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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ
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jueves, 2 de abril de 2026

 

SOMBRAS EN FOCO





            En Estás en mis ojos, Angélica Morales nos entrega mucho más que una novela. Nos ofrece una mirada detenida, firme, poética y brutal sobre lo que no se quiso ver y lo que aún sigue invisible. Publicada por Editorial Destino, esta obra confirma su madurez como narradora sin renunciar a su raíz poética: una historia tejida con precisión quirúrgica, lirismo contenido y una conciencia aguda sobre la violencia estructural que atraviesa a las mujeres, también en la literatura.

            Premiada en 2024 con el Búho por La casa de los hilos rotos y con el Santa Isabel de Portugal de poesía por Dolor —reconocimientos que suma a otros muchos obtenidos con anterioridad y que, sin duda, seguirá ampliando—, Morales se encuentra en un momento “dulce” de su carrera. Fiel a su naturaleza poética, su narrativa continúa siendo una prolongación de esa sensibilidad. En esta ocasión, la escritora turolense afincada en Huesca reconstruye —y reimagina— la historia de Hélène Roger-Viollet, fotoperiodista pionera, feminista, visionaria, empresaria y víctima de un asesinato tan brutal como el olvido posterior que eclipsó su obra.

            Estás en mis ojos es un thriller hipnótico, a la vez reconstrucción biográfica y ejercicio de memoria lúcida y reveladora. La novela transcurre en dos tiempos narrativos que dialogan entre sí con intensidad y profundidad. En 1985, en un París aún teñido por sus propias penumbras históricas y emocionales, Hélène es brutalmente asesinada por su esposo y socio, Jean Fischer. No interpreten esto como un espóiler ni como un giro inesperado, este crimen es el punto de partida del relato, su impulso inicial, lo que activa todas las piezas de la trama. La inspectora Isabel Santolaria, encargada de esclarecer el caso, se ve arrastrada no solo por la oscuridad del crimen sino también por la de su propia vida, marcada por una relación tóxica y opresiva con Michel Étienne.

            Treinta años más tarde, Isabel vive retirada en el valle de Hecho, dedicada a la escritura desde las sombras. Su aparente calma se ve sacudida cuando recibe un encargo inesperado: escribir la biografía de Hélène. Aceptarlo implica enfrentarse al pasado, no solo al de la víctima, sino al suyo propio. Lo que comienza como una labor literaria se transforma en una doble indagación: la reconstrucción de una vida truncada y la revisión íntima de una herida aún abierta.

            Este viaje hacia la verdad nos lleva mucho más allá del crimen. Retrocedemos hasta 1936, al inicio de la Guerra Civil española. Luego nos desplazamos al Argel de la Segunda Guerra Mundial, atravesamos la efervescencia de la Cuba revolucionaria, y, en paralelo, se intercalan los momentos del presente de Isabel —al silencio, al retiro, y al pulso íntimo del acto de escribir— en casa Martina, ubicada en el sereno y hermoso valle pirenaico de Hecho. Allí, en ese paisaje de calma aparente, se desenredan los hilos de la historia y de la memoria, iluminando las zonas oscuras que el tiempo no ha logrado borrar.

            La gran potencia de esta novela reside en cómo Morales convierte la mirada —literal y metafóricamente— en el eje narrativo. La inclusión de la optografía, esa vieja pseudociencia que creía que los ojos conservaban la última imagen antes de morir, no funciona aquí como simple recurso de intriga, sino como una poderosa metáfora. ¿Qué imágenes quedan impresas en la retina de la memoria? ¿Qué verdades nos negamos a ver? En ese gesto, Morales hermana la mirada fotográfica de Hélène con la mirada narrativa de Isabel, seguramente también con nuestra propia mirada de lectores.

            Morales no escribe desde el morbo ni desde la estadística, sino desde la necesidad de devolver a Hélène su lugar como sujeto y no solo como víctima. Esta novela invierte el relato histórico, que tantas veces se limita al crimen y se olvida de la vida. Hélène, mujer adelantada a su tiempo, inteligente, carismática, no especialmente “bella” según los cánones, pero luminosa e imponente, emerge aquí como figura plena: artista, empresaria, jefa, feminista, pero también, mujer enamorada y… superviviente de su tiempo… hasta que dejó de serlo por obra de un hombre incapaz de vivir a su sombra.

            La ambientación de París, especialmente en los años 80, es otro de los logros del texto. Es un París que ya no existe, pero que sigue palpitando entre las calles húmedas, las paredes con moho y las voces que se cuelan desde las fotografías. Junto a ello, como hemos anticipado, la presencia de los valles altoaragoneses y el fenómeno de las “golondrinas” —esas mujeres migrantes de ida y vuelta— le dan al relato una profundidad telúrica, muy conectada con lo real y con lo íntimo.

            Estás en mis ojos es una novela negra, sí, pero también es una historia de memorias cruzadas, de secretos familiares, de traumas encarnados y de mujeres que, aun equivocándose, intentan nombrar su dolor. Morales construye personajes complejos, quebrados y honestos (excelentes secundarios son la criada argelina; el matrimonio de homosexuales que tienen alquilada la zapatería de Rosario; Marguerite y Jacqueline...). Isabel Santolaria no es solo una testigo: es otra víctima del mismo sistema que anuló a Hélène. Y su proceso de reconstrucción a través de la escritura es también el de muchas lectoras que han sido silenciadas de formas más sutiles.

            Esta es una novela que no teme a la oscuridad,  más bien persigue la luz. Angélica Morales demuestra que escribir es mirar de frente, aunque duela. Y que las historias, cuando son verdaderas, se nos quedan impresas en los ojos mucho tiempo después de haber cerrado el libro.

            Una obra imprescindible. Conmovedora, inquietante y necesaria.

 

Angélica Morales, Estás en mis ojos, Barcelona, Destino, 2025.

 

miércoles, 29 de noviembre de 2023

 

SOBRE EL ARTE DE TEJER FICCIÓN Y VIDA


 


La escritora turolense Angélica Morales, actriz y dramaturga de largo recorrido y consolidada poeta avalada por numerosos premios, juega ya en la Primera División de los novelistas españoles con la publicación en la editorial Destino de su estupenda La casa de los hilos rotos. Llegar a este privilegiado parnaso español no ha sido fruto del azar, sino de un intenso trabajo, como demuestra la presencia en los cajones de su escritorio, durmiendo el sueño de los justos, de las novelas finalistas del Premio Planeta 2017 y del Premio Azorín 2018, así como también en los estantes de algunas bibliotecas de media docena de títulos publicados por pequeños sellos editoriales independientes de ámbito autonómico.

Con los escasos hilos de la biografía de una mujer olvidada, Otti Berger (Vörösmart, Hungría, 1898- Auschwitz, 1944), y el gran contexto de la Bauhaus de fondo, Angélica Morales teje un relato multicolor en la que pasión, arte, teatro, poesía y locura convergen para crear una auténtica realidad llena de vida.

Entre 1919 y 1933, la Bauhaus fue un movimiento de renovación artística, tanto en el diseño y la pintura, como en la arquitectura; dotó de valor artístico la funcionalidad de los objetos y planteó nuevos métodos pedagógicos, admitiendo la presencia y el protagonismo de las mujeres en el arte, si bien con la perspectiva del tiempo descubrimos que esa revolución fue más aparente que real.

Berger se formó en esta escuela como artista textil y llegó a ser profesora durante un corto periodo de tiempo, pues fue sustituida por no ser aria. Montó su propio estudio en Berlín hasta que en 1936 debió cerrarlo ante el acoso del régimen nazi a los judíos. Tras ser la primera mujer en patentar sus diseños, se la invitó a participar junto a su marido en la New Bauhaus de Chicago, pero regresó a su pueblo natal para cuidar de su madre enferma, fatal decisión que supuso su deportación junto a toda su familia al campo de concentración de Auschwitz. Su final ya se lo pueden imaginar.

La novela alterna dos planos temporales y dos ritmos narrativos: el pasado con una cadencia pausada, de plano secuencia, donde confluyen las vidas de Otti Berger y la de ficción de Mercè Ribó, su apasionada y soñadora compañera, amiga y confidente, hija de un importante empresario textil catalán, y el presente, más trepidante, en el que accedemos a la biografía de Mercè por medio de su bisnieta, Penélope, una joven pintora que mantiene una tensa relación con su madre. Será ella quien descubra, junto a los diarios de su bisabuela, la existencia de dolorosos secretos familiares.

La ambientación histórica es excelente y embasta la narración con rigor y credibilidad: la Gran Guerra y sus consecuencias, los felices veinte, la Guerra Civil española (Bolsa de Bielsa), la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración y, por supuesto, la Bauhaus con su representantes más destacados: Klint, Kandinsky… Sin olvidar a todas las mujeres que estuvieron allí y quedaron relegadas a un segundo plano: la diseñadora y primera mujer profesora de la escuela, Gunta Stölzl, la fotógrafa, Gertrude Arndt, etc.

El contexto histórico transpira en la novela sin lastrarla, no pesa ni abruma al lector. Lo verdaderamente importante son las pasiones humanas, por encima de todo está la relación emocional de Angélica con sus protagonistas, los hilos vitales y sentimentales que las unen a través del tiempo, como ese emblemático pañuelo familiar que pasa de mano en mano y destaca en la cabeza de la joven de la portada del libro. Ese pañuelo —se nos dirá— “es toda su historia. Es el amor, el arte, el miedo, la represión, la lucha, la libertad, el holocausto, el perdón, el acercamiento. Todo está ahí, entre esos hilos que se enredan en su cuello y besan su piel.”

Hay mucho de historia, cierto, pero, sobre todo, prima el análisis psicológico de los personajes principales, todas mujeres, salvo uno, Antoni, el poeta loco, sobre el que gravitan los secretos y las claves de la trama.

Desde su mismo título, en La casa de los hilos rotos los símbolos son una constante, la condición de poeta de Angélica Morales marca su narrativa con la pátina de lo lírico -para quien el mundo es un poema, la metáfora es mucho más que un ornamento literario-, así como también su actividad teatral se refleja en la fluidez y excelencia de los diálogos. En última instancia, toda la novela es una alegoría en la que el hilo se convierte en vínculo con la familia y la vida; la práctica del arte de tejer no solo redunda en un aprendizaje técnico ni supone únicamente un placer creativo, sino que implica también la transmisión intergeneracional de una forma de hacer, de ver el mundo, de traspaso de saberes ancestrales. Probablemente de esta forma se difundiera ese leitmotiv que acompaña a Otti a lo largo de su existencia, esa leyenda húngaro-croata de su localidad de nacimiento, Vörösmart (en la actualidad Zmajevac), de Marta la Roja. Angélica lo sabe bien, las mujeres durante sus tertulias tejían y enseñaban a tejer a las generaciones posteriores, al tiempo que les transmitían el patrimonio oral del pasado, esas historias, unas veces personales o familiares, otras universales, son las semillas que con el tiempo terminarán germinando en el interior de las mentes sensibles y prenderán la llama de la imaginación creativa. Ese material propio extraído del pasado, mediante una particular simbiosis autora-personajes, lo transfundirá a sus protagonistas para darles vida y dotarlos de auténtica verdad.

Sobre estos cimientos simbólicos y de la mano de Ottis Berger, la autora confecciona una red e impronta mental en los lectores que les llevará a comprender la importancia de este arte para organizar el mundo exterior e interior a través del lenguaje, conformando un andamiaje lingüístico y de sentido que viene a impregnar nuestra cotidianidad y forma de comunicarnos tal y como la conocemos. En el fondo, escribir sólo es una función especializada de nuestra capacidad textil.

La casa de los hilos rotos es una novela emocionante y conmovedora de amor y amistad, de búsqueda de caminos creativos y lenguajes artísticos, pero, por encima de todo es una historia de superación personal -mujer judía, sorda, comunista y extranjera-, de lucha y tenacidad por hacer realidad los sueños.

¿Veremos La casa de los hilos rotos llevada a la gran pantalla o convertida en serie de televisión? Podría ser, tiene todos los elementos necesarios para ser un éxito. Pero de lo que sí estamos seguros es de que Angélica Morales, no tardando mucho, conseguirá un premio literario de Champions. Al tiempo.

Angélica Morales, La casa de los hilos rotos, Barcelona, Destino, 2023.

viernes, 14 de septiembre de 2018

RESEÑA DE "EL FUEGO INVISIBLE", DE JAVIER SIERRA.



EL PODER DE LA PALABRA





¿Qué es un best seller? Sensu stricto un “libro o disco de gran éxito comercial”. Sin embargo, en la actualidad se está pervirtiendo el término y de alguna manera se le ha cargado de connotaciones despectivas y reduccionistas, llegando a asociarlo, incluso, a literatura de baja calidad, lo que stricto sensu no parece justo. En puridad, la Biblia es el más grande de todos y el Quijote lo sería de la novela moderna: es la primera que se reedita -incluidas versiones piratas-, se traduce a otros idiomas y le salen copias apócrifas, todo ello en muy pocos años.

Las obras que han gozado de una amplia acogida lectora pueden pertenecer a cualquier género literario, si bien hay algunos que ya de partida son gratos a los lectores, nos referimos al histórico, policíaco, de aventuras, etc., pero en especial son muy demandadas la novelas de misterios esotéricos y en estas nuestro paisano Javier Sierra es un verdadero maestro, llegando a competir con ese monstruo de las superventas que es Dan Brown, La cena secreta lo llevó a ser el primer y único escritor español que hasta la fecha ha entrado en la lista de libros más vendidos de EE.UU, elaborada por The New York Times, sus cifras son de auténtico vértigo: más de 3 millones de ejemplares vendidos, publicado en 32 países, traducido a numerosos idiomas, etc.


Siguiendo esta línea ascendente, su última novela, El fuego invisible, fue la ganadora del Premio Planeta 2017, lo que ya de antemano la convierte por la filosofía, categoría y proyección del premio en un autentico best seller.

Javier Sierra domina a la perfección los códigos del thriller de enigmas con sustrato histórico y en su coctelera narrativa mezcla con sabiduría y precisión saberes etimológicos, históricos y mitológicos; interpreta de manera sugerente la simbología oculta presente en obras literarias y artísticas de diferentes épocas; utiliza un lenguaje claro y sencillo; dosifica la intriga con una estudiada tendencia a terminar en clímax determinados momentos de la obra, etc. En definitiva, conoce bien el paño y consigue armar una novela de entretenimiento con vocación universal que capta el interés del lector y se lee con fluidez.

Siguiendo los cánones, un joven profesor e investigador universitario irlandés de origen español, David Salas, recibe el encargo de viajar a España a buscar un curioso libro, ya en Madrid, se verá involucrado en un misterio más intrincado y metafísico que le llevará a seguir el rastro del mítico Santo Grial colaborando con una vieja amiga de su familia, la escritora Victoria Goodman, y los miembros de la sociedad secreta que ella lidera. En su búsqueda visitará lugares mágicos de la geografía española, tanto madrileños –el Retiro-, como catalanes –Font de Montjuic-, aragoneses –la Iglesia de Santa María de la Santa Cruz de la Serós- o valencianos –la Catedral-.

Bajo la trama de la búsqueda del Santo Grial se encuentra una segunda lectura más trascendente y fundamental que trata sobre el poder de la palabra. Si no das nombre a algo no existe. El grial no es la copa de la Última Cena, es una palabra inventada en un texto literario del siglo XII a la que se va dotando de sentido y con el paso del tiempo termina convirtiéndose en una metáfora perfecta del genio creador, en un símbolo.

De alguna manera, Javier Sierra nos dice que desde las cavernas, los hombres cruzaron el umbral simbólico y la especie estuvo en condiciones de construir una realidad virtual paralela sobre la que se construye nuestra propia evolución cultural. Es decir, como expresara poéticamente Paul Éluard, “hay otros mundos, pero están en éste. Hay otras vidas, pero están en ti”, son las ficciones las que nos permiten considerar la realidad desde puntos de vista inéditos y mucho más creativos, sin ellas no hubiera sido posible descubrir, por ejemplo, nuevos continentes, la teoría de la relatividad, los viajes espaciales o el ordenador, en este nivel de lectura la novela de Sierra alcanza toda su profundidad y el misterio deja paso a la filosofía y se formula las preguntas esenciales: cuál es el origen de las ideas, dónde radica la creatividad. Y nos responde: en la capacidad de nombrar, en las mismas palabras. Llegados a este punto, Sierra se gusta y nos conduce por vericuetos poco frecuentes en este tipo de novelas: se apoya en la filología, relata los accesos trascendentales de escritores como Valle o Baroja y de compositores como Beethoven o Arrieta, poco a poco la novela se va transformando hasta convertirse en metaliteratura y homenaje: a la lengua, al valor de las palabras, a la capacidad de fabular y a los escritores, incluidos los grandes del género: Focault y Brown.

No cabe duda, Javier Sierra es un gran contador de historias, tiene la habilidad de relatar con amenidad lo desconocido, te podrán gustar más o menos sus teorías, creértelas o no, pero hay que reconocerle que sabe vestir de realidad lo etéreo del misterio y trabaja con honestidad, eficiencia, credibilidad y rigor sus temas, así como también los comunica con tremenda eficacia.

Cuando la inmensa mayoría miramos sin ver, su curiosidad sin límites le lleva a descubrir dimensiones desconocidas, pero no por ello menos reales; donde muchos solo ven la rutina y el aburrimiento de una capital de provincias casi inexistente, Teruel, pongamos por caso, él, con sus ojos de niño en perpetuo asombro, descubre en sus noches oscuras –las más oscuras de Europa- pobladas de estrellas la posibilidad de viajar por el espacio sideral, o  mira al suelo y ve en los restos fósiles de los dinosaurios que poblaron estas tierras la ocasión de regresar al pasado en busca de aventuras insospechadas. 


Con su escritura y sus éxitos, Sierra nos revela que haber nacido en Teruel es algo inusitado. Ser turolense imprime carácter; el carácter de una minoría mínima y selectísima capaz de destellos raciales de existencia tan grandes como el mismo pico de Javalambre, tan increíbles como para ganar un Planeta en sana rivalidad a otra paisana finalista en su misma edición, Angélica Morales, un sueño hecho realidad en ambos casos a base de persistencia aragonesa, porque Teruel existe, al menos para la Literatura.

Aquí una entrevista sobre la novela:




Javier Sierra, El fuego invisible, Barcelona, Planeta, 2017.

Esta reseña fue publicada en la revista TURIA núm. 127