CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

jueves, 10 de febrero de 2022

 FRANCISCO CALÉS, MÚSICA UNIVERSAL CON RAÍCES ESPAÑOLAS



         El pasado año, con el apoyo económico del Gobierno de Aragón (Departamento de Educación, Cultura y Deporte) y la colaboración de la SGAE, se editaba un CD en el que se rescataba del olvido más absoluto la figura del compositor zaragozano Francisco Calés (1886-1957), poniendo a nuestra disposición sus dos sinfonías grabadas por el maestro y musicólogo José Luis Temes –Premio Nacional de Música– con la Orquesta de Córdoba y el excelente trabajo técnico de Javier Monteverde.

         Más de cien años han tenido que pasar para que llegaran hasta nosotros las excepcionales composiciones del aragonés, perteneciente a la llamada “Generación de Maestros de Manuel de Falla y Joaquín Turina”, formado en Madrid bajo el magisterio, entre otros, de Tomás Bretón y Emilio Serrano. Se inició muy joven en la composición musical, pero ante la imposibilidad de vivir de ello, en 1913 ingresó en el Cuerpo de Directores de Música del Ejército, para el que compuso, entre otras obras, la famosa marcha militar legionaria, Tercios Heroicos. Hacia 1931 abandonó la milicia para dedicarse por entero a la enseñanza, de manera que a partir de 1942 fue profesor de solfeo del Real Conservatorio de Madrid.

         Sus primeras composiciones fueron Rosignola, La fiesta de las rosas, Impresiones sinfónicas, el Scherzo en sol menor (estrenado en 1908 bajo la dirección de Bretón) y el Poema Helénico sobre Dafnis y Cloe. Además de las sinfonías objeto de esta reseña, dentro de su actividad compositiva destacan también su Misa solemne en Do menor, interpretada en la catedral de Madrid en 1913, y sus óperas, El miserere de las montañas (1913), Las sombras del bosque (1914), con la que obtuvo el Premio de Roma otorgado por la Real Academia de Bellas Artes, y La del pañuelo blanco, ópera en un acto premiada en el concurso del Estado del año 1924.

         Las dos obras aquí presentadas son composiciones de juventud, la Sinfonía I es de 1912, con la que ganó el concurso del Círculo de Bellas Artes de Madrid y se estrenó en 1915, en el Teatro Price de Madrid, obteniendo un éxito importante. No así la Segunda, de 1916, que tuvo que esperar hasta el año 2010 para ser interpretada por primera vez por la Orquesta Sinfónica de Castilla-León bajo la dirección de José Luis Temes.

         La Sinfonía I es un ejercicio de estilo tardo romántico en el que el compositor, dominado por el ímpetu juvenil de quien quiere mostrar todo su saber, con un primer y un último tiempo de largas dimensiones, manifiesta múltiples influencias que van desde la exaltación romántica de esa colosal apertura con violines del primero, “Allegro appasionato”, pasando por Brahms y Strauss –evidente en el segundo, “Adagio Molto”–, hasta llegar a Mahler en su final, “Allegro giusto”.

         La Sinfonía II, mucho más personal y moderna, evidencia un Calés sin complejos que, seguro de su técnica, indaga –de forma tan misteriosa como increíble para un compositor español de su época–, en los caminos de la modernidad y las vanguardias, introduciendo y mezclando de forma prodigiosa resonancias de jazz, hasta el punto de que parece anticiparse en algunos momentos a la música de George Gershwin presente en las películas de Hollywood, que alcanza su apoteosis en un final brillante propio de las grandes bandas sonoras del mejor cine de los años cuarenta y cincuenta, pero sin olvidar los guiños al pasado hispanoárabe, ese estereotipo musical que podíamos denominar “Alhambrista”.

         Ambas sinfonías muestran a un compositor con facilidad para la orquestación, melodista refinado con buen gusto y poderoso en la exposición de los temas, que en modo alguno renuncia a sus orígenes hispanos, de manera que podríamos afirmar que pretende hacer música universal sin renunciar en absoluto a sus raíces.

         El trabajo de José Luis Temes –a quien debemos gran parte del análisis musicológico aquí presentado– al frente de la Orquesta de Córdoba es de enorme calidad, define con precisión los detalles e identifica y señala los planos sonoros de unas obras muy interesantes, que no merecían el castigo del ostracismo en el que se hallaban, y que estamos seguros se incorporarán con este extraordinario trabajo al repertorio de las orquestas nacionales, y esperemos que también de las internacionales.



martes, 1 de febrero de 2022

PRESENTACIONES DEL LIBRO, "ELVIRA DE HIDALGO, DE PRIMA DONNA A MAESTRA DE MARIA CALLAS"

 

TERUEL


La presentación en Teruel fue todo un éxito. Gracias a todos los amigos que tuvieron la amabilidad de acompañarnos, al Instituto de Estudios Turolenses y a su director, Nacho Escuín. También, como siempre, gracias al Museo de Teruel por ceder su coqueta sala. Agradezco, cómo no, al público presente y a las improvisadas fotógrafas, Elena Salvador y Chelo García:

























domingo, 16 de enero de 2022

 

         ¿SUEÑAN LOS POETAS CON VERSOS ELÉCTRICOS? O EL TIRO DE GRACIA (Y MOSTEO).




         José Luis Gracia Mosteo es un diesel de la literatura, un escritor tan heterodoxo como inclasificable, un francotirador de las letras con una insólita puntería, puede matar al palomo a metros de distancia, disparar  a quemarropa sobre su propio perro de caza o darse un tiro en el pie sin decir oxte ni moxte.

         Lo ha trabajado todo o casi todo: la crítica literaria, el ensayo, la novela y, de manera especial, la poesía. Me atrevería a decir que es un poeta novelista, un crítico poeta y un ensayista poético, vamos, que por encima de todo es un poeta, un poeta y un provocador, pertinaz lector de los malditos -ergo le gusta el malditismo-, hace méritos diarios para formar parte de su nómina y toda su obra en conjunto lo avala, pero son tarjetas de presentación inmejorables para merecer un lugar destacado entre ellos en el Parnaso sus poemarios, Blues de los bajos fondos (2009), Romancero negro (2017) y La pierna ortopédica de Rimbaud (2018).

         Como su extravagante inspector Barraqueta, una suerte de José Luis Torrente aragonés, pero más humano y somarda, protagonista de sus novelas negras, El asesino de Zaragoza (2001) y El rock de la dulce Jane (2005), José Luis –Gracia, no Torrente- lee poesía en el excusado, donde gusta de unir “panteísmo y cultura” cada vez que el recto le pide “una oportunidad a la paz”, y solo cuando es buena la pasa al salón o a la alcoba. Fruto de estas lecturas de toda una vida, pues todos somos sabedores que es de obligado cumplimiento para la salud el obrar diariamente, es su erudición poética en general y su conocimiento de la poesía contemporánea en particular, y como consecuencia de esa conjunción de vaciado físico y llenado espiritual, en un ejercicio de decantación y síntesis espectacular, escribe su último ensayo, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI, que él mismo define como “una cata de poetas vivos con sus obras más representativas; un termómetro para medir la temperatura de la poesía en el tránsito del XX al XXI…”

         Como podrán intuir por lo escrito hasta aquí, tres son las características fundamentales de la escritura de Gracia Mosteo: ironía, que en ocasiones deviene en sarcasmo o humor somarda, ese fluorhídrico tan aragonés, tan corrosivo, con retranca y sin perfil definido; presencia omnipresente de la metaliteratura y, por último, uso de una prosa lírica y muy cuidada sea cual sea el género que practique, asentada siempre en sólidos cimientos que se fundamentan en su amor por la poesía, la precisión y belleza en el uso del lenguaje y unos profundos conocimientos literarios, que presenta con brillantez, inteligencia y sin afectación alguna, ahora bien, con la autoridad de quien ha leído y escrito poesía toda su vida.

         José Luis no quiere cansar al lector con un manual al uso, sabe, siguiendo el aforismo gracianesco, que “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo” y en apenas 150 páginas, trufadas de vivencias personales y anécdotas desopilantes, presenta sin miedo y sin pelos en la lengua la evolución de la poesía en el siglo XXI. No se encoge ante los grandes nombres, saca la fusta y atiza a diestro y siniestro: ¿es toda la poesía de Alberti digna de pasar a la historia? ¿Es Luis García Montero un gran poeta? ¿Están los poemas de los críticos poetas, caso de José Luis García Martín a la altura de sus propias críticas? ¿Quiénes son los poetas raros en estos tiempos rarunos? ¿Y los clásicos, y los posmodernos, y los nuevos realistas,  y los extraviados…? ¿Son los instapoetas realmente poetas? Como él mismo señala, le gusta “humanizar los mitos. Bajarlos del pedestal y largarles un puntapié a ver qué hay debajo de la escayola”.

         En este sentido, para dejar las cosas claras, nada más comenzar su ensayo, se autorretrata con precisa sinceridad y se declara “un ácrata civilizado que no soporta la autoridad pero que ha tenido que moderarse para que, en su viaje profesional de profesor a escritor, pasando por crítico literario, pudiera sobrevivir; ha tenido la precaución de dejar las cerillas en casa para evitar tentaciones, algo que ha cambiado al llegar a la edad provecta, de modo que, cuando glosa un libro, prefiere el humo de la hoguera al incienso.” Así, por poner algún ejemplo,  a José Luis García Martín, sin temblarle el pulso, lo describirá como “… un intocable en su púlpito de director de la revista literaria Clarín; un profesor que ha fustigado la mala literatura cual Pat Garrett literario que donde pone la crítica pone el tiro; un miembro del jurado del Premio Príncipe de Asturias que, si te atreves a desafiarle, te puede condenar a Príncipe de Beckelar, o sea, de las galletas, menos mal que uno prefiere el pan tostado.”

         Pero no todo son varapalos, también hay amor, emoción y profunda admiración por muchos de ellos, con retratos poéticos hermosos y acertados: “Luis Alberto de Cuenca es un conservador civilizado […] el Cary Grant de la poesía que hubiera querido ser John Wayne si hubiera nacido en el campo; un hombre de bien que sabe cantar con brillantez: Vir bonus, dicendi peritus; un sir Lancelot du Lac con bolígrafo en lugar de con espada; la reencarnación de Meleagro, pero con corbata…”. A Luis Antonio de Villena lo define como “esteticista y amoral, pero también galante y delicado… dignísimo discípulo de Constantino Cavafis; un epígono de Calímaco y la poesía helenística; un tataranieto de Catulo; alguien que vive y canta con distinción; un poeta rehén de sus apetencias; un escritor erudito con aires de noble tronado; un autor urbano refinado; una víctima más de la belleza…escritor que sueña con ser el nuevo Óscar Wilde.”

         Presenta críticas elogiosas: “Antón Castro ha escrito un poemario tan clásico como posmoderno; un libro al que solo le sobran cuatro líneas para ser redondo. Antón Castro no me ha invitado nunca a café, pero lo prefiero pues me permite mantener la libertad de apuñalarle con el papel si escribe mal. No ha compartido nunca mantel conmigo, pero lo prefiero pues su literatura me revela a un escritor delicado al que se le pueden confiar los secretos más graves. No me ha invitado nunca a beber, pero no puedo evitar decir que es una gran voz, aunque la amortigüen los poetas que avillanan la literatura de hoy. Antón Castro ha escrito un libro titulado Vino del mar que embriaga de poesía al lector, por lo que voy a guardar las cerillas.” Incluso dedica encendidos homenajes de admiración a escritores como Alfredo Castellón,  Ángel Guinda o José Luis Melero, ese “Sherlock Holmes de la literatura”, ese “minero literario al que solo le falta el candil y la mula, mientras va cantando de covacha en covacha con un saco colgado al hombro al que va echando los libros y las vidas que lee…”

         El ensayo concluye, a modo de epílogo, con las siete plagas “mosteicas” –al final son diez- de la poesía actual, analiza con poética brillantez los peligros de las redes sociales (“son la manzana de Eva… un vomitorio donde descargan sus pulsiones; un ring donde bajan la guardia; un foro donde los más veteranos se degradan; un patio de vecinos que nunca visitaría Borges –tan contenido como perfeccionista-, pero sí Neruda, -tan torrencial como impetuoso-; si hay un sitio tan peligroso en poesía, se llama Facebook, pero también Twiter e Instagram, vallas de marketing gratuito pero trampa mortal para los impulsivos.”)

         La verdadera crítica, la auténtica, agoniza o puede que haya muerto hace ya algún tiempo (“Las verdades de la vida. Alterar la evolución de un sistema orgánico es fatal”, apostillo citando del excelente film de Ridley Scott basado en el relato de Philip K. Dick al que alude el título de este ensayo de este cazador de replicantes poéticos que es Gracia Mosteo) Este es un libro valiente (“Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo”), con buena prosa y conocimiento de causa (“Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”), se esté o no de acuerdo con sus afirmaciones -cáusticas, aceradas, vitriólicas...- hemos de reconocer que hacía falta, no dejará indiferente a nadie y tal vez despierte muchas conciencias críticas. No olvidemos que José Luis Gracia Mosteo ha venido para traer la paz al mundo (“Nuestro lema es: más humanos que los humanos.”).

         ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI es un ensayo tan arriesgado como ameno, es un estudio para convenir o disentir, para tirarle tomates a su autor o invitarlo a café, pero de lo que estamos seguros es que lo leerán de un tirón. Nosotros, por nuestra parte, lo invitaremos a un vaso de bon vino, como pedía el bueno de Gonzalo de Berceo por su trabajo, en la confianza de no merecer por esta reseña el famoso tiro de Gracia (y Mosteo) del dardo de su palabra con el que ya amenaza en una inminente publicación futura.

ESTA RESEÑA HA SIDO PUBLICADA EN EL DIARIO DE TERUEL

lunes, 3 de enero de 2022

MUJERES Y DIVAS: ELVIRA DE HIDALGO Y MARIA CALLAS

 

Aquí un anticipo del contenido de mi libro sobre Elvira de Hidalgo. Espero que os guste.




"De Hidalgo no fue una maestra al uso, enseñaba empíricamente desde sus propias habilidades interiorizadas desde niña cuando fue educada en la técnica del bel canto por el maestro Melchor Vidal y puestas en práctica como prima donna con las últimas grandes voces de esa escuela, Bonci, Battistini, Navarrini…, pero también con las mejores de los nuevos gustos veristas, empezando por el gran Caruso y siguiendo por los inigualables Ruffo o Chaliapin. Por eso sus grandes logros solo se produjeron cuando tenía delante estudiantes con un excepcional talento natural, capaces de reproducir miméticamente, por imitación, su forma de entender e interpretar el canto: Constantino Ego, Giorgio Kokolios-Bardy, Silvana Bocchino, Zoe Vlachopoulos,  Ana María Iriarte, María Dolores Ripollés, Lluís Andreu, María Uriz y… claro está, Maria Callas.

De Hidalgo no se limitó a educar su voz, le explicó también la importancia de la puesta en escena y la necesidad de dotar de sentido artístico y dramático a los personajes; a ser elegante, dentro y fuera del escenario (“Una diva, además de cantar e interpretar, tiene que ser una diosa en la vida cotidiana”), la puso en manos de su hermano Luis y de Biki Milán para que la convirtieran en la Audrey Hepburn de la ópera, en la mujer más elegante del año 57 y, lo más importante, como reconocería la Callas, no solo les enseñó a cantar, “sino a que cantáramos mejor que nadie. Esa es la diferencia entre buenos profesores y grandes profesores: los buenos profesores sacan el máximo partido de las capacidades de un alumno: los grandes profesores son capaces de prever sus metas. Elvira de Hidalgo vio que yo cantaría mejor Bellini y Donizetti, en parte porque su música me atraía. Así que me orientó hacia ellos”.

Llegó incluso a ser su consejera sentimental y se lo advirtió: “Ese hombre no te conviene, come la ensalada con las manos”, pero el corazón no atiende a razones... Y la nave va, se arrojaron sus cenizas al Egeo dejando tras de sí una estela de polvo de estrellas y una rosa con su nombre florece todas las primaveras en el Parque Bagatelle de París."


martes, 7 de diciembre de 2021

 

MAYÉUTICA LITERARIA



            La buena literatura cose con precisión de cirujano y sutil hilo de seda forma y contenido, en el fondo son una misma cosa, un mismo cuerpo. Esto lo saben bien y lo sudan con desvelos mil los buenos escritores y traductores, es el caso, en su doble condición, de José Giménez Corbatón, autor de una obra rigurosa dotada de una voz muy personal, cuya última colección de relatos, La seda del tiempo, supone un resumen esencial de su trayectoria narrativa y de su particular concepción de la escritura, sustentada sobre tres pilares básicos: prosa limpia y depurada, compromiso ético-político y referencias constantes a los grandes maestros de las letras universales, que convierten sus narraciones en juegos o enseñanzas socráticas metaliterarias un tanto exigentes con el lector.

            Abre la compilación una nouvelle sobre la Guerra Civil, “La sola verdad”, narrada por una polifonía de voces, Adela, Nuria, Isaac, Paloma… y Rafael, una suerte de Jhonny -el protagonista de la novela de Dalton Trumbo y posterior película- mutilado de guerra tras resultar herido en combate quien, como el resto de personajes, sufre en sus propias carnes su brutalidad y nos confiesa con toda crudeza esa “sola verdad” que define al hombre con una única palabra: Guerra, y con ella nuestro verdadero destino final: nacer en la muerte, tema este recurrente en la escritura de Giménez Corbatón, entendida como esa luz al final del camino, ese dejar de ser para ser en el no ser. Heidegger en estado puro.

            En “Carmela y el río”, nos reencontramos con la devastada posguerra rural presente en los magníficos relatos de El fragor del agua, en este caso se denuncia la represión de una joven maestra vocacional desde niña, ambientada en un territorio innominado que bien pudiera ser su mítico Crespol, donde el río y sus aguas cobran todos sus valores simbólicos y las descripciones de la naturaleza alcanzan un intenso lirismo. La prosa de Jiménez Corbatón dice más por lo que sugiere que por lo que muestra explícitamente, la elipsis, utilizada de forma magistral, condensa en pocas páginas una historia que bien podría dar lugar a toda una novela.

            Con el telón de fondo de la guerra civil española, encontramos las tan dolorosas como divertidas anécdotas que un abuelo exiliado recuerda para su nieto en “Rojo”, y los niños que crecieron sin padre en “Hijos del pueblo”.

            En “Retrato de familia” describe la frustración de un marido desnortado y desclasado por las ínfulas de su mujer y las consecuencias que ese influjo materno  tiene en una hija peligrosamente fanatizada.

            En “Meursault” nos abisma en su particular metaliteratura y nos presenta el episodio en el que el protagonista de la novela de Camus, El extranjero, lee el recorte de prensa que daría origen unos años después a su drama, El malentendido,  de esta forma, comienza a requerir del lector lecturas previas (las referencias a escritores y a sus obras son constantes: Balzac, Tolstoi, Némirovsky, etc.) para comprender las reflexiones que en forma de monólogo-diálogo entabla Marta, la hija protagonista de la obra de teatro, con aquel, encarcelado en espera de su ejecución, para hablar de la condición humana, Dios, el amor, la justicia, la libertad, la pena de muerte, la soledad… filosofía existencialista en suma, y crear un juego de espejos entre literatura y vida que va a mantener en otros relatos como “Sombra de ojos”, proyección actualizada de las difíciles relaciones entre madre e hija planteadas por Irène Némirovsky en su novela, El baile, o “Dora”, donde Corbatón ayuda a Patrick Modiano a reconstruir lo que fue de Dora Bruder antes de su fin en Auschwitz, haciendo suya su particular poética en la que la ficción y la realidad de la Ocupación se encuentran en una suerte de simbiosis narrativa cuyo resultado es poder contar hechos reales, sirviéndose de la imaginación para llenar los vacíos del pasado y convertirse en testigos no presenciales que luchan contra el olvido de la ignominia de los campos de exterminio.

            En esa misma línea de denuncia del fanatismo y la intolerancia se encuentran “Un triste adiós”, homenaje al escritor Hugo Bettauer, asesinado tras publicar La ciudad sin judíos, una sátira -fábula premonitoria- del antisemitismo, y “El lago”, relato que toma prestado un personaje de la novela anterior, un joven poeta judío, para presentar los pensamientos previos a su suicidio.

            En el titulado “Eve”, utiliza una cita de Adán y Eva, de Charles-Ferdinand Ramuz, para exponer con crítica ironía el patriarcado actual de nuestra sociedad, la sumisión de la mujer al hombre, impuestos por una iglesia pervertida e hipócrita.

            En “El club blanc”, la narradora encuentra una carta de su abuela dirigida a la enigmática y huidiza escritora catalana, Elvira Augusta Lewi, que le sirve para crear una  mise en abîme tan de su gusto y reivindicar la necesaria igualdad de la mujer (¡Qué importancia tienen las mujeres en la escritura de Giménez Corbatón! ¡Qué conocimiento manifiesta en estas celebraciones feministas de su psicología!)

             La atractiva impostura, falsamente atribuida al Gran Jefe Seattle, “Nosotros somos parte de la tierra”, la utiliza como arranque del relato “Tierra y agua”, contundente crítica del supremacismo blanco y radical afirmación de la igualdad de las razas.

            El simbólico título, La seda del tiempo,  anticipa otros muchos presentes en los relatos y se convierte en el eje vertebral que los engarza, esa seda que bien podría interpretarse como lo sutil del hilo de nuestras vidas, la nada del tiempo de nuestra existencia, camino de la verdadera nada eterna que nos espera, como la que anhela la protagonista de “Alas”, trasunto de la del relato de Mercè Rodoreda “Semblava de seda”. Pero esa seda es también la suavidad del lirismo de la prosa de Giménez Corbatón, esa fina tela con la que envuelve temas y convicciones éticas, la característica fundamental de su escritura, con la que transciende lo efímero de la realidad para dotarla de inmortalidad literaria.

 

José Giménez Corbatón, La seda del tiempo, Zaragoza, Prames, 2021.

 

 

jueves, 28 de octubre de 2021

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE JUAN VILLALBA, "TERUEL, OTRA DIMENSIÓN", EN EL CENTRO ARAGONÉS DEL PUERTO DE SAGUNTO

 

Raquel Esteban, amiga y directora gerente de la Fundación Bodas de Isabel, me dedicó estas emotivas y sentidas palabras en la presentación de mi libro en el Centro Aragonés del Puerto de Sagunto, a cuya directiva agradezco la invitación, de manera especial a su presidenta, Ángela. Como dijo MacArthur: "Volveré".

Queridos amigos:

Siento mucho no poder estar hoy con todos vosotros. En primer lugar por tener que acompañar de una forma demasiado virtual a mi admirado y querido Juan Villalba, y por otro, no poder compartir este espacio con tantos amigos, ahora que nos han “soltado”y podríamos casi, casi, abrazarnos.

En cuanto recibí la propuesta de esta presentación, y temiendo (como así ha ocurrido) no poder hacerla de forma presencial, me afané en prepararla para tenerla lista en cuanto llegara el momento.

Y aquí estamos.

Agradezco la presencia de todos y agradezco especialmente a Angela quien me dijo en su momento, que si yo no podía venir, prestaría su voz para mis palabras. Merci beaucoup, Ángela.

Ganamos mucho con esto, pues voy a sonar con un acento interesante y encantador.

Juan Villalba es una de esas piezas clave en al sociedad turolense. Amable y sencillo, con una cabeza muy bien amueblada, es uno de nuestros intelectuales más brillantes. Pero tiene un valor añadido: es una persona activa y colaboradora, capaz de pasar de las teorías y del mundo mental a la acción, incluso a lo folclórico y farandulero, sin perder nunca su elegante compostura.

No me veis, pero me estoy sonriendo ahora mismo, recordando una sesión de fotos en la que Juan era nada más y nada menos que Azagra, el pretendiente, y en esa escena ya marido de Isabel de Segura (la Amante de Teruel).

Inmortalizábamos el momento en que Diego había entrado a hurtadillas en la alcoba de los recién casados para pedir a Isabel ese beso que, por no recibirlo, le llevaría a la muerte, allí mismo, a los pies de la cama.

Esta escena forma parte de una exposición que, con toda probabilidad, llegará a este Centro antes de fin de año. Os reto a que encontréis a Juan, nuestro escritor de hoy, en una de las fotos. Como pista, sabed que lleva una crespina blanca, está en camisón, y parece que “ronca”.

Pero vayamos al tema que nos ocupa.

Me gustaría saber cuántos de los aquí presentes habéis estado alguna vez en Teruel, levantad la mano por favor.



Pues resulta que hay tantos terueles como manos levantadas. Además, para cada uno de vosotros Teruel es una cosa distinta. Puede ser el Torico (porque os costó encontrarlo), o el rico jamón de aquel restaurante, el olor a historia debajo de las torres mudéjares, un atardecer, la rejería modernista,  el eco de los lugares donde estuvieron vuestros abuelos y familiares, o la ciudad transformada en las Bodas de Isabel. Tantos terueles como experiencias sobre él.



Entiendo que los que no habéis levantado la mano no habéis estado allí, pero seguro que cada uno se ha hecho una idea según lo que le han contado, ha leído o escuchado. O sea, otros tantos terueles ¡Qué lío, qué montón!

Pues bien, llega Juan Villalba y escribe un libro magnífico que nos hace modificar y  enriquecer lo que creíamos conocer sobre esa ciudad.

Yo diría que más que un libro al uso, es una guía. Es un cuaderno de viaje que nos invita a recorrer Teruel, a descubrirlo y entenderlo de otra manera. Cada rincón, cada piedra, cada elemento ha sido vivido, leído, interpretado o contado por muchas personas a lo largo de la historia: periodistas, fotógrafos, cronistas, poetas y músicos han vivido la ciudad y la han reinterpretado, concediendo un valor añadido a cada uno de sus elementos.

A partir de ahora, no habrá otra  forma mejor para pasearlo y comprenderlo, que teniendo como libro de cabecera la otra dimensión de Teruel.

Juan reúne en forma de crisol diferentes épocas y elementos. Desde el frío de la guerra civil, pasando por hechos históricos y legendarios que tienen que ver con la fundación de la ciudad; reyes, héroes y heroínas de la Edad Media; el Renacimiento en forma de fuentes y acueductos; las preciosas huellas de la época modernista y tantas producciones contemporáneas que dan hondura y valor a nuestra ciudad. Reúne todo eso y lo ordena en forma de rutas y recorridos por Teruel.

Os va a sorprender la erudición de Juan, y tanto o más la cantidad de personajes que han escrito, vivido y enriquecido nuestra ciudad con su huella en uno u otro soporte. Españoles y extranjeros, algunos de renombre, otros más modestos… circulan por las páginas decenas de personas, de nombres que ciertamente dan otra dimensión a esta ciudad.

De la mano de Juan paseamos y entendemos cada ruta desde un nuevo punto de vista. Un nuevo Teruel se abre ante nuestros ojos. Incluso para mí, que he nacido, vivido y soñado en estas calles y plazas, me presenta una nueva ciudad frente a la que creía conocer.

No voy a dar aquí más que un par de ejemplos que me han hecho gracia (él ya desvelará luego lo que quiera) al recorrer sus páginas.

Habla, por ejemplo, de la puerta al ascensor que conecta la estación de tren con el Óvalo. Él cree ver allí un episodio del mundo de Harry Potter, a mí siempre me ha parecido la entrada a un templo egipcio.

Otro detalle que viene al caso, ya que estamos en este Centro Aragonés que asume como parte de su identidad la Jota aragonesa. Juan se entretiene en una época gloriosa de la ciudad, la Modernista, cuando a a principios del siglo XX, Domingo Gascón reúne en un cancionero decenas de versos sobre los Amantes de Teruel. Parte de ese cancionero fue llevado a escena algo antes de la pandemia, en el teatro Marín de Teruel, en un precioso espectáculo con orquesta/rondalla, bailadores y cantadores denominado “El Tercer Amante”. Fue dirigido por vuestro/nuestro César Rubio, tan vinculado a este Centro,  y con él aprendimos nuevas cosas sobre la Jota, a través de las coplas que compusieron los mejores escritores del país a principios del siglo XX.

La lectura del libro ha cambiado mi Teruel. He empezado a diseñar mis paseos de siempre desde otra dimensión, ayudada por la guía que Juan propone. Y a menudo me acompaña un regalo que el autor nos hace al final del libro. Se trata de una serenata con aire jotero que siempre me emociona.



Compuesta por los hermanos Martínez Garcés, es una de las cosas más bonitas que he escuchado y que trasmite con mirada propia, la contemplación de mi ciudad.

“Trajo la aurora su color, y el beso cálido del sol la despertaba.

Junto a la torre de San Martín que se asomaba, yo la vi, de una ventana.

Tras su mirada, se fue mi vida y mi razón.

La ciudad de los Amantes

cautivó mi corazón”.

Gracias Juan.

(Me gustaría mucho que sonara este tema cuando acabe el acto, si fuera posible,  y os parece bien)