CASABLANCA

CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

domingo, 3 de abril de 2011

JUAN GARCÍA. EL TENOR DE LOS REYES.

JUAN FRANCISCO GARCÍA MUÑOZ. EL TENOR DE LOS REYES.
            Juan Francisco García Muñoz nació en Sarrión el 8 de marzo de 1896, unos meses más tarde, el 27 de julio de ese mismo año, moría en Madrid el otro gran tenor turolense, Andrés Marín. Ausencia que algún tiempo después habría de suplir en los escenarios el sarrionense. RESUMEN EN EL HERALDO 21-04-2011
Ver también UN TENOR EN LA CORTE DE ALFONSO XIII
            Su intuición musical la heredó de su padre que, aunque ciego, dirigía una rondalla y tocaba el órgano en su pueblo. Por su parte, su madre le transmitió una voz modulada que pronto comenzó a educar en el canto de la jota, así como también una sensibilidad muy especial para la interpretación.
            A los once años, ayudado por su tío Elías García, a la sazón párroco de Valbona, se trasladó a Barcelona para estudiar en los Salesianos, donde complementó su formación cultural ordinaria con estudios de música, guitarra y piano. La difícil situación económica de su familia no le permitió continuar con sus estudios de música, por lo que se colocó como tipógrafo, al tiempo que cantaba en los coros de las zarzuelas que se representaban en el Tivoli.
            En 1924, animado y ayudado por todos aquellos que vieron en él grandes facultades para el canto (quizá también por los triunfos de Fleta, el inmortal tenor aragonés, en Italia), se trasladó a Milán, “la Meca del bel canto”, para completar su formación musical. Tras ejercer diversos oficios y estudiar bajo la batuta del maestro Arnaldo Galliera, inició una tan meteórica como exitosa carrera como tenor. Su rotundo triunfo en el Teatro del Casino Municipal de San Remo, con la ópera de Verdi Rigoletto, en febrero de 1925, con más de catorce noches seguidas de representación, le abrió las puertas de importantes escenarios operísticos de diferentes localidades de Italia .
            En España su presentación tuvo lugar en la primavera de 1925, en el Teatro Tívoli de Barcelona, interpretando al protagonista de la ópera Manón, acompañado por la gran soprano francesa Genoveva Vix.
            Tras su éxito en la ciudad Condal, parte hacia Egipto con la compañía de Pietro Mascagni, donde  tras triunfar en El Cairo y Port Said, fue abandonado en extrañas circunstancias, protagonizando un curioso episodio con conflicto diplomático incluido con los aviadores españoles, Esteve, Loriga y Gallarza, que en esos momentos se encontraban realizando la gesta de cubrir la distancia entre Madrid y Manila  y habían hecho escala en El Cairo.
            De vuelta en España, retomó su carrera artística y para ello marcha de nuevo a Italia para continuar con su formación como cantante y seguir ampliando su repertorio operístico. Allí regresó a los escenarios y cantó junto a la gran diva Toti Dal Monte, en  los teatros más emblemáticos del país, como por ejemplo en el de La Fenice, de Venecia.
            En 1927 debutó en Madrid en el teatro de la Zarzuela con El barbero de Sevilla, acompañando a la mejor mezzosoprano de la época, Conchita Supervía. En el aria del primer acto se acompañaba él mismo a la guitarra y siempre el público le reclamaba uno o varios bises de la misma (desde pequeño tocaba  magníficamente la guitarra).
            Su carácter sencillo y bondadoso le llevó a compaginar escenarios, desde los más elevados hasta los más humildes. Así, tan pronto cantaba en el Palacio Real en la cena de los Embajadores ante Alfonso XIII y Victoria Eugenia (lo hizo en múltiples ocasiones, por eso se le denominó como “el tenor de los Reyes), que interpretaba unos motetes en la Real Capilla el día en que tomó la birreta el cardenal de Toledo, cantaba el Himno de la Exposición Universal de Sevilla, actuaba ante más de 16.000 espectadores en la Plaza del Pueblo Español de Barcelona o se emocionaba ante los heridos de la guerra contra Marruecos en el Hospital de Carabanchel, a los que entregaba lo mejor de sí mismo con intervenciones más populares, en especial jotas, de las que fue un interprete muy especial, un verdadero maestro.
            Los días 4 y 5 de mayo de 1929, convertido ya en un verdadero divo y en loor de multitudes, bajo la dirección del maestro Arturo Saco del Valle, se presentó en el teatro Marín de Teruel con Manon y El barbero de Sevilla, en sendas funciones a beneficio de los niños tuberculosos de Sarrión y Teruel. El lleno fue total y el éxito absoluto.
            Hacia principios de los años treinta ya casi no se representa ópera en España, por lo que  se dedicó sobre todo a la zarzuela, género en el que también alcanzó interpretaciones memorables, estrenando algunas de las más importantes del momento, es el caso de La moza vieja, del maestro Luna, Romero y Fernández Shaw, en cuyo estreno, en 1931, en el teatro Calderón, estuvo flanqueado por Celica Pérez Carpio, Flora Pereira y Aníbal Vela, o El ama, de Luis Fernández Ardavín y Jacinto Guerrero. Aunque quizá la zarzuela con la que más éxitos obtuvo fue con La Picarona, de Francisco Alonso.
            Cansado de las representaciones diarias que exigía el mundo de la zarzuela, se orientó hacia los conciertos (en plazas de toros y teatros de las principales capitales españolas) en los que interpretaba un variado repertorio de romanzas de ópera, fragmentos de zarzuelas, canciones italianas y españolas (algunas de las cuales eran escritas por él mismo, pues siempre fue un inspirado letrista) o jotas, con las que siempre cerraba sus actuaciones y regalaba al público con generosidad. En esos conciertos le acompañaba un pianista joven, Juan Quintero, al que había contratado para actuar en una ocasión en Zaragoza. El trabajo en común fue tejiendo una profunda amistad y una colaboración artística  importante que alcanzó un éxito sin precedentes en su momento con la popular canción “Morucha”, escrita por Juan García y música de su amigo.
            En 1934 decidió formar una pequeña orquesta, integrada por doce profesores, para que le acompañaran en sus canciones. Así nació la agrupación “Juan García y su orquesta”, con la que recorrió España y Portugal.
            En 1935 inició una corta carrera cinematográfica de la mano de los destacados realizadores Edgar Neville y Benito Perojo, con los que grabó varios cortos y compuso algunas piezas musicales para sus películas.

            A comienzos de 1936, su espectáculo fue contratado por Radio Belgrano, de Buenos Aires, hacia donde embarcó. Nunca más volvió a pisar la tierra de España. Pero su patria siempre le acompañaba allá donde fuese, de manera que en todas sus actuaciones cantaba unas jotas, en especial títulos de fuerte sabor popular como la “Sarrionera”, “La regoldevera”, “No te subas a la parra”, “Despacico y callandico” o “La fematera”, de la que por cierto llegó a vender más de 500.000 copias de su grabación, un verdadero éxito para su época.
            Pese a dejar más de doscientas grabaciones, falleció en el olvido en la capital argentina el 14 de agosto de 1969 de un infarto.

                                           Morucha, canción  compuesta e  interpretada por Juan García.

Morucha, versión tango interpretada por Imperio Argentina
            Este  resumen biográfico recoge de manera sucinta la  vida de este gran tenor turolense que en breve será presentada en toda su extensión en forma de libro, acompañado por cuatro cedés en los cuales se presentará una recopilación de las mejores interpretaciones de su extensa discografía, tanto de ópera, como de zarzuela, himnos, canción melódica y, como no, jotas.
                    ENTREVISTA DE ANTÓN CASTRO PARA EL PROGRAMA "BORRADORES"

                                         
GIF ANIMADO DE LA PRESENTACIÓN LIBRO EN ZARAGOZA 25-5-11
                                ENTREVISTA DE MIGUEL MENA EN A VIVIR ARAGÓN (a partir del minuto 30, extensa entrevista)          

viernes, 1 de abril de 2011

EL ÁNGEL PERDIDO

                                    OTRA DIMENSIÓN
Javier Sierra es a la literatura española lo que Julio Iglesias fue en su momento a la canción o lo que Bardem, Banderas y Penélope Cruz son en la actualidad al cine: triunfadores absolutos, artistas que han vivido la aventura americana y han sido capaces de seducir a su público y por ende al mundial. Nunca antes ningún otro escritor español, ni Blasco Ibáñez ni Pérez Reverte, por citar dos de los grandes nombres internacionales de nuestras letras, había logrado éxitos tan rotundos como el alcanzado por La cena secreta y el que ya está obteniendo su última novela, El ángel perdido (Planeta ha sacado una primera impresión de 200.000 ejemplares y en estos momentos ya se han efectuado otras dos más de 20.000 cada una).
Para entender este fenómeno y su proceso en su día a día es indispensable leer su artículo, significativamente titulado, “Diario de un escritor en las nubes”, publicado en la revista Turia (núm. 80, febrero 2007). En él nos describe la gira promocional de La cena secreta por Estados Unidos (más de 15.000 kilómetros, diez ciudades, treinta entrevistas en radio y televisión, conferencias, etc.), y nos explica las claves del éxito de una novela que se situó en la lista de best sellers del New York Times, encabezó la de más vendidos en Canadá, se tradujo a 36 idiomas, se publicó en 43 países y llegó a vender la escalofriante cifra de tres millones de ejemplares. Es otra dimensión, la dimensión de los superventas, del fenómeno editorial americano. Javier Sierra se ha situado a la altura del especialista Dan Brown, si bien en el mundo anglosajón se aprecia más la escritura del turolense como ejemplo de buena y seria literatura, con elogios tan rendidos como el siguiente presente en el Criticas Magazine: “Javier Sierra: Spain’s Greates Export Since Rioja.”
 En el citado artículo, confiesa que para “triunfar en Estados Unidos no debía explicar jamás el secreto del mural leonardesco, ¡debía compartir mi búsqueda de su sentido oculto!” Junto a esta reveladora afirmación, otro resorte para entender el secreto de su éxito lo encontramos en su sinceridad creativa, en su autenticidad y honestidad como escritor. Su Cena secreta, como señalara en su momento Tom Colchie,  “recoge una genuina búsqueda espiritual, un deseo de iluminación.” Pues bien, con su nueva obra, Javier Sierra ahonda en estos principios y lejos de dejarse llevar por el “camino fácil” y repetir fórmula con otra novela esotérica ambientada también en un enigma del arte, ha preferido arriesgar y reinventarse por completo, dedicándole a su público una historia radicalmente distinta, cuya elaboración le ha llevado siete años de trabajo, a lo largo de los cuales ha compartido –esto es absolutamente novedoso- con sus lectores sus investigaciones, haciéndoles de alguna manera partícipes de su búsqueda y de su elaboración, concediéndoles la posibilidad de vivir por sí mismos la aventura de sus personajes y comprobar in situ los escenarios en los que trascurre la acción, certificando personalmente la veracidad de los más mínimos detalles descritos. De esta forma, como en los restaurantes de lujo donde el cliente puede observar cómo se cocina su comida, el trabajo de documentación del escritor y la escritura de la novela se convierten en objetos de interés para el futuro lector. En este sentido, suponemos que la versión digital de la misma será novedosa e impactante, con múltiples posibilidades interactivas.
Para documentar El ángel perdido, Javier Sierra ha recorrido medio mundo: desde la Plaza del Obradoiro en Santiago de Compostela, pasando por la misteriosa “iglesia de la lápidas” de Noia, en la Costa da Morte gallega o Washington DC, hasta hollar la cumbre del monte Ararat, a la que subió acompañado por el legendario escalador César Pérez de Tudela y en la que encontró el marco ideal para cerrar de forma espectacular su obra. De todas esas experiencias vividas por el escritor en primera persona, más sus conocimientos sobre tecnología primitiva, ciencia de vanguardia, relatos ancestrales -El libro de Enoc y la Epopeya de Gilgamesh-, mitos y arquetipos, se compone esta trepidante novela de acción (la trama se desarrolla en tan solo 72 horas) e intriga (el desafío intelectual es un verdadero reto: hay abundante información histórica y, mucha más, parahistórica, pero sin llegar en ningún momento a abrumar al lector), salpimentada de forma magistral con otros ingredientes como son la reflexión, la pasión, la precisión descriptiva, etc.
Alternando dos voces narrativas, la omnisciente y la de Julia, la protagonista, con un estilo directo, claro, sencillo -sin retóricas vanas ni descripciones inútiles- y, sobre todo, muy visual, esencialmente cinematográfico (no nos extrañaría lo más mínimo que no tardando mucho tuviéramos película), Javier Sierra nos presenta el tema de la ancestral pretensión humana de comunicar con los seres superiores: las adamantas o piedras de Adán, magnéticas, “susurrantes” o como se las quiera llamar, son las encargadas de abrir esas vías de comunicación (el científico y nigromante John Dee, asesor de la reina Elizabeth de Inglaterra, logró un circuito de comunicación directa con la jerarquía angélica), convirtiéndose en las verdaderas protagonistas mudas de la narración, en un intento de dar respuesta a las preguntas eternas del hombre: de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Para los aficionados al thriller esotérico y también para aquellos que quieran pasar un buen rato, leer El ángel perdido supondrá entrar en otra dimensión y un verdadero placer. Sin duda, disfrutarán.
JAVIER SIERRA, El ángel perdido, Barcelona, Planeta, 2011.




miércoles, 30 de marzo de 2011

ELISA VIDA MÍA

                                                               EL ARTE DE LA FUGA



            En su última novela, Elisa, vida mía, Carlos Saura revisita, más de un cuarto de siglo después, el mundo y la trama de su película homónima realizada en 1977, una auténtica obra maestra del cineasta aragonés con la que Fernando Rey consiguió el premio de interpretación del Festival de Cannes. De esta forma, y más allá de la originalidad y del interés del texto en sí mismo, nos encontramos con un hecho poco común en el panorama literario: una novela que deviene de un film y un cineasta que revisa como novelista, casi tres décadas más tarde, uno de sus guiones. Ya sólo por esto –pero no sólo por eso- merece la pena leerla.
            Luis, un viejo profesor que vive aislado en una casa de campo próxima a Melque (su particular locus amoenus, magnífico ejemplo de belleza despojada), un pueblecito de la provincia de Segovia, desde que hace más de veinte años decidiera abandonar a su mujer y a sus hijas para vivir su propio beatus ille y tratar de encontrarse a sí mismo, recibe la visita de éstas con motivo de su cumpleaños y de su delicado estado de salud. La mayor, Elisa, cuyo matrimonio atraviesa por un mal momento, decide quedarse a pasar una temporada con su padre, estancia que le sirve para conocerlo mejor –modificando incluso la imagen inculcada por su madre- e iniciar un complejo y delicado juego de complicidades mediante la escritura compartida a partir de motivos comunes, en un intento de confluir buscándose a sí mismos mediante la proyección del uno sobre el otro, creando de esta forma toda una suerte de variaciones sobre los mismos temas.
Como nos descubre Saura en la novela, su título lo toma de la Égloga Primera de Gracilaso: “¡Quién me dijera, Elisa, vida mía,/ cuando en aqueste valle al fresco viento/ andábamos cogiendo tiernas flores,/ que había de ver, con largo apartamiento/ venir el triste y solitario día/ que diese amargo fin a mis amores?” Versos que nos anticipan literariamente las rupturas amorosas de Luis, primero con su mujer, luego con su amante, Carmen, muerta trágicamente algún tiempo después, y la de Elisa con su marido. Versos que resumen la imposibilidad del amor duradero (“El amor es sólo un espejismo que envuelve sexo, protección, necesidad de compañía, de un confidente... Y no dura toda la vida... “ (p.178), la esencial soledad del hombre y la omnipresencia de la muerte.
            Luis escribe un relato desde el punto de vista de su hija Elisa, en el que se mezclan inextricablemente recuerdos, ficción y realidad, hasta el punto de que al lector le cuesta llegar a saber si lo que lee es real o fruto de la imaginación de Luis, o de su hija, ya que llegado un momento, ella se suma como contrapunto de esa fuga escrita que es el relato iniciado por su padre hasta llegar a sustituirlo por completo tras su muerte. De alguna manera, la muerte de Luis supone el nacimiento de Elisa, pues como señalara en una ocasión el propio Saura, “nosotros edificamos nuestra personalidad sobre las ruinas de nuestros predecesores”. Así, al final –o al comienzo- de la novela, Elisa, desde la solitaria casa de campo de su padre, sentada en su despacho, con su pluma Montblanc, escuchando su música y asumiendo plenamente su personalidad y su voz narrativa, continuará el relato iniciado por su progenitor, pero sin ánimo de terminarlo, ya que “su idea era dejar un final abierto, como la serpiente que se muerde la cola, la cinta de Moebius o la rueda que gira sin principio ni fin. Le gustaba que sus escritos fueran repetitivos, como una salmodia, como una interminable fuga de Bach con sus variaciones” (p.249) Tema este de las variaciones recurrente a lo largo de la novela, pues toda ella se construye sobre esta idea.
            En Elisa, vida mía Carlos Saura medita en voz alta sobre la vida, al tiempo que realiza una profunda reflexión sobre los mecanismos de la creatividad, teorizando, incluso, sobre su particular forma de entender la escritura: “Escribo un poco todos los días, pero sin demasiada disciplina, cuando me apetece... Y de vez en cuando me doy cuenta de que todo lo que he escrito no tiene ningún sentido, y que ya lo han escrito mejor otros antes que yo, y lo quemo... La verdad es que escribo para mí. Me gusta escribir. Es mi placer solitario. A veces escribo las mismas cosas una y otra vez, como una salmodia inacabable... Creo que escribir no es mucho más que poner un ladrillo o barrer una calle...” (pp. 109-110
En cierto modo, Elisa, vida mía es una novela barroca, no sólo por las abundantes referencias metaliterarias a escritores (Gracián, Cervantes, Quevedo, Calderón, Vélez de Guevara, etc.) y músicos (Bach, Rameau, Purcell, etc.) de este periodo artístico, sino también por la complejidad de su estructura acumulativa, contrapuntística y polifónica en la que se  mezclan procedimientos visuales, literarios y musicales, y, fundamentalmente, por su temática, fuertemente intimista, en la que junto a los temas expuestos nos encontramos también el del vanitas vanitatum: la fugacidad del tiempo y la apariencia engañosa de las cosas, incluida la vida humana, considerada como una vana ilusión, una breve y mentirosa representación teatral, expuesta magistralmente mediante ese barroco juego de espejos que Saura consigue al introducir en su novela la representación del auto sacramental calderoniano de El gran teatro del mundo. Saura utiliza el procedimiento conocido como “reduplicación interior” o “cajas chinas” tan querido para la literatura universal desde El Quijote y utilizado por tantos y tantos escritores (Huxley, Borges, Cortázar, Unamuno, Pirandello, Aub, etc.)
Elisa, vida mía  es una novela que no sólo se lee, sino que también se escucha. La música no es sólo un mero decorado auditivo, suena en todas sus páginas (en especial Bach y Satie) y se convierte en un elemento dramático de primer orden. Toda la novela es una especie de fuga  que crece en círculos concéntricos  conformando una barroca geometría de variaciones que surgen a partir de un motivo central: la imposibilidad del amor, la incomunicación, la necesidad de soledad para encontrarse a sí mismo, el problema de la identidad,  la presencia de la muerte...
Junto con la música es importante también el mundo onírico que recorre toda la novela. Los sueños de los personajes, tanto de Luis (¿Buñuel? Resulta evidente que comparte con el genio de Calanda su afición por la entomología, el placer hedonista del alcohol, la afición a ensoñár, entendida como la búsqueda de un espacio de libertad creativa, etc.) como de Elisa,  son fundamentales para su completa comprensión
La novela de Carlos Saura es premeditadamente ambigua en sus diferentes niveles de lectura (incluida la propia relación entre Luis y Elvira), en ella los recuerdos, sueños, imaginaciones y realidad se mezclan con el firme propósito de llegar a confundir deliberadamente los planos de la ficción y de la realidad, de cuestionarse los límites entre literatura y cine (¿es Elisa, vida mía una película literaria o una novela cinematográfica?), etc. Léala con calma, disfrútela y trate de encontrar sus propias respuestas.
CARLOS SAURA, ELISA VIDA MIA, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2004.




lunes, 28 de marzo de 2011

RETRATO DE UN HOMBRE INMADURO

   EL ESPECTÁCULO MÁS GRANDE DEL MUNDO: LA VIDA.
Luis Landero no es un escritor prolífico, pero sí constante. Quiere esto decir que es honesto y no ha escrito ni escribe acuciado por el éxito ni espoleado por sus editores –siempre Tusquets-, sus obras salen sin premuras, cuando están maduras, cuando se ha cumplido en todas sus fases el proceso creativo. Así, para celebrar sus veinte años como narrador en primera línea del panorama nacional, nos regala Retrato de un hombre inmaduro. Hace ya más de dos décadas que sorprendió a tirios y troyanos con su excelente Juegos de la edad tardía, con la que obtendría el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica. Después vendrían Caballeros de Fortuna (1994), El Mágico Aprendiz (1998), Entre líneas: el cuento o la vida (2000) y El guitarrista (2002).
 En todas sus novelas, pero más si cabe en Retrato de un hombre inmaduro, Luis Landero diluye las fronteras entre la ficción y la realidad, entre la vida y la literatura (como en esos deliciosos versos de Gisbert, o deberíamos decir mejor, del Doctor Linch, uno de los muchos personajes alucinados que pueblan el Maracaná, ese mítico bar del barrio de Chamberí que visitan el protagonista y el mismo Landero, donde transcurre gran parte de su última novela: “Escribir es soñar./ Sueñas que escribes,/ y luego, al despertar,/ sueñas que vives.”), en un juego literario por completo moderno en su sentido más cervantino y quijotesco.
Landero narra en libertad, su prosa fluye errática como la propia vida, o mejor aún, como la misma memoria del recuerdo de los hechos vividos o de las personas conocidas. De esta forma, el monólogo tragicómico del protagonista –un tendero del barrio de Chamberí-, convaleciente en la cama de un hospital, en lo que parece ser su última noche de existencia, va y viene a lo largo de sus recuerdos, de su historia personal, la cual, por otra parte, no son sino las historias de muchas otras personas que se entremezclan con la suya. Así, su vida es una sucesión de episodios, “… porque voy y vengo y no sustancio nada… mi vida no tiene apenas argumento; es sólo un amontonamiento de cosas desparejas y de poco valor”, nos dirá el protagonista, para en otro momento añadir que sus recuerdos son “perlas sin hilo, naipes sin casar, agua que no hace cauce”, y es que el recuerdo de una vida –de nuestra propia vida- es siempre fragmentario y parcial. La novela no tiene pues una estructura tradicional al uso con su introducción, nudo y desenlace, sino que es más bien de índole temática.
Al narrador lo que le gusta de verdad es contemplar el mayor espectáculo del mundo, la vida, acodado en la barra de un bar o tras el mostrador de su tienda y tratar de descubrir su secreto, de descifrar el viejo misterio de vivir. Así irá componiendo el rompecabezas de la existencia sin lastre ensayístico alguno, de manera espontánea y con mucho humor reflexionará sobre el poder, la política, la guerra, la ética y la doble moral; la libertad, la belleza, la felicidad, la tristeza, el dolor, la amistad, el azar, el dinero; el lenguaje, la literatura y la fama; el amor (sobre su dificultad y  sobre el desamor) y la muerte… En suma, todos los ingredientes del cóctel de la vida, o mejor aún, toda una serie de sucesivas aproximaciones temáticas a una realidad ambigua y en gran parte absurda y decepcionante.
Como hemos anticipado, Retrato de un hombre inmaduro es de alguna manera una novela coral, una novela con una voz narrativa y un bullir constante de personajes  deliciosos e inolvidables: el señor Tur, ese paradójico viajante con vocación de sedentario; Aquilino Lobo, el típico vecino plomizo que te va secuestrando poco a poco a base de atenciones, pequeños regalos y de hacerse imprescindible; Bertini, el fontanero impostor; Chicoserio, Sampedro, y tantos y tantos seres protagonistas  de episodios tragicómicos, esperpénticos y, sobre todo, kafkianos, cuya suma de actitudes ante la vida van dibujando el perfil de ese “hombre inmaduro” (protagonista-autor-lector), que somos todos nosotros en los tiempos que corren, hombres vulgares, pero con sueños, ilusiones y anhelos de trascendencia más o menos confesables, inseguros, desorientados, imprevisibles y ambiguos por naturaleza, buenos a la par que inmorales, cinicosinceros, etc. En suma, el hombre paradójico y azaroso actual del que participamos en mayor o menor medida .
Retrato de un hombre inmaduro es esencia creativa landeriana escrita en libertad y gozo; Landero en estado puro. Una novela en la que se puede rastrear con precisión los hallazgos de obras anteriores, las constantes de una producción literaria sólida en la que se combina ironía, sarcasmo, un humor tremendamente exigente con la escritura propia, profundidad de pensamiento y ternura, en la que destaca su dominio abrumador del lenguaje, el tono musculoso de su prosa, especialmente dotada para captar el ritmo de la oralidad -¡qué oído tiene el de Alburquerque!-, junto con su pericia a la hora de crear caracteres y presentar situaciones absurdas y existenciales propias del mejor Kafka o Camus. Recomendable desde todo punto de vista, tanto para acercarse a la narrativa de Landero quien todavía no la conozca, como para volver a disfrutar con este autor fundamental si ya se han leído obras anteriores.

Luis LANDERO, Retrato de un hombre inmaduro, Barcelona, Tusquets, 2009.

domingo, 27 de marzo de 2011

LA MIRADA DEL BOSQUE

                                   EL CLUB DE LOS MIÉRCOLES
           
            El club de los miércoles lo forman las fuerzas vivas de Ballydungael, un pequeño municipio rural perteneciente al hermoso condado de Donegal en la Irlanda profunda, donde, como en Miravete de la Sierra (Teruel), nunca pasa nada. El alcalde, su mujer -locutora en una radio local-, el cura, el sargento de policía, una doctora recién llegada al pueblo y la maestra, conocida autora de novelas policíacas, se reúnen las noches de los miércoles para cenar, tomar unas copas, cotillear acerca de los principales acontecimientos ocurridos durante la semana y elucubrar sobre los crímenes imaginarios de la escritora; su pretensión no es otra que la de pasar una agradable velada cada semana para hacer más llevadera su anodina vida. Sin embargo, el lunes 8 de junio de 1992, van a tener un crimen real para esclarecer y a ello se aplicarán a lo largo de las casi doscientas páginas de La mirada del bosque (Sevilla, Paréntesis Editorial), la primera novela del escritor aragonés Chesús Yuste, una historia de intriga y sexo con mucho, mucho humor.
¿Quién mató a la Sra. Donoghue?, esta será la pregunta fundamental  que deberán resolver los miembros del club, o mejor dicho, el sargento de la Garda Síochána (la policía de la República de Irlanda), Eoghan Duffy, con la ayuda de sus amigos. Como en el simpático film de Hitchcock, Pero…¿quién mató a Harry?, la aparente tranquilidad de la pequeña villa en la que transcurre la historia se verá alterada con la aparición del cadáver de Emily, la cartera, una mujer de vida intachable felizmente casada. El lector pronto descubrirá que nada ni nadie en el pueblo es lo que parece. A partir de ese momento, los protagonistas, incluida la víctima, comenzarán a crecer, a evolucionar ante nuestros ojos para convertirse en seres de carne y hueso con pasiones inconfesables, deseos insatisfechos,  turbios pasados, etc. En suma, los vicios privados y públicas virtudes propias de las sociedades religiosas y bienpensantes, la auténtica condición humana puesta al descubierto, y es que el género negro es la novela social de nuestro tiempo, un espejo en el que se refleja lo oculto, los mundos subterráneos de una sociedad hipócrita; sin embargo, no esperen digresiones filosóficas profundas, ni sesudas reflexiones, ni pesadas caracterizaciones, los personajes se perfilan por medio de sus palabras, Chesús Yuste se descubre como un verdadero maestro del diálogo y sus breves acotaciones nos describen un rico y esclarecedor lenguaje no verbal –miradas, gestos, sonrisas, etc.- propio de un tan buen observador de la realidad como conocedor del alma humana.
La mirada del bosque es una novela visual -cinematográfica en su discurrir-, con evidentes homenajes al séptimo arte, en especial al cine de John Ford; su magnífica película El hombre tranquilo (quizá también La salida de la luna) gravita sobre toda la narración desde la primera frase -“Era una luminosa mañana de junio”-, hasta recrear por completo esa hilarante secuencia que abre el film de Ford en la que un ingenuo John Wayne pregunta al bajar del tren por dónde se va a Inesfree.
Tampoco esperen grandes descripciones de los hermosos paisajes irlandeses, casi no hay ninguna; sin embargo, las páginas de la novela rezuman Irlanda por todos sus poros, de hecho, en cierto modo, La mirada del bosque es de alguna forma una novela de viajes, pues tiene mucho de retrato de gentes, usos y costumbres hecho con el corazón, desde la admiración por una tierra a la que se ama: es el “pub”, su música y veneración por la cerveza –quizá la descripción más extensa sea la de cómo se debe tirar una buena pinta de cerveza-, la iglesia, la granja, las colinas, los lagos, los bosques… Pero todo dibujado con sutileza, con trazos ligeros, con la levedad, el lirismo, la plasticidad, la ternura y la sinceridad de quien sabe que el verdadero amor por un lugar comienza con la mirada; Irlanda no es un mero decorado, tampoco es un personaje, sino que es los personajes mismos; La mirada del bosque es una novela coral salpicada con los colores de un costumbrismo que impregna su estética con ese espíritu burlón, socarrón y “somarda” de un pueblo combativo, bebedor e irreductible. En ella hay un mucho de canto a sus tradiciones, pero eso no es óbice para que en ocasiones se pueda observar con claridad meridiana un juego de espejos -ciertos guiños cómplices- que relacionan determinados hechos de la narración con situaciones actuales de la realidad aragonesa (a nadie se le escapa que el proyecto New Paradise de la historia, por citar tan sólo un ejemplo de los más evidentes, es trasunto de nuestro todavía non nato megaproyecto de Gran Escala en los Monegros).
            Hay quien dice que para escribir una buena novela negra tan solo se precisan dos cosas: tener una historia y contarla bien. La mirada del bosque tiene ambas cosas, pero además participa de ese sentido del humor, de ese antidepresivo tan fascinante que es El hombre tranquilo de John Ford. Disfrútenla con una buena pinta de cerveza irlandesa y aprovechen su lectura para revisar la excelente película del genial Polifemo irlandés.
CHESÚS YUSTE, La mirada del bosque, Sevilla, Paréntesis Editorial, 2010.





CUANDO LEAS ESTA CARTA, YO HABRÉ MUERTO

VOLUNTAD DE ESTILO EN EL DIARIO ACONTECER.
El cañamazo fundamental que sustenta y da unidad a los doce relatos de Cuando leas esta carta, yo habré muerto, del vallisoletano Agustín García Simón, es su voluntad de estilo; todos, absolutamente todos, se construyen con una depurada técnica narrativa y un exquisito cuidado del lenguaje, alcanzando algunos la categoría de sublimes.
En el índice del libro los cuentos se agrupan en cinco apartados: “Ecos de la memoria”, “Hontanalta”, “Valcarlos”, “Mediocritas” y “A la vuelta del camino”, pero, en puridad, podríamos reducirlos a dos: relatos de la memoria recobrada y relatos contemporáneos.
Seis de ellos se desarrollan en el espacio mítico-real de Hontanalta, el particular territorio literario de García Simón, poblado por personajes que habitan en sus recuerdos de infancia, adolescencia y juventud en su pueblo. Hontanalta es un personaje más de sus relatos, se inmiscuye en la acción de los protagonistas y se comunica con ellos; es decir, es mucho más que un escenario, tiene existencia propia, y marca las vidas de los seres que lo habitan, producto de la memoria del escritor, la cual se convierte en el elemento constitutivo de su universo narrativo, en el que palpitan sentimientos, emociones, desazones, deseos, el placer y el dolor de auténticos seres humanos que vivieron en el pasado o viven en el presente de García Simón.
La otra gran geografía personal de García Simón remite al mundo del funcionariado, esa isla de soledad, mediocridad y ambiciones en la que conviven burócratas y políticos, que todos conocemos y, por desgracia,  en ocasiones sufrimos.
La portada del libro nos invita a subirnos al autobús que en ella aparece y a realizar un recorrido por el tiempo, desde la España de la inmediata posguerra hasta  la actualidad.
Los tres primeros relatos de “Hontanalta” (“Ezequiel Molina”, “Carta de Elisa” y “La última espera”), se pueden leer de forma aislada, pero conforman un todo, una novela corta perfecta, con personajes redondos, un paisaje y una historia de amor adultera y pasional, presentada desde tres puntos de vista, que explora en las contradicciones que anidan en el corazón humano. En “Ezequiel Molina”, el narrador utiliza la técnica alterna en la que se funde lo pasado con lo presente, así, el protagonista, momentos antes de morir, funde sus recuerdos con la realidad cotidiana y nos descubre su amor arrebatado -casi animal, como una llamada del salvaje- por Elisa. Ella, por su parte, en una poética carta que le deja como legado sentimental, le confiesa el amor que siempre sintió por él desde niña: sincero, profundo, imperecedero, como una prisión de la que no puede escapar ni después de muerta. Para finalizar, Dimas, tío de ésta y amigo de aquél, viejo catedrático liberal, represaliado y exiliado interior en Hontanalta, asiste como espectador a las consecuencias de esa pasión desbordada  en un pueblo pequeño, que él entiende y para la que aconseja discreción y prudencia, pero su recomendación llega tarde: Hontanalta, como una Vetusta rural, juzga, sentencia y condena. Y es que bajo la represión, todas las historias de amor verdaderas están abocadas al fracaso. Ezequiel, Elisa y Dimas, cada uno a su manera, son tres personajes frustrados, acosados por un entorno social implacable, que asisten al declinar de sus vidas, a la llegada de sus respectivas muertes con la misma naturalidad con la que se desarrollan los acontecimientos de su diario acontecer.
“Por una lata de sardinas” es un relato que emparenta con el primero, “La peseta”, pues ambos tratan de esos fascismos cotidianos y mezquinos, tan propios de la España de posguerra, años de represión y dolor, de miedos y valores pervertidos, cuando cualquiera que ostentaba un mínimo poder lo ejercía con tiranía inusitada y rastrera, cuando nadie estaba seguro y  en la sociedad imperaba, como algo habitual, la dictadura del miedo.
“Paris” es un relato magnífico, en el que el autor narra de manera perfecta, desde el acontecer cotidiano, un día de caza con su perro, Paris. Para García Simón -como en Delibes- la caza es una excusa, un simple recurso para tomar contacto con la naturaleza y el paisaje (ambas influyen en los estados de ánimo y en los sentimientos de sus personajes), para integrarse en una y  otro. García Simón escribe con casta de verdadero narrador, el escritor-cazador trasciende la materia o anécdota tratada,  la transforma en auténtica literatura y la trivial aventura de salir a cazar se convierte, de pronto, en una aventura fascinante en la que el protagonista deberá enfrentarse a sus miedos más profundos.
“Floren”, el último relato de los ambientados en “Hontanalta”,  contiene también ciertas constantes delibeanas, a saber: infancia, muerte, naturaleza y prójimo. Con ellas, García Simón conforma una historia de amor, rivalidad y venganzas.
“Lucía Álvarez” es un relato que, como en varios de los anteriores, nos cuenta una historia que conjuga de manera magistral amor y muerte. Con claridad meridiana nos remite a la primera novela de Agustín García Simón, Valcarlos, nombre de un reformatorio de provincias donde Joaquín Altea, su protagonista, trata de ganarse la vida como educador.
En “El inspector” nos encontramos con un estupendo retrato de una figura nostálgica de la España franquista, tan abundantes en la administración de la transición española -tributo que hubo que pagar por la paz-, que confundían el respeto a la autoridad con el servilismo, que en modo alguno asumieron las libertades y los derechos individuales, confundiéndolos de forma torticera con libertinajes que atentaban contra un sentido del orden, el suyo, tendenciosamente confundido con la sumisión absoluta. Evaristo Nogales Perucho, el inspector, no es si no uno de los numerosos tiranuelos covachuelistas que ejercían –algunos todavía ejercen-en su pequeña parcela de poder administrativo como auténticos señores feudales.
 “Un día de perros” y “El secretario” se localizan ya en la España actual de las autonomías, esos pequeños reinos de taifas con su pesado lastre de funcionarios y políticos jerarquizados en diferentes niveles de pesebre, que conforman intrincados laberintos administrativos, por los que transitan turiferarios, cobistas, ineptos etc., que  gravitan en torno al minotauro político de turno -director general, secretario general o consejero-, y  en los que uno, como el protagonista, Juan Ibáñez, no deja de sorprenderse diariamente “en medio de tan organizada imbecilidad”.
El libro se cierra con “Empezar en el Sur”, un relato optimista que narra un amor de senectud, o casi –“A la vuelta del camino” de la vida-, pero tan maravilloso como el primero de juventud. El amor como motor de cambio, de alegría de vivir.
A nuestro juicio, Agustín García Simón es un escritor de casta, que refleja como pocos el paso del tiempo y su relación con la infancia, la muerte, el dolor o la fuerza de los sentimientos. Gran parte de sus relatos, están escritos en forma historiográfica, como si fueran fragmentos de una memoria perdida, aunque, en ocasiones, se trate de un pasado inmediato. Su lenguaje es preciso, tradicional y escueto, denotando un esfuerzo evidente por refrenar una natural tendencia hacia el barroquismo. Los personajes son auténticos, viven de verdad y colaboran a que el estilo fluya y alcance un evidente lirismo, incluso en los momentos de más descarnado realismo.
El autobús ha llegado a su destino, las doce paradas narrativas del recorrido –como la propia vida- son maravillosas. No se las pierdan,  no se arrepentirán.
AGUSTÍN GARCÍA SIMÓN, Cuando leas esta carta, yo habré muerto, Madrid, Siruela, 2009