CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

sábado, 24 de octubre de 2020

MANOLO TORRES, FUTBOLISTA (y II)

 

II

      


En su trayectoria profesional tuvo una especial incidencia, Primitivo Casariego, "Primo". Este exfutbolista del Zaragoza, fue entrenador de Manolo en Teruel y también lo dirigió en las filas del Manchego. Además cuando acabó su compromiso con el club alcarreño y tenía pensado volver a Teruel, Primo intercedió ante el Zaragoza, que estaba en segunda división. Los de Torrero rápidamente le firmaron un contrato por tres años, si bien, en su primera campaña, a punto estuvieron de descender a Tercera, sin embargo, en la campaña 55-56 consiguieron el ascenso a Primera, con Manolo destacando como un defensa rápido y explosivo.

       En el Zaragoza permaneció hasta la temporada 61-62, con el que jugó 195 partidos, donde más de cien fueron en primera división.

       En abril de 1957 fue cedido durante dos meses al Real Madrid, equipo con el que consiguió sus mayores éxitos deportivos al conquistar la Liga, la Copa Latina y la Copa de Europa, en compañía de auténticas leyendas del fútbol como Kopa, Gento o Alfredo Di Stefano.

       En su etapa de jugador le tocó enfrentarse con algunos de los extremos izquierda más destacados de la historia del fútbol nacional. Apodado por la grada de La Romareda como "El expreso de la banda", se midió a Gento, "La galerna del Cantábrico"; Gorostiza, "Bala roja"; o Gainza, "El gamo de Dublín".

sábado, 3 de octubre de 2020

MANOLO TORRES, FUTBOLISTA ( y I)

 


    


    Manolo Torres ha sido el único futbolista turolense que ha conquistado la Copa de Europa. El defensa turolense desarrolló la mayor parte de su trayectoria deportiva en las filas del Zaragoza, lo hizo durante ocho temporadas, desde 1953 hasta 1962. Si bien consiguió sus mayores éxitos deportivos durante los dos meses que permaneció cedido en 1957 en el Real Madrid, del que formó parte del equipo titular que ganó la segunda Copa de Europa a la Fiorentina italiana.



    Torres nació en la capital turolense en abril de 1930, en el seno de una familia numerosa, sus padres tuvieron nueve hijos, aunque la mayor, Melchora, murió siendo todavía muy joven. 

    Aunque su padre era muy aficionado al mundo del toro, Manolo desde muy niño se sintió atraído por el fútbol, que tras la Guerra Civil revivía en nuestra ciudad con la S.D. Turolense, dando sus primeros pasos en una recién nacida Tercera División. 

Trayectoria deportiva 

    Manolo estudió en los colegios del Sagrado Corazón y La Salle, y en este último, junto a un grupo de amigos, formó parte de su primer equipo, La Parra. Desde sus primeros pasos, Torres destacó como un buen defensa lateral, posición que alternaba con la de medio o incluso la de delantero. 

    Tras estos primeros pasos, pasó por los equipos locales del Rayo, y también por un equipo de nueva formación en el propio colegio de La Salle, más tarde jugó en el Almogávar, equipo perteneciente al extinto Frente de Juventudes. 

    Su afición al balompié, lo llevó a entrar en una S.D.Turolense que volvía a la competición después de algunos años de ausencia. Manolo se incorporó a un equipo que entonces militaba en la Primera Regional. Concluyó esta temporada imbatido en su grupo y disputó la fase de ascenso a Tercera División. Sin embargo, finalmente no consiguieron el objetivo al acabar la competición en cuarta posición. 

    El jugador entró a trabajar en la tahona familiar -su padre era panadero-, circunstancia por la que tenía dificultades para poder desplazarse con el equipo. No obstante, sus buenas actuaciones llamaron la atención de un aficionado turolense que tenía su residencia habitual en Ciudad Real y gracias a sus gestiones, al inicio de la temporada 50-51, se incorporó al Manchego, club que con anterioridad había firmado a su compañero Gustavo. Los periódicos de la época recogían que "Careto", como era conocido por muchos de los aficionados a este deporte, se comprometía con los manchegos por una ficha de 20.000 pesetas. 

    En Ciudad Real dio sus primeros pasos como futbolista profesional y en su equipo permaneció a lo largo de tres temporadas. Su estancia en el club deparó además una noticia fundamental en su vida, puesto que allí conoció a Angelita Buendía, la que sería su mujer poco tiempo después (CONTINUARÁ)

domingo, 20 de septiembre de 2020

PONGAMOS QUE HABLO DE JOAQUÍN CARBONELL.

IN MEMORIAM 




Su amigo y profesor en el San Pablo, Eloy Fernández Clemente, lo recuerda en sus memorias como un niño de culo inquieto, que no le dejaba dormir la siesta al recorrer el pueblo con su recacholino que echaba chispas al rozar los duros cantos por las aceras, “creando horrísonos ruidos que reventaban todas las calmas”, y lo describe acertadamente en sus memorias como un adolescente con “un aire a medias triste a medias pillo”.
Nunca cambió, ni en lo físico ni en lo mental. Aquel muchacho que comenzó tocando la armónica subido a unos sacos de trigo para el baile dominical de sus vecinos, en Alloza, que luego ya más mayorcito, con 14, tocaba la batería y se rodó como vocalista en la Orquesta Bahía, muy popular en los años sesenta en la Comarca de Andorra, interpretaba, según sus propias palabras, “de manera muy digna títulos como Il mondo, Venecia sin ti, Capri s’est fini”. No quiso estudiar y se convirtió en un pícaro de playa (afirmaba con orgullo haber tocado las tetas a más de mil mujeres): botones de hotel, barman… para volver adolescente crecido, ya casi joven, al Teruel gris de mediados de los sesenta y formar parte de esa mítica "generación paulina" (este proyecto de documental se le ha quedado en el tintero) y, de la mano de su profesor y amigo, José Antonio Labordeta, hacerse cantautor, que según su propia definición, clara muestra de su humor somarda, no es sino “un cantamañanas. Alguien que como no sabe cantar correctamente se compone sus propias canciones…”, pero lo cierto es que un cantautor como él puede llegar a crear maravillas poéticas de una hondura emotiva tan grande como “Me gustaría darte el mar” o “Canción del olivo”, o himnos-homenaje a una tierra como “Soy de Teruel”, composiciones absolutas que aúnan los ingredientes esenciales de la alta creatividad: cultura, razón y sentimiento.

Cierto, Carbonell, fue cantautor, un poeta en realidad, pero hizo muchas cosas más para sobrevivir y vivir: televisión, entrevistas gráficas, fue también incisivo crítico televisivo, novelista, actor… Su amigo, Jorge Valdano, ese intelectual del balón, rara avis en el mundo del fútbol, dijo de él que era alguien que “quiere volver a ser campesino en la ciudad; aldeano en la metrópoli, imaginar cada día la sorpresa, afinar la percepción, descubrirlo, asimilarlo todo y hacer lo que su mente inquieta decida.” No erró el tiro.


Después de tan acertadas palabras, qué puedo decir yo, no sé me ocurre nada, por eso lo mejor es darle la palabra al propio Carbonell para que el mismo se defina:
AUTOCRÍTICA MESURADA

jueves, 3 de septiembre de 2020

TERUEL, OTRA DIMENSIÓN (I)



AL RITMO DE LAS CAMPANAS





El viajero llega en tren a Teruel. Ha sido un viaje largo, interminable, a una velocidad decimonónica, puede incluso que más lenta, un anticipo de lo que le espera: una ciudad slow, de otra época, en la que el tiempo se ha detenido, donde todo transcurre a otro ritmo, el de las campanas de sus torres mudéjares, que siguen tañendo y marcando las horas, ordenando el día.

Las campanas anuncian los oficios religiosos (misas, vísperas, ángelus) y los hechos de la vida cotidiana (toque de muerto y de agonía, de boda, celebración y fiestas…) Las campanas de la Catedral y de las parroquias, como gallos en el corral de la ciudad, despiertan a sus habitantes y lanzan sus alertas de bronce a los cuatro vientos, los turolenses conocen bien sus voces, aunque las nuevas generaciones ya no saben su lenguaje y no pueden descifrar sus mensajes.

El viajero recuerda los versos iniciales del poema significativamente titulado “Domingo septembrino”, escrito durante su estancia en Teruel por José Antonio Labordeta, ese hombre bueno, comprometido y honesto, de voz rota y amarga, que un día mandó “a la mierda” a gran parte de la clase política por su descortesía y zafiedad, con el aplomo de Fernando Fernán Gómez, con la maestría para el exabrupto de Camilo José Cela, con la contundencia de un aragonés cansado de que no le hagan caso,  un guía de excepción que lo acompañará en sus paseos por la ciudad: “Din, dan.   Din, dan: / Las campanas domingo en la ciudad  / tarde que avienta el viento / hasta la orilla…” 

Es curioso -piensa en un inciso de su propio pensamiento-, da igual lo que hayas hecho en la vida, si te has dedicado a la enseñanza o a la política, si has escrito libros o has realizado programas de televisión, al final, para la inmensa mayoría de la gente todo se reduce a un “a la mierda”, a una anécdota y poco más.

Los modernos de hoy en día dirían que Teruel es una slow city, una ciudad lenta, una ciudad para pasearla, y a eso se dispone.

(continuará...)

Fragmento del libro Teruel, otra dimensión, de próxima publicación por la editorial Pregunta Ediciones

jueves, 20 de agosto de 2020

ANTONIO CANO Y EL PRIMER CINE CLUB TUROLENSE (XVI)

Un Cineclub turolense a finales de los años veinte (III)




Se trata, como se puede deducir por su argumento, de una exaltación de la Naturaleza, de un canto a la vida primitiva descrita con crudeza y realismo en la que descubrimos una escena que, sin género de dudas, influyó en el Robinson Crusoe de Buñuel, es aquella cuando Caín, desesperado por el abandono en el que se encuentra y ansioso por escuchar a un semejante, proyecta con gritos su voz hacia las montañas y el eco se la devuelve acrecentando su propia soledad.

Tonny Bourdelle es “Caín” y la actriz indígena Rama Tahe es “Zu-Zu”, el tercer gran personaje, como rezaba la propaganda de la época, era la misma naturaleza de la isla de Nossi-Be. Junto con sus actuaciones, en la película también destaca la banda sonora, compuesta por André Petiot  e interpretada por la Gran Opera de París, dirigida por el maestro Szyfer, el tema principal, la “Canción de Zou zou” fue grabada por la soprano polaca Maria Alexandrowicz.

La película cosechó un importante éxito de crítica y público, en especial en Francia, pero también en otros muchos paises. En España se presentó ya en el año 1931 y en Zaragoza, en el Salón Doré, a principios de mayo.

La recepción en Teruel parece ser que resultó un tanto fría, de hecho, el reseñista que la comentó para La Voz de Teruel (seguramente el mismo Cano), tras explicar que fue presentada por el socio de la A. C. T., Rafael González, manifestaba su comprensión ante el desconcierto suscitado en gran parte del público, acostumbrado a películas más banales, comedias y operetas, sin embargo, destacaba y resaltaba su fotografía, música, así como el tratamiento realista del tema, y anticipaba que la finalidad del Cine club radicaba más que en el entretenimiento en la educación de la mirada de los espectadores, ofreciéndoles otro tipo de cine dentro de las nuevas experiencias fílmicas que se estaban desarrollando en el séptimo arte.
Aunque hay varias noticias de prensa que anticipan una segunda sesión, no hemos podido localizar que se llevara a efecto, da la impresión como si el tema se hubiera diluído por el escaso entusiasmo de los espectadores o quizá la marcha y ocupaciones de Antonio Cano le impidiesen seguir con su proyecto, el caso es que el Cine club no tuvo más continuidad.

jueves, 6 de agosto de 2020

RESEÑA DE "UN ANDAR QUE NO CESA", DE RAMÓN ACÍN



VIVIR, VIAJAR, ESCRIBIR 



Vivir, viajar y escribir son tres caras de una misma experiencia vital y una forma de la literatura, el libro de viajes, en la que se desdibujan las fronteras de los géneros y se mezclan desde el diario personal a la novela de aventuras, pasando por el libro de historia, el relato y el ensayo de vida: son ficción y realidad; pasado y presente; análisis y comparación; narración y descripción; lirismo y reflexión. De todo esto hay un poco en Un andar que no cesa, la última publicación del infatigable Ramón Acín, quien nos propone caminar a su lado para descubrirnos con mirada lúcida y honesta los temas esenciales de su literatura: el paisaje y la memoria, la guerra civil y los libros… la escritura. 

Desde la antigüedad clásica, el viaje, sea físico o espiritual, es uno de los grandes temas literarios: el retorno a casa, la bajada a los infiernos, el descubrimiento de nuevas tierras, el nomadismo como forma de vida… Al final son variantes de una misma necesidad: la de conocer al otro y su entorno para conocer mejor el tuyo y a ti mismo, y a esto se apresta Ramón Acín en un Andar que no cesa, un libro de viajes fragmentario estructurado en cinco “vagabundeos”, como señala en el prólogo Julio Llamazares, que van desde Egipto, pasando por Europa y Aragón, hasta llegar al territorio íntimo y personal del propio escritor. 

El primer vagabundeo, titulado genéricamente “Itinerar del viajero”, se subdivide en cuatro partes que nos invitan a viajar con el autor por Sicilia, el Véneto y Venecia, Bruselas, Gante y Brujas y, finalmente, ese mundo de mundos que es Egipto. Su propuesta -sin denigrar el viaje organizado- es la de desplazarse por libre, conviviendo con los autóctonos, conociendo sus gustos y costumbres y, siempre que sea posible, complementar las visitas obligadas con otras fuera de las rutas trilladas por el turismo de masas, se trata de “extraviarse, merodear sin prisa, quedarse traspuesto o engolfarse en los detalles…” para disfrutar de olores, comidas, ruidos y sonidos… del ambiente, de la atmósfera de quien habita y aprovechando el disparadero sensorial hacer aflorar en nuestra conciencia de viajeros-lectores-escritores, deseos, reflexiones, lecturas, películas, comentarios… la vida. 

El segundo, “Viajes bélicos”, es un díptico que nos lleva a rastrear las cicatrices de la Guerra Civil en los paisajes de Aragón –de norte a sur, desde Biescas, en Huesca, hasta Sarrión, en Teruel -, y los de la Segunda Guerra Mundial en Normandía, con el objetivo, en primera instancia, de “comprender el porqué de la violencia y su intolerancia congénita”, y en última y principal, con la finalidad de recordar para “cerrar heridas y evitar su repetición”. 

El tercero, “Viajes de papel”, es un brillante ensayo sobre la “Literatura de la memoria. Pueblos deshabitados”, en el que Acín pone a nuestra disposición sus avezados ojos de crítico y teórico de la literatura, de lector y escritor de esa temática, de hermano y compañero de mil andanzas de un gran experto en Aragón (José Luis Acín), de amigo de gran parte de sus máximos exponentes, para analizar la problemática de la España vaciada, hoy en día tan en boga pero, sobre todo, para disfrutar de sus paisajes, viajando a los territorios personales, ficticios y reales, de cuatro grandísimos escritores: la montaña leonesa de su prologuista, Julio Llamazares; la vieja Mequinenza de Jesús Moncada; la sierra valenciana de Alfons Cervera y el Crespol de José Giménez Corbatón, en el Maestrazgo turolense. Con todos ellos, el autor y, casi con toda seguridad muchos de sus lectores, compartirán numerosos aspectos vitales: orígenes rurales, emigración y vida urbanita, necesidad de recuperar espacios de la infancia, etc. 

Estudio esencial e imprescindible para todo aquel que guste o quiera adentrarse en esta literatura o en sus mundos particulares, con el regalo añadido de un epílogo en forma de breves, pero interesantes confidencias de tres de ellos, Cervera, Corbatón y Llamazares, sobre su particular interpretación del “paisaje de la infancia”. 

Este original viaje lector contiene también una importante carga crítica, que invita a la reflexión sobre el problema de fondo, la despoblación del mundo rural y sus efectos colaterales: la pérdida constante de identidad y memoria colectiva; la falta de sensibilidad ante el legado patrimonial del pasado, tanto material como inmaterial; la necesidad de conservar ese mundo que desaparece, el uso partidista e interesado del tema, etc. 

En el cuarto, significativamente titulado, “Con Francisco de Goya por Aragón”, Ramón, como un nuevo Labordeta, se cuelga la mochila al hombro y nos propone precisamente eso, rastrear las huellas de su pintura en su tierra, desde su Fuendetodos natal, pasando por Muel, Pedrola, Remolinos, Alagón, Calatayud, Zaragoza, etc. Es un viaje artístico-cultural a la obra en Aragón del pintor, sí, pero disfrutando también de la gastronomía y del paisanaje, daría para un magnífico capítulo de “paisaje con figuras”. 

Su miscelánea y fragmentaria propuesta concluye con un último vagabundeo, “Por el Somontano de Barbastro y Alquézar: Viaje a ninguna parte, su relato literario”, un díptico compuesto exactamente por la descripción del recorrido y su ficción literaria, un relato circular brillante con el que Acín nos descubre que en última instancia su verdadero viaje es la escritura y, el nuestro, el que acabamos de realizar, su lectura. 

Ramón Acín es un escritor brillante, de certero análisis y aguda mirada crítica, viajar con él es hacerlo con los ojos bien abiertos, cargados de experiencia de vida y lecturas de muchos años, pero su vasta cultura no es una carga pesada, la vaporiza en gotas ligeras que se mezclan con altas dosis de emoción y asombro, convirtiendo Un andar que no cesa en una verdadera terapia amena, instructiva y refrescante. 

A Ramón Acín le pasa como a Joaquín Carbonell, ese Brasens, Serrat o Sabina aragonés, que pudiendo jugar en la liga de los más grandes, ha renunciado a ello para quedarse en su tierra y contribuir con su trabajo a mejorarla. No lo duden, cálcense sus botas de viajero y saboreen Un andar que no cesa con calma, con delectación, como si fuese un buen vino o un buen jamón o las dos cosas juntas. Que les aproveche. 

RAMÓN ACÍN, Un andar que no cesa, Madrid, Forcola, 2020.

Reseña publicada en la revista cultural TURIA núm. 135