CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ
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viernes, 28 de marzo de 2014

ELOY FERNÁNDEZ CLEMENTE: DIEZ INSTANTÁNEAS (IX)

Tirar con bala


            Me ha resultado tremendamente original y acertada la comparación que realiza el profesor Carlos Forcadell sobre su compañero de trabajo y amigo con la figura de Braulio Foz (1791-1865), un ilustre “bajoaragonés de Fórnoles que fue catedrático y decano en nuestra Universidad, un primer historiador general de Aragón (Eloy habría sido el último), fundador de periódicos (El Eco de Aragón, 1838), escritor de miles de artículos sobre muy diversos temas, político liberal progresista siempre desavenido con sus propios partidos y gobiernos, ocasional candidato electoral por Teruel (1841), y que, en tiempos de transición política, siempre reivindicó con pasión la escala territorial aragonesa así para actuar en presente como para narrar en pasado […]”
            Si la trayectoria vital y profesional de Eloy guarda evidentes paralelismos con la de Braulio Foz, su personalidad responde de alguna manera a la de su mítico personaje de origen popular, Pedro Saputo, pues con él comparte su ansia de saber, su vitalidad y humanismo; como él conjuga talento y corazón puestos al servicio de la sociedad. Es, pues, un hombre de bien, un verdadero sabio que no espera premios ni favores, sí ingratitudes y reveses, siempre íntegro y al servicio de la comunidad, sus críticas y consejos persiguen fines utilitarios –mejorar al hombre-, es decir, su ética es, sobre todo, social. Como dice Foz en su novela: “… sólo puede ser verdadera y constantemente libre, el hombre justo y animoso, el hombre de bien y sereno, el hombre de conciencia clara y pura que nada teme, sobre todo si se contenta con su suerte, y no le trae inquieto y desvelado la ambición, la codicia u otra pasión lanzada a sus viciosos términos.”
En este sentido, voy a reproducir dos simpáticas anécdotas presentes en las Memorias de Eloy, que tienen como protagonista a Manuel Fraga, de alguna forma el responsable último de muchas de sus tribulaciones -primero de aquel expediente consecuencia de la ya comentada polémica carta a Le Monde; después, de los numerosos problemas sufridos como director de Andalán derivados de su célebre Ley de Prensa-, y que en cierto modo dan cuenta de su bonhomía y  fino sentido del humor. La primera tuvo lugar un año después de su encarcelamiento, durante su estancia vacacional en el pueblo gallego de su mujer, Cariño, cuando un vecino y amigo, aprovechando la presencia del entonces vicepresidente segundo del Gobierno, se lo presentó dando lugar a la siguiente conversación:
“-Don Manuel, no sé si se conocen con Eloy Fernández…
-Hombre, ¿qué tal va Andalán?
-Pues… vamos tirando –dije desconcertado por esa buena memoria, aunque la cabecera hubiera ganado justa fama combativa.
-Ya sé, ya sé: con bala –dijo divertidísimo de ponerme en aquel trance, y con gesto amistoso, sin embargo. En ese momento se acercó al grupo mi hija Elena, de seis años, sudorosa tras corretear por el campo, pidiendo agua. Fraga, ni corto ni perezoso, pidió un vaso de agua a una señora cercana, se lo dio a nuestra hija, y ahí quedó todo. ¡Hasta unos días después, en que Luis me hizo llegar de parte de Fraga una fotografía que recogía la escena!”
       La segunda, no menos divertida, ocurrió algunos meses más tarde, se produce en una conversación con el líder socialista catalán, Joan Reventós, durante una comida de coordinación para formar la Federación de Partidos Socialistas:
“-¿Sabéis, supongo, que tenemos muy buenos contactos con Fraga?
            Yo me quedé mudo un momento, totalmente descolocado, pensando con gran susto en lo raro que resultaba que se llevaran bien con el político gallego; menos mal que por una vez no metí la pata y me limité al ilativo:
-Ah, ¿sí?... –No sé si se percató, o pensó que era despiste mío, en todo caso añadió:
-Sí, los del Cinca son gente estupenda. Como la mayoría son de militancia cristiana progresista, han entablado buenas amistades con muchos de los nuestros.”
Resulta evidente que en estas menciones no hay rencor, sí mucho sentido del humor. Su actitud es la de un miles christianus capaz de perdonar. Como dijera el propio Foz de su personaje, “recibió algunas ofensas, y no vengó ninguna, dándole siempre venganza a su tiempo los mismos que le ofendieron, porque su virtud y la estimación pública, y sobre todo su generosidad confundían muy pronto a sus enemigos.”

Menos original resulta decir que Eloy es costista, de hecho, tampoco es exagerado ver en él, como hace su paisano y amigo, Ángel Alcalá, ”la continuación personificada de Costa […]” Resulta lógico que quien ha dedicado tantas horas y esfuerzos al estudio de su obra y persona (le dedicó su tesis de licenciatura y ha publicado hasta la fecha un total de siete libros, una veintena de artículos, varios prólogos, introducciones, etc.) acabe de alguna manera secuestrado por el personaje y asuma sus postulados básicos cifrados en su lema por excelencia, “despensa y escuela”, transformado por Eloy en “escuela y prensa”, pues, a nuestro juicio, por encima de la economía, en él prima sobre todo y ante todo la investigación, la docencia y la divulgación cultural, sin importarle el medio: aula, libro, prensa, radio, televisión, cine, Internet.

domingo, 6 de octubre de 2013

DICHOS, REFRANES, ADAGIOS Y PROVERBIOS EN LA "VIDA DE PEDRO SAPUTO"

El artículo siguiente fue publicado en el Boletín del Centro de Estudios Bajoaragoneses (Monográfico sobre antropología del Bajo Aragón), Alcañiz, 1992.











sábado, 21 de septiembre de 2013

PEDRO SAPUTO Y LAS MONJAS

   En esta entrada cuelgo el artículo titulado "Consideraciones sobre

un episodio de La vida de Pedro Saputo: su estancia en el 

convento",  Studium (filología), 4, Teruel, 1988, pp.149-157.




DIBUJO DE DAVID VIÑUALES
PARA SU EDICIÓN DE LA NOVELA







viernes, 13 de septiembre de 2013

LA FILOSOFÍA DEL HÉROE EN "LA VIDA DE PEDRO SAPUTO"

 



La filosofía estoica, o mejor aún, el neo-estoicismo propio del siglo XVI (combinación del estoicismo clásico fatalista y el dogma cristiano), un tanto atemperado por el gusto por lo terrenal -afán de dinero, fama, etc.) animan el espíritu del protagonista y probablemente el de su autor. El elogio del Manual de Epicteto y la conducta de Pedro Saputo así parecen confirmarlo.
Conforme a los dictados del estoicismo renacentista, Pedro Saputo cree en la inmutabilidad del carácter individual, "porque yo conozco que el que es malo de hombre hecho lo hubo de ser de niño, sino que no sabía ni podía ejecutar la maldad, pero lo que es mala inclinación ya la tenía en el alma". 
   Los caracteres personales dependen directamente de la naturaleza originaria de cada ser, son inmutables, permaneciendo siempre en consonancia con la naturaleza que les corresponde. Las máximas con las que se concluye la novela, atribuidas a Pedro Saputo, dan fe del seguimiento de esta doctrina: "-La pereza en los jóvenes, la desautoridad en los viejos, la vanidad en las feas, y casar hombre pequeño con mujer alta, decía que son cuatro pecados iguales contra natura...
-Decía que había cuatro cosas que le ponían a punto de alferecía: mesa pequeña, cama corta, mula pesada y navaja sin filo. Cuatro que le regaban el alma de risa: una vieja con flores, un marido gurrumino, un predicador de mal ejemplo, y un fraile o clérigo haciendo la rueda a una dama..."
   La actitud del protagonista ante los problemas y reveses de la vida es la de una serena intelección; si todo acontece como debe acontecer, conforme a su naturaleza, al filósofo no le queda más que su razón par entender y soportar todo cuanto venga sobre él.
   Nuestro héroe manifiesta una clara conciencia de que el saber no es mero deleite y pasatiempo, sino un elemento activo al servicio de la comunidad, mediante el cual realiza una crítica social constructiva, así como una crítica religiosa que no atenta contra creencias fundamentales, sino contra lo que es obra humana y va contra "natura", todo ello unido a su "nobleza" de alma y patriotismo, nos sitúa su moral en un humanismo renacentista propio de la formación clásica de su autor que, muchas veces, se decanta ideológicamente, por la prepotencia de su inteligencia y por las coordenadas espacio-temporales en las que vive Braulio Foz, hacia un despotismo ilustrado un tanto tardío que exige soluciones inmediatas para los problemas reales de su tierra y de su época.

sábado, 7 de septiembre de 2013

ETAPAS DE LA ESTRUCTURA MÍTICA DE LA AVENTURA DE PEDRO SAPUTO

 
 Si en el libro I se presentan los componentes básicos que conforman la figura de Pedro Saputo como héroe, en el Libro II se crea la estructura mítica de su vida. 
   Formado el héroe como tal, llega un momento en su vida que debe abandonar su tierra y desenvolverse en un contexto social nuevo en el que surgen peligros y dificultades. Pedro Saputo, siguiendo esta norma, descubre que el sentido de su existencia no se satisface en su lugar de origen, debe partir y enfrentarse a la vida por sí mismo, para de esta forma, a su regreso, volver convertido en todo un hombre, en un hombre de leyenda.
   Este primer viaje supone un rito iniciático que configura la primera etapa de la estructura mítica de la aventura del héroe. Especial importancia tiene el viaje en la segunda etapa, a cuya conclusión el héroe regresa a su lugar inicial con unos conocimientos y una sabiduría superior que pone al servicio de sus semejantes.
   En la última etapa se produce el "deseado regreso", el héroe después de vivir las pruebas, regresa maduro y enriquecido a su mundo, intentando integrarse, pero no lo consigue. Pedro Saputo acepta tomar estado y fijar su forma de vida, para finalmene desaparecer.
   El título del primer capítulo, "De como Pedro Saputo salió a correr mundo", nos anticipa la primera etapa, es su primera salida. Este viaje comporta la necesidad del protagonista de "desligarse de los lazos familiares o del grupo social al que pertenece para poder descubrir su vocación o proporcionarse un sistema de valores propio", palabras de Juan Villegas corroboradas por nuestro personaje: "-Madre mía, respondió él: los hijos son el consuelo de sus padres no estando siempre atados de su pierna, sino honrados, ganando honestamente la vida, no dándole pesadumbres, queriéndolos mucho, y asistiéndolos  y cuidándolos cuando lo necesitan." La "llamada" en la novela es el ansia de saber del protagonista; a Pedro Saputole mueve el ansia de saber, quiere romper con la vida monótona, rutinaria y tradicional que le rodea, en un intento de alcanzar su libertad, aso sí, dentro de los cauces que le permite su  "nobleza de espíritu", su "hombría de bien", un mundo nuevo.
   En el libro II se producen numerosos encuentros, en cada uno de ellos Pedro Saputo va adquiriendo experiencias a la vez que se nos manifiesta la crítica social que la ideología de Braulio Foz impone a los mismos: las irracionales soluciones religiosas a problemas de este mundo; el excesivo apego a la tradición que no permite el progreso; las vocaciones forzadas; la superchería de las gentes, etc.
   Uno de los mayores aciertos de la obra es el final, la desaparición inexplicada del protagonista. Foz, conocedor de que gracias al mito y al folklore ha forjado un personaje superior y distinto del respto de los mortales, comprendió que la muerte no podía arrebatar el ser de Pedro Saputo, por lo que decidió dejar en suspenso su final: se busca, se averigua, se conjetura sobre su paradero, todo es inútil, nada concreto se sabe, una aureola de misterio envuelve su desaparición. El mundo del mito hace de nuevo su aparición en la novela: Pedro Saputo, como tantos otros personajes del mundo de la mitología (el rey Arturo), de la Biblia (Moises, Elías o el propio Jesucristo), de la literatura, etc., desaparece y en cualquier momento puede regresar. Estamos ante el motivo A580 del Motif-Index de Thompson: "Esperando el regreso de los héroes culturales"
   Foz completa esta mítica del regreso con una falsa "vuelta de...". Como leemos en el Evangelio de San Mateo (XXIV, 92): "Aparecerán falsos Cristos y falsos profetas, y harán alarde de grandes maravillas y prodigios". De igual forma, en nuestra novela, un impostor intenta apropiarse del famoso nombre de Pedro Saputo, pero como ocurre con la figura de don Quijote (II, LIX), es descubierto como un impostor. La figura de nuestro protagonista es recordada por el pueblo y, pese al paso del tiempo, saben descubrir la impostura, defendiendo impóluta la imagen de su héroe.


domingo, 1 de septiembre de 2013

PEDRO SAPUTO, HÉROE: NOBLEZA DE ALMA Y HERMOSURA

 

        En la Antiguedad, la hermosura, junto con otras cualidades, nobleza, vigor, riqueza, se consideraban dones de la Naturaleza, que tenía la misión de crear lugares bellos y hombres hermosos. Este tópico retórico de "la Naturazleza creadora de hombres hermosos" también se halla presente en nuestra novela. El físico de Pedro Saputo, su porte, su expresión, cautivan y evidencian la nobleza de sus orígenes: "Como era muy bien hablado, que esto así como otras muchas cosas de él se lo sacó del vientre de su madre, igualmente un rostro hermosísimo, ojos acuosos, mirada expresiva y profunda, y un aire gracioso y noble, todos tenían puestos los ojos en él, y él robado el corazón a todos, que parecía encantamiento."
   Por su hermosura se le compara constantemente con un ángel: "Tan galano estaba, tanta era su hermosura... que ni Geminita era Geminita, sino el ángel del amor" "Su apacibilidad, su juventud, su hermosísimo rostro... ¿Qué le faltaba a este mozo para ser un ángel?" 
   Nuestro héroe cautiva y enamora mujeres con extrema facilidad, pero no es su belleza la causa de tal prodigio, es algo situado más allá de lo meramente físico, es una especie de magia o encanto. Todas las mujeres que tratan con él, lo aman desde el primer momento, su amor perdura a lo largo de su vida, es imperecedero, aun a sabiendas de que nunca serán correspondidas como ellas quisieran.
   Pedro Saputo tiene el tópico de la "nobleza de alma" o "nobleza de espíritu", tan abundante en los clásicos y luego en la literatura medieval. En nuestra novela es algo más que un tópico, es toda una filosofía que anima e impregna de contenido no sólo al protagonista principal, sino a toda la obra. Se trata de una actitud filosófica muy próxima a la idea moral del humanismo, por la que la dignidad humana se basa en "la virtud racionalmente autónoma, independiente de fama, casta y linaje", en palabras de Américo Castro, relativas al humanismo de Cervantes, "cada uno es hijo de sus obras", y que se encuentran recogidas en el siguiente texto de nuestra novela: "Para nada, pues, necesitaba a su padre ni de su apellido... parece que la suerte quiso mostrar en él que los hombres que nacen de su cuenta no deben procurar ser hijos sino de sí mismos, de su aplicación y de sus obras"
   El siglo XVIII hereda este ideal humano y lo recrea en la figura del "hombre de bien", dibujada en su perfil general por nuestro autor en un párrafo tan significativo como este: "... sólo puede ser verdadera y constantemente libre, el hombre justo y animoso, el hombre de bien y sereno, el hombre de conciencia clara y pura que nada teme, sobre todo si se contenta con su suerte, y no le trae inquieto y desvelado la ambición, la codicia u otra pasión lanzada a sus viciosos términos"
   Foz intenta plasmar mediante su protagonista no un filósofo reflexivo, sino un hombre de acción y de progeso; su héroe no sólo conjuga talento y corazón, va más allá, los pone al servicio de la sociedad y trasciende el concepto de filósofo que goza de esas virtudes viviendo en el retiro y la soledad, para pasar a convertirse, al ponerlas a disposición de la comunidad, en un auténtico "hombre de bien".
   Pese a la sarta de aventuras que le ocurren al personaje y de la utilización de disfraces: sastre, médico, estudiante, monja, etc., este no pierde en ningún momento su identidad, su talla moral, sus virtudes permanecen imprimiendo a sus actos un sello personal, inconfundible, tarde o temprano revelará la identidad y la categoría humana de su creador.
   En los dos últimos capítulos, se resume el carácter del héroe desaparecido, y mediante una serie de aforismos se intenta compendiar la esencia de las críticas más importantes expuestas a lo largo de la obra. De Pedro Saputo se dice que "no hubo hombre en su tiempo ni después se ha conocido que le igualase en agudeza, en talento, en discreción", siendo su verdadera gloria y ciencia la virtud y la bondad de sus acciones: "recibió algunas ofensas, y no vengó ninguna, dándole siempre venganza a su tiempo los mismos que le ofendieron, porque su virtud y la estimación pública, y sobre todo su generosidad, confundían muy pronto a sus amigos" Texto que nos recuerda el miles christianus presente en el Demócrates de Fray Francisco de Vitoria.
   La familia -especialmente el amor hacia su madre- "vos me cuidáis y yo crezco y me hago hombre para daros honra y ampararos y manteneros", "los hijos son el consuelo de sus padres", "Porque os hago saber que en mi corazón hay dos grandes amores, el de mi buena madre y el vuestro..."; la amistad (en el convento y en la tuna), y el servicio a la comunidad y a la patria constituyen sus máximas aspiraciones, "porque si felicidad hay en este mundo, es la conciencia de los beneficios que se hacen"; supera lo personal y no es suficiente para él cumplir sus propios deberes, sino que debe ponerse al servicio de los demás (el libro tercero es una buena prueba de lo expuesto).
   Pedro Saputo desaparece, pero queda su fama como estímulo perenne de una vida ejemplar que debe servir de modelo para todos aquellos que quieren vivir conforme a la virtud y a la "hombría de bien".
   Posee atributos superiores al resto de los nacidos, constantemente se nos recuerda esta supremacía, sin embargo, sus acciones son siempre moderadas, configurando un carácter, una personalidad atemperada que en todo momento logra una perfecta convivencia con el resto de personajes.

miércoles, 21 de agosto de 2013

PEDRO SAPUTO, HÉROE: FORTITUDO Y SAPIENCIA

   
Como consecuencia lógica de su nacimiento sobrenatural, el ser engendrado es superior al resto de los mortales; el autor así lo confiesa: "Si hubiera sido como yo o como tú, y perdona mi franqueza, nada de esto se escribiría, porque nada hubiera sucedido"
   Pedro Saputo posee una serie de cualidades que lo convierten en un ser superior, en un prototipo de héroe. Ya de bebé demuestra tener una intuición especial para distinguir entre el bien y el mal, entre personas buenas y malas. A los pocos años adquiere una fuerza extraordinaria, explicada como resultado del ejercicio continuado de sus músculos, pero eso sí, sus logros son infinitamente superiores a los de cualquier ser normal. De igual forma, como si de un nuevo Ificlo se tratara, era "tan ligero y sereno, que con la mayor facilidad se subía a los tejados y salía y se ponía derecho en el alero", hasta el punto de que "no estampaba la huella en el polvo del camino, como si fuese por el aire o volase con su pensamiento..."
   Desde su más tierna infancia demuestra una capacidad de observación y una inteligencia fuera de lo común, con ella forja un sistema personal de autoeducación, aprende y se perfecciona en oficios con rapidez sorprendente, resuelve problemas, adquiere nombre y fortuna, etc., en poco tiempo. Destaca y consigue fama y dinero por su perfección en áreas tan difíciles como la pintura y la música.
   Los heroicos caracteres, fortitudo y sapientia, frecuentes en la literatura ya desde Virgilio, y que pasan al Renacimiento adoptando la forma de tratados sobre ideales cortesanos -Castiglione-, se conjugan en la figura de Pedro Saputo; ideales que, en gran medida, cumple gracias a su educación de hombre de letras.

miércoles, 14 de agosto de 2013

PEDRO SAPUTO, PERSONAJE FOLKLÓRICO.

Pedro Saputo es un personaje popular fuertemente enraizado en el folklore altoaragonés del que se sabe muy poco con anterioridad a nuestra novela.
La primera noticia que conocemos sobre su figura la encontramos en un artículo de Federico Balaguer, "Una mención de Pedro Saputo en 1621", publicado en el Heraldo de Aragón (14-VII-74):

"Una noticia inédita, correspondiente al año 1621, parece probar que Pedro Saputo no era considerado tradicionalmente como un paradigma de sabiduría natural. Efectivamente, en este año, el Consejo oscense había acordado vender la leña procedente de uno de sus montes comunales, el carrascal de Pebredo, precisamente el mismo que cita Foz en su novela al referir la primera salida de Pedro Saputo. El acuerdo fue muy discutido, distinguiendose por lo acerbo de sus críticas el canónigo Juan de Molino, maestrescuela de la Universidad. Durante la procesión del mes de septiembre a Santa María de Salas, el doctor Molino no tuvo reparo en condenar la venta 'haciendo tanta mofa d'ella como si hubiera hecho algún notable yerro' y exasperado por la defensa que del Concejo hicieron ciudadanos que iban también en procesión, atacó la decisión de ayudar a la fundación de un colegio de bernardos y 'con palabras de terrible desacato le fue condenando todo, diciendo entre otras cosas que no se hiciera en Chibluco ni lo hiciera Perico de los Palotes ni Pedro Saputo, con palabras tan descompuestas y descomedidas que no son para referirse'" 

Dentro de esta línea, en la que Pedro Saputo no es precisamente un modelo de sabiduría, se encuentra la mención del Maestro Correas en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627): "El sabio de Almudévar. Pedro Zaputo. Dicho por ironía de un necio".
Por su parte, Jerónimo Borao en su Diccionario de voces aragonesas (1908), también recoge una referencia a nuestro personaje: "... viejo como las bragas de fr. Pedro, sabido como el chiste de Saputo...". Modismos reunidos en una poesía manuscrita por Lezaun y que se nos presenta en nota:"Las comedias que aquí se representan/ se hicieron en el año del diluvio:/ más viejas que las bragas de fray Pedro, más/ sabidas que el chiste de Saputo."
Pedro Saputo alcanzó tal grado de popularidad, que los naturales de la villa de Almudévar son conocidos como "saputos", derivación clara del nombre de nuestro héroe. A este respecto, en la novela de Ramón J. Sender, El oso malayo, se lee: "... los de Belmonte son latosos y los de Alquézar malas cabezas. Llaman saputos a los de Almudévar..."
Nos hallamos pues ante ese tipo de personaje dual, que se mueve entre la sabiduría y la ignorancia.Stith Thompon ya señalaba que es frecuente la tendencia popular a formar ciclos en cuanto las aventuras humorísticas se apropian de algún carácter, de forma que el mismo héroe puede ser celebrado por sus astucias, como por su total estupidez.
Seguramente, nuestro personaje fue sumando a lo largo de la tradición toda una serie de elementos heterogéneos que llegan a hacer de él un ser alternante: tonto-listo, listo-tonto. Fue el propio Foz quien dignificó la popular figura, transformando la simplicidad del primitivo Pedro Saputo en completa y total sabiduría. La forma cómo lo hace, sus mecanismos literarios para trascender lo folklórico, para elevar su figura y conformar un nuevo Saputo lo dejaremos para la próxima entrega: Pedro Saputo, héroe.

PEDRO SAPUTO, HÉROE MÍTICO: NACIMIENTO SOBRENATURAL

   

Foz toma a su protagonista del acervo popular y lo sitúa en un paisaje real y próximo al lector. Desde el comienzo de la obra va introduciendo una serie de elementos míticos que transforman tanto al protagonista como a su entorno, situando la acción bajo unas coordenadas temporales difusas, de manera que logra dar al relato una grandeza y una proyección simbólica que la materia en sí no tiene.
   Braulio Foz construye un arquetipo al que también, en numerosos casos, aplica narraciones arquetípicas, y con toda serie de elementos, folklore, mito y paisaje, logra una novela estructurada con pretensiones realistas, pero que es algo más; quizá sea ese realismo mágico con el que algunos estudiosos la han emparentado (Sergio Beser). Revitaliza al personaje devolviéndolo al folklore con energías renovadas, continuando el mecanismo acumulativo antes citado fuera ya de la obra, generando nuevas anécdotas e historias en las que él será, ya no tanto el zafio Pedro Saputo, sino el sabio, de esta manera el pueblo lo engrandecerá hasta convertirlo en un claro exponente de sabiduría, en un auténtico héroe mítico.
   Pedro Saputo es un héroe a medio camino entre el héroe clásico y el moderno, y el viaje se constituye en motivo central sobre el que se estructura la aventura del protagonista.
   Como todo héroe clásico, su nacimiento se localiza con precisión: "En la villa de Almudévar, tres leguas de la famosa ciudad de Huesca, en la carretera de Zaragoza, nació Pedro Saputo". Esta realidad externa concreta pronto comienza a difuminarse y a dar paso a la creación  mítica, acto seguido añade que nació de una virgen o doncella"; es decir, estamos ante la figura tipo de la virgen madre. Pedro Saputo nace sin padre conocido y en ningún momento se menciona la intervención física de hombre alguno, sólo se nos dice que "cuando menos se cataban en el lugar amaneció de seis meses...", y las preguntas de la gente sobre quién era el padre siempre recibían la misma respuesta: "por ahora mío y de Dios". Estamos ante una segunda figura-tipo, la del niño divino.
   Este nacimiento, socialmente irregular, no debe hacernos pensar en una posible filiación picaresca del héroe, todo lo contrario, con él se tenderá a un mayor encumbramiento de las gracias y méritos de la madre y de su hijo.
   Evidentemente Pedro Saputo tiene padre, y siguiendo los postulados de Lord Raglan para la conformación del héroe, "his father is a king", bueno, no tanto como un rey, es un caballero importante de Aragón.
   El nacimiento está rodeado de un halo de maravilla y misterio, logrados mediante la profecía de la gitana, profecía que no se olvida y que termina cumpliéndose. Momento a partir del cual se sucederán todas las desgracias: desaparece Pedro Saputo, muere Morfina, Juanita y también los padres; es el fin de la novela, la profecía se ha cumplido.

   Foz comienza a crear su épica, su universo mítico propio, esboza un nacimiento sobrenatural para su héroe y desde ese momento su presencia trastocará una realidad externa inmediata que confiere veracidad a lo narrado, la difuminará construyendo una realidad mágica y mítica: "Pusiéronle por nombre Pedro, y no se habló en mucos días de otra cosa en el lugar".

sábado, 10 de agosto de 2013

LA VIDA DE PEDRO SAPUTO Y EL FOLCLORE


   Con esta entrega iniciamos toda una serie dedicada a la novela, Vida de Pedro Saputo", del turolense de Fórnoles, Braulio Foz, centrada en analizar sus relaciones con el folklore y el tratamiento que el autor da a ese material popular.
   Aquí tan sólo vamos a presentar una breve semblanza de Braulio Foz (1791-1865), un ilustre “bajoaragonés de Fórnoles que llegó a ser catedrático y decano de la Universidad de Zaragoza y al que se le puede considerar como un primer historiador general de Aragón. Fundó varios periódicos, en especial El Eco de Aragón, (1838). del que en casi se puede considerar que en sus comienzos fue su único redactor, escritor de miles de artículos sobre muy diversos temas, político liberal progresista siempre desavenido con sus propios partidos y gobiernos, ocasional candidato electoral por Teruel (1841), y que, en tiempos de transición política, siempre reivindicó con pasión la escala territorial aragonesa.
   La vida de Pedro de Saputo se construye sobre hábiles y complicados desarrollos de toda una serie de géneros y modalidades: la novela cervantina, la picaresca, el relato folclórico; es decir, asienta sus cimientos en las letras de los siglos XVI y XVII, pero a pesar de todo, no logra escapar a las influencias de su tiempo y pretende ser también una amplificación del cuadro de costumbres.

            El libro primero se estructura sobre unos elementos propios del folktale y la personalidad del protagonista, Pedro Saputo personaje folclórico, se dignifica o mejor aún, se mitifica, por medio del uso de una serie de componentes básicos en la caracterización del héroe épico. De esta forma, y ya desde los primeros compases de la novela, Braulio Foz perfila a su personaje como educador de una sociedad atrasada. Dentro de este libro destaca la crítica a los sistemas pedagógicos vigentes.

            Con el libro segundo se introduce el patrón de la novela de viajes y aventuras. En esta parte se observa en la forma de novelar un cierto dominio del género picaresco: la motivación intelectual inicial que le lleva a viajar es sustituida por el miedo a la justicia. Los motivos narrativos en este libro tienen una filiación más literaria que popular. La lectura socio-económica de la secuencia “El labrador y sus hijos frente a Pedro Saputo” nos remite al problema del vino en Aragón, tema reiterativo en la novela y que siempre preocupó a Braulio Foz. Igual ocurre con la crítica de las vocaciones forzadas presente en “Pedro Saputo en el convento” y en otros capítulos de la obra.

            El libro tercero es una sucesión de cuentos tradicionales: “La balsa de la culada”, “La Justicia de Almudévar”, “La comisión de los tres higos”, “Del pleito al sol”. Sin duda es el que más elementos folclóricos contiene. Se compone de una serie de cuentos-chistes que ponen en evidencia la cerrazón de los paisanos de Pedro Saputo, quien se consolida en este libro como educador y maestro que lucha por el progreso y el bienestar de su tierra.
            En esta serie encadenada de cuentecillos se produce una fusión de criterios entre los del autor y el personaje de ficción, el ideario del primero es defendido por su personaje. Pedro Saputo se convierte de esta manera en una figura literaria ideologizada por el pensamiento de su creador.

            El libro cuarto se articula sobre tres puntales básicos: anagnórisis del padre, búsqueda de esposa y desaparición final. Es el más novelesco de todos y el que menos deudas tiene para con el folclore.
            Braulio Foz toma del folclore a su personaje y lo revitaliza devolviéndolo al mundo tradicional con una personalidad distinta, me atrevería a decir que opuesta a la inicial. El programa educativo propio de un ilustrado liberal fluye al exterior por medio de la figura de Pedro Saputo, su vida es un nuevo manual de elegancia moral -no creo sea demasiado atrevimiento enmarcarlo dentro de esa corriente literaria que tiene en El Cortesano de Castiglione su máximo exponente- Con ella se pretende formar a un perfecto hombre de estudio de conducta social inmejorable: aplicado y asombroso discípulo en primer lugar, maestro perfecto en seguida, y finalmente, perfecto ciudadano comprometido con su tierra.
            Desde una formación humanística, Braulio Foz construye una novela entretenida con la que pretende instruir, crear modelos de conducta. Su voluntad didáctica, suficientemente demostrada por el profesor Calvo Carilla, se decanta por un liberalismo que le obliga a proponer respuestas inmediatas a problemas reales de su tierra y de su época. Foz, en su obra dedicada a la Literatura Griega (Zaragoza, Roque Gallifa, 1849, p. 74), nos condensa en unas breves líneas su teoría literaria, en la que se demuestra de modo perfecto lo expuesto:
En cada época se ha dado por sentado generalmente que la función de la literatura seria consiste en producir ejemplos de verdades superiores, impartidas por una prosa expiatoria. La función social real de la literatura, en esta visión, consiste en persuadir a las emociones para que se alineen con la razón, y actúen así sobre el corazón, que acaso no signifique tanto la bomba del pecho como el cerebro primario.

            Este utilitarismo por el que clama Braulio Foz patentiza ese liberalismo progresista que dominó a nuestro autor a lo largo de toda su vida. Fue un soñador con espíritu de reforma.
            Su formación humanista explica la afición que demuestra hacia el elemento folclórico y popular. Sin embargo, respecto de este sustrato folclórico, debemos establecer que no es tan abundante ni tan nítido como algunos estudiosos de la novela sugieren. La materia literaria se impone en todo momento a la popular. Por otra parte, su distribución en la novela es muy desigual, localizándose su mayor parte en el tercer libro.


            Los cuentos folclóricos, chascarrillos, refranes, frases hechas, que asimila a su estilo, le sirven para envolver el didactismo de la novela. Son toques de sencillez juguetona con los que atrae y encanta al lector, para de esta forma, entre gracias y veras, exponer el fondo doctrinal que le mueve a escribir la novela, en un intento de ser comprendido y atendido por el pueblo.