Clemente Pamplona Blasco (1917-2001) compaginó todo en los medios de comunicación: el periodismo, la política, la escritura de guiones, el cine, la radio y la televisión. Fue fundador del diario Lucha, cronista de los viajes de Franco durante más de una década, director de la revista Teleradio, escribió diez guiones y dirigió media docena de películas, fue corresponsal en el extranjero y conductor de informativos de RTVE (medio para el que también trabajó como guionista y director de espacios dramáticos)
El trabajo de Clemente Pamplona en el cine tiene dos etapas claramente diferenciadas: una primera, como guionista, que arranca a principios de la década de los cincuenta y se prolonga hasta el año 57, y una segunda, como guionista-adaptador-realizador, que se inicia ese mismo año con la película Pasos hasta concluir en 1962 con La chica del gato y un total de seis películas en su haber como director.
Clemente Pamplona se formó para el cine como guionista de películas que se encuadran dentro del cine más tradicional y reaccionario al amparo de las ideas dominantes; sin embargo, como realizador presenta inquietudes inconformistas y un cierto afán renovador, por lo que entra en lucha con el viejo aparato profesional (dueño absoluto de los estudios y de la distribución) y con los mecanismos de control de la industria por parte del Estado (censura y crítica oficial).
Como guionista colaboró siempre en proyectos continuistas que van desde las películas de carácter épico-histórico (Agustina de Aragón, 1950), pasando por el cine seudo religioso y de cruzada (Cerca del cielo, 1951), el interesado cine de reconciliación nacional potenciado por el régimen (Dos caminos, 1953) o el anticomunista en su versión deportiva (Los ases buscan la paz, 1954) y una incursión en el melodrama costumbrista con fines comerciales (Pasión en el mar, 1956). Películas todas, en suma, situadas dentro del cine oficial promovido por el régimen que obtuvieron inmejorables calificaciones censorias, una populosa acogida por parte del público e importantes beneficios económicos.
Pese a lo expuesto, en su etapa como realizador, Clemente Pamplona arranca con una película que pretende una cierta voluntad de estilo, Pasos (1957), elegida para representar a España en el Festival de San Sebastián, que lo sitúa en lo que se podría llamar la disidencia cinematográfica, pero pronto se ve doblegado por las dificultades de una industria plagada de problemas, cortapisas, carencias y absolutamente domindada por los poderes del Estado, que convierten su carrera, como la de tantos otros, en efimera e irregular. Así probará fortuna en el cine comercial con películas como Farmacia de guardia (1958), de alguna maner un claro antecedente de la exitosa serie televisiva dirigida por Antonio Mercero, Don José, Pepe y Pepito (1959), su apuesta cinematográfica más comercial con intérpretes de renombre
Fotograma de Don José, Pepe yPepito
como Antonio Casal, Pepe Isbert o Manolo Morán, entre otros y (1962), una adaptación de la obra teatral homónima de Carlos Arniches con Gracita Morales como protagonista, que cosecharon rotundos fracasos, y con similares resultados buscó fórmulas más personales y comprometidas en filmes como Kilómetro 12 (1961) e Historia de un hombre (1961), con guión del Académico Lázaro Carreter, duramente castigada por la censura, por lo que se perdió en el olvido.
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Cuando Ella por fin movió, ya no me quedaban fuerzas para realizar la apertura durante tantos años meditada. Ante la contundencia de su juego, entregué la partida y, arrastrando los pies, sin fuerzas, la seguí manso como un cordero.
En el principio todo era Caos, de él surgieron Gea, la Tierra, y Urano, el Cielo. Ella para hogar de los hombres, él para morada de los dioses.
Urano, insaciable, envuelve todas las noches con sus brazos a Gea y procrea con ella incansable. Como la buena tierra es fértil, de su vientre nacen miles de criaturas.
Una noche, después de yacer juntos, él se dispone a afeitarse. Ella observa su obra y enamorada del cielo, lo mira extasiada. ¡Qué hermoso!, exclama arrobada, soñadora. Urano, sabedor del futuro que le espera, afila su navaja y no se lo piensa ni un segundo, sale al balcón exhalando bocanadas de humo y observa cómo una nube juguetona se dispone a cortar la luna -¡puto romanticismo!, piensa- y saja los ojos de su compañera, porque la ama hasta el extremo de no querer dejarla ver cómo a partir de ese momento devorará a sus hijos sin ninguna piedad. Su extraño sentimentalismo lo ha puesto en guardia: el romanticismo es un arma peligrosa, incitadora de rebeliones y anarquismos; el camino de regreso al Caos.
ANTES DE COMENZAR A LEER EL CUENTO, POR FAVOR, PULSE EN EL VIDEO Y COMIENCE A ESCUCHAR LA MÚSICA. GRACIAS Y QUE LO DISFRUTE. La soledad de aquel mundo es algo imposible de imaginar, la soledad de los dioses que miran a través del infinito y no hallan a nadie con quien compartir sus pensamientos.(Arthur Clarke)
El llano silencioso, la raya de Aragón, la noche en rededor. Más de dos mil hombres de a pie y doscientos de a caballo. Ellos, ni se sabe: agazapados, escondidos en los montes próximos, esperando sorprendernos.
Luna en cuarto menguante. El calambre del temor se intensifica con la espera y se concentra en los genitales, una inquietud alienta en nuestras nucas y nos pone en guardia. De pronto, la oscuridad se puebla de pequeñas luces, bajan endesorden por la montaña, en manada, espantadas, prendiendo y arrasándolo todo, haciendo la luz a su paso, creciendo hacia nosotros, como un torrente desbordado, como el latir de nuestra sangre, acompañado por un rumor a batán infatigable, como el pánico que nos habita. El ambiente huele a cuerno quemado, brea y miedo. Aparecen larguísimas sombras y con ellas siluetas de noche nos embisten con fuego en sus astas. El terror ciego serpentea, la bárbara mole rompe nuestras filas, hiere y mata sin tiento. Tras ella, los agarenos en tropel, aprovechando la confusión, nos atacan sin piedad al grito de Alá es grande.
Superado el desconcierto inicial, dispersos los toros, nuestras tropas se recomponen, cierran la brecha abierta y repelen con ardor guerrero, guiados por el apóstol Santiago, el cruel ataque infiel. Con el despuntar del alba la victoria es nuestra. En una muela próxima, se recorta en el contraluz del amanecer la magnífica figura de un toro perdido que brama indómito, sobre sus cuernos una resplandeciente luz blanca, como una colosal estrella olvidada por la noche, domina el llano.
Nuestro adalid interpreta los mugidos de la res como una llamada; una señal de los dioses que nos encomienda levantar en ese punto exacto los muros de una futura villa fronteriza. Nos dirigimos a ese lugar y encontramos un monolito en cuya cúspide se yergue un airoso toro de metal, de cuyo interior procede una, en principio, hipnótica vibración rítmica y monocorde: el creciente sonido de un tambor. Las vibraciones son cada vez más fuertes e intensas, pronto son acompañadas por haces de luz que recorren el suelo en oleadas de colores, cada vez más rápidas, acelerándose al ritmo sugestivo, tribal, atávico del tambor. Hipnotizados por completo, sólo podemos contemplar conmirada fija ymandíbulas colgantes aquel magnético despliegue de luminiscencia y sonido, hasta que la intensa luz que corona las astas del toro desaparece en el cielo en dirección al sol y reanudamos la tarea encomendada sin casi recordar y ni mucho menos entender el ritual acaecido.
Tras estudiar sus mentes, observar sus reacciones y valorar sus posibilidades, abandonamos la vertical del monolito y emprendemos de nuevo el viaje infinito. Alrededor de cien mil millones de estrellas giran en la espiral de esta pequeña galaxia y nos esperan. La atmósfera desvirtúa las imágenes de los objetos conforme nos alejamos y su nitidez disminuye con la distancia. Es un planeta azul, hermoso y lleno de vida, pero todavía es pronto para hablar de inteligencia. Atrás dejamos la columna coronada por su ilimitada pila de energía cósmica, con sus dos antenas puntiagudas en su frente; centinela infatigable, uno de los cientos de miles que hemos esparcido por todo el universo, vigilando aquellos lugares en los cuales late el pulso de la vida, faro que, através de todas las edades, esperará paciente el nacimiento de un mundo inteligente para certificarnos su existencia transmitiendo una señal inagotable que marque el camino hacia Nosotros.
CUENTO DE CUARTO MENGUANTE.
ESPIRAL DE VIOLENCIA
La editorial Anagrama recuperó En el remolino (2007), una novela corta escrita por el polifacético José Antonio Labordeta (Zaragoza, 1935) en los años setenta ypublicada con poca fortuna en el volumen de cuentos titulado Cada cual que aprenda su juego (Ediciones Júcar, 1974).
La historia de En el remolino, basada en un hecho real sucedido a principios de la guerra civil en la sierra de Albarracín, trata de una persecución implacable, una auténtica cacería del hombre en la que el herrero y el albañil de un pueblo serrano anónimo se echan al monte en un desesperado intento de salvar la vida cuando se enteran de que al alcalde lo han fusilado por razones ideológicas. Al mismo tiempo, Braulio, un prestamista al que todos deben dinero, hace lo propio tras matar a Severino, un faccioso reaccionario emborrachado de poder que pretendía, aprovechando lo confuso de los tiempos y la autoridad de su pistola, acabar con la vida del usurero para zanjar de esa forma sus deudas.
La narración arranca con un cinematográfico flash back en el que el fluir de la conciencia de Braulio comienza a construir el rompecabezas de una realidad fragmentaria que sólo al final de la novela se verá completado. De esta forma, Labordeta exige una constante participación por parte del lector, quien se ve forzado a tomar conciencia de los hechos por su propia cuenta, partiendo de datos procedentes de diversas perspectivas y expuestos por medio de una yuxtaposición de voces que corresponden a los distintos protagonistas de la novela, sencillos habitantes de unpacífico pueblo que, inmersos en la espiral de violenciadesencadenada en los prolegómenos de la guerra civil, dan rienda suelta a sus instintos más primitivos, a sus ambiciones, a sus deseos de venganza o de poder, a sus rencores cainitas; en suma, a un odio irracional e incontrolado, que les llevará a formar una partida de caza -auténtica jauría humana al mejor estilo Peckinpah-, para matar a sus propios vecinos como a conejos.
El título, En el remolino, lo toma José Antonio Labordeta de unos versos de La tierra baldía de T.S. Eliot con los que abre la novela y que, de algún modo, anticipan el drama de la descomposición de la existencia del hombre que se dispone a narrarnos. Tanto Eliot como Faulkner gravitan sobre la narración de Labordeta, pues como ellos utiliza magistralmente las técnicas del montaje sincrónico, de la acumulación simultanea de visiones y de la asociación de imágenes con la finalidad de transmitir las vivencias y sensaciones de sus personajes. La progresión de las diferentes perspectivas desde las cuales está construida su novela nos descubren cómo está tratada la tragedia de la inminente guerra civil –en principio como un lejano eco- y de la descomposición social que la precede, y a su vez cómo ese sentido trágico (…el aire venía preñado de presagios…”) adquiere diversas formas y se manifiesta en hechos diferentes para cada uno de los personajes.
Existe una clara voluntad por parte del autor de no explicitar el lugar donde transcurren los hechos (no se cita el nombre de ninguna localidad); sin embargo, el lector turolense se encuentra con un paisaje próximo y reconocible (“El barranco se fue abriendo hasta dar paso a un valle circular cubierto de pinares y montes enrojecidos, y masías pequeñas colgadas en las puntas de las lomas, como intentando deslizarse por ellas”, “Sigo, a través del ventanuco, viendo el pequeño cimborrio mudéjar… atravesando la estrecha calle que lleva hasta la plaza porticada de esta pequeña ciudad provinciana…”), que adquiere un valor simbólico importante y dota de coherencia temática a la narración, como ocurre en el western, donde la naturaleza interactúa con los personajes y se convierte en un personaje más. Sí,En el remolino tiene algo de western, tanto en el tratamiento del paisaje como en la orquestación de los tiroteos, la ralentización de las muertes o en la utilización de la codicia (importancia de la bolsa del usurero con el dinero y los pagarés) y la ambición de poder como desencadenantes de los enfrentamientos entre vecinos,etc.
José Antonio Labordeta presenta en su novela un retrato sórdido de una comunidad sometida a una destrucción interna, en verdadera descomposición y nos describe un mundo rural en absoluta crisis, en el que solo hay lugar para la violencia y la desesperanza, con valores que se desmoronan y habitado por personajes cobardes (los números de la guardia civil, el cura y el juez), violentos, ambiciosos y sin escrúpulos (Severino y Braulio), cuya moral se tambalea para derrumbarse hacia la nada (los casos más evidentes son los de Angelito, hermano de Severino, que debe vengar su muerte, aunque no la sienta, y Dolores, la hermana de Braulio, cuya muerte supone una auténtica liberación, aunque sea hacia la soledad y el abandono).
La novela tiene un tono trágico y pesimista, casi tremendista a lo Pascual Duarte –la estética de la violencia está presente en todas sus formas-, que no dejará indiferente a ningún lector, no solo por la virulencia de los hechos narrados, sino también por el uso del lenguaje -en ciertos momentosde fuerte hondura poética-, de las imágenes e, incluso, de los recursos estructurales, pero especialmente por el carácter universal y, por desgracia, tremendamente actual de la propia historia, susceptible de suceder en cualquier lugar y tiempo, como parece simbolizar ese aire de Luvina, recurrente a lo largo de toda la obra y presente también en su final abierto: “…y un aire desolado golpeó las paredes, los muros, las fachadas durante aquel verano y el otro. Y el otro. Y el siguiente…” Como decía Marañón, “la verdad jamás es monstruosa ni inmoral, aunque en ocasiones irrite la pituitaria y haga estornudar al quisquilloso fariseo”.
Mientras los rusos ponían en órbita a la perrita Laika en el Sputnik y los americanos creaban la NASA, los españoles soñaban con ahorrar las 65.000 ptas. que costaban los primeros modelos de SEAT 600. Mientras en Europa se firmaba el Tratado de Roma -nacía la Comunidad Económica Europea, CEE- y el Sínodo Vaticano elegía a Juan XXIII, el “papa bueno”, para regir los destinos de la Iglesia Católica y excomulgar a unFidel Castro que entraba victorioso en La Habana haciéndole un corte de mangas al mundo capitalista, en España comenzaban las primeras emisiones de TVE con la retransmisión de una misa, Juan Ramón Jiménez recibía el Premio Nóbel de Literatura y las importantes manifestaciones estudiantiles de Madrid se saldaban con graves incidentes que le costaban el puesto de Rector de la Universidad al turolense de Urrea de Gaen, Pedro Laín Entralgo. A pesar de todo, en lo intelectual, la década de los cincuenta se cierra de manera brillante conun nuevo Premio Nóbel, esta vez en Medicina, para Severo Ochoa, y en lo deportivo, el Madrid conseguía su segunda Copa de Europa y Federico Martín Bahamontes alimentaba el orgullo patrio al hacerle una higa a los francesesy regresar del Tour de Francia vestido de amarillo.
Mientras los cinéfilos se extasiaban ante la críptica simbología de El séptimo sello, de Bergman, admiraban la magnífica Centauros del desierto, de Ford, disfrutaban junto con el común de los mortales de El Puente sobre el río Kwai, de David Lean (ganadora de siete estatuillas en la ceremonia de los Oscar de 1957), y lloraban a Humphrey Bogart, que había dejado de fumar al acompañar aErich von Stroheim y Oliver Hardy (“El gordo”) en el viaje definitivo, en España, el éxito de Juan de Orduña con El último cuplé suponía el triunfo absoluto de Sara Montiel y del cine folclórico, que a partir de ese momento se adueñaría por completo de las pantallas del solar patrio plagándolas de cupletistas, violeteras y folclóricas de todo tipo, relegando a un segundo término las apuestas filmicas más comprometidas de Bardem o el tardío neorrealismo de Marco Ferreri, al tiempo que Berlanga, como todos los directores de cine del momento, disputaba a brazo partido con la censura para salvar los restos de su mutilada y muy tergiversada, Los jueves milagro, hasta el punto de que llevado por un alarde de irónica generosidad, propuso como guionista de la misma al censor dominico, padre Garau, con el que tantas horas había compartido ajustando la película a sus exigencias.
Por esas fechas, el aragonés José María Forqué realizaba la estupenda Amanecer en puerta oscura (ganadora del Oso de Plata en Berlín) y el turolense Clemente Pamplona dirigía con afanes europeístas su ópera prima, Pasos de angustia, seleccionada para representar a España en el Festival de San Sebastián. Por su parte, el guionista Jaime García Herranz conseguía que su guión, El ruiseñor de las cumbres, se rodara en su Mora de Rubielos natal, Rubielos de Mora y Alcalá de la Selva, con Joselito como rutilante estrella.
Unos años antes, Jaime García Herranz, junto con el a la sazón juez de Mora de Rubielos, José María Belloch Puig, habían escrito el guión cinematográfico titulado, “Cuando el pasado muere”, que no llegó a materializarse para la pantalla, pero que fue premiado por el Sindicato Nacional del Espectáculo. Por su parte, el juez escribe también en los años cincuenta su novela ambientada en Mora (donde nacería su hijo, Juan Alberto, actual alcalde de Zaragoza y ex ministro socialista), Prohibido vivir,publicada en Barcelona (La Gaya Ciencia, 1978).
A mediados de la década, José María Belloch se traslada a Teruel y compatibiliza el ejercicio de la magistratura con el de delegado de Asociaciones del Movimiento y el de profesor de Capacitación Sindical (con el tiempo esta asignatura pasó a denominarse Formación del Espíritu Nacional, FEN) durante los cursos 1959-60 y 60-61 del recién creado Taller Escuela Sindical de Santa Emerenciana. En 1955, convertido en dramaturgo ocasional, colabora juntoa Clemente Pamplona y Federico Muelas en la recreación de la tragedia turolense de los Amantes de Teruel, un drama en tres actos que se representó en la Plaza del Seminario con gran éxito los días 4, 5 y 6 de septiembre, como conmemoración del cuarto centenario del descubrimiento de las momias (Federico Muelas, Clemente Pamplona y José María Belloch, “Poema de los Amantes”, en Los Amantes de Teruel, Teruel, Instituto de Estudios Turolenses, 1958, pp. 113-168.) Quizá como consecuencia de esta recuperación de nuestra tradición, en 1958, el director británico Michael Powell realiza Luna de miel (Honey moon), con música de Mikis Theodorakis, inspirada en cierto modo en la leyenda de los Amantes, quien satisfecho con su trabajo compondría todo un ballet sobre el tema que tituló Les Amants de Teruel, que llevaría en 1962 al famoso director de escena Raymond Rouleau a hacer una película argumental de corte surrealista con ese mismo título, algunas de cuyas canciones popularizaría la mismísimaEdith Piaf al final de su carrera.
En 1956, José Mª Belloch escribirátambién el argumento y el guión, junto con Alberto F. Galar, de la película Torrepartida, dirigida por Pedro Lazaga y producida por el zaragozano Santos Alcocer. Un film de los llamados de “cruzada”, en el que se aborda, siguiendo la línea iniciada por Clemente Pamplona en el guión de la película Dos caminos (Arturo Ruiz-Castillo, 1953), la lucha contra el maquis, reconociéndose de esta manera la existencia de una resistencia armada contra el régimen; sin embargo, su mayor atractivo radica en el uso del entonces incipiente CinemaScope, con abundancia de planos muy largos con los que Pedro Lazaga capta la belleza de la ciudad de Albarracín y de su sierra donde se rodó, con intervención de muchos extras turolenses y música del por entonces todavía estudiante en Madrid, Antón García Abril, quien fue recomendado al director por el juez de Teruel y coguionista del film. En un primer momento, la propuesta no pareció agradar a Pedro Lazaga, pero, al fin y a la postre, no sólo aceptó, sino que continuó con una fecunda colaboración con el músico turolense que inició de esta forma una prolífica faceta como compositor de bandas sonoras para el cine que alcanzó casi los dos centenares de películas, tan sólo con este director la colaboración se prolongó durante veintidós años y se materializó en sesenta y ocho películas, algunas tan famosas como Ana dice sí, La fiel infantería, No le búsques tres pies, Los tramposos, Los económicamente débiles, La ciudad no es para mí, Sor Citroen, etc.
Con posterioridad, José María Belloch ejercería durante doce años como juez en la ciudad condal, para más tarde pasar a ser gobernador civil en Guipúzcoa y después de Barcelona (véase a este respecto: Dimite José María Belloch, Gobernador Civil de Barcelona.) Militó, aunque por breve tiempo en el partido Unió Democrática dé Catalunya, integrado en el Equipo Demócrata Cristiano del estado Español. Fue también el miembro catalán más destacado del grupo Tácito ( El grupo Tácito lo conformaron una serie de intelectuales que escribieron, publicaron y ejercieron una influencia decisiva desde los mejores diarios del país durante los últimos años del franquismo, desempeñando un papel relevante en la transición española)y promotor de su equivalente en Cataluña, cuyos artículos periodísticos aparecían con el seudónimo de Seny Nou.