CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

sábado, 20 de junio de 2015

VIDEO PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE RELATOS, "FOTOGRAMAS. 14 CUENTOS DE CINE"





   El próximo día 25 de junio, jueves, a las 20 horas, en el Museo Provincial de Teruel, presentaremos mi libro de relatos, Fotogramas. 14 cuentos de cine. Estaré acompañado por el profesor Gonzalo Montón y por el editor Juan Ignacio Jiménez-Velasco, de Muñoz Moya Editores. Nos gustaría contar con vuestra presencia.
  Como se anticipa en el título, Fotogramas es una colección de 14 cuentos en cuya génesis creativa subyace de forma más o menos explícita un guiño a alguna película destacada de la Historia del Cine. De alguna manera, podríamos decir que se trata de un conjunto de relatos que conforman una historia personal del cine, de un homenaje al cine o, incluso, de un juego de cine, al que invito a sumarse al amable lector que lo desee, tratando de descubrir la relación de películas que de una u otra forma los inspiran. Aquí os dejo un pequeño montaje de vídeo -un pastiche fílmico- realizado por Miki Barrera que en cierto modo resume la pretensión del libro. Espero que os guste.


lunes, 15 de junio de 2015

RESEÑA DE "MUÑECOS DE HIELO" DE EVA FORTEA BÁGUENA

   INFANCIAS PERDIDAS

         Exceptuando las pinceladas descriptivas de Galdós y las de los noventayochistas, Baroja y Valle, que se ocuparon tangencialmente en algunas de sus obras de Teruel capital, la ciudad existe para la literatura únicamente como doloroso escenario en el que tuvo lugar la cruenta Batalla de la guerra incivil que lleva su nombre. Son más de treinta las obras que, de una u otra forma, se ocupan de ella, desde Malraux, pasando por Hemingway, Gironella, Serrano Poncela, Benet o Labordeta, entre otras, hasta llegar a aquellas en las que la ciudad trasciende su condición de espacio bélico para convertirse en dramático personaje, en muchas de las cuales llega, incluso, a ser la auténtica protagonista, caso de Hospital de guerra (1981) de Santiago Lorén, Cuando las lágrimas se helaban en Teruel (1988) de Pacomio Sebastián, Concierto al atardecer (1992) de Ildefonso Manuel Gil o Estragos (2000) de Daniel Pelegrín. A ellas viene a sumarse Muñecos de hielo, primera novela de la escritora turolense Eva Fortea, publicada por el sello Tres Sorores de Prames.
        
Arriesgada apuesta, no sólo por lo delicado del tema, sino por la calidad narrativa de los autores citados; sin embargo, Fortea resuelve el envite de forma notable con una escritura sencilla, sin estridencias, eficaz y fluida, con la que construye una historia de supervivencia infantil en la guerra sin mayores pretensiones, protagonizada por unos personajes redondos, tres hermanos de cuatro, seis y ocho años, que viven el asedio de Teruel y padecen la ruptura familiar, los bombardeos, el hambre y, sobre todo, el intenso frío, un frío que congelará su infancia y su corazón durante mucho tiempo, como congeló el del muñeco de nieve con el que juegan en las calles destrozadas de Teruel.
         En toda sociedad, los niños constituyen la parte más débil, vulnerable y manipulable, son, sin duda, el colectivo en el que incide de manera más determinante cualquier alteración del entorno. No es pues extraño que en un conflicto armado sean ellos junto a la verdad las primeras víctimas, quizá por su inocencia y fragilidad. La guerra, cualquier guerra, pero de manera especial una guerra civil, destruye todo: la vida política, social, cultural y económica de un país, y los niños contemplan –es el caso de la novela de Eva Fortea- sin comprender cómo la violencia y la crueldad de los adultos irrumpen en sus vidas cotidianas, en sus mundos infantiles de fantasías y juegos, para asistir atónitos a un macabro espectáculo y observar cómo se rompe el hogar familiar, se dispersan los miembros de la familia y, en la mayoría de los casos, se enfrentan por primera vez de manera precipitada, sin preparación alguna, con la terrible realidad de la muerte, en su caso con la de sus padres.
         La Guerra Civil, para los que hemos tenido la suerte de no vivirla en primera persona, parece una anécdota lejana de la Historia reciente; sin embargo, muchas familias, las nuestras incluso, sufrieron las secuelas de esa guerra, perdieron algún familiar o se vieron divididas, tanto en lo físico como en muchas ocasiones también en lo ideológico. En todas las novelas cuyo argumento se desarrolla durante o después de la guerra, nos resulta fácil comprender los hechos narrados pues de alguna manera, de una u otra forma, nos son próximos y nos recuerdan relatos escuchados a nuestros mayores, este es el caso de Muñecos de hielo, que siendo diferente nos es también próxima.
         La novela se estructura  en breves capítulos nombrados con las letras del alfabeto, agrupados a su vez en cinco apartados. Los tres primeros corresponden a las vivencias personales de cada uno de los pequeños protagonistas, quienes en primera persona nos narran sus peripecias vitales desde el estallido de la guerra, su evacuación a tierras levantinas y su regreso a la ciudad devastada. En el cuarto, “Crecer”, asistimos a la dura y difícil estancia de Tomás, el hermano pequeño, en la “Beni”, el Hogar de la Beneficencia, lugar donde trabaja la que podemos considerar como única heroína de toda la historia, Julia. Al final, el reagrupamiento de los tres hermanos tras más de tres años de separación. La novela se cierra con una especie de epílogo titulado significativamente “Recuerdos”, en el que Tomás hace un repaso rápido a lo que ha sido su vida y la de sus hermanas tras la contienda.
         En Muñecos de hielo la guerra es el telón de fondo en el que se desarrollan las historias, o mejor dicho, las intrahistorias que viven los protagonistas, no hay pues grandes batallas, sino el diario discurrir de hambre, frío, miedo y muerte de unos niños, cuya narración sincera y veraz de los hechos deja entrever con claridad meridiana las vivencias de personas reales que sufrieron tan traumática experiencia, pero todo está expuesto de manera aséptica, con dolor, sí, pero sin odio ni rencor, eludiendo lo ideológico y político, no hay buenos ni malos, tan sólo la guerra que destruye y mata.  
         En definitiva, se trata pues de una historia de infancias perdidas y vidas rotas, de aprendizaje en medio de la adversidad, de orfandad, desgarro y barbarie histórica, pero que a la vez es tierna, vital e inolvidable, pues resulta convincente y atractiva a pesar de la dureza de los hechos, quizá, o eso pensamos, por la reivindicación a ultranza que hace la autora en sus páginas de la pureza y energía de la inocencia infantil. Afortunado debut el de nuestra paisana.

Esta reseña ha sido publicada en la revista Turia (núm. 115)

Eva Fortea Baguena, Muñecos de hielo, Zaragoza, Prames, 2015.

sábado, 6 de junio de 2015

PRÓLOGO DE AGUSTÍN SÁNCHEZ VIDAL AL LIBRO DE RELATOS "FOTOGRAMAS. 14 CUENTOS DE CINE"

PRESENTACIÓN EL PRÓXIMO DÍA 25 DE JUNIO EN EL MUSEO PROVINCIAL A LAS 20 HORAS

   El catedrático emérito de Historia del Arte y otros Medios Audiovisuales de la Universidad de Zaragoza y escritor de importantes ensayos, guiones de cine, etc., en la actualidad también novelista de éxito, ha tenido a bien prologar mi librito de relatos, Fotogramas. 14 cuentos de cine, con un excelente texto que los enriquece sobremanera y dota de sentido a todo el conjunto. Él, modestamente, lo calificó al remitírmelo como "delantalito", pero para mí es todo un traje de boda, por eso no me resisto a regalároslo. Ahí va, no tiene desperdicio.

                                        “LA ESCRITURA DE LA VIDA”
por
AGUSTÍN SÁNCHEZ VIDAL


         Hace un lustro Juan Villalba publicaba en Eclipsados Cuarto menguante, una colección de relatos con afortunado título. Además de hacer honor al nombre de la editorial,  se atenía a él para articularse en cuatro partes. La primera, Cuentos escolares, estaba integrada por narraciones tan impagables como “La junta de la culata” y “La mesa”. Proseguía con Cuentos rurales, todos ellos sin desperdicio, entre los que podrían destacarse “Como un golpe de viento” y “Más amarga que la muerte es la mujer”. Y luego se lanzaba ya a tumba abierta en los otros dos apartados, musicalmente denominados Gnossienes y Variaciones sobre un mismo tema.
         Pues bien, en el encomendado a Eric Satie podía leerse “Valor añadido”, donde se asistía al mutuo espionaje, casi en palíndromo, de los detectives Sam Spade y Philip Marlow. Un fuego cruzado entre literatura y cine que tanto podría derivar de las páginas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler como de las películas de John Huston y Howard Hawks.
         Pero es que, además, iba precedido por “El toro y la estrella”, donde el monolito que Arthur Clarke y Stanley Kubrick tramaron para su odisea espacial venía a encarnarse en el tótem turolense que preside la Plaza del Torico. Ese relato, ahora recuperado en este libro e inserto en la cronología que le corresponde, parecería preludiar su arranque, esas dos versiones para una misma historia de amor. Porque uno de sus pilares desempeña a orillas de Ebro el mismo papel tribal que la columna y el astado en la ciudad de los Amantes.
         Sólo que ahora el cine se ha convertido en el entero hilo conductor de estos catorce cuentos. Que se inician con la primera película española conservada. A través de los vetustos fotogramas que han sobrevivido aún podemos reconstruir los gestos cotidianos de sus protagonistas. Uno de ellos ha sido sorprendido por la cámara en el impaciente apremio de liar un cigarrillo que habrá echado de menos a lo largo de la misa de doce. Se mantiene ajeno a aquel artilugio que no sabe qué es ni para qué sirve. Sin embargo, gracias a él todavía podemos revivir el otoño zaragozano de 1899, el tránsito desde la penumbra del portón hasta el sol de la plaza, fijado para siempre en la precaria emulsión de un chasis Lumière.
         Y también en el “cortometraje” de Juan Villalba que abre este itinerario, con su dedicatoria al inolvidable personaje de Antón Castro que recorre el Maestrazgo turolense armado de su cámara fotográfica. Bajo su patrocinio se despliega una doble versión, esas dos salidas fabril y devocional, lionesa y zaragozana, de la mano de dos fotógrafos legendarios, el francés Jean Laurent y “el intrépido Cepero”, de nombre Lucas, nacido en Monegrillo y asesinado en 1924 en la capital aragonesa por un marido despechado que le disparó a bocajarro.
         Esa red de rebotes y referencias, de dobles versiones y tomas, con que se inician estos Fotogramas  da buena idea de la sutileza de sus páginas, auténtica filigrana de la mejor cinefilia y muy depurada literatura. No sería adecuado, por mi parte, avanzar más allá de ese pórtico y destripar su cuidadosa disposición, incurriendo en lo que ahora se llama spoilers.  No debe interferirse en ellos, necesitan de la complicidad a la que se convoca al lector, para compartir ese vasto legado de celuloide que vertebró el siglo XX de punta a punta, y sin el cual todos nosotros seríamos muy otros.
         El premio Nobel de Literatura Vidia S. Naipaul lo ha comparado a la gran novela realista decimonónica en su momento auroral, cuando hubo de rendir testimonio de los cambios acarreados por la revolución industrial:  “No creo exagerar al decir que sin el Hollywood de los años treinta y los cuarenta yo habría padecido una verdadera indigencia espiritual... Y he de preguntarme si el talento antes destinado a la literatura de imaginación no habrá ido a parar en este siglo a los primeros cincuenta años del glorioso cine”.
         Algo parecido ha hecho Juan Marsé por boca de su alter ego en El fantasma del cine Roxy, donde se procede a la evocación de un espectáculo voluntariamente estilizado y artificioso. Aquellos fotogramas estaban  construidos plano a plano, con una densidad de miradas y gestos, con una intensidad de luces y sombras, con una dicción visual que los anclaba en la memoria de forma indeleble, hasta echar en ella raíces muy profundas.
         Es un mundo que hoy parece tan brumoso y lejano como las convenciones de la ópera, pero que al mismo tiempo resulta tan accesible que sigue interpelando de tú a tú a gentes de las más diversas edades y geografías. Capaz de contar historias universales depurando y destilando muchas de las tradiciones meramente locales, sometiéndolas al plebiscito de cualquier público o cultura.
         Las páginas de Juan Villalba prolongan lo mejor de aquellos fogonazos: ojos acechados por navajas de afeitar; el caleidoscopio de la identidad personal, imposible ya de recomponer cuando se ha roto la bola de cristal donde se preserva la infancia; la pulsión escópica que nos lleva a ejercer de mirones frente a la pantalla, del mismo modo que lo haríamos en el patio trasero; la eterna partida al ajedrez con la muerte; el fulgor de los diamantes, arcos iris y sueños; el pálpito de la horda primitiva ante los tótems y tabúes que le ayudarán a preservar su cohesión tribal; el amor sin edad; el carrito de bebé que seguirá bajando las escaleras en un bucle infinito; qué bello es morir en el Danubio azul; cómo combinar la ginebra Tanqueray y el vermut Noilly Prat, los burros podridos y los cadáveres exquisitos, los jesuitas y el Marqués de Sade; las guerras de África y las de los replicantes más acá de la Puerta de Tannhäuser; tsunamis, rescates y animales que son mucho más que mascotas; y esa traca final en largometraje, la serpiente de celuloide que gira sobre sí misma irisando en todas direcciones, bajo el férreo Macguffin de unas trufas pero que muy negras.
         Y luego está el título. A día de hoy, fotograma es casi un arcaísmo, una palabra de época. De esas que se dispone a hacer las maletas para irse al asilo, como el evocado en “Mi vida por un cigarro”. Cosa de cinéfilos. Juan Villalba ha venido a ponerlo al frente de su libro cuando las grandes distribuidoras acaban de darle el finiquito. Las películas se trajinan ahora en digital, y en su lugar las nuevas hornadas hablan de frames. Bien lo sabe ese Germinal Morral --sumido ya en el desguace de la tercera edad y la brecha digital— que en el arranque de este libro se sienta ante el ordenador y se dispone a repasar en Youtube la historia del cine.
         De modo que apelar a esa antigualla analógica en el frontispicio es una muy consciente declaración de principios. Y también lo es el número, esto quizá de modo inconsciente: 14 fotogramas –por segundo--  era el umbral a partir del cual el proyector reproducía de forma convincente el movimiento. Es decir, la vida. Lo que en EEUU se llamó Vitagraph y Biograph, que luego prestaron sus nombres a productoras famosas, donde rompieron sus primeras lanzas algunos de los padres de la criatura, como David W. Griffith. Y en países como Argentina el cine se llamó Biógrafo: escritura de la vida. 
         Luego vino el glamour, los contratos millonarios, los locales de miles de butacas donde los espectadores contenían el aliento, la liturgia de las matinales donde se desfogaba la chiquillería, la alfombra de los Oscars, las estrellitas en el paseo de la Fama. Y el flujo de las imágenes establilizado en 16 y 24 fotogramas por segundo. Pero todo empezó con un modesto artefacto que conseguía captarlas y secuenciarlas a 14. El número mágico que aseguraba la preservación de la vida, su escritura. Conste. 

miércoles, 13 de mayo de 2015

DONOSO Y EL CINE. BUÑUEL Y EL LUGAR SIN LÍMITES: UNA RELACIÓN TORMENTOSA (V)

Donoso y el cine.
Esta entrada es parte de un artículo que se publicó en la REVISTA CABIRIA

DONOSO Y CARLOS FLORES

         La de Buñuel con El lugar sin límites no fue la única esperanza frustrada de Donoso con el cine, Anthony Quinn compró los derechos de Casa de Campo, pero la película tampoco se llevó a efecto. Carlos Flores, al igual que el productor español de Tristana, Eduardo Lurcay, pretendió adaptar Gaspar de la noche, una de las Tres novelitas burguesas. Si bien la decepción más grande, comparable a la vivida con Buñuel, la tuvo con Federico Fellini, quien estuvo interesado en El obsceno pájaro de la noche. Esta novela también suscitó la atención de Michelangelo Antonioni, que contactó con el chileno para decirle que si bien esa obra no entraba dentro de su línea cinematográfica, le interesaba mucho su estilo como escritor, por lo que al final la relación cuajó y le encargó un guión, pero los desencuentros de Donoso con el cine se estaban convirtiendo en “un lugar sin límites”, tras comenzar a escribir, Donoso comprendió que no estaba escribiendo un guión, sino una novela, por lo que llamó a Antonioni y le informó que no podía cumplir con el encargo. Cuatro años más tarde estaba lista su magnífica Casa de campo.
         Como guionista, Donoso también escribió un curioso guión sobre los últimos días de Rimbaud en África como traficante de armas. Lo escribió junto con Leonard Schrader (guionista de Mishima y El beso de la mujer araña) que a punto estuvo de materializarse en una comedia musical protagonizada por la cantante Patti Smith, propuesta a la que Donoso contestó, “hagan lo que quieran, pero sin mí”. Al final tampoco se hizo nada. 
CARLOS FLORES Y EL EQUIPO DE RODAJE
 DE PEPE DONOSO 
 
         Mayor fortuna ha tenido la trayectoria vital y profesional de Donoso, objeto de varios documentales: Pepe Donoso (ver REVISTA DE LITERATURA: "CUANDO DONOSO VOLVIÓ A CHILE") y Donoso por Donoso, ambos de Carlos Flores; Encuentro con José Donoso, de Benjamín Galemiri.
         El escritor chileno siempre tuvo veleidades cinematográficas como realizador y llegó incluso a dirigir en 1979 su propio documental sobre la estancia de Picasso en Horta de San Juan, pueblo vecino a Calaceite, donde pintó su cuadro Fábrica en 1909. Su hija recoge este recuerdo de la siguiente manera:
         “Para esta nueva aventura, que lo tenía feliz, se trasladará todo el equipo de filmación a Calaceite por unos diez días. Le entusiasma la idea y tiene pensado otros cortos más: La huella de los Antoninos en España (donde nacieron, qué dejaron Adriano, Trajano, Marco Aurelio y Antonino Pío); otro, algo más popular, sobre Manuel de Falla y Granada; uno del retrato de Goya del duque de Osuna; otro de Rilke en Ronda, sobre Hemingway y los toros; sobre Gerald Brennan en La Alpujarra, sobre los teatros del Siglo de Oro en Madrid. En fin, el sueño de convertirse de repente en businessman. En este proyecto lo acompañan Luis Morales, Lorenzo Cebrián y Juan Ramón Silva, cineastas jóvenes que están formando una productora independiente.”

         El documental sí se llevó a cabo y Donoso quedó tan satisfecho de la experiencia que afirmó feliz: “-De ahora en adelante me dedico al cine, y lo digo en serío.” Parece ser que al final este trabajo no llegó a montarse.
         El encuentro más fructífero de Donoso con el séptimo arte se produjo en las colaboraciones que mantuvo con el director chileno Silvio Caiozzi, si bien debemos precisar que el primer trabajo conjunto fue un verdadero fracaso, nos referimos a Historia de un roble solo (1982), un video basado en un relato de Donoso. Le siguió una adaptación de Sueños de mala muerte, una de las novelas breves contenidas en Cuatro para Delfina, una colección de narraciones cortas dedicadas a su amiga de la adolescencia, la actriz, Delfina Guzmán, quien sería la protagonista del film.
         Mejor suerte corrió el guión escrito a la limón por Caiozzi y Donoso, La luna en el espejo (1990), bien acogida por el publico y merecedora del premio a la mejor actriz –Gloria Münchmeyer- en el Festival de Cine de Venecia y el de mejor actor –Rafael Benavente- en el de la Habana.
         Coronación fue la primera novela que escribió Donoso y también fue la primera en ser adaptada. El mejicano  Sergio Olhovit firmó una tan floja versión en 1976, que llevó a Carlos Fuentes a afirmar que se trataba de la peor película que se había hecho en su país. Sería en el año 2000, fallecido ya Donoso, cuando Caiozzi adaptara la novela de forma magistral.
         También en México se realizó una serie de televisión basada en Este domingo. Y en Chile, un grupo de estudiantes dirigió un video sobre el cuento Santelices.
         En la recta final de su vida, con la finalidad de pagar los gastos ocasionados por su enfermedad, Donoso comenzó a escribir para Televisa una teleserie que no llegó a concluir.


viernes, 1 de mayo de 2015

DONOSO Y EL CINE. BUÑUEL Y EL LUGAR SIN LÍMITES: UNA RELACIÓN TORMENTOSA (IV)

Buñuel, una profunda amistad interesada.
Buñuel, Donoso y su mujer, Mª Pilar, en su casa de Calaceite
Esta entrada forma parte de un artículo más amplio publicado en REVISTA CABIRIA

         La amistad de Donoso con Buñuel surgió de manera interesada a petición del escritor chileno, quien le escribió en los siguientes términos con la pretensión de que Buñuel llevara al cine alguna de sus novelas: “Me imagino que toda España estará persiguiéndolo, pero si tiene un momento libre, nada me gustaría más que pasar a saludarlo o que se viniera a tomar un vino conmigo, mi mujer y mi perro.”
         Parece ser que el escrito tuvo efecto y Buñuel lo visitó y se hicieron verdaderos amigos. El capítulo titulado “El toro de fuego (1972)”, que dedicó a Calaceite Mª Pilar en sus memorias, Los de entonces, es absolutamente delicioso, en él se habla por extenso de Luis Buñuel y de todos sus hermanos, afirmando que “si a alguien sentimos familia en España, fue a los Buñuel.” De la primera visita de Buñuel a su casa de Calaceite, recuerda que lo primero que le preguntó a su marido fue por el cura del pueblo. Donoso comprendió de inmediato lo que quería el realizador y le contestó: “Una lata: joven, moderno, viste ternos claros y hasta camisas deportivas, va a la plaza a conversar por las tardes, al bar con sus amigos y a bañarse al río con las familias del pueblo; simpático, pero una verdadera lata.” Respuesta que apostilla la esposa del novelista con enorme clarividencia: “Buñuel, y mi marido también, añoraban al cura de pueblo clásico, el de las películas de Luis y el que figuraría en las novelas de Pepe, de escribir él sobre algún pueblo de España algún día: gordo, viejo, con sotana lustrosa y manchada, lanzando anatemas contra la juventud que baila y las señoras que muestran sus carnes bañándose en el río. Nada más alejado de mosén Joaquín, risueño y complaciente.”
El lugar sin límites
         Lo cierto es que junto con esta profunda relación de amistad, el escritor chileno albergaba la explícita y manifestada esperanza de que Buñuel llevara al cine alguna de sus novelas. Primero fue El obsceno pájaro de la noche, más tarde, y en especial, El lugar sin límites. Sobre los derechos de esta obra, Donoso le escribió a Buñuel lo siguiente: “Yo sería capaz de aceptar lo que me propusieran.” Y  ya de broma, añadió: “Tengo que comunicarte que hoy me traen seis toneladas de leña. Son para hacer la fogata en que quemaré tu foto si no me haces la película: te mandaré las cenizas. También mandaré la cuenta de los psiquiatras míos, de mi mujer y de Pilarcita.”
         De alguna manera Buñuel tuvo la concesión de los derechos intelectuales para la realización cinematográfica de la novela durante varios años, pero  al final nunca la llevó a efecto, manteniendo durante demasiado tiempo abierta la posibilidad y la ilusión del novelista (parece ser que, cuando el escritor empezaba a inquietarse con el silencio de Buñuel, recibía una llamada telefónica del cineasta: “Creo que quiero que Jean Louis Barrault haga la Manuela. Anda a verlo y me dices”. Entonces Donoso hablaba con Barrault y el actor aceptaba y el escritor le hablaba al cineasta para comunicárselo y Buñuel respondía que había visto que últimamente Barrault estaba muy gordo y que mejor la Manuela tendría que hacerla Peter O’Toole; y así, a ese ritmo, durante  varios años) , quien contó en alguna ocasión que por esta razón su relación con el calandino se debatía entre el amor y el odio. A este respecto contaba con gracia no exenta de dolor, que a petición suya su mujer colgaba en el salón de su casa de Calaceite un retrato del director cada vez que este afirmaba que  iba a llevar al cine una de sus obras, en especial la novela citada, pero al enterarse de que se embarcaba en un nuevo rodaje de algún otro film, lo volvía de cara a la pared o lo retiraba. En ocasiones, la broma daba paso al reproche ácido y desesperado. Así en los intercambios epistolares con la editora y paño de lágrimas de los escritores del “boom”, Carmen Balcells, podemos leer quejas tan amargas como la siguiente de 1972: “Estoy muy pobre, más que nunca. Espero el dinero de Buñuel. Te quiero pedir el favor de que no me crobres de golpe la deuda …” En otra, tras explicar que ha recibido la visita de Buñuel, aclara dramáticamente que sus esperanzas se desvanecen: “Pero es imposible hablar de nada con él, por sordo y por fregado. Que sí… que no… que el aguardiente y el marrasquino, y nada. Quedamos en las mismas.”
         Mª Pilar Serrano recoge de la siguiente manera el momento en que supieron que Buñuel no filmaría la película. Se encontraba con Donoso y su hija pasando la Semana Santa en Calanda:
         “Y siguieron los tambores martillando, incesantes, recorriendo calles y plazuelas. Por la noche, durante la pausa de las 10, acudimos a comer la sopa de ajos y las morcillas y butifarras en casa de los Buñuel, la que compró el padre “indiano” a su vuelta, rico, de Cuba, para casarse con la belleza del pueblo, que lo esperó en Calanda. La casa queda en el centro mismo de la plaza principal, frente a la iglesia. Durante la cena otro mazazo, el más grande: ‘Tío Luis llega dentro de dos semanas a París; va a filmar El fantasma de la libertad con Silberman’, dijo Pedro Cristian, hijo de Conchita, sin darse cuenta lo que para nosotros significaban sus noticias.
         Hasta ese momento teníamos la esperanza de que Buñuel filmara El lugar sin límites de Pepe, cuya opción mantuvo, como nuestra esperanza, durante seis años, haciéndonos sufrir con sus altos y bajos de anuncios contradictorios. Me atraganté con el vino que en ese momento bebía, y al acompañar el sueño de mi hija, más tarde, en el dormitorio de Cuchicha, la hija de Leonardo, sentí que los tres mil tambores golpeaban sobre mi pobre cabeza gacha de desilusión.”


         Quizá Buñuel no fue el único culpable de la frustración de Donoso, tal vez la censura española no estaba del todo preparada para ver la firma de ambos genios en una película nacional, pues, tras la renuncia de Buñuel, una productora española se mostró también interesada en el proyecto bajo la dirección de Leopoldo Torre Nilsson y con Paco Rabal en el papel del camionero prostibulario. Fueron unas esperanzas efímeras, ya que finalmente tampoco se hizo.

         Al final, sería el escritor argentino Manuel Puig, quien en 1976, escribiera el guión de El lugar sin límites, que llevó al cine, al año siguiente, el discípulo mexicano de Buñuel, Arturo Ripstein. De esta forma, Donoso ponía fin a seis años de agónica espera.

viernes, 24 de abril de 2015

DONOSO Y EL CINE. BUÑUEL Y EL LUGAR SIN LÍMITES: UNA RELACIÓN TORMENTOSA (III)

Los amigos prodigiosos
        Este artículo se ha publicado en la  REVISTA CABIRIA

La casa y el patio de los Donoso pronto se convirtió en un lugar de encuentro de los llamados por los lugareños, “los catalanes”, que en un primer momento aglutinó al traductor Didier Coste, a la periodista peruana, Elsa Arana Freire, el escritor chileno, Mauricio Wacquez y una familia de colombianos, los Gutiérrez, además de los Zimmermann, amigos suizos. Pronto se sumarían los Gili, dueños del imperio editorial. De manera esporádica recibirían de visita a grandes escritores del momento: Juan Benet, Luis Goytisolo, Carlos Barral, Luis Rosales, Ana María Moix, Vargas Llosa –que llegó a comprar una casa durante varios meses que luego vendió a los Zimmermann-, García Márquez, Carlos Fuentes, Carlos Saura, Antonio Saura, Geraldin Chaplin, Paco Rabal, etc.