CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

viernes, 7 de agosto de 2026

 

EL MODERNISMO TUROLENSE AL ALCANCE DE TODOS


           


Con Arquitectura modernista en la ciudad de Teruel y provincia, Antonio Pérez Sánchez firma una nueva entrega de las Cartillas Turolenses, una colección concebida por el Instituto de Estudios Turolenses con una finalidad tan ambiciosa como necesaria: poner al alcance de cualquier lector los conocimientos fundamentales sobre la realidad histórica, artística, cultural y social de la provincia. Escritas por especialistas pero con un lenguaje claro, actual y accesible, estas publicaciones constituyen una valiosa herramienta divulgativa, útil tanto para el público general como para el ámbito educativo, sin renunciar en ningún momento al rigor científico.

            La elección del tema no podía ser más acertada. Si el mudéjar constituye uno de los grandes signos de identidad patrimonial de Teruel, el modernismo representa el otro gran tesoro arquitectónico de la capital y de numerosas localidades de la provincia. Ambos estilos sorprenden por la calidad de sus manifestaciones y por su excepcional estado de conservación. Con esta cartilla, el Instituto de Estudios Turolenses recupera, actualiza y amplía una línea de trabajo iniciada por Antonio Pérez con su ya clásico El modernismo en la ciudad de Teruel, obra publicada también por el Instituto de Estudios Turolenses agotada desde hace años y convertida en referencia indispensable para el estudio del tema. La nueva publicación nace inicialmente con vocación urbana, centrada en la capital, pero acaba extendiendo su mirada a toda la provincia, llenando así un vacío bibliográfico evidente, especialmente fuera de los estudios dedicados al modernismo de Alcañiz.

            El resultado es una síntesis rigurosa y muy bien estructurada que permite comprender tanto los fundamentos generales del movimiento modernista como sus manifestaciones concretas en el territorio turolense. El autor comienza abordando las distintas interpretaciones del modernismo y presentando a sus principales artífices, para después explicar de forma clara los principios estéticos que definieron este movimiento renovador. Especial interés tienen los apartados dedicados a las influencias de la Secesión vienesa, el Art Nouveau y la Escuela de Glasgow, corrientes que contribuyeron a configurar un lenguaje artístico internacional cuya huella puede rastrearse también en la arquitectura turolense.

            A partir de este marco general, la obra se adentra en la transformación experimentada por la ciudad de Teruel entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, una etapa de modernización urbana en la que surgieron algunos de sus edificios más emblemáticos. Antonio Pérez analiza el papel desempeñado por los principales arquitectos que trabajaron en la ciudad y estudia las diversas manifestaciones del modernismo local: la arquitectura religiosa, la arquitectura escolar y, especialmente, los edificios de viviendas que configuran buena parte de la imagen urbana del centro histórico turolense.

            Uno de los mayores aciertos de la cartilla es su ampliación al conjunto de la provincia. El recorrido por las distintas comarcas demuestra que el modernismo no fue un fenómeno exclusivo de la capital, sino una corriente que dejó ejemplos de notable interés en numerosos municipios. El lector descubre así las manifestaciones modernistas del Bajo Aragón y el Matarraña, con referencias a localidades como Calanda, Alcañiz, Calaceite, Cretas o Arens de Lledó; continúa por la comarca del Jiloca y la Comunidad de Teruel, con especial atención a Santa Eulalia y Villel; y concluye en Gúdar-Javalambre, donde se analizan ejemplos presentes en Albentosa, La Puebla de Valverde, Manzanera, Mora de Rubielos, Rubielos de Mora o Sarrión. Esta perspectiva territorial amplía considerablemente el interés de la obra y pone de relieve la riqueza y diversidad de un patrimonio a menudo poco conocido.

            Mención especial merece el extraordinario aparato gráfico que acompaña al texto. Lejos de constituir un mero complemento ilustrativo, las numerosas fotografías, planos y detalles arquitectónicos se integran plenamente en el discurso expositivo, facilitando la comprensión de los rasgos estilísticos descritos por el autor. El carácter visual de la publicación convierte la lectura en un auténtico recorrido por el modernismo turolense y multiplica su valor divulgativo.

            En definitiva, Arquitectura modernista en la ciudad de Teruel y provincia cumple plenamente los objetivos que inspiran la colección Cartillas Turolenses: ofrecer una síntesis solvente, accesible y atractiva sobre uno de los capítulos más singulares del patrimonio provincial. Antonio Pérez Sánchez logra condensar décadas de investigación en un volumen breve pero sustancioso, capaz de despertar el interés del lector no especializado y, al mismo tiempo, de servir como guía introductoria para quienes deseen profundizar en el conocimiento del modernismo turolense. Una publicación tan útil como necesaria para comprender mejor una de las expresiones artísticas que mejor definen la personalidad cultural de Teruel.

miércoles, 1 de julio de 2026

 

PALABRA E IMAGEN EN EL REALISMO ESPAÑOL: GALDÓS Y ARREDONDO SEGÚN FERMÍN EZPELETA


  

            En Galdós y Arredondo. Vidas paralelas, Fermín Ezpeleta Aguilar propone un ejercicio de lectura comparada que va más allá de la mera coincidencia biográfica o cronológica. El ensayo establece un diálogo entre Benito Pérez Galdós y el pintor aragonés nacido en Cella, Ricardo Arredondo (1850-1911), conocido en su época como el pintor de Toledo por excelencia, dos creadores aparentemente alejados por disciplinas y contextos, pero unidos por una misma voluntad de observación moral y sentimental de la realidad española. El resultado es un libro de tono sereno y erudito, escrito con claridad expositiva y con la convicción de quien conoce profundamente tanto la literatura galdosiana como los entornos culturales del cambio de siglo.

            Ezpeleta Aguilar, especialista desde hace años en el universo de Galdós y en las relaciones entre literatura, pedagogía y sociedad, evita convertir el paralelismo en un simple artificio. Su propuesta consiste en mostrar cómo ambos autores desarrollaron una mirada realista atenta a los matices humanos, a los pequeños gestos cotidianos y a la transformación de las costumbres españolas. Pero el paralelismo que sustenta el libro no se limita a la obra artística. Como muestra el autor, las trayectorias vitales de Galdós y Arredondo presentan sorprendentes coincidencias: ambos fueron hijos de militares, compartieron inquietudes sociales y espirituales, profesaron convicciones liberales y llevaron una existencia marcada por una cierta discreción personal. Solteros, generosos y de carácter reservado —aunque Arredondo fue probablemente más huraño que el novelista canario—, los dos mantuvieron estrechos vínculos familiares, viviendo cerca de hermanas y sobrinos. A estas afinidades biográficas se suma una relación de amistad que permitió un fecundo intercambio intelectual. De hecho, Arredondo estimuló la recreación literaria de los escenarios toledanos en varias novelas galdosianas, especialmente en Ángel Guerra, donde la ciudad adquiere una dimensión simbólica y espiritual particularmente intensa. Allí donde Galdós levantó un inmenso fresco narrativo de la vida urbana y burguesa, Arredondo fijó en sus lienzos una sensibilidad semejante hacia los paisajes, los tipos populares y las atmósferas de un país en transición. Pero las coincidencias no terminan ahí: ambos compartieron también una sólida formación técnica adquirida durante sus años de aprendizaje y una notable facilidad creadora que los convirtió en artistas extraordinariamente prolíficos. Tanto el novelista como el pintor hicieron de su trabajo una auténtica vocación vital, desarrollando una producción abundante y sostenida que revela una dedicación constante a la creación artística.

            Uno de los mayores aciertos del ensayo es precisamente esa capacidad para relacionar artes distintas sin caer en simplificaciones. Ezpeleta no fuerza analogías: las construye pacientemente, apoyándose en documentos, referencias culturales y lecturas cruzadas. El libro avanza así como una conversación entre palabra e imagen, entre novela y pintura, revelando afinidades en la manera de entender el realismo, la memoria y la identidad española.

            El autor también acierta en el tono. La erudición está presente, pero nunca pesa sobre el lector. Hay en estas páginas una voluntad divulgativa que hace accesible el análisis sin renunciar al rigor académico. La prosa es limpia, medida y elegante, especialmente eficaz cuando contextualiza los ambientes intelectuales de finales del siglo XIX y principios del XX o cuando reconstruye las conexiones culturales entre Aragón y el mundo galdosiano.

            Además de reivindicar la figura de Arredondo desde una perspectiva cultural amplia, el ensayo ofrece una nueva forma de acercarse a Galdós: no solo como novelista, sino como observador total de la realidad, cercano en sensibilidad a otros artistas de su tiempo. En ese sentido, el libro funciona también como una reflexión sobre la circulación de ideas estéticas entre distintas disciplinas y sobre la manera en que pintura y literatura pueden compartir una misma ética de la representación.

            El volumen se completa con un apartado final especialmente atractivo, “Galdós y Arredondo analizados por amigos y artistas”, donde Ezpeleta reúne testimonios y valoraciones de contemporáneos que permiten acercarse a ambos creadores a través de la mirada de quienes los conocieron o admiraron. Así, figuras como Clarín y Azorín ayudan a comprender la dimensión humana y literaria de Galdós, mientras que Francisco Alcántara y Vicente Cutanda aportan valiosas apreciaciones sobre la personalidad y la obra de Arredondo. Este conjunto de voces añade una perspectiva complementaria que enriquece el estudio y acerca al lector a la recepción que ambos tuvieron en su tiempo.

            Publicado por el Centro de Estudios del Jiloca con la colaboración del Ayuntamiento de Cella, el volumen se ve enriquecido además por un importante aparato gráfico que acompaña y complementa el análisis textual, permitiendo al lector acercarse de forma directa a la obra de Arredondo y a los contextos culturales en los que desarrolló su trayectoria.

            Galdós y Arredondo. Vidas paralelas es, en definitiva, un ensayo valioso por su capacidad para tender puentes entre dos creadores y dos lenguajes artísticos. Un libro escrito con conocimiento y pasión, que invita a mirar de nuevo tanto la obra galdosiana como la pintura de Arredondo desde una perspectiva más amplia, humana y culturalmente rica. La investigación de Ezpeleta demuestra que las afinidades entre ambos no son una simple curiosidad biográfica, sino la expresión de una misma actitud ante la creación y ante la realidad española de su tiempo, convirtiendo este estudio en una aportación original y sugerente tanto para los interesados en Galdós como para quienes deseen redescubrir la figura de Ricardo Arredondo.

 


viernes, 19 de junio de 2026

 

EL LUGAR INEXISTENTE DONDE HABITA LA LITERATURA


          


 
Para José Luis Gracia Mosteo, escribir no es una forma de huida, sino un modo de intervenir en lo real, de levantar una arquitectura paralela donde la imaginación no suplanta a la vida, sino que la completa, la corrige y, en ocasiones, la desenmascara. En La leyenda del lugar inexistente. Postales y patrañas del Parnaso, esa concepción alcanza una de sus formulaciones más libres y sugerentes.

            El autor propone un territorio propio —ese Parnaso que prefiere rebautizar como “Paraguas”— que se abre y se cierra con la misma lógica caprichosa de la memoria y la evocación. No es un espacio solemne ni sacralizado, sino un refugio irregular: un asilo de almas literarias, sí, pero también una buhardilla algo desordenada donde conviven la admiración, la ironía y una mirada profundamente humana sobre el hecho literario. En ese lugar, los escritores continúan viviendo después de haber vivido, aunque no siempre en su mejor versión: entre ellos se cuelan impostores que el propio Gracia Mosteo introduce con deliberada irreverencia.

            Ese “Parnaso” no es tanto un lugar físico como un espacio simbólico donde conviven la tradición literaria, la invención y cierta voluntad de desmitificación. Aquí, lo culto y lo lúdico se dan la mano con naturalidad, reforzando esa atmósfera híbrida en la que la alta cultura se permite sonreír y mirarse al espejo sin solemnidad.

            El libro se articula como un conjunto de “postales”, pequeñas piezas que combinan el apunte biográfico, la recreación imaginativa y el guiño humorístico. Lejos de la erudición rígida, el autor opta por una escritura ágil, cómplice, que invita al lector a recorrer ese territorio incierto con una sonrisa y cierta complicidad cultural. Pero, además, estas piezas se organizan en distintas secciones que dotan al volumen de una estructura interna coherente y muy significativa.

            Así, “Los fantasmas del paraíso” reúne breves semblanzas de escritores admirados, aunque no por ello exentos de una crítica a veces contundente: una suerte de biblioteca universal personal donde caben tanto la devoción como el ajuste de cuentas. En “Museo de retratos orales”, Gracia Mosteo propone una colección de retratos en la que los grandes de las letras son observados por otros grandes, no solo de la pluma sino también, como él mismo señala con ironía, “del cotilleo”, añadiendo una dimensión humana y desmitificadora al canon.

            Por su parte, “Blablablá poético del lugar” ofrece un conjunto de reflexiones de corte casi impresionista sobre la escritura y los escritores: piezas breves y sugerentes que abordan cuestiones como “El poema perfecto”, “Los poetas piratas”, “Los límites de la poesía”, “El oficio de poeta”, “Poetas y novelistas”, “Breviario poético del ligue”, “¿Influyen las letras en el poema?”, “Poetas y literatos”, “Rap de los poetas raros” o “La familia del poeta”. Este apartado puede leerse como una prolongación natural de su ensayo anterior, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos?, y dialoga de forma directa con la sección siguiente, “Un paraíso con muchos Jacks the Ripper”, donde el autor reflexiona sobre la importancia de la desobediencia y la rebeldía en el acto creativo.

            El recorrido se cierra con “Flotando en el río y alejándose”, una sección en la que, a partir de la metáfora heracliana de la vida como un río —donde el agua vivificadora convive hoy con la basura—, Gracia Mosteo traza una lúcida reflexión sobre la escritura contemporánea, en especial de la poesía, retomando y ampliando intuiciones ya presentes en su obra ensayística previa.

            Uno de los mayores aciertos del libro es, sin duda, su tono. Hay en sus páginas una amabilidad cómplice con el lector, una invitación constante a participar del juego sin necesidad de solemnidad. Gracia Mosteo no escribe desde la torre de marfil, sino desde una cercanía que permite disfrutar tanto al lector curioso como al más avezado. La erudición está, pero no pesa; la reflexión aparece, pero nunca abruma.

            Su estilo es impecable, claro y preciso, fruto de una decantación continua y de una sólida formación literaria. Como recuerda en “El fantasma de Borges”, para escribir bien hay que corregir, corregir y corregir y, por supuesto, leer, leer y leer. De algún modo, este libro puede catalogarse también como un divertido manual de escritura, poblado de ejemplos de escritores reales y salpicado en todo momento de ese humor somarda tan característico de este autor que, pese a vivir en Madrid, siempre ha ejercido de aragonés.

            Al mismo tiempo, el libro no renuncia a la polémica —como el mismo advierte—, aunque lo hace desde una inteligencia que prefiere la sugerencia a la imposición, la ironía a la diatriba.

            Esa mezcla —admiración y risa, conocimiento y desenfado— es, en definitiva, uno de sus mayores logros. Gracia Mosteo consigue acercar figuras, ambientes y mitologías literarias desde una perspectiva que no renuncia al rigor, pero tampoco al placer de la invención. Su “Paraguas” se convierte así en un espacio literario propio, reconocible, donde lo real y lo ficticio se entrelazan con naturalidad.

            En última instancia, La leyenda del lugar inexistente es un homenaje a la literatura desde una mirada tan crítica como divertida. El resultado es un libro que se deja leer con agrado, que despierta la sonrisa y, de cuando en cuando, invita a detenerse y pensar.

martes, 2 de junio de 2026

 

ENTRE LA MEMORIA Y EL ESPECTÁCULO: EL ARTE DE INVENTARSE DE XAVIER CUGAT


           

          


  La edición de Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, recuperada por la editorial Fórcola, no es solo la reedición de unas memorias, sino la restitución de una voz tan fascinante como poco fiable: la de Xavier Cugat, uno de los grandes fabuladores de sí mismo en el siglo XX.

            Desde sus primeras páginas —respaldadas por un prefacio excepcional firmado por Frank Sinatra— el libro se presenta como una celebración del espectáculo entendido como forma de vida. No deja de resultar insólito que el propio Sinatra, evocando sus inicios, confesara que de haber nacido en España habría soñado con integrarse en la orquesta de Cugat; en ese mismo texto subrayaba además la “fuerza” y la “vibración” de una música con la que siempre se sintió identificado. Francisco de Asís Javier Cugat Migall de Bru y Deulofeu, violinista, caricaturista y director de orquesta que conquistó Hollywood y popularizó los ritmos latinos en Estados Unidos, narra su ascenso con un tono que oscila entre la confesión y la autoparodia. Esa ambigüedad constituye, precisamente, uno de los mayores atractivos del volumen: el lector nunca sabe con certeza dónde termina la memoria y comienza la invención.

            Durante décadas, y especialmente tras su muerte en 1990, la figura de Cugat —“Cugie” para Sinatra— fue deslizándose hacia un cierto olvido, convertida casi en un anacronismo. Sin embargo, su recuperación ha sido paulatina, impulsada en parte por obras como Confeti de Jordi Puntí, y ahora consolidada con esta reedición, que devuelve a las librerías un texto imprescindible para entender la construcción de su mito.

           


El prólogo de David Felipe Arranz sitúa con acierto al personaje en su contexto cultural: el de un entertainer total, capaz de convertir su propia biografía en una extensión de su espectáculo. Arranz reivindica además la vigencia de su legado, subrayando esa energía excesiva, estética y pragmática que convirtió a Cugat en uno de los pocos españoles verdaderamente universales del siglo XX.

            En efecto, Cugat no solo cuenta su vida, sino que la escenifica, encadenando episodios que lo vinculan con estrellas, mafiosos, presidentes o iconos del cine, en una sucesión que remite más al imaginario hollywoodiense que a la autobiografía tradicional. Sus páginas se convierten así en un auténtico “quién es quién” del siglo dorado del espectáculo: desfilan figuras como Clark Gable, Charlie Chaplin, Rita Hayworth, Walt Disney o Cantinflas, entre muchos otros, junto a nombres de la música como Bing Crosby o Barbra Streisand. Que esos encuentros fueran a veces fugaces o magnificados forma parte del juego narrativo que Cugat propone.


            La autobiografía —subtitulada significativamente Mis primeros ochenta años— traza un recorrido que arranca con su nacimiento en Girona en 1900 y su temprana formación en La Habana, donde llegó a ser violinista de la Sinfónica del Teatro Nacional. Desde ahí, su carrera despega con un concierto en el Carnegie Hall en 1920 y se despliega entre Europa y Estados Unidos: estudios en Berlín, incursiones en la caricatura en el Los Angeles Times, regreso a la música y, sobre todo, el triunfo de su orquesta durante años en el Waldorf Astoria de Nueva York. A ello se suma su intensa vida sentimental —cinco matrimonios, entre ellos con Abbe Lane o Charo Baeza—, convertida también en materia narrativa.

            El libro incorpora, además, episodios que oscilan entre lo anecdótico y lo revelador: desde su relación con Sinatra —que grabó su primer disco con la orquesta de Cugat— hasta la muerte de Carmen Miranda durante un intermedio, pasando por reflexiones tan irónicas como aquella en la que afirmaba que “estar arruinado en España… es una felicidad”, en alusión a sus propias dificultades económicas. No faltan tampoco comentarios sobre el mundo del espectáculo —incluido el “cainismo” entre artistas hispánicos—, ni detalles más mundanos sobre peluquines, casinos o negocios de restauración.

            La edición, a cargo de Javier Jiménez, resulta especialmente valiosa por el aparato de notas —cerca de un centenar— que actúa como contrapunto crítico y contextualiza con precisión la trayectoria de Xavier Cugat. A ello se suman dos amplios cuadernillos centrales de ilustraciones y caricaturas, que no solo muestran el talento gráfico de Cugat —en ocasiones cercano al estilo del artista mexicano Miguel Covarrubias—, sino que funcionan como un retrato visual de toda una época, desde sus inicios en Carnegie Hall hasta sus apariciones televisivas, como su actuación en The Ed Sullivan Show en 1967.

            Estamos, en realidad, ante un libro escrito, pero también dibujado. Cugat poseía un notable talento para la caricatura y el retrato humorístico, aunque en ocasiones tomara como referencia imágenes del propio Covarrubias. En Yo, Cugat abundan los ejemplos de esa habilidad con el lápiz: aparecen caricaturizados personajes como Greta Garbo, Liza Minnelli, Salvador Dalí, Pau Casals o el propio Cugat, convertido en imagen de referencia de uno de sus negocios de restauración, Casa Cugat, en los estudios de Metro-Goldwyn-Mayer. De alguna manera, esta faceta artística que cultivó hasta el final de su vida enlaza con la tradición de Enrico Caruso, gran tenor y también excelente dibujante, cuya figura resultó decisiva para que Cugat optara por dedicarse plenamente —y con notable éxito— al mundo de la música.

            Ese diálogo entre texto e imagen se completa con un sólido aparato final: cronología, filmografía, discografía e índice onomástico que recorre un arco cultural que va de Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven a figuras del espectáculo del siglo XX.

            A ello se suma un trasfondo biográfico especialmente revelador: la escritura de estas memorias en los años finales de su carrera, cuando, tras décadas en Hollywood, decidió regresar a Cataluña en 1972, instalándose en el Hotel Ritz de Barcelona, donde viviría sus últimos años y aún formaría una nueva orquesta, llegando a grabar en 1987 el álbum Cugat desde el Ritz. En ese proceso desempeñó un papel clave Enrique Sabater, antiguo secretario de Salvador Dalí, cuya labor editorial fue decisiva para que estas memorias vieran la luz.

            Los epílogos —firmados por Diego Mas Trelles, Ignacio Peyró y el propio Puntí— amplían esa perspectiva. Especialmente sugerente es la mirada de este último, que incide en el carácter kitsch, excesivo y profundamente moderno del personaje, alguien que entendió antes que muchos que la fama también se construye a base de relato y artificio. Peyró, por su parte, subraya con tono elegíaco esa mezcla de esplendor y ocaso, entre el brillo del Ritz y la nostalgia de un mundo desaparecido.

            No debe olvidarse, además, que estas memorias dialogan con una tradición previa: Cugat ya había publicado en 1948 Rumba is my life, reutilizando parte de ese material en la versión de 1981 con la clara intención de fijar su propia versión de los hechos y adelantarse a futuros biógrafos. En ese gesto hay tanto control del relato como intuición moderna de la celebridad.

            En conjunto, esta edición de Yo, Cugat no solo recupera a una figura clave en la difusión de la música latina —el célebre “rey de la rumba”, precursor de una explosión cultural que hoy llega de Rosalía a Bad Bunny—, sino que invita a reflexionar sobre la construcción de la celebridad en el siglo XX. Más que unas memorias al uso, el libro es un artefacto narrativo donde vida y espectáculo se confunden deliberadamente. Y ahí radica su mayor virtud: en recordarnos que, en el caso de Cugat, la verdad siempre fue, también, una forma de ficción.

 

jueves, 7 de mayo de 2026

 

EL PESO DEL PASADO



            Tormenta de polvo fino es una novela breve solo en apariencia. Bajo su extensión contenida, Carlos Fortea construye un artefacto literario de gran densidad simbólica y narrativa, en el que convergen memoria, historia e interrogación moral. Profesor universitario y reconocido traductor —galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción—, ya había mostrado en novelas como Los jugadores o El mal y el tiempo —reseñadas en estas mismas páginas— su interés por los dilemas éticos y por la persistencia del pasado en el presente. En esta ocasión, la obra llega a las librerías bajo el sello de Nota al margen, editorial independiente fundada en 2024 con la vocación de apostar por propuestas literarias exigentes y alejadas de la lógica puramente comercial.

            Desde sus primeras páginas, el lector percibe que no se encuentra ante una narración convencional, sino ante una indagación en aquello que queda fuera del relato histórico oficial. El protagonista —un narrador sin nombre— recorre archivos olvidados, abre legajos que nadie consulta porque no pertenecen a personajes ilustres, sino a personas comunes. Al hacerlo, se levanta una nube de polvo: el polvo de la historia acumulado en los papeles de la gente normal, esa “tormenta de polvo fino” que da título a la novela y funciona como poderosa metáfora del pasado silenciado. “Los recuerdos ajenos son míos. Fermentan, y los gases que producen alimentan mi mente como si se tratara de una gran turbina”, afirma el narrador, dejando claro que su tarea no es reconstruir grandes acontecimientos, sino rescatar vidas sepultadas por el olvido.

            En este gesto se sitúa el verdadero núcleo intrahistórico de la novela. En un sentido claramente unamuniano, Fortea no se interesa por la historia de los grandes acontecimientos ni por la de los dirigentes políticos, sino por la de quienes la padecen y la sostienen en silencio, “la historia de la gente”, hecha a pico y pala. Conviene insistir en ello: no estamos ante una novela histórica al uso. Aquí no se reconstruyen batallas, fechas decisivas ni grandes decisiones políticas. Se trata, más bien, de una novela sobre la memoria, construida a partir de vivencias individuales de personas sumergidas en su tiempo, que viven dentro de los acontecimientos sin alcanzar nunca una perspectiva completa sobre ellos. El narrador actúa como un mediador entre pasado y presente: recorre casas vacías, escucha los ecos de quienes las habitaron y recompone fragmentos de vidas comunes, marcadas —y con frecuencia aplastadas— por los vaivenes políticos y sociales de la historia española. En esa lograda fusión de verdad y ficción, devuelve al relato colectivo a individuos anónimos, arrastrados por los acontecimientos y herederos de culpas ajenas, cuyas intrahistorias reclaman, por fin, un lugar en la memoria compartida.

            La novela se articula como una auténtica “novela de novelas”, una estructura fragmentaria que permite abarcar más de dos siglos de historia sin recurrir a un relato lineal. Desde la Guerra de la Independencia hasta la Transición, las tramas se suceden y se entrecruzan, y sitúan ya en 1812 —momento en que el país se parte en dos, entre quienes aspiran a un cambio hacia la libertad, el progreso y la mejora de las condiciones de vida, y quienes desean que todo permanezca perpetuamente igual— el inicio de un presente que sigue proyectándose hasta hoy. Frente a la idea de que todo comienza con la Guerra Civil, la novela sugiere que esta no fue la causa, sino la consecuencia de un conflicto ideológico y social acumulado durante más de un siglo: en ese sentido, somos hijos e hijas de Cádiz. En ese amplio arco histórico se inscriben las distintas tramas: un afrancesado que planea vengarse de Fernando VII mientras espera el regreso de “El Deseado”; la amistad forjada en la Guerra de Marruecos entre dos jóvenes destinados a tomar caminos opuestos; un maestro solitario en el frente sublevado durante la Guerra Civil; una actriz en los años de la República; una periodista en tiempos de la Transición; o el romance entre una actriz emergente y un diplomático alemán poco antes del ascenso de Hitler. Son siete u ocho relatos distintos, poblados por personajes que, sin ser reales en sentido estricto, poseen un claro “pozo de realidad”: ecos de personas conocidas, oídas, vividas.

            Estos personajes luchan, aman, obedecen o resisten según las circunstancias históricas que les tocan en suerte. Sus decisiones aparecen siempre condicionadas —y a veces anuladas— por el contexto, lo que da lugar a una reflexión especialmente lúcida sobre la imposibilidad de separar pasado y presente. En este sentido, el tiempo avanza porque se va saltando de relato en relato, de vida en vida, y las vidas de todos los personajes van dando como resultado la vida del país. No en vano, uno de los pasajes más elocuentes afirma: “La historia es igual que una noria puesta en el cauce de un río, nunca gira hacia atrás”. La estructura fragmentada refuerza esta idea y exige del lector una implicación activa: Fortea no ofrece respuestas cerradas, sino episodios que dejan preguntas abiertas y reverberan más allá de la página.

            El estilo, sobrio y preciso, contribuye a crear una atmósfera absorbente en la que lo histórico y lo imaginario se confunden, como ese polvo fino que se deposita lentamente y acaba cubriéndolo todo. Aunque a lo largo del libro se abordan temas como el poder, la venganza o la lucha política, el verdadero núcleo es la memoria: la que duerme en los archivos, deformada por el tiempo, y la que se proyecta hacia un futuro incierto en el que aún podría servir para corregir errores, si alguien se detuviera a escucharla.

            En conjunto, Tormenta de polvo fino es una obra exigente y profundamente sugestiva, ideal para lectores interesados en la literatura introspectiva y en la reflexión histórica. La novela sugiere la convicción de que el mundo se encamina cíclicamente a la repetición de las catástrofes porque las olvida, y de que ese olvido no es inocente, sino a menudo fomentado por quienes medran en la oscuridad. Frente a ello, el autor aspira a arrojar luz: los focos que iluminan el pasado, parece decirnos, despejan también el camino del futuro. Con esta novela, Carlos Fortea se confirma como una de las voces más singulares de la narrativa española contemporánea, capaz de convertir el silencio, el polvo y las vidas marginales en el auténtico centro del relato.