CASABLANCA

CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

sábado, 22 de febrero de 2025

 

INGENIOSO INGENIERO Y GENEROSO MECENAS: JOSÉ TORÁN PELÁEZ Y CARMEN MARTÍN GAITE. UN VIAJE EXTRAORDINARIO

        


Ingeniero, visionario y pionero, José Torán Peláez (Teruel, 1916 - Madrid, 1981) fue una figura esencial en el desarrollo de las infraestructuras hidráulicas en España y en el mundo. Quienes lo conocieron y escribieron sobre su persona lo calificaron de “atípico, atrevido, autodidacta, brillante, coqueto, desmedido, desmesurado, desordenado, diferente, excesivo, extrovertido, exuberante, genial, grandilocuente, hombre de acción de personalidad atractiva y cautivadora, hombre del Renacimiento, imaginativo, ingeniero artista, insólito, inteligente, intrépido, original, osado, palingenésico, polifacético, presumido, seductor, singular…”

         Ingeniero de Caminos en 1942 construyó las presas de El Vado, en el Jarama, Cenajo, en el Segura, y la que ahora lleva su nombre en el Guadalquivir, entre otras muchas —Pinilla, Odiel, Los Toranes, Yeguas, etc. —. Realizó gran cantidad de planes generales y estudios, entre los que sobresalen los relativos al acueducto Tajo-Segura y especial importancia tuvo su intervención en la base americana de Rota.

         Consiguió del Senado de Estados Unidos el certificado para España como tercer país del mundo en grandes presas y fue uno de los primeros españoles en visitar la URSS.

         En 1970 fue elegido presidente del Comité Nacional Español de Grandes Presas y vicepresidente por Europa. Ese mismo año llegó también a la presidencia internacional de la Comisión Internacional de Grandes Presas (ICOLD).

         Antes de que Torán convenciera a las autoridades de Irak para recrecer la presa de Razzaza, Bagdad, junto al Tigris, había sufrido más de 10 graves inundaciones. Lo hizo en tiempo record, entre 1967 y 1970. Esta rápida ejecución salvó al país de una nueva riada de consecuencias catastróficas, por lo que recibió el título de “Padre de las Ideas”, y el gobierno lo condecoró con la más alta distinción civil: la “Orden de los Dos Ríos”.

         Fue el primer español invitado oficialmente por el gobierno chino, del que fue consultor entre 1973 y 1979. Por iniciativa suya y dadas sus influencias, propició el ingreso de la República Popular en ICOLD, hasta ese momento absolutamente aislada en el panorama mundial, comenzando de esta manera el reconocimiento internacional del gigante asiático. Por esta razón y por sus trabajos en el país, se le recibía con honores propios de jefe de estado. Se dice que murió trabajando sobre un plano de esa inmensa nación, cuyo gobierno le había encargado la planificación hidrológica de todos sus ríos.

         Llegó a mantener hasta siete oficinas abiertas en Madrid y en ellas colaboraban también escritores y artistas como los pintores Guillermo Delgado y Jaime del Valle-Inclán (hijo del escritor), los poetas Alonso Pardiero y Delgado Benavente, el periodista Ortega Spottorno (hijo del filósofo, con el que la familia Torán mantuvo siempre una gran amistad) y los novelistas Rafael Sánchez Ferlosio y Juan Benet.

         La razón de esta presencia y el importante papel en sus proyectos se encuentra en la definición que Torán Peláez tenía de su profesión: “El ingeniero ha de ser, primero observador, después técnico… Pero sobre todo ha de ser artista; artista en cuanto a la capacidad de crear imaginativamente la contestación a las preguntas que ni el pueblo, ni la naturaleza, le pueden brindar”. Para él las razones estéticas en sus estudios eran primordiales y se regían siempre por un afán de búsqueda de lo novedoso y original en sus presentaciones. Mantenía que solo por la complacencia visual se puede acceder al convencimiento.

       

FOTOGRAFÍA DE ROGELIO ALLEPUZ

  De entre esa nutrida nómina destacó un nombre por encima de todos, el de la novelista Carmen Martín Gaite, de la que este año se celebra el centenario de su nacimiento. A ella le encargó, como trabajo de subsistencia, la biografía del ingeniero y político Conde de Guadalhorce.

         La escritora describió a Torán como un hombre “…muy extravagante y que tenía muchas excentricidades, pero con un talento como una catedral […] Entre estas personas a las que captó para la órbita de su ‘cuenca hidrográfica’ estaba una serie de escritores que por los años 60 no teníamos mucho trabajo ni mucho dinero. Él era una especie de gran mecenas […] Lo cierto es que nos ayudó mucho a abrirnos camino; nos pagaba muy bien los trabajos, eran además unos trabajos diferentes unos de otros, siempre divertidos…”

         Todos los que le conocieron destacan su verdadera obsesión por las etimologías, de hecho, entre sus colaboradores más cercanos estaba el filólogo Antonio Tovar, al que podía llamar a cualquier hora del día o de la noche para consultarle dudas lingüísticas. En este sentido, él mismo analizó su propio apellido: “Originariamente, los Toranes son pirenáicos, del Valle de Arán. El río Torán es uno de los primeros afluentes del Garona; corre paralelo a la frontera con Francia y afluye al Garona casi en el cruce fronterizo (probablemente la etimología indo-europea de Torán es, TOR=PUERTA, AN=AGUA. O sea TORÁN,  Puerta del Agua, que coincidiría etimológicamente con su significado toponímico)”.

         Con relación a esta inquietud, en septiembre de 1965 encomendó a Carmen Martín Gaite una misión extraordinaria: viajar a Teruel con la finalidad de realizar la genealogía de su familia paterna. Su experiencia y hallazgos los detalla en un informe que publicó el especialista en su obra, José Teruel, en la revista Turia (núm. 124, 2017). Por cierto, recientemente galardonado por su biografía de la escritora con el Premio Comillas de este año, que otorga la editorial Tusquets.

         La escritora quedó cautivada por la personalidad de su tatarabuela, Joaquina Herrera, “la Torana”, auténtica fundadora de la estirpe y fortuna de los sucesivos José Torán que, como los Aureliano Buendía en el Macondo de García Márquez, en  nuestro caso van a ser ingenieros y alcaldes de la ciudad en sucesivas generaciones.

         Martín Gaite siempre tuvo presente a su mentor y amigo en su obra, como también lo hicieron  el resto de los escritores, la mayoría de los cuales le dedicaron sentidas necrológicas de alto valor literario y personal. Como la del ingeniero e inclasificable escritor, Juan Benet, publicada en El País, donde, entre otras muchas cosas, decía: “…Parece ser que no deja un duro tras su muerte, un hombre que había paleado millones. Lo tuvo todo, por su propio esfuerzo, y lo perdió todo […] Fue en su momento el primer constructor de presas del país, el más singular consultor después, el hombre que, como presidente del Comité Internacional de Grandes Presas, alcanzó la máxima autoridad mundial en ese campo. Y lo perdió todo […] todo menos el aprecio de cuantos le conocieron y trabajaron con él […] Imprimía carácter, era lo más parecido que yo he visto a un pontífice, un pontífice secular…”

ARTÍCULO PUBLICADO EN DIARIO DE TERUEL


 

 

 

 

domingo, 16 de febrero de 2025

 

ALBARRACÍN: DESTINO Y MUSA DE CREADORES



   

    



        Albarracín es una joya monumental y paisajística, ejemplo de conservación del patrimonio. A este respecto, la labor que viene realizando la Fundación Santamaría, con su director Antonio Jiménez a la cabeza y su equipo, es un ejemplo a nivel mundial. Pero es mucho más, es un limbo espacial o como acertada y poéticamente describiera Vázquez Montalbán, “un sueño de geología y urbanismo dormido a la espera de la misma resurrección”, son toneladas de vacío y soledad, paradójica causa de su  extraordinaria preservación a lo largo de los siglos.

         Por eso, a nadie le puede extrañar, que desde sus mismos orígenes, la peregrinación a esta ciudad de ensueño haya sido obligada para creadores de todas las artes buscando inspiración. Ahí están las figuras del poeta Ibn Ammar, más conocido como Abenamar (1031-1086) en los textos cristianos, que estuvo durante algún tiempo protegido en su corte, o el gran literato, filósofo y gramático, Ibn al-Sīd al-Batalyawsī (1052- 1127), quien, por cierto, debió sufrir prisión y no salió muy contento cuando escribió el siguiente satírico poema dedicado a su estancia: “Nos llevaron a la tierra de Santa María / suposiciones de un pensamiento traidor / ya que conjurar es falso. / Nos pusimos en camino dando gracias a Dios / por su causa, no por otra / y resultó que ni su agua calmaba la sed / ni la hierba era forrajera”.

         El Cid la visitó en diferentes ocasiones e incluso fue gravemente herido en el cuello a los pies de sus murallas, bien lo sabía el anónimo poeta del Cantar cuando escribió: “Cabalgad con cien jinetes / por si tenéis que luchar / por tierras de Albarracín / primero habéis de pasar”.

         Todos los grandes viajeros de los siglos XVIII y XIX afrontaron los peligros de cruzar esa inhóspita sierra para llegar a visitarla. Richard Ford en 1845 escribía: “Albarracín es una silvestre población de montaña, con menos de dos mil habitantes y construida bajo una eminencia sobre la que se levanta en otros tiempos la ciudad antigua, como muestran aún sus murallas y dunas. El cortado barranco del Guadalaviar es pintoresco; las nieves y el frío del invierno son duros…”, y sigue describiendo  con admiración la excelencia del territorio para pescadores y geólogos, destacando entre sus recursos la carne y lana de sus ovejas y, sobre todo, la miel.

         Por su parte, al poeta y narrador holandés, impenitente peregrino, Cees Nooteboom, no le importó desviarse de su ruta a Santiago para acercarse hasta Albarracín y describir su caserío “como un grupillo de dientes sueltos en la impresionante dentadura pétrea de las rocas”. Fantástica visión de prodigioso anarquismo constructivo de casas funambulistas vestidas de rojo y ocre suspendidas en el vacío, con balcones cerrados por balaustradas de madera, diminutas ventanas con visillos de encaje y bellas labores de rejería. Extraordinario castillo de naipes en milagroso equilibrio que llevó a Ortega y Gasset a explicar que la ciudad “lanza a las alturas su increíble perfil alucinado” y al poeta turolense, Antonio Cano, a establecer una vanguardista comparación al hacerla competir “con las vertiginosas alturas neoyorkinas, con el mérito de ser mucho más audaces por lo viejas y torpes…”.

         Son innumerables los escritores que la han reseñado, a veces con sorpresa, como Baroja al descubrirla en lontananza, o admiración, como Azorín, Jarnés, Carandell, Llamazares, Jon Lauko, Alonso Crespo, Luis Zueco, José Luis Melero… También insignes periodistas como Gervasio Sánchez y Antón Castro o novelistas como José Luis Corral han impartido cursos sobre Fotoperiodismo, Literatura e Historia, entre otros muchos. Pero son los poetas —Francisco Brines, Rosendo Tello, Jiménez Losantos, Xoán Abeleira, etc. — con Labordeta a la cabeza, quienes mejor la han sabido dibujar con palabras como estas del cantautor: “[…] El cielo está pendiente de la roca. / Aire sobre la muralla, / detenido, / como un lamento, / como una larga frase derrumbada. / Guadalaviar torcido, ausente, / lames, ceremonioso, la roca / quilla de piedra, / rojo penacho de cuestas y de arcadas, / sobre ti duerme el tiempo, / sólo pervive el agua”.

         También son legión los artistas que han paseado sus calles buscando rincones ocultos para pintar “al óleo o al pastel, boceto de aguafuerte o acuarela de cinzolín” y sorber la luz de sus muros, puentes, callejones en escalera o laberínticas escalinatas, arcos, fuentes, galerías emparradas, plazas y plazoletas, picassianas casitas populares y nobles casonas con escudos señoriales y aldabas de fantasía. Tal es su belleza que, el mismo Zuloaga, pedía confidencialidad a su gran amigo el compositor Manuel de Falla al describirle su descubrimiento en carta fechada en 1921: “Llego de Albarracín (lugar en donde el Cid hizo una de sus grandes batallas). Vengo loco de entusiasmo. Aquello es lo más grande que hasta ahora he visto. No hable a nadie de ello, ni siquiera pronuncie el nombre de Albarracín (esas son cosas que debemos guardar para nosotros)”. Con él los más grandes de la pintura nacional: Parcerisa, Benlliure, Solana, Tuset, Furió, Núñez Losada, Quincoces, Joanna Aurora Charlo, Gonzalo Tena, Agustín y Fermín Alegre… Y también internacionales como Vernon H. Bailey.

         No son menos los fotógrafos que se han visto cautivados por su “cubismo antiguo”: Otto Wunderlich, Ricardo Calero, Jean Dieuzaide, Bernard Plossu, Kim Castells, Castro Prieto, Joan Fontcuberta, Luis Agromayor, Juan Pando Barrero, Leo Tena, Pedro Blesa, Agustín García, Gonzalo Montón… Incluido el mítico Patricio Julve y el excelente fotógrafo local Francisco López Segura.

         El cine tampoco escapó a sus encantos y la ha convertido en escenario de lujo con categoría de personaje en multitud de ocasiones en películas folclóricas de gran calidad como La Dolorosa (Jean Grémillon, 1934), con la “sonrisa de la República”, Rosita Díaz Gimeno, como protagonista, o Alma aragonesa (José María Ochoa, 1961), en la que la bellísima cantatriz, Lilián de Celis, se resfriaba al lucir escote cantando a orillas del río; sobre la guerra civil: Torrepartida (Pedro Lazaga, 1956), filme con el que el joven músico turolense, Antón García Abril, iniciaba su carrera como compositor de bandas sonoras y ¡Jo, papa! (Jaime de Armiñán, 1975), donde una hermosa Ana Belén mostraba sus encantos femeninos para escándalo de la sociedad del momento y celebraba con los lugareños, al concluir la jornada de rodaje, su cumpleaños en compañía de su marido, Víctor Manuel, en el bar de la localidad, La Covacha. También paseaba sus calles y cantaba jotas Alfredo Landa en Un curita cañón (Luis María Delgado, 1974). Sin olvidar las históricas, The Promise (Terry George, 2016), con un épico Christiane Bale o la serie El Cid. Por su parte, Alfredo Mayo, convertido ya en galán trasnochado, trataba de seducir a Mara Cruz, “los ojos más bonitos de España”, en el policiaco, Cerrado por asesinato (José L. Gamboa, 1961) y Anthony Quinn (actor admirado por Eleuterio Sánchez, el popular “Lute”, que aprovechó su presencia en España para saludarlo y conocer la ciudad) jugaba en la plaza a las canicas con el niño Jorge Sanz, que bebía los vientos por Paloma Gómez en Valentina (Antonio José Betancor, 1982), un amor preadolescente de cine que unos años más tarde se haría realidad.


ESTE ARTÍCULO SE PUBLICO EN EL CULTURAL DEL HERALDO "ARTES & LETRAS"`




 

        

 

viernes, 3 de enero de 2025

 

VILLANCICOS DESDE LA CIUDAD DEL AMOR

 

    


         Parece ser que los villancicos tienen un origen medieval y reciben su nombre de las canciones de los villanos, las gentes que habitaban las villas en la Edad Media. Emparentados con las “cantigas”, el “zéjel” y el “virelay” francés, comparte con ellos la constante del estribillo y la copla. Será a partir de finales del siglo XV cuando estas composiciones comiencen a relacionarse con la Navidad, si bien los que hoy en día se cantan parten de los siglos XVIII y XIX.

         A medio camino entre la tradición y la modernidad, se sitúa la obra coral, Sonidos de la Navidad en Aragón, cuya “madre nutricia” es la poeta Rosa Báguena, con permiso de Miguel Ángel Yusta, una enorme escritora de coplas joteras.

         La obra se divide en cuatro apartados. En el primero, “Navidad y Villancicos”, la autora recoge una selección de aquellos que podemos considerar como tradicionales: “El chiquirritín”, “La noche buena se viene” o esa belleza aragonesa titulada “Joticas al niño”, entre otros.

         En la segunda, “Seguimos cantando villancicos”, la escritora  compone dos letras para adaptarlas a otras tantas composiciones: una con el “Bolero de Teruel” y la siguiente a “Si me vienes a rondar”.

         En la tercera, “… y seguimos”, encontramos de nuevo letras tradicionales de corte universal, por ejemplo, “Pastores venid”, mezcladas con otras de carácter más aragonés, caso de “Durmiendo al Niño” —Villancico de Paniza—, creación de mosén Domingo Aguado con arreglos musicales de José Antonio Esteban y, sobre todo, turolense, como “Échanos la bota”, presente en la Colección de Cantos Populares de Arnaudas, el conocido “Villancico de Teruel” y los chascarrillos para cantar aguinaldos, “Ángeles somos…” y “Dame el aguinaldo carita de rosa”, recogidos respectivamente en el Pobo y el barrio del Carmen de Teruel. A ellos se unen composiciones de nuevo cuño, como el tan original como reivindicativo, “Villancico de la España vaciada”, compuesto por María Ángeles Vicente, con música de “La Marimorena”.

         La antología se cierra con los “Villancicos finales”, creados ex profeso por Rosa Báguena en los que homenajea al reloj de la Puerta del Sol o al “Pino del Torico”, dedicado al árbol que se planta sobre la fuente del monumento turolense, entre los que se incluye una preciosa nana titulada “Arrurrú”.

         Las melodías son sencillas y los ritmos variados y bailables, van desde la rumba, el vals o la “Jota Hurtada”, entre otros, siempre alegres y luminosos, salvo la excepción de contraste, que confirma la regla, del villancico “Navidad, Navidad”, compuesto por Covadonga Galeote, como recuerdo  a los que ya no están.

         El libro se complementa con las partituras musicales para facilitar su interpretación, transcritas por Esther Jorge, e incluye también un CD que recoge nueve temas interpretados por Celia Gómez, Pedro Endolz y Covi Galeote, acompañados por los componentes de “Sonar turolense”, bajo la dirección, grabación y algunos arreglos de Jesús Puerto. Oportuna edición de Taula Ediciones de un trabajo de documentación, compilación y grabación de temas originales, que puede convertirse en un magnífico regalo para estas fiestas y también para cantar y bailar en familia a la Navidad.

VV.AA., Sonidos de la Navidad en Aragón, Zaragoza, Taula Ediciones, 2024.


Esta reseña se publicó en el suplemento cultural "Artes y Letras" del Heraldo de Aragón



 

 

lunes, 23 de diciembre de 2024

 

LIMADURAS DE POEMAS, PEDAZOS DEL ALMA, BELLEZA Y VERDAD




         El primer poemario de Marisol Julve, Hija del carbón, publicado por la editorial Libros del Gato Negro, con prólogo de Nacho Escuín, ha sido todo un descubrimiento y se ha convertido, sin duda, en uno de los más importantes del año en Aragón: ha ocupado un lugar de privilegio entre los más vendidos durante varias semanas, algunos de sus poemas han sido ya incluidos en la Fonoteca de Poesía Española y se ha presentado en multitud de localidades de la provincia de Teruel con gran afluencia de público. Su poesía llega al pueblo del que procede y se entiende con facilidad, como señala el prologuista, sus poemas son “pequeños pedazos del alma” y están llenos “de verdad”, sin artificiosos alardes retóricos, crípticos esoterismos ni incomprensible metafísica, como confiesa la autora, “reconoceréis a los maestros de ayer y de hoy, pero eso sí, escucharéis otra voz, la mía: humilde y generosa”.

         Oriunda del pequeño pueblo turolense de Hinojosa de Jarque, ubicado en la comarca de Cuencas Mineras, ya desde el mismo título, la poeta rinde homenaje y reivindica sus orígenes mineros. Desde esa mirada al pasado que nos forja y respetando los silencios que necesitamos escuchar, Julve teje la cartografía de su vida y conforma esta “antología” de su poesía escrita hasta la fecha, una selección de poemas que estructura en tres partes: la primera, “Todos los caminos conducen a ti, amoR”, presenta poemas cuyo tema central gravita en torno a esa página vital cuyo haz y envés son el amor y el desamor; en la segunda, “Expulsada del paraíso”, los versos se tiñen de dolor y muerte, ese otra cara de la hoja de la alegría y de la vida, para desembocar en una tercera, “Hija del carbón”, esa mirada justa y debida a los nuestros, ese merecido reconocimiento del lugar del que venimos, en su caso la mina y el carbón.

         La primera parte es íntima y personal, son versos de juventud, con Bécquer, desde el Parnaso, dictando en su oído el ritmo de unos versos tan  ingenuos como hermosamente sinceros que recrean un mundo de sentimientos y sensaciones, proverbial es el titulado “Siempre miro para arriba”.   

         En la segunda, la romántica e idealista adolescente da paso a la más realista y comprometida joven, sus poemas se hacen más sociales, denuncian las injusticias y dan voz a los de abajo, a los débiles y desvalidos —“Afuera sigue la guerra”, “Blues”, etc.—, se confiesa metapoéticamente —“Plural mayestático”— y homenajea a escritores como Lorca, José Hierro, Gil de Biedma, Benítez Reyes, Ángel Guinda, Gloria Fuertes, etc.

         Lejos de ser una fiesta incomprensible, los poemas de Marisol Julve son una celebración comunicativa y si bien resuenan los ecos de múltiples lecturas, son las de sus autores de referencia y aprendizaje, con la sinceridad y frescura de su reconocimiento y exposición, las convierte en originales, dejando entrever, en ocasiones, entre sus cumbres poéticas, una voz propia y humilde con versos redondos y contundentes que se mueven entre el dominio de la métrica libre y algunos clásicos sonetos y décimas.

         Estamos, no cabe duda, ante una poeta de calidad, de largo aliento y recorrido que nos sorprenderá todavía más si cabe en el futuro, al fin y al cabo, no nos olvidemos, el diamante se forma a partir del carbón.

 

Marisol Julve, Hija del carbón, Zaragoza, Los libros del gato negro, 2024.

Esta reseña se publicó en el suplemento "Artes y Letras" del Heraldo de Aragón



 

MITOS OPERÍSTICOS


  

    Dicen que la música y el verbo nacieron juntos y que compartieron el Paraíso hasta que la palabra cometió el pecado original de la mentira. Entonces la música, incapaz de soportar el engaño, se alejó de su hermana. Con el tiempo, a principios del siglo XVII, la Ópera, con mayor o menor fortuna, trató de reconciliar ambas artes y la mitología clásica desempeñó un papel esencial en esa intermediación: en 1607, Claudio Monteverdi, con libreto de Alessandro Striggio hijo, sorprendió a la corte de Mantua con su Orfeo, el mito del cantor divino que con su voz, acompañada de los sones de su lira, descendió a los infiernos para rescatar a su amada Eurídice de la muerte. Esta alegoría del poder del arte fue el tema perfecto para el renacimiento de la tragedia clásica de la mano de la música y crear un género nuevo, la Ópera.

         Los mitos han desarrollado un papel esencial en la evolución del pensamiento del ser humano, siempre ajustados a las necesidades morales y de reflexión de las distintas civilizaciones, incorporando un trasfondo poético necesario para el día a día. Pero por encima de su carácter moralizante, un mito es un reflejo privilegiado de las inquietudes, los conflictos y las necesidades del individuo, sin fecha de caducidad. Jacobo Cortines sabe todo esto y lo expone y desarrolla por extenso con pasión, claridad y sencillez, no exenta de profundidad y rigor, en Los acordes de Orfeo. Ensayo sobre mitos operísticos, una colección de artículos independientes escritos para diferentes medios que dialogan entre sí conformando un entramado unitario que, sin llegar a ser una historia de la ópera, puede funcionar como tal al establecer un recorrido luminoso por las fuentes literarias —Cortines es filólogo, reconocido poeta y traductor de Petrarca— que han inspirado las principales obras del repertorio clásico, de Ovidio a Da Ponte, pasando por Busenello, y ofrecer sesudos análisis de los principales hitos operísticos desde los orígenes, entre el Renacimiento y el Barroco, con Monteverdi, para seguir por Mozart, Beethoven, Rossini, Donizetti, Verdi, Bizet y Puccini, hasta llegar a las óperas de Alban Berg y Stravinsky, bien entrado el siglo XX, y una “coda final” dedicada a El retablo de maese Pedro de Manuel de Falla.       

         En el primer apartado, titulado como la obra en su conjunto, “Los acordes de Orfeo”, se agrupan toda una serie de trabajos que estudian las “relaciones entre literatura y música”, ese difícil y, a veces, inestable equilibrio entre el libreto y la partitura. Lo cierto es que un buen texto nunca redimió a una mala partitura, pero cuántas obras maestras de la lírica resultan dramáticamente inconsistentes. Comienza estudiando el Orfeo monteverdiano, un mito pagano que terminará consolidándose como “alegoría cristiana”. Habrá que esperar a mediados del siglo XVII, con La coronación de Poppea del mismo Monteverdi, para que aparezca en las tramas la Historia, convirtiendo a Gian Francesco Busenello en el que puede ser considerado primer escritor de argumentos operísticos originales, sobre cuya libertad creativa gravita el influjo creador de Lope de Vega. Verdaderamente lúcido es el artículo “Italia y España: el vínculo de la ópera”, con el que se cierra este capítulo y en el que Jacobo Cortines analiza las complejas relaciones históricas, políticas y culturales entre ambos países, centrándose en la presencia musical italiana en España y en el influjo literario español de sus composiciones.

         Como “Interludio” introduce un documentado estudio, “La invención de Sevilla” —no en vano el autor es miembro de su Real Academia de las Artes— en el que demuestra cómo la capital hispalense se constituye en la ciudad por excelencia para la Ópera. Su carácter cosmopolita, exotismo y el continuo trasiego de mercancías en el comercio de Indias sirvieron de catalizadores literarios al Siglo de Oro y para el imaginario colectivo de las letras románticas Sevilla se convirtió en el lugar ideal  donde desarrollar sus historias. Son legión los grandes músicos que se sumaron a esta elección y le dieron protagonismo en sus composiciones: Mozart, Beethoven, Rossini, Donizetti, Verdi, Bizet, Prokófiev o Gerhard, entre otros muchos.

         Tras este brillante engarce, llegamos a un momento culminante: la relación entre Mozart y su libretista por excelencia, Lorenzo da Ponte, de quien resume su libresca biografía siguiendo sus tardías y no siempre fiables Memorias, para estudiar con detalle su obra y ese momento de inflexión con el que comienza la ópera moderna tras el estreno de Las bodas de Fígaro. Es la primera de las tres grandes creaciones fruto de la colaboración músico-poeta. Le seguiría el Don Juan y una última composición fruto del excelso binomio artístico como es Così fan tutte.

         La siguiente parada no podía ser otra que Beethoven, el auténtico heredero del genio salzburgués “al que potencia y proyecta”  hacia el futuro. La música del Don Juan está presente en la producción beethoveniana, pero el diseño de los personajes de su única ópera, Fidelio, supondrá una réplica idealista a los de Mozart.

         Rossini y sus óperas son estación obligada: Tancredo, El barbero de Sevilla y La Cenicienta son esos “Pecados veniales” inevitables para todo melómano. Pero más allá de su obra y precocidad musical, está su personalidad y misterioso abandono de la composición a una edad muy temprana. A este respecto resulta esclarecedor, incluso para los no especialistas, su excelente entrada, “La elección del silencio”, un Rossini al desnudo que incursiona en la personalidad del compositor y en su particular relación con la música alemana de Haydn, Mozart, Weber, Mendelssohn, Beethoven y Bach.

         El excepcional compositor de Pesaro abre la puerta a otro de los grandes del bel canto: Donizetti y sus óperas fundamentales: El elixir de amor, Lucia di Lammermoor, Don Pascuale, la “trilogía Tudor” y, por supuesto, La hija del Regimiento.

         Excelente resulta su comparación de la Carmen de Mérimée, mujer diabólica, prostituta y asesina, con la más humanizada de Bizet, atrapada entre el amor de dos hombres. 

         El libro se cierra con un capítulo dedicado a las “Trágicas heroínas”, donde presenta una clarividente comparación entre los dramas inspiradores de las óperas puccinianas Tosca y Butterfly con la Lulú de Alban Berg.

         En una magnífica edición, como siempre, la editorial Fórcola vuelve a regalarnos una nueva obra de referencia ineludible para todos aquellos amantes de la Ópera, con prólogo de José Luis Téllez, que hará las delicias no solo de los melómanos, sino también de todos aquellos que gustan de la literatura en general y del teatro en particular.


Jacobo Cortines,  Los acordes de Orfeo. Ensayo sobre mitos operísticos, Madrid, Fórcola, 2024.