CASABLANCA

CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

jueves, 2 de abril de 2026

 

SOMBRAS EN FOCO





            En Estás en mis ojos, Angélica Morales nos entrega mucho más que una novela. Nos ofrece una mirada detenida, firme, poética y brutal sobre lo que no se quiso ver y lo que aún sigue invisible. Publicada por Editorial Destino, esta obra confirma su madurez como narradora sin renunciar a su raíz poética: una historia tejida con precisión quirúrgica, lirismo contenido y una conciencia aguda sobre la violencia estructural que atraviesa a las mujeres, también en la literatura.

            Premiada en 2024 con el Búho por La casa de los hilos rotos y con el Santa Isabel de Portugal de poesía por Dolor —reconocimientos que suma a otros muchos obtenidos con anterioridad y que, sin duda, seguirá ampliando—, Morales se encuentra en un momento “dulce” de su carrera. Fiel a su naturaleza poética, su narrativa continúa siendo una prolongación de esa sensibilidad. En esta ocasión, la escritora turolense afincada en Huesca reconstruye —y reimagina— la historia de Hélène Roger-Viollet, fotoperiodista pionera, feminista, visionaria, empresaria y víctima de un asesinato tan brutal como el olvido posterior que eclipsó su obra.

            Estás en mis ojos es un thriller hipnótico, a la vez reconstrucción biográfica y ejercicio de memoria lúcida y reveladora. La novela transcurre en dos tiempos narrativos que dialogan entre sí con intensidad y profundidad. En 1985, en un París aún teñido por sus propias penumbras históricas y emocionales, Hélène es brutalmente asesinada por su esposo y socio, Jean Fischer. No interpreten esto como un espóiler ni como un giro inesperado, este crimen es el punto de partida del relato, su impulso inicial, lo que activa todas las piezas de la trama. La inspectora Isabel Santolaria, encargada de esclarecer el caso, se ve arrastrada no solo por la oscuridad del crimen sino también por la de su propia vida, marcada por una relación tóxica y opresiva con Michel Étienne.

            Treinta años más tarde, Isabel vive retirada en el valle de Hecho, dedicada a la escritura desde las sombras. Su aparente calma se ve sacudida cuando recibe un encargo inesperado: escribir la biografía de Hélène. Aceptarlo implica enfrentarse al pasado, no solo al de la víctima, sino al suyo propio. Lo que comienza como una labor literaria se transforma en una doble indagación: la reconstrucción de una vida truncada y la revisión íntima de una herida aún abierta.

            Este viaje hacia la verdad nos lleva mucho más allá del crimen. Retrocedemos hasta 1936, al inicio de la Guerra Civil española. Luego nos desplazamos al Argel de la Segunda Guerra Mundial, atravesamos la efervescencia de la Cuba revolucionaria, y, en paralelo, se intercalan los momentos del presente de Isabel —al silencio, al retiro, y al pulso íntimo del acto de escribir— en casa Martina, ubicada en el sereno y hermoso valle pirenaico de Hecho. Allí, en ese paisaje de calma aparente, se desenredan los hilos de la historia y de la memoria, iluminando las zonas oscuras que el tiempo no ha logrado borrar.

            La gran potencia de esta novela reside en cómo Morales convierte la mirada —literal y metafóricamente— en el eje narrativo. La inclusión de la optografía, esa vieja pseudociencia que creía que los ojos conservaban la última imagen antes de morir, no funciona aquí como simple recurso de intriga, sino como una poderosa metáfora. ¿Qué imágenes quedan impresas en la retina de la memoria? ¿Qué verdades nos negamos a ver? En ese gesto, Morales hermana la mirada fotográfica de Hélène con la mirada narrativa de Isabel, seguramente también con nuestra propia mirada de lectores.

            Morales no escribe desde el morbo ni desde la estadística, sino desde la necesidad de devolver a Hélène su lugar como sujeto y no solo como víctima. Esta novela invierte el relato histórico, que tantas veces se limita al crimen y se olvida de la vida. Hélène, mujer adelantada a su tiempo, inteligente, carismática, no especialmente “bella” según los cánones, pero luminosa e imponente, emerge aquí como figura plena: artista, empresaria, jefa, feminista, pero también, mujer enamorada y… superviviente de su tiempo… hasta que dejó de serlo por obra de un hombre incapaz de vivir a su sombra.

            La ambientación de París, especialmente en los años 80, es otro de los logros del texto. Es un París que ya no existe, pero que sigue palpitando entre las calles húmedas, las paredes con moho y las voces que se cuelan desde las fotografías. Junto a ello, como hemos anticipado, la presencia de los valles altoaragoneses y el fenómeno de las “golondrinas” —esas mujeres migrantes de ida y vuelta— le dan al relato una profundidad telúrica, muy conectada con lo real y con lo íntimo.

            Estás en mis ojos es una novela negra, sí, pero también es una historia de memorias cruzadas, de secretos familiares, de traumas encarnados y de mujeres que, aun equivocándose, intentan nombrar su dolor. Morales construye personajes complejos, quebrados y honestos (excelentes secundarios son la criada argelina; el matrimonio de homosexuales que tienen alquilada la zapatería de Rosario; Marguerite y Jacqueline...). Isabel Santolaria no es solo una testigo: es otra víctima del mismo sistema que anuló a Hélène. Y su proceso de reconstrucción a través de la escritura es también el de muchas lectoras que han sido silenciadas de formas más sutiles.

            Esta es una novela que no teme a la oscuridad,  más bien persigue la luz. Angélica Morales demuestra que escribir es mirar de frente, aunque duela. Y que las historias, cuando son verdaderas, se nos quedan impresas en los ojos mucho tiempo después de haber cerrado el libro.

            Una obra imprescindible. Conmovedora, inquietante y necesaria.

 

Angélica Morales, Estás en mis ojos, Barcelona, Destino, 2025.

 

lunes, 16 de marzo de 2026

 

ESCRIBIR COMO VIAJAR: MEMORIA, LENGUAJE Y ÉTICA EN VIDA DE RAMÓN ACÍN


           



Vida
es un libro de relatos en el que Ramón Acín Fanlo despliega una mirada profundamente humanista, una forma de ver la vida desde los ojos de un escritor atento a los gestos mínimos y a la dignidad silenciosa de las personas comunes. Los relatos parten siempre de la realidad concreta —de lo vivido, lo observado, lo recordado—, pero esa materia cotidiana se transforma en literatura mediante una escritura precisa y consciente de sus recursos. No se trata de contar grandes acontecimientos, sino de detenerse en la experiencia diaria, en los afectos, el trabajo, la injusticia y la esperanza, y hacer de todo ello un espacio de reflexión compartida.

            El libro se conforma como un organismo vivo y pensante: cuatro bloques de diez textos —Desafuero, Hecho, Desliz y Desasosiego— que avanzan desde la herida histórica hasta la inquietud moral contemporánea, precedidos cada uno por la definición del Diccionario ideológico de Casares, un gesto que no es ornamental sino programático. Porque aquí el pensamiento se vuelve lenguaje y el lenguaje, experiencia: somos palabra, nacemos y morimos palabra. En Desafuero late la memoria de la guerra, la culpa y la corrupción moral de la dictadura; en Hecho, los encuentros y desencuentros con figuras cuyo olvido alivia y cuyo recuerdo duele; Desliz juega con los pecados capitales y las virtudes teologales como máscaras narrativas; y Desasosiego abre dilemas y enigmas de interpretación abierta. Con una prosa sobria y afilada, Acín compone un libro donde cada relato es una definición en acto, una tentativa de nombrar —y entender— eso que llamamos vida.

            Con una prosa clara y sin artificios innecesarios, Acín Fanlo construye escenas breves en las que el lenguaje adquiere un papel central. Destaca especialmente la precisión expresiva y el cuidado por la palabra justa, pero también la presencia de un humor sutil, muy aragonés, cercano a lo somarda, que atenúa la dureza de algunas situaciones y aporta una mirada irónica y compasiva sobre la condición humana. Ese humor, nunca estridente, forma parte de la identidad del libro y contribuye a su cercanía con el lector.

            Los relatos de Vida se caracterizan por su sobriedad expresiva y por una fuerte carga ética. El autor observa a sus personajes con empatía, sin idealizarlos ni juzgarlos, y deja que sean sus actos —a menudo modestos, a veces dolorosos— los que revelen su humanidad. En ellos reaparecen temas recurrentes en la obra de Ramón Acín: la Guerra Civil; la importancia del pasado como espacio de memoria; y una reflexión pausada sobre cómo ese pasado sigue influyendo en el presente. La literatura se convierte así en una forma de diálogo entre tiempos, en una herramienta para comprender lo que somos.

            Uno de los rasgos más destacados del libro es su compromiso social. Sin caer en el panfleto, los relatos dejan entrever una crítica a las desigualdades, al autoritarismo y a la violencia ejercida sobre los más vulnerables. La atención a la vida de quienes suelen quedar al margen del relato oficial convierte el libro en una reivindicación de la memoria y de la justicia cotidiana, entendida como respeto y solidaridad entre las personas.

            De algún modo, Vida funciona también como un cuaderno de viajes, no solo geográficos sino también vitales. En uno de los relatos, el propio autor, a través del protagonista, reconoce que “escribir es como viajar”, una idea que resume bien el espíritu del libro: la escritura como desplazamiento, como mirada abierta al mundo y a los otros, como forma de conocimiento y de encuentro.

            El tono general es contenido, a veces melancólico, pero no exento de luz. Incluso en los momentos más duros, Vida deja espacio para la ternura, la ironía suave o la confianza en la capacidad humana para resistir y crear vínculos. Esa combinación de lucidez y compasión es una de las mayores virtudes del libro.

            En conjunto, Vida es una obra breve pero intensa, que invita a leer despacio y a reflexionar sobre lo esencial. Un libro que demuestra cómo la literatura puede ser, al mismo tiempo, sencilla en su forma y profunda en su alcance, y que confirma a Ramón Acín Fanlo como una voz comprometida con la defensa de la vida en todas sus dimensiones.

 

lunes, 9 de febrero de 2026

 

LA DANZA COMO DESTINO: IN MEMORIAM DE CARMELO ARTIAGA MIALDEA.


           


    Con profundo dolor y una emoción difícil de expresar, los miembros del Consejo Directivo de la Academia de las Artes del Folclore y de la Jota de Aragón hemos despedido recientemente a Carmelo Artiaga Mialdea, fundador y primer presidente de la institución, bailarín, coreógrafo y maestro irrepetible. Figura capital de la danza aragonesa contemporánea, fue también uno de los grandes nombres de la Jota en su proyección artística, pedagógica e internacional.



            Recuerdo con especial emoción cómo Carmelo quiso que uno de los primeros actos de la Academia se celebrara en Teruel. Aquel gesto no fue casual ni meramente protocolario. Consistió en el nombramiento en el año 2018 de los músicos vigueses Carlos Núñez, Xurxo Núñez y Pancho Álvarez como los primeros Académicos de Honor de la institución, en un acto solemne celebrado en el Círculo de Recreo Turolense. La investidura precedió al concierto-presentación La Hermandad de los Celtas, que pudo disfrutarse esa misma jornada en el Teatro Marín. Aquella iniciativa resumía bien su manera de entender la cultura: tejer redes, crear vínculos y unir tradiciones, haciendo dialogar los folclores más allá de fronteras y acentos.



            Nacido en Zaragoza, tras pasar su infancia en París, su vida estuvo entregada desde muy temprana edad a la danza, entendida no solo como disciplina artística sino como forma de conocimiento, de identidad y de diálogo entre culturas. Su formación comenzó en el Folclore Aragonés y la Escuela Municipal de Jota de Zaragoza entre 1971 y 1976, donde se fraguó un vínculo indisoluble con la tradición que nunca abandonaría y que más tarde sabría enriquecer con una visión abierta, rigurosa y profundamente contemporánea. En este campo se forjó bajo la guía de maestros esenciales: Andrés Cester Zapata, Angelita Vidal y Felisa Sevillano Querol, de quienes heredó no solo técnica, sino una manera de entender la danza como memoria viva. Formó parte del Grupo Folclórico Nobleza Baturra, donde el rigor y la tradición marcaron su carácter artístico. Más tarde asumió la dirección de la Escuela Municipal de Danza Villa de Tauste, convirtiéndola en un espacio de aprendizaje y transmisión. En 1990 dio un paso decisivo al crear su propia compañía de danza, con la que inició un camino personal de investigación, creación y compromiso con el folclore aragonés. 




            A partir de ahí, su trayectoria formativa fue tan extensa como exigente. Se formó en ballet clásico, contemporáneo y danza española en Zaragoza, Madrid y Palma de Mallorca entre 1977 y 1986, de la mano de maestros y maestras fundamentales como Carmen de la Vega, Almudena García Lobón, Isabel Pérez, Mona Belizán, Ana y Emma Maleras, Renée Gerard, Luis Fuente, José Espadero, Juanjo Castaño o El Güito. Amplió estudios en la Escuela de María de Ávila (1981-1983) y fue becado por la Escuela del Bolshói de Moscú entre 1983 y 1986, una experiencia decisiva que marcaría su concepción del rigor técnico y del escenario como espacio de verdad artística.

            Completó su formación en el Conservatorio Superior Óscar Esplá de Alicante, donde cursó las carreras de Danza Clásica y Danza Española, y se especializó en danza contemporánea y afrocubana en el centro de Karen Taft en Madrid. A ello se suman estudios de anatomía de la danza en Toulouse, cursos de danza de carácter, clásico español, jazz, técnica Fosse, así como una incesante curiosidad por todos los lenguajes del movimiento. Esta sólida y plural formación lo convirtió en un artista total y en un pedagogo excepcional.

                        Su carrera escénica fue igualmente deslumbrante. Debutó como solista en el Teatro Argensola de Zaragoza, actuando posteriormente en numerosos teatros españoles. Fue solista del Ballet Folclórico Nobleza Baturra entre 1976 y 1981 y participó en más de 450 programas de televisión en España y en el extranjero, en espacios tan emblemáticos como Aplauso, Gente Joven, Un, dos, tres (versión holandesa) o los grandes especiales de Nochebuena y Nochevieja de TVE.



            En 1983 formó parte de la Antología de la Zarzuela que acompañó a la Comisión Cultural Española en la histórica visita de los Reyes de España a la URSS, actuando en Moscú, San Petersburgo, Samarcanda o Dushambé, ciudades que más tarde lo nombrarían Hijo Adoptivo. Un año después, coreografió la bienvenida oficial a Sus Majestades en el aeropuerto de Moscú, un gesto que simboliza el reconocimiento internacional a su talento y profesionalidad.

            Fue primer bailarín en giras internacionales, coreógrafo de grandes producciones escénicas, creador incansable de espectáculos como El amor brujo, Yerma, La forja de un rebelde, La ley del deseo, Zaragoza, ciudad de las estrellas, la gala LOVE, estrenada en el Teatro Principal de Zaragoza en 2020, y el homenaje a la jota, en colaboración con la pianista Marta Vela, Un arte llamado jota. “De Principal Belleza”, estrenada también en el Principal en 2024. Dirigió y coreografió eventos de enorme impacto artístico y social, como la gala Somos, y colaboró como coreógrafo y estilista de moda con firmas de primer nivel internacional.




            Paralelamente, desarrolló una intensa labor docente y de dirección artística: fue profesor de danza durante décadas, director de la Escuela Municipal de Danza “Villa de Tauste”, formador de gimnastas de alta competición y referente pedagógico para varias generaciones de bailarines y bailarinas, siempre desde la exigencia, la pasión y el respeto absoluto por el oficio.

            En 2017 culminó uno de sus grandes sueños: la fundación de la Academia de las Artes del Folclore y de la Jota de Aragón, institución que presidió hasta su fallecimiento y desde la que trabajó incansablemente por la dignificación, el estudio, la difusión y el futuro de la Jota, entendida como patrimonio vivo, abierto al diálogo con otras artes y otras culturas. Su visión, su liderazgo y su amor por Aragón han quedado inscritos para siempre en la historia de nuestra danza.




            Reconocido con más de 24 premios nacionales de danza, tres premios de folclore en Gente Joven de TVE, dos premios nacionales de traje antiguo y numerosos homenajes dentro y fuera de España, su legado artístico es tan vasto como imborrable. Era también Miembro del Consejo Internacional de la Danza CID —UNESCO — París.

            Con su muerte, la danza aragonesa —y la Jota en particular— quedan huérfanas de una de sus figuras más luminosas. Nos queda, sin embargo, su ejemplo: una vida entregada al arte, al rigor del trabajo bien hecho y a la firme convicción de que la tradición solo pervive cuando se ama, se estudia y se proyecta con decisión hacia el futuro.

            Siempre en nuestra memoria 



 


domingo, 1 de febrero de 2026

 

LA FICCIÓN POLÍTICA COMO ESPEJO DEL PRESENTE


           


En La caza del ejecutor, Vicente Vallés vuelve a la ficción política con una novela que se sitúa en la intersección entre el thriller de espionaje, la intriga internacional y la reflexión sobre el ejercicio del poder en el mundo contemporáneo. Al igual que en Operación Kazán, el autor traslada a la narrativa su experiencia como periodista especializado en política internacional, construyendo un relato en el que la ficción funciona como una herramienta para interpretar la realidad global.

            La novela parte de un acontecimiento clave: el asesinato de un alto dirigente ruso, un hecho que actúa como detonante de una investigación compleja y peligrosa. A partir de ese suceso, la trama se despliega a través de distintos escenarios y pone en marcha una persecución contrarreloj para descubrir quién está detrás del crimen y, sobre todo, qué intereses se ocultan tras él. La figura del “ejecutor” no es solo la de un asesino individual, sino el símbolo de una maquinaria de poder mucho más amplia y opaca.

            Uno de los ejes centrales de La caza del ejecutor es la violencia política como instrumento estratégico. Vallés plantea cómo, en el tablero internacional, los asesinatos selectivos, las operaciones encubiertas y las acciones clandestinas forman parte de una lógica de poder que rara vez se muestra de manera explícita ante la opinión pública. La novela invita así al lector a cuestionar la versión oficial de los grandes acontecimientos y a sospechar de las explicaciones simples en un mundo gobernado por intereses económicos, geopolíticos y militares.

            Desde esta perspectiva, la obra resulta especialmente pertinente si se lee a la luz del contexto actual. La proliferación de conflictos armados, el uso del espionaje como herramienta habitual de presión, las injerencias en otros países y la normalización de la violencia encubierta hacen que la trama no parezca una exageración literaria, sino una recreación verosímil de dinámicas reales. Vallés sugiere que el orden  mundial se sostiene sobre frágiles equilibrios, y que la eliminación de una figura clave puede desencadenar consecuencias imprevisibles a escala global.

            Asimismo, la novela aborda la crisis de las democracias occidentales y su dificultad para responder a amenazas que no siempre adoptan formas convencionales. Los protagonistas se mueven en un entorno en el que las fronteras entre legalidad e ilegalidad, entre justicia y razón de Estado, se vuelven difusas. En este sentido, La caza del ejecutor plantea un dilema ético constante: hasta qué punto es legítimo vulnerar principios democráticos en nombre de la seguridad o de la estabilidad internacional.

            Desde el punto de vista narrativo, la obra destaca por su ritmo ágil y por una estructura que mantiene la tensión a lo largo de toda la investigación. El lenguaje es claro y preciso, con un marcado tono periodístico que facilita la comprensión de cuestiones complejas sin restar intensidad al relato. Vallés logra así un equilibrio entre entretenimiento y reflexión, haciendo accesible al gran público un análisis profundo de las relaciones internacionales y del funcionamiento real del poder.

            En conclusión, La caza del ejecutor se consolida como una novela que dialoga directamente con la actualidad y que refuerza la idea de que la ficción política puede ser una forma eficaz de interpretar el presente. Los acontecimientos recientes —el aumento de la inestabilidad internacional, los asesinatos políticos, las operaciones secretas y la desconfianza hacia los discursos oficiales— confirman la vigencia de las cuestiones planteadas por Vallés. No pretende ofrecer respuestas cerradas, sino despertar en el lector una mirada crítica ante un mundo en el que, con frecuencia, los verdaderos ejecutores no son quienes aprietan el gatillo, sino quienes mueven los hilos desde la sombra. 

    Esta reseña se publicó en el cultural del Heraldo A&L: 




   

sábado, 10 de enero de 2026

 

Wagner íntimo: reflexiones sobre arte, creatividad y misión artística

 


           


Sin duda, el fondo bibliográfico sobre música de la editorial Fórcola es uno de los más relevantes y exquisitos del panorama español. Fiel a su esmero habitual, la editorial publica ahora A mis amigos. Reflexiones sobre la creatividad y la música, una obra que se integra con naturalidad en este corpus musical tan cuidado y exigente. La edición incluye un prólogo del crítico y especialista wagneriano Miguel Ángel González Barrio, así como la traducción y el aparato crítico del doctor en filología germánica Alfonso Lombana, cuyo trabajo asegura precisión y claridad en un texto de gran alcance intelectual.

            Este volumen dialoga de forma especialmente fecunda con Richard Wagner–Friedrich Nietzsche: Correspondencia, también editado por Fórcola y reseñado en estas mismas páginas, donde se recoge la voz directa de dos figuras esenciales cuya amistad, tensiones y rupturas marcaron la cultura europea del siglo XIX. La lectura conjunta revela que Wagner, lejos de ser únicamente uno de los compositores más influyentes de su tiempo, fue también un escritor prolífico cuya obra abarcó crítica musical, teoría estética, ensayos filosóficos y textos de carácter político y social; durante un periodo, incluso ejerció como literato profesional.

            A mis amigos funciona así como un contrapunto reflexivo que ilumina y recontextualiza la Correspondencia, ofreciendo un marco más amplio para comprender el diálogo entre Wagner y Nietzsche y, al mismo tiempo, para adentrarse en una reflexión contemporánea sobre creatividad, música y pensamiento artístico.

            Wagner despliega aquí, con la vehemencia propia de su pensamiento —más dirigido al sentimiento que al entendimiento, al corazón más que a la razón—, una combinación de manifiesto estético y político, confesión personal y tratado filosófico sobre el arte. Aunque no es un texto extenso, su densidad conceptual y su tono abiertamente apasionado lo convierten en una lectura reveladora para quienes buscan comprender no solo la música wagneriana, sino la cosmovisión que la sostiene.

            El escrito se presenta como una suerte de carta abierta dirigida a quienes Wagner consideraba sus aliados intelectuales y espirituales. En él reflexiona sobre el papel del artista en la sociedad, la naturaleza de la verdadera creatividad y la misión casi redentora que, a su juicio, debía asumir la música. Para Wagner, el acto creativo es un impulso profundamente humano y casi sagrado, que solo puede desarrollarse plenamente cuando el artista se libera de condicionamientos comerciales, convenciones triviales y limitaciones sociales.

            Uno de los aspectos más sugerentes es su énfasis en la unidad entre arte y vida. Para Wagner, la música —y en particular el drama musical— no constituye un mero entretenimiento, sino un medio de transformación espiritual. Su crítica a la superficialidad del arte burgués refleja tanto su temperamento polémico como su deseo de un arte total, orgánico y arraigado en la experiencia humana profunda.

            El texto ofrece también una ventana a la autopercepción del propio Wagner, que se presenta al mismo tiempo como rebelde incomprendido y visionario adelantado a su época. Esta actitud puede resultar fascinante o irritante según el lector; sin embargo, es justamente esa intensidad lo que hace tan influyente su pensamiento.

            En suma, A mis amigos es una obra breve pero significativa: un documento donde se entrelazan estética, política, filosofía y autobiografía. No se trata de un análisis técnico de la música, sino de una declaración emocional e ideológica que ayuda a entender la fuerza que impulsó la creación de obras como El holandés errante, Tannhäuser y Lohengrin. El texto ofrece claves interpretativas esenciales y consolida el discurso estético de su actividad creadora, tanto para comprender la evolución posterior de su carrera como la recepción de su legado. Su lectura resulta imprescindible para quienes deseen adentrarse en el universo mental de uno de los compositores más polémicos y trascendentes del siglo XIX.

Esta reseña se publicó en el suplemento del Heraldo, "Artres & Letras": 



domingo, 21 de diciembre de 2025

 

FERNANDO CASTILLO: CARTÓGRAFO DE LA MEMORIA EUROPEA



         La obra literaria de Fernando Castillo (Madrid, 1953) constituye un corpus singular dentro del panorama de la historiografía cultural española contemporánea. A lo largo de más de dos décadas de producción sostenida, Castillo ha tejido una literatura fronteriza entre la historia, la memoria y la crónica, que se adentra en los pliegues de las ciudades, los personajes y las atmósferas del convulso siglo XX europeo. Más que un historiador convencional, Castillo puede considerarse un narrador de la memoria urbana, un explorador de los márgenes donde la vida cotidiana y los grandes acontecimientos históricos se entrelazan.

         Uno de los hilos conductores de su obra es la representación de las ciudades como espacios simbólicos, escenarios de conflicto, resistencia y transformación. En Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad, del 98 a la postguerra (2010), Castillo analiza cómo Madrid ha sido no solo capital política, sino también objeto de tensiones culturales, rechazo e incomprensión, especialmente en los discursos del 98 y la posguerra. Su Madrid no es solo un lugar físico, sino un palimpsesto de tensiones históricas y afectivas. Este interés por la ciudad como matriz de sentido se prolonga en obras como Madrid y el Arte Nuevo (2011) o La extraña retaguardia (2018), donde retrata el Madrid de la Guerra Civil como una ciudad sumergida en la sombra, cargada de silencios, personajes ambiguos y formas de supervivencia.

         Otro rasgo característico de la literatura de Castillo es su capacidad para rescatar figuras marginales o laterales de la historia, personajes que habitan las orillas de la memoria oficial: espías, exiliados, artistas, traficantes, escritores desplazados. Así ocurre en libros como Noche y niebla en el París ocupado (2012) o Españoles en París (2017), donde reconstruye la vida cultural y clandestina en una ciudad bajo ocupación, dibujando una constelación literaria que va desde el colaboracionismo hasta la resistencia, pasando por el exilio interior.

         Su fascinación por el París de la Ocupación y la posguerra culmina en París-Modiano. De la Ocupación a Mayo del 68 (2015), donde la figura del escritor francés Patrick Modiano le sirve para explorar la persistencia del trauma en la literatura y el modo en que la ciudad deviene en espacio de interrogación identitaria. Castillo comparte con Modiano esa sensibilidad por los rastros, los documentos perdidos, las biografías fragmentarias, y convierte el ensayo histórico en una forma de narración detectivesca, en busca de huellas que el tiempo ha querido borrar.

         También destacan en su bibliografía obras como Un cierto Tánger (2019) y Memoria de Biarritz (2022), donde el autor aborda otros enclaves de ambigüedad histórica, ciudades cosmopolitas, atravesadas por el contrabando de ideas, de lenguas y de pasados rotos. En estos textos, se percibe una clara afinidad con la tradición literaria del viaje y el exilio, así como con un estilo ensayístico que combina erudición con una prosa elegante y evocadora.

         A lo largo de su trayectoria, Castillo ha ido conformando un “atlas personal”, como sugiere el título de otro de sus libros (2019), donde cada ciudad, cada figura, cada episodio histórico, dialoga con una reflexión más amplia sobre la identidad europea, la memoria colectiva y la fragilidad de los relatos oficiales. En Explorador de Bulevares (2024), reafirma esa vocación flâneur, ese deseo de callejear por la historia recorriendo sus calles y visitando cafés, archivos, etc., pero siempre con una mirada oblicua de gran dinamismo y profundidad, viendo siempre más allá de lo evidente.

         En suma, la literatura de Fernando Castillo destaca por su capacidad para combinar el rigor del historiador con la sensibilidad del narrador. Sus libros son mapas de una Europa que aún interroga a sus fantasmas, textos donde la historia se vive como relato, y el relato como forma de hacer justicia a los olvidados. Leer a Castillo es adentrarse en una memoria que no se impone, sino que se descubre, fragmentada y luminosa, entre la niebla de las ciudades.

         El final de la Guerra Civil Española marcó no solo el cierre de una etapa dramática en la historia de España, sino también el preludio de un largo exilio, una represión feroz y el reordenamiento ideológico del continente europeo. En ese torbellino de destinos truncados y huidas desesperadas, las figuras de los dirigentes republicanos y comunistas españoles se entrelazan con las de los colaboracionistas franceses y belgas que, años después, buscarían refugio en la misma tierra que estos primeros habían tenido que abandonar.

         Tras la derrota republicana en 1939, en El último vuelo (editorial Renacimiento), la última publicación de Fernando Castillo, nos describe la huida de España de la élite republicana, la mayoría pertenecientes al partido comunista (Juan Negrín, Julio Álvarez del Vayo, Dolores Ibárruri, Palmiro Togliatti, Enrique Líster, Rafael Alberti, María Teresa León, etc.) huyendo en avión, en condiciones de cierta seguridad y poco penosas, alejadas de la más dramática de Max Aub o Eduardo Guzmán, en barco desde Alicante, o de la ya trágica y mucho más fatigosa de los cientos de miles de soldados y civiles, como el caso de Antonio Machado y su madre, a pie, por los Pirineos, para encontrar la muerte en Francia  o poco después otra guerra.

         Paradójicamente, la misma Francia que fue tierra de acogida precaria para los republicanos españoles, se convertiría años después en punto de origen para una huida inversa: la de los colaboracionistas del régimen de Vichy y simpatizantes del nacionalsocialismo alemán. Con la derrota de Hitler en 1945, numerosos oficiales, burócratas e ideólogos fascistas franceses y belgas buscaron refugio en una España gobernada por Franco, quien, pese a su neutralidad oficial durante la Segunda Guerra Mundial, mantenía lazos ideológicos y estratégicos con los restos del fascismo europeo.

         En El último vuelo hay protagonistas de primer orden, por ejemplo, la rocambolesca huida de Léon Degrelle, el gran líder del nazismo en Bélgica, uno de los mayores colaboradores de Hitler, digna de un guion de cine: escapó de manera desesperada  en vuelo nocturno desde Oslo en un avión Heinkel —los aviones son también objeto de estudio y protagonistas— con el combustible justo para llegar a España, tan justo que los últimos kilómetros los hicieron planeando hasta llegar a San Sebastián y aprovechando la marea baja aterrizar en plena playa de la Concha a las seis y media de la mañana despertando a numerosos ciudadanos que se acercaron a contemplar un avión con una enorme esvástica en la cola.

         Otro nombre importante es Abel Bonnard, uno de los grandes escritores franceses, miembro de la Academia Francesa y fanático fascista que llegó a ser ministro de Educación del gobierno de Vichy, le acompañaba Pierre Laval, jefe del gobierno de Vichy, quien fue entregado a Francia y fusilado, mientras que Bonnard y otros, acogidos por el gobierno de Franco, contó con la ayuda de José Félix Lequerica, Víctor de la Sernao o Luis Escobar.

         Otros no lo son tanto, caso de Alain Laubreaux, crítico teatral y feroz antisemita o de Georges Guilbaud, periodista y miembro del Partido Popular Francés o del poco conocido.

         La España franquista, aislada pero aún útil como santuario anticomunista, acogió a estos fugitivos con sigilo y complicidad. Desde criminales de guerra hasta propagandistas del régimen nazi, encontraron en la península un lugar para el silencio, el olvido o incluso la reinvención personal. Así, mientras unos luchaban por sobrevivir en el exilio y soñaban con la liberación de su patria, otros encontraban refugio bajo el ala protectora del mismo régimen que había vencido a la República.

         Estas dos corrientes humanas —republicanos y fascistas derrotados— cruzaron sus trayectorias en un mismo escenario, aunque en momentos distintos. El contraste es profundamente revelador: en sus destinos opuestos se resumen las paradojas del siglo XX. Por un lado, los idealistas vencidos de una guerra fratricida, por otro, los responsables directos o indirectos de la barbarie nazi, buscando impunidad bajo el mismo cielo español.

         Más allá de la fría cronología o el listado de nombres, estas historias adquieren un tono de novela: identidades falsas, redes clandestinas, traiciones y fidelidades inquebrantables. La historia se llena aquí de rostros, de decisiones morales bajo presión, de sueños truncados o secretos bien guardados. Como si la historia se deslizara hacia la ficción, pero sin perder nunca su densidad trágica y real.

         Hoy, revisar estas peripecias no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino una forma de comprender cómo los escombros ideológicos del siglo XX aún resuenan en nuestra manera de entender la justicia, el exilio, y la responsabilidad política. En ese cruce de caminos, entre los últimos ecos del comunismo idealista y los rezagos de un fascismo agónico, se escribe una de las páginas más intensas y contradictorias de la historia europea. Una historia que bien podría ser novela, si no fuera tan dolorosamente real.

         El último vuelo cuenta con un excelente prólogo de Antonio Muñoz Molina y un utilísimo apartado titulado “Dramatis personae”, en el que se presentan breves biografías de los “protagonistas” de las huidas, los “actores secundarios” y hasta los “figurantes” que junto con el nutrido “Índice onomástico” de casi mil entradas, facilitan al lector interesado localizar, conocer y parcelar la multitud de historias particulares que se entretejen a lo largo del meticuloso, riguroso y bien documentado trabajo. De hecho, el esfuerzo de Castillo es mayúsculo pues tiene un recuerdo especial para los pilotos de los aviones, que se jugaron la vida por obligación y no pasaron a la historia, a los que, incluso, cuando es posible, presenta con sus propios nombres.