ENTRE
LA MEMORIA Y EL ESPECTÁCULO: EL ARTE DE INVENTARSE DE XAVIER CUGAT
La edición
de Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba, recuperada por la
editorial Fórcola, no es solo la reedición de unas memorias, sino la restitución
de una voz tan fascinante como poco fiable: la de Xavier Cugat, uno de los
grandes fabuladores de sí mismo en el siglo XX.
Desde sus
primeras páginas —respaldadas por un prefacio excepcional firmado por Frank
Sinatra— el libro se presenta como una celebración del espectáculo entendido
como forma de vida. No deja de resultar insólito que el propio Sinatra,
evocando sus inicios, confesara que de haber nacido en España habría soñado con
integrarse en la orquesta de Cugat; en ese mismo texto subrayaba además la
“fuerza” y la “vibración” de una música con la que siempre se sintió
identificado. Francisco de Asís Javier Cugat Migall de Bru y Deulofeu,
violinista, caricaturista y director de orquesta que conquistó Hollywood y
popularizó los ritmos latinos en Estados Unidos, narra su ascenso con un tono
que oscila entre la confesión y la autoparodia. Esa ambigüedad constituye,
precisamente, uno de los mayores atractivos del volumen: el lector nunca sabe
con certeza dónde termina la memoria y comienza la invención.
Durante
décadas, y especialmente tras su muerte en 1990, la figura de Cugat —“Cugie”
para Sinatra— fue deslizándose hacia un cierto olvido, convertida casi en un
anacronismo. Sin embargo, su recuperación ha sido paulatina, impulsada en parte
por obras como Confeti de Jordi Puntí, y ahora consolidada con esta
reedición, que devuelve a las librerías un texto imprescindible para entender
la construcción de su mito.
El prólogo
de David Felipe Arranz sitúa con acierto al personaje en su contexto cultural:
el de un entertainer total, capaz de convertir su propia biografía en
una extensión de su espectáculo. Arranz reivindica además la vigencia de su
legado, subrayando esa energía excesiva, estética y pragmática que convirtió a
Cugat en uno de los pocos españoles verdaderamente universales del siglo XX.
En efecto,
Cugat no solo cuenta su vida, sino que la escenifica, encadenando episodios que
lo vinculan con estrellas, mafiosos, presidentes o iconos del cine, en una
sucesión que remite más al imaginario hollywoodiense que a la autobiografía
tradicional. Sus páginas se convierten así en un auténtico “quién es quién” del
siglo dorado del espectáculo: desfilan figuras como Clark Gable, Charlie
Chaplin, Rita Hayworth, Walt Disney o Cantinflas, entre muchos otros, junto a
nombres de la música como Bing Crosby o Barbra Streisand. Que esos encuentros
fueran a veces fugaces o magnificados forma parte del juego narrativo que Cugat
propone.

La
autobiografía —subtitulada significativamente Mis primeros ochenta años—
traza un recorrido que arranca con su nacimiento en Girona en 1900 y su
temprana formación en La Habana, donde llegó a ser violinista de la Sinfónica
del Teatro Nacional. Desde ahí, su carrera despega con un concierto en el
Carnegie Hall en 1920 y se despliega entre Europa y Estados Unidos: estudios en
Berlín, incursiones en la caricatura en el Los Angeles Times, regreso a
la música y, sobre todo, el triunfo de su orquesta durante años en el Waldorf
Astoria de Nueva York. A ello se suma su intensa vida sentimental —cinco
matrimonios, entre ellos con Abbe Lane o Charo Baeza—, convertida también en
materia narrativa.
El libro
incorpora, además, episodios que oscilan entre lo anecdótico y lo revelador:
desde su relación con Sinatra —que grabó su primer disco con la orquesta de
Cugat— hasta la muerte de Carmen Miranda durante un intermedio, pasando por
reflexiones tan irónicas como aquella en la que afirmaba que “estar arruinado
en España… es una felicidad”, en alusión a sus propias dificultades económicas.
No faltan tampoco comentarios sobre el mundo del espectáculo —incluido el
“cainismo” entre artistas hispánicos—, ni detalles más mundanos sobre
peluquines, casinos o negocios de restauración.
La edición,
a cargo de Javier Jiménez, resulta especialmente valiosa por el aparato de
notas —cerca de un centenar— que actúa como contrapunto crítico y contextualiza
con precisión la trayectoria de Xavier Cugat. A ello se suman dos amplios
cuadernillos centrales de ilustraciones y caricaturas, que no solo muestran el
talento gráfico de Cugat —en ocasiones cercano al estilo del artista mexicano
Miguel Covarrubias—, sino que funcionan como un retrato visual de toda una
época, desde sus inicios en Carnegie Hall hasta sus apariciones televisivas,
como su actuación en The Ed Sullivan Show en 1967.
Estamos, en
realidad, ante un libro escrito, pero también dibujado. Cugat poseía un notable
talento para la caricatura y el retrato humorístico, aunque en ocasiones tomara
como referencia imágenes del propio Covarrubias. En Yo, Cugat abundan
los ejemplos de esa habilidad con el lápiz: aparecen caricaturizados personajes
como Greta Garbo, Liza Minnelli, Salvador Dalí, Pau Casals o el propio Cugat,
convertido en imagen de referencia de uno de sus negocios de restauración, Casa
Cugat, en los estudios de Metro-Goldwyn-Mayer. De alguna manera, esta faceta
artística que cultivó hasta el final de su vida enlaza con la tradición de
Enrico Caruso, gran tenor y también excelente dibujante, cuya figura resultó
decisiva para que Cugat optara por dedicarse plenamente —y con notable éxito—
al mundo de la música.
Ese diálogo
entre texto e imagen se completa con un sólido aparato final: cronología,
filmografía, discografía e índice onomástico que recorre un arco cultural que
va de Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven a figuras del espectáculo
del siglo XX.
A ello se
suma un trasfondo biográfico especialmente revelador: la escritura de estas
memorias en los años finales de su carrera, cuando, tras décadas en Hollywood,
decidió regresar a Cataluña en 1972, instalándose en el Hotel Ritz de
Barcelona, donde viviría sus últimos años y aún formaría una nueva orquesta,
llegando a grabar en 1987 el álbum Cugat desde el Ritz. En ese proceso
desempeñó un papel clave Enrique Sabater, antiguo secretario de Salvador Dalí,
cuya labor editorial fue decisiva para que estas memorias vieran la luz.
Los
epílogos —firmados por Diego Mas Trelles, Ignacio Peyró y el propio Puntí—
amplían esa perspectiva. Especialmente sugerente es la mirada de este último,
que incide en el carácter kitsch, excesivo y profundamente moderno del
personaje, alguien que entendió antes que muchos que la fama también se
construye a base de relato y artificio. Peyró, por su parte, subraya con tono
elegíaco esa mezcla de esplendor y ocaso, entre el brillo del Ritz y la
nostalgia de un mundo desaparecido.
No debe
olvidarse, además, que estas memorias dialogan con una tradición previa: Cugat
ya había publicado en 1948 Rumba is my life, reutilizando parte de ese
material en la versión de 1981 con la clara intención de fijar su propia
versión de los hechos y adelantarse a futuros biógrafos. En ese gesto hay tanto
control del relato como intuición moderna de la celebridad.
En
conjunto, esta edición de Yo, Cugat no solo recupera a una figura clave
en la difusión de la música latina —el célebre “rey de la rumba”, precursor de
una explosión cultural que hoy llega de Rosalía a Bad Bunny—, sino que invita a
reflexionar sobre la construcción de la celebridad en el siglo XX. Más que unas
memorias al uso, el libro es un artefacto narrativo donde vida y espectáculo se
confunden deliberadamente. Y ahí radica su mayor virtud: en recordarnos que, en
el caso de Cugat, la verdad siempre fue, también, una forma de ficción.