CASABLANCA

CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

sábado, 13 de agosto de 2011

MARÍA ALEGRE GARCÍA (1910-2000): LA TORERA DE ARCOS DE LAS SALINAS (I)

   Decía Rafael García Antón, marido de la gran torera Juanita Cruz, que "una mujer puede ser torera, o torero, es lo mismo: cirujana o cirujano, médica o médico, ministra o ministro, aviadora, paracaidista, diputada, etc. Para torear lo que hace falta es tener valor o la decisión suficiente, sentir el arte del toreo en profundidad, saberlo interpretar..." Y si todos los taurinos están de acuerdo en que, en el toreo, los conocimientos técnicos, la habilidad y la inteligencia deben primar sobre la mera fuerza física, y si ya nadie pone en duda que las mujeres tienen todos esas cualidades, además del valor necesario, que como al soldado en la mili, se les supone, ¿por qué han sido y son tan pocas las toreras?  La respuesta es obvia: dentro del machismo imperante en todos los órdenes de la vida de épocas pasadas  -en la actualidad no del todo superadas- en éste mundo del toro se impone sobremanera a machamartillo y la presencia de la mujer se ha visto con la sonrisa distante, complaciente de la mera anécdota: eran las señoritas toreras.
  Parece ser que ya en el siglo XVIII se  documentan mujeres toreras, pero cuando de verdad se produjo su incorporación a los ruedos de forma masiva fue durante  los años de la Republica, pues con su llegada se acaba con 35 años de expresa prohibición. Según los entendidos, durante estos años hubo no sólo un aluvión de mujeres toreras (realmente llegó a haber inscritas como toreras unas sesenta señoritas en la Asociación de Matadores y Novilleros, y podríamos incluir una lista bastante larga de nombres), sino también algunas de verdadero mérito. Así, “Las Hermanas Palmeño”, Enriqueta y Amalia Almenara y, sobre todo, Juanita Cruz (a este respecto véase PRESENCIA DE LA MUJER EN LA FIESTA DE LOS TOROS y BLANCO Y ORO). El libro de Muriel Feiner, La mujer en el mundo del toro (Madrid, Alianza, 1995),si bien de nuestra torera prácticamente no dice nada, resulta indispensable para acercarse con rigor al tema.
    María Alegre García nació en Arcos de las Salinas en 1910. De muy joven se fue a vivir a Barcelona, donde su afición la llevó a la escuela de tauromaquia del torero Pedro Basauri, "Pedrucho". Con él dió sus primeros pasos en el mundo del toro debutando en Alicante integrada en un espectáculo cómico musical. Veinticinco pesetas pagó por el alquiler de ese su primer traje de luces. La crítica fue favorable y se expresó en los siguientes términos: "Las señoritas toreras, Manuela Tulla y María Alegre estuvieron superiores con el capote... Manuela y María viéronse obligadas a dar dos vueltas al ruedo para corresponder a las ovaciones que les tributó el público..."
   Siguieron toda una serie de festejos formando parte del espectáculo denominado la Revue Taurina, dirigido por el mencionado torero, por tierras gallegas y portuguesas. En declaraciones al critico taurino turolense Aniceto Blasco, cuenta la graciosa anécdota de que en Vigo tuvieron que torear en el campo de fútbol de la localidad en una improvisada plaza de madera.
    Posteriormente, recomendada por Pedrucho, participó en los festejos que por toda la geografía nacional organizaba la empresa madrileña Imprenta Torerías, hasta este momento siempre sin picadores. Por ejemplo, el 16 de abril actuó junto con Angelita Álamo en Toledo.
    Sus primeras dos orejas las cortó en la plaza de Ronda el 23 de mayo de 1933. Poco después, en Almadén, volvería a cortar dos orejas, plaza en la que toreó acompañada por Carmen Marín y Angelita Álamo. En el mes de julio resultó herida leve en un dedo en la plaza de Murcia.
    En las citadas declaraciones, le confesaba a Aniceto Blasco que el día que más miedo pasó fue en Huesca, donde tuvo que lidiar toda una corrida con novillos que por sus hechuras eran ya verdaderos toros, pero con orgullo torero acabó con ellos de sendas estocadas, pues a su juicio, de todas las suertes del toreo, la espada era su fuerte.
    

martes, 9 de agosto de 2011

RAMÓN PERNAS: EN LA LUZ INMÓVIL ( Sevilla, Algaida, 2011)


                   IL MESTIERE DI VIVERE
Ramón Pernas (Viveiro, Lugo, 1953) es un novelista de largo recorrido, más de una docena de obras jalonan su trayectoria y ha sido galardonado con premios tan prestigiosos como El Ateneo de Sevilla, el Letras de Bretaña y, hace unos meses, su última obra, En la luz inmóvil, ha sido reconocida con el XI Premio Internacional de Novela “Emilio Alarcos Llorach”.
Pavese es el Mcguffin y a la vez la esencia de En la luz inmóvil -hermoso título tomado de un verso suyo-, no sólo porque los capítulos reciben el nombre de sus novelas –“La bella estate”, “La luna e i falò, Il diavolo sulle coline”, etc.-, sino porque en última instancia, la filosofía vital del trágico escritor piamontés y los temas recurrentes de su literatura son también los de la novela de Pernas: la búsqueda de la propia identidad, la soledad como estado de ánimo -condición existencial y social-, buscada y  vivida como liberación y como condena al mismo tiempo, la incomunicación, la añoranza de la mujer, entendida ésta como ese primer amor, ese que nunca se olvida, ese que siempre se anhela recuperar, porque se instala en la nostalgia y la melancolía -esa forma de ver el mundo, o mejor dicho, de vivir la vida- hasta convertirse “en una obsesión senil”. Al fin y al cabo, la infausta biografía de Pavese (recordemos  que vivió de forma trágica un amor no correspondido que le llevó, entre otras razones, al suicidio, si bien, como él mismo expresó: “Uno no se mata por el amor de una mujer. Se mata porque un amor, cualquier amor, le revela su desnudez, su miseria, su inermidad, su nada.”), no es sino la materialización en la vida real del argumento de la novela de Goethe, Las desventuras] del joven Werther , y aquí es donde nos damos cuenta de la añagaza de Pernas, de su juego metaliterario: Werther, Pavese, el innominado protagonista de la novela, el propio Pernas (esta novela, como las de Pavese, tiene algo de autobiográfico), nosotros mismos, todos en suma, hemos vivido más o menos de forma similar ese primer amor, pero no lo olvidemos, se trata de un Mcguffin (a Pernas la originalidad temática le importa poco), de una excusa para presentar un juego literario moderno y novedoso: una reflexión novelada sobre la escritura, la amistad, la traición, la soledad, el amor –y el desamor-, la vejez y la muerte.
            El protagonista, escritor y editor famoso, está  confeccionando una novela resumen de su vida, pero desconfía de su eficacia e, incluso, de ser capaz de concluirla; sin embargo, a pesar de sus temores y dudas, de la incertidumbre propia de todo escritor ante el papel en blanco, escribe, sigue escribiendo en todo momento, pues como él mismo confiesa: “Escribo para exculparme de errores ajenos, para evitar el psicoanálisis, la locura y en definitiva, la muerte. Para combatir mi propia muerte.” Es evidente, estamos ante un recurso literario para evidenciarnos que se trata de una obra de madurez, de una novela final de etapa. No obstante, la historia fluye con agilidad, aun a pesar de las abundantes digresiones: el narrador mediante un estilo depurado, en ocasiones salpimentado de un intenso lirismo, va conformando una especie de biografía estructurada entorno a ese primer amor, como telón de fondo se esboza un repaso impresionista del pasado español que arranca en el año sesenta y siete.
El personaje de El Mudo es el contrapunto del protagonista, una espejo en el que se mira el escritor, una suerte de Pepito Grillo lector que todo aquel letraherido desearía –desearíamos- tener, pero que, desgraciadamente, no existe, es un nuevo recurso narrativo para reflexionar en voz alta sobre el hecho de escribir y la propia escritura.
En la luz inmóvil es un experimento creativo, una especie de cajón de sastre en el que se amalgaman en pequeñas dosis diferentes géneros –negro, romántico, erótico, histórico, etc.-, si bien, sobre todo, adopta en ocasiones la forma –y no lo digo yo, lo dice El Mudo- de diario, de un diario al estilo del de Pavese en Il mistiere di vivere, donde como es lógico se registran los acontecimientos vitales de su autor, pero cuyo fin fundamental es ser un verdadero laboratorio de reflexión sobre el oficio de escribir; es decir, el diario es una especie de confesión existencial en la que el autor se analiza –y psicoanaliza- como escritor; más que sus vivencias importan sus observaciones sobre el hecho de escribir, sobre la escritura misma.
            En definitiva, En la luz inmóvil es un monumental homenaje a la literatura, una exaltación del gozo y del dolor de escribir, pero, sobre todo, del placer de leer, una  novela en la que el tiempo no se mide por días, meses o años, sino por lecturas y libros asociados a momentos y personas.


martes, 2 de agosto de 2011

EL MISTERIO AMPARITO ROCA. ¿QUIÉN FUE ESTA BELLA MUJER QUE INSPIRÓ AL MAESTRO TEIXIDOR?

   ¿Quién no conoce el pasodoble Amparito Roca?  Por si todavía hay algún despistado, aquí pueden escucharlo:
   Además de ser el himno popular de las Fiestas de Santa Tecla, patrona de la ciudad de Tarragona, de las de la Virgen de septiembre, La Natividad de Nuestra Señora, en Cestona, protagonista también en el Carnaval de Vilanova y en el baile de los Gigantes de Montblanc, es la seña de identidad de la Comparsa de Estudiantes de Villena. En suma, es una pieza conocida en el mundo entero, de hecho, contaremos como anécdota que fue el tema elegido por Juan Antonio Samaranch para la Clausura de los Juegos Olímpicos de Sydney. Pero, ¿quién fue Amparito Roca? ¿Quién fue esa bella mujer inspiradora del conocido pasodoble? La polémica está servida.
   En la tarde del 11 de septiembre de 1925, el músico barcelonés Jaime Teixidor Dalmau (1884-1957), a la sazón director de la Banda de Música de Carlet (Valencia), estrenó al frente de la misma el pasodoble "Amparito Roca" en el teatro El Siglo de la citada localidad. Allí parece ser que compaginaba su trabajo  
Amparito Roca Ibáñez (1912-1993) a la edad de 13 años
como director de la mencioada Banda con clases particulares de piano y violín y según defienden en esas latitudes, Amparito Roca Ibáñez fue una de sus alumnas, amiga de su hija María, que por aquellas fechas contaba con 13 años. Luego la niña completó sus estudios de música y pintura y se casó en 1934 con el exportador de fruta Vicente Alonso. La localidad valenciana le ha dedicado una calle en su honor.
Amparito Roca Ibáñez a la edad de 26 años.




 Las fotografías de Amparito Roca Ibáñez han sido tomadas del PDF AMPARITO ROCA. SEMBLANZA DE UNA DIVINA MUJER.





   Como curiosidad, comentaremos que el ex Ministro de Sanidad y Consumo, el investigador Bernat Soria, siempre hizo gala de ser sobrino de Amparito Roca Ibáñez, la -a su juicio- inspiradora del famoso pasodoble
   Por su parte, la localidad  turolense de La Fresneda,  también le ha dedicado una calle a Amparito Roca, pero en este caso no es Ibáñez, sino Rebullida, una guapísima cupletista y tonadillera, nacida en 1905 en el bonito pueblo de la comarca del Matarraña, de quien la tradición popular cuenta que fue amante del general José Sanjurjo, militar africano que se sublevó contra la República,  y que unos años más tarde no se pudo sumar a la sublevación militar cuando estaba llamado a liderarla, porque falleció en Estoril al estrellarse su avión el 20 de julio de 1936.
  Amparo Roca Rebullida era la seguda de tres hermanos del matrimonio entre Trinidad Roca Tigel, natural de La Fresneda, y de Elisa Rebullida Ripoll, nacida en La Ginebrosa.


Amparito Roca Rebullida (1904-1977).
Foto tomada del Diario de Teruel.



 En 1923 la encontramos actuando como bailarina y, como gustaban decir entonces, cancionetista, en locales de music hall como el Edén Concert de Barcelona, junto con Mary-Palmerita, las hermanas Rechy, Mary Teran o su frecuente compañera durante un tiempo, Paquita Casanovas.
 Ya en Madrid, a finales de la década, parece que pudiera estar implicada en un proceso contra un médico al que se le acusa de traficar con drogas, en palabras del fiscal: "... el procesado, médico, ha venido durante unos seis meses, hasta el de marzo de 1930, vendiendo diariamente a la señorita Amparo Roca, en precio de 15 pesetas, un gramo de cloruro de cocaína, que unas veces entregaba a la misma y otras a sirvientas de la misma a quienes ella enviaba a buscar el estupefaciente..."  La defensa niega los hechos y pide la absolución. El médico argumenta que para "combatir la enfermedad -no el vicio- ha de emplearse su misma causa, poco a poco, en una homeopatía sabia, con dosis bien combinadas..." Refiere después el síndrome del cocainómano y de cómo él mismo había sido víctima de agresiones de los que el califica como "hambrientos de la droga". "Yo suministro estupefacientes con recetas autorizadas y fichadas por las autoridades médicas, porque la ciencia no ha descubierto contra la droga heroica otra panacea que la droga misma..." Compadece una criada y reconoce haber adquirido la mencionada droga para su señora mediante la prescripción del citado doctor. Sube luego al estrado Eloy González Aguirre, delincuente convicto, quien manifiesta que fue un adicto a la cocaína y que, mediante el tratamiento del procesado logro vencer su adicción. Desconocemos el final del proceso.
   Tras la conocida como Sanjurjada -levantamiento contra la Republica que tuvo lugar en Sevilla el 10 de agosto de 1932- se produjeron toda una serie de detenciones. Así, el día 13 continuaron las mismas y nuestra protagonista es la única mujer que figura en las listas de detenidos como implicados en los hechos, junto a nombres tan destacados como los de José Antonio Primo de Rivera o Juan Ignacio Luca de Tena, entre otros muchos, fundamentalmente militares en activo y retirados.
   La tradición a la que hacíamos referencia explica que en una ocasión, con motivo del cumpleaños de la madre de Amparito Roca, un aeroplano enviado expresamente por el general amante arrojó un ramo de rosas en La Fresneda, precisamente sobre el domicilio de la mamá de la cupletista que triunfaba en Madrid y a la que el gran barman, Perico Chicote, dedicó uno de sus afamados cócteles.
   Esta misma tradición establece que el maestro Teixidor, que abandonó el ejército en 1924, conoció a la cupletista siendo director de una banda militar en la capital y parece ser que esta bella mujer, bien relacionada y con conocimientos musicales fundados por profesion, fue la inspiradora de su famoso pasodoble.
   Escoja el lector la historia que más le complazca: la de la adolescente de doce años o la de la hermosa cancionetista, mujer hecha y mundana que levantaba pasiones entre los hombres.

domingo, 31 de julio de 2011

ANDRÉS MARÍN Y ESTEVAN (1843-1896): ALCALDE DE TERUEL (V)

Grabado de Miranda. Ciudad de Teruel en el año 1866.
Como hemos dicho, tras la muerte de Gayarre, Marín se retiró definitivamente de la escena y se refugió en Teruel, donde en ocasiones subía al coro de la catedral para recordar viejos tiempos, poner a prueba sus facultades de cantante y regalar su voz a sus paisanos, que lo escuchaban con veneración y cariño. Desde sus primeros triunfos, su popularidad fue creciente en la ciudad, como atestiguan los versos de Jerónimo Lafuente:  “Y tus paisanos han visto/ que eres el Andrés de antes/ y que mucho más estimas/ y mucho más te complacen/ estos humildes aplausos/ que los que hasta aquí lograste…” También la inspiración popular le rindió homenaje: “Tres cosas tiene Teruel/ que no las tiene Madrid:/ los Amantes y los Arcos,/ y el tenor Andrés Marín”. Manifestaciones a las que él correspondía cantando jotas expresamente compuestas para homenajear a su ciudad: “Teruel no fuera Teruel/ Si le quitaran los Amantes/ el Sermón de las Tortillas/ y la Vaquilla del Ángel”.  De hecho, en noviembre de 1893, con motivo de la movilización  de reservistas para la guerra de África, ante la necesidad de recaudar fondos para atender a las familias más necesitadas de los reclutados, se organizó una velada con subasta de localidades en la que entre otros, actuaron Marín y su mujer.
            Un ciudadano, que asistió a la actuación siendo todavía un niño, rememora a Marín de la siguiente entrañable manera: “Era Andrés Marín un anciano simpático, pródigo y baturrísimo, trato vibrante del famoso quijote teruelano El Rey que rabió; de espíritu amplio, derrochador, generoso y con una inagotable vena anecdótica; fue el ídolo social de la ciudad”.
             De carácter manirroto (parece ser que era aficionado al juego) humorista y burlón, le gustaba trasnochar y la fiesta (incluso durante su carrera profesional fue un empedernido fumador), así que se dedicó a vivir la vida y a alternar con sus paisanos. Era tremendamente conocido y querido por el pueblo de Teruel, hasta el punto de que el 1 de julio de 1891, el Ayuntamiento de Teruel lo nombró primer Teniente de Alcalde, esta elección se efectuaba por votación popular. Más tarde, en 1893 fue elegido Alcalde de la ciudad por el partido republicano federal y acometió con perseverancia aragonesa la anhelada llegada del ferrocarril a nuestra tierra, pues hasta ese momento, todos los intentos de hacer realidad la vía férrea que conectara Calatayud con Sagunto pasando por Teruel habían resultado fallidos. Como podemos observar los sufridos turolenses de hoy, nada nuevo bajo el sol, triste eterno retorno: nuestra provincia era –y sigue siendo- la cenicienta de España y tantas veces como salía a subasta la construcción de dicho ferrocarril, otras tantas quedaba desierta la concesión. Para resolver el problema, Marín diseñó toda una estrategia de hombre de mundo, se trataba de conseguir lo que en términos políticos actuales denominaríamos suficiente masa crítica y presión mediática como para crear una opinión pública favorable a su proyecto y poder ser de esa manera escuchado y considerara su petición por el Gobierno de la nación.
            El 22 de noviembre de 1893, como Alcalde de Teruel, convocó y presidió una junta magna para secundar la labor parlamentaria de los Diputados a Cortes por los distritos que habían de ser afectados por la línea en proyecto (Juan Gualberto Ballesteros, Tomás María Ariño, Leoncio Torán, Carlos Castel, Juan Navarro y Teodoro Llorente), los cuales presentaron al Congreso una proposición de Ley para que se autorizase al Gobierno a otorgar de nuevo la concesión mediante concurso público. La ciudad se volcó con su labor y se manifestó en apoyo de sus gestiones, de hecho en la capital se gestó un movimiento ciudadano de similares características al actual “Teruel Existe” en apoyo de las gestiones de su alcalde.
            Por fin, el 6 de julio de 1894, la Reina Regente, Mª Cristina, firmó el Decreto que hizo posible la realización del tan suspirado ferrocarril. El objetivo estaba cumplido, si bien su artífice no llegaría a ver circular las locomotoras por las tierras de su querido Teruel.
            En 1895, el periódico de tirada nacional El Liberal colaboraba con la campaña de prensa que Marín llevaba a cabo en periódicos nacionales y extranjeros para denunciar la falta de compromiso con este proyecto tan esencial para la supervivencia económica de nuestra provincia, así le dedicaba un extenso artículo sin desperdicio alguno, significativamente titulado “Viaje de El Liberal, por España. Teruel ¡¡36 horas de diligencia!!”, en el que el redactor, Luis Morate, exponía de forma extraordinaria la odisea de un viaje que él mismo se aprestó a sufrir en sus carnes, un viaje de treinta y seis interminables horas que cualquier viajero invertía, tanto si salía de Calatayud, como si lo hacía desde el puerto de Sagunto, en ir a Teruel y regresar, dieciocho horas para llegar, otras tantas para retornar. La campaña fue intensa, se trataba de crear opinión, de ganar adeptos, de concienciar a la nación. De hecho, hasta periódicos extranjeros se hicieron eco de la misma. Marín era un hombre de mundo y conocía el poder de la prensa para lograr sus objetivos. Así, en Le Figaro (9-1-1895) leemos: “A Teruel, dans l’Aragon, le maire a été trés acclamé á la suite des démarches faites par lui pour arriver à ce que le nouveau chemin de fer de Valence à Calatayud passe par la ville immortalisée par les “amants de Teruel” qui ont inspiré tant de romans et de pièces de théâtre.
            Ce maire, qui devient une personnalité en vedette, dont les efforts pour le bien de sa contrée sont très vantés, n’est autre que l’ancien ténor Marin; et sa femme, qui partage avec lui la reconnaissance du département, n’est autre que la célèbre Volpini!

            La maison du président du Conseil municipal est pleine de couronnes et de souvenirs de tous les publics d’Europe…”
            Hacia finales de 1895, ante sus persistentes dolencias se trasladó a Madrid para recibir tratamiento. Desgraciadamente no dio resultado y el 27 de julio de 1896 moría Andrés Marín, la voz que triunfó en el frío, el alcalde que consiguiera el tren para Teruel.

domingo, 24 de julio de 2011

ANDRÉS MARÍN Y ESTEVAN (1843-1896): ALCALDE DE TERUEL (IV)

SU PARTICULAR ÍTACA, MARÍN ALCALDE DE TERUEL.
La Volpini, mujer de Marín
            Andrés Marín siempre  fue un turolense que ejerció como tal. A pesar de tener múltiples residencias –en Madrid, Zaragoza o París, por citar algunas-, él siempre quiso volver, por eso a finales de 1877 comenzó a construirse una lujosa casa en la masía que compró –conocida entonces y ahora como la masía del Cantor-, con la finalidad de pasar largas temporadas de descanso en las que aprovechaba para preparar el repertorio de sus futuras actuaciones, residir esporádicamente cuando se le llamaba para  actuar en espectáculos benéficos de todo tipo e, incluso, fijar su domicilio a partir de su definitivo abandono de los escenarios en 1890, tras la muerte de su amigo del alma, Julián Gayarre.
            Marín nunca olvidó sus orígenes turolenses ni a sus paisanos y en todo momento acudió a su llamada cuando fue requerido por ellos, sin importarle las enormes distancias que debía recorrer en diligencia ni los peligros de los caminos, pues en esa época eran frecuentes los bandoleros. A este respecto, Serrano Josa relata una mítica anécdota que recuerda a otra que inspirara a Sabina su popular canción “Pacto entre caballeros”, es la siguiente: “… Un día han parado la diligencia que lo traía a Teruel. ¡Alto la diligencia!, dijo una voz bronca entre Cella y Caudé, mientras rodeaba el carruaje cuatro feroces bandoleros que amenazaban con sus trabucos naranjeros. ¡Alto!, hemos dicho, y que se apee Andrés Marín. Este baja sereno y arrogante como si se adelantase a las candilejas en días de triunfo: “aquí me tenéis”. Y el capitán de los bandidos, más turbado que él, le da la mano y le cuenta que un día uno de los bandoleros, por la carretera de Madrid, quitó a una pobre vieja, la madre de Andrés Marín, las medallas que ahora le devolvía; pero como no podían verle, esperaron este momento para dárselas. ‘Tú también eres hijo del pueblo –le dijo- y sabrás perdonarnos’. Marín les da las gracias y unas monedas de oro. Y la diligencia vuelve a trotar, pero esta vez con una armonía extraordinaria; unas lágrimas se le escapan a Andrés Marín mientras canta un aria que llega hasta el campo, donde se van desdibujando las siluetas de los bandidos”.
            Sea o no verdadera la historia, lo cierto es que Marín siempre acudió a la llamada de sus paisanos cuando se produjo. Lo hizo para cantar en los funerales del profesor de música Alejandro Lázaro, rindiéndole como mejor sabía su póstumo homenaje.
            En abril de 1882 lo encontramos participando en la velada literaria celebrada en honor a Cervantes por la Sociedad Económica turolense de amigos del País. En un teatro engalanado para la ocasión cantó el “Aria” de El Trovador y el “Ave María”, entre otras muchas piezas. Como curiosidad diré que este teatro estaba ubicado en las antiguas casas de José Luis de Santángel, más tarde cambras del trigo del Concejo turolense. En la actualidad es el edificio de Correos y Telegráfos de la ciudad.          
            De igual forma, con motivo de la inauguración de la Casa de Ancianos Desamparados, el 27 de septiembre de 1883, cantó en la velada literario-musical que se organizó al efecto. A finales de este mismo año, en su casa de San Blas, estudiaba y preparaba en profundidad Los Puritanos, que iba a interpretar próximamente en los teatros Víctor Manuel, de Palermo, y en el Donizetti, de Bérgamo; sin embargo, a pesar de los diferentes telegramas que recibió urgiéndolo para que acudiera a cantar, se hizo de rogar, no le gustaba que italianizaran su nombre y le llamaran Marini, por lo que no acudió a cumplir sus compromisos hasta 1885, cuando rectificaron  y lo llamaron Marín.
            El 29 de enero de 1885 tuvo lugar en Teruel una actuación múltiple para recaudar fondos con los que ayudar a los damnificados por los terremotos producidos en Málaga y Granada, en la que, como no, también participó nuestro tenor dando lo mejor de sí mismo.
            Tras la epidemia de cólera que asoló Teruel durante el verano de 1885, con más de 5.114 muertos en la provincia, varios cientos de ellos en la capital, se aprestó a cantar el 17 de septiembre en la catedral, con motivo de la celebración de un solemne Te Deum, unos días más tarde, el 22, lo hizo en la iglesia del Salvador, en la que cantó un Stabat Mater del maestro de capilla Eusebio Subero bajo su misma dirección.

miércoles, 20 de julio de 2011

ANDRÉS MARÍN Y ESTEVAN (1843-1896): ALCALDE DE TERUEL (III)

UNA AMISTAD FRATERNAL
            De origen humilde como Marín, se conocieron en el Conservatorio, donde surgió una amistad profunda, fraternal y sincera que había de durar el resto de sus vidas y que sobrevivió a los habituales celos y rivalidades artísticas tan propias de este mundo del bel canto. Compartieron escenarios en diferentes teatros del mundo e incluso nuestro paisano formó parte de la compañía de Gayarre con la misión de sustituirlo en caso de enfermedad. Así, lo encontramos en el banquete de despedida que el navarro ofreció en Lhardy el 2 de marzo de 1886 a sus familiares y amigos más íntimos (Barbieri, Arrieta, el empresario del Teatro Real en esos momento, conde de Michelena, Marín y su mujer, etc.) tras la conclusión de una exitosa campaña en la capital y dispuesto para salir a conquistar París.
            Con ellos partió el turolense. La temporada en el Teatro de la Ópera fue tan exitosa como exigente para Gayarre, duró hasta Pascua de Resurrección y se cantaron las óperas La Africana, Los Puritanos, Lohengrin y Tanhauser. Después viajaron a Londres, donde en abril los encontramos viviendo juntos en Bedfort-Scuare, 13, con ellos estaba  también el ya citado empresario José Lago. La temporada del Covent-Garden iba a comenzar, pero Gayarre, fatigado por la dureza de la campaña de París, cayó enfermo. A este respecto, Julián Enciso, amigo, biógrafo y testamentario del navarro, que vivió junto a ellos esta difícil situación, tras reconocer que Marín y Lago eran sus mejores amigos, describía al turolense de la siguiente manera: “Andrés Marín, excelente tenor muy aplaudido en los primeros teatros de Europa, franco y leal como buen aragonés, alegre y decidor, era un carácter y un genio, el más a propósito para simpatizar con Gayarre…” Y prosigue relatando cómo Marín le daba ánimos al amigo enfermo, “lo tuyo son aprensiones”, le decía, y bromeaba con él y le contaba historias divertidas de su vida en el campo en su añorado Teruel, como la de Selika, una burra blanca que tenía en su masía de San Blas a la que bautizó con el nombre de la protagonista de la ópera La Africana. El turolense lo sustituyó  en el escenario durante todas las representaciones del mes de junio e incluso algunas más, salvando la temporada londinense con su presencia. Las óperas interpretadas fueron Lucrecia Borgia, Los Hugonotes y Un ballo in machera           
            Hoy por ti y mañana por mí. Este refrán lo aplicaron los dos grandes tenores en todo momento de su vida. Así, en octubre de 1886, Marín y su mujer, junto con otros grandes cantantes (Carolina Cepeda, Luisa Fons, Emilio Methelio, Pablo Meroles, Carlo Callioni, Blanchard, Remartínez y Osta) habían vuelto a crear una compañía de ópera italiana con el fin de recorrer la geografía nacional cantando en los principales teatros de provincias, de manera que el 13 de noviembre debutaron en el Teatro Cervantes de Málaga y tras recorrer diferentes capitales, entre ellas Valencia, recalaron el 19 de marzo de 1887 en Alicante. La primera función iba a ser Lucrecia Borgia, pero por indisposición de una de las intérpretes –Carolina Cepeda-, fue sustituida por El Trovador, continuaron con Los Hugonotes –dado su éxito se repuso un día más-, Lucía de Lamermoor, Fausto y Un ballo in maschera. En ninguna de ellas tomaron parte ni Marín ni su mujer, por lo que deducimos que ya no cantaban, sino que más bien se dedicaban a gestionar la empresa, pero sabemos de su presencia porque todos los biógrafos de Gayarre señalan que puesto que el público se había manifestado ansioso por escuchar al navarro, Marín en su condición de empresario escribió a su amigo  requiriendo su presencia en Alicante, el cual, recién acabada la temporada en el Real, no lo dudó ni un momento y viajó sin dilación en compañía del gran barítono Eugenio Labán para ofrecer al público alicantino dos interpretaciones memorables de Lucrecia Borgia y La Favorita. A decir de Enciso fueron ocho días inolvidables para Gayarre en compañía de su amigo Marín.
             Marín había iniciado su declive, en aquel tiempo no se cuidaba la voz como en la actualidad y las carreras artísticas, tremendamente exigentes para la voz, eran mucho más efímeras. Sin retirarse por completo de los escenarios, distancia cada vez más sus actuaciones, prácticamente vivía de las rentas retirado en Teruel. Tan solo esporádicamente viajaba a Madrid, pero en diciembre de 1889, sabedor de que su amigo del alma estaba enfermo, acudió a visitarlo y a entretenerlo. Así, como dice otro de los grandes biógrafos del navarro, Florentino Hernández Girbal, Gayarre pasó con Marín los mejores momentos de sus últimas semanas, pues según relata “le hacía pintorescos relatos de la vida que llevaba y éstos eran los únicos que conseguían arrancarle una sonrisa. Sobre todo cuando le narraba las mil gracias y habilidades de una burra blanca que tenía para las faenas del campo y a la que había puesto por nombre Sélika, como la tiple de La Africana.
-¡Tendrías que verla! –le decía-. Es más inteligente que muchas personas. Honra a su clase. Entiende todo lo que se refiere a su oficio; tanto si le piden que vaya a la derecha como a la izquierda, o que corra o se pare. Sabe pedir de comer de una manera que no admite dudas, y cuando no conoce a quien la monta, se echa y no hay quien la levante. ¡En Teruel es más popular que el alcalde, y que perdone éste la comparanza! ¡El verano que menos lo pienses, me voy montando en ella hasta Roncal para que la conozcas!...”
            El 2 de enero de 1890 moría en Madrid Gayarre. La prensa nacional se hacía eco del llanto de Marín en su funeral. Enciso nos presenta al turolense llevando una de las cintas de su ataúd, junto con Barbieri, Arrieta y otros amigos En ese momento tomó la firme decisión de no sobrevivirle artísticamente. Abandonó los escenarios como profesional y se recluyó definitivamente en Teruel, apetecía la tranquilidad de su masía de San Blas y quería disfrutar de la compañía de su esposa y de las gentes de su tierra.