CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ
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miércoles, 21 de octubre de 2026

 

RAMEAU, ENTRE LA RAZÓN Y EL MISTERIO DE LA MÚSICA



 

            Hay músicos que pertenecen a la historia y otros que, de algún modo, siguen interrogando al presente. Jean-Philippe Rameau (1683-1764) pertenece a esta segunda categoría. Compositor, clavecinista y teórico, fue una de las grandes figuras de la música francesa del siglo XVIII y uno de los contemporáneos más destacados de Bach. Su importancia, sin embargo, no se limita a la extraordinaria calidad de sus composiciones: Rameau quiso también comprender aquello que hacía posible la música, penetrar en sus leyes y convertir la armonía en objeto de reflexión. Esa doble condición de artista y pensador es la que aborda Andrés Alberto Gómez en Elogio de Rameau, publicado por Fórcola Ediciones en su colección Periplos.

            El libro nace, además, de una relación especialmente significativa con su protagonista. Gómez no se acerca a Rameau únicamente desde la musicología o desde la historia de la música, sino desde la experiencia de un intérprete: es clavecinista y director del conjunto La Reverencia. Su mirada, por tanto, parte del conocimiento directo de un instrumento fundamental en la trayectoria de Rameau y permite que el músico del siglo XVIII deje de ser una figura distante para convertirse en una presencia sonora. El resultado es un ensayo que pretende acercar al lector tanto al creador como al hombre que se encontraba detrás de sus partituras.

            Uno de los principales méritos del libro reside precisamente en esa voluntad de escapar de la biografía convencional. Gómez no se limita a ordenar fechas, obras y acontecimientos, sino que intenta reconstruir el universo intelectual y artístico en el que Rameau desarrolló su actividad. Componer y pensar la música aparecen así como dos actividades inseparables. El autor muestra a un creador que hizo de la armonía un territorio de investigación y que entendió que detrás de la belleza de los sonidos existía también una estructura que podía ser analizada y explicada.

            Ahí se encuentra una de las grandes paradojas de Rameau: cuanto más quiso someter la música al conocimiento y a la razón, más evidente resulta el misterio que permanece en ella. Sus tratados sobre armonía alcanzaron una influencia extraordinaria y mantuvieron su condición de obras de referencia hasta comienzos del siglo XX, pero su legado no puede reducirse a la teoría. En sus composiciones conviven la precisión constructiva, la imaginación y una luminosidad que hace que su música siga formando parte del repertorio de los grandes intérpretes actuales.

            El Elogio de Rameau tiene, además, otra particularidad que amplía considerablemente su interés. El ensayo se acompaña del Elogio histórico de Mr. Rameau, escrito por Hugues Maret poco después de la muerte del compositor y considerado la primera biografía dedicada a él. Gómez ofrece aquí la primera edición crítica en español de este texto, una incorporación que permite al lector acercarse a Rameau también a través de la mirada de uno de sus primeros biógrafos. Maret llegó a definirlo como el «Orfeo de Francia», una denominación que resume la extraordinaria consideración que alcanzó el músico en su tiempo.

            La presencia de Ramón Andrés en el prólogo constituye otro de los atractivos del volumen. Su escritura, tan vinculada a la reflexión sobre la música, el silencio, el tiempo y la experiencia estética, establece desde las primeras páginas un marco de lectura que invita a contemplar a Rameau más allá de las etiquetas de compositor o teórico. El prólogo y el ensayo parecen compartir, de este modo, una misma preocupación: preguntarse qué sucede cuando el pensamiento intenta aproximarse a aquello que la música expresa sin necesidad de palabras.

            Y quizá ahí reside la verdadera razón de ser de este Elogio. No estamos únicamente ante un libro sobre un músico del siglo XVIII, sino ante una invitación a escuchar de otra manera. Rameau aparece como un creador situado en un momento de profunda transformación de la cultura europea, cuando la razón, la ciencia y la voluntad de ordenar el conocimiento convivían con una nueva sensibilidad artística. Su música participa de ese espíritu y, al mismo tiempo, lo desborda.

            Andrés Alberto Gómez consigue que el lector entienda que hablar de Rameau es hablar también de una determinada manera de concebir el arte: como conocimiento, como oficio, como búsqueda y, finalmente, como experiencia. De ahí que el título no sea una simple fórmula de homenaje. Es, en realidad, una declaración de admiración por un músico cuya obra todavía conserva la capacidad de sorprender.

            En un panorama editorial en el que la música clásica continúa necesitando libros capaces de tender puentes entre el especialista y el lector interesado, Elogio de Rameau cumple una función especialmente valiosa. Recupera para el público español a un compositor fundamental y lo hace desde la doble perspectiva del intérprete y del escritor. A ello añade un documento histórico de notable interés, el texto de Maret, que completa y enriquece el retrato.

            Rameau, en definitiva, emerge de estas páginas no como una figura encerrada en el siglo XVIII, sino como un músico todavía capaz de plantearnos preguntas sobre la naturaleza de la música, la relación entre razón y belleza y ese extraño poder de los sonidos para decir aquello que las palabras no siempre alcanzan a expresar. Un elogio, en suma, que no se limita a celebrar a Rameau: invita a volver a escucharlo.

            A todo lo expuesto se suma la cuidada edición, marca de identidad de las publicaciones de Fórcola. El libro incluye un exquisito álbum fotográfico que pone imágenes al texto, aporta contexto y convierte la lectura casi en la contemplación de un auténtico documental sobre Rameau y su tiempo. Como es habitual también en la editorial, el volumen se completa con un amplio apartado de notas que aclara, precisa y amplía la información ofrecida en el ensayo, enriqueciendo la lectura sin interrumpir el desarrollo de la exposición.

 

 

viernes, 2 de octubre de 2026

 

LA GESTIÓN MONETARIA PATRIMONIAL: UNA NUEVA MIRADA A LA INVERSIÓN



             Raúl Cirugeda Conejos presenta en La gestión monetaria patrimonial un manual de autoayuda financiera pensado, sobre todo, para quienes se acercan al mundo de la inversión sin conocimientos especializados de economía. Con un lenguaje didáctico, sencillo y alejado de la jerga habitual de los mercados, el autor plantea una cuestión tan importante como poco resuelta por el asesoramiento financiero tradicional: no basta con saber dónde invertir, también es necesario saber cuándo entrar, qué comprar y cuándo consolidar las ganancias.

            Durante décadas, buena parte del asesoramiento financiero se ha centrado fundamentalmente en responder a la pregunta de qué productos adquirir. Sin embargo, para cualquier ahorrador existen otras dos cuestiones decisivas: cuándo es el momento adecuado para entrar en el mercado y cuándo conviene recoger los beneficios obtenidos.             El libro de Cirugeda Conejos propone abordar las tres mediante una metodología denominada gestión monetaria patrimonial, basada en criterios matemáticos y en la planificación previa de las decisiones.

            La principal aportación del sistema consiste precisamente en tratar de convertir la incertidumbre inherente a los mercados en un plan establecido de antemano. La idea es que las decisiones fundamentales no se tomen bajo la presión del momento, del miedo o de la euforia, sino antes de invertir el primer euro. De este modo, el inversor dispone de unas reglas que determinan cómo actuar ante las diferentes circunstancias del mercado.

            El autor sostiene su propuesta en el análisis de datos históricos reales correspondientes a casi dos décadas, un periodo suficientemente amplio para incluir diferentes ciclos y situaciones de mercado. El resultado que presenta busca demostrar la consistencia de su método y una evolución patrimonial ascendente con independencia de las distintas fases atravesadas por los mercados.

            Más allá de las fórmulas y de la metodología, La gestión monetaria patrimonial puede resultar especialmente interesante para el ahorrador de perfil conservador, aquel que busca preservar su patrimonio y que, sin embargo, se encuentra con una paradoja cada vez más difícil de ignorar: determinadas inversiones consideradas tradicionalmente seguras pueden terminar provocando, con el paso de los años, una pérdida de poder adquisitivo cuando la rentabilidad obtenida no consigue superar la inflación.

            En este sentido, uno de los aspectos más interesantes del libro es su reflexión sobre el tiempo. No solamente el tiempo de los mercados, sino el tiempo de la propia vida del inversor. Ahorrar no consiste únicamente en acumular una determinada cantidad de dinero, sino en conseguir que ese patrimonio conserve su capacidad para afrontar las necesidades futuras. El paso de los años puede convertirse así en un aliado o en un enemigo dependiendo de cómo se gestione el ahorro.

            Con una vocación claramente divulgativa, Raúl Cirugeda Conejos propone al lector detenerse ante una cuestión que afecta a cualquiera que disponga de unos ahorros: cómo conseguir que el dinero que tanto cuesta acumular no pierda valor con el paso del tiempo. La gestión monetaria patrimonial ofrece una metodología concreta para intentar responder a esa pregunta y, sobre todo, invita a sustituir la improvisación por la planificación.

            Un libro que puede ser de especial utilidad para quienes desean aproximarse al mundo de la inversión desde una perspectiva prudente y comprensible, pero también para cualquier ahorrador que quiera replantearse la relación entre dinero, rentabilidad y tiempo.



 

miércoles, 1 de julio de 2026

 

PALABRA E IMAGEN EN EL REALISMO ESPAÑOL: GALDÓS Y ARREDONDO SEGÚN FERMÍN EZPELETA


  

            En Galdós y Arredondo. Vidas paralelas, Fermín Ezpeleta Aguilar propone un ejercicio de lectura comparada que va más allá de la mera coincidencia biográfica o cronológica. El ensayo establece un diálogo entre Benito Pérez Galdós y el pintor aragonés nacido en Cella, Ricardo Arredondo (1850-1911), conocido en su época como el pintor de Toledo por excelencia, dos creadores aparentemente alejados por disciplinas y contextos, pero unidos por una misma voluntad de observación moral y sentimental de la realidad española. El resultado es un libro de tono sereno y erudito, escrito con claridad expositiva y con la convicción de quien conoce profundamente tanto la literatura galdosiana como los entornos culturales del cambio de siglo.

            Ezpeleta Aguilar, especialista desde hace años en el universo de Galdós y en las relaciones entre literatura, pedagogía y sociedad, evita convertir el paralelismo en un simple artificio. Su propuesta consiste en mostrar cómo ambos autores desarrollaron una mirada realista atenta a los matices humanos, a los pequeños gestos cotidianos y a la transformación de las costumbres españolas. Pero el paralelismo que sustenta el libro no se limita a la obra artística. Como muestra el autor, las trayectorias vitales de Galdós y Arredondo presentan sorprendentes coincidencias: ambos fueron hijos de militares, compartieron inquietudes sociales y espirituales, profesaron convicciones liberales y llevaron una existencia marcada por una cierta discreción personal. Solteros, generosos y de carácter reservado —aunque Arredondo fue probablemente más huraño que el novelista canario—, los dos mantuvieron estrechos vínculos familiares, viviendo cerca de hermanas y sobrinos. A estas afinidades biográficas se suma una relación de amistad que permitió un fecundo intercambio intelectual. De hecho, Arredondo estimuló la recreación literaria de los escenarios toledanos en varias novelas galdosianas, especialmente en Ángel Guerra, donde la ciudad adquiere una dimensión simbólica y espiritual particularmente intensa. Allí donde Galdós levantó un inmenso fresco narrativo de la vida urbana y burguesa, Arredondo fijó en sus lienzos una sensibilidad semejante hacia los paisajes, los tipos populares y las atmósferas de un país en transición. Pero las coincidencias no terminan ahí: ambos compartieron también una sólida formación técnica adquirida durante sus años de aprendizaje y una notable facilidad creadora que los convirtió en artistas extraordinariamente prolíficos. Tanto el novelista como el pintor hicieron de su trabajo una auténtica vocación vital, desarrollando una producción abundante y sostenida que revela una dedicación constante a la creación artística.

            Uno de los mayores aciertos del ensayo es precisamente esa capacidad para relacionar artes distintas sin caer en simplificaciones. Ezpeleta no fuerza analogías: las construye pacientemente, apoyándose en documentos, referencias culturales y lecturas cruzadas. El libro avanza así como una conversación entre palabra e imagen, entre novela y pintura, revelando afinidades en la manera de entender el realismo, la memoria y la identidad española.

            El autor también acierta en el tono. La erudición está presente, pero nunca pesa sobre el lector. Hay en estas páginas una voluntad divulgativa que hace accesible el análisis sin renunciar al rigor académico. La prosa es limpia, medida y elegante, especialmente eficaz cuando contextualiza los ambientes intelectuales de finales del siglo XIX y principios del XX o cuando reconstruye las conexiones culturales entre Aragón y el mundo galdosiano.

            Además de reivindicar la figura de Arredondo desde una perspectiva cultural amplia, el ensayo ofrece una nueva forma de acercarse a Galdós: no solo como novelista, sino como observador total de la realidad, cercano en sensibilidad a otros artistas de su tiempo. En ese sentido, el libro funciona también como una reflexión sobre la circulación de ideas estéticas entre distintas disciplinas y sobre la manera en que pintura y literatura pueden compartir una misma ética de la representación.

            El volumen se completa con un apartado final especialmente atractivo, “Galdós y Arredondo analizados por amigos y artistas”, donde Ezpeleta reúne testimonios y valoraciones de contemporáneos que permiten acercarse a ambos creadores a través de la mirada de quienes los conocieron o admiraron. Así, figuras como Clarín y Azorín ayudan a comprender la dimensión humana y literaria de Galdós, mientras que Francisco Alcántara y Vicente Cutanda aportan valiosas apreciaciones sobre la personalidad y la obra de Arredondo. Este conjunto de voces añade una perspectiva complementaria que enriquece el estudio y acerca al lector a la recepción que ambos tuvieron en su tiempo.

            Publicado por el Centro de Estudios del Jiloca con la colaboración del Ayuntamiento de Cella, el volumen se ve enriquecido además por un importante aparato gráfico que acompaña y complementa el análisis textual, permitiendo al lector acercarse de forma directa a la obra de Arredondo y a los contextos culturales en los que desarrolló su trayectoria.

            Galdós y Arredondo. Vidas paralelas es, en definitiva, un ensayo valioso por su capacidad para tender puentes entre dos creadores y dos lenguajes artísticos. Un libro escrito con conocimiento y pasión, que invita a mirar de nuevo tanto la obra galdosiana como la pintura de Arredondo desde una perspectiva más amplia, humana y culturalmente rica. La investigación de Ezpeleta demuestra que las afinidades entre ambos no son una simple curiosidad biográfica, sino la expresión de una misma actitud ante la creación y ante la realidad española de su tiempo, convirtiendo este estudio en una aportación original y sugerente tanto para los interesados en Galdós como para quienes deseen redescubrir la figura de Ricardo Arredondo.

 


viernes, 19 de junio de 2026

 

EL LUGAR INEXISTENTE DONDE HABITA LA LITERATURA


          


 
Para José Luis Gracia Mosteo, escribir no es una forma de huida, sino un modo de intervenir en lo real, de levantar una arquitectura paralela donde la imaginación no suplanta a la vida, sino que la completa, la corrige y, en ocasiones, la desenmascara. En La leyenda del lugar inexistente. Postales y patrañas del Parnaso, esa concepción alcanza una de sus formulaciones más libres y sugerentes.

            El autor propone un territorio propio —ese Parnaso que prefiere rebautizar como “Paraguas”— que se abre y se cierra con la misma lógica caprichosa de la memoria y la evocación. No es un espacio solemne ni sacralizado, sino un refugio irregular: un asilo de almas literarias, sí, pero también una buhardilla algo desordenada donde conviven la admiración, la ironía y una mirada profundamente humana sobre el hecho literario. En ese lugar, los escritores continúan viviendo después de haber vivido, aunque no siempre en su mejor versión: entre ellos se cuelan impostores que el propio Gracia Mosteo introduce con deliberada irreverencia.

            Ese “Parnaso” no es tanto un lugar físico como un espacio simbólico donde conviven la tradición literaria, la invención y cierta voluntad de desmitificación. Aquí, lo culto y lo lúdico se dan la mano con naturalidad, reforzando esa atmósfera híbrida en la que la alta cultura se permite sonreír y mirarse al espejo sin solemnidad.

            El libro se articula como un conjunto de “postales”, pequeñas piezas que combinan el apunte biográfico, la recreación imaginativa y el guiño humorístico. Lejos de la erudición rígida, el autor opta por una escritura ágil, cómplice, que invita al lector a recorrer ese territorio incierto con una sonrisa y cierta complicidad cultural. Pero, además, estas piezas se organizan en distintas secciones que dotan al volumen de una estructura interna coherente y muy significativa.

            Así, “Los fantasmas del paraíso” reúne breves semblanzas de escritores admirados, aunque no por ello exentos de una crítica a veces contundente: una suerte de biblioteca universal personal donde caben tanto la devoción como el ajuste de cuentas. En “Museo de retratos orales”, Gracia Mosteo propone una colección de retratos en la que los grandes de las letras son observados por otros grandes, no solo de la pluma sino también, como él mismo señala con ironía, “del cotilleo”, añadiendo una dimensión humana y desmitificadora al canon.

            Por su parte, “Blablablá poético del lugar” ofrece un conjunto de reflexiones de corte casi impresionista sobre la escritura y los escritores: piezas breves y sugerentes que abordan cuestiones como “El poema perfecto”, “Los poetas piratas”, “Los límites de la poesía”, “El oficio de poeta”, “Poetas y novelistas”, “Breviario poético del ligue”, “¿Influyen las letras en el poema?”, “Poetas y literatos”, “Rap de los poetas raros” o “La familia del poeta”. Este apartado puede leerse como una prolongación natural de su ensayo anterior, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos?, y dialoga de forma directa con la sección siguiente, “Un paraíso con muchos Jacks the Ripper”, donde el autor reflexiona sobre la importancia de la desobediencia y la rebeldía en el acto creativo.

            El recorrido se cierra con “Flotando en el río y alejándose”, una sección en la que, a partir de la metáfora heracliana de la vida como un río —donde el agua vivificadora convive hoy con la basura—, Gracia Mosteo traza una lúcida reflexión sobre la escritura contemporánea, en especial de la poesía, retomando y ampliando intuiciones ya presentes en su obra ensayística previa.

            Uno de los mayores aciertos del libro es, sin duda, su tono. Hay en sus páginas una amabilidad cómplice con el lector, una invitación constante a participar del juego sin necesidad de solemnidad. Gracia Mosteo no escribe desde la torre de marfil, sino desde una cercanía que permite disfrutar tanto al lector curioso como al más avezado. La erudición está, pero no pesa; la reflexión aparece, pero nunca abruma.

            Su estilo es impecable, claro y preciso, fruto de una decantación continua y de una sólida formación literaria. Como recuerda en “El fantasma de Borges”, para escribir bien hay que corregir, corregir y corregir y, por supuesto, leer, leer y leer. De algún modo, este libro puede catalogarse también como un divertido manual de escritura, poblado de ejemplos de escritores reales y salpicado en todo momento de ese humor somarda tan característico de este autor que, pese a vivir en Madrid, siempre ha ejercido de aragonés.

            Al mismo tiempo, el libro no renuncia a la polémica —como el mismo advierte—, aunque lo hace desde una inteligencia que prefiere la sugerencia a la imposición, la ironía a la diatriba.

            Esa mezcla —admiración y risa, conocimiento y desenfado— es, en definitiva, uno de sus mayores logros. Gracia Mosteo consigue acercar figuras, ambientes y mitologías literarias desde una perspectiva que no renuncia al rigor, pero tampoco al placer de la invención. Su “Paraguas” se convierte así en un espacio literario propio, reconocible, donde lo real y lo ficticio se entrelazan con naturalidad.

            En última instancia, La leyenda del lugar inexistente es un homenaje a la literatura desde una mirada tan crítica como divertida. El resultado es un libro que se deja leer con agrado, que despierta la sonrisa y, de cuando en cuando, invita a detenerse y pensar.

jueves, 7 de mayo de 2026

 

EL PESO DEL PASADO



            Tormenta de polvo fino es una novela breve solo en apariencia. Bajo su extensión contenida, Carlos Fortea construye un artefacto literario de gran densidad simbólica y narrativa, en el que convergen memoria, historia e interrogación moral. Profesor universitario y reconocido traductor —galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción—, ya había mostrado en novelas como Los jugadores o El mal y el tiempo —reseñadas en estas mismas páginas— su interés por los dilemas éticos y por la persistencia del pasado en el presente. En esta ocasión, la obra llega a las librerías bajo el sello de Nota al margen, editorial independiente fundada en 2024 con la vocación de apostar por propuestas literarias exigentes y alejadas de la lógica puramente comercial.

            Desde sus primeras páginas, el lector percibe que no se encuentra ante una narración convencional, sino ante una indagación en aquello que queda fuera del relato histórico oficial. El protagonista —un narrador sin nombre— recorre archivos olvidados, abre legajos que nadie consulta porque no pertenecen a personajes ilustres, sino a personas comunes. Al hacerlo, se levanta una nube de polvo: el polvo de la historia acumulado en los papeles de la gente normal, esa “tormenta de polvo fino” que da título a la novela y funciona como poderosa metáfora del pasado silenciado. “Los recuerdos ajenos son míos. Fermentan, y los gases que producen alimentan mi mente como si se tratara de una gran turbina”, afirma el narrador, dejando claro que su tarea no es reconstruir grandes acontecimientos, sino rescatar vidas sepultadas por el olvido.

            En este gesto se sitúa el verdadero núcleo intrahistórico de la novela. En un sentido claramente unamuniano, Fortea no se interesa por la historia de los grandes acontecimientos ni por la de los dirigentes políticos, sino por la de quienes la padecen y la sostienen en silencio, “la historia de la gente”, hecha a pico y pala. Conviene insistir en ello: no estamos ante una novela histórica al uso. Aquí no se reconstruyen batallas, fechas decisivas ni grandes decisiones políticas. Se trata, más bien, de una novela sobre la memoria, construida a partir de vivencias individuales de personas sumergidas en su tiempo, que viven dentro de los acontecimientos sin alcanzar nunca una perspectiva completa sobre ellos. El narrador actúa como un mediador entre pasado y presente: recorre casas vacías, escucha los ecos de quienes las habitaron y recompone fragmentos de vidas comunes, marcadas —y con frecuencia aplastadas— por los vaivenes políticos y sociales de la historia española. En esa lograda fusión de verdad y ficción, devuelve al relato colectivo a individuos anónimos, arrastrados por los acontecimientos y herederos de culpas ajenas, cuyas intrahistorias reclaman, por fin, un lugar en la memoria compartida.

            La novela se articula como una auténtica “novela de novelas”, una estructura fragmentaria que permite abarcar más de dos siglos de historia sin recurrir a un relato lineal. Desde la Guerra de la Independencia hasta la Transición, las tramas se suceden y se entrecruzan, y sitúan ya en 1812 —momento en que el país se parte en dos, entre quienes aspiran a un cambio hacia la libertad, el progreso y la mejora de las condiciones de vida, y quienes desean que todo permanezca perpetuamente igual— el inicio de un presente que sigue proyectándose hasta hoy. Frente a la idea de que todo comienza con la Guerra Civil, la novela sugiere que esta no fue la causa, sino la consecuencia de un conflicto ideológico y social acumulado durante más de un siglo: en ese sentido, somos hijos e hijas de Cádiz. En ese amplio arco histórico se inscriben las distintas tramas: un afrancesado que planea vengarse de Fernando VII mientras espera el regreso de “El Deseado”; la amistad forjada en la Guerra de Marruecos entre dos jóvenes destinados a tomar caminos opuestos; un maestro solitario en el frente sublevado durante la Guerra Civil; una actriz en los años de la República; una periodista en tiempos de la Transición; o el romance entre una actriz emergente y un diplomático alemán poco antes del ascenso de Hitler. Son siete u ocho relatos distintos, poblados por personajes que, sin ser reales en sentido estricto, poseen un claro “pozo de realidad”: ecos de personas conocidas, oídas, vividas.

            Estos personajes luchan, aman, obedecen o resisten según las circunstancias históricas que les tocan en suerte. Sus decisiones aparecen siempre condicionadas —y a veces anuladas— por el contexto, lo que da lugar a una reflexión especialmente lúcida sobre la imposibilidad de separar pasado y presente. En este sentido, el tiempo avanza porque se va saltando de relato en relato, de vida en vida, y las vidas de todos los personajes van dando como resultado la vida del país. No en vano, uno de los pasajes más elocuentes afirma: “La historia es igual que una noria puesta en el cauce de un río, nunca gira hacia atrás”. La estructura fragmentada refuerza esta idea y exige del lector una implicación activa: Fortea no ofrece respuestas cerradas, sino episodios que dejan preguntas abiertas y reverberan más allá de la página.

            El estilo, sobrio y preciso, contribuye a crear una atmósfera absorbente en la que lo histórico y lo imaginario se confunden, como ese polvo fino que se deposita lentamente y acaba cubriéndolo todo. Aunque a lo largo del libro se abordan temas como el poder, la venganza o la lucha política, el verdadero núcleo es la memoria: la que duerme en los archivos, deformada por el tiempo, y la que se proyecta hacia un futuro incierto en el que aún podría servir para corregir errores, si alguien se detuviera a escucharla.

            En conjunto, Tormenta de polvo fino es una obra exigente y profundamente sugestiva, ideal para lectores interesados en la literatura introspectiva y en la reflexión histórica. La novela sugiere la convicción de que el mundo se encamina cíclicamente a la repetición de las catástrofes porque las olvida, y de que ese olvido no es inocente, sino a menudo fomentado por quienes medran en la oscuridad. Frente a ello, el autor aspira a arrojar luz: los focos que iluminan el pasado, parece decirnos, despejan también el camino del futuro. Con esta novela, Carlos Fortea se confirma como una de las voces más singulares de la narrativa española contemporánea, capaz de convertir el silencio, el polvo y las vidas marginales en el auténtico centro del relato.

jueves, 2 de abril de 2026

 

SOMBRAS EN FOCO





            En Estás en mis ojos, Angélica Morales nos entrega mucho más que una novela. Nos ofrece una mirada detenida, firme, poética y brutal sobre lo que no se quiso ver y lo que aún sigue invisible. Publicada por Editorial Destino, esta obra confirma su madurez como narradora sin renunciar a su raíz poética: una historia tejida con precisión quirúrgica, lirismo contenido y una conciencia aguda sobre la violencia estructural que atraviesa a las mujeres, también en la literatura.

            Premiada en 2024 con el Búho por La casa de los hilos rotos y con el Santa Isabel de Portugal de poesía por Dolor —reconocimientos que suma a otros muchos obtenidos con anterioridad y que, sin duda, seguirá ampliando—, Morales se encuentra en un momento “dulce” de su carrera. Fiel a su naturaleza poética, su narrativa continúa siendo una prolongación de esa sensibilidad. En esta ocasión, la escritora turolense afincada en Huesca reconstruye —y reimagina— la historia de Hélène Roger-Viollet, fotoperiodista pionera, feminista, visionaria, empresaria y víctima de un asesinato tan brutal como el olvido posterior que eclipsó su obra.

            Estás en mis ojos es un thriller hipnótico, a la vez reconstrucción biográfica y ejercicio de memoria lúcida y reveladora. La novela transcurre en dos tiempos narrativos que dialogan entre sí con intensidad y profundidad. En 1985, en un París aún teñido por sus propias penumbras históricas y emocionales, Hélène es brutalmente asesinada por su esposo y socio, Jean Fischer. No interpreten esto como un espóiler ni como un giro inesperado, este crimen es el punto de partida del relato, su impulso inicial, lo que activa todas las piezas de la trama. La inspectora Isabel Santolaria, encargada de esclarecer el caso, se ve arrastrada no solo por la oscuridad del crimen sino también por la de su propia vida, marcada por una relación tóxica y opresiva con Michel Étienne.

            Treinta años más tarde, Isabel vive retirada en el valle de Hecho, dedicada a la escritura desde las sombras. Su aparente calma se ve sacudida cuando recibe un encargo inesperado: escribir la biografía de Hélène. Aceptarlo implica enfrentarse al pasado, no solo al de la víctima, sino al suyo propio. Lo que comienza como una labor literaria se transforma en una doble indagación: la reconstrucción de una vida truncada y la revisión íntima de una herida aún abierta.

            Este viaje hacia la verdad nos lleva mucho más allá del crimen. Retrocedemos hasta 1936, al inicio de la Guerra Civil española. Luego nos desplazamos al Argel de la Segunda Guerra Mundial, atravesamos la efervescencia de la Cuba revolucionaria, y, en paralelo, se intercalan los momentos del presente de Isabel —al silencio, al retiro, y al pulso íntimo del acto de escribir— en casa Martina, ubicada en el sereno y hermoso valle pirenaico de Hecho. Allí, en ese paisaje de calma aparente, se desenredan los hilos de la historia y de la memoria, iluminando las zonas oscuras que el tiempo no ha logrado borrar.

            La gran potencia de esta novela reside en cómo Morales convierte la mirada —literal y metafóricamente— en el eje narrativo. La inclusión de la optografía, esa vieja pseudociencia que creía que los ojos conservaban la última imagen antes de morir, no funciona aquí como simple recurso de intriga, sino como una poderosa metáfora. ¿Qué imágenes quedan impresas en la retina de la memoria? ¿Qué verdades nos negamos a ver? En ese gesto, Morales hermana la mirada fotográfica de Hélène con la mirada narrativa de Isabel, seguramente también con nuestra propia mirada de lectores.

            Morales no escribe desde el morbo ni desde la estadística, sino desde la necesidad de devolver a Hélène su lugar como sujeto y no solo como víctima. Esta novela invierte el relato histórico, que tantas veces se limita al crimen y se olvida de la vida. Hélène, mujer adelantada a su tiempo, inteligente, carismática, no especialmente “bella” según los cánones, pero luminosa e imponente, emerge aquí como figura plena: artista, empresaria, jefa, feminista, pero también, mujer enamorada y… superviviente de su tiempo… hasta que dejó de serlo por obra de un hombre incapaz de vivir a su sombra.

            La ambientación de París, especialmente en los años 80, es otro de los logros del texto. Es un París que ya no existe, pero que sigue palpitando entre las calles húmedas, las paredes con moho y las voces que se cuelan desde las fotografías. Junto a ello, como hemos anticipado, la presencia de los valles altoaragoneses y el fenómeno de las “golondrinas” —esas mujeres migrantes de ida y vuelta— le dan al relato una profundidad telúrica, muy conectada con lo real y con lo íntimo.

            Estás en mis ojos es una novela negra, sí, pero también es una historia de memorias cruzadas, de secretos familiares, de traumas encarnados y de mujeres que, aun equivocándose, intentan nombrar su dolor. Morales construye personajes complejos, quebrados y honestos (excelentes secundarios son la criada argelina; el matrimonio de homosexuales que tienen alquilada la zapatería de Rosario; Marguerite y Jacqueline...). Isabel Santolaria no es solo una testigo: es otra víctima del mismo sistema que anuló a Hélène. Y su proceso de reconstrucción a través de la escritura es también el de muchas lectoras que han sido silenciadas de formas más sutiles.

            Esta es una novela que no teme a la oscuridad,  más bien persigue la luz. Angélica Morales demuestra que escribir es mirar de frente, aunque duela. Y que las historias, cuando son verdaderas, se nos quedan impresas en los ojos mucho tiempo después de haber cerrado el libro.

            Una obra imprescindible. Conmovedora, inquietante y necesaria.

 

Angélica Morales, Estás en mis ojos, Barcelona, Destino, 2025.

 

lunes, 16 de marzo de 2026

 

ESCRIBIR COMO VIAJAR: MEMORIA, LENGUAJE Y ÉTICA EN VIDA DE RAMÓN ACÍN


           



Vida
es un libro de relatos en el que Ramón Acín Fanlo despliega una mirada profundamente humanista, una forma de ver la vida desde los ojos de un escritor atento a los gestos mínimos y a la dignidad silenciosa de las personas comunes. Los relatos parten siempre de la realidad concreta —de lo vivido, lo observado, lo recordado—, pero esa materia cotidiana se transforma en literatura mediante una escritura precisa y consciente de sus recursos. No se trata de contar grandes acontecimientos, sino de detenerse en la experiencia diaria, en los afectos, el trabajo, la injusticia y la esperanza, y hacer de todo ello un espacio de reflexión compartida.

            El libro se conforma como un organismo vivo y pensante: cuatro bloques de diez textos —Desafuero, Hecho, Desliz y Desasosiego— que avanzan desde la herida histórica hasta la inquietud moral contemporánea, precedidos cada uno por la definición del Diccionario ideológico de Casares, un gesto que no es ornamental sino programático. Porque aquí el pensamiento se vuelve lenguaje y el lenguaje, experiencia: somos palabra, nacemos y morimos palabra. En Desafuero late la memoria de la guerra, la culpa y la corrupción moral de la dictadura; en Hecho, los encuentros y desencuentros con figuras cuyo olvido alivia y cuyo recuerdo duele; Desliz juega con los pecados capitales y las virtudes teologales como máscaras narrativas; y Desasosiego abre dilemas y enigmas de interpretación abierta. Con una prosa sobria y afilada, Acín compone un libro donde cada relato es una definición en acto, una tentativa de nombrar —y entender— eso que llamamos vida.

            Con una prosa clara y sin artificios innecesarios, Acín Fanlo construye escenas breves en las que el lenguaje adquiere un papel central. Destaca especialmente la precisión expresiva y el cuidado por la palabra justa, pero también la presencia de un humor sutil, muy aragonés, cercano a lo somarda, que atenúa la dureza de algunas situaciones y aporta una mirada irónica y compasiva sobre la condición humana. Ese humor, nunca estridente, forma parte de la identidad del libro y contribuye a su cercanía con el lector.

            Los relatos de Vida se caracterizan por su sobriedad expresiva y por una fuerte carga ética. El autor observa a sus personajes con empatía, sin idealizarlos ni juzgarlos, y deja que sean sus actos —a menudo modestos, a veces dolorosos— los que revelen su humanidad. En ellos reaparecen temas recurrentes en la obra de Ramón Acín: la Guerra Civil; la importancia del pasado como espacio de memoria; y una reflexión pausada sobre cómo ese pasado sigue influyendo en el presente. La literatura se convierte así en una forma de diálogo entre tiempos, en una herramienta para comprender lo que somos.

            Uno de los rasgos más destacados del libro es su compromiso social. Sin caer en el panfleto, los relatos dejan entrever una crítica a las desigualdades, al autoritarismo y a la violencia ejercida sobre los más vulnerables. La atención a la vida de quienes suelen quedar al margen del relato oficial convierte el libro en una reivindicación de la memoria y de la justicia cotidiana, entendida como respeto y solidaridad entre las personas.

            De algún modo, Vida funciona también como un cuaderno de viajes, no solo geográficos sino también vitales. En uno de los relatos, el propio autor, a través del protagonista, reconoce que “escribir es como viajar”, una idea que resume bien el espíritu del libro: la escritura como desplazamiento, como mirada abierta al mundo y a los otros, como forma de conocimiento y de encuentro.

            El tono general es contenido, a veces melancólico, pero no exento de luz. Incluso en los momentos más duros, Vida deja espacio para la ternura, la ironía suave o la confianza en la capacidad humana para resistir y crear vínculos. Esa combinación de lucidez y compasión es una de las mayores virtudes del libro.

            En conjunto, Vida es una obra breve pero intensa, que invita a leer despacio y a reflexionar sobre lo esencial. Un libro que demuestra cómo la literatura puede ser, al mismo tiempo, sencilla en su forma y profunda en su alcance, y que confirma a Ramón Acín Fanlo como una voz comprometida con la defensa de la vida en todas sus dimensiones.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

 

LA FICCIÓN POLÍTICA COMO ESPEJO DEL PRESENTE


           


En La caza del ejecutor, Vicente Vallés vuelve a la ficción política con una novela que se sitúa en la intersección entre el thriller de espionaje, la intriga internacional y la reflexión sobre el ejercicio del poder en el mundo contemporáneo. Al igual que en Operación Kazán, el autor traslada a la narrativa su experiencia como periodista especializado en política internacional, construyendo un relato en el que la ficción funciona como una herramienta para interpretar la realidad global.

            La novela parte de un acontecimiento clave: el asesinato de un alto dirigente ruso, un hecho que actúa como detonante de una investigación compleja y peligrosa. A partir de ese suceso, la trama se despliega a través de distintos escenarios y pone en marcha una persecución contrarreloj para descubrir quién está detrás del crimen y, sobre todo, qué intereses se ocultan tras él. La figura del “ejecutor” no es solo la de un asesino individual, sino el símbolo de una maquinaria de poder mucho más amplia y opaca.

            Uno de los ejes centrales de La caza del ejecutor es la violencia política como instrumento estratégico. Vallés plantea cómo, en el tablero internacional, los asesinatos selectivos, las operaciones encubiertas y las acciones clandestinas forman parte de una lógica de poder que rara vez se muestra de manera explícita ante la opinión pública. La novela invita así al lector a cuestionar la versión oficial de los grandes acontecimientos y a sospechar de las explicaciones simples en un mundo gobernado por intereses económicos, geopolíticos y militares.

            Desde esta perspectiva, la obra resulta especialmente pertinente si se lee a la luz del contexto actual. La proliferación de conflictos armados, el uso del espionaje como herramienta habitual de presión, las injerencias en otros países y la normalización de la violencia encubierta hacen que la trama no parezca una exageración literaria, sino una recreación verosímil de dinámicas reales. Vallés sugiere que el orden  mundial se sostiene sobre frágiles equilibrios, y que la eliminación de una figura clave puede desencadenar consecuencias imprevisibles a escala global.

            Asimismo, la novela aborda la crisis de las democracias occidentales y su dificultad para responder a amenazas que no siempre adoptan formas convencionales. Los protagonistas se mueven en un entorno en el que las fronteras entre legalidad e ilegalidad, entre justicia y razón de Estado, se vuelven difusas. En este sentido, La caza del ejecutor plantea un dilema ético constante: hasta qué punto es legítimo vulnerar principios democráticos en nombre de la seguridad o de la estabilidad internacional.

            Desde el punto de vista narrativo, la obra destaca por su ritmo ágil y por una estructura que mantiene la tensión a lo largo de toda la investigación. El lenguaje es claro y preciso, con un marcado tono periodístico que facilita la comprensión de cuestiones complejas sin restar intensidad al relato. Vallés logra así un equilibrio entre entretenimiento y reflexión, haciendo accesible al gran público un análisis profundo de las relaciones internacionales y del funcionamiento real del poder.

            En conclusión, La caza del ejecutor se consolida como una novela que dialoga directamente con la actualidad y que refuerza la idea de que la ficción política puede ser una forma eficaz de interpretar el presente. Los acontecimientos recientes —el aumento de la inestabilidad internacional, los asesinatos políticos, las operaciones secretas y la desconfianza hacia los discursos oficiales— confirman la vigencia de las cuestiones planteadas por Vallés. No pretende ofrecer respuestas cerradas, sino despertar en el lector una mirada crítica ante un mundo en el que, con frecuencia, los verdaderos ejecutores no son quienes aprietan el gatillo, sino quienes mueven los hilos desde la sombra. 

    Esta reseña se publicó en el cultural del Heraldo A&L: 




   

sábado, 10 de enero de 2026

 

Wagner íntimo: reflexiones sobre arte, creatividad y misión artística

 


           


Sin duda, el fondo bibliográfico sobre música de la editorial Fórcola es uno de los más relevantes y exquisitos del panorama español. Fiel a su esmero habitual, la editorial publica ahora A mis amigos. Reflexiones sobre la creatividad y la música, una obra que se integra con naturalidad en este corpus musical tan cuidado y exigente. La edición incluye un prólogo del crítico y especialista wagneriano Miguel Ángel González Barrio, así como la traducción y el aparato crítico del doctor en filología germánica Alfonso Lombana, cuyo trabajo asegura precisión y claridad en un texto de gran alcance intelectual.

            Este volumen dialoga de forma especialmente fecunda con Richard Wagner–Friedrich Nietzsche: Correspondencia, también editado por Fórcola y reseñado en estas mismas páginas, donde se recoge la voz directa de dos figuras esenciales cuya amistad, tensiones y rupturas marcaron la cultura europea del siglo XIX. La lectura conjunta revela que Wagner, lejos de ser únicamente uno de los compositores más influyentes de su tiempo, fue también un escritor prolífico cuya obra abarcó crítica musical, teoría estética, ensayos filosóficos y textos de carácter político y social; durante un periodo, incluso ejerció como literato profesional.

            A mis amigos funciona así como un contrapunto reflexivo que ilumina y recontextualiza la Correspondencia, ofreciendo un marco más amplio para comprender el diálogo entre Wagner y Nietzsche y, al mismo tiempo, para adentrarse en una reflexión contemporánea sobre creatividad, música y pensamiento artístico.

            Wagner despliega aquí, con la vehemencia propia de su pensamiento —más dirigido al sentimiento que al entendimiento, al corazón más que a la razón—, una combinación de manifiesto estético y político, confesión personal y tratado filosófico sobre el arte. Aunque no es un texto extenso, su densidad conceptual y su tono abiertamente apasionado lo convierten en una lectura reveladora para quienes buscan comprender no solo la música wagneriana, sino la cosmovisión que la sostiene.

            El escrito se presenta como una suerte de carta abierta dirigida a quienes Wagner consideraba sus aliados intelectuales y espirituales. En él reflexiona sobre el papel del artista en la sociedad, la naturaleza de la verdadera creatividad y la misión casi redentora que, a su juicio, debía asumir la música. Para Wagner, el acto creativo es un impulso profundamente humano y casi sagrado, que solo puede desarrollarse plenamente cuando el artista se libera de condicionamientos comerciales, convenciones triviales y limitaciones sociales.

            Uno de los aspectos más sugerentes es su énfasis en la unidad entre arte y vida. Para Wagner, la música —y en particular el drama musical— no constituye un mero entretenimiento, sino un medio de transformación espiritual. Su crítica a la superficialidad del arte burgués refleja tanto su temperamento polémico como su deseo de un arte total, orgánico y arraigado en la experiencia humana profunda.

            El texto ofrece también una ventana a la autopercepción del propio Wagner, que se presenta al mismo tiempo como rebelde incomprendido y visionario adelantado a su época. Esta actitud puede resultar fascinante o irritante según el lector; sin embargo, es justamente esa intensidad lo que hace tan influyente su pensamiento.

            En suma, A mis amigos es una obra breve pero significativa: un documento donde se entrelazan estética, política, filosofía y autobiografía. No se trata de un análisis técnico de la música, sino de una declaración emocional e ideológica que ayuda a entender la fuerza que impulsó la creación de obras como El holandés errante, Tannhäuser y Lohengrin. El texto ofrece claves interpretativas esenciales y consolida el discurso estético de su actividad creadora, tanto para comprender la evolución posterior de su carrera como la recepción de su legado. Su lectura resulta imprescindible para quienes deseen adentrarse en el universo mental de uno de los compositores más polémicos y trascendentes del siglo XIX.

Esta reseña se publicó en el suplemento del Heraldo, "Artres & Letras": 



domingo, 21 de diciembre de 2025

 

FERNANDO CASTILLO: CARTÓGRAFO DE LA MEMORIA EUROPEA



         La obra literaria de Fernando Castillo (Madrid, 1953) constituye un corpus singular dentro del panorama de la historiografía cultural española contemporánea. A lo largo de más de dos décadas de producción sostenida, Castillo ha tejido una literatura fronteriza entre la historia, la memoria y la crónica, que se adentra en los pliegues de las ciudades, los personajes y las atmósferas del convulso siglo XX europeo. Más que un historiador convencional, Castillo puede considerarse un narrador de la memoria urbana, un explorador de los márgenes donde la vida cotidiana y los grandes acontecimientos históricos se entrelazan.

         Uno de los hilos conductores de su obra es la representación de las ciudades como espacios simbólicos, escenarios de conflicto, resistencia y transformación. En Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad, del 98 a la postguerra (2010), Castillo analiza cómo Madrid ha sido no solo capital política, sino también objeto de tensiones culturales, rechazo e incomprensión, especialmente en los discursos del 98 y la posguerra. Su Madrid no es solo un lugar físico, sino un palimpsesto de tensiones históricas y afectivas. Este interés por la ciudad como matriz de sentido se prolonga en obras como Madrid y el Arte Nuevo (2011) o La extraña retaguardia (2018), donde retrata el Madrid de la Guerra Civil como una ciudad sumergida en la sombra, cargada de silencios, personajes ambiguos y formas de supervivencia.

         Otro rasgo característico de la literatura de Castillo es su capacidad para rescatar figuras marginales o laterales de la historia, personajes que habitan las orillas de la memoria oficial: espías, exiliados, artistas, traficantes, escritores desplazados. Así ocurre en libros como Noche y niebla en el París ocupado (2012) o Españoles en París (2017), donde reconstruye la vida cultural y clandestina en una ciudad bajo ocupación, dibujando una constelación literaria que va desde el colaboracionismo hasta la resistencia, pasando por el exilio interior.

         Su fascinación por el París de la Ocupación y la posguerra culmina en París-Modiano. De la Ocupación a Mayo del 68 (2015), donde la figura del escritor francés Patrick Modiano le sirve para explorar la persistencia del trauma en la literatura y el modo en que la ciudad deviene en espacio de interrogación identitaria. Castillo comparte con Modiano esa sensibilidad por los rastros, los documentos perdidos, las biografías fragmentarias, y convierte el ensayo histórico en una forma de narración detectivesca, en busca de huellas que el tiempo ha querido borrar.

         También destacan en su bibliografía obras como Un cierto Tánger (2019) y Memoria de Biarritz (2022), donde el autor aborda otros enclaves de ambigüedad histórica, ciudades cosmopolitas, atravesadas por el contrabando de ideas, de lenguas y de pasados rotos. En estos textos, se percibe una clara afinidad con la tradición literaria del viaje y el exilio, así como con un estilo ensayístico que combina erudición con una prosa elegante y evocadora.

         A lo largo de su trayectoria, Castillo ha ido conformando un “atlas personal”, como sugiere el título de otro de sus libros (2019), donde cada ciudad, cada figura, cada episodio histórico, dialoga con una reflexión más amplia sobre la identidad europea, la memoria colectiva y la fragilidad de los relatos oficiales. En Explorador de Bulevares (2024), reafirma esa vocación flâneur, ese deseo de callejear por la historia recorriendo sus calles y visitando cafés, archivos, etc., pero siempre con una mirada oblicua de gran dinamismo y profundidad, viendo siempre más allá de lo evidente.

         En suma, la literatura de Fernando Castillo destaca por su capacidad para combinar el rigor del historiador con la sensibilidad del narrador. Sus libros son mapas de una Europa que aún interroga a sus fantasmas, textos donde la historia se vive como relato, y el relato como forma de hacer justicia a los olvidados. Leer a Castillo es adentrarse en una memoria que no se impone, sino que se descubre, fragmentada y luminosa, entre la niebla de las ciudades.

         El final de la Guerra Civil Española marcó no solo el cierre de una etapa dramática en la historia de España, sino también el preludio de un largo exilio, una represión feroz y el reordenamiento ideológico del continente europeo. En ese torbellino de destinos truncados y huidas desesperadas, las figuras de los dirigentes republicanos y comunistas españoles se entrelazan con las de los colaboracionistas franceses y belgas que, años después, buscarían refugio en la misma tierra que estos primeros habían tenido que abandonar.

         Tras la derrota republicana en 1939, en El último vuelo (editorial Renacimiento), la última publicación de Fernando Castillo, nos describe la huida de España de la élite republicana, la mayoría pertenecientes al partido comunista (Juan Negrín, Julio Álvarez del Vayo, Dolores Ibárruri, Palmiro Togliatti, Enrique Líster, Rafael Alberti, María Teresa León, etc.) huyendo en avión, en condiciones de cierta seguridad y poco penosas, alejadas de la más dramática de Max Aub o Eduardo Guzmán, en barco desde Alicante, o de la ya trágica y mucho más fatigosa de los cientos de miles de soldados y civiles, como el caso de Antonio Machado y su madre, a pie, por los Pirineos, para encontrar la muerte en Francia  o poco después otra guerra.

         Paradójicamente, la misma Francia que fue tierra de acogida precaria para los republicanos españoles, se convertiría años después en punto de origen para una huida inversa: la de los colaboracionistas del régimen de Vichy y simpatizantes del nacionalsocialismo alemán. Con la derrota de Hitler en 1945, numerosos oficiales, burócratas e ideólogos fascistas franceses y belgas buscaron refugio en una España gobernada por Franco, quien, pese a su neutralidad oficial durante la Segunda Guerra Mundial, mantenía lazos ideológicos y estratégicos con los restos del fascismo europeo.

         En El último vuelo hay protagonistas de primer orden, por ejemplo, la rocambolesca huida de Léon Degrelle, el gran líder del nazismo en Bélgica, uno de los mayores colaboradores de Hitler, digna de un guion de cine: escapó de manera desesperada  en vuelo nocturno desde Oslo en un avión Heinkel —los aviones son también objeto de estudio y protagonistas— con el combustible justo para llegar a España, tan justo que los últimos kilómetros los hicieron planeando hasta llegar a San Sebastián y aprovechando la marea baja aterrizar en plena playa de la Concha a las seis y media de la mañana despertando a numerosos ciudadanos que se acercaron a contemplar un avión con una enorme esvástica en la cola.

         Otro nombre importante es Abel Bonnard, uno de los grandes escritores franceses, miembro de la Academia Francesa y fanático fascista que llegó a ser ministro de Educación del gobierno de Vichy, le acompañaba Pierre Laval, jefe del gobierno de Vichy, quien fue entregado a Francia y fusilado, mientras que Bonnard y otros, acogidos por el gobierno de Franco, contó con la ayuda de José Félix Lequerica, Víctor de la Sernao o Luis Escobar.

         Otros no lo son tanto, caso de Alain Laubreaux, crítico teatral y feroz antisemita o de Georges Guilbaud, periodista y miembro del Partido Popular Francés o del poco conocido.

         La España franquista, aislada pero aún útil como santuario anticomunista, acogió a estos fugitivos con sigilo y complicidad. Desde criminales de guerra hasta propagandistas del régimen nazi, encontraron en la península un lugar para el silencio, el olvido o incluso la reinvención personal. Así, mientras unos luchaban por sobrevivir en el exilio y soñaban con la liberación de su patria, otros encontraban refugio bajo el ala protectora del mismo régimen que había vencido a la República.

         Estas dos corrientes humanas —republicanos y fascistas derrotados— cruzaron sus trayectorias en un mismo escenario, aunque en momentos distintos. El contraste es profundamente revelador: en sus destinos opuestos se resumen las paradojas del siglo XX. Por un lado, los idealistas vencidos de una guerra fratricida, por otro, los responsables directos o indirectos de la barbarie nazi, buscando impunidad bajo el mismo cielo español.

         Más allá de la fría cronología o el listado de nombres, estas historias adquieren un tono de novela: identidades falsas, redes clandestinas, traiciones y fidelidades inquebrantables. La historia se llena aquí de rostros, de decisiones morales bajo presión, de sueños truncados o secretos bien guardados. Como si la historia se deslizara hacia la ficción, pero sin perder nunca su densidad trágica y real.

         Hoy, revisar estas peripecias no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino una forma de comprender cómo los escombros ideológicos del siglo XX aún resuenan en nuestra manera de entender la justicia, el exilio, y la responsabilidad política. En ese cruce de caminos, entre los últimos ecos del comunismo idealista y los rezagos de un fascismo agónico, se escribe una de las páginas más intensas y contradictorias de la historia europea. Una historia que bien podría ser novela, si no fuera tan dolorosamente real.

         El último vuelo cuenta con un excelente prólogo de Antonio Muñoz Molina y un utilísimo apartado titulado “Dramatis personae”, en el que se presentan breves biografías de los “protagonistas” de las huidas, los “actores secundarios” y hasta los “figurantes” que junto con el nutrido “Índice onomástico” de casi mil entradas, facilitan al lector interesado localizar, conocer y parcelar la multitud de historias particulares que se entretejen a lo largo del meticuloso, riguroso y bien documentado trabajo. De hecho, el esfuerzo de Castillo es mayúsculo pues tiene un recuerdo especial para los pilotos de los aviones, que se jugaron la vida por obligación y no pasaron a la historia, a los que, incluso, cuando es posible, presenta con sus propios nombres.