CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

sábado, 18 de enero de 2020

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (VII)


POETA (II)

Cano fue miembro fundador y editor de los dos primeros números de la revista Noroeste, junto con Tomás Seral y Casas e Ildefonso Manuel Gil, donde publicó algunos poemas de corte surrealista con presencia de atrevidas y sugerentes imágenes.
Colaboró con algún poema en el único número de la revista Pregón Literario, editado en 1936, y también lo hizo con la gaditana Isla en sus dos épocas, compartiendo nómina con nombres tan reconocidos como José María Pemán, Carlos María Vallejo, Guillermo Díaz-Plaja, Manuel de Falla, Marqueríe, Leopoldo Panero o Adriano del Valle, entre otros muchos intelectuales de la época. En ella se pueden leer dos sugerentes sonetos dedicados a la ciudad de Teruel, son los siguientes:
               EXALTACIÓN DEL ORIGEN DE TÚRBULA
Corneador de Cierzo en la llanura,
Seguido de guerrera muchedumbre
Sedienta de Destinos, logras cumbre
Donde hay pasto de Estrellas, y frescura.
Altas tus astas, más que toda altura
-media luna de bronce sin herrumbre-
Entre las dos despunta leve lumbre
Que a crecer en lucero se apresura.
No sabe el Toro qué es lo que le para,
Si flor de prado o cita que le insiste
-torerilla- desde una altura rara.
La Estrella guiña y llama, y él, de un salto,
Ágil corneador de Cierzo, embiste
Poniendo el sitio de Teruel más alto.

SONETOS DE TERUEL
Túrbula turbia, Túrbula turbada,
un milagro de yugos y de flechas
-estrellas por el aire, recién hechas-
las piedras son de tu ciudad volada.
Túrbula turbia, Túrbula asolada,
Ángeles van llorando en tus estrechas
Callejuelas hundidas y en las brechas
Besando tanta vida aniquilada.
Oh blanca nieve vuelta roja nieve.
Oh caricia sutil de hierros duros.
Oh muerte grande de tu vida leve.

jueves, 2 de enero de 2020

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (VI)


Poeta (I)

        Sin duda ninguna, Antonio Cano fue un poeta notable, las composiciones que hemos podido leer salidas de su pluma nos presentan a un joven poeta que bebe del modernismo en composiciones como “Prisioneros, tú y yo…”, publicado en La Voz de Teruel (22 de enero de 1932):

Del jardín donde naciste,
te cortaron y llevaron
a un palacio de cristal.
Paredes
claras
y transparentes.
Estanque para bañar.
Balcón
sobre el que asomarte
puedas en tu soledad.
Vaso de agua,
vaso frágil es tu mansión
señorial.
¡Y te quejas de tu cárcel!
¿Dónde mejor estarás,
en palacio de doncellas
o siempre sobre el rosal?
¿Quieres cambiar
por la mía?
¡Yo, estoy preso,
tú, no estás!
Sobre mí, tengo cadenas
y amarguras que llorar…
¿Te aprisionaron por buena?
¡Yo lo estoy por mi maldad!
Por eso, tengo barrotes
Y tú, mansión de cristal.

         En el citado trabajo de José Enrique Serrano, se analiza la labor poética de su primer poemario, Lírica de la ausencia, y señala que se “sitúa en la estela de San Juan de la Cruz, en el que demuestra “la brillantez de imágenes que define al escritor, en una línea que quizá recuerde la más característica de la poesía andaluza”.
         Uno de sus poemarios más brillantes es, sin duda, como ya hemos anticipado, Elegía a Túrbula (Devocionario de Teruel), cuyo prologuista, Miguel Artigas, calificó como “poema moderno de técnica y factura nueva, de emoción contenida y diluida en una floración literaria exuberante de tropos de imágenes bellas y afortunadas”
Cano fue miembro fundador y editor de los dos primeros números de la revista Noroeste, junto con Tomás Seral y Casas e Ildefonso Manuel Gil, donde publicó algunos poemas de corte surrealista con presencia de atrevidas y sugerentes imágenes.
Colaboró con algún poema en el único número de la revista Pregón Literario, publicado en 1936, y también lo hizo con la gaditana Isla en sus dos épocas, compartiendo nómina con nombres tan reconocidos como José María Pemán, Carlos María Vallejo, Guillermo Díaz-Plaja, Manuel de Falla, Marquerie, Leopoldo Panero o Adriano del Valle, entre otros muchos intelectuales de la época. En ella se pueden leer dos sugerentes sonetos dedicados a la ciudad de Teruel, son los siguientes:
               EXALTACIÓN DEL ORIGEN DE TÚRBULA
Corneador de Cierzo en la llanura,
Seguido de guerrera muchedumbre
Sedienta de Destinos, logras cumbre
Donde hay pasto de Estrellas, y frecura.
Altas tus astas, más que toda altura
-media luna de bronce sin herrumbre-
Entre las dos despunta leve lumbre
Ue a crecer en lucero se apresura.
No sabe el Toro qué es lo que le para,
Si flor de prado o cita que le insiste
-torerilla- desde una altura rara.
La Estrella guiña y llama, y él, de un salto,
Ágil corneador de Cierzo, embiste
Poniendo el sitio de Teruel más alto.

SONETOS DE TERUEL
Túrbula turbia, Túrbula turbada,
un milagro de yugos y de flechas
-estrekkas por el aire, recién hechas-
las piedras son de tu ciudad volada.
Túrbula turbia, Túrbula asolada,
Ángeles van llorando en tus estrechas
Callejuelas hundidas y en las brechas
Besando tanta vida aniquilada.
Oh blanca nieve vuelta roja nieve.
Oh caricia sutil de hierros duros.
Oh muerte grande de tu vida leve.

sábado, 14 de diciembre de 2019

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (V)


Crítico de arte




   Otra faceta destacada de nuestro poliédrico personaje es la de crítico de arte, son frecuentes sus artículos analizando determinadas características de la obra de reconocidos pintores como la de su gran amigo,Miguel Delgado (1910-1985), magnífico pintor postcubista alcañizano de retrato, bodegones y paisajes urbanos, de Bayo Marín (1908-1953), Jacobo Jordaens, Goya o el Greco, por citar algunos. A este último le dedicó además de artículos en periódicos, toda una serie de reflexiones poéticas en ocho breves entradas en las que analiza la expresividad y significación de las manos en sus cuadros, comparadas con las de otros pintores como, por ejemplo, Alberto Durero, publicadas en la revista Isla (núm. 16, 1939) bajo el título de “Doménico y las manos” (sobre él escribió otro artículo en el número dos de los Cuadernos Mediodía), y también en Isla publicó un interesante trabajo, “Los ángeles en la pintura” (núm. 9, 1936), en el que siguiendo este motivo temático recorre la obra de Fray Angélico, Filippo Lippi, Rafael, Boticelli, Guido Reni, Marco Melozzo, Tiziano, Miguel Ángel y, por supuesto, el Greco.




domingo, 1 de diciembre de 2019

RESEÑA DE "EL ÚLTIMO BARCO", DE DOMINGO VILLAR




LA NIEBLA DEL ALMA 



La siguiente reseña se publicó en el núm. 132 de TURIA



Morriña: Tristeza o melancolía, especialmente la nostalgia de la tierra natal. 

Todos los capítulos de El último barco, la esperada novela de Domingo Villar, comienzan con la definición de una palabra del diccionario. El lector deberá estar atento para descubrir su presencia en el mismo y elegir la acepción que se ajusta al contexto. Se trata de un ejercicio de memoria y atención, que pone a prueba su capacidad de concentración y lo prepara para acompañar al inspector Leo Caldas en su nueva investigación: descubrir dónde está y qué ha sido de Mónica Andrade, la hija de un afamado cirujano, que ha desaparecido abandonando sin mediar aviso obligaciones profesionales y familiares. 

Como Rebeca, la protagonista en ausencia de la homónima película de Hitchcock, la personalidad de Mónica va cobrando forma mediante los testimonios de las personas que la han conocido, juntando lo que dicen sobre ella sus compañeros de trabajo, amigos y vecinos, su sombra se va haciendo corpórea, al tiempo que afloran con su búsqueda determinadas situaciones sociales de dolor y soledad ocultas bajo la alfombra de la aparente normalidad de la rutina diaria. 

Leo Caldas, el taciturno, compasivo, trabajador y concienzudo inspector gallego, es el “ojo crítico” a través del cual el autor nos muestra una mirada un tanto desencantada de la realidad. Su contrapunto es su ayudante aragonés -no es baladí que la mujer de Domingo Villar sea turolense-, el policía zaragozano Rafael Estévez, bruto, noble, fuerte, un “cacho pan”, incapaz de entender los meandros mentales de su jefe. 

Con ellos toda una galería de secundarios: Andrés el Vaporoso, Walter Cope, Miguel Vázquez, Ramón Casal, Rosalía Cruz, Elvira Otero, Vasconcelos, etc. Si bien algunos, por lo que representan o por su marginalidad, son de verdadero lujo y cobran una mayor dimensión por lo que conllevan de denuncia social, caso de Napoleón, otrora profesor de latín y en la actualidad culto mendigo al sufrir en sus propias carnes los “tres golpes” de la vida, o Camilo Cruz, un joven con problemas de comunicación y el don de una memoria fotográfica acompañada por una mano prodigiosa para el dibujo que, como suele ocurrir en estos casos, sufre las humillaciones con las que se castiga al diferente. En el lado contrario, Lorenzo Losada, ambicioso locutor de radio, representante de esa prensa sensacionalista que antepone las cuotas de audiencia al rigor informativo, o Víctor Andrade, el autoritario cirujano de éxito, hijo de una acaudalada familia, defensor del orden y de sus privilegios, que no duda en utilizar sus influencias para avanzar en la búsqueda de su hija. 

El diálogo es el gran conductor de la narración y el vehículo para dibujar la psicología de los personajes. Son ágiles –importan tanto las palabras como los silencios-, de ritmo cinematográfico, y tan justos, tan reales, tan fieles a su personalidad, que se diría que están junto al lector, en el mismo lugar, rodeándolo, convirtiéndolo en un participante más de la trama. 

Como en sus dos novelas anteriores, Ojos de agua y La playa de los ahogados, Domingo Villar elige el género negro para encauzar su particular crónica de la historia reciente de España, en este caso concreto, a partir de una idea muy simple, la desaparición de una mujer, teje una obra de realismo crítico, con fuerte sabor costumbrista, transida de cierta melancolía por ese mundo que desaparece con nuestros padres del trabajo lento y bien hecho, artesanal, que moldea el barro o la madera, cultiva la tierra o pesca en el mar, para extraer de ellos la vida que los habita pagando su precio con paciencia, tiempo y dedicación y obtener así objetos artísticos, instrumentos musicales, vino…con alma. 

Domingo Villar ha trabajado con esta misma filosofía las palabras y el lenguaje durante más de ocho años y su resultado final, El último barco, es una novela océano de largo aliento -más de 700 páginas-, que se hace corta, no solo por lo bien escrita, sino también por su sensibilidad y amor por una tierra y sus gentes. 

La ría de Vigo es el marco donde transcurre la investigación, pero también es un personaje, o varios, las ciudades de Tirán y Vigo, sus puertos, playas, calles, tabernas y espacios arquitectónicos –en especial la Escuela de Artes y Oficios y la casa de Mónica-, pero, sobre todo, el mar, cobran su protagonismo a través de un doble procedimiento de acción y reflexión: por un lado, se recorren físicamente; por otro, se observan y se piensan. Domingo Villar se convierte de esta manera en un poeta del paisaje gallego que escribe alta literatura llevado de la morriña del ausente o, como diría Cunqueiro, de la “niebla del alma”. Es, sin duda, el Vázquez Montalbán, el Juan Madrid o el Lee Burke de Galicia. 

Domingo Villar, El último barco, Madrid, Siruela, 2019. 



sábado, 23 de noviembre de 2019

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (IV)


Caricaturista


   Antonio Cano no solo fue escritor, cultivó también el humorismo gráfico y la caricatura con gran maestría, como se puede apreciar en las numerosas muestras presentes en la prensa de la época.
       
  En una entrevista publicada en La Voz de Teruel (7-3-1928), el innominado autor de la misma comentaba al presentarlo: “ni sus caricaturas tienen parecido a las de Sirio, Fuente, Bagaria, ni a las de los humoristas Sama, K-Hito, López Rubio, etc.”, para afirmar que su caricatura es de un “humorismo tal, que refleja toda la psicología individual con líneas sencillamente aristocráticas."
Por su parte, Antonio Cano con sus respuestas va realizando un recorrido profesional por su faceta artística, comenta que su primera caricatura fue una publicada en el periódico El Noticiero del futbolista Morales, le pagaron dos duros y añade que para La Voz de Teruel había publicado hasta la fecha veintiuna y en la revista Picotazos quince, de igual forma, dice haber ilustrado obras de Alberto Casañal, Concha Espina y algunas de la publicación mensual zaragozana dedicada al fomento y difusión popular de la narrativa corta aragonesa, fundada y dirigida por Arturo Gil Losilla, la “Novela de viaje aragonesa”, y para la “Novela de los nóveles”.
De las publicadas en La Voz de Teruel hay una serie, “Cinematografía local”, dedicada a personajes populares de la ciudad,  integrada dentro de los más de cien trabajos que reunió y presentó en una exposición que tuvo lugar en noviembre de 1927. 

En otras ocasiones, dentro de la sección “Humor Nuevo”,  caricaturiza y relata por escrito particulares semblanzas de amigos, caso del pintor y profesor Ángel Novella o del humorista, escritor y corresponsal del diario Ahora de Madrid, José Valencia. 
       Sobre su habilidad con el dibujo y, en especial con la caricatura, en el citado artículo de José Luis Melero se hace referencia a una fantástica carta ilustrada  remitida en enero de 1935 por Cano a Ildefonso Manuel Gil acusándole recibo de La voz cálida, poemario publicado un mes antes, en la que junto a una graciosa caricatura del poeta, le confiesa con su “habitual tono humorístico, que se había hecho ‘fotógrafo de ángeles’ y que iba a especializarse en ‘retratos celestes para carnets’,  pues ‘creo que ahora en el cielo van a darles tarjetas de identidad a todos a fin de evitar intromisiones’, prometiéndole avisarle ‘si el negocio fuera bien’”, estupenda anécdota que define a nuestro juicio a la perfección la personalidad de Cano.
     

Cultivó también con gusto y éxito el humor gráfico en la prensa local, en especial en La Voz de Teruel.









El artículo completo se puede consultar en la revista de cine CABIRIA




lunes, 4 de noviembre de 2019

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (III)





Breve biografía de un enamorado de Teruel 


Antonio Cano siguió la tradición familiar y opositó, junto con otro de sus hermanos, al cuerpo de funcionarios de Hacienda, que al final logró superar, después de haber trabajado durante algunos meses como auxiliar administrativo para la Diputación Provincial, lo que le llevó a tener que abandonar su amado Teruel, ciudad a la que dedicó multitud de artículos y en donde ambientaría la mayoría de sus novelas. 

Desarrolló una intensa labor como activista cultural dentro de la asociación Acción Cultural de Teruel, en la que se integró el Cine Club, y con la que colaboró en sus numerosas actividades como exposiciones y muestras colectivas, es el caso de la de artistas turolenses de diciembre de 1931, donde estuvo representado con dos dibujos, “Desnudo a la orilla del mar” y “La tentación de la campesina”, junto con otras obras de pintores de la provincia como Alejandro Cañada, Miguel Delgado, Ángel Novella, Bayo Marín o Salvador Gisbert, entre otros. 

Durante la Guerra Civil formó parte del bando sublevado y entró en Teruel en febrero de 1938, cuando la ciudad volvió a manos del ejército franquista. Fruto de esta experiencia es su conmovedora y excelente Elegía a Túrbula

Antonio Cano fue un colaborador habitual de diferentes periódicos, tanto locales como regionales y, esporádicamente también nacionales. Escribía sobre todo tipo de asuntos, entre otros -como veremos en capítulo aparte- sobre cine, pero si hubiéramos de sacar determinadas constantes de esa selva de artículos, de los que, como se puede entender por las necesidades espaciales del presente trabajo, no podemos ocuparnos en su totalidad, destacaríamos su gusto por los temas turolenses, tanto de sus tradiciones –la historia de los Amantes en especial-, como de los espacios patrimoniales de la ciudad más emblemáticos –Portal de la Andaquilla, Plaza del Mercado, los Arcos, etc.- o más modernos –el viaducto, por ejemplo-, así como su estética de corte vanguardista con gran capacidad para construir originales metáforas e imágenes visionarias y rotundas que, mezcladas con buenas dosis de humor, conforman la mayor parte de las veces greguerías ramonianas de mérito: “[…] los ojos de la ciudad son los Arcos. Este coloso monumento, que es el ventanal por el que diariamente el sol se asoma a la ciudad; este gigantesco reptil petrificado, que llega de lejos con el agua sobre sus espaldas […] Ojos de la ciudad amante…”; “[…] la costumbre es un vicio en cuanto toma asiento […] Las altas campanas de las múltiples torres –chimeneas de fábricas de fe- doblaban perezosas llegado el mediodía…” “Viaducto, arco iris de cemento”, etc. 

Al concluir la guerra, suponemos que por razones profesionales, se trasladó a Bilbao, donde publicó sus últimas obras y residió hasta su muerte prematura en 1944.

Artículo completo en la web CINE MARAVILLAS