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viernes, 19 de junio de 2026

 

EL LUGAR INEXISTENTE DONDE HABITA LA LITERATURA


          


 
Para José Luis Gracia Mosteo, escribir no es una forma de huida, sino un modo de intervenir en lo real, de levantar una arquitectura paralela donde la imaginación no suplanta a la vida, sino que la completa, la corrige y, en ocasiones, la desenmascara. En La leyenda del lugar inexistente. Postales y patrañas del Parnaso, esa concepción alcanza una de sus formulaciones más libres y sugerentes.

            El autor propone un territorio propio —ese Parnaso que prefiere rebautizar como “Paraguas”— que se abre y se cierra con la misma lógica caprichosa de la memoria y la evocación. No es un espacio solemne ni sacralizado, sino un refugio irregular: un asilo de almas literarias, sí, pero también una buhardilla algo desordenada donde conviven la admiración, la ironía y una mirada profundamente humana sobre el hecho literario. En ese lugar, los escritores continúan viviendo después de haber vivido, aunque no siempre en su mejor versión: entre ellos se cuelan impostores que el propio Gracia Mosteo introduce con deliberada irreverencia.

            Ese “Parnaso” no es tanto un lugar físico como un espacio simbólico donde conviven la tradición literaria, la invención y cierta voluntad de desmitificación. Aquí, lo culto y lo lúdico se dan la mano con naturalidad, reforzando esa atmósfera híbrida en la que la alta cultura se permite sonreír y mirarse al espejo sin solemnidad.

            El libro se articula como un conjunto de “postales”, pequeñas piezas que combinan el apunte biográfico, la recreación imaginativa y el guiño humorístico. Lejos de la erudición rígida, el autor opta por una escritura ágil, cómplice, que invita al lector a recorrer ese territorio incierto con una sonrisa y cierta complicidad cultural. Pero, además, estas piezas se organizan en distintas secciones que dotan al volumen de una estructura interna coherente y muy significativa.

            Así, “Los fantasmas del paraíso” reúne breves semblanzas de escritores admirados, aunque no por ello exentos de una crítica a veces contundente: una suerte de biblioteca universal personal donde caben tanto la devoción como el ajuste de cuentas. En “Museo de retratos orales”, Gracia Mosteo propone una colección de retratos en la que los grandes de las letras son observados por otros grandes, no solo de la pluma sino también, como él mismo señala con ironía, “del cotilleo”, añadiendo una dimensión humana y desmitificadora al canon.

            Por su parte, “Blablablá poético del lugar” ofrece un conjunto de reflexiones de corte casi impresionista sobre la escritura y los escritores: piezas breves y sugerentes que abordan cuestiones como “El poema perfecto”, “Los poetas piratas”, “Los límites de la poesía”, “El oficio de poeta”, “Poetas y novelistas”, “Breviario poético del ligue”, “¿Influyen las letras en el poema?”, “Poetas y literatos”, “Rap de los poetas raros” o “La familia del poeta”. Este apartado puede leerse como una prolongación natural de su ensayo anterior, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos?, y dialoga de forma directa con la sección siguiente, “Un paraíso con muchos Jacks the Ripper”, donde el autor reflexiona sobre la importancia de la desobediencia y la rebeldía en el acto creativo.

            El recorrido se cierra con “Flotando en el río y alejándose”, una sección en la que, a partir de la metáfora heracliana de la vida como un río —donde el agua vivificadora convive hoy con la basura—, Gracia Mosteo traza una lúcida reflexión sobre la escritura contemporánea, en especial de la poesía, retomando y ampliando intuiciones ya presentes en su obra ensayística previa.

            Uno de los mayores aciertos del libro es, sin duda, su tono. Hay en sus páginas una amabilidad cómplice con el lector, una invitación constante a participar del juego sin necesidad de solemnidad. Gracia Mosteo no escribe desde la torre de marfil, sino desde una cercanía que permite disfrutar tanto al lector curioso como al más avezado. La erudición está, pero no pesa; la reflexión aparece, pero nunca abruma.

            Su estilo es impecable, claro y preciso, fruto de una decantación continua y de una sólida formación literaria. Como recuerda en “El fantasma de Borges”, para escribir bien hay que corregir, corregir y corregir y, por supuesto, leer, leer y leer. De algún modo, este libro puede catalogarse también como un divertido manual de escritura, poblado de ejemplos de escritores reales y salpicado en todo momento de ese humor somarda tan característico de este autor que, pese a vivir en Madrid, siempre ha ejercido de aragonés.

            Al mismo tiempo, el libro no renuncia a la polémica —como el mismo advierte—, aunque lo hace desde una inteligencia que prefiere la sugerencia a la imposición, la ironía a la diatriba.

            Esa mezcla —admiración y risa, conocimiento y desenfado— es, en definitiva, uno de sus mayores logros. Gracia Mosteo consigue acercar figuras, ambientes y mitologías literarias desde una perspectiva que no renuncia al rigor, pero tampoco al placer de la invención. Su “Paraguas” se convierte así en un espacio literario propio, reconocible, donde lo real y lo ficticio se entrelazan con naturalidad.

            En última instancia, La leyenda del lugar inexistente es un homenaje a la literatura desde una mirada tan crítica como divertida. El resultado es un libro que se deja leer con agrado, que despierta la sonrisa y, de cuando en cuando, invita a detenerse y pensar.

domingo, 16 de enero de 2022

 

         ¿SUEÑAN LOS POETAS CON VERSOS ELÉCTRICOS? O EL TIRO DE GRACIA (Y MOSTEO).




         José Luis Gracia Mosteo es un diesel de la literatura, un escritor tan heterodoxo como inclasificable, un francotirador de las letras con una insólita puntería, puede matar al palomo a metros de distancia, disparar  a quemarropa sobre su propio perro de caza o darse un tiro en el pie sin decir oxte ni moxte.

         Lo ha trabajado todo o casi todo: la crítica literaria, el ensayo, la novela y, de manera especial, la poesía. Me atrevería a decir que es un poeta novelista, un crítico poeta y un ensayista poético, vamos, que por encima de todo es un poeta, un poeta y un provocador, pertinaz lector de los malditos -ergo le gusta el malditismo-, hace méritos diarios para formar parte de su nómina y toda su obra en conjunto lo avala, pero son tarjetas de presentación inmejorables para merecer un lugar destacado entre ellos en el Parnaso sus poemarios, Blues de los bajos fondos (2009), Romancero negro (2017) y La pierna ortopédica de Rimbaud (2018).

         Como su extravagante inspector Barraqueta, una suerte de José Luis Torrente aragonés, pero más humano y somarda, protagonista de sus novelas negras, El asesino de Zaragoza (2001) y El rock de la dulce Jane (2005), José Luis –Gracia, no Torrente- lee poesía en el excusado, donde gusta de unir “panteísmo y cultura” cada vez que el recto le pide “una oportunidad a la paz”, y solo cuando es buena la pasa al salón o a la alcoba. Fruto de estas lecturas de toda una vida, pues todos somos sabedores que es de obligado cumplimiento para la salud el obrar diariamente, es su erudición poética en general y su conocimiento de la poesía contemporánea en particular, y como consecuencia de esa conjunción de vaciado físico y llenado espiritual, en un ejercicio de decantación y síntesis espectacular, escribe su último ensayo, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI, que él mismo define como “una cata de poetas vivos con sus obras más representativas; un termómetro para medir la temperatura de la poesía en el tránsito del XX al XXI…”

         Como podrán intuir por lo escrito hasta aquí, tres son las características fundamentales de la escritura de Gracia Mosteo: ironía, que en ocasiones deviene en sarcasmo o humor somarda, ese fluorhídrico tan aragonés, tan corrosivo, con retranca y sin perfil definido; presencia omnipresente de la metaliteratura y, por último, uso de una prosa lírica y muy cuidada sea cual sea el género que practique, asentada siempre en sólidos cimientos que se fundamentan en su amor por la poesía, la precisión y belleza en el uso del lenguaje y unos profundos conocimientos literarios, que presenta con brillantez, inteligencia y sin afectación alguna, ahora bien, con la autoridad de quien ha leído y escrito poesía toda su vida.

         José Luis no quiere cansar al lector con un manual al uso, sabe, siguiendo el aforismo gracianesco, que “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo” y en apenas 150 páginas, trufadas de vivencias personales y anécdotas desopilantes, presenta sin miedo y sin pelos en la lengua la evolución de la poesía en el siglo XXI. No se encoge ante los grandes nombres, saca la fusta y atiza a diestro y siniestro: ¿es toda la poesía de Alberti digna de pasar a la historia? ¿Es Luis García Montero un gran poeta? ¿Están los poemas de los críticos poetas, caso de José Luis García Martín a la altura de sus propias críticas? ¿Quiénes son los poetas raros en estos tiempos rarunos? ¿Y los clásicos, y los posmodernos, y los nuevos realistas,  y los extraviados…? ¿Son los instapoetas realmente poetas? Como él mismo señala, le gusta “humanizar los mitos. Bajarlos del pedestal y largarles un puntapié a ver qué hay debajo de la escayola”.

         En este sentido, para dejar las cosas claras, nada más comenzar su ensayo, se autorretrata con precisa sinceridad y se declara “un ácrata civilizado que no soporta la autoridad pero que ha tenido que moderarse para que, en su viaje profesional de profesor a escritor, pasando por crítico literario, pudiera sobrevivir; ha tenido la precaución de dejar las cerillas en casa para evitar tentaciones, algo que ha cambiado al llegar a la edad provecta, de modo que, cuando glosa un libro, prefiere el humo de la hoguera al incienso.” Así, por poner algún ejemplo,  a José Luis García Martín, sin temblarle el pulso, lo describirá como “… un intocable en su púlpito de director de la revista literaria Clarín; un profesor que ha fustigado la mala literatura cual Pat Garrett literario que donde pone la crítica pone el tiro; un miembro del jurado del Premio Príncipe de Asturias que, si te atreves a desafiarle, te puede condenar a Príncipe de Beckelar, o sea, de las galletas, menos mal que uno prefiere el pan tostado.”

         Pero no todo son varapalos, también hay amor, emoción y profunda admiración por muchos de ellos, con retratos poéticos hermosos y acertados: “Luis Alberto de Cuenca es un conservador civilizado […] el Cary Grant de la poesía que hubiera querido ser John Wayne si hubiera nacido en el campo; un hombre de bien que sabe cantar con brillantez: Vir bonus, dicendi peritus; un sir Lancelot du Lac con bolígrafo en lugar de con espada; la reencarnación de Meleagro, pero con corbata…”. A Luis Antonio de Villena lo define como “esteticista y amoral, pero también galante y delicado… dignísimo discípulo de Constantino Cavafis; un epígono de Calímaco y la poesía helenística; un tataranieto de Catulo; alguien que vive y canta con distinción; un poeta rehén de sus apetencias; un escritor erudito con aires de noble tronado; un autor urbano refinado; una víctima más de la belleza…escritor que sueña con ser el nuevo Óscar Wilde.”

         Presenta críticas elogiosas: “Antón Castro ha escrito un poemario tan clásico como posmoderno; un libro al que solo le sobran cuatro líneas para ser redondo. Antón Castro no me ha invitado nunca a café, pero lo prefiero pues me permite mantener la libertad de apuñalarle con el papel si escribe mal. No ha compartido nunca mantel conmigo, pero lo prefiero pues su literatura me revela a un escritor delicado al que se le pueden confiar los secretos más graves. No me ha invitado nunca a beber, pero no puedo evitar decir que es una gran voz, aunque la amortigüen los poetas que avillanan la literatura de hoy. Antón Castro ha escrito un libro titulado Vino del mar que embriaga de poesía al lector, por lo que voy a guardar las cerillas.” Incluso dedica encendidos homenajes de admiración a escritores como Alfredo Castellón,  Ángel Guinda o José Luis Melero, ese “Sherlock Holmes de la literatura”, ese “minero literario al que solo le falta el candil y la mula, mientras va cantando de covacha en covacha con un saco colgado al hombro al que va echando los libros y las vidas que lee…”

         El ensayo concluye, a modo de epílogo, con las siete plagas “mosteicas” –al final son diez- de la poesía actual, analiza con poética brillantez los peligros de las redes sociales (“son la manzana de Eva… un vomitorio donde descargan sus pulsiones; un ring donde bajan la guardia; un foro donde los más veteranos se degradan; un patio de vecinos que nunca visitaría Borges –tan contenido como perfeccionista-, pero sí Neruda, -tan torrencial como impetuoso-; si hay un sitio tan peligroso en poesía, se llama Facebook, pero también Twiter e Instagram, vallas de marketing gratuito pero trampa mortal para los impulsivos.”)

         La verdadera crítica, la auténtica, agoniza o puede que haya muerto hace ya algún tiempo (“Las verdades de la vida. Alterar la evolución de un sistema orgánico es fatal”, apostillo citando del excelente film de Ridley Scott basado en el relato de Philip K. Dick al que alude el título de este ensayo de este cazador de replicantes poéticos que es Gracia Mosteo) Este es un libro valiente (“Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo”), con buena prosa y conocimiento de causa (“Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”), se esté o no de acuerdo con sus afirmaciones -cáusticas, aceradas, vitriólicas...- hemos de reconocer que hacía falta, no dejará indiferente a nadie y tal vez despierte muchas conciencias críticas. No olvidemos que José Luis Gracia Mosteo ha venido para traer la paz al mundo (“Nuestro lema es: más humanos que los humanos.”).

         ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI es un ensayo tan arriesgado como ameno, es un estudio para convenir o disentir, para tirarle tomates a su autor o invitarlo a café, pero de lo que estamos seguros es que lo leerán de un tirón. Nosotros, por nuestra parte, lo invitaremos a un vaso de bon vino, como pedía el bueno de Gonzalo de Berceo por su trabajo, en la confianza de no merecer por esta reseña el famoso tiro de Gracia (y Mosteo) del dardo de su palabra con el que ya amenaza en una inminente publicación futura.

ESTA RESEÑA HA SIDO PUBLICADA EN EL DIARIO DE TERUEL

domingo, 7 de abril de 2019

RESEÑA DE "LA PIERNA ORTOPÉDICA DE RIMBAUD", DE JOSÉ LUIS GRACIA MOSTEO










La pierna ortopédica de Rimbaud, el último poemario del poliédrico escritor de Calatorao, José Luis Gracia Mosteo, ha conseguido el máximo galardón del I Certamen de Poesía “Melaza” del Ayuntamiento de Salobreña. Dulce como el título del premio y la miel e irónico y punzante como el aguijón de las abejas que la fabrican, se compone de treinta y tres deliciosas radiografías poéticas en las que se escanea desde distintos ángulos la vida y la obra de otros tantos poetas, dramaturgos, novelistas, filósofos, bibliófilos, pintores, cantantes, cineastas… En suma, artistas de todo tipo, condición y época que, por distintas razones, se han constituido en los particulares “virgilios” del autor, verdaderos maestros para él de sus respectivas artes, y en gran medida, si no en su totalidad, casi seguro también para la inmensa mayoría de nosotros. 


La pierna ortopédica de Rimbaud es una decantación, o mejor aún, una lenta fermentación de su libro de relatos, El Pintor de Fantasmas, publicado en el año 2004. En él ya se encontraban muchos de los espectros artístico-literarios del presente poemario (desde el poeta maldito y la desgracia que le da título, pasando por Coleridge, hasta llegar al propio autor), pero también estaba su sentido del humor, a veces socarrón, irónico y malicioso siempre; su lenguaje preciso y contundente (como dice, le gustan las palabras “pesadas en balanza de joyero”), e incluso la intención última de la obra: realizar un viaje en busca del misterio de la escritura y la creación, descubrir el juego entre la apariencia de lo artístico y la realidad del mundo o viceversa, entre la realidad de lo artístico y la apariencia del mundo. Pero ahora, todo ello ha sido tamizado, cernido por el paso del tiempo y la necesaria contención y precisión requerida por el lenguaje poético.


A modo de irónica continuación de la Divina Comedia de Dante, Mosteo manda a su particular infierno a Lope, Góngora, Quevedo, Clarín, Gil de Biedma, José Luis Melero, Scott Fizgerald, Villalonga, Eliot, al mismo Rimbaud e, incluso, al propio Dante. En el purgatorio expían sus pecados Coleridge, Browning, Gracia Oliván, Buñuel, Bloom, Saint-John Perse, Graves, Borges, Octavio Paz, David Bowie y Dylan. En el cielo residen Stevenson, Laforgue –su poeta preferido, al que dedica unos emotivos versos de corte autobiográfico-, Pessoa, John Ford, Enrique Urquijo, Jorge Noriega, Nieztsche, Schrodinger, Ricardo Molina, Luis Gracia y el mismo autor.


Con un estilo impresionista conformado mediante inteligentes pinceladas de erudición y un fino humor, constituido en su mayor parte a base de una sutil ironía, compone baladas, odas, elegías, etc., en su mayoría poemas breves y de extraordinaria ligereza (“siempre me han gustado los versos bien cortados […] las imágenes audaces que rompen la realidad; la sinceridad descarnada o la mentira como arte”),en los que de manera magistral funde y resume biografía y obra de los personajes elegidos, con el fin de humanizarlos y si se quiere también de desmitificarlos de una manera divertida, a veces incluso un tanto guasona, y mandarlos al infierno por su excesiva afición a las mujeres (Lope); al purgatorio, por su necesidad de recurrir a las drogas para lograr la perfección (Coleridge); o al cielo, como Stevenson, que ya purgó sus pecados con su dolor en la tierra, por citar solo unos ejemplos.


También hay ciertos guiños cómplices a amigos personales, es el caso del erudito y bibliófilo zaragozano, José Luis Melero, al que condena acertadamente a la Eterna Biblioteca del infierno por su pasión desmedida por los libros, o poemas de corte autobiográfico, como el dedicado a su tío, “Balada de Ovidio Gracia Abarca”, y el de su padre, “Elegía de Luis el Oboe”, un hombre que pasó de músico a labrador, que supo desaprender y le descubrió con su ejemplo de vida que la felicidad y quizá también el cielo radican en la sencillez y en la elección personal de tu destino. 


No sin cierto sarcasmo, Mosteo se ubica en el infiernocielo de sus lecturas y escrituras, se desdobla en el fantasma, en el espíritu burlón de sí mismo que, como cualquiera de nosotros, zarandeado por los condicionantes de un mundo que no entiende, por el azar y el absurdo, solo encuentra en la escritura-lectura el punto de común unión con el resto de sus congéneres.


El libro se cierra con un último poema a modo de “Epílogo” dedicado al “Espíritu de Verón”, poeta y fotógrafo de Calatayud, contrapunto poético del mismo Rimbaud, cuya pierna ortopédica se constituye en símbolo del precio de la libertad creativa y vital, del viaje y la aventura, del anhelo constante de nuevas experiencias, actitud que contrasta con la del escritor bilbilitano José Verón Gormaz quien, como Marcial o Fray Luis en sus respectivas épocas, ejemplifica esa otra forma de entender la vida y la poesía más calmada, equilibrada y serena a la que, si no mueres durante el tránsito, terminas arribando tarde o temprano. De alguna manera, en estos versos finales se resume la idea central del conjunto: en todo escritor, en todo ser humano se encierra un cielo y un infierno, entre los extremos de Rimbaud y Verón, hay un amplio espectro vital y poético del que bebe la poesía de José Luis Gracia Mosteo y se alimenta su existencia y seguramente también la nuestra. Al fin y al cabo, La pierna ortopédica de Rimbaud no es sino un intento de explicar la vida, el arte y la literatura de los particulares “virgilios” del autor que, como un nuevo Dante, ha viajado, viaja y viajará por el infierno, purgatorio y cielo de la mano de cada uno de ellos al sumergirse en sus obras, es el testamento irónico-poético de un lector irredento que nos explica su ser poético mediante el recuerdo-homenaje de las múltiples voces artísticas que reverberan en su propia escritura.


JOSE LUIS GRACIA MOSTEO, La pierna ortopédica de Rimbaud, Ayuntamiento de Salobreña, 2018.