CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ
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sábado, 22 de febrero de 2025

 

INGENIOSO INGENIERO Y GENEROSO MECENAS: JOSÉ TORÁN PELÁEZ Y CARMEN MARTÍN GAITE. UN VIAJE EXTRAORDINARIO

        


Ingeniero, visionario y pionero, José Torán Peláez (Teruel, 1916 - Madrid, 1981) fue una figura esencial en el desarrollo de las infraestructuras hidráulicas en España y en el mundo. Quienes lo conocieron y escribieron sobre su persona lo calificaron de “atípico, atrevido, autodidacta, brillante, coqueto, desmedido, desmesurado, desordenado, diferente, excesivo, extrovertido, exuberante, genial, grandilocuente, hombre de acción de personalidad atractiva y cautivadora, hombre del Renacimiento, imaginativo, ingeniero artista, insólito, inteligente, intrépido, original, osado, palingenésico, polifacético, presumido, seductor, singular…”

         Ingeniero de Caminos en 1942 construyó las presas de El Vado, en el Jarama, Cenajo, en el Segura, y la que ahora lleva su nombre en el Guadalquivir, entre otras muchas —Pinilla, Odiel, Los Toranes, Yeguas, etc. —. Realizó gran cantidad de planes generales y estudios, entre los que sobresalen los relativos al acueducto Tajo-Segura y especial importancia tuvo su intervención en la base americana de Rota.

         Consiguió del Senado de Estados Unidos el certificado para España como tercer país del mundo en grandes presas y fue uno de los primeros españoles en visitar la URSS.

         En 1970 fue elegido presidente del Comité Nacional Español de Grandes Presas y vicepresidente por Europa. Ese mismo año llegó también a la presidencia internacional de la Comisión Internacional de Grandes Presas (ICOLD).

         Antes de que Torán convenciera a las autoridades de Irak para recrecer la presa de Razzaza, Bagdad, junto al Tigris, había sufrido más de 10 graves inundaciones. Lo hizo en tiempo record, entre 1967 y 1970. Esta rápida ejecución salvó al país de una nueva riada de consecuencias catastróficas, por lo que recibió el título de “Padre de las Ideas”, y el gobierno lo condecoró con la más alta distinción civil: la “Orden de los Dos Ríos”.

         Fue el primer español invitado oficialmente por el gobierno chino, del que fue consultor entre 1973 y 1979. Por iniciativa suya y dadas sus influencias, propició el ingreso de la República Popular en ICOLD, hasta ese momento absolutamente aislada en el panorama mundial, comenzando de esta manera el reconocimiento internacional del gigante asiático. Por esta razón y por sus trabajos en el país, se le recibía con honores propios de jefe de estado. Se dice que murió trabajando sobre un plano de esa inmensa nación, cuyo gobierno le había encargado la planificación hidrológica de todos sus ríos.

         Llegó a mantener hasta siete oficinas abiertas en Madrid y en ellas colaboraban también escritores y artistas como los pintores Guillermo Delgado y Jaime del Valle-Inclán (hijo del escritor), los poetas Alonso Pardiero y Delgado Benavente, el periodista Ortega Spottorno (hijo del filósofo, con el que la familia Torán mantuvo siempre una gran amistad) y los novelistas Rafael Sánchez Ferlosio y Juan Benet.

         La razón de esta presencia y el importante papel en sus proyectos se encuentra en la definición que Torán Peláez tenía de su profesión: “El ingeniero ha de ser, primero observador, después técnico… Pero sobre todo ha de ser artista; artista en cuanto a la capacidad de crear imaginativamente la contestación a las preguntas que ni el pueblo, ni la naturaleza, le pueden brindar”. Para él las razones estéticas en sus estudios eran primordiales y se regían siempre por un afán de búsqueda de lo novedoso y original en sus presentaciones. Mantenía que solo por la complacencia visual se puede acceder al convencimiento.

       

FOTOGRAFÍA DE ROGELIO ALLEPUZ

  De entre esa nutrida nómina destacó un nombre por encima de todos, el de la novelista Carmen Martín Gaite, de la que este año se celebra el centenario de su nacimiento. A ella le encargó, como trabajo de subsistencia, la biografía del ingeniero y político Conde de Guadalhorce.

         La escritora describió a Torán como un hombre “…muy extravagante y que tenía muchas excentricidades, pero con un talento como una catedral […] Entre estas personas a las que captó para la órbita de su ‘cuenca hidrográfica’ estaba una serie de escritores que por los años 60 no teníamos mucho trabajo ni mucho dinero. Él era una especie de gran mecenas […] Lo cierto es que nos ayudó mucho a abrirnos camino; nos pagaba muy bien los trabajos, eran además unos trabajos diferentes unos de otros, siempre divertidos…”

         Todos los que le conocieron destacan su verdadera obsesión por las etimologías, de hecho, entre sus colaboradores más cercanos estaba el filólogo Antonio Tovar, al que podía llamar a cualquier hora del día o de la noche para consultarle dudas lingüísticas. En este sentido, él mismo analizó su propio apellido: “Originariamente, los Toranes son pirenáicos, del Valle de Arán. El río Torán es uno de los primeros afluentes del Garona; corre paralelo a la frontera con Francia y afluye al Garona casi en el cruce fronterizo (probablemente la etimología indo-europea de Torán es, TOR=PUERTA, AN=AGUA. O sea TORÁN,  Puerta del Agua, que coincidiría etimológicamente con su significado toponímico)”.

         Con relación a esta inquietud, en septiembre de 1965 encomendó a Carmen Martín Gaite una misión extraordinaria: viajar a Teruel con la finalidad de realizar la genealogía de su familia paterna. Su experiencia y hallazgos los detalla en un informe que publicó el especialista en su obra, José Teruel, en la revista Turia (núm. 124, 2017). Por cierto, recientemente galardonado por su biografía de la escritora con el Premio Comillas de este año, que otorga la editorial Tusquets.

         La escritora quedó cautivada por la personalidad de su tatarabuela, Joaquina Herrera, “la Torana”, auténtica fundadora de la estirpe y fortuna de los sucesivos José Torán que, como los Aureliano Buendía en el Macondo de García Márquez, en  nuestro caso van a ser ingenieros y alcaldes de la ciudad en sucesivas generaciones.

         Martín Gaite siempre tuvo presente a su mentor y amigo en su obra, como también lo hicieron  el resto de los escritores, la mayoría de los cuales le dedicaron sentidas necrológicas de alto valor literario y personal. Como la del ingeniero e inclasificable escritor, Juan Benet, publicada en El País, donde, entre otras muchas cosas, decía: “…Parece ser que no deja un duro tras su muerte, un hombre que había paleado millones. Lo tuvo todo, por su propio esfuerzo, y lo perdió todo […] Fue en su momento el primer constructor de presas del país, el más singular consultor después, el hombre que, como presidente del Comité Internacional de Grandes Presas, alcanzó la máxima autoridad mundial en ese campo. Y lo perdió todo […] todo menos el aprecio de cuantos le conocieron y trabajaron con él […] Imprimía carácter, era lo más parecido que yo he visto a un pontífice, un pontífice secular…”

ARTÍCULO PUBLICADO EN DIARIO DE TERUEL


 

 

 

 

miércoles, 29 de noviembre de 2023

 

SOBRE EL ARTE DE TEJER FICCIÓN Y VIDA


 


La escritora turolense Angélica Morales, actriz y dramaturga de largo recorrido y consolidada poeta avalada por numerosos premios, juega ya en la Primera División de los novelistas españoles con la publicación en la editorial Destino de su estupenda La casa de los hilos rotos. Llegar a este privilegiado parnaso español no ha sido fruto del azar, sino de un intenso trabajo, como demuestra la presencia en los cajones de su escritorio, durmiendo el sueño de los justos, de las novelas finalistas del Premio Planeta 2017 y del Premio Azorín 2018, así como también en los estantes de algunas bibliotecas de media docena de títulos publicados por pequeños sellos editoriales independientes de ámbito autonómico.

Con los escasos hilos de la biografía de una mujer olvidada, Otti Berger (Vörösmart, Hungría, 1898- Auschwitz, 1944), y el gran contexto de la Bauhaus de fondo, Angélica Morales teje un relato multicolor en la que pasión, arte, teatro, poesía y locura convergen para crear una auténtica realidad llena de vida.

Entre 1919 y 1933, la Bauhaus fue un movimiento de renovación artística, tanto en el diseño y la pintura, como en la arquitectura; dotó de valor artístico la funcionalidad de los objetos y planteó nuevos métodos pedagógicos, admitiendo la presencia y el protagonismo de las mujeres en el arte, si bien con la perspectiva del tiempo descubrimos que esa revolución fue más aparente que real.

Berger se formó en esta escuela como artista textil y llegó a ser profesora durante un corto periodo de tiempo, pues fue sustituida por no ser aria. Montó su propio estudio en Berlín hasta que en 1936 debió cerrarlo ante el acoso del régimen nazi a los judíos. Tras ser la primera mujer en patentar sus diseños, se la invitó a participar junto a su marido en la New Bauhaus de Chicago, pero regresó a su pueblo natal para cuidar de su madre enferma, fatal decisión que supuso su deportación junto a toda su familia al campo de concentración de Auschwitz. Su final ya se lo pueden imaginar.

La novela alterna dos planos temporales y dos ritmos narrativos: el pasado con una cadencia pausada, de plano secuencia, donde confluyen las vidas de Otti Berger y la de ficción de Mercè Ribó, su apasionada y soñadora compañera, amiga y confidente, hija de un importante empresario textil catalán, y el presente, más trepidante, en el que accedemos a la biografía de Mercè por medio de su bisnieta, Penélope, una joven pintora que mantiene una tensa relación con su madre. Será ella quien descubra, junto a los diarios de su bisabuela, la existencia de dolorosos secretos familiares.

La ambientación histórica es excelente y embasta la narración con rigor y credibilidad: la Gran Guerra y sus consecuencias, los felices veinte, la Guerra Civil española (Bolsa de Bielsa), la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración y, por supuesto, la Bauhaus con su representantes más destacados: Klint, Kandinsky… Sin olvidar a todas las mujeres que estuvieron allí y quedaron relegadas a un segundo plano: la diseñadora y primera mujer profesora de la escuela, Gunta Stölzl, la fotógrafa, Gertrude Arndt, etc.

El contexto histórico transpira en la novela sin lastrarla, no pesa ni abruma al lector. Lo verdaderamente importante son las pasiones humanas, por encima de todo está la relación emocional de Angélica con sus protagonistas, los hilos vitales y sentimentales que las unen a través del tiempo, como ese emblemático pañuelo familiar que pasa de mano en mano y destaca en la cabeza de la joven de la portada del libro. Ese pañuelo —se nos dirá— “es toda su historia. Es el amor, el arte, el miedo, la represión, la lucha, la libertad, el holocausto, el perdón, el acercamiento. Todo está ahí, entre esos hilos que se enredan en su cuello y besan su piel.”

Hay mucho de historia, cierto, pero, sobre todo, prima el análisis psicológico de los personajes principales, todas mujeres, salvo uno, Antoni, el poeta loco, sobre el que gravitan los secretos y las claves de la trama.

Desde su mismo título, en La casa de los hilos rotos los símbolos son una constante, la condición de poeta de Angélica Morales marca su narrativa con la pátina de lo lírico -para quien el mundo es un poema, la metáfora es mucho más que un ornamento literario-, así como también su actividad teatral se refleja en la fluidez y excelencia de los diálogos. En última instancia, toda la novela es una alegoría en la que el hilo se convierte en vínculo con la familia y la vida; la práctica del arte de tejer no solo redunda en un aprendizaje técnico ni supone únicamente un placer creativo, sino que implica también la transmisión intergeneracional de una forma de hacer, de ver el mundo, de traspaso de saberes ancestrales. Probablemente de esta forma se difundiera ese leitmotiv que acompaña a Otti a lo largo de su existencia, esa leyenda húngaro-croata de su localidad de nacimiento, Vörösmart (en la actualidad Zmajevac), de Marta la Roja. Angélica lo sabe bien, las mujeres durante sus tertulias tejían y enseñaban a tejer a las generaciones posteriores, al tiempo que les transmitían el patrimonio oral del pasado, esas historias, unas veces personales o familiares, otras universales, son las semillas que con el tiempo terminarán germinando en el interior de las mentes sensibles y prenderán la llama de la imaginación creativa. Ese material propio extraído del pasado, mediante una particular simbiosis autora-personajes, lo transfundirá a sus protagonistas para darles vida y dotarlos de auténtica verdad.

Sobre estos cimientos simbólicos y de la mano de Ottis Berger, la autora confecciona una red e impronta mental en los lectores que les llevará a comprender la importancia de este arte para organizar el mundo exterior e interior a través del lenguaje, conformando un andamiaje lingüístico y de sentido que viene a impregnar nuestra cotidianidad y forma de comunicarnos tal y como la conocemos. En el fondo, escribir sólo es una función especializada de nuestra capacidad textil.

La casa de los hilos rotos es una novela emocionante y conmovedora de amor y amistad, de búsqueda de caminos creativos y lenguajes artísticos, pero, por encima de todo es una historia de superación personal -mujer judía, sorda, comunista y extranjera-, de lucha y tenacidad por hacer realidad los sueños.

¿Veremos La casa de los hilos rotos llevada a la gran pantalla o convertida en serie de televisión? Podría ser, tiene todos los elementos necesarios para ser un éxito. Pero de lo que sí estamos seguros es de que Angélica Morales, no tardando mucho, conseguirá un premio literario de Champions. Al tiempo.

Angélica Morales, La casa de los hilos rotos, Barcelona, Destino, 2023.

jueves, 28 de octubre de 2021

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE JUAN VILLALBA, "TERUEL, OTRA DIMENSIÓN", EN EL CENTRO ARAGONÉS DEL PUERTO DE SAGUNTO

 

Raquel Esteban, amiga y directora gerente de la Fundación Bodas de Isabel, me dedicó estas emotivas y sentidas palabras en la presentación de mi libro en el Centro Aragonés del Puerto de Sagunto, a cuya directiva agradezco la invitación, de manera especial a su presidenta, Ángela. Como dijo MacArthur: "Volveré".

Queridos amigos:

Siento mucho no poder estar hoy con todos vosotros. En primer lugar por tener que acompañar de una forma demasiado virtual a mi admirado y querido Juan Villalba, y por otro, no poder compartir este espacio con tantos amigos, ahora que nos han “soltado”y podríamos casi, casi, abrazarnos.

En cuanto recibí la propuesta de esta presentación, y temiendo (como así ha ocurrido) no poder hacerla de forma presencial, me afané en prepararla para tenerla lista en cuanto llegara el momento.

Y aquí estamos.

Agradezco la presencia de todos y agradezco especialmente a Angela quien me dijo en su momento, que si yo no podía venir, prestaría su voz para mis palabras. Merci beaucoup, Ángela.

Ganamos mucho con esto, pues voy a sonar con un acento interesante y encantador.

Juan Villalba es una de esas piezas clave en al sociedad turolense. Amable y sencillo, con una cabeza muy bien amueblada, es uno de nuestros intelectuales más brillantes. Pero tiene un valor añadido: es una persona activa y colaboradora, capaz de pasar de las teorías y del mundo mental a la acción, incluso a lo folclórico y farandulero, sin perder nunca su elegante compostura.

No me veis, pero me estoy sonriendo ahora mismo, recordando una sesión de fotos en la que Juan era nada más y nada menos que Azagra, el pretendiente, y en esa escena ya marido de Isabel de Segura (la Amante de Teruel).

Inmortalizábamos el momento en que Diego había entrado a hurtadillas en la alcoba de los recién casados para pedir a Isabel ese beso que, por no recibirlo, le llevaría a la muerte, allí mismo, a los pies de la cama.

Esta escena forma parte de una exposición que, con toda probabilidad, llegará a este Centro antes de fin de año. Os reto a que encontréis a Juan, nuestro escritor de hoy, en una de las fotos. Como pista, sabed que lleva una crespina blanca, está en camisón, y parece que “ronca”.

Pero vayamos al tema que nos ocupa.

Me gustaría saber cuántos de los aquí presentes habéis estado alguna vez en Teruel, levantad la mano por favor.



Pues resulta que hay tantos terueles como manos levantadas. Además, para cada uno de vosotros Teruel es una cosa distinta. Puede ser el Torico (porque os costó encontrarlo), o el rico jamón de aquel restaurante, el olor a historia debajo de las torres mudéjares, un atardecer, la rejería modernista,  el eco de los lugares donde estuvieron vuestros abuelos y familiares, o la ciudad transformada en las Bodas de Isabel. Tantos terueles como experiencias sobre él.



Entiendo que los que no habéis levantado la mano no habéis estado allí, pero seguro que cada uno se ha hecho una idea según lo que le han contado, ha leído o escuchado. O sea, otros tantos terueles ¡Qué lío, qué montón!

Pues bien, llega Juan Villalba y escribe un libro magnífico que nos hace modificar y  enriquecer lo que creíamos conocer sobre esa ciudad.

Yo diría que más que un libro al uso, es una guía. Es un cuaderno de viaje que nos invita a recorrer Teruel, a descubrirlo y entenderlo de otra manera. Cada rincón, cada piedra, cada elemento ha sido vivido, leído, interpretado o contado por muchas personas a lo largo de la historia: periodistas, fotógrafos, cronistas, poetas y músicos han vivido la ciudad y la han reinterpretado, concediendo un valor añadido a cada uno de sus elementos.

A partir de ahora, no habrá otra  forma mejor para pasearlo y comprenderlo, que teniendo como libro de cabecera la otra dimensión de Teruel.

Juan reúne en forma de crisol diferentes épocas y elementos. Desde el frío de la guerra civil, pasando por hechos históricos y legendarios que tienen que ver con la fundación de la ciudad; reyes, héroes y heroínas de la Edad Media; el Renacimiento en forma de fuentes y acueductos; las preciosas huellas de la época modernista y tantas producciones contemporáneas que dan hondura y valor a nuestra ciudad. Reúne todo eso y lo ordena en forma de rutas y recorridos por Teruel.

Os va a sorprender la erudición de Juan, y tanto o más la cantidad de personajes que han escrito, vivido y enriquecido nuestra ciudad con su huella en uno u otro soporte. Españoles y extranjeros, algunos de renombre, otros más modestos… circulan por las páginas decenas de personas, de nombres que ciertamente dan otra dimensión a esta ciudad.

De la mano de Juan paseamos y entendemos cada ruta desde un nuevo punto de vista. Un nuevo Teruel se abre ante nuestros ojos. Incluso para mí, que he nacido, vivido y soñado en estas calles y plazas, me presenta una nueva ciudad frente a la que creía conocer.

No voy a dar aquí más que un par de ejemplos que me han hecho gracia (él ya desvelará luego lo que quiera) al recorrer sus páginas.

Habla, por ejemplo, de la puerta al ascensor que conecta la estación de tren con el Óvalo. Él cree ver allí un episodio del mundo de Harry Potter, a mí siempre me ha parecido la entrada a un templo egipcio.

Otro detalle que viene al caso, ya que estamos en este Centro Aragonés que asume como parte de su identidad la Jota aragonesa. Juan se entretiene en una época gloriosa de la ciudad, la Modernista, cuando a a principios del siglo XX, Domingo Gascón reúne en un cancionero decenas de versos sobre los Amantes de Teruel. Parte de ese cancionero fue llevado a escena algo antes de la pandemia, en el teatro Marín de Teruel, en un precioso espectáculo con orquesta/rondalla, bailadores y cantadores denominado “El Tercer Amante”. Fue dirigido por vuestro/nuestro César Rubio, tan vinculado a este Centro,  y con él aprendimos nuevas cosas sobre la Jota, a través de las coplas que compusieron los mejores escritores del país a principios del siglo XX.

La lectura del libro ha cambiado mi Teruel. He empezado a diseñar mis paseos de siempre desde otra dimensión, ayudada por la guía que Juan propone. Y a menudo me acompaña un regalo que el autor nos hace al final del libro. Se trata de una serenata con aire jotero que siempre me emociona.



Compuesta por los hermanos Martínez Garcés, es una de las cosas más bonitas que he escuchado y que trasmite con mirada propia, la contemplación de mi ciudad.

“Trajo la aurora su color, y el beso cálido del sol la despertaba.

Junto a la torre de San Martín que se asomaba, yo la vi, de una ventana.

Tras su mirada, se fue mi vida y mi razón.

La ciudad de los Amantes

cautivó mi corazón”.

Gracias Juan.

(Me gustaría mucho que sonara este tema cuando acabe el acto, si fuera posible,  y os parece bien)








 

lunes, 6 de septiembre de 2021

RESEÑA DEL LIBRO "TERUEL, OTRA DIMENSIÓN", DE JUAN VILLALBA

 

IGNORANCIA DE LO COTIDIANO

 POR

ELIFIO FELIZ DE VARGAS






Leer a Juan Villalba siempre resulta didáctico y ameno. Seguramente ahí radica el aprecio -casi devoción- que le profesan sus alumnos y, sobre todo, exalumnos en los que el paso del tiempo ha ido depurando los sentimientos y, una vez liberados de la presión de los exámenes y la evaluación de conocimientos, pueden reconocer con objetividad el poso de sus enseñanzas. A pesar de estos antecedentes, reconozco que me acerqué a su último trabajo con ciertas reticencias, derivadas de la propia introducción del libro donde se presenta como el resultado de “un encargo para elaborar una especie de guía de Teruel”. La pregunta suspicaz resultaba inevitable: ¿Qué puede tener de novedoso o sorprendente un libro sobre la ciudad para alguien nacido y afincado en la misma, prácticamente a lo largo de toda su vida?

El error nacía del hecho de prejuzgar la obra como una guía turística al uso, sospechosa de ser una recopilación más de lugares y edificios emblemáticos, en los que la breve introducción histórica y su correspondiente descripción artística, vendrían acompañadas de alguna anécdota curiosa que pudiese llamar la atención al lector para distinguirla entre las decenas de catedrales, palacios y museos que, inevitablemente, terminarán mezclándose y confundiéndose en la abarrotada memoria del viajero. Si a esta aventurada sospecha le añadimos unas dosis de vanidad autóctona, nacida de la convicción de que poco o nada nos queda por saber de nuestros escenarios cotidianos, quedan justificadas mis precauciones a la hora de callejear por sus páginas.

El libro, estructurado en una serie de paseos por la ciudad protagonizados por un viajero ficticio, inusualmente bien informado, y su guía, que servirá de apoyo para el intercambio de opiniones o la confrontación de versiones históricas, se abre con una referencia a los típicos tópicos turolenses, en la que a los clásicos del frío, la Guerra Civil y los Amantes, añade el eslogan “Teruel existe”, última incorporación al imaginario colectivo sobre nuestra provincia más allá de nuestras fronteras. Son precisamente las razones de esta existencia, a lo largo del tiempo y en todos los ámbitos, las que se van desgranando en los itinerarios de cinco paseos en los que el origen y el destino pasan de ser una ruta prefijada para convertirse en la excusa que permita hablar al autor, por boca de su viajero, de los acontecimientos y los personajes que han intervenido en los sucesivos cambios de la fisonomía de la ciudad hasta transformarla en la que hoy conocemos.

Estos recorridos no son solo un desplazamiento en el espacio sino, sobre todo, por la memoria. Los conocimientos y recuerdos del viajero y su guía callejean también, de forma improvisada y aleatoria, pasando de un tema a otro con la naturalidad de una conversación entre amigos, en la que vamos descubriendo el modo en que la solución a necesidades primordiales, como la traída de aguas o la expansión del casco urbano más allá de sus murallas, han condicionado la organización de las calles, la distribución del comercio y los servicios o la ubicación de los monumentos.  La mirada del viajero se detiene, evidentemente, en el colorido y la filigrana mudéjar junto a la enrevesada forja modernista, pero también se fija en atractivos más humildes y minoritarios como oscuros zaguanes escondidos en las calles de la judería, escudos nobiliarios sobre los dinteles de las puertas, curiosos mosaicos en el suelo confeccionados con fragmentos de losas funerarias o un novedoso museo a cielo abierto compuesto por las pinturas murales de artistas contemporáneos. Valga este ejemplo de eclecticismo artístico para poner de manifiesto la insólita y amplia mirada que Juan Villalba despliega sobre la ciudad.

La nomenclatura de las calles por las que transita, los usos de los edificios que encuentra a su paso, o las construcciones que los precedieron le sirven también para rescatar del olvido a personajes destacados de otros tiempos. Un profesor filantrópico como el Maestro Fabregat, el clérigo diletante representado por el Deán Buj, el antipapa Clemente VIII sucesor del Papa Luna   o héroes de guerra como el Comandante Fortea son, para el turolense actual, nombres que designar lugares y pocos podrían explicar los motivos que les hicieron merecedores de tal reconocimiento. Frente a la paradoja de estos renombrados anónimos, encontramos a otros indisolublemente unidos a la ciudad de Teruel. El Tenor Marín, Yagüe de Salas, Gabriel Yoly, Carlos Castel, Segundo de Chomón, Pierres Vedel, Pablo Monguió o José Torán son algunos de los personajes más citados en las páginas de este libro.

Pero el autor no se conforma con dar su particular visión de Teruel, sino que también indaga en la huella que dejó su paso por la ciudad en visitantes ilustres y que ha quedado recogida en novelas como Un millón de muertos de José María Gironella, o Lejos de Veracruz de Enrique Vila-Matas y en películas como Torrepartida de Pedro Lazaga, o ¡Jo, papá! de Jaime de Armiñan, por citar algunos ejemplos nacionales, puesto que más allá de nuestras fronteras, los textos de Hemingway y  las fotografías de Robert Capa, como reporteros de guerra, el filme Sierra de Teruel de André Malraux, combatiente voluntario en Teruel con las Brigadas Internacionales, y los poemas del hispanista Archer Milton Huntington, divulgador de la historia de los Amantes en Estados Unidos, han servido para divulgar por el resto del mundo el encanto de este enclave de arcillas viejas y pobres, de Mansuetos que se abren como carne joven en la tierra vieja, germen de las cuatro torres de arcilla aupada  a las que cantara Labordeta.

Esta visión panorámica de la ciudad, formulada como una larga divagación que no responde a cronologías ni temáticas, sino que va deslizándose por los recovecos de la memoria, pasando de puntillas por lo obvio y recreándose en los aspectos más pintorescos y menos conocidos, terminan por poner en evidencia la falta de conocimientos sobre nuestro entorno cotidiano, configurando una obra difícilmente clasificable dentro del género en el que inicialmente era presentada. Teruel se nos muestra desde la “otra dimensión” a la que hace referencia en su título y que resulta ser, en definitiva, la suma de todas las dimensiones posibles: sin grandilocuencias, pero a su vez, sin ningún complejo.-  

 

Juan Villalba Sebastián. Teruel, otra dimensión, Zaragoza, Pregunta Ediciones, 2020

Esta reseña se publicó en TURIA

 

viernes, 1 de enero de 2021

TERUEL, OTRA DIMENSIÓN (II)



FOTO DE LA PORTADA DE DIEGO HE




El viajero se ha documentado a fondo sobre su historia, su arte, sus monumentos y personalidades más relevantes, aunque le espera un guía autóctono, sabe que el viaje se vive en su preparación tan o más intensamente que en su ejecución; la presencia, el vagar por sus calles es una mera constatación de lo aprendido, una comprobación in situ de lo ya presente en su memoria. El viaje físico por el paisaje conlleva también un viaje en el tiempo, un viaje por la historia de esos lugares, al fin y al cabo, piensa, este es el símbolo de la literatura: estás viajando, pero al mismo tiempo estás asimilando unas huellas, un pasado, una cultura.

Las lecturas previas afilan los sentidos y la mente para la observación directa, más tarde, ya en el regreso, se ordenarán las vivencias y se volverá a disfrutar de nuevo con su recuerdo, repasando el material gráfico, comentando con los amigos y familiares la experiencia. Tal vez escriba algo, no sabe bien qué, pero no será exactamente una guía turística al uso ni tampoco un libro de viajes, aunque sí participará de algunas de sus características esenciales, junto a la información y pedagogía propia de aquellas, querría sumar la emoción y la reflexión de los segundos; le gustaría aunar los ojos de entendido y la documentada narración de su guía al asombro de los suyos de viajero que constata lo aprendido con la contemplación directa; algo que funda en sus páginas el Teruel pretérito con el del presente, un paseo actual por sus calles que nos descubra también su pasado, una especie de viaje sentimental, curioso y erudito, iluminado por las palabras de grandes escritores que se sintieron fascinados por la ciudad o por los hechos que en ella tuvieron lugar. El viajero sabe que le sería imposible abarcar en una obra la enorme complejidad de la Historia de un pueblo y sus señas de identidad, pero quizá sumando las miradas de muchos, se pudiera llegar a aproximar a una visión siquiera suficiente.

Es consciente de que el suyo tiene mucho de viaje literario, le acompañan sus lecturas sobre la ciudad, sus leyendas, la historia de sus famosos Amantes, el recuerdo del infausto suceso de la Guerra Civil… Sabe, como afirmó el gran escritor y viajero Manu Leguineche, que al viajar paseamos un sueño, y eso es lo que él pretende con este viaje, pasear un sueño formado por el juego de imágenes entre pasado y presente, por el amor y la muerte, ahondar en la experiencia emotiva e intelectual que plantea recorrer Teruel, describir un sueño. Como dice otro viajero impenitente, Javier Reverte, “el viaje literario tiene algo de viaje hacia la eternidad, una búsqueda incansable del tiempo detenido.”



sábado, 24 de octubre de 2020

MANOLO TORRES, FUTBOLISTA (y II)

 

II

      


En su trayectoria profesional tuvo una especial incidencia, Primitivo Casariego, "Primo". Este exfutbolista del Zaragoza, fue entrenador de Manolo en Teruel y también lo dirigió en las filas del Manchego. Además cuando acabó su compromiso con el club alcarreño y tenía pensado volver a Teruel, Primo intercedió ante el Zaragoza, que estaba en segunda división. Los de Torrero rápidamente le firmaron un contrato por tres años, si bien, en su primera campaña, a punto estuvieron de descender a Tercera, sin embargo, en la campaña 55-56 consiguieron el ascenso a Primera, con Manolo destacando como un defensa rápido y explosivo.

       En el Zaragoza permaneció hasta la temporada 61-62, con el que jugó 195 partidos, donde más de cien fueron en primera división.

       En abril de 1957 fue cedido durante dos meses al Real Madrid, equipo con el que consiguió sus mayores éxitos deportivos al conquistar la Liga, la Copa Latina y la Copa de Europa, en compañía de auténticas leyendas del fútbol como Kopa, Gento o Alfredo Di Stefano.

       En su etapa de jugador le tocó enfrentarse con algunos de los extremos izquierda más destacados de la historia del fútbol nacional. Apodado por la grada de La Romareda como "El expreso de la banda", se midió a Gento, "La galerna del Cantábrico"; Gorostiza, "Bala roja"; o Gainza, "El gamo de Dublín".

sábado, 3 de octubre de 2020

MANOLO TORRES, FUTBOLISTA ( y I)

 


    


    Manolo Torres ha sido el único futbolista turolense que ha conquistado la Copa de Europa. El defensa turolense desarrolló la mayor parte de su trayectoria deportiva en las filas del Zaragoza, lo hizo durante ocho temporadas, desde 1953 hasta 1962. Si bien consiguió sus mayores éxitos deportivos durante los dos meses que permaneció cedido en 1957 en el Real Madrid, del que formó parte del equipo titular que ganó la segunda Copa de Europa a la Fiorentina italiana.



    Torres nació en la capital turolense en abril de 1930, en el seno de una familia numerosa, sus padres tuvieron nueve hijos, aunque la mayor, Melchora, murió siendo todavía muy joven. 

    Aunque su padre era muy aficionado al mundo del toro, Manolo desde muy niño se sintió atraído por el fútbol, que tras la Guerra Civil revivía en nuestra ciudad con la S.D. Turolense, dando sus primeros pasos en una recién nacida Tercera División. 

Trayectoria deportiva 

    Manolo estudió en los colegios del Sagrado Corazón y La Salle, y en este último, junto a un grupo de amigos, formó parte de su primer equipo, La Parra. Desde sus primeros pasos, Torres destacó como un buen defensa lateral, posición que alternaba con la de medio o incluso la de delantero. 

    Tras estos primeros pasos, pasó por los equipos locales del Rayo, y también por un equipo de nueva formación en el propio colegio de La Salle, más tarde jugó en el Almogávar, equipo perteneciente al extinto Frente de Juventudes. 

    Su afición al balompié, lo llevó a entrar en una S.D.Turolense que volvía a la competición después de algunos años de ausencia. Manolo se incorporó a un equipo que entonces militaba en la Primera Regional. Concluyó esta temporada imbatido en su grupo y disputó la fase de ascenso a Tercera División. Sin embargo, finalmente no consiguieron el objetivo al acabar la competición en cuarta posición. 

    El jugador entró a trabajar en la tahona familiar -su padre era panadero-, circunstancia por la que tenía dificultades para poder desplazarse con el equipo. No obstante, sus buenas actuaciones llamaron la atención de un aficionado turolense que tenía su residencia habitual en Ciudad Real y gracias a sus gestiones, al inicio de la temporada 50-51, se incorporó al Manchego, club que con anterioridad había firmado a su compañero Gustavo. Los periódicos de la época recogían que "Careto", como era conocido por muchos de los aficionados a este deporte, se comprometía con los manchegos por una ficha de 20.000 pesetas. 

    En Ciudad Real dio sus primeros pasos como futbolista profesional y en su equipo permaneció a lo largo de tres temporadas. Su estancia en el club deparó además una noticia fundamental en su vida, puesto que allí conoció a Angelita Buendía, la que sería su mujer poco tiempo después (CONTINUARÁ)

jueves, 3 de septiembre de 2020

TERUEL, OTRA DIMENSIÓN (I)



AL RITMO DE LAS CAMPANAS





El viajero llega en tren a Teruel. Ha sido un viaje largo, interminable, a una velocidad decimonónica, puede incluso que más lenta, un anticipo de lo que le espera: una ciudad slow, de otra época, en la que el tiempo se ha detenido, donde todo transcurre a otro ritmo, el de las campanas de sus torres mudéjares, que siguen tañendo y marcando las horas, ordenando el día.

Las campanas anuncian los oficios religiosos (misas, vísperas, ángelus) y los hechos de la vida cotidiana (toque de muerto y de agonía, de boda, celebración y fiestas…) Las campanas de la Catedral y de las parroquias, como gallos en el corral de la ciudad, despiertan a sus habitantes y lanzan sus alertas de bronce a los cuatro vientos, los turolenses conocen bien sus voces, aunque las nuevas generaciones ya no saben su lenguaje y no pueden descifrar sus mensajes.

El viajero recuerda los versos iniciales del poema significativamente titulado “Domingo septembrino”, escrito durante su estancia en Teruel por José Antonio Labordeta, ese hombre bueno, comprometido y honesto, de voz rota y amarga, que un día mandó “a la mierda” a gran parte de la clase política por su descortesía y zafiedad, con el aplomo de Fernando Fernán Gómez, con la maestría para el exabrupto de Camilo José Cela, con la contundencia de un aragonés cansado de que no le hagan caso,  un guía de excepción que lo acompañará en sus paseos por la ciudad: “Din, dan.   Din, dan: / Las campanas domingo en la ciudad  / tarde que avienta el viento / hasta la orilla…” 

Es curioso -piensa en un inciso de su propio pensamiento-, da igual lo que hayas hecho en la vida, si te has dedicado a la enseñanza o a la política, si has escrito libros o has realizado programas de televisión, al final, para la inmensa mayoría de la gente todo se reduce a un “a la mierda”, a una anécdota y poco más.

Los modernos de hoy en día dirían que Teruel es una slow city, una ciudad lenta, una ciudad para pasearla, y a eso se dispone.

(continuará...)

Fragmento del libro Teruel, otra dimensión, de próxima publicación por la editorial Pregunta Ediciones

jueves, 20 de agosto de 2020

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (XVI)

Un Cineclub turolense a finales de los años veinte (III)




Se trata, como se puede deducir por su argumento, de una exaltación de la Naturaleza, de un canto a la vida primitiva descrita con crudeza y realismo en la que descubrimos una escena que, sin género de dudas, influyó en el Robinson Crusoe de Buñuel, es aquella cuando Caín, desesperado por el abandono en el que se encuentra y ansioso por escuchar a un semejante, proyecta con gritos su voz hacia las montañas y el eco se la devuelve acrecentando su propia soledad.

Tonny Bourdelle es “Caín” y la actriz indígena Rama Tahe es “Zu-Zu”, el tercer gran personaje, como rezaba la propaganda de la época, era la misma naturaleza de la isla de Nossi-Be. Junto con sus actuaciones, en la película también destaca la banda sonora, compuesta por André Petiot  e interpretada por la Gran Opera de París, dirigida por el maestro Szyfer, el tema principal, la “Canción de Zou zou” fue grabada por la soprano polaca Maria Alexandrowicz.

La película cosechó un importante éxito de crítica y público, en especial en Francia, pero también en otros muchos paises. En España se presentó ya en el año 1931 y en Zaragoza, en el Salón Doré, a principios de mayo.

La recepción en Teruel parece ser que resultó un tanto fría, de hecho, el reseñista que la comentó para La Voz de Teruel (seguramente el mismo Cano), tras explicar que fue presentada por el socio de la A. C. T., Rafael González, manifestaba su comprensión ante el desconcierto suscitado en gran parte del público, acostumbrado a películas más banales, comedias y operetas, sin embargo, destacaba y resaltaba su fotografía, música, así como el tratamiento realista del tema, y anticipaba que la finalidad del Cine club radicaba más que en el entretenimiento en la educación de la mirada de los espectadores, ofreciéndoles otro tipo de cine dentro de las nuevas experiencias fílmicas que se estaban desarrollando en el séptimo arte.
Aunque hay varias noticias de prensa que anticipan una segunda sesión, no hemos podido localizar que se llevara a efecto, da la impresión como si el tema se hubiera diluído por el escaso entusiasmo de los espectadores o quizá la marcha y ocupaciones de Antonio Cano le impidiesen seguir con su proyecto, el caso es que el Cine club no tuvo más continuidad.

sábado, 13 de junio de 2020

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (XV)

Un Cineclub turolense a finales de los años veinte (II)




El Cine Club se enmarcaba dentro de un amplio espectro de actividades promovidas y realizadas por una asociación cultural y social de gran vitalidad: La Acción Cultural Turolense. Quizá convenga hablar siquiera brevemente de ella, sin duda una de las más activas que hayan existido en la ciudad de Teruel, entre cuyos ambiciosos fines se encontraban los de editar una revista artístico-cultural, realizar exposiciones de todo tipo -caricaturas, fotografía, pintura, etc.-, conferencias,  fundar un Ateneo cultural, impartir clases de formación en música, artes plásticas, ciencia, literatura, periodismo,  organizar la Feria del Libro, veladas teatrales, la Cabalgata del día de Reyes, etc., siempre con la mirada puesta en los niños, en especial en los más desfavorecidos a los que regalaba libros, juguetes o, incluso, organizaba para ellos proyecciones cinematográficas educativas. Entre sus presidentes honorarios se encontraban el dramaturgo Jacinto Benavente oel Gobernador Civil y entre sus miembros más activos Antonio Cano, difusor en la prensa de sus actividades y director del mencionado Cine Club.


La película elegida para esta presentación fue Caín (Caïn, aventure des mers exotiques, 1930), “el mejor film sonoro de vanguardia”, según se anunciaba en los periódicos locales,un claro ejemplo de lo que podríamos calificar como“cine exótico”, que inauguró Flaherty con Moana (1923-1925), un documental de corte roussoniano sobre una joven pareja maorí, que abrió la espita a este tipo de películas con continuaciones como Sombras blancas en los mares del Sur (1927-1928), de W.S. Van Dyke y cuya película más emblemática sería Tabú (1930), de F.W. Murnau.

Rodada en Madagascar por el director francés Léon Poirier, Caín  narra, en palabras de Roma Gubern, la “aventura robinsoniana” de un marinero que, insatisfecho con su trabajo y llevado por el odio ante la desigualdad humana, roba la billetera y el bolso de un pasajero y huye en un bote. Permanece a la deriva durante varios días sufriendo la tortura del hambre y la sed, hasta que arriba en una isla desierta de exuberante vegetación. Un día llegan unos jóvenes de una tribu vecina, que huyen al ver aparecer a Caín y abandonan a una bella muchacha.
El hombre la asediará hasta que al final consigue rendirla y se le entrega. Con ella tendrá dos hijos, si bien uno muere al ser mordido por una serpiente. Llevado por la nostalgia de la civilización, Caín aprovecha la oportunidad del paso de un vapor y se embarca de nuevo abandonando a su mujer e hijo. En el viaje de regreso trabaja como fogonero, pero un día oye en una radio las noticias del mundo en las que se da cuenta de diferentes catástrofes, lo que le lleva, de nuevo, a regresar con “Zu zu” y con su hijita.

lunes, 1 de junio de 2020

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (XIV)



Un Cineclub turolense a finales de los años veinte

         Salvo la honrosa excepción de Ramón Gómez de la Serna y pocos más, para los intelectuales de finales del siglo XIX y principios del XX el cine no fue objeto de interés, habrá que esperar a la generación del 27 para que algunos de sus componentes rindan tributo al nuevo arte y lo entiendan como tal. Será en ese momento cuando surja el primer cine club de España, dirigido por Ernesto Giménez Caballero y por Luis Buñuel, cuya sesión inicial tuvo lugar en el Cine Callao de Madrid el 23 de diciembre de 1928 con la proyección de la película El Tartufo (1925). En los años siguientes fueron sumándose los de las grandes ciudades españolas, entre ellos el de Zaragoza, filial del Cineclub Español citado. Su primera sesión se desarrolló en el Cinema Alhambra el domingo 27-IV-1930. La sesión inaugural fue un gran acontecimiento cinematográfico, con un programa que agrupaba una versión primitiva de La dama de las camelias, Historia de la brujería, de Benjamin Christensen, y como acontecimiento, Un chien andalou, de Luis Buñuel y Salvador Dalí.


         
   Sorprendentemente, un año más tarde, Teruel, una ciudad que en el siglo XXI todavía no está en el mapa, contaba ya con el suyo propio, entendemos que también como extensión local del madrileño o del zaragozano, el propio Cano anunciaba su próxima puesta en marcha en La Voz de Teruel el 8 de abril de 1831 y dos días más tarde, insistiendo en la necesidad de satisfacer con ese proyecto los variados gustos cinéfilos de todas las profesiones, añadía que “del comité central del Cine Club se han recibido telegramas felicitando a los organizadores del Cine Club local”; sin embargo, habría todavía que esperar al 17 de diciembre, para que se produjera su presentación oficial con la proyección de la película Caín.

sábado, 11 de abril de 2020

BANDOLEROS TUROLENSES


BANDOLEROS TUROLENSES



   A mi amigo José Antonio Tolosa, grande y desmañado, aficionado a las jotas, los toros y enorme jugador de pelota mano, junto con su hermano Rafa -mítica pareja en nuestra ciudad de un deporte ya casi en extinción- le ha dado hoy por hablarme de bandoleros turolenses en ese local que regenta con su familia, La Fonda el Tozal, posada del siglo XVI, cuyas cuadras hoy se han convertido en el bar con más sabor de Teruel. Con el barullo de la taberna de fondo, no alcanzo a entenderlo muy bien, pero sí lo suficiente para retener un nombre: Gabriel Marcuello “Páxara”. Tirando de él en internet, nos encontramos con la página http://historias152.rssing.com/chan-6390288/all_p4.html, en la que podemos leer la historia que José Antonio me refería:


En 1821 destacó Gabriel Marcuello “Páxara”, quien asaltó el Palacio de los Escuderos de Mélida, torturó y quemó viva a la dueña, doña Josefa Lapuerta. Tres de los asaltantes fueron capturados y su líder condenado a la horca y a descuartizamiento. Su cuerpo estuvo colgando tres horas, bajaron el cadáver e hicieron cuatro cuartos: la cabeza la metieron en una jaula y la expusieron en Mélida, la pierna izquierda se clavó en un poste junto a la Ermita del Yugo, mientras la otra pierna y los brazos se colgaron en Caparroso, en Muruarte de Reta y en Pitillas. Los nombres de sus secuaces que siguieron parecido destino eran: Clemente Salas “el manco de Blesa”, Vicente Serrano “Chandarme de Plou”, Baltasar de Gracia “el pusilador de Montalbán”, José Urtiles “el ruin” y Pedro Royo “el Rayado”, quien antes de morir fusilado gritó al pelotón: ‘¿Hace mucho tiempo que debo la vida al rey, y ahora se la pago?


  Curiosa historia en la que encontramos a varios bandoleros de nuestra provincia que alcanzaron la fama por sus hechos delictivos y criminales, pero lo más curioso es que el cabecilla, Gabriel Marcuello, se perpetuó en el inconsciente colectivo español como ejemplo de ladrón convertido en el protagonista del dicho: “Más ladrón que Marcuello (Mélida). Hay que tentarse la ropa con él.”, recogido por el escritor y paremiólogo navarro, José María Iribarren, en sus “Refranes y adagios-cantares y jotas-dichos y frases proverbiales”. 

Por su parte, el estudioso y responsable de la última edición del popular libro de Iribarren, El porqué de los dichos, Ricardo Ollaquindia, en su artículo, “En el país de las frases felices”, explica por extenso la citada entrada, "Más ladrón que Marcuello", de la siguiente manera:



Se decía en recuerdo de un robo cometido en dos casas de Mélida, el 3 de enero de 1821, por una cuadrilla de bandidos mandada por un tal Marcuello. 

Gabriel Marcuello (a) Páxara, natural de Alacón, corregimiento de Alcañiz, era un hombre grueso, moreno, de más de 40 años, con la cabeza abultada, picada de viruela y con patillas largas. Al frente de su partida había cometido robos, fechorías y muertes en las tierras del Bajo Aragón y Guadalajara, y tenía pendientes seis causas criminales cuando planeó el robo de Mélida. 

Enterado de que en Mélida había una casa muy rica, la de los Munárriz, partió de su guarida de Alacón con once malhechores el 30 de diciembre de 1820. Después de atravesar el Ebro y cruzar las Bardenas Reales, cayeron en Mélida a las once de la noche del 3 de enero. Dispararon contra los vecinos que se asomaban a las ventanas. Robaron en casa de los Munárriz y en la de Francisco Bafios. A una anciana obligó Marcuello a decirle dónde tenía guardado el dinero, sometiéndola a tormento, poniéndola al fuego, de cuyas resultas murió a los pocos días. Llevándose oro, plata, caballerías y provisiones, huyeron por la Bardena en dirección a Aragón. 

Marcuello fue detenido por las milicias de Utebo a los dos días. Condenado por la Real Corte de Navarra a horca y descuartizamiento, fue ejecuta da la sentencia el 12 de febrero de 1825. La cabeza de Marcuello, metida en una jaula, fue colocada sobre un poste en un camino, a la salida de Mélida. Allí permaneció durante mucho tiempo, siendo el espanto de las gentes sencillas que aseguraban que a la cabeza le seguía creciendo el pelo. 

Los horrores de las fechorías y del castigo de Marcuello dieron pie a que corriera de boca en boca el dicho popular.


 Fantástica historia que hemos querido recoger y agradecemos a José Antonio, quien también me habló del “moro Joaquín”, nacido en Perales de Alfambra, otro asesino, que en este caso, tras vivir una vida de aventuras digna de una película, se redimió mediante una acción heroica, pero eso ya es otra historia que dejaremos para una futura entrada.