine: escapó de manera desesperada  en vuelo nocturno desde Oslo en un avión Heinkel —los aviones son también objeto de estudio y protagonistas— con el combustible justo para llegar a España, tan justo que los últimos kilómetros los hicieron planeando hasta llegar a San Sebastián y aprovechando la marea baja aterrizar en plena playa de la Concha a las seis y media de la mañana despertando a numerosos ciudadanos que se acercaron a contemplar un avión con una enorme esvástica en la cola.

         Otro nombre importante es Abel Bonnard, uno de los grandes escritores franceses, miembro de la Academia Francesa y fanático fascista que llegó a ser ministro de Educación del gobierno de Vichy, le acompañaba Pierre Laval, jefe del gobierno de Vichy, quien fue entregado a Francia y fusilado, mientras que Bonnard y otros, acogidos por el gobierno de Franco, contó con la ayuda de José Félix Lequerica, Víctor de la Sernao o Luis Escobar.

         Otros no lo son tanto, caso de Alain Laubreaux, crítico teatral y feroz antisemita o de Georges Guilbaud, periodista y miembro del Partido Popular Francés o del poco conocido.

         La España franquista, aislada pero aún útil como santuario anticomunista, acogió a estos fugitivos con sigilo y complicidad. Desde criminales de guerra hasta propagandistas del régimen nazi, encontraron en la península un lugar para el silencio, el olvido o incluso la reinvención personal. Así, mientras unos luchaban por sobrevivir en el exilio y soñaban con la liberación de su patria, otros encontraban refugio bajo el ala protectora del mismo régimen que había vencido a la República.

         Estas dos corrientes humanas —republicanos y fascistas derrotados— cruzaron sus trayectorias en un mismo escenario, aunque en momentos distintos. El contraste es profundamente revelador: en sus destinos opuestos se resumen las paradojas del siglo XX. Por un lado, los idealistas vencidos de una guerra fratricida, por otro, los responsables directos o indirectos de la barbarie nazi, buscando impunidad bajo el mismo cielo español.

         Más allá de la fría cronología o el listado de nombres, estas historias adquieren un tono de novela: identidades falsas, redes clandestinas, traiciones y fidelidades inquebrantables. La historia se llena aquí de rostros, de decisiones morales bajo presión, de sueños truncados o secretos bien guardados. Como si la historia se deslizara hacia la ficción, pero sin perder nunca su densidad trágica y real.

         Hoy, revisar estas peripecias no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino una forma de comprender cómo los escombros ideológicos del siglo XX aún resuenan en nuestra manera de entender la justicia, el exilio, y la responsabilidad política. En ese cruce de caminos, entre los últimos ecos del comunismo idealista y los rezagos de un fascismo agónico, se escribe una de las páginas más intensas y contradictorias de la historia europea. Una historia que bien podría ser novela, si no fuera tan dolorosamente real.

         El último vuelo cuenta con un excelente prólogo de Antonio Muñoz Molina y un utilísimo apartado titulado “Dramatis personae”, en el que se presentan breves biografías de los “protagonistas” de las huidas, los “actores secundarios” y hasta los “figurantes” que junto con el nutrido “Índice onomástico” de casi mil entradas, facilitan al lector interesado localizar, conocer y parcelar la multitud de historias particulares que se entretejen a lo largo del meticuloso, riguroso y bien documentado trabajo. De hecho, el esfuerzo de Castillo es mayúsculo pues tiene un recuerdo especial para los pilotos de los aviones, que se jugaron la vida por obligación y no pasaron a la historia, a los que, incluso, cuando es posible, presenta con sus propios nombres.

domingo, 14 de diciembre de 2025

 

DOS ANÉCDOTAS LITERARIAS:

UNA PIERNA DE GOMA Y UN VIAJE INESPERADO A MI PROPIO OMBLIGO


            Corría el año 2016. Presentaba en Zaragoza un ensayo dedicado a las voces turolenses en la lírica: el primer volumen de una serie que iniciaba su andadura con dos tenores singulares, cuyas trayectorias merecían salir del olvido. Me ocupé entonces de Amable Leal Alegría, natural de Alcañiz, y de Pascual Albero, oriundo de Alcaine. Para la ocasión, logré un marco inmejorable: una sala de atmósfera cálida y noble, provista de piano, lo que permitió cerrar el acto con una emoción que aún hoy me acompaña. Rodolfo Albero Colino-Esbec —tenor en activo y nieto de Pascual Albero— interpretó varias arias que sellaron la velada con una intensidad difícil de describir.

            En la mesa me rodearon voces tan lúcidas como generosas: Miguel Ángel Yusta, Miguel Ángel Santolaria, José Luis Melero y el entonces Director General de Cultura y Patrimonio, Ignacio Escuín. Aunque no “jugaba en casa”, la sala se llenó, en gran parte gracias a la complicidad y entusiasmo de mis compañeros, que supieron convocar a un público entregado y melómano. Las intervenciones fueron todas de altura, pero hubo una que sobrevoló el acto con una gracia particular: la de Pepe Melero, que alcanzó un nivel de inspiración verdaderamente memorable.



            Su intervención se centró en la figura de Amable Leal Alegría, a quien, si bien dediqué apenas una quinta parte de las 110 páginas del ensayo, el propio Melero supo devolver con su palabra brillante el protagonismo merecido. Compartió entonces una de sus célebres “melenécdotas”, tan hilarante como insospechada, y para mí absolutamente desconocida relativa al padre del mencionado tenor, sastre de profesión y cojo de nacimiento por tener una pierna más corta que otra. Si por ventura —aunque lo veo improbable— el libro conociera alguna vez una segunda edición, no dudaría en incluirla: redondearía con maestría la semblanza de ese tenor de nombre inigualable y, sí, casi literario: Amable Leal Alegría.

           

Amable Leal. 1907

    La anécdota —difundida por José Luis Melero en sus artículos del suplemento Artes & Letras del Heraldo de Aragón y recogida también en uno de sus libros— la resumo aquí siguiendo la versión que ofrece el propio hijo del protagonista, Domingo Gascón y Guimbao, conocido popularmente como “el tercer amante de Teruel”. Su padre, José Gascón de Allué, barbero cirujano de oficio, fue protagonista de una intervención quirúrgica tan insólita como extravagante, que bien podría describirse como un “milagro de Calanda”, pero a la inversa. Para abreviar, no me detendré en los textos ni en las fuentes de Melero, sino que me limito a reproducir la noticia tal como fue publicada en la Miscelánea Turolense: “Día 23.- Año 1884.- Muere en Alcañiz el maestro sastre Eusebio Leal. Algunos años antes, y cuando contaba unos treinta años de edad, se hizo amputar, sin necesidad alguna,  una pierna imperfecta que tenía, sin más objeto que colocar después una de goma para disimular mejor su defecto físico.  Hizo la amputación el profesor de cirugía D. José Gascón de Allué; pero antes se hizo constar en escritura pública que la operación se hacía por mandato imperativo del interesado. Presenciaron esta operación varios profesores por lo raro del caso. El valiente sastre satisfizo su aspiración de muchos años y usó la pierna de goma hasta su fallecimiento.” Parece ser que vivió más de veinte años feliz con su pierna de goma.

            La siguiente anécdota tuvo lugar durante la Feria del Libro de este mismo año. El organizador me hizo llegar una novela: El viaje circular, del escritor, humorista gráfico e ilustrador castellonense Joan Montañés Xipell. Como no sé decir que no —y mucho menos ante una propuesta literaria— acepté encantado, y la vida, generosa, me recompensó con la lectura de una novela magnífica.

            En ella, un racionalista francés, enviado por Mitterrand en busca del “centro del mundo” para reafirmar a Francia como faro de la civilización, termina extraviado —y borracho— en tierras castellonenses. Allí, acompañado por un tabernero octogenario experto en “mundología”, emprende un viaje tan delirante como cervantino por la geografía valenciana. Entre mitos, malentendidos lingüísticos y un humor afilado, la novela parodia con brillantez la épica ilustrada, elevando lo local a categoría de símbolo universal.

            Por una de esas coincidencias maravillosas que sólo el azar sabe tejer, el ilustrado galo acaba encontrando el supuesto “ombligo del mundo” precisamente en los lugares que marcaron mis primeros vínculos con la vida: Cabanes, donde pasé mi primer año; Alcalá de Chivert, pueblo natal de mi padre; y el Maestrazgo castellonense, con Morella como referencia entre otras localidades.



            Preparé con entusiasmo la presentación: me sentía en plena sintonía con el autor y su obra. Sin embargo, mi euforia se desmoronó una hora antes del acto, cuando el cielo decidió desplomarse en forma de lluvia. Aunque cesó justo a tiempo, solo acudieron ocho esforzados lectores, entre ellos nuestras respectivas esposas. Fue, sin duda, una saludable cura de humildad y una lección impagable: haber estado en el “ombligo del mundo” no nos garantiza, en absoluto, ser el centro de atención literaria. Una pena, así son las cosas.

 

 

           

 

 

lunes, 3 de noviembre de 2025

 

LA BELLEZA DE LO ESQUIVO: PERIFERIAS DEL ALMA EN ANTÓN CASTRO


           


Hay libros que no se leen: se habitan. Libros que no avanzan en línea recta, sino que se despliegan como una madeja, con hilos que van y vienen, que tiran de uno hacia adentro, hacia esa zona imprecisa donde el alma se confunde con la memoria y el deseo. Periferias del deseo (Pregunta,  2025), es uno de esos libros. Escrito por Antón Castro (gallego de nacimiento, aragonés por elección, sin renunciar a su tierra ni al universo, reciente Premio de las Letras Aragonesas), este volumen de 64 relatos breves no solo confirma su maestría narrativa: la eleva. Porque en estas páginas palpita todo lo que Castro es y ha sido; todo lo que ha amado y perdido; todo lo que ha visto, oído, sentido, imaginado.

            Castro no escribe para contarnos una historia. Escribe para hacernos escuchar una voz. La suya. Que es, también, la de sus personajes. Porque en Periferias del deseo, como en toda su obra, hay un autor que mira, y escucha, pero también que se deja atravesar por lo que cuenta. Y eso se nota. Se nota en la construcción de los personajes, en los paisajes que recorren, en la forma —delicada, sugerente, poética— en que el lenguaje se amolda al latido de cada escena.

            Dividido en cinco secciones —“Extravíos”, “A mi alrededor, Garrapinillos”, “Antología de instantes”, “Cómo me gustan las mujeres” y “Pasión a la intemperie”—, el libro orbita en torno a un núcleo incandescente que se anticipa en el título: el deseo. Pero no un deseo limitado al cuerpo o al anhelo romántico, sino un deseo total: deseo del alma, de la memoria, del tiempo perdido. Un deseo que se manifiesta como fuerza vital, como impulso poético, como herida, como sombra, como luz.

            Y es que Periferias del deseo está lleno de fantasmas. Fantasmas que a veces son personas, a veces paisajes, a veces canciones, a veces apenas un gesto. Los grandes temas universales —en especial el amor en sus diferentes ramificaciones, incluido, por supuesto, el sexo y el desamor— aparecen una y otra vez, pero nunca de forma grandilocuente. Todo sucede en lo cotidiano, y precisamente por eso conmueve y sorprende: porque uno puede reconocerse en esos personajes que de pronto, sin esperarlo, se ven turbados por un instante que lo cambia todo. Un instante que rasga la rutina y deja entrar otra cosa. A veces, la belleza. A veces, el espanto.

            Castro, como los grandes cuentistas, es un maestro del doble fondo, de la teoría del iceberg: lo que parece anecdótico o trivial acaba revelando una verdad profunda; lo que no se cuenta y permanece bajo la superficie es más grande que lo que se narra. Así ocurre, por ejemplo, en Un instante en la Alhambra o en Una aventura peligrosa, relatos donde lo inesperado transforma el relato entero, lo resignifica. Y lo hace sin aspavientos, con esa cadencia serena de quien sabe que, en literatura, menos es más, y en el cuento mucho más.

            A partir de la sección “Antología de instantes”, el estilo de Castro se afina todavía más. Lo que ya era lirismo se convierte casi en música. Microcuentos de una página o dos, donde basta una imagen, un recuerdo, una canción para condensar el mundo. Son relatos que tienen mucho de pinceladas impresionistas: capturan un instante, una luz, una emoción. Una mujer mira una vieja foto de sus padres y evoca una caricia suspendida. Otra, escucha “Anduriña” y vuelve, décadas después, a un verano adolescente. Nada más, pero también nada menos.

            Las mujeres son protagonistas casi absolutas del libro. Ekaterina, Clara, Rosa/Rosi/Rosalía —que da título a un relato— … Cada una encarna un rostro distinto del deseo, de la pérdida, de la ternura. Son personajes intensos, desconcertantes, llenos de alma. Castro las escribe con una calidez que no es sentimentalismo, sino respeto. Con una prosa visual, sensorial, que parece acariciar tanto la piel como el alma. Hay en su escritura una riqueza metafórica y una carga emocional que convierte la ficción en verdad, y lo fantástico en algo más real que la realidad.

            Todo el libro funciona como un mosaico emocional y geográfico. Galicia y Aragón dialogan de tú a tú, se entrelazan. Arteixo y A Coruña conviven con Garrapinillos, ese territorio emocional que Castro ha convertido ya en leyenda literaria como ya lo hiciera y sigue haciendo con Teruel. Siempre Teruel. Sus pueblos en general y el Maestrazgo en particular, sus paisajes y paisanajes. Así, aparecen con naturalidad en relatos que son también homenajes: Albalate del Arzobispo, La Iglesuela del Cid, Muniesa, Calaceite, Ejulve... O personalidades como Gonzalo Borrás, Antón García Abril, etc.

            Castro llegó a esta tierra por amor —literalmente— y, aunque no se quedó, su huella pervive en su obra —Los pasajeros del estío, El testamento de Patricio Julve...— y se mantiene viva. Como hemos anticipado, en varios de los relatos de Periferias del deseo, pero de forma muy especial en el titulado con intención explícita: El enamorado de Teruel. En él, el fotógrafo Patricio Julve regresa como un entrañable fantasma para rendir homenaje a la ciudad, a su patrimonio, a su historia (“sentía una gran predilección por Teruel. Hizo fotos del mudéjar y de los edificios modernistas, y sintió veneración por el mausoleo de los Amantes y por la historia de Diego e Isabel...”) y también a sus fotógrafos. En su desenlace, menciona a figuras como Antonio García, Diego Estopiñán, Lori Needleman, y concluye con la frase, toda una declaración de intenciones: “Seguro que le encantaría sumarse a la gran fiesta del amor en Teruel, las Bodas de Isabel”. Confesión que, por sí sola, merecería al menos un reconocimiento oficial. ¿Qué menos que un pregón?          

            También están presentes otras constantes temáticas de su narrativa: la fotografía, el arte, la literatura… Y sus características estilísticas como el humor —sí, algunos cuentos son desternillantes: El fantasma de Roberto Trompeta Sonora o El taxista de Manuel Vázquez Montalbán, entre otros—, la erudición —nunca pedante, por ejemplo, Un cuento ruso, que es un ameno ensayo condensado sobre la literatura rusa—, o el lirismo de su prosa, atraviesan el libro de principio a fin.

            Y, por supuesto, no puede pasarse por alto la presencia entrañable de una multitud de amigos, amigas y familiares del autor que pueblan estas páginas. Mencionarlos a todos sería una osadía —inevitablemente quedarían nombres fuera—, pero su huella es innegable. Cada cuento es, en el fondo, un homenaje sentido a uno o a varios de ellos, una forma de agradecimiento y de afecto profundo. Antón escribe desde el cariño y, entre otros motivos, movido por el deseo de ser querido, pero también por algo aún más hondo: el anhelo de perpetuar la memoria de quienes le rodean, de otorgarles, a través de las palabras, la única inmortalidad verdadera que conoce y practica con maestría, la de la buena literatura.

            Periferias del deseo no es solo un libro de cuentos. Es una forma de mirar. Un arte de contar desde la esquina, desde la grieta, desde lo invisible. Lo que no se ve pero se intuye. Lo que no se dice pero duele. Lo que no se nombra pero late en su interior. Es un canto a la vida desde sus márgenes. Una celebración de lo esquivo, de lo fugaz, de eso que no sabemos que tenemos hasta que lo perdemos.

            Antón Castro escribe como quien escucha —su escritura proviene de la oralidad—. Con atención, con devoción. Con esa mezcla de sensibilidad gallega y sobriedad aragonesa que lo convierte en un narrador único. Capaz de emocionar con una sola frase, de evocar una vida entera con una imagen, de condensar una pasión en un gesto. Su prosa es precisa y luminosa, como un acorde bien afinado. Hay que leerlo despacio, con los sentidos despiertos.

            Periferias del deseo deja huella. Como un perfume. Como una vieja canción que, de pronto, vuelve a sonar. Y entonces uno recuerda quién fue, quién quiso ser, quién no se atrevió a ser… Y, por un momento, comprende. Y agradece.