ANTONIO CANO, ENTRE LA VANGUARDIA Y LA TRADICIÓN
POÉTICA
La figura de Antonio Cano Trillo
(Teruel, 1910-Bilbao, 1944) se erige como una de las más singulares y, a la
vez, menos difundidas dentro del panorama de las vanguardias españolas de
entreguerras. Su inclusión en el Diccionario de las vanguardias de España
(1907-1936) de Juan Manuel Bonet no solo certifica su pertenencia a ese
movimiento de renovación estética, sino que permite situarlo en una red de
afinidades intelectuales en la que destacan nombres como Tomás Seral y Casas e
Ildefonso Manuel Gil, con quienes compartió la aventura editorial de la revista
Noreste. Aquella publicación, de vida breve pero intensa, constituyó uno
de los focos de irradiación de la modernidad literaria en Aragón durante los
años treinta.
La obra de Cano, diversa y poliédrica, abarca poesía, narrativa, ensayo, crítica de arte y teatro. En el ámbito lírico, títulos como Lírica de la ausencia y Alba sin prisa (ambos de 1940) revelan una voz de gran densidad simbólica, capaz de integrar la tradición mística —en la estela de San Juan de la Cruz, como apuntó José Enrique Serrano Asenjo— con una imaginería de raíz vanguardista, audaz y visionaria. Por su parte, Elegía a Túrbula (Devocionario de Teruel) (1941), patrocinado por el Ayuntamiento de Teruel y prologado por Miguel Artigas, a la sazón Director General de Archivos y Bibliotecas, entre otros muchos cargos, nacido en Blesa, constituye una de sus obras más ambiciosas y singulares: un extenso poema fragmentario que, a modo de devocionario laico, reconstruye la ciudad devastada por la Guerra Civil mediante una sucesión de estampas líricas de gran potencia evocadora. En él, la memoria individual se funde con la colectiva, y la tradición local se reinterpreta desde una estética moderna que convierte la ruina en materia poética.
Su producción narrativa, aunque
menos extensa, no resulta menos significativa. El hombre que no tuvo Ángel
de la Guarda (1936) ha sido interpretada por Serrano Asenjo como una
incursión en el humor negro que deriva hacia el absurdo y el nihilismo, en
sintonía con ciertas corrientes europeas de la época y con el esperpento de
Ramón María del Valle-Inclán. A esta línea pertenecen también obras hoy menos
conocidas, como El fantasma de la Andaquilla o La leyenda del Peirón,
donde lo local y lo fantástico se entrelazan bajo una mirada irónica. Junto a
ellas, cabe mencionar proyectos como el libro de ensayos humorísticos Tobbogan,
que probablemente no llegó a publicarse, o la novela Quimera de amor,
escrita en colaboración con Julio Catalán.
El teatro constituye otra de las
vertientes de su actividad creativa. En 1932 publicó el volumen Mi teatro,
que reúne piezas de diversa orientación estética. Algunas, como Los tragos
del tío Regino o Quiero salir concejal, se inscriben en el sainete
costumbrista aragonés; otras, como Leyenda de un sueño —calificada como
“poema escénico”— o El caballero de las noches blancas, muestran una
clara voluntad de experimentación formal, con ecos tanto del simbolismo como de
la tradición dramática que remite a William Shakespeare. Esta dualidad entre
tradición popular y búsqueda vanguardista atraviesa toda su obra.
Para comprender en profundidad su
trayectoria resulta imprescindible atender al entorno familiar en el que se
formó. Su padre, León Cano Jarque, fue una figura destacada del periodismo de
la época: fundador de cabeceras como El Turia o La Voz de Teruel,
crítico taurino bajo el seudónimo “Jacobito” y corresponsal de importantes
medios nacionales. Su actividad, marcada por un fuerte compromiso ideológico,
le acarreó persecuciones, sanciones y traslados forzosos. En ese contexto,
Antonio Cano creció en un ambiente donde la palabra escrita, la opinión y la
intervención pública formaban parte de la vida cotidiana. No es extraño, por
tanto, que iniciara muy pronto su colaboración en la prensa, donde desarrolló
una intensa actividad como articulista.
Sus textos periodísticos abarcan una
amplia gama de temas, aunque destacan especialmente los dedicados al arte, el
cine y la literatura. En ellos se advierte una constante: la atención a lo
turolense, tanto en su dimensión histórica y legendaria —con referencias
recurrentes a los Amantes— como en su geografía urbana —los Arcos, el Portal de
la Andaquilla, el viaducto—, reinterpretada mediante una prosa de gran
plasticidad. Sus descripciones, cargadas de metáforas e imágenes sorprendentes,
se aproximan en ocasiones a la greguería ramoniana, sin renunciar a un tono
personal que combina lirismo y humor.
A esta faceta literaria se suma su
actividad como caricaturista y humorista gráfico, ampliamente reconocida en la
prensa de la época por su originalidad y capacidad de síntesis psicológica.
Asimismo, destacó como crítico de arte, con artículos en los que analiza la
obra de pintores como El Greco, Francisco de Goya o su contemporáneo, el pintor
turolense, Miguel Delgado. Especial interés revisten textos como “Doménico y
las manos”, donde reflexiona sobre la expresividad en la pintura del Greco, o
“Los ángeles en la pintura”, en el que traza un recorrido por la representación
de este motivo en la historia del arte.
Su implicación en la vida cultural
turolense fue igualmente notable. Integrado en la asociación Acción Cultural,
participó en exposiciones y actividades colectivas, contribuyendo a dinamizar
un panorama artístico que buscaba abrirse a las corrientes contemporáneas. En
este contexto se inscribe también su vinculación con el primer cine club de
Teruel, uno de los primeros de España, del que fue su fundador y alma mater
durante su breve existencia, muestra de su interés por las nuevas formas de expresión.
La Guerra Civil marcó un punto de
inflexión en su biografía. Integrado en el bando sublevado, participó en la
entrada en Teruel en febrero de 1938. La experiencia de la destrucción de la
ciudad dejó una profunda huella en su sensibilidad, que se tradujo en la
escritura de Elegía a Túrbula, obra en la que la memoria, el dolor y la
reconstrucción simbólica del espacio urbano alcanzan una intensidad poco común
en la poesía de posguerra.
Tras el conflicto, Cano se trasladó
a Bilbao, donde continuó su labor literaria hasta su prematura muerte en 1944.
Este desplazamiento, motivado probablemente por razones profesionales, supuso
un alejamiento físico de Teruel, pero no un distanciamiento emocional: la
ciudad siguió siendo el eje vertebrador de su imaginario poético.
La trayectoria de Antonio Cano
Trillo, truncada a los treinta y cuatro años, deja entrever un proyecto
literario de gran coherencia y originalidad. Su obra, situada en la encrucijada
entre tradición y vanguardia, entre lo local y lo universal, constituye un
testimonio valioso de la modernidad literaria en un ámbito periférico como el
turolense. La recuperación y estudio de su legado —impulsados por trabajos como
los de Serrano Asenjo o José Luis Melero— resultan hoy imprescindibles para comprender
en toda su amplitud la riqueza y diversidad de las vanguardias españolas.


Felicidades por este gran trabajo de investigación y reivindicacion.
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