CASABLANCA

CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

domingo, 20 de septiembre de 2020

PONGAMOS QUE HABLO DE JOAQUÍN CARBONELL.

IN MEMORIAM 




Su amigo y profesor en el San Pablo, Eloy Fernández Clemente, lo recuerda en sus memorias como un niño de culo inquieto, que no le dejaba dormir la siesta al recorrer el pueblo con su recacholino que echaba chispas al rozar los duros cantos por las aceras, “creando horrísonos ruidos que reventaban todas las calmas”, y lo describe acertadamente en sus memorias como un adolescente con “un aire a medias triste a medias pillo”.
Nunca cambió, ni en lo físico ni en lo mental. Aquel muchacho que comenzó tocando la armónica subido a unos sacos de trigo para el baile dominical de sus vecinos, en Alloza, que luego ya más mayorcito, con 14, tocaba la batería y se rodó como vocalista en la Orquesta Bahía, muy popular en los años sesenta en la Comarca de Andorra, interpretaba, según sus propias palabras, “de manera muy digna títulos como Il mondo, Venecia sin ti, Capri s’est fini”. No quiso estudiar y se convirtió en un pícaro de playa (afirmaba con orgullo haber tocado las tetas a más de mil mujeres): botones de hotel, barman… para volver adolescente crecido, ya casi joven, al Teruel gris de mediados de los sesenta y formar parte de esa mítica "generación paulina" (este proyecto de documental se le ha quedado en el tintero) y, de la mano de su profesor y amigo, José Antonio Labordeta, hacerse cantautor, que según su propia definición, clara muestra de su humor somarda, no es sino “un cantamañanas. Alguien que como no sabe cantar correctamente se compone sus propias canciones…”, pero lo cierto es que un cantautor como él puede llegar a crear maravillas poéticas de una hondura emotiva tan grande como “Me gustaría darte el mar” o “Canción del olivo”, o himnos-homenaje a una tierra como “Soy de Teruel”, composiciones absolutas que aúnan los ingredientes esenciales de la alta creatividad: cultura, razón y sentimiento.

Cierto, Carbonell, fue cantautor, un poeta en realidad, pero hizo muchas cosas más para sobrevivir y vivir: televisión, entrevistas gráficas, fue también incisivo crítico televisivo, novelista, actor… Su amigo, Jorge Valdano, ese intelectual del balón, rara avis en el mundo del fútbol, dijo de él que era alguien que “quiere volver a ser campesino en la ciudad; aldeano en la metrópoli, imaginar cada día la sorpresa, afinar la percepción, descubrirlo, asimilarlo todo y hacer lo que su mente inquieta decida.” No erró el tiro.


Después de tan acertadas palabras, qué puedo decir yo, no sé me ocurre nada, por eso lo mejor es darle la palabra al propio Carbonell para que el mismo se defina:
AUTOCRÍTICA MESURADA

jueves, 3 de septiembre de 2020

TERUEL, OTRA DIMENSIÓN (I)



AL RITMO DE LAS CAMPANAS





El viajero llega en tren a Teruel. Ha sido un viaje largo, interminable, a una velocidad decimonónica, puede incluso que más lenta, un anticipo de lo que le espera: una ciudad slow, de otra época, en la que el tiempo se ha detenido, donde todo transcurre a otro ritmo, el de las campanas de sus torres mudéjares, que siguen tañendo y marcando las horas, ordenando el día.

Las campanas anuncian los oficios religiosos (misas, vísperas, ángelus) y los hechos de la vida cotidiana (toque de muerto y de agonía, de boda, celebración y fiestas…) Las campanas de la Catedral y de las parroquias, como gallos en el corral de la ciudad, despiertan a sus habitantes y lanzan sus alertas de bronce a los cuatro vientos, los turolenses conocen bien sus voces, aunque las nuevas generaciones ya no saben su lenguaje y no pueden descifrar sus mensajes.

El viajero recuerda los versos iniciales del poema significativamente titulado “Domingo septembrino”, escrito durante su estancia en Teruel por José Antonio Labordeta, ese hombre bueno, comprometido y honesto, de voz rota y amarga, que un día mandó “a la mierda” a gran parte de la clase política por su descortesía y zafiedad, con el aplomo de Fernando Fernán Gómez, con la maestría para el exabrupto de Camilo José Cela, con la contundencia de un aragonés cansado de que no le hagan caso,  un guía de excepción que lo acompañará en sus paseos por la ciudad: “Din, dan.   Din, dan: / Las campanas domingo en la ciudad  / tarde que avienta el viento / hasta la orilla…” 

Es curioso -piensa en un inciso de su propio pensamiento-, da igual lo que hayas hecho en la vida, si te has dedicado a la enseñanza o a la política, si has escrito libros o has realizado programas de televisión, al final, para la inmensa mayoría de la gente todo se reduce a un “a la mierda”, a una anécdota y poco más.

Los modernos de hoy en día dirían que Teruel es una slow city, una ciudad lenta, una ciudad para pasearla, y a eso se dispone.

(continuará...)

Fragmento del libro Teruel, otra dimensión, de próxima publicación por la editorial Pregunta Ediciones

jueves, 20 de agosto de 2020

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (XVI)

Un Cineclub turolense a finales de los años veinte (III)




Se trata, como se puede deducir por su argumento, de una exaltación de la Naturaleza, de un canto a la vida primitiva descrita con crudeza y realismo en la que descubrimos una escena que, sin género de dudas, influyó en el Robinson Crusoe de Buñuel, es aquella cuando Caín, desesperado por el abandono en el que se encuentra y ansioso por escuchar a un semejante, proyecta con gritos su voz hacia las montañas y el eco se la devuelve acrecentando su propia soledad.

Tonny Bourdelle es “Caín” y la actriz indígena Rama Tahe es “Zu-Zu”, el tercer gran personaje, como rezaba la propaganda de la época, era la misma naturaleza de la isla de Nossi-Be. Junto con sus actuaciones, en la película también destaca la banda sonora, compuesta por André Petiot  e interpretada por la Gran Opera de París, dirigida por el maestro Szyfer, el tema principal, la “Canción de Zou zou” fue grabada por la soprano polaca Maria Alexandrowicz.

La película cosechó un importante éxito de crítica y público, en especial en Francia, pero también en otros muchos paises. En España se presentó ya en el año 1931 y en Zaragoza, en el Salón Doré, a principios de mayo.

La recepción en Teruel parece ser que resultó un tanto fría, de hecho, el reseñista que la comentó para La Voz de Teruel (seguramente el mismo Cano), tras explicar que fue presentada por el socio de la A. C. T., Rafael González, manifestaba su comprensión ante el desconcierto suscitado en gran parte del público, acostumbrado a películas más banales, comedias y operetas, sin embargo, destacaba y resaltaba su fotografía, música, así como el tratamiento realista del tema, y anticipaba que la finalidad del Cine club radicaba más que en el entretenimiento en la educación de la mirada de los espectadores, ofreciéndoles otro tipo de cine dentro de las nuevas experiencias fílmicas que se estaban desarrollando en el séptimo arte.
Aunque hay varias noticias de prensa que anticipan una segunda sesión, no hemos podido localizar que se llevara a efecto, da la impresión como si el tema se hubiera diluído por el escaso entusiasmo de los espectadores o quizá la marcha y ocupaciones de Antonio Cano le impidiesen seguir con su proyecto, el caso es que el Cine club no tuvo más continuidad.

jueves, 6 de agosto de 2020

RESEÑA DE "UN ANDAR QUE NO CESA", DE RAMÓN ACÍN



VIVIR, VIAJAR, ESCRIBIR 



Vivir, viajar y escribir son tres caras de una misma experiencia vital y una forma de la literatura, el libro de viajes, en la que se desdibujan las fronteras de los géneros y se mezclan desde el diario personal a la novela de aventuras, pasando por el libro de historia, el relato y el ensayo de vida: son ficción y realidad; pasado y presente; análisis y comparación; narración y descripción; lirismo y reflexión. De todo esto hay un poco en Un andar que no cesa, la última publicación del infatigable Ramón Acín, quien nos propone caminar a su lado para descubrirnos con mirada lúcida y honesta los temas esenciales de su literatura: el paisaje y la memoria, la guerra civil y los libros… la escritura. 

Desde la antigüedad clásica, el viaje, sea físico o espiritual, es uno de los grandes temas literarios: el retorno a casa, la bajada a los infiernos, el descubrimiento de nuevas tierras, el nomadismo como forma de vida… Al final son variantes de una misma necesidad: la de conocer al otro y su entorno para conocer mejor el tuyo y a ti mismo, y a esto se apresta Ramón Acín en un Andar que no cesa, un libro de viajes fragmentario estructurado en cinco “vagabundeos”, como señala en el prólogo Julio Llamazares, que van desde Egipto, pasando por Europa y Aragón, hasta llegar al territorio íntimo y personal del propio escritor. 

El primer vagabundeo, titulado genéricamente “Itinerar del viajero”, se subdivide en cuatro partes que nos invitan a viajar con el autor por Sicilia, el Véneto y Venecia, Bruselas, Gante y Brujas y, finalmente, ese mundo de mundos que es Egipto. Su propuesta -sin denigrar el viaje organizado- es la de desplazarse por libre, conviviendo con los autóctonos, conociendo sus gustos y costumbres y, siempre que sea posible, complementar las visitas obligadas con otras fuera de las rutas trilladas por el turismo de masas, se trata de “extraviarse, merodear sin prisa, quedarse traspuesto o engolfarse en los detalles…” para disfrutar de olores, comidas, ruidos y sonidos… del ambiente, de la atmósfera de quien habita y aprovechando el disparadero sensorial hacer aflorar en nuestra conciencia de viajeros-lectores-escritores, deseos, reflexiones, lecturas, películas, comentarios… la vida. 

El segundo, “Viajes bélicos”, es un díptico que nos lleva a rastrear las cicatrices de la Guerra Civil en los paisajes de Aragón –de norte a sur, desde Biescas, en Huesca, hasta Sarrión, en Teruel -, y los de la Segunda Guerra Mundial en Normandía, con el objetivo, en primera instancia, de “comprender el porqué de la violencia y su intolerancia congénita”, y en última y principal, con la finalidad de recordar para “cerrar heridas y evitar su repetición”. 

El tercero, “Viajes de papel”, es un brillante ensayo sobre la “Literatura de la memoria. Pueblos deshabitados”, en el que Acín pone a nuestra disposición sus avezados ojos de crítico y teórico de la literatura, de lector y escritor de esa temática, de hermano y compañero de mil andanzas de un gran experto en Aragón (José Luis Acín), de amigo de gran parte de sus máximos exponentes, para analizar la problemática de la España vaciada, hoy en día tan en boga pero, sobre todo, para disfrutar de sus paisajes, viajando a los territorios personales, ficticios y reales, de cuatro grandísimos escritores: la montaña leonesa de su prologuista, Julio Llamazares; la vieja Mequinenza de Jesús Moncada; la sierra valenciana de Alfons Cervera y el Crespol de José Giménez Corbatón, en el Maestrazgo turolense. Con todos ellos, el autor y, casi con toda seguridad muchos de sus lectores, compartirán numerosos aspectos vitales: orígenes rurales, emigración y vida urbanita, necesidad de recuperar espacios de la infancia, etc. 

Estudio esencial e imprescindible para todo aquel que guste o quiera adentrarse en esta literatura o en sus mundos particulares, con el regalo añadido de un epílogo en forma de breves, pero interesantes confidencias de tres de ellos, Cervera, Corbatón y Llamazares, sobre su particular interpretación del “paisaje de la infancia”. 

Este original viaje lector contiene también una importante carga crítica, que invita a la reflexión sobre el problema de fondo, la despoblación del mundo rural y sus efectos colaterales: la pérdida constante de identidad y memoria colectiva; la falta de sensibilidad ante el legado patrimonial del pasado, tanto material como inmaterial; la necesidad de conservar ese mundo que desaparece, el uso partidista e interesado del tema, etc. 

En el cuarto, significativamente titulado, “Con Francisco de Goya por Aragón”, Ramón, como un nuevo Labordeta, se cuelga la mochila al hombro y nos propone precisamente eso, rastrear las huellas de su pintura en su tierra, desde su Fuendetodos natal, pasando por Muel, Pedrola, Remolinos, Alagón, Calatayud, Zaragoza, etc. Es un viaje artístico-cultural a la obra en Aragón del pintor, sí, pero disfrutando también de la gastronomía y del paisanaje, daría para un magnífico capítulo de “paisaje con figuras”. 

Su miscelánea y fragmentaria propuesta concluye con un último vagabundeo, “Por el Somontano de Barbastro y Alquézar: Viaje a ninguna parte, su relato literario”, un díptico compuesto exactamente por la descripción del recorrido y su ficción literaria, un relato circular brillante con el que Acín nos descubre que en última instancia su verdadero viaje es la escritura y, el nuestro, el que acabamos de realizar, su lectura. 

Ramón Acín es un escritor brillante, de certero análisis y aguda mirada crítica, viajar con él es hacerlo con los ojos bien abiertos, cargados de experiencia de vida y lecturas de muchos años, pero su vasta cultura no es una carga pesada, la vaporiza en gotas ligeras que se mezclan con altas dosis de emoción y asombro, convirtiendo Un andar que no cesa en una verdadera terapia amena, instructiva y refrescante. 

A Ramón Acín le pasa como a Joaquín Carbonell, ese Brasens, Serrat o Sabina aragonés, que pudiendo jugar en la liga de los más grandes, ha renunciado a ello para quedarse en su tierra y contribuir con su trabajo a mejorarla. No lo duden, cálcense sus botas de viajero y saboreen Un andar que no cesa con calma, con delectación, como si fuese un buen vino o un buen jamón o las dos cosas juntas. Que les aproveche. 

RAMÓN ACÍN, Un andar que no cesa, Madrid, Forcola, 2020.

Reseña publicada en la revista cultural TURIA núm. 135

lunes, 20 de julio de 2020

RESEÑA DE "EL LENTO ADIÓS DE LOS TRANVÍAS", NOVELA DE MANUEL RICO



RADIOGRAFÍA DE UN TIEMPO DE TEDIO, SILENCIO Y MIEDO




En una sociedad en extremo consumista, inmersos en la denominada “cultura kleenex, de usar y tirar, de “obsolescencia programada”, de visión cortoplacista y falta de memoria, es una rareza, casi un milagro, hablar de la reedición de una novela, como es el caso de El lento adiós de los tranvías, de Manuel Rico, polifacético escritor, poeta, narrador y crítico literario, publicada en 1992 y que este mismo año ha rescatado Huso editorial, máxime cuando se ambienta en el poco atractivo Madrid franquista de mediados los años sesenta, una época recubierta con la grisura de un régimen dictatorial caracterizada por una férrea censura y un control ideológico angustioso.

El lento adiós de los tranvías encuentra su fundamento creativo en las dos devociones confesas de su autor: la literatura y la política. A la evidente vocación literaria, estética, de escribir con una prosa rica, precisa y eficaz, se suma su compromiso ético vital de defender la libertad y la obligación moral de luchar contra la desmemoria tan propia de nuestro tiempo, donde las noticias de hoy están mañana en la papelera, para ello, Manuel Rico ha sometido su texto a una profunda revisión, de manera que el lector tiene ante sí una novela hasta cierto punto nueva, con un documentado prólogo de José María Merino y una posible triple lectura, todas, como es lógico, estrechamente vinculadas: la primera, la propia de la trama de intriga y su perfecta ambientación en la época; la segunda, la de su escritura en los años noventa y, la última, la de su revisión y reedición actual.

En cuanto a la primera, nos encontramos con un interesante thriller protagonizado por el periodista Mario Ojeda, inmerso en un estudio de rastreo y reconstrucción de la misteriosa vida de Eladio Vergara, un importante artista plástico republicano desaparecido, cuya investigación se va salpicando de insólitos sucesos que lo llevarán hacia un caserón abandonado durante años en el distrito madrileño de Ciudad Lineal, envuelto en un sombrío y sangriento secreto que resultará decisivo para resolver los enigmas planteados por su desaparición.

La intriga, con ser poderosa y atractiva, a nuestro juicio se ve superada por la descripción de ambientes, Manuel Rico pinta con mirada poética y de especialista en libros de viajes la intrahistoria de la capital de España de 1966, la cotidianidad de sus habitantes (olores, sonidos y sabores; libros, músicas y películas; sueños, deseos y frustraciones…). De la mano de sus protagonistas recorremos los bares y cafés (El Séneca, el Antiguo, el Cocteau, el Chaco...), espacios para reuniones clandestinas y conspiraciones envueltas en humo en la mejor tradición galdosiana; con ellos trasteamos por una librería, lugar de peregrinaje de los buscadores de libros prohibidos y nuevas corrientes literarias en los años de la dictadura; visitamos una imprenta con olor a tinta; viajamos a la ciudad de Sigüenza, provinciana, fría, monumental y gris, dominada en lo terrenal por la Guardia Civil y en lo espiritual por la Iglesia, omnipresentes fuerzas vivas en las vidas de sus ciudadanos.

Manuel Rico recupera un mundo desaparecido de diarios vespertinos, imprentas con linotipias y un paisaje poblado de troles de tranvías, cordones umbilicales estos últimos que unían dos mundos, el Madrid de la gran ciudad en palpitante expansión y el del extrarradio de Ciudad Lineal, casi rural, en retroceso y a punto de ser fagocitado por la urbe insaciable.

Sobre la segunda lectura, cuando España se quitaba definitivamente el pelo de la dehesa franquista y vivía con entusiasmo democrático los Juegos Olímpicos, la Expo y el Madrid Capital Europea de la Cultura, Manuel Rico publicaba esta novela, en la que vida y literatura acaban por fundirse, para recordarle a los españoles los no tan lejanos años oscuros de la dictadura y dar testimonio de un tiempo de tedio, silencio y miedo, salpimentada con cierta carga crítica hacia su generación, que pasó del compromiso al desencanto o a la euforia desmedida de los fastos de 1992, guindas del pastel -¿envenenado?- vaticinado diez años antes por Alfonso Guerra con su mítica frase a “España no la va a reconocer ni la madre que la parió”.

Aunque en principio no lo pueda parecer, la lectura actual de esta novela, más allá de la incuestionable calidad literaria de su prosa y de una intriga subyugante -apuesta segura avalada por la dilatada trayectoria como escritor de Manuel Rico y contrastada por la consecución de buena cantidad de premios-, tiene una vigencia incuestionable en nuestro tiempo y su realismo reflexivo supone una llamada de atención muy a tener en cuenta en los tiempos que corren: el referéndum del 14 de diciembre de 1966, utilizado como telón de fondo histórico, pretendía “lavar la cara” al Régimen y dotarlo de una apariencia democrática que distaba mucho de ser una auténtica realidad, se trataba más bien de un trampantojo de cara al exterior, que avaló con los votos del pueblo español una falsa constitución que no era sino una actualización por escrito de los fundamentos del franquismo.

Ecos de esas engañosas pretensiones resuenan en la actual política catalana y, salvando las distancias de métodos y formas, aquella ciudadanía atemorizada por el poder y narcotizada por su propaganda, encuentra su sosias presente en el pueblo catalán, igualmente adormecido -¿amordazado?- por un uso partidista de los medios de comunicación y el adoctrinamiento escolar, con cuyos votos en un falso referéndum se ha pretendido crear la “ensoñación” de una inexistente república, sin embargo, el logro obtenido ha sido el de escindir la sociedad y que todo el mundo mire hacia otro lado –o a quien tiene al lado, por si es un confidente del poder-, degradando las relaciones familiares y de amistad y anulando su voluntad, mientras los dirigentes, de España y Cataluña, indistintamente, de uno y otro signo, sacan partido de la situación y nos roban sin ningún pudor.

Como respuesta, ha surgido con fuerza inusitada un nacionalismo español no menos peligroso abanderado por la extrema derecha que amenaza con una involución democrática.

Por otra parte, la búsqueda de Mario, más allá de su literalidad, puede interpretarse en clave de metáfora: Eladio, el artista desaparecido, representa la cultura, el arte, la creación, la razón… todo aquello que fue perseguido y reprimido por la dictadura, pero que ni en la década prodigiosa del siglo pasado ni en el presente, ha sido encontrada: la Cultura sigue siendo la gran olvidada por todos y nuestra democracia para afianzarse definitivamente necesita construirse sobre sólidas bases culturales.

Contra la amnesia no hay nada mejor que una píldora de buena literatura con forma de novela de intriga, ambientes y carga crítica: El lento adiós de los tranvías.

MANUEL RICO, El lento adiós de los tranvías, Madrid, Ediciones Huso, 2020.

miércoles, 1 de julio de 2020


ROSAS HELADAS



Foto portada de Guara Caulín


   Eros y Thanatos es un libro de relatos visual elaborado al  alimón por Elena Gómez -la voz- y Guada Caulín -la mirada-, y publicado por Los Libros del Gato Negro en una muy cuidada edición.
 Ilustra la portada una sugerente fotografía de una rosa roja helada, escarchada por la boira, subrayando con su tan simbólica como hermosa presencia los temas centrales, anticipados en el título, que vertebran y dan unidad al conjunto de las veintidós historias breves: el amor y la muerte.
   
Elena Gómez (foto de Selma Terzic)
Elena hace patria abriendo y cerrando la obra de forma circular con dos microrrelatos alusivos a la más bella historia de amor de todos los tiempos, la de los Amantes de Teruel. En el último nos presenta a un Diego todavía niño llamando desde la calle a una Isabel turbada en su sosiego infantil hasta el llanto por “Malos presagios”. Convertida ya en una joven, lo ve partir y presiente la tragedia en el primero, significativamente titulado “No marches”, poético homenaje a la ciudad de Teruel y sus gentes.
        
Guara y Elena (Foto de Selma Terzic)
Junto con el amor y la muerte, otra constante en la mayoría de las narraciones es la denuncia social, tanto Elena como Guara son en su día a día mujeres comprometidas con las personas y su entorno, la primera desde sus columnas en el Diario de Teruel, la segunda desde la fotografía documental. La violencia machista en su forma más habitual está presente en “Mancio”, pero no dudan -con sorprendentes puntos de giro finales-, en poner en evidencia otras violencias, no tan frecuentes, pero también denunciables en “El perdón” o “Demasiado tarde”.
         La discapacidad se normaliza en “Un giro inesperado”, donde el amor triunfa sobre los prejuicios sociales, como también en “@Cherry39”, mientras en “Adhra”, se le da voz al oprimido, al inmigrante, para que triunfe.
         La especulación y el abandono del mundo rural pierden su pulso en “Por enésima vez” ante la cabezonería y la esperanza visionaria del protagonista de reencontrarse con la amada y poder volver a llenar de vida las calles de su pueblo, si bien, el optimismo vital de relatos anteriores, sin perderse en su totalidad, deja el regusto amargo de la batalla perdida.
        En “El vagabundo” se critica el recelo, la aprensión, la indiferencia ante la pobreza. Elena nos muestra con maestría que hay otros mundos, pero están en este y que estamos instalados en sus fronteras, vivimos en nuestra aparente segura y duradera zona de confort, pero igual que se desata en un instante la tormenta y todo cambia, podemos perderla para precipitarnos en abismos impensables.
         En todos los relatos, la autora maneja con maestría la elipsis, lo que se calla es tan o más importante que lo que se dice, pero “En todos los días de su vida” en tan solo dos breves párrafos define la personalidad de sus protagonistas y condensa toda una vida de amor, abnegación y sacrificio. Excelente.
         Se encontraban Amor y Locura jugando, cuando ésta lo hirió en los ojos con una flecha y lo dejó ciego. La condena para Locura fue que habría de guiar por siempre a Amor, está fábula de La Fontaine anima  y hace emparentar “Locura de amor” y “No estarás sola”, relatos en los que se muestra los difusos límites entre el amor y el desamor, la locura y la muerte.
        
Guada Caulín (Foto de Selma Terzic)
Como hemos anticipado la denuncia social se mueve casi siempre en los márgenes de lo fantástico y en ocasiones este mundo se adueña del relato por completo, así es posible una sana y humorística convivencia entre vivos y muertos en “1 de noviembre”. Elena deja volar su imaginación en cuentos de corte becqueriano en “Tormenta” y “Recital perverso”, o en la estela del terror imaginario de Poe o Lovecraft, con presencia de portales a otros mundos de fría oscuridad y silencio, como en “El intruso” y el magistral “Pies fríos”. En estos, la fotografía figurativa de Guara, en ocasiones simbólica, se desdibuja hacia lo espectral y fantasmagórico.
Foto de Guara Caulín

 Algunas narraciones son explícitos homenajes a maestros del género como Cortazar -“El librero”-, o revisiones actualizadas de la mitología -“Estigia”-, o divertidos guiños cinéfilos, caso de “Sospecha”, una verdadera Delicatessen.
Foto Guara Caulín

         Junto con los temas descritos, la trabajada prosa de Elena Gómez está transida de profundo lirismo, llegando en ocasiones a mezclar los géneros en el experimental “Poeta roto”.
         Eros y Thanatos contiene relatos de gran calidad, su mérito está en la concisión, en la sutil manera de contar (un gesto discreto, un detalle insignificante, una palabra aparentemente puesta al descuido, revelan la verdad sobre el personaje y nos brindan la clave de la historia), en la generosidad de su autora -reforzada por las fotografías-, que permiten al lector acabar su lectura con la agradecida impresión de que algo, quizás innombrable, maravilloso o terrible, le ha sido revelado.

Elena Gómez/Guada Caulín, Eros y Thanatos, Zaragoza, Los Libros del Gato Negro, 2020