Como se anticipa en el título, Fotogramas es una colección de 14 cuentos en cuya génesis creativa subyace de forma más o menos explícita un guiño a alguna película destacada de
CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ
sábado, 20 de junio de 2015
VIDEO PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE RELATOS, "FOTOGRAMAS. 14 CUENTOS DE CINE"
Como se anticipa en el título, Fotogramas es una colección de 14 cuentos en cuya génesis creativa subyace de forma más o menos explícita un guiño a alguna película destacada de
lunes, 15 de junio de 2015
RESEÑA DE "MUÑECOS DE HIELO" DE EVA FORTEA BÁGUENA
INFANCIAS PERDIDAS
Exceptuando
las pinceladas descriptivas de Galdós y las de los noventayochistas, Baroja y
Valle, que se ocuparon tangencialmente en algunas de sus obras de Teruel
capital, la ciudad existe para la literatura únicamente como doloroso escenario
en el que tuvo lugar la cruenta Batalla de la guerra incivil que lleva su
nombre. Son más de treinta las obras que, de una u otra forma, se ocupan de
ella, desde Malraux, pasando por Hemingway, Gironella, Serrano Poncela, Benet o
Labordeta, entre otras, hasta llegar a aquellas en las que la ciudad trasciende
su condición de espacio bélico para convertirse en dramático personaje, en
muchas de las cuales llega, incluso, a ser la auténtica protagonista, caso
de Hospital de guerra (1981) de Santiago Lorén, Cuando
las lágrimas se helaban en Teruel (1988) de Pacomio Sebastián, Concierto
al atardecer (1992) de Ildefonso Manuel Gil o Estragos (2000)
de Daniel Pelegrín. A ellas viene a sumarse Muñecos de hielo,
primera novela de la escritora turolense Eva Fortea, publicada por el sello
Tres Sorores de Prames.
En
toda sociedad, los niños constituyen la parte más débil, vulnerable y
manipulable, son, sin duda, el colectivo en el que incide de manera más
determinante cualquier alteración del entorno. No es pues extraño que en un
conflicto armado sean ellos junto a la verdad las primeras víctimas, quizá por
su inocencia y fragilidad. La guerra, cualquier guerra, pero de manera especial
una guerra civil, destruye todo: la vida política, social, cultural y económica
de un país, y los niños contemplan –es el caso de la novela de Eva Fortea- sin
comprender cómo la violencia y la crueldad de los adultos irrumpen en sus vidas
cotidianas, en sus mundos infantiles de fantasías y juegos, para asistir
atónitos a un macabro espectáculo y observar cómo se rompe el hogar familiar,
se dispersan los miembros de la familia y, en la mayoría de los casos, se
enfrentan por primera vez de manera precipitada, sin preparación alguna, con la
terrible realidad de la muerte, en su caso con la de sus padres.
La
novela se estructura en breves capítulos nombrados con las letras del
alfabeto, agrupados a su vez en cinco apartados. Los tres primeros corresponden
a las vivencias personales de cada uno de los pequeños protagonistas, quienes
en primera persona nos narran sus peripecias vitales desde el estallido de la
guerra, su evacuación a tierras levantinas y su regreso a la ciudad devastada.
En el cuarto, “Crecer”, asistimos a la dura y difícil estancia de Tomás, el
hermano pequeño, en la “Beni”, el Hogar de la Beneficencia , lugar
donde trabaja la que podemos considerar como única heroína de toda la historia,
Julia. Al final, el reagrupamiento de los tres hermanos tras más de tres años
de separación. La novela se cierra con una especie de epílogo titulado
significativamente “Recuerdos”, en el que Tomás hace un repaso rápido a lo que
ha sido su vida y la de sus hermanas tras la contienda.
En
Muñecos de hielo la guerra es el telón
de fondo en el que se desarrollan las historias, o mejor dicho, las
intrahistorias que viven los protagonistas, no hay pues grandes batallas, sino
el diario discurrir de hambre, frío, miedo y muerte de unos niños, cuya
narración sincera y veraz de los hechos deja entrever con claridad meridiana las
vivencias de personas reales que sufrieron tan traumática experiencia, pero
todo está expuesto de manera aséptica, con dolor, sí, pero sin odio ni rencor,
eludiendo lo ideológico y político, no hay buenos ni malos, tan sólo la guerra
que destruye y mata.
En
definitiva, se trata pues de una historia de infancias perdidas y vidas rotas,
de aprendizaje en medio de la adversidad, de orfandad, desgarro y barbarie
histórica, pero que a la vez es tierna, vital e inolvidable, pues resulta
convincente y atractiva a pesar de la dureza de los hechos, quizá, o eso
pensamos, por la reivindicación a ultranza que hace la autora en sus páginas de
la pureza y energía de la inocencia infantil. Afortunado debut el de nuestra
paisana.
Esta reseña ha sido publicada en la revista Turia (núm. 115)
Esta reseña ha sido publicada en la revista Turia (núm. 115)
Eva Fortea Baguena, Muñecos de hielo, Zaragoza, Prames, 2015.
sábado, 6 de junio de 2015
PRÓLOGO DE AGUSTÍN SÁNCHEZ VIDAL AL LIBRO DE RELATOS "FOTOGRAMAS. 14 CUENTOS DE CINE"
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| PRESENTACIÓN EL PRÓXIMO DÍA 25 DE JUNIO EN EL MUSEO PROVINCIAL A LAS 20 HORAS |
El catedrático emérito de Historia del Arte y otros Medios Audiovisuales de la Universidad de Zaragoza y escritor de importantes ensayos, guiones de cine, etc., en la actualidad también novelista de éxito, ha tenido a bien prologar mi librito de relatos, Fotogramas. 14 cuentos de cine, con un excelente texto que los enriquece sobremanera y dota de sentido a todo el conjunto. Él, modestamente, lo calificó al remitírmelo como "delantalito", pero para mí es todo un traje de boda, por eso no me resisto a regalároslo. Ahí va, no tiene desperdicio.
“LA
ESCRITURA DE LA
VIDA ”
“
por
AGUSTÍN SÁNCHEZ VIDAL
Hace un lustro Juan Villalba publicaba
en Eclipsados Cuarto menguante, una
colección de relatos con afortunado título. Además de hacer honor al nombre de
la editorial, se atenía a él para
articularse en cuatro partes. La primera, Cuentos
escolares, estaba integrada por narraciones tan impagables como “La junta
de la culata” y “La mesa”. Proseguía con Cuentos
rurales, todos ellos sin desperdicio, entre los que podrían destacarse
“Como un golpe de viento” y “Más amarga que la muerte es la mujer”. Y luego se
lanzaba ya a tumba abierta en los otros dos apartados, musicalmente denominados
Gnossienes y Variaciones sobre un mismo tema.
Pues bien, en el encomendado a Eric
Satie podía leerse “Valor añadido”, donde se asistía al mutuo espionaje, casi
en palíndromo, de los detectives Sam Spade y Philip Marlow. Un fuego cruzado
entre literatura y cine que tanto podría derivar de las páginas de Dashiell
Hammett y Raymond Chandler como de las películas de John Huston y Howard Hawks.
Pero es que, además, iba precedido por
“El toro y la estrella”, donde el monolito que Arthur Clarke y Stanley Kubrick
tramaron para su odisea espacial venía a encarnarse en el tótem turolense que
preside la Plaza
del Torico. Ese relato, ahora recuperado en este libro e inserto en la
cronología que le corresponde, parecería preludiar su arranque, esas dos
versiones para una misma historia de amor. Porque uno de sus pilares desempeña
a orillas de Ebro el mismo papel tribal que la columna y el astado en la ciudad
de los Amantes.
Sólo que ahora el cine se ha convertido
en el entero hilo conductor de estos catorce cuentos. Que se inician con la
primera película española conservada. A través de los vetustos fotogramas que
han sobrevivido aún podemos reconstruir los gestos cotidianos de sus
protagonistas. Uno de ellos ha sido sorprendido por la cámara en el impaciente
apremio de liar un cigarrillo que habrá echado de menos a lo largo de la misa
de doce. Se mantiene ajeno a aquel artilugio que no sabe qué es ni para qué
sirve. Sin embargo, gracias a él todavía podemos revivir el otoño zaragozano de
1899, el tránsito desde la penumbra del portón hasta el sol de la plaza, fijado
para siempre en la precaria emulsión de un chasis Lumière.
Y
también en el “cortometraje” de Juan Villalba que abre este itinerario, con su
dedicatoria al inolvidable personaje de Antón Castro que recorre el Maestrazgo
turolense armado de su cámara fotográfica. Bajo su patrocinio se despliega una
doble versión, esas dos salidas fabril y devocional, lionesa y zaragozana, de
la mano de dos fotógrafos legendarios, el francés Jean Laurent y “el intrépido
Cepero”, de nombre Lucas, nacido en Monegrillo y asesinado en 1924 en la
capital aragonesa por un marido despechado que le disparó a bocajarro.
Esa red de rebotes y
referencias, de dobles versiones y tomas, con que se inician estos Fotogramas da buena idea de la sutileza de sus páginas,
auténtica filigrana de la mejor cinefilia y muy depurada literatura. No sería
adecuado, por mi parte, avanzar más allá de ese pórtico y destripar su
cuidadosa disposición, incurriendo en lo que ahora se llama spoilers. No debe interferirse en ellos, necesitan de la
complicidad a la que se convoca al lector, para compartir ese vasto legado de
celuloide que vertebró el siglo XX de punta a punta, y sin el cual todos
nosotros seríamos muy otros.
El premio Nobel de Literatura Vidia S.
Naipaul lo ha comparado a la gran novela realista decimonónica en su momento
auroral, cuando hubo de rendir testimonio de los cambios acarreados por la
revolución industrial: “No creo exagerar
al decir que sin el Hollywood de los años treinta y los cuarenta yo habría
padecido una verdadera indigencia espiritual... Y he de preguntarme si el
talento antes destinado a la literatura de imaginación no habrá ido a parar en
este siglo a los primeros cincuenta años del glorioso cine”.
Algo parecido ha hecho Juan Marsé por
boca de su alter ego en El fantasma del
cine Roxy, donde se procede a la evocación de un espectáculo
voluntariamente estilizado y artificioso. Aquellos fotogramas estaban construidos plano a plano, con una densidad
de miradas y gestos, con una intensidad de luces y sombras, con una dicción
visual que los anclaba en la memoria de forma indeleble, hasta echar en ella
raíces muy profundas.
Es un mundo que hoy parece tan brumoso
y lejano como las convenciones de la ópera, pero que al mismo tiempo resulta
tan accesible que sigue interpelando de tú a tú a gentes de las más diversas
edades y geografías. Capaz de contar
historias universales depurando y destilando muchas de las tradiciones
meramente locales, sometiéndolas al plebiscito de cualquier público o cultura.
Las páginas de Juan Villalba prolongan
lo mejor de aquellos fogonazos: ojos acechados por navajas de afeitar; el caleidoscopio
de la identidad personal, imposible ya de recomponer cuando se ha roto la bola
de cristal donde se preserva la infancia; la pulsión escópica que nos lleva a
ejercer de mirones frente a la pantalla, del mismo modo que lo haríamos en el
patio trasero; la eterna partida al ajedrez con la muerte; el fulgor de los
diamantes, arcos iris y sueños; el pálpito de la horda primitiva ante los
tótems y tabúes que le ayudarán a preservar su cohesión tribal; el amor sin
edad; el carrito de bebé que seguirá bajando las escaleras en un bucle
infinito; qué bello es morir en el Danubio azul; cómo combinar la ginebra
Tanqueray y el vermut Noilly Prat, los burros podridos y los cadáveres
exquisitos, los jesuitas y el Marqués de Sade; las guerras de África y las de los
replicantes más acá de la
Puerta de Tannhäuser; tsunamis, rescates y animales que son
mucho más que mascotas; y esa traca final en largometraje, la serpiente de
celuloide que gira sobre sí misma irisando en todas direcciones, bajo el férreo
Macguffin de unas trufas pero que muy negras.
Y luego está el título. A día de hoy, fotograma es casi un arcaísmo, una
palabra de época. De esas que se dispone a hacer las maletas para irse al
asilo, como el evocado en “Mi vida por un cigarro”. Cosa de cinéfilos. Juan
Villalba ha venido a ponerlo al frente de su libro cuando las grandes
distribuidoras acaban de darle el finiquito. Las películas se trajinan ahora en
digital, y en su lugar las nuevas hornadas hablan de frames. Bien lo sabe ese Germinal Morral --sumido ya en el desguace
de la tercera edad y la brecha digital— que en el arranque de este libro se
sienta ante el ordenador y se dispone a repasar en Youtube la historia del
cine.
De modo que apelar a esa antigualla
analógica en el frontispicio es una muy consciente declaración de principios. Y
también lo es el número, esto quizá de modo inconsciente: 14 fotogramas –por
segundo-- era el umbral a partir del
cual el proyector reproducía de forma convincente el movimiento. Es decir, la
vida. Lo que en EEUU se llamó Vitagraph y
Biograph, que luego prestaron sus
nombres a productoras famosas, donde rompieron sus primeras lanzas algunos de
los padres de la criatura, como David W. Griffith. Y en países como Argentina
el cine se llamó Biógrafo: escritura
de la vida.
Luego
vino el glamour, los contratos millonarios, los locales de miles de butacas
donde los espectadores contenían el aliento, la liturgia de las matinales donde
se desfogaba la chiquillería, la alfombra de los Oscars, las estrellitas en el
paseo de miércoles, 13 de mayo de 2015
DONOSO Y EL CINE. BUÑUEL Y EL LUGAR SIN LÍMITES: UNA RELACIÓN TORMENTOSA (V)
Donoso y el cine.
Esta entrada es parte de un artículo que se publicó en la REVISTA CABIRIA
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| DONOSO Y CARLOS FLORES |
La de Buñuel con El lugar sin límites no fue la única esperanza frustrada de Donoso
con el cine, Anthony Quinn compró los derechos de Casa de Campo, pero la película tampoco se llevó a efecto. Carlos
Flores, al igual que el productor español de Tristana, Eduardo Lurcay, pretendió adaptar Gaspar de la noche, una de las Tres
novelitas burguesas. Si bien la decepción más grande, comparable a la
vivida con Buñuel, la tuvo con Federico Fellini, quien estuvo interesado en El obsceno pájaro de la noche. Esta
novela también suscitó la atención de Michelangelo Antonioni, que contactó con
el chileno para decirle que si bien esa obra no entraba dentro de su línea
cinematográfica, le interesaba mucho su estilo como escritor, por lo que al
final la relación cuajó y le encargó un guión, pero los desencuentros de Donoso
con el cine se estaban convirtiendo en “un lugar sin límites”, tras comenzar a
escribir, Donoso comprendió que no estaba escribiendo un guión, sino una
novela, por lo que llamó a Antonioni y le informó que no podía cumplir con el
encargo. Cuatro años más tarde estaba lista su magnífica Casa de campo.
Como guionista, Donoso también escribió
un curioso guión sobre los últimos días de Rimbaud en África como traficante de
armas. Lo escribió junto con Leonard Schrader (guionista de Mishima y El beso de la mujer araña) que a punto estuvo de materializarse en
una comedia musical protagonizada por la cantante Patti Smith, propuesta a la
que Donoso contestó, “hagan lo que quieran, pero sin mí”. Al final tampoco se
hizo nada.
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| CARLOS FLORES Y EL EQUIPO DE RODAJE DE PEPE DONOSO |
Mayor fortuna ha tenido la trayectoria
vital y profesional de Donoso, objeto de varios documentales: Pepe Donoso (ver REVISTA DE LITERATURA: "CUANDO DONOSO VOLVIÓ A CHILE") y Donoso por Donoso, ambos de Carlos Flores; Encuentro con José Donoso, de Benjamín Galemiri.
El escritor chileno siempre tuvo
veleidades cinematográficas como realizador y llegó incluso a dirigir en 1979
su propio documental sobre la estancia de Picasso en Horta de San Juan, pueblo
vecino a Calaceite, donde pintó su cuadro Fábrica
en 1909. Su hija recoge este recuerdo de la siguiente manera:
“Para
esta nueva aventura, que lo tenía feliz, se trasladará todo el equipo de
filmación a Calaceite por unos diez días. Le entusiasma la idea y tiene pensado
otros cortos más: La huella de los
Antoninos en España (donde nacieron, qué dejaron Adriano, Trajano, Marco
Aurelio y Antonino Pío); otro, algo más popular, sobre Manuel de Falla y
Granada; uno del retrato de Goya del duque de Osuna; otro de Rilke en Ronda,
sobre Hemingway y los toros; sobre Gerald Brennan en La Alpujarra , sobre los
teatros del Siglo de Oro en Madrid. En fin, el sueño de convertirse de repente
en businessman. En este proyecto lo
acompañan Luis Morales, Lorenzo Cebrián y Juan Ramón Silva, cineastas jóvenes
que están formando una productora independiente.”
El documental sí se llevó a cabo y
Donoso quedó tan satisfecho de la experiencia que afirmó feliz: “-De ahora en
adelante me dedico al cine, y lo digo en serío.” Parece ser que al final este
trabajo no llegó a montarse.
El encuentro más fructífero de Donoso
con el séptimo arte se produjo en las colaboraciones que mantuvo con el
director chileno Silvio Caiozzi, si bien debemos precisar que el primer trabajo
conjunto fue un verdadero fracaso, nos referimos a Historia de un roble solo (1982), un video basado en un relato de
Donoso. Le siguió una adaptación de Sueños
de mala muerte, una de las novelas breves contenidas en Cuatro para Delfina, una colección de
narraciones cortas dedicadas a su amiga de la adolescencia, la actriz, Delfina
Guzmán, quien sería la protagonista del film.
Mejor suerte corrió el guión escrito a
la limón por Caiozzi y Donoso, La luna en
el espejo (1990), bien acogida por el publico y merecedora del premio a la
mejor actriz –Gloria Münchmeyer- en el Festival de Cine de Venecia y el de
mejor actor –Rafael Benavente- en el de la Habana.
Coronación
fue la primera novela que escribió Donoso y también fue la primera en ser
adaptada. El mejicano Sergio Olhovit firmó una tan floja versión en 1976,
que llevó a Carlos Fuentes a afirmar que se trataba de la peor película que se
había hecho en su país. Sería en el año 2000, fallecido ya Donoso, cuando
Caiozzi adaptara la novela de forma magistral.
También en México se realizó una serie
de televisión basada en Este domingo. Y en Chile, un grupo de
estudiantes dirigió un video sobre el cuento Santelices.
En la
recta final de su vida, con la finalidad de pagar los gastos ocasionados por su
enfermedad, Donoso comenzó a escribir para Televisa una teleserie que no llegó
a concluir.
viernes, 1 de mayo de 2015
DONOSO Y EL CINE. BUÑUEL Y EL LUGAR SIN LÍMITES: UNA RELACIÓN TORMENTOSA (IV)
Buñuel, una profunda amistad
interesada.
| Buñuel, Donoso y su mujer, Mª Pilar, en su casa de Calaceite |
Esta entrada forma parte de un artículo más amplio publicado en REVISTA CABIRIA
La amistad de Donoso con Buñuel surgió
de manera interesada a petición del escritor chileno, quien le escribió en los
siguientes términos con la pretensión de que Buñuel llevara al cine alguna de
sus novelas: “Me imagino que toda España estará persiguiéndolo, pero si tiene
un momento libre, nada me gustaría más que pasar a saludarlo o que se viniera a
tomar un vino conmigo, mi mujer y mi perro.”
Parece ser que el escrito tuvo efecto y
Buñuel lo visitó y se hicieron verdaderos amigos. El capítulo titulado “El toro
de fuego (1972)”, que dedicó a Calaceite Mª Pilar en sus memorias, Los de entonces, es absolutamente
delicioso, en él se habla por extenso de Luis Buñuel y de todos sus hermanos,
afirmando que “si a alguien sentimos familia en España, fue a los Buñuel.” De
la primera visita de Buñuel a su casa de Calaceite, recuerda que lo primero que
le preguntó a su marido fue por el cura del pueblo. Donoso comprendió de
inmediato lo que quería el realizador y le contestó: “Una lata: joven, moderno,
viste ternos claros y hasta camisas deportivas, va a la plaza a conversar por
las tardes, al bar con sus amigos y a bañarse al río con las familias del
pueblo; simpático, pero una verdadera lata.” Respuesta que apostilla la esposa
del novelista con enorme clarividencia: “Buñuel, y mi marido también, añoraban
al cura de pueblo clásico, el de las películas de Luis y el que figuraría en
las novelas de Pepe, de escribir él sobre algún pueblo de España algún día:
gordo, viejo, con sotana lustrosa y manchada, lanzando anatemas contra la
juventud que baila y las señoras que muestran sus carnes bañándose en el río.
Nada más alejado de mosén Joaquín, risueño y complaciente.”
El
lugar sin límites
Lo cierto es que junto con esta
profunda relación de amistad, el escritor chileno albergaba la explícita y
manifestada esperanza de que Buñuel llevara al cine alguna de sus novelas.
Primero fue El obsceno pájaro de la noche,
más tarde, y en especial, El lugar sin
límites. Sobre los derechos de esta obra, Donoso le escribió a Buñuel lo
siguiente: “Yo sería capaz de aceptar lo que me propusieran.” Y ya de broma, añadió: “Tengo que comunicarte
que hoy me traen seis toneladas de leña. Son para hacer la fogata en que
quemaré tu foto si no me haces la película: te mandaré las cenizas. También
mandaré la cuenta de los psiquiatras míos, de mi mujer y de Pilarcita.”
De alguna manera Buñuel tuvo la
concesión de los derechos intelectuales para la realización cinematográfica de
la novela durante varios años, pero al
final nunca la llevó a efecto, manteniendo durante demasiado tiempo
abierta la posibilidad y la ilusión del novelista (parece ser que, cuando el
escritor empezaba a inquietarse con el silencio de Buñuel, recibía una llamada
telefónica del cineasta: “Creo que quiero que Jean Louis Barrault haga la Manuela. Anda a verlo y me
dices”. Entonces Donoso hablaba con Barrault y el actor aceptaba y el escritor
le hablaba al cineasta para comunicárselo y Buñuel respondía que había visto
que últimamente Barrault estaba muy gordo y que mejor la Manuela tendría que
hacerla Peter O’Toole; y así, a ese ritmo, durante varios años) , quien contó en alguna ocasión
que por esta razón su relación con el calandino se debatía entre el amor y el
odio. A este respecto contaba con gracia no exenta de dolor, que a petición
suya su mujer colgaba en el salón de su casa de Calaceite un retrato del
director cada vez que este afirmaba que
iba a llevar al cine una de sus obras, en especial la novela citada,
pero al enterarse de que se embarcaba en un nuevo rodaje de algún otro film, lo
volvía de cara a la pared o lo retiraba. En ocasiones, la broma daba paso al
reproche ácido y desesperado. Así en los intercambios epistolares con la
editora y paño de lágrimas de los escritores del “boom”, Carmen Balcells,
podemos leer quejas tan amargas como la siguiente de 1972: “Estoy muy pobre,
más que nunca. Espero el dinero de Buñuel. Te quiero pedir el favor de que no
me crobres de golpe la deuda …” En otra, tras explicar que ha recibido la
visita de Buñuel, aclara dramáticamente que sus esperanzas se desvanecen: “Pero
es imposible hablar de nada con él, por sordo y por fregado. Que sí… que no…
que el aguardiente y el marrasquino, y nada. Quedamos en las mismas.”
Mª Pilar Serrano recoge de la siguiente
manera el momento en que supieron que Buñuel no filmaría la película. Se
encontraba con Donoso y su hija pasando la Semana Santa en Calanda:
“Y
siguieron los tambores martillando, incesantes, recorriendo calles y plazuelas.
Por la noche, durante la pausa de las 10, acudimos a comer la sopa de ajos y
las morcillas y butifarras en casa de los Buñuel, la que compró el padre
“indiano” a su vuelta, rico, de Cuba, para casarse con la belleza del pueblo,
que lo esperó en Calanda. La casa queda en el centro mismo de la plaza
principal, frente a la iglesia. Durante la cena otro mazazo, el más grande:
‘Tío Luis llega dentro de dos semanas a París; va a filmar El fantasma de la libertad con Silberman’, dijo Pedro Cristian,
hijo de Conchita, sin darse cuenta lo que para nosotros significaban sus
noticias.
Hasta
ese momento teníamos la esperanza de que Buñuel filmara El lugar sin límites de Pepe, cuya opción mantuvo, como nuestra
esperanza, durante seis años, haciéndonos sufrir con sus altos y bajos de
anuncios contradictorios. Me atraganté con el vino que en ese momento bebía, y
al acompañar el sueño de mi hija, más tarde, en el dormitorio de Cuchicha, la
hija de Leonardo, sentí que los tres mil tambores golpeaban sobre mi pobre
cabeza gacha de desilusión.”
Quizá Buñuel no fue el único culpable
de la frustración de Donoso, tal vez la censura española no estaba del todo
preparada para ver la firma de ambos genios en una película nacional, pues,
tras la renuncia de Buñuel, una productora española se mostró también
interesada en el proyecto bajo la dirección de Leopoldo Torre Nilsson y con
Paco Rabal en el papel del camionero prostibulario. Fueron unas esperanzas
efímeras, ya que finalmente tampoco se hizo.
Al final, sería el escritor argentino
Manuel Puig, quien en 1976, escribiera el guión de El lugar sin límites, que llevó al cine, al año siguiente, el
discípulo mexicano de Buñuel, Arturo Ripstein. De esta forma, Donoso ponía fin
a seis años de agónica espera.
viernes, 24 de abril de 2015
DONOSO Y EL CINE. BUÑUEL Y EL LUGAR SIN LÍMITES: UNA RELACIÓN TORMENTOSA (III)
Los amigos prodigiosos
La casa y el patio de los Donoso pronto
se convirtió en un lugar de encuentro de los llamados por los lugareños, “los
catalanes”, que en un primer momento aglutinó al traductor Didier Coste, a la
periodista peruana, Elsa Arana Freire, el escritor chileno, Mauricio Wacquez y
una familia de colombianos, los Gutiérrez, además de los Zimmermann, amigos
suizos. Pronto se sumarían los Gili, dueños del imperio editorial. De manera
esporádica recibirían de visita a grandes escritores del momento: Juan Benet,
Luis Goytisolo, Carlos Barral, Luis Rosales, Ana María Moix, Vargas Llosa –que
llegó a comprar una casa durante varios meses que luego vendió a los
Zimmermann-, García Márquez, Carlos Fuentes, Carlos Saura, Antonio Saura,
Geraldin Chaplin, Paco Rabal, etc.
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