CASABLANCA

CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ
Mostrando entradas con la etiqueta TEATRO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TEATRO. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de febrero de 2020

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (VIII)


Dramaturgo

         Son varias las referencias en periódicos locales de la época que documentan la presencia de obras teatrales escritas por Cano y representadas por actores aficionados de la ciudad en el Teatro Marín (por ejemplo, la titulada, Siempre que tú y yo pleiteamos). De hecho, en 1932 vería la luz un tomito titulado Mi teatro, con cinco de ellas. Dos, según señalan las críticas de diferentes periódicos, tanto locales (La Voz de Teruel y El Turia), como regionales (La Voz de Aragón) y nacionales (El Sol), corresponden a lo que podría denominarse sainetes de costumbres aragonesas, es el caso de Los tragos del tío Regino, o en Aragón todo es vino y Quiero salir concejal.
Por su parte, Las funcionarias parece ser era un juguete cómico, mientras que las dos últimas, según comentan los reseñistas, tenían pretensiones vanguardistas, pero se ajustaban más a una especie de teatro romántico, simbólico y poético, es el caso de Leyenda de un sueño (en El Sol es catalogada como “poema escénico”) y El caballero de las noches blancas (calificada por el propio Cano como “farsa de vanguardia en cuatro cuadros”, mientras que el crítico de El Turia dice ver en ella un “romanticismo modernista”, pleno de bellas y novedosas imágenes, donde cree percibir en ocasiones la huella de Valle Inclán e, incluso, del mismo Shakespeare).

lunes, 22 de octubre de 2018

TRAS LA HUELLA DE LOS AMANTES EN LA LITERATURA (IV)

TEATRO (I)

Rey de Artieda, entre la pluma y la espada.
         Andrés Rey de Artieda nació en Valencia en ¿1544 o 1549?, hijo de aragonés y valenciana. Sin duda conoció de primera mano la historia de los Amantes, no olvidemos que en 1555 se descubrieron sus cuerpos en una capilla de la iglesia de San Pedro. Ese mismo año, el escritor turolense, Pedro de Alventosa, compilaba por escrito la historia, relato en la actualidad perdido, y en 1577, Bartolomé de Villalba, el doncel de Jérica, la incluía en el que puede ser considerado como primer libro de viajes por España, El peregrino curioso y grandezas de España.
         Conocedor pues de la tradición y casi con seguridad también de las obras citadas, Artieda publicaba la suya en 1581, si bien fue estrenada algún año antes.
         Rey de Artieda es el escritor renacentista prototípico, herido tres veces en Lepanto, participó en otras tantas batallas de importancia y parece ser que llegó a cruzar el Elba a nado sosteniendo la espada en la boca, a vista del ejército enemigo. 


Integrado hacia finales de siglo en la poética Academia de los Nocturnos valenciana con el nombre de Centinela, debió desarrollar una notable actividad literaria, pero desgraciadamente de sus escritos solo ha llegado hasta nosotros, por el momento, Los Amantes, su primera obra teatral. Sin embargo, debió ser notable poeta y persona admirable, pues en un mundo tan narcisista y egocéntrico como el de las letras, son numerosos los testimonios de escritores contemporáneos suyos reconociendo sus méritos y virtudes, así Cervantes lo nombra en su “Canto a Caliope”, libro sexto de La Galatea; con posterioridad lo ensalzaría también en su Viage del Parnaso. Por su parte, Lope de Vega lo encomia en su Laurel de Apolo, y el aragonés Lupercio Leonardo de Argensola le dedicó un soneto.
         Resulta curioso el escueto título de su drama, Los Amantes, sin complemento alguno que sirviera para localizarlos en el espacio, como dándolo por supuesto por ser una historia sobradamente conocida por todos, por lo menos en el entorno oral aragonés y valenciano en el que se movía el escritor. De igual forma, esa falta de concreción del título también alude a la universalidad del tema que se dispone a dramatizar.
Como señala Esther Borrego (2009), la obra de Rey de Artieda pretende establecer un equilibrio entre el modelo de la tragedia clásica de corte humanista y las nuevas creaciones populares que comenzaban a triunfar en los escenarios: el tema es su primera innovación, es nacional y basado en un hecho con visos de ser histórico; prescinde de la división en cinco actos, de los coros, de los seres fantásticos y de la puesta en escena de los sucesos más trágicos, a los que tan solo alude; las unidades de tiempo (la víspera y el día del trágico suceso), lugar (Teruel y sus afueras; dos casas, la de Isabel y la de Diego) y acción (supeditada a las unidades anteriores, pero los hechos empezaron años antes, aquí entra en juego una de las aportaciones más originales de Artieda: Diego narra la historia de sus amores al caballero Heredia, estrategia que sirve al autor para poner en antecedentes al público) se mantienen pero sin rigidez, las señales de mal agüero y los símbolos no son meros vestigios del teatro clásico, sino que tienen en algunos casos valor de personajes, etc.
De alguna forma, los postulados teatrales defendidos por Artieda son un precedente necesario para la formación del teatro nacional, que culminaría el mismo Lope de Vega y que formularía en su Arte nuevo de hacer comedias, de hecho son varios los estudiosos que ven en el personaje de Perafán, el criado de Diego, un claro precursor del “gracioso”  del teatro lopesco.

A partir de su obra, prácticamente todos las posteriores siguen linealmente el argumento por él planteado, aunque la versión más reconocida en el futuro fuera la de Pérez de Montalbán, si bien, cada una de ellas varía notablemente en tono, intención y forma.

domingo, 26 de mayo de 2013

MINGOTE. UN GENIO DEL SIGLO XX... Y DEL XXI


ESCENÓGRAFO Y AUTOR TEATRAL
Antonio Mingote, en el Teatro Muñoz Seca, en Octubre de 2008,
junto a sus paneles para la obra de Jardiel «Usted tiene ojos de mujer fatal»

            Como  ya hemos señalado, en su infancia uno de sus juegos preferidos fue “hacer teatros de cartón y dibujar decoraciones”. La afición infantil derivó en faceta profesional cuando comenzó a colaborar como escenógrafo en numerosos montajes, algunos muy aclamados, caso de Los caciques, dirigida por José Luis Alonso en 1962, en el María Guerrero, que lo hicieron merecedor del Premio Larra a los mejores decorados y figurines.
Otro éxito importante fue la comedia musical, Golfus de Roma. Colaboraciones destacadas también fueron: Yermo (1972), función de café-teatro de Bariego y Pajares; La venganza de la Petra; La venganza de don Mendo; Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario y Usted tiene ojos de mujer fatal.
Su pasión por el teatro lo llevó incluso a probar suerte como autor, al principio en colaboración con su amigo Antonio de Lara, Tono, en las comedias Rato y medio de angustia (1947), Historia de las cosas (1959) y  ¡Al rico bombón Eladio! (1959), estrenada en el teatro Maravillas con Conchita Bautista y Ángel de Andrés. También escribió, en 1950, en colaboración con su amigo Manuel Martínez Remis y música de F. Moraleda, la revista ambientada en el Oeste, Eva tiene tres uves, que se estrenó en el teatro Victoria del Paralelo barcelonés.
A partir de su Historia de Madrid, Mingote escribió –también diseñó los decorados y el vestuario- el libreto de la exitosa comedia musical, El oso y el madrileño, dirigida por Ricardo Lucia, con música de Mario Clavell y protagonizada por Marujita Díaz, que fue estrenada en el teatro Reina Victoria en febrero de 1974. Se trataba de un recorrido caricaturesco, no exento de crítica y admiración, por la historia de la capital española hecha anecdotario, un verdadero homenaje de Mingote a Madrid.
 Un año más tarde, estrenó su función para café-teatro, en el Ales-Boite, Robe usted primero, dirigida por Eugenio García Toledano y protagonizada por Carmen Maura, calificada por la crítica como toda “una lección de fino humor.”

sábado, 2 de febrero de 2013

ACTORES Y ACTRICES: AMPARO PAMPLONA LLEÓ





Foto tomada de la web http://aguilarojafans.com/
La actriz contemporánea más importante vinculada a nuestra tierra es Amparo Pamplona Lleó, hija del director de cine y periodista Clemente Pamplona. 
Nació en Madrid, estudió el bachillerato en el instituto Lope de Vega, alternando sus estudios con los de Solfeo, canto y danza en el Real Conservatorio de Música. Posteriormente ingresó en la Escuela Superior de Arte Dramático, donde obtuvo el premio fin de carrera “Lucrecia Arana”. Al concluir sus estudios fue contratada por José Tamayo como actriz joven de la compañía Lope de Vega, con la que debutó haciendo el personaje de Isabel en El alcalde de Zalamea, junto con el ya por entonces destacado actor José María Rodero. A partir de ese momento se suceden diferentes papeles protagonistas en importantes éxitos teatrales de José Tamayo y su compañía  como La vida es sueño, D. Juan Tenorio, Divinas palabras, Tango y Hay una luz sobre la cama, junto con multitud de trabajos para otras compañías y directores como Manuel Canseco, Juan Guerrero Zamora, Arturo Fernández, Jaroslav Bielski, Gerardo Malla o Ángel F. Montesinos, quien la dirigió en uno de sus éxitos más destacados, La casa de los siete balcones, drama de Alejandro Casona, en el que compartió escenario con María Fernanda D’Ocón.

Foto del archivo personal de Ana Castañé
De niña interpretó pequeños papeles en varias películas escritas o dirigidas por su padre. Así, su primera intervención fue en Dos caminos (Arturo Ruiz Castillo, 1953), película en la que debía agarrarse a las piernas de su padre en la ficción, el médico protagonista, tratando de impedir que se lo lleven los maquis, escena que al fin y a la postre sería suprimida, pues según nos contó se negó en todo momento a cumplir con las indicaciones técnicas que exigía el guión. En Pasos ( Clemente Pamplona, 1957) interpreto a una niña que pide la hora a Andrés Mejuto y en Farmacia de guardia (Clemente Pamplona, 1958), ahora ya en un papel más extenso, a una niña que trabaja para el cine y es explotada por su falsa madre y representante artística. También colaboró en la película de José María Font-Espina,  Diálogos de la paz (1965), y ya más recientemente en la comedia de Yolanda García Serrano, ¡Hasta aquí hemos llegado! (2002) o en capítulos varios de Aquí no hay quien viva (2005), Águila roja (2010) y La que se avecina (2010), entre otras muchas colaboraciones para series varias de televisión.  En algunas de ellas ha compartido papel con su hija, la actriz, Laura Pamplona.
Con Inma de Santis en  una
escena de la obra Entre visillos. 1974.
Su primer papel dramático en televisión también se remonta a la infancia y a los años en los que TVE estaba ubicada en el Paseo de la Habana, donde protagonizó como actriz infantil la obra de Jacinto Benavente, El nietecito, y el sainete de los hermanos Álvarez Quintero, Los chorros del oro. Ya en Prado del Rey interpreta los papeles protagonistas de numerosas novelas como El bosque encantado, El fabricante de sueños, Aquellas mujercitas, Biografía de Koch, Isabel y Fernando, Cabeza de estopa, Las flores de Aragón, El collar de la reina, Persuasión, Diario de una institutriz, La hija del mar, etc.; inolvidables Estudios 1 como Un marido ideal, La rueda, Todo sea para bien, Llama un inspector, Mirando hacia atrás con ira, Dinero, etc., y multitud de obras para Teatro de Siempre como María Tudor, Judith, El galán fantasma, etc.
Foto tomada de la página http://aguilarojafans.com/

Esta somera presentación es por supuesto incompleta, por lo que remitimos a quien quiera saber más a WIKIPEDIA  y a la web AGUILAROJAFANS, de la que hemos tomado algunas fotografías.
Galería fotográfica:
Archivo personal Ana Castañé.

1970
1968

1973


viernes, 25 de enero de 2013

ACTORES Y ACTRICES: LUIS HOSTALOT







El actor turolense más importante es, sin duda, Luis Hostalot. 
Nació en Calaceite en 1951, si bien sus estudios primarios y el Bachillerato los realizó ya en Zaragoza, ciudad donde comenzó a colaborar con diversos grupos teatrales. A mediados de  los años setenta se trasladó a París, en cuya Universidad se licenció en Ciencias Técnicas del Teatro. Su formación la compaginó con trabajos en montajes teatrales de directores como Bernard Sobel, Víctor García, Radu Penciulescu, etc., así como también con colaboraciones para el cine en filmes como La chaussée des geants (Robert Enrico, 1978) o Tout feu tout flamme (Jean-Paul Rappeneau, 1980).




En su espectáculo del Quijote. Foto tomada de su blog
http://artesescenicasluishostalot.blogspot.com.es/p/el.html

En 1981, regresó a España y  desde ese momento combina de manera sistemática sus trabajos teatrales (en el año 2004 realizó una importante versión teatral de El Quijote) con los cinematográficos y televisivos. Así, participa en películas de directores como Jorge Grau (Coto de caza, 1982, y La puñalada, 1989), el primer Pedro Almodóvar (¿Qué he hecho yo para merecer esto?, 1984), Pilar Miró (Werther, 1986, y Tu nombre envenena mis sueños, 1996), o Mario Camus (La rusa, 1988), entre otros muchos,  comparte repartos con actores  de la talla de Fernando Fernán Gómez o Paco Rabal (Así en el cielo como en la tierra,  José Luis Cuerda, 1995) o actrices como Ana Belén o Victoria Abril ( Libertarias,  Vicente Aranda, 1996), forma parte de rodajes internacionales como The old man who read love stories (Rolf De Heer, 2000) o Las manos vacías (Marc Recha, 2003), protagoniza diversos cortometrajes o interviene en series televisivas tan populares como Turno de oficio (1986), de Mercero o Lorca, muerte de un poeta (1987), de Juan Antonio Bardem  y adaptaciones literarias de calidad como  La forja de un rebelde (1998), de Mario Camus y más recientemente en la exitosa Amar en tiempos revueltos.

Para saber más remitimos a su BLOG y a su entrada en IMDb

Don Adriano, el tacaño joyero de la Plaza de los Frutos.
Foto tomada de RTVE








miércoles, 6 de junio de 2012

ALFONSO ZAPATER. EL ETERNO APRENDIZ (VIII): COSTISTA HASTA LA MÉDULA


En 1975, Alfonso Zapater, gracias a las facilidades que le concedieron los familiares de Joaquín Costa, pudo estudiar y analizar los documentos que se conservaban en las estanterías de su despacho de Graus, más de doscientos ochenta y tres legajos y carpetas. Asombra la capacidad de trabajo del intelectual grausino, pero también la de Alfonso Zapater, quien en dos semanas de estudio intenso escribe los más de doscientos folios de su primer libro sobre Costa, titulado Desde este Sinaí (Costa, en su despacho de Graus), en el que se resume el contenido –el pensamiento- de todo este material acumulado en el despacho del regeneracionista aragonés. Se trata de un ensayo fundamental en su producción, pues con él se inicia una constante en la misma que no habría de abandonarle ya nunca: su costismo militante, que no es sino una concreción intelectual del amor y el interés que el albalatino siempre tuvo por Aragón. Zapater trae al presente a Costa, lo hace vivir de nuevo y mediante un diálogo con él recupera lo fundamental de su pensamiento y de su personalidad: el trueno de su voz, su misantropía, la irritación que le causa su enfermedad, la desesperación por la secular sordera de Aragón y de España ante sus reflexiones, la justa ira por las razones desatendidas, desoídas y marginadas, etc. El despacho de Graus es un hervidero de ideas, opiniones y consejos. No existe una especialización concreta o una preferencia sobre determinados temas. Al polígrafo aragonés le preocupaba todo lo que afectara a España  y por ende a Aragón-, nacional e internacionalmente. Hay sed de justicia y hambre de libertad. Le interesa, en especial, “hacer libre al pueblo español, que no lo es a pesar de sus leyes aparentemente democráticas”; elevar la cultura, es decir, modificar la manera como se distribuye el presupuesto a favor de la educación, y establecer o crear una disciplina social que a todos obligue y a todos alcance”.  De alguna forma, Desde este Sinaí  encierra una obra de teatro centrada en el pensamiento de Costa, pero demasiado discursiva y densa.
Esta pieza teatral que anticipaba su ensayo anterior la va a escribir en 1978, Resurrección y vida de Joaquín Costa. Ideario dramático en dos partes (Zaragoza, Guara Editorial, 1979). A este respecto, Zapater señalaba en la introducción que su intención había sido la de llevar a Joaquín Costa  al teatro, aun siendo sabedor de que “es empresa arriesgada y mucho más si se pretende realizar teatralmente, de acuerdo con las exigencias del género. Hay tres vicios o defectos en los que, a primera vista, se puede caer fácilmente: el abuso del monólogo, el diálogo excesivamente discursivo y la sucesión de estampas sin la necesaria coherencia en la acción. De estos tres vicios o defectos, casi obligados en este caso —máxime conociendo la personalidad de Costa—, he intentado huir para dar al hecho teatral toda su fuerza apoyándome en personajes reales, de carne y hueso, como reales son también —fueron— los diálogos que se escuchan en escena”. Así pues, Zapater busca a Costa en su voluntario retiro de Graus -en su tierra, en su patria- para repasar, desde el escepticismo que le confieren los años y el lastre de su enfermedad, en conversación con sus íntimos (Manuel Bescós, “Sivio Kossti”, Carmen Viñas Costa, Ramón Auset, etc.)  su vida, sus ilusiones –desilusiones-, sus proyectos, etc. El preestreno de la obra se celebró en Graus, el jueves 8 de febrero de 1979, con motivo del LXVIII aniversario de la muerte de Joaquín Costa, y el estreno oficial en el Teatro Principal de Zaragoza, el día 15 del mismo mes, a cargo del Grupo de Teatro Independiente La Taguara, bajo la dirección de Pilar Delgado.
La pasión de Alfonso Zapater por Joaquín Costa le lleva a fabular sobre los aspectos más personales, íntimos, del personaje. Así, partiendo de un imaginario manuscrito -unas memorias apócrifas como reza el título, que en el fondo no son sino los documentos que Zapater consultó para escribir Desde este Sinaí- que ni los más tenaces investigadores han descubierto, y de un enigmático personaje que se considera la reencarnación de Joaquín Costa en el presente, Alfonso Zapater repasa la vida y la obra del regeneracionista aragonés en la novela titulada, El regreso de Moisés. Memorias apócrifas de Joaquín Costa, (Zaragoza, Mira Editores, 1996), pero centrándose de manera muy especial en aquellos aspectos que inciden en su vida sentimental, contribuyendo a potenciar la semblanza humana del montisonense-grausino, la cual para la mayor parte de sus estudiosos pasa desapercibida, y todo ello desde la convicción de que en esta vida, antes que genio no hay otra cosa tan difícil como llegar a ser hombre, de hecho, en su semblanza de Joaquín Costa si algo resalta por encima incluso de su pensamiento es su fisicidad, su necesidad de amor, de sexo, de que le quisieran como persona.
Como colofón, Alfonso Zapater escribirá también una biografía del montisonense en el año 2005, Joaquín Costa (Zaragoza, Delsán Libros, 2005), en la que aporta datos y recuerda anécdotas poco conocidas tanto del personaje público, como del privado, el que tuvo una hija secreta y se resistió durante mucho tiempo a reconocerla como suya. La presencia de Costa y de su pensamiento no se agota única y exclusivamente en la escritura de las obras reseñadas, sino que se manifiesta también, de una u otra forma como constante influencia, en toda la producción escrita del periodista.

sábado, 2 de junio de 2012

ALFONSO ZAPATER. EL ETERNO APRENDIZ (VII): DE REGRESO A ZARAGOZA.


Pilar Delgado
         
            Por cuestiones personales y familiares regresó a Zaragoza en los años sesenta. Colaboró en Radio Juventud, con Pedro Ara y Alberto Albericio en programas como “Café, copa y puro”, en tertulias radiofónicas y escribió multitud de guiones. Al mismo tiempo colaboraba en el diario Amanecer, para el que hacía reportajes, aunque oficialmente estaba de corrector de pruebas y se convirtió también en corresponsal de Europa Press. Poco después, dejó Amanecer y entró en la redacción aragonesa del vespertino Pueblo.
            Como hemos señalado, durante los primeros años de la década de los sesenta Alfonso dirigió el Aula de la Comisaría de Extensión Cultural. Tras reponer su obra El farol, el 28 de junio de 1962, cuando se conmemoraba el 550 aniversario del acontecimiento histórico del Compromiso de Caspe, estrenó una nueva obra, Crónica del compromiso, dedicada a esta efeméride. Con la colaboración de la Tertulia Teatral de Zaragoza y bajo la dirección de Manuel Muñoz Cabeza, esta primera versión en un acto fue una especie de conferencia escenificada. Algunos años más tarde, en 1975, la pieza se recuperó a instancias del Centro de Iniciativas y Turismo de Caspe  para representarse anualmente en la fecha  conmemorativa del Compromiso, con puesta en escena a cargo del Teatro “La Taguara”, bajo la dirección de Pilar Delgado. Alfonso revisó la obra dándole un corte más clásico y alargando su duración. De igual forma, la editorial Litho Arte, publicaría por esas fechas su versión escrita.
Fue a principios de los setenta, cuando su mujer, Piliar Delgado, de familia dedicada al teatro, que por estos años dirigía un interesante programa radiofónico, “Por los caminos de la poesía”, en Radio Nacional, fundó el teatro-escuela La Taguara (vinculada poco después a Publicaciones La Tagurara, que se dio a conocer con sus Premios de Poesía de 1973, única vez que se convocaron), que era el nombre de un bar en la calle Fita, en el que se hacían exposiciones.  Hacia 1974 se constituyó ya como compañía de teatro independiente. Su actividad teatral se centró fundamentalmente en obras de temática aragonesa, reivindicativas o de denuncia. Con La Taguara Alfonso estrenaría tres obras, las ya mencionadas, Crónica del compromiso y Aragón para todos, que consagraría de forma definitiva a la compañía (se llegó a estrenar en el teatro Alfil en Madrid en 1980), con la que recorrerían toda la geografía aragonesa, y su otro gran éxito fue, Resurrección y vida de Joaquín Costa, de la que incluso grabaron una serie para la Televisión Aragonesa y que luego comentaremos más por extenso.
            Otras piezas teatrales de Alfonso Zapater son Yo traigo la luz, Se fue al amanecer, Tio Títeres y Una mirada sobre Daroca. Escenificación del misterio, esta última escrita en colaboración con Juan Manuel Torrijo en 1965.
Volviendo a su actividad periodística, en 1966 entró a formar parte de la redacción de Heraldo de Aragón, que ya no abandonaría hasta su muerte, donde comenzó a escribir una página diaria, “Zaragoza al día”, en la que mezclaba el reportaje, la crónica, la entrevista y el comentario o la opinión. En suma, algo nuevo, distinto en el periodismo de la época. Su serie “Aragón, pueblo a pueblo” se convirtió en un impresionante fresco del panorama regional, en el que todos los municipios estaban presentes -1350 núcleos de población- y que fue publicada en 18 volúmenes, con prólogo de su amigo Camilo José Cela. En la memoria colectiva del pueblo aragonés también  sobrevive su beligerante reportaje sobre la inundación de Fayón, magistral trabajo de periodismo de investigación. Son igualmente destacables sus trabajos sobre el incendio del hotel Corona de Aragón, en 1979, en el que murieron decenas de personas.

martes, 29 de mayo de 2012

ALFONSO ZAPATER. EL ETERNO APRENDIZ (VI): AUTOR DE TEATRO

Pilar Delgado, actriz. Sobre su vida ANTÓN CASTRO
            Su afición por el teatro se manifestó a temprana edad. Así comentaba haber escrito en su niñez en Urrea un auto sacramental, un drama en verso y una nueva versión de Los amantes de Teruel. Ya en Madrid, a finales de los años cincuenta, acudía a todas las representaciones que le era posible y gustaba de relacionarse con todo tipo de actores y actrices.  Fue amigo de María Ladrón de Guevara y de su hija Amparo Rivelles, de Luis Prendes, Isbel Garcés, Carlos Lemos, Paco Rabal, Paco Martínez Soria, María Asquerino y un larguísimo etcétera, incluyendo artistas de revistas musicales como Lola Flores, Lina Morgan o Celia Gámez, con la que le unió -según relata en diferentes ocasiones- una gran amistad, pues en una ocasión quiso ser “boy” de uno de sus espectáculos y cuando se presentó y le dijo su apellido, ella le explicó emocionada que en Argentina había tenido un novio apellidado también Zapater, de origen español, que le pagó su primer viaje a España, al que le estaba muy agradecida. Al final resultó que el tal Zapater era un tío del padre de Alfonso.
            De esta forma, resurgió en él su infantil afición por el teatro y el 16 de febrero de 1958, estrenaba su primera obra en el teatro María Cristina, Noche de pesadilla. La puso en escena el Grupo Recreativo Talía, bajo la dirección de Carlos Lang. En los programas de mano, el propio autor advertía: “Es una comedia de intriga policíaca, aunque no me atrevería a encuadrarla dentro del género. Me he propuesto solamente, a través de la brevedad de sus tres actos, mantener el interés tanto en el diálogo como en la acción, de manera que al final podamos todos sentirnos satisfechos”. 
            Su siguiente obra, La chavola, fue dirigida por José Franco y estrenada en sesión matinal en el Lara el 1 de julio de 1958   por “El Corral de la Pacheca”, su propio grupo escénico, integrado en esta representación por José Luis Hernández, Carmen Martín, Paquita Fajardo, Conchita Álvarez, Anastasio de Campoy, Emilio Padilla, Braulio Crespo, y por la que fue su mujer, Pilar Delgado. Obra de fuerte crítica social, cuyo tema, el chabolismo y la marginación, fue consentido por la censura por tratarse de una pieza de las denominadas de cámara y ensayo,  en las que, dada su escasa repercusión, no solían meter las tijeras. Buero Vallejo lo felicitó personalmente mostrándole su extrañeza por haber burlado el filtro censor; sin embargo, la crítica del momento, incluido Alfredo Marqueríe, del ABC,  contrariamente a lo que años después recordará Alfonso en sus Memorias, no fue muy favorable. Así, por ejemplo, el citado crítico decía: “La chabola encierra en su tesis una buena intención laudable, moralizadora y ejemplificadora, pero adolece de los defectos propios de un autor novel, de técnica ingenua y primaria, tanto en lo que se refiere a la expresión dialogada artificiosa y poco natural, como a las entradas y salidas de los personajes, como a la falta de dosificación de los efectos bruscos y sin ritmo. Todo en La chabola, desde su asunto hasta la traza de los personajes –siempre de una pieza, sin matices, es decir, sin verdad ni humanidad- pasando por la escasa duración de los actos revela el aire de improvisación y de esquema de quien da sus primeros pasos titubeantes por el difícil camino del drama. Ahora que, por algo se empieza, aunque este “algo” encierre mejor propósito que realización y logro.” Tan solo salvaba de la representación a Pilar Delgado, de la que dijo es “actriz joven pero de soltura, voz y dominio envidiables y admirables.”
            Poco después, el 23 de julio, en el teatro de Bellas Artes del Círculo Catalán, “El Corral de la Pacheca” estrenaba Llegaron a una ciudad, de Priestley, autor asimismo de la obra, reconocida mundialmente, Llega un inspector. Alfonso Zapater logró acceder a este escenario gracias a Alberto Insúa, y encargó a su amigo de Alcañiz, Sergio Ferrer de la María, que a la sazón estudiaba en la Academia de Cine y que poco después sería uno de los ayudantes de Luis Buñuel en Viridiana, la dirección de la misma. La comedia fue traducida y adaptada por Mario Antolín Paz, marido de la gran actriz María Fernanda d’Ocón. En el reparto intervinieron actores que más tarde alcanzarían renombre como Mari Luz Bautista, Sergio Mendizábal, Lola Gaos, Hebe Donay y Fernando Guillén.
            Su siguiente obra, El farol,  fue estrenada también en el Teatro de Bellas Artes. Se trataba de una comedia amable y humana con su correspondiente carga de tristeza y nostalgia, que se desarrollaba en Nochebuena, y sus protagonistas eran vagabundos sin hogar ni familia para celebrar esa señalada fecha.. La acción transcurría en un espacio único, donde las sombras se mezclaban con las luces. Sus intérpretes fueron los mismos que  habían actuado en La chabola. El periodista José Antonio Alejos-Pita le hizo una entrevista para la revista Juventud, en la que le dedicaba grandes elogios: “Como puede verse, las aspiraciones de Alfonso Zapater son dignas de la mayor consideración. Pero opino que son dignas todavía de otra cosa mejor. Son merecedoras del apoyo y de la estimación de la juventud española, que tiene en estos muchachos un nuevo ejemplo de impulso y de valentía. Son muchas las dificultades que han de pasar para llegar a la meta que se ha propuesto… Merece hacerse notar la juventud que representa. La juventud que sabe lanzarse por cualquier camino sin asustarse por nada. ¡Y fijaos que meten miedo los críticos!”. El farol  se representó durante algunos años en el Ateneo de Zaragoza, que contaba con el escenario del Mercantil, cuando Alfonso estuvo al frente del Aula de Teatro de la Comisaría de Extensión Cultural de la Diputación a principios de los años sesenta como vamos a ver.

miércoles, 23 de mayo de 2012

ALFONSO ZAPATER. EL ETERNO APRENDIZ (V). POETA.

El torero poeta
Su actividad taurina lo llevó a Madrid, donde hizo el servicio militar como voluntario en el Ministerio del Ejército. Compaginó esta situación con el mundo del toro y con su afición por la escritura, por lo que recibió el apodo del “torero poeta”, pero pronto abandonó sus veleidades toreras (“Yo nunca tuve miedo a los toros. Los toros son lo único noble de la fiesta. Me retiró el ambiente, la trastienda”, dijo al respecto) para dedicarse por completo a escribir.

Su vocación literaria pudo más que la taurina y acabó imponiéndose. En principio continuó escribiendo poemas y en 1954 vio la luz su primer libro, titulado Tristezas (Madrid, Ediciones Ensayos), publicado por Pablo Antonio Panadero en Ediciones Ensayos, editor con el que mantuvo una gran amistad y con el que incluso llegó, según relata en sus Memorias (breves escritos que se publicaban los domingos en el Heraldo, en los que repasaba de manera anárquica, sin demasiado orden, circunstancias de su vida, recuerdos familiares, amigos, anécdotas, etc., siempre acompañados de una foto ilustrativa), a formar una sociedad dedicada a la venta de relojes a plazos. A este primer poemario le siguieron en esa misma editorial, Dulce sueño eterno (1954),  Julio (1954) –dedicado al mes de su nacimiento- y Ramillete (1955). Nunca dejaría ya de escribir poesía, sin duda algo más que una afición juvenil, pues en 1973 conseguiría el accésit de la Flor de Nieve de Oro de la X Fiesta de la Poesía de Huesca y poco después obtendría el premio de sonetos del certamen “Amantes de Teruel”. De igual forma, en 1975 ganaría el Premio San Jorge de Poesía por su obra Hombre de Tierra, publicada al año siguiente por la Institución Fernando el Católico.
Poco después, en 1976, escribiría, en su afán de acercar la poesía al pueblo, Aragón para todos, espectáculo poético escenificado del que se dieron más de doscientas representaciones, y la venta del texto editado superó los 10.000 ejemplares, del que también se grabó al año siguiente un disco (Movieplay) con las canciones.
Su actividad poética perdurará a lo largo del tiempo y podemos afirmar que nunca la abandonó completamente. Así, en 1992 publicará Afirmación del ser (Zaragoza, Institución Fernando el Católico), un poemario influido por el pensamiento de Joaquín Costa, que incide en una de las constantes de la escritura de Alfonso Zapater, su inquietud social, y  en el que desnuda la palabra y los sentimientos.
Volviendo a los años cincuenta, su actividad poética la compaginaba con esporádicas colaboraciones en el diario Pueblo, dirigido por Emilio Romero, y la escritura de reportajes para el semanario Dígame, y con más continuidad con la elaboración de guiones para Radio SEU, luego Radio Juventud, donde llegó a tener un programa semanal, “Palestra universitaria”, en el que contó como colaborador con un jovencísimo Martín Villa, a la sazón estudiante de ingeniería industrial.
Ya en los medios, trabó amistad con grandes periodistas del momento como Tico Medina, Antonio D. Olano, Miguel Ors o su paisana Pilar Narvión. A partir de ese momento, combinará su periodismo de calle, sus entrevistas y reportajes, con la escritura de poesía, teatro y, casi con seguridad, novela. Al mismo tiempo,  vivía su particular bohemia literaria y asistía con frecuencia a las sesiones del Ateneo; a las del domingo por la mañana en el teatro Lara, escenario de “Alforjas de la Poesía”;  a las tertulias del sábado por la tarde en el Café Varela (allí conoció a Cela, quien luego le prologaría varias de sus obras), donde se recitaban poemas por sus propios autores; a las del Café Lisboa; a las de Perico Chicote; a los recitales de las Cuevas del Sésamo, etc.
En todas estas tertulias alternaba el mundo literario con el de la tauromaquia. En una de ellas conoció al escritor Kenneth Graham, natural de Redondo (California), quien le pidió que le prologara su novela, Don Quijote en Yankilandia, una obra muy popular en su momento con grandes dosis de humor en la que su autor resucita a Don Quijote (casualmente coincide su publicación con el comienzo del largo e inconcluso rodaje de la película de Orson Welles sobre la obra cervantina, con la que guarda ciertas similitudes) y lo revive en los Estados Unidos de los años cincuenta, para presentarlo como un viajero sui géneris, que visita asombrado las instituciones americanas –el Congreso, la Casa Blanca, la Universidad e, incluso, los estudios de Hollywood, donde participa en la grabación de una película con Marilyn Monroe-.
En esta época sufrió prisión durante un mes en Carabanchel por injurias al Jefe del Estado. Se ocupó de su defensa el por aquel entonces marido de Lola Gaos, gran amiga suya y actriz que colaboró con él formando parte, como luego veremos, de su compañía “El Corral de la Pacheca”, quien consiguió  sacarlo de la cárcel mediante fianza de 5.000 pesetas. En el juicio correspondiente fue absuelto con todos los pronunciamientos favorables. Parte de su experiencia carcelaria se recoge en la autobiografía novelada a la que ya hemos hecho referencia, Tuerto Catachán, que luego comentaremos con más detenimiento

domingo, 20 de mayo de 2012

ALFONSO ZAPATER. EL ETERNO APRENDIZ (IV). TORERO.

           Yo quiero ser torero o la reencarnación de Manolete.
Coincidiendo con la muerte de Manolete en 1947, Alfonso Zapater cayó enfermo de pulmonía (fue el primero en el pueblo en recibir inyecciones de penicilina), en su larga convalecencia comenzaron a consolidarse sus inquietudes futuras, como reconoce en una entrevista en el año 2006 a su compañero del Heraldo, Juan Dominguez Lasierra: “Padecí de niño una pulmonía y tuve que guardar cama mucho tiempo. Allí, en aquella cama, se fraguó todo: los toros, la literatura, el teatro, el periodismo.” El médico le regaló un libro sobre toros y leyó durante su convalecencia todo lo que se escribió sobre el diestro, por lo que llegó, según relata, a convencerse de que el matador se había reencarnado en él. Su decisión estaba tomada: iba a ser torero. Así comenzó a prepararse recibiendo clases de toreo de salón y visitando diferentes tentaderos por toda la geografía nacional.
A los 17 años se vistió el traje de luces y debutó como novillero en la plaza de toros de Orduña (Vizcaya), luego en Graus, junto a Braulio Lausín –el hijo del famoso torero aragonés en cuya biografía colaboraría activamente Alfonso Zapater casi cincuenta años más tarde, Braulio Lausín, “gitanillo de Ricla”. Un león en los ruedos (Zaragoza, Diputación Provincial, 1998)- y José Luis Alaiza, le siguieron Albalate, Híjar, Alcañiz, Barcelona, Valladolid, Castellón, Cáceres, Plasencia, Trujillo, etc., en suma, más de treinta novilladas compartiendo cartel con figuras reconocidas y relacionándose con nombres del toreo nacional de primera fila, llegando a ser amigo íntimo de Paco Camino o de Luis Miguel Dominguín y de su familia, en especial de su hermana Carmen, a la que acompañaba al cine con frecuencia.
            Fruto de esta experiencia torera y de su afición por los toros fue la que quizá aún hoy en día siga siendo la obra más completa sobre este mundo en Aragón, nos referimos a los tres volúmenes de Tauromaquia aragonesa (Zaragoza, Urusaragon, 1998), con más de 600 protagonistas presentes en sus páginas.

sábado, 10 de marzo de 2012

RISAS PARA CENAR EN TIEMPOS DE CRISIS


El grupo ESPANTANUBLOS –el más veterano de la provincia con veinte años en los escenarios- fue el encargado de abrir la noche del pasado viernes la Muestra de Teatro de los grupos de Teruel. Con lleno hasta la bandera en la sala del Marín, los espectadores disfrutamos de un diverstidísimo espectáculo. Durante las dos horas que duró la función, nos olvidamos por completo de la dichosa crisis y reímos a mandíbula batiente con la comedia de Marc Camoletti, No te vistas para cenar.
El escritor franco-suizo -si bien su familia tenía orígenes italianos- Marc Camoletti (1923-2003) fue y sigue siendo un autor teatral de éxito especialista en vodeviles, un verdadero maestro en utilizar los elementos claves del género –las señoras, los caballeros y los lechos- y, además dosificarlos en sus exactas proporciones. En su importante producción destaca por méritos propios, No te vistas para cenar, de la que el propio autor dijo que era una de sus comedias favoritas. Estrenada en París en 1987 con el título de Pajamas Pour Six,  se mantuvo durante dos años en cartel. Adaptada en 1991 por Robert Hawdon para el público inglés, la rebautizó con el título traducido al español de Don’t Dress for Dinner y se mantuvo en escena durante más de seis años.
Lo cierto es que la comedia se mantiene fresca y su humor sigue estando plenamente vigente en la actualidad. Se trata de una obra de enredos, llena de equivocaciones y muchas confusiones sobre la identidad de los personajes que nos cuenta la historia de un matrimonio un tanto disoluto y mutuamente infiel. Todo empieza cuando la esposa, Jaqueline, anuncia que se va de viaje. El marido, Arturo, decide sacarle provecho a su ausencia e invita a su amante, Susi, a pasar el fin de semana en su casa, para lo cual contrata a una cocinera un tanto especial que, casualmente, se llama igual que su amante. En el último momento, la esposa decide no viajar y aquí comienza el follón y el verdadero quebradero de cabeza del esposo y de un amigo de este, Roberto, a su vez amante también de su mujer. En definitiva, tenemos en danza sobre el escenario, entrando y saliendo, saliendo y entrando, a una pareja, a una amante, a un amigo-amante y a una cocinera un tanto peculiar. Enredos, malentendidos, mentiras, bromas y un imprevisto final son los condimentos esenciales de este perfecto y desopilante vodevil bien adaptado y llevado a escena.
Juan Cercós, actual director del grupo, ha acertado con la elección de la obra, pero en su haber destaca, más si cabe, el  vertiginoso ritmo que ha sabido imprimirle para que en ningún momento decaiga la acción y, sobre todo, las carcajadas, sabiendo buscar en todo momento la completa complicidad del público con los actores, hasta el punto de que el espectador debe contener por momentos su risa para no perderse los divertidos diálogos que se suceden en formas de réplicas y contrarréplicas a cada cual más ingeniosa, con toques de humor incluso en los sutiles subrayados musicales que sirven para caricaturizar la forma de ser de algunos personajes, en especial de la cocinera, quien cada vez que debía representar un nuevo papel de parentesco en la ceremonia de la confusión del enredo, cobraba doscientos euros a los ilusos amantes varones, cantidad que guardaba en sus pechos acompañada siempre del sonido de una caja registradora y, en una ocasión, de la canción “Money” de Pink Floyd. La experiencia es un grado y a Cercós le sobra, lleva muchos años sobre las tablas y conoce bien los recursos del montaje, la actuación y la risa.
Si es destacable la labor de Cercós como director, no lo es menos su interpretación del papel de Susi, la cocinera, sobre el que gravita toda la comicidad de la obra y que él resuelve prodigiosamente con una mezcla de contenida esperpentización del personaje. A nuestro juicio, es todo un acierto presentar a este personaje femenino representado por un hombre, con el fin de extremar su singularidad (¿fealdad y tosca bastedad?) y caricaturizarlo mejor. Magnífico.
Jesús Muñoz (Arturo),  Tino Quilez (Roberto), Gloria Giménez (Susi, la amante) y Gregorio Giménez (Jorge, el marido de la cocinera) se lucen cuando la ocasión se presta y coadyuvan a tejer y destejer el enredo con gracia, llevan muy bien el ritmo, acentúan adecuadamente la vis cómica enfatizando los gestos con asombro, sorpresa, temor, etc., sin miedo a hacer sombra a la protagonista, pero en especial me gustaría destacar el trabajo de Mª José Gómez (Jaqueline), cuya elegante presencia llenó por completo el escenario y su tono de voz el patio de butacas, muy bien en el manejo de los silencios con gesto.
La puesta en escena es sobria a la par que elegante, pero en el vodevil ya se sabe: el enredo y las puertas son lo importante. En este caso concreto, el plato principal de la cena fue algo tan saludable, barato y adecuado para estos tiempos depresivos como la risa y, la verdad, las raciones fueron generosas; salimos satisfechos.
A pesar de la sequía y de que el grupo se llame ESPANTANUBLOS, me da en la nariz que como ya les ocurriera con su obra Gaviotas subterráneas, la cosecha de premios en el próximo XXXII  Certamen Nacional de Teatro de Alfajarín, para el que han sido seleccionados, puede y debe ser importante. La obra y las interpretaciones lo merecen. Tiempo al tiempo.
Desde aquí quiero felicitar a la Concejalía de Cultura por esta imaginativa iniciativa teatral, mediante la cual pone a disposición de los grupos teatrales turolenses un espacio emblemático de nuestra ciudad, para que puedan poner en escena su arte y con su trabajo recaudar fondos con los que iniciar o mantener sus producciones, al tiempo que se ofrece a los ciudadanos espectáculos de calidad hechos por nuestros propios paisanos. Imaginación y risas son dos buenos antídotos contra la crisis. Que siga el espectáculo.
Crítica publicada en DIARIO DE TERUEL

domingo, 13 de noviembre de 2011

NATIVIDAD ZARO CASANOVA (IV): EL GUIÓN DE "SURCOS".

                                                A Félix Romeo, in memoriam.

            Surcos

            En 1951, José Antonio Nieves Conde realizó Surcos, película que, según rezan los títulos de crédito, estaba basada en un argumento de Eugenio Montes y cuya adaptación y diálogos corrieron a cargo de Natividad Zaro y de Gonzalo Torrente Ballester; sin embargo, según declaraciones del propio Nieves Conde, "el guión era una cosita muy cortita de Natividad Zaro. En realidad, era un tratamiento de catorce o quince hojas que me trajo Felipe Gerely, director de producción, que era novio de Dina Stein, que había trabajado en Balarrasa. Lo de Natividad era muy arnichesco, así que le dije que había que desarrollarlo y ella me propuso que desarrolláramos juntos el guión. Y no sé por qué, pero respondí que necesitaba absoluta libertad para ampliar aquellas páginas y para elegir a mi guionista. Me preguntó en quién pensaba, y yo, sin dudarlo, contesté que sería Torrente Ballester. Como era muy amigo de ella y de Eugenio Montes, dijo que si era Gonzalo, no había nada que decir. Y Torrente Ballester y yo hicimos todo el guión, en el que ella apenas intervino, aunque figuraba en los títulos; como Eugenio Montes, que lo único que hizo fue el titulito que escribió y que se puso al final del rodaje". En esa misma entrevista, Nieves Conde insistía en esta idea e incluso la matizaba un poco más: "Los diálogos estaban muy bien escritos y eso es mérito total de Torrente Ballester. Yo hice algunas observaciones, pero el auténtico creador de los diálogos, como del guión, fue Gonzalo... A los dos nos gustaba ese mundo, lo entendíamos. La manera de hablar de los personajes, la peripecia, el ambiente, eran cosas que teníamos en la cabeza. No el arnichismo que habíamos recibido de Natividad Zaro, sino precisamente aquel realismo de antes de la guerra, que permaneció a lo largo de ella y que llegó prácticamente hasta los años cincuenta (...) Lo que pasó es que nos reunimos dos señores a escribir un guión -ya digo que lo de Natividad era más arnichesco que otra cosa- e hicimos una creación de tipos, de lenguaje, de ambientes, que esencialmente fueron creación de Torrente Ballester."
            Por su parte, Natividad Zaro, en una entrevista titulada significativamente “Justificación y defensa del realismo en el cine”, concedida a Castán Palomar y publicada en Primer Plano el 25 de noviembre del 51, en plena polémica suscitada por la declaración de Surcos como de “interés nacional”[1], demuestra un conocimiento profundo de las pretensiones de la película y, de alguna manera, contraviene las excluyentes afirmaciones de Nieves Conde, al defender que el cine tiene que ser crónica de su tiempo más que historia y folclore e, incluso, ante la pregunta de si fue suya la idea de Surcos, responder de la siguiente manera: ”Sí. En cierta ocasión, Eugenio Montes me había sugerido la conveniencia de llevar a la pantalla asuntos palpitantes. Creo que el de esta película lo es. Pero también creo que, en parte, choca contra la clase de cine que es habitual aquí. Ello determina que haya opiniones adversas, por pocas que sean, éstas parecen más afectas a un cine nada realista; pero cuando se habla de moralidad, pienso que ésta no debe ser confundida con la ñoñez...” Como se puede comprobar, Natividad Zaro conocía perfectamente la auténtica dimensión del filme y no se sintió, a tenor de sus declaraciones, en absoluto traicionada con el desarrollo del guión, de hecho, ella no ve en la película un desmesurado afán de realismo, sino que juzga que han reflejado la realidad tal cual es al afirmar que “en España, donde la vida marcha al compás de los tiempos, hay una tendencia, lo mismo en lo cinematográfico que en lo teatral, a no dar esa sensación. El cine y la escena falsean frecuentemente la verdad del ritmo en que está la vida y producen sólo plácidos pasatiempos, como si no pretendieran más que hacer cómodas y amables las digestiones (...) Cuando nos hemos internado, durante el rodaje de la película en barrios donde abundan fondos sociales ácidos y turbios, nos hemos encontrado con que respondían exactamente a la intención de esta cinta, y hasta que había casos bastante más crudos y desoladores que los que figuran en ellas...”
            Sea como fuere, Natividad Zaro tuvo que ver con la gestación de la película, no sólo en lo literario, sino también en lo financiero, pues fue producida por Atenea Films, S.L, productora de la que ella era la presidenta, lo que confirma que, participara más o menos en la confección del guión, creyó en sus posibilidades, tanto artísticas -figura en los títulos de crédito-, como económicas -produce la película-. Si en lo primero acertó -Surcos marcó un hito en el cine español y es comparable a las mejores películas neorrealistas-, en lo segundo se equivocó, pues resultó un fracaso económico.
            La película tendrá, si se quiere, una última lectura conservadora (no hay que olvidar que desde Nieves Conde, pasando por Torrente Ballester, Eugenio Montes y la propia Natividad, todos fueron reconocidos falangistas, aunque seguramente disconformes con la política social del franquismo), pero de lo que no cabe duda es que su crítica social -emigración, mercado negro, estraperlo, escasez de vivienda, paro y prostitución- resultó excesivamente dura para su tiempo y molestó a los sectores más reaccionarios del momento, desencadenando una agria polémica político cultural que se saldó con la dimisión de García Escudero y un mayor, si cabe, celo censor. Desde ese instante, los cineastas se vieron obligados a limitar de forma importante el alcance social y político de sus proyectos cinematográficos.
 Natividad Zaro no fue una excepción y su carrera como escritora parece dar un nuevo giro que la llevó a abandonar cualquier pretensión inicial de profundidad intelectual o compromiso social, para irse diluyendo en películas eminentemente comerciales, cuyo único fin fue el de entretener y ganar dinero.


[1] La defensa que de ella hizo el recién nombrado Director General de Cinematografía, García Escudero, frente a la grandilocuente Alba de América, de Juan de Orduña, terminaría costándole el puesto.

domingo, 6 de noviembre de 2011

NATIVIDAD ZARO CASANOVA (III): UNA MUJER EN EL CINE FRANQUISTA.

           A Félix Romeo, in memoriam.
 Al concluir la guerra civil, el cine español, tras un período de desorientación y de inoperancia productiva -como también ocurriera en todas las demás artes-, fue puesto al servicio del Régimen y comenzó su trayectoria con una serie de películas de guerra en las que se narra la historia reciente de España desde la óptica de los vencedores, para poco después derivar hacia un cine histórico que intentaba reconstruir subjetivamente los períodos de exaltación patriótica y religiosa más destacados de nuestra historia y, sobre todo, el grueso de la producción se decantó por las películas de corte folclórico y costumbrista. Sólo hacia mediados de la década se produjeron tímidas tentativas filmográficas con pretensiones más cosmopolitas e innovadoras, es el caso, entre otros, del cine de Neville, Serrano de Osma y Ladislao Vajda. Este último realizador había colaborado con Natividad en la puesta en escena de su obra teatral y en 1947 la llevó al cine con guión adaptado por la propia autora, su compañero sentimental, el poeta y académico Eugenio Montes, y Alfredo Echegaray. A decir de la crítica de la época, Tres espejos es un interesante thriller policíaco en el que se nos narra cómo un financiero se ve obligado a matar en defensa propia a un delincuente y, asustado, cambia su documentación con la de la víctima desencadenando así una historia de intriga y pasión. Os dejo una muestra de la versión portuguesa de la película:

            En 1948, un guión de nuestra actriz-escritora fue merecedor del primer premio de guiones de la Junta del Sindicato Cinematográfico, se titulaba Europa (escrito en colaboración con Manuel Suárez Campo y basado en un cuento de Tomás Salvador) y como recordará algunos años más tarde, “no se estrenó nunca; no se rodó nunca […] Las productoras no se atrevían: su presupuesto era demasiado elevado. El tema de la película era la encrucijada en que se encontraba Europa en la vigilia de la segunda guerra mundial; había que rodarla en Francia, en Alemania… Y con franceses y con alemanes, desde luego. Se pensó en una coproducción, y entonces sucedió algo bastante irónico. Los productores alemanes que se interesaron por la película, después de leer el guión se retiraron, porque consideraban que los franceses estaban tratados con favor, y que eran ‘demasiado humanos’. Nos volvimos hacia los franceses y la respuesta fue la misma sólo que al revés: según ellos, el guión favorecía a los alemanes.”
            Sobre la concesión de este premio y el machismo imperante en la época, relata la siguiente sabrosa anécdota que no nos resistimos a transcribir: “Cuando me dieron el premio el presidente del jurado lo anunció con estas palabras: ‘Por unanimidad se otorga el primer premio al guión Europa, en el que se puede admirar la pluma de un gran escritor al que todos admiramos.’. Aludía, naturalmente, a Eugenio Montes. Cuando me lo contaron, respondí: ‘No sabía yo que escribiera tan bien.’ Porque la realidad es que Eugenio ni siquiera lo había leído…”
            De nuevo, en 1949, Vajda llevó a la pantalla con el título de Sin uniforme un argumento basado en una obra teatral inédita de Natividad Zaro, la titulada También la guerra es dulce (ganadora de un accésit en el Premio de Teatro Lara en el año 47), convertida en guión por ella y Andrés Laszlo. Para Fernando Méndez Leite, Sin uniforme alcanzó un cierto éxito "por su bien ideada trama, su corte moderno y dinámico y la gran riqueza de elementos técnicos con la que fue rodada íntegramente en Marruecos. Desde el primer momento, acapara el interés del espectador gracias a una trama subyugante de amor, espionaje y aventuras en un marco exótico y novelesco". En cierto modo y salvando las distancias, la película tiene muchos puntos en común con Casablanca (Michel Curtiz, 1942) -recordemos que Vajda había sido con anterioridad colaborador habitual de Curtiz-, pues narra las aventuras de un grupo de espías en el Tánger cosmopolita de la Segunda Guerra Mundial y como aquella se fundamenta en un sólido guión, una buena interpretación, una dirección minuciosa, unos preciosos decorados y una labor de fotografía de primera clase.
            Ese mismo año rodó Juan de Orduña Tempestad en el alma, basada en un argumento de nuestra escritora en colaboración con Luis García Ortega, que recreaba el tortuoso amor de un matrimonio asediado constantemente por los celos y unas personalidades desquiciadas.
            Un año más tarde, en 1950, Mariano Pombo dirigió Flor de lago, una comedia de anotaciones sentimentales en las que una joven pretende conseguir la herencia que le legara su madre y que su abuelo le niega, a cuyo argumento, original de Jesús Vasallo y R. Fernando, dan continuidad Suárez Caso y nuestra autora.