Una de las escenas más recordadas de la historia del cine es la del comienzo de Un perro andaluz, a pesar del tiempo transcurrido y de lo burdo del montaje, los espectadores que se enfrentan a ella siguen estremeciéndose: funciona tan bien que mucha gente cierra los ojos y grita.
En el principio todo era Caos, de él surgieron Gea, la Tierra, y Urano, el Cielo. Ella para hogar de los hombres, él para morada de los dioses.
Urano, insaciable, envuelve todas las noches con sus brazos a Gea y procrea con ella incansable. Como la buena tierra es fértil, de su vientre nacen miles de criaturas.
Una noche, después de yacer juntos, él se dispone a afeitarse. Ella observa su obra y enamorada del cielo, lo mira extasiada. ¡Qué hermoso!, exclama arrobada, soñadora. Urano, sabedor del futuro que le espera, afila su navaja y no se lo piensa ni un segundo, sale al balcón exhalando bocanadas de humo y observa cómo una nube juguetona se dispone a cortar la luna -¡puto romanticismo!, piensa- y saja los ojos de su compañera, porque la ama hasta el extremo de no querer dejarla ver cómo a partir de ese momento devorará a sus hijos sin ninguna piedad. Su extraño sentimentalismo lo ha puesto en guardia: el romanticismo es un arma peligrosa, incitadora de rebeliones y anarquismos; el camino de regreso al Caos.