SOMBRAS EN FOCO
En Estás en mis ojos,
Angélica Morales nos entrega mucho más que una novela. Nos ofrece una mirada
detenida, firme, poética y brutal sobre lo que no se quiso ver y lo que aún
sigue invisible. Publicada por Editorial Destino, esta obra confirma su madurez
como narradora sin renunciar a su raíz poética: una historia tejida con
precisión quirúrgica, lirismo contenido y una conciencia aguda sobre la
violencia estructural que atraviesa a las mujeres, también en la literatura.
Premiada en 2024 con el Búho por La
casa de los hilos rotos y con el Santa Isabel de Portugal de poesía por Dolor
—reconocimientos que suma a otros muchos obtenidos con anterioridad y que, sin
duda, seguirá ampliando—, Morales se encuentra en un momento “dulce” de su
carrera. Fiel a su naturaleza poética, su narrativa continúa siendo una
prolongación de esa sensibilidad. En esta ocasión, la escritora turolense
afincada en Huesca reconstruye —y reimagina— la historia de Hélène
Roger-Viollet, fotoperiodista pionera, feminista, visionaria, empresaria y
víctima de un asesinato tan brutal como el olvido posterior que eclipsó su
obra.
Estás en mis ojos es un
thriller hipnótico, a la vez reconstrucción biográfica y ejercicio de memoria
lúcida y reveladora. La novela transcurre en dos tiempos narrativos que
dialogan entre sí con intensidad y profundidad. En 1985, en un París aún teñido
por sus propias penumbras históricas y emocionales, Hélène es brutalmente
asesinada por su esposo y socio, Jean Fischer. No interpreten esto como un espóiler
ni como un giro inesperado, este crimen es el punto de partida del relato, su
impulso inicial, lo que activa todas las piezas de la trama. La inspectora
Isabel Santolaria, encargada de esclarecer el caso, se ve arrastrada no solo
por la oscuridad del crimen sino también por la de su propia vida, marcada por
una relación tóxica y opresiva con Michel Étienne.
Treinta años más tarde, Isabel vive
retirada en el valle de Hecho, dedicada a la escritura desde las sombras. Su
aparente calma se ve sacudida cuando recibe un encargo inesperado: escribir la
biografía de Hélène. Aceptarlo implica enfrentarse al pasado, no solo al de la
víctima, sino al suyo propio. Lo que comienza como una labor literaria se
transforma en una doble indagación: la reconstrucción de una vida truncada y la
revisión íntima de una herida aún abierta.
Este viaje hacia la verdad nos lleva
mucho más allá del crimen. Retrocedemos hasta 1936, al inicio de la Guerra
Civil española. Luego nos desplazamos al Argel de la Segunda Guerra Mundial,
atravesamos la efervescencia de la Cuba revolucionaria, y, en paralelo, se
intercalan los momentos del presente de Isabel —al silencio, al retiro, y al
pulso íntimo del acto de escribir— en casa Martina, ubicada en el sereno y
hermoso valle pirenaico de Hecho. Allí, en ese paisaje de calma aparente, se
desenredan los hilos de la historia y de la memoria, iluminando las zonas
oscuras que el tiempo no ha logrado borrar.
La gran potencia de esta
novela reside en cómo Morales convierte la mirada —literal y metafóricamente—
en el eje narrativo. La inclusión de la optografía, esa vieja pseudociencia que
creía que los ojos conservaban la última imagen antes de morir, no funciona
aquí como simple recurso de intriga, sino como una poderosa metáfora. ¿Qué
imágenes quedan impresas en la retina de la memoria? ¿Qué verdades nos negamos
a ver? En ese gesto, Morales hermana la mirada fotográfica de Hélène con la
mirada narrativa de Isabel, seguramente también con nuestra propia mirada de
lectores.
Morales no escribe desde el morbo ni
desde la estadística, sino desde la necesidad de devolver a Hélène su lugar
como sujeto y no solo como víctima. Esta novela invierte el relato histórico,
que tantas veces se limita al crimen y se olvida de la vida. Hélène, mujer
adelantada a su tiempo, inteligente, carismática, no especialmente “bella”
según los cánones, pero luminosa e imponente, emerge aquí como figura plena:
artista, empresaria, jefa, feminista, pero también, mujer enamorada y…
superviviente de su tiempo… hasta que dejó de serlo por obra de un hombre
incapaz de vivir a su sombra.
La ambientación de París,
especialmente en los años 80, es otro de los logros del texto. Es un París que
ya no existe, pero que sigue palpitando entre las calles húmedas, las paredes
con moho y las voces que se cuelan desde las fotografías. Junto a ello, como
hemos anticipado, la presencia de los valles altoaragoneses y el fenómeno de
las “golondrinas” —esas mujeres migrantes de ida y vuelta— le dan al relato una
profundidad telúrica, muy conectada con lo real y con lo íntimo.
Estás en mis ojos es una
novela negra, sí, pero también es una historia de memorias cruzadas, de
secretos familiares, de traumas encarnados y de mujeres que, aun equivocándose,
intentan nombrar su dolor. Morales construye personajes complejos, quebrados y
honestos (excelentes secundarios son la criada argelina; el matrimonio de
homosexuales que tienen alquilada la zapatería de Rosario; Marguerite y
Jacqueline...). Isabel Santolaria no es solo una testigo: es otra víctima del
mismo sistema que anuló a Hélène. Y su proceso de reconstrucción a través de la
escritura es también el de muchas lectoras que han sido silenciadas de formas
más sutiles.
Esta es una novela que no teme a la
oscuridad, más bien persigue la luz.
Angélica Morales demuestra que escribir es mirar de frente, aunque duela. Y que
las historias, cuando son verdaderas, se nos quedan impresas en los ojos mucho
tiempo después de haber cerrado el libro.
Una obra imprescindible.
Conmovedora, inquietante y necesaria.
Angélica
Morales, Estás en mis ojos, Barcelona,
Destino, 2025.

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