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jueves, 7 de mayo de 2026

 

EL PESO DEL PASADO



            Tormenta de polvo fino es una novela breve solo en apariencia. Bajo su extensión contenida, Carlos Fortea construye un artefacto literario de gran densidad simbólica y narrativa, en el que convergen memoria, historia e interrogación moral. Profesor universitario y reconocido traductor —galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción—, ya había mostrado en novelas como Los jugadores o El mal y el tiempo —reseñadas en estas mismas páginas— su interés por los dilemas éticos y por la persistencia del pasado en el presente. En esta ocasión, la obra llega a las librerías bajo el sello de Nota al margen, editorial independiente fundada en 2024 con la vocación de apostar por propuestas literarias exigentes y alejadas de la lógica puramente comercial.

            Desde sus primeras páginas, el lector percibe que no se encuentra ante una narración convencional, sino ante una indagación en aquello que queda fuera del relato histórico oficial. El protagonista —un narrador sin nombre— recorre archivos olvidados, abre legajos que nadie consulta porque no pertenecen a personajes ilustres, sino a personas comunes. Al hacerlo, se levanta una nube de polvo: el polvo de la historia acumulado en los papeles de la gente normal, esa “tormenta de polvo fino” que da título a la novela y funciona como poderosa metáfora del pasado silenciado. “Los recuerdos ajenos son míos. Fermentan, y los gases que producen alimentan mi mente como si se tratara de una gran turbina”, afirma el narrador, dejando claro que su tarea no es reconstruir grandes acontecimientos, sino rescatar vidas sepultadas por el olvido.

            En este gesto se sitúa el verdadero núcleo intrahistórico de la novela. En un sentido claramente unamuniano, Fortea no se interesa por la historia de los grandes acontecimientos ni por la de los dirigentes políticos, sino por la de quienes la padecen y la sostienen en silencio, “la historia de la gente”, hecha a pico y pala. Conviene insistir en ello: no estamos ante una novela histórica al uso. Aquí no se reconstruyen batallas, fechas decisivas ni grandes decisiones políticas. Se trata, más bien, de una novela sobre la memoria, construida a partir de vivencias individuales de personas sumergidas en su tiempo, que viven dentro de los acontecimientos sin alcanzar nunca una perspectiva completa sobre ellos. El narrador actúa como un mediador entre pasado y presente: recorre casas vacías, escucha los ecos de quienes las habitaron y recompone fragmentos de vidas comunes, marcadas —y con frecuencia aplastadas— por los vaivenes políticos y sociales de la historia española. En esa lograda fusión de verdad y ficción, devuelve al relato colectivo a individuos anónimos, arrastrados por los acontecimientos y herederos de culpas ajenas, cuyas intrahistorias reclaman, por fin, un lugar en la memoria compartida.

            La novela se articula como una auténtica “novela de novelas”, una estructura fragmentaria que permite abarcar más de dos siglos de historia sin recurrir a un relato lineal. Desde la Guerra de la Independencia hasta la Transición, las tramas se suceden y se entrecruzan, y sitúan ya en 1812 —momento en que el país se parte en dos, entre quienes aspiran a un cambio hacia la libertad, el progreso y la mejora de las condiciones de vida, y quienes desean que todo permanezca perpetuamente igual— el inicio de un presente que sigue proyectándose hasta hoy. Frente a la idea de que todo comienza con la Guerra Civil, la novela sugiere que esta no fue la causa, sino la consecuencia de un conflicto ideológico y social acumulado durante más de un siglo: en ese sentido, somos hijos e hijas de Cádiz. En ese amplio arco histórico se inscriben las distintas tramas: un afrancesado que planea vengarse de Fernando VII mientras espera el regreso de “El Deseado”; la amistad forjada en la Guerra de Marruecos entre dos jóvenes destinados a tomar caminos opuestos; un maestro solitario en el frente sublevado durante la Guerra Civil; una actriz en los años de la República; una periodista en tiempos de la Transición; o el romance entre una actriz emergente y un diplomático alemán poco antes del ascenso de Hitler. Son siete u ocho relatos distintos, poblados por personajes que, sin ser reales en sentido estricto, poseen un claro “pozo de realidad”: ecos de personas conocidas, oídas, vividas.

            Estos personajes luchan, aman, obedecen o resisten según las circunstancias históricas que les tocan en suerte. Sus decisiones aparecen siempre condicionadas —y a veces anuladas— por el contexto, lo que da lugar a una reflexión especialmente lúcida sobre la imposibilidad de separar pasado y presente. En este sentido, el tiempo avanza porque se va saltando de relato en relato, de vida en vida, y las vidas de todos los personajes van dando como resultado la vida del país. No en vano, uno de los pasajes más elocuentes afirma: “La historia es igual que una noria puesta en el cauce de un río, nunca gira hacia atrás”. La estructura fragmentada refuerza esta idea y exige del lector una implicación activa: Fortea no ofrece respuestas cerradas, sino episodios que dejan preguntas abiertas y reverberan más allá de la página.

            El estilo, sobrio y preciso, contribuye a crear una atmósfera absorbente en la que lo histórico y lo imaginario se confunden, como ese polvo fino que se deposita lentamente y acaba cubriéndolo todo. Aunque a lo largo del libro se abordan temas como el poder, la venganza o la lucha política, el verdadero núcleo es la memoria: la que duerme en los archivos, deformada por el tiempo, y la que se proyecta hacia un futuro incierto en el que aún podría servir para corregir errores, si alguien se detuviera a escucharla.

            En conjunto, Tormenta de polvo fino es una obra exigente y profundamente sugestiva, ideal para lectores interesados en la literatura introspectiva y en la reflexión histórica. La novela sugiere la convicción de que el mundo se encamina cíclicamente a la repetición de las catástrofes porque las olvida, y de que ese olvido no es inocente, sino a menudo fomentado por quienes medran en la oscuridad. Frente a ello, el autor aspira a arrojar luz: los focos que iluminan el pasado, parece decirnos, despejan también el camino del futuro. Con esta novela, Carlos Fortea se confirma como una de las voces más singulares de la narrativa española contemporánea, capaz de convertir el silencio, el polvo y las vidas marginales en el auténtico centro del relato.

miércoles, 3 de julio de 2024

 

DE SUEÑOS Y PASIONES




         En cierto modo, El aviador, la última  novela de Carlos Fortea, se puede considerar una continuación de su anterior Los jugadores, reseñada también en estas mismas páginas. Aquella situaba a sus personajes en ese enorme tablero de ajedrez del París de 1919, un gran Monopoly donde las potencias mundiales se afanaban por ganar la paz y repartirse el mundo. El tiempo demostró que los acuerdos adoptados en la Conferencia de Paz no supusieron, ni mucho menos, una solución definitiva, la herida abierta en la I Guerra Mundial volvería a sangrar en la II y ahora en el Londres de 1940 asistimos a la dolorosa retirada de las tropas aliadas de Dunkerke y vivimos los primeros bombardeos del territorio británico por parte de la aviación alemana. Podríamos pensar que estamos ante una novela histórica, pero en nota final, el autor afirma expresamente que no lo es. Como él mismo certifica al citar alguna de las fuentes consultadas, la ambientación histórica se ha trabajado con escrupuloso rigor, si bien, y esto lo añadimos nosotros, la documentación no pesa ni densifica la acción, simplemente es un sutil barniz que confiere verdad a la ficción.

         Fortea recupera algunos de los personajes de su obra anterior y en la presente los convierte en republicanos en el exilio: el ferroviario Miguel Polo, el poeta Daniel Zaldívar, la profesora de piano Marina Galván, el agente español encubierto Gabriel Cortázar… Y como en aquella, los personajes de ficción conviven e interactúan con otros reales, es el caso de Churchill, Negrín, Arturo Barea, el general Herrera, el coronel Casado, etc. Estamos también, como en aquella, ante una novela coral, pero en este caso con un protagonista principal destacado ya desde el mismo título, El aviador, el general franquista Gonzalo Rojas, y con él el recuerdo de sus dos grandes pasiones: volar y su gran amor, la periodista Laura Sastre, conocida con el pseudónimo de “Carta Blanca” —¿homenaje a la novela de Lorenzo Silva?—, en Los jugadores una joven corresponsal de guerra enviada especial a París, que intentaba abrirse paso en un mundo profesional difícil y más para una mujer.

         Su memoria se remonta a 1911, cuando comenzó su aprendizaje como piloto de aviones y se “ganó las alas”. A partir de ese momento en la novela la anacronía se impone y la estructura cronológica lineal se ve interrumpida por analepsis constantes, de manera que el presente y el pasado se alternan y se explican mutuamente y lo histórico y social ceden paulatinamente el paso a lo íntimo y personal, para mostrarnos la historia de un hombre, sus sueños, pasiones y decisiones: presenciamos sus arriesgados primeros vuelos y vivimos sus ansias por volar —para hacer realidad este sueño tiene que convertirse en militar sin compartir en absoluto el ardor guerrero de la casta—; ya con el grado de teniente, asistimos al primer encuentro con Laura, convertida en esos momentos en una afamada, temida y agresiva periodista; conocemos la épica aeronáutica de las primeras décadas del siglo XX, la edad de oro para los pioneros de la aviación; experimentamos su primer contacto con la guerra, la de Marruecos, y participamos de sus dudas y problemas como militar; disfrutamos de su paulatino enamoramiento y comprendemos su ruptura por sus divergentes caracteres: ella comprometida con la realidad social; él un soñador “respetuoso con todo lo establecido”, pero que no puede evitar “pensar solo en aviones”; revivimos la terrible Guerra Civil y sus fatales consecuencias de muertes y exilios.

         En el presente, otra mujer entra en su vida, Clara Suances, una exiliada por voluntad propia e involucrada en la defensa de la causa republicana, aun a pesar de su conservadora y adinerada familia, que tratará de sumar al bando aliado al general y, sobre todo, de desvelar el misterio de su persona y el de su adscripción a la sublevación franquista.

         Más que leerse, El aviador se ve en imágenes, en secuencias fílmicas que pasan ante los ojos del lector convertido en espectador de una película con unos diálogos claros, sencillos, sin vanas retóricas, en los que las miradas y los silencios cobran tanta importancia o más que las propias palabras. Estamos ante una novela ambientada en los comienzos de la II Guerra Mundial, pero en su esencia es atemporal, no reflexiona ni profundiza en los problemas de ese periodo histórico, los trata tangencialmente para centrarse de manera fundamental en la doble pasión de un hombre por una mujer y por volar, sus dudas, circunstancias, decisiones y compromiso vital.         En el fondo, Carlos Fortea reflexiona sobre nuestro presente, sobre el enigma que es todo ser humano y nos obliga con delicada sutilidad a pensar en nosotros mismos, como individuos y como sociedad, a bucear en el pasado, ese espejo que debemos mirar de vez en cuando, para explicar nuestro presente, a analizar las causas y consecuencias de nuestras decisiones en nuestra propia vida.

 

Carlos Fortea, El aviador, Madrid, Nocturna Ediciones, 2023.

 

 

viernes, 13 de julio de 2018

RESEÑA DE LA NOVELA "EL MAL Y EL TIEMPO", DE CARLOS FORTEA.

LA MUJER DEL CUADRO


Lo quisieron o se quiso matar y murió de un infarto. El cadáver es el de un hombre feo, investiga el caso Javier Landa, un policía con inquietudes artísticas y solitario, de hecho, podría, en algunos aspectos, confundírsele con Arturo Cervera, el muerto. El mal y el tiempo, la última obra de Carlos Fortea, es una novela de personajes vestida con el negro de las policíacas, hay un arma, una mujer fatal y llueve en ocasiones, pero todo eso es una excusa para atrapar al lector y que la narración avance, lo importante es descubrir quién fue la víctima o esa hermosa mujer de “belleza eterna” del cuadro que preside la escena del hipotético crimen, Silvia Corsano, una pintora muy especial, clave en la investigación y centro del triángulo amoroso planteado ya desde las primeras páginas.
 Carlos Fortea teje una trama de novela negra en la que poco a poco va descubriendo la psicología de sus personajes y su evolución a lo largo del tiempo; se mueven en la doble moral existente entre lo que se considera ético, lo que se encuentra dentro de la ley y el orden, y los deseos internos, confesables o no, que chocan con los primeros y los hacen tambalearse o, sencillamente, derrumbarse a las primeras de cambio. También es destacable la diferenciación que se aprecia entre teoría y práctica, entre lo que es y debe hacerse, y lo que realmente uno es capaz de realizar cuando intervienen elementos o factores exógenos incontrolables, que pueden impulsarnos a actuar de una forma que previamente entenderíamos como inaceptable, estamos hablando de corrupción en el más amplio sentido de la palabra: política, económica, social e, incluso, personal y familiar, es el egoísmo en estado puro: mi yo, mi estabilidad, mi trabajo, mi prestigio, mis ambiciones… No importa el precio que se tenga que pagar o a quién se tenga que pisar, ya no hay moral, ha caído el muro que diferencia el bien del mal, el capitalismo campa a sus anchas y todo tiene un precio.
Nos guste o no, se trata de la realidad del mundo actual en general y de España en particular, esa España que arranca con una transición con pies de barro, continúa en los ochenta con una transformación construida sobre la especulación que da paso en los noventa a la gran mentira de una falsa sociedad del bienestar en la que estuvimos -¿estamos?- instalados hasta que a finales de la primera década del año 2000 comenzó una crisis que en nuestro país se agudizó más por la corrupción sistémica que hacia el 2012 fue imposible seguir negando.
Narrada en dos tiempos -1990 y 2012-, se alternan tres tramas paralelas e intercaladas hasta hacerlas coincidir: en la primera, se desarrolla la investigación policial; en la segunda, se cuenta la semana anterior a la muerte de Arturo Cervera y, en la tercera, la acción retrocede a los años noventa, momento del comienzo de los hechos que culminan en ese presente narrativo. Ese pasado de “vino y rosas”, lleno de sueños y ambiciones de juventud, es el espejo que sirve para explicar  los sucesos del hoy de los personajes y, claro, como no, del país.
Con esta estructura y un estilo un tanto minimalista –hay mucho de contención y poda-, en el que menos es más, donde los silencios -cómplices y culpables- son tan importantes o más que lo dicho (el lector debe cuestionarse, reflexionar, hacerse en todo momento preguntas sobre los sucesos expuestos), Carlos Fortea nos presenta veinte años de historia de España en la que, como en un nuevo Retrato de Dorian Grey, la inocencia de la incipiente e ilusionada sociedad democrática española se va corrompiendo hasta hacerla irreconocible incluso para “la madre que la parió”.
 Más allá de la investigación policial y del análisis sociológico, el árbol temático de la novela es amplio: desde la posición y actitud de los hombres en el mundo, pasando por el del valor de la amistad y el juego del amor, hasta el arte como elemento de salvación y vehículo de conocimiento.
El mal y el tiempo es una novela abierta, de indagación en el ser humano, un “ubi sunt” continuo de sueños, ilusiones, amistades, amores… Los lectores en general disfrutarán con ella, pero a los que ya tenemos una cierta edad y en los noventa todavía éramos jóvenes, además de hacernos pasar un buen rato nos obligará a pensar y, como en la canción de Presuntos implicados, nos hará reflexionar sobre “… cómo hemos cambiado…”, a preguntarnos sobre dónde están tantas cosas importantes de nuestro pasado.


Carlos Fortea, El mal y el tiempo, Madrid, Nocturna Ediciones, 2017.