RAMÓN
J. SENDER Y SANTA TERESA DE JESÚS
Ramón J. Sender, El
verbo se hizo sexo (Teresa de Jesús), Huesca, Contraseña, 2022
RAMÓN
J. SENDER Y SANTA TERESA DE JESÚS
Ramón J. Sender, El
verbo se hizo sexo (Teresa de Jesús), Huesca, Contraseña, 2022
VACUNA CONTRA EL ALZHEIMER DE UN PUEBLO:
CRÓNICA DE SARRIÓN (1800-1936)
Considerada
como la epidemia del siglo XXI, una de las grandes enfermedades de nuestra
época es el Alzheimer. Para Buñuel “una vida sin memoria no sería vida…”. Por
su parte, el filósofo Emilio Lledó afirmaba que “ser es, esencialmente, ser
memoria; es encontrar una forma de coherencia, un vínculo entre lo que somos,
lo que queríamos ser y lo que hemos sido.” No hace falta poner más ejemplos,
está claro que sin memoria el ser humano pierde una parte fundamental de su
esencia y eso mismo se puede decir de un pueblo que por diferentes razones ha
perdido la suya. Es el caso de Sarrión, una villa turolense cuya privilegiada
situación geográfica ha jugado en numerosas ocasiones en su contra. Así, por
ser lugar de tránsito y estar junto a las principales vías de comunicación entre
Aragón y Valencia, la localidad fue completamente destruida durante la Guerra
de los dos Pedros en 1364, siendo también duramente castigada en otras
sangrientas contiendas como las de la Independencia, las carlistas y la Guerra
Civil, cuando los días 11 y 12 de agosto de 1936 se quemaron los archivos de la
iglesia y del Ayuntamiento. El alzheimer se había consumado por completo y un
pueblo sin pasado pierde también sus opciones de futuro.
No
eran muchas las esperanzas de solucionar este grave problema, sin embargo, el
esfuerzo titánico de Javier y Enrique Sanz, junto con Pablo Cercós, coautor de
varios capítulos de Crónica de Sarrión (1800-1936), supone una vacuna contra la
desmemoria y recuperan con este ingente trabajo más de siglo y medio de
recuerdos mediante un detallado estudio de los escasos restos patrimoniales,
tanto materiales como inmateriales, así como de un exhaustivo rastreo
hemerográfico y archivístico, para con las teselas de datos sueltos y la
argamasa de los cada vez más escasos testimonios orales de sus paisanos más
longevos (en este sentido han jugado un importante papel los diarios personales
inéditos escritos por familiares de los autores) recomponer el rompecabezas de
la historia e intrahistoria de la localidad.
La
investigación, como anticipa su título, sigue un orden cronológico, arranca en
la Guerra de la Independencia y se extiende hasta la tercera semana de la guerra
civil española -11 de agosto de 1936-. En cada capítulo, tras una breve
contextualización del momento histórico en España, Aragón y provincia de
Teruel, presentan la situación concreta en el pueblo y analizan los hechos más
relevantes ocurridos en sus diferentes ámbitos de estudio: urbanismo,
patrimonio, guerras, agricultura, política, sociedad, medios de comunicación,
fiestas y tradiciones, personajes relevantes, turismo… Así, se nos informa de
la destrucción de sus murallas y portales y de la evolución de sus monumentos
más importantes; sabemos de las principales epidemias que ha sufrido la
localidad (cólera morbo y gripe); conocemos los principales trabajos agrícolas
y ganaderos y descubrimos la importancia del vino en la localidad a finales del
siglo XIX, un cultivo en la actualidad perdido, y del turismo –los conocidos
como veraneantes- en la economía local; asistimos a la llegada del ferrocarril,
el telégrafo, el teléfono, la luz y el agua (se nos explica con detalle la larga
polémica del abastecimiento y sus consecuencias políticas); documentan el
estado de la educación y la sanidad en el pueblo; nos participan los resultados
de las sucesivas elecciones, los enfrentamientos políticos y nos relacionan las
composiciones de las diferentes corporaciones municipales; disfrutamos de las
fiestas y romerías, descubriendo con sorpresa la importancia de sus Carnavales
y la existencia de una fiesta de “Moros y cristianos” de la que nunca habíamos
oído hablar; viajamos a partir de 1914 con paisanos aventureros
a los EE.UU. en busca del “sueño americano”; sufrimos los rigores de la prisión
de Florentín Villalba Brun, cautivo Abd el-Krim tras el
desastre de Annual; se nos presenta a importantes familias locales, Jericó y
Benso, entre otras, y a numerosas personalidades destacadas como los médicos
Sebastián Casinos y Vicente Ortiz, el tenor Juan García, el farmacéutico Aurelio Gámir, etc.
Conforme
avanza la crónica, lo económico, cultural, social y festivo, cede protagonismo
a la política y se nos describe con detalle el clima de enfrentamiento que
desgraciadamente desembocará en el levantamiento militar del 18 de julio, que
en Sarrión, como en tantos otros lugares, tuvo como consecuencia duras
represiones y asesinatos, incluido el de la personalidad central del relato,
Alberto Benso, cuyas crónicas periodísticas y archivo fotográfico constituyen
el cañamazo fundamental sobre el que se construye gran parte de los hechos
ocurridos durante el primer tercio del siglo XX en la localidad.
Crónica de Sarrión (1800-1936)
es un trabajo ímprobo que aúna rigor histórico y amenidad de lectura gracias a
una prosa fluida y precisa. Sus casi 700 páginas imponen respeto, pero se lee
como una novela, a lo que contribuye un extraordinario apoyo gráfico que ayuda
al lector a poner rostro a los protagonistas de las historias y paisaje a los
hechos narrados, recuperando siquiera de esta manera parte del patrimonio
desaparecido. Incluye también en impagable anexo relaciones de cargos
municipales, empleados estatales, profesionales, industriales, asociaciones y
cambio de nombre de calles y plazas.
Sarrión
está de enhorabuena, un trozo de su memoria se ha recobrado y no nos cabe duda
que ello redundará en futuros proyectos que se extiendan a otras épocas.
Javier Sanz Fernández, Enrique Sanz Gallur y Pablo Cercós Maicas, Crónica de Sarrión (1800-1936), Sarrión, Muñoz Moya Editores, 2023.
BIARRITZ, TERRITORIO LITERARIO
¿De dónde le viene su magia a
Biarritz? De su carácter de encrucijada de diferentes mundos: el francés, el
español, el ruso, el vasco… De ser el lugar elegido por el ecologismo ilustrado
para los “baños de impresión”, los famosos “baños de mar”, que pronto derivó en
distinguida ciudad de veraneo de la alta aristocracia europea, ese “París de la
costa vasca”, como se le conoce a partir del Segundo Imperio, con la llegada de
Napoleón III y de la emperatriz Eugenia de Montijo, que construyeron esa
residencia de verano, símbolo identitario de cierta Europa durante la llamada Belle Époque, que años más tarde sería
el Hôtel du Palais, para en su época dorada convertirse en lugar de refugio de
transterrados ilustres, en principio rusos, como el bello príncipe Félix
Yusúpov, uno de los asesinos de Rasputin o los Poliakoff, banqueros judíos y
reyes de los ferrocarriles rusos, tiempo después ya de todo el mundo, caso del
conocido como Bolo Pachá, un golfo marsellés de buena familia, comisionista
internacional y agitador cultural y festivo de Biarritz en su Villa Velléda,
que terminó siendo juzgado tras Mata Hari por espionaje y fusilado en abril de
1918.
En el oleaje de la memoria de
Biarritz presenciamos el ir y venir francés y español de monarquías, repúblicas
e imperios; asistimos a dos guerras mundiales, a la ocupación y liberación de
un territorio, al glamur del turismo de ilustres minorías y a la vulgaridad del
turismo de masas, todo ello salpimentado con la presencia constante de
personalidades de la realeza (Eduardo VII, Alfonso XIII, etc.), economía (los millonarios
Errázuriz, propietarios de otro de los edificios más emblemáticos de la ciudad,
La Mimoseraie o Pierre d’Arcangues, financiero belga, magnate del sector de la
energía eléctrica y pionero de la explotación de las posibilidades de la
aviación, otro de los grandes animadores culturales de la ciudad), estafadores
(Serge Alexandre Stavisky), espías (Josep Pla, Manuel Aznar, Manuel Vidal
Quadra, etc.), conspiradores (Sanjurjo, Calvo Sotelo, Primo de Rivera, etc,) vamos,
por momentos, una novela trepidante.
Castillo describe con rigor
histórico y agilidad narrativa en veintitrés capítulos la literatura a la que
ha dado lugar la ciudad, convertida en territorio literario de novelistas,
poetas y viajeros, que han transmitido con plasticidad no exenta de atracción
los claroscuros de Biarritz en sus obras, porque como él mismo reconoce, “se
puede viajar solo, pero no se puede viajar sin lecturas”, así en este viaje le acompañan obras de Felipe
Trigo, Fernández Flórez, Azorín, Víctor Hugo, Zola, Flaubert, Maurice Rostand,
Raymond Roussel, Nabokov, José C. Valdés… y, claro, cómo no, de Proust, Irène
Némirovsky, Patrick Mondiano y un larguísimo etcétera. Pero también ha sido
lugar de residencia e inspiración para pintores como Benlliure o Picasso,
diseñadoras de moda como Coco Chenel, músicos como Stravinsky, Ravel o
Rubinstein y actores tan populares como Gloria Swanson, Douglas Fairbanks,
Raquel Meller, Gary Cooper, Bing Crosby, Charles Chaplin, Frank Sinatra, etc.
La historia de la ciudad y en cierto
modo también de Europa, se encuentra resumida en esa “lista de sombras” de los
nombres grabados en las tumbas del cementerio de Sabaou, “un tanto escondido en
un Biarritz algo secreto y alejado…”, nombres de todas las nacionalidades,
irlandeses, franceses, españoles, portugueses, croatas, holandeses, italianos,
armenios, rusos, polacos, ingleses, alemanes… y cruces de todo tipo, latinas,
vascas, ortodoxas, de Lorena, con estrella de David y compases masónicos… ejemplos
evidentes de su “cosmopolitismo póstumo”.
Fernando Castillo, como ya hiciera
en otras publicaciones anteriores (Atlas
personal, Un cierto Tánger o Rapsodia italiana) vuelve a demostrar
sus dotes como excelente historiador de la cultura y como escritor, capaz de extractar
los amplios y diversos conocimientos de numerosas lecturas y esencializarlos en
una prosa entre narrativa y ensayística, absorbente y seductora, sugestiva y
placentera en la que de manera fluida se relacionan múltiples saberes: historia
y arquitectura; el detalle humano con la referencia cultural; la literatura con
la música y la pintura; el gusto y el olfato con la mirada de un paseante
curioso, de un fotógrafo que busca el ángulo inédito, la fotogenia callada de lo
que fue y ya ha dejado de ser, para de esta forma hacer viajar al lector a
Biarritz sin moverse del sofá, estamos ante la obra de un excelente lector y
viajero que, bebiendo de una extensa bibliografía, de sus recuerdos familiares
–una colección de postales heredada de sus bisabuelos en vísperas de la Gran
Guerra- y los propios de un biarrot
de adopción, como él mismo se reconoce, así como también de sus impresiones
sobre el terreno, escribe un ensayo amable, culto y luminoso, de grata y
amenísima lectura, en el que evoca una época ya pasada poblada de ilustres espectros,
un mundo hoy desaparecido y reconvertido en decorado turístico.
Memoria
de Biarritz es más, mucho más que un libro de viajes, son veintitrés postales
en blanco y negro que gustará, y mucho, al viajero que reniega de la guía
online y busca penetrar en la esencia de esta ciudad.
Fernando
Castillo, Memoria de Biarritz, Confluencias
Editorial, 2022
EL PRADO, UN ESPACIO DE PENSAMIENTO
Nadie que conozca la obra de Agustín
Sánchez Vidal pensará que su último ensayo, La
vida secreta de los cuadros, se limite solo a presentar sesudos análisis
pictóricos al uso o pretenda atraer la atención del lector con visiones
esotéricas sensacionalistas, desde luego, todo eso lo encontrará en su justa
medida, pero su pretensión última es más ambiciosa, completa y universal, de
alguna manera nos la anticipa en el subtítulo de la obra, Un recorrido diferente por el Museo del Prado, y nos la explica en
su prólogo, “El camino español o pintura de la variedad del mundo”: no estamos
ante una “guía del museo a través de sus ‘grandes éxitos’”, su propósito es hacérnoslo
disfrutar desde la erudición y la anécdota mostrando “las historias que exhibe,
esconde o deja adivinar”, crear una cartografía abierta -nunca definitiva-, que
reflexione acerca de la imagen, pero también acerca del mundo y de la vida. En
suma, su intención es la de enseñarnos el Prado como un espacio de pensamiento
abierto.
Etimológicamente la palabra museo
proviene del griego moyseîon,
propiamente “lugar dedicado a las Musas”, un templo consagrado a las nueve jóvenes diosas protectoras
de la épica, la música, la poesía amorosa, la oratoria, la historia, la
tragedia, la comedia, la danza y la astronomía. De alguna forma son las
inspiradoras de la creación, el arte, el saber y la elocuencia, si aplicamos
esta definición original a nuestro museo nos encontramos ante “un espacio con
plena capacidad para repensar el mundo” y se convierte en una “atalaya” desde
la que contemplar y comprender la vida humana. Pero, además, el Prado, por su
gestación y configuración, tiene un valor único y especial que lo distingue de
otros grandes museos mundiales como el Louvre o el British, precisamente porque
habla de manera directa sobre España, sobre nuestra historia e, incluso, sobre
nuestra idiosincrasia, es, como él mismo define, un “ágora sobre lo que nos ha
constituido como colectividad”, en este sentido, esta obra se emparenta
directamente con su ensayo, Sol y sombra,
por lo que tiene de introspección y homenaje a España, por su forma de
relacionar pasado y presente, arte y vida cotidiana.
Junto con el Prado –continente y contenido-,
uno de los personajes principales de su trabajo es el complejo y contradictorio
Felipe II (el “rey papelero”, que se pasaba horas y horas atendiendo la
correspondencia, admirador de Tiziano, pero fascinado por otro pintor en sus
antípodas, El Bosco) y su época, cuando
en España no se ponía el sol, pero su persona y cuadros sirven no solo para
hablar de pintura e historia, sino de matrimonios de conveniencia, del
nacimiento de la correspondencia en el mundo, la creación de los servicios de
espionaje y de la criptografía, de duelos y disputas por amor… para cerrar el
capítulo regalándonos el argumento de una novela policíaca con trasfondo
histórico con Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, como
protagonista.
Sánchez Vidal analiza la importancia
y el simbolismo de los colores, en especial en los bodegones, esos cuadros
aparentemente inocuos, interpretables de inmediato que, como el resto del arte
figurativo, simulan que transcriben la realidad tal cual es, pero no es así,
también están codificados y bajo su sagaz mirada descubrimos la simbología
política de los alimentos, así el naranja fue emblema del protestantismo porque
su nombre coincidía con el de Guillermo de Orange, momento en el que en la
pintura holandesa se impone ese tono para las zanahorias y otros productos
hortícolas, o que los arenques simbolizan la resistencia contra los españoles,
porque constituyó el alimento que les permitió aguantar durante el cerco de la
ciudad de Leiden, en el marco de la guerra de Flandes. Por el contrario, como
contrapunto, el azul, hasta ese momento muy poco utilizado por su elevado coste
de elaboración, terminó convirtiéndose en el de la Inmaculada Concepción y, a
la postre, en el de la bandera europea, elección mal digerida por los países
protestantes de la Unión, cuyo uso interpretaron como una conspiración
religiosa e ideológica de los católicos.
Otro personaje principal es Goya, o
los diferentes Goyas que conviven en sus paredes estableciendo visiones radicalmente
distintas de España: la colorista, alegre y placentera de su etapa juvenil en
“La pradera de san Isidro”, frente a la
sombría y siniestra de “La Romería de san Isidro” de sus pinturas negras.
Uno de los capítulos más curioso y
documentado es el que dedica a los bufones y “gentes de placer” -enanos, locos,
titiriteros, fenómenos-, centrado en su mayor parte en la pintura de Velázquez
y en su humana y personal relación con ellos y con los monarcas.
Sánchez Vidal nos enseña que las
imágenes nunca son transparentes, juegan con códigos o lenguajes determinados
por el contexto histórico, la cultura o la educación. El cuadro trampantojo
elegido para la portada, de cuyo marco sale –o entra- el título y un niño, nos
lo anticipa: este ensayo
quiere romper el espacio pictórico, hacer permeable el marco, y prorrogarlo
hacia el el espectador para incluirlo dentro y hacerlo partícipe de su mensaje;
mirar una obra de arte no es verla como algo externo, ajeno a quien lo
contempla, sino que también puede servir para conocernos más y mejor.
Siguiendo el gracianesco aforismo,
“no todos los que miran ven”, nos evidencia que la visión no es solo un
fenómeno óptico, implica también acuerdos, convenciones y procesos sociales, su
mirada va más allá del canon tradicional y establece conexiones con otras
múltiples disciplinas: arte, literatura, cine, ciencia, economía, sociología y
realidad se integran y se explican mutuamente estableciendo constelaciones de
significado, de manera que esta capacidad para encontrar vínculos entre ámbitos
diversos del conocimiento y nuestro propio presente nos ayuda a entender mucho
mejor el mundo en que vivimos y a nosotros mismos. De esta forma, nuestra
mirada se amplia y completa convirtiendo al museo del Prado en un espacio de
pensamiento que nos obliga a hacernos preguntas, así, guiados por el especialista, pero con divulgativa
y esencial exposición de maestro de escuela regada por el refrescante chirimiri
de la lluvia fina del humor, descubrimos que las imágenes sirven de motor
cultural, narrativo y vital para los hombres, de alguna manera son contadoras
de historias y crean relatos colectivos que nos ofrecen un conocimiento
transversal y no estandarizado del mundo. Fuera de estas ficciones no existen
dioses, ni naciones, ni dinero, ni leyes… Como señala en el capítulo,
“Cicatríces de Babel”, en el que analiza este recurrente mito a lo largo de la historia
y sus implicaciones lingüísticas-político-religiosas presentes en las
diferentes artes, los relatos son los únicos capaces de “sobreponerse a las
ruinas de los imperios y monumentos[…] Pueden conectar Babilonia con Nueva
York, superando la geografía y la historia, atravesando los continentes desde
Asia hasta América o los siglos a lo largo de cuatro mil años. Son capaces de
mantener toda su vigencia y dejar por el camino un reguero de obras maestras,
generando miles de glosas abordadas desde las más diversas manifestaciones
artísticas, instancias culturales o derivas geopolíticas.”
Agustín
Sánchez Vidal, La vida secreta de los
cuadros, Barcelona, Espasa, 2022.
VIVIR
EN LOS LIBROS: LEER PARA VIVIR, VIVIR PARA LEER
España
puede estar a la cola en muchos temas, pero no en literatura, de nuestros ocho
premios Nobel, seis son en esta materia,
si incluimos a Vargas Llosa, que tiene doble nacionalidad.
La
Literatura Española está llena de grandes obras y de ilustres escritores: desde
la primera jarcha a la poesía más reciente; desde los cantares de gesta a la
novela actual; de Gonzalo de Berceo a Alfredo Saldaña; de Cecilia Böhl de Faber
o Rosalía de Castro a Rosa Montero o Gloria Fuertes; de Cervantes, Garcilaso,
Góngora, Lope o Quevedo a Javier Marías, Eduardo Mendoza, Manuel Vilas o Elvira
Lindo.
Es
incuestionable, nuestra historia literaria es muy rica, son más de mil años de
letras repletas de clásicos universales, pero qué convierte a una obra en un
“clásico literario”, no resulta fácil la respuesta, si bien podríamos convenir
que se alcanza esa calificación cuando perdura a través del tiempo y permanece
en la mente y el gusto del público lector durante años o se convierte en modelo
a seguir en su género abriendo nuevos caminos.
Nacho
Escuín, en el prólogo a su último ensayo, Vivir
para leer (Breve guía de la Literatura Española en 101 libros), nos explica
con claridad meridana la finalidad de su empeño: resumir la esencia de la Literatura
Española -como anticipa el subtítulo- mediante 101 lecturas escogidas, para lo
cual se impone una tan dolorosa como complicada restricción, ninguno de los
autores aparecerá con más de una obra, sus criterios de elección van desde
aquellas que desarrollaron un concepto o una estética tras su escritura,
pasando por ser considerada singular, hasta simplemente el gusto personal.
Escuín, poeta
y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, sabe de la
dificultad de su reto y se presenta ante nosotros con humildad, “como un lector
más, con su gusto, sus filias y sus fobias…”, con la única pretensión de
transmitirnos esa pasión personal por los libros, ese fuego que ha animado su
vida desde la infancia.
Con
frecuencia, la literatura se contempla como perteneciente al reino de lo
inefable, pero está hecha por hombres y mujeres que sufren, gozan, viven y
mueren en un mundo que unas veces los desprecia y otras los encumbra. La
escritura no es solo el anhelo de crear, de buscar belleza, de trabajar una
estética, el escritor es hijo de su tiempo y en mayor o menor medida es espejo
del mundo circundante y de sí mismo. Nacho Escuín así lo interpreta y entiende
la Literatura como un método para comprender la Historia, si bien, advierte, no
es la Historia, y especifica que la infiere vinculada a dos conceptos tan
interesantes como la identidad y la pertenencia a un contexto nacional, como
una ayuda para comprender las ideas y las costumbres de sus diferentes etapas.
En su
selección es evidente que no están todos los que son, pero sí son todos los que
están y de ella destacaría tres esfuerzos importantes: en primer lugar la
inclusión de títulos poco conocidos, pero relevantes dentro de géneros
escasamente estudiados como es el de la literatura de viajes, representada por Embajada a Tamorlan de Ruy González de
Clavijo, o poco cultivados en nuestro
país como es la novela gótica, con Galería
fúnebre de espectros, de Agustín Pérez Zaragoza; en segundo, la importante
presencia de poetas y poemarios, equilibrando una balanza que en propuestas
similares se decanta más por la novela; en tercero, es meritorio su empeño por
incluir nombres de mujer en número importante, hasta la fecha escasamente representadas
en este tipo de trabajos.
Vivir para leer es un libro de libros,
una especie de Mil y una noches de la
historia de la literatura, un manual esencial, pero riguroso y suficiente que,
en poco más de 150 páginas, resume con experta precisión la española. Su
lectura es recomendable para todos los públicos, pero en especial para aquellos
lectores escasos de tiempo que quieran construir sobre la columna vertebral de
las lecturas propuestas su propio cuerpo lector.
Nacho Escuín, Vivir
para leer (Breve guía de la Literatura Española en 101 libros), Zaragoza,
Libros del Frío, 2022.
RADIOGRAFÍA
DE UN ESCRITOR
A
vivir se aprende viviendo. ¿Perogrullada? Sin duda, pero esa obviedad encierra
el secreto del, como diría Pavese, oficio de vivir, lleno de paradojas, entre
otras la más importante: vivir es un acto individual que, sin embargo, se
ejerce en sociedad. Oficio pues cooperativo desde nuestra misma concepción y
nacimiento, el hilo de nuestra vida se entrecruza con los de otras para tejer
relaciones familiares, sociales, culturales, religiosas… conformándose de esta
manera el entramado que nos constituye como seres humanos. Escribir un diario
es dibujar el plano de esas tramas en un papel, para que cuando pase el tiempo
podamos o puedan otros tirar del hilo y conocernos mejor para encontrarnos en
el laberinto de la existencia. Pero, claro, la memoria llega, como escribiera
Goethe, “justo donde llega nuestro interés”.
Manuel
Rico tiene una importante trayectoria como crítico, poeta y narrador, avalada
por numerosos títulos, algunos de los cuales han sido reconocidos con premios
literarios de renombre, por eso, estos Diarios
completos suponen una panorámica privilegiada para conocer los cambios
políticos, culturales y sociales de la España de los años ochenta (1985-1991) y
de la primera década de nuestro presente siglo (2000-2008) pero, sobre todo,
son una reflexión personal de su autor sobre su propia formación como escritor -filias
y fobias como lector; dudas y temores como narrador; contradicciones vitales y angustia
existencial derivada de la necesidad de dividir un tiempo siempre escaso entre
trabajo, compromiso social, dedicación a la literatura y familia- y un
acercamiento íntimo a sus particulares fantasmas y obsesiones –la novela
española de los años cincuenta; los vínculos entre política y escritura, etc.-
Manuel
Rico confiesa que estos Diarios
surgen como necesidad de “hacer pluma”, de practicar la escritura para avanzar
en su recién iniciada carrera de novelista y lo cierto es que en ellos muestra
una abrumadora capacidad de relatar y combinar estilos, planos de lectura y
temas: análisis de libros, viajes, amistades, particular visión de la
cotidianeidad, literatura de la memoria, obsesiones y pasiones… Pero lo que
comenzó siendo un ejercicio retórico de aprendizaje narrativo, pronto se
convirtió en una necesidad de autoreflexión sobre el sentido y finalidad de su
misma escritura. En última instancia son una explicación de sí mismo, pero
expuesta literariamente a los otros, una forma de darse a conocer, de abrir su
mundo interior a los demás desde el autoconocimiento personal.
Divididos
en dos etapas, en la primera nos encontramos con un escritor que empieza:
metódico en sus lecturas, comprometido con su escritura y dividido entre el
compromiso político y la vocación literaria; obsesionado con publicar y en
determinados momentos abatido por los silencios editoriales; ansioso por
escapar a Cabo de Palos, La Manga y Sanlúcar de Barrameda… En la segunda,
superada la etapa formativa y de lucha por hacerse un hueco en el paisaje
literario nacional, donde ya ocupa un lugar destacado por méritos propios,
prosigue con la lectura sistemática de sus coetáneos y continúa con su
particular lucha con las palabras para lograr un buen poema, pero vive con más
distancia y calma los reveses intelectuales; describe la realidad política y
social del país, se afana en la recuperación de la memoria histórica y critica
sin acritud las obras de algunos de sus compañeros de fatigas literarias por su
falta de compromiso; reflexiona sobre su pasado y se recrea en sus gustos y
aficiones: disfrutar de la familia y amigos; gozar del contacto con la
naturaleza; viajar, por ejemplo a Teruel
y Albarracín (“Teruel existe, pero está lejos. Por Teruel no se pasa (o
solo de manera excepcional), a Teruel se va: hay que ir a propósito. Lo mismo
que a Albarracín…”); refugiarse en la casa familiar de Gargantilla (“Hace
cuatro días que se produjo el acontecimiento: la casa de Gargantilla, el sueño
inacabado de mi padre, el lugar de los últimos momentos de felicidad de mi
madre, es al fin nuestra.”)
La
descripción de un día se constituye de la suma de diferentes apuntes breves
sobre materias diversas: una reflexión vital (“Qué difícil simultanear
literatura y actividad política”); un ir y venir del presente al pasado (“Tardes
de domingo en el barrio... La imagen de los viejos atentos a las
retransmisiones futbolísticas avivó viejos recuerdos de la infancia: la
sintonía del ‘Carrusel Deportivo’ que mi padre escuchaba algunas veces, los
anuncios de coñac, de anís, de cigarrillos y puros, una cierta mítica de lo
varonil y machista que, entonces, el mundo del fútbol albergaba, retornaron de
pronto ocupando un espacio no desprovisto de nostalgia…”); una opinión
literaria (“…leer a Delibes siempre ha sido un placer…”); una reflexión
creativa (“…no existe obra de arte trascendente que no parta de las propias
vivencias o que carezca de un marco temporal y territorial determinado…”).
En la
actualidad nos interesa cada vez más saber cómo trabajan los escritores, a qué
problemas personales, estéticos y de publicación de originales se enfrentan y
cómo los resuelven, por lo que recomendamos leer estos Diarios completos de Manuel Rico en paralelo a su obra poética y
narrativa, para tener un mayor conocimiento de sus motivaciones, dudas y
procesos creativos, así, de esta forma, comprenderemos mejor y en profundidad
su mundo literario, asentado en lo fundamental en sus propias vivencias y
experiencias; en la memoria personal (recuerdos, afectos y desafectos) y
colectiva; en paisajes y ambientes, etc. En definitiva, son el testimonio del
desarrollo de un escritor en contacto con su época. Todo esto nos lo ofrece con
honesta sencillez de pensamiento y una prosa muy trabajada, brillante, rica y
precisa que, cuando bucea en la memoria del pasado (los finales del verano en
su infancia y adolescencia, las experiencias campestres, el descubrimiento de
la vida rural por sus hijos, los paseos por los barrios de extrarradio de su
niñez, los viajes familiares, el contacto con el primer ejemplar de cada libro
publicado, etc.), deviene en un estilo de altos vuelos repleto de un hondo lirismo
evocador, una suerte de narrativa autobiográfica que revela la radiografía del
escritor que es Manuel Rico, su universo poético esencial, su arte-oficio de
vivir siempre comprometido.
Manuel Rico, Diarios
completos. Madrid, Punto de Vista Editores, 2022
Reseña publicada en la revista cultural Turia, núm. 144