CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

viernes, 1 de abril de 2022

 

VINDICACIÓN DE BENJAMÍN JARNÉS







         Benjamín Jarnés, en su río fiel es una biografía atípica del especialista jarnesiano, Domínguez Lasierra, quien ha dedicado varias publicaciones al escritor de Codo, en su mayor parte de contenido bibliográfico, así pues estamos ante una continuación lógica de una “obra en marcha” que recorre a lo largo de sus 470 páginas la trayectoria vital del que es sin ningún género de dudas el novelista más importante de cuantos se iniciaron en la aventura de una “nueva novela” dentro de la denominada “generación de 1927”.

         Lo “atípico” de esta biografía editada por Erial Ediciones lo explica el propio autor en el exordio del libro titulado “Deuda”: “Jarnés ha escrito este libro –‘estas notas, este pequeño ensayo biográfico, esta vida que se pretende contar’-, del que soy amanuense. Pero también lo han escrito ellos, mis maestros jarnesianos”, y entre estos cita a Emilia de Zuleta, María Pilar Martínez Latre, Ildefonso-Manuel Gil, Ricardo Gullón, Francisco Ayala, Rafael Conte, Víctor Fuentes y Domingo Ródenas de Moya, cuyas citas se engarzan en el diálogo directo que mantienen Domínguez Lasierra y Jarnés, salpicado de referencias autobiográficas extraídas de sus propias obras ordenadas cronológica y temáticamente que sirven de hilo conductor a esta conversación coral poliédrica, dinámica y fresca sobre su experiencia existencial, personalidad, pensamiento y obra de extraordinaria originalidad en la que se conjuga con habilidad el rigor científico y la divulgación, la agilidad expositiva y la profundidad de análisis, evitando de esta forma fatigar al lector con el farragoso aparato crítico propio del género, al tiempo que se atribuye de esta ingeniosa manera los hallazgos y afirmaciones a cada uno de los estudiosos jarnesianos.

         Muy apreciado en su momento, colaborador destacado de publicaciones como Revista de Occidente y La Gaceta Literaria, entre otras; narrador imitado por los jóvenes, considerado casi un “guía generacional” por los escritores noveles que comenzaban a foguearse a principios de los años treinta, el corte abrupto de la Guerra Civil supuso para él no solo la distancia del exilio sino también el inicio de un progresivo olvido que culmina casi en desprecio absoluto de su obra acusándola de “deshumanizada”, cuando los otrora rendidos admiradores, caso de Max Aub, definían su narrativa como “cagarrita literaria”, si bien una década antes le pedía reverencialmente su bendición para el manuscrito de su extenso relato, Luis Álvarez Petreña, con las siguientes entusiastas palabras: “Tengo un interés extraordinario porque tú, novelista de verdad, me digas si esto es una novela. Una novela de nuestro tiempo y nuestra generación”. Las causas de ese radical cambio -una cumplida venganza-, nos las detalla Domínguez Lasierra en el capítulo significativamente titulado: “Max Aub: el origen de una inquina”.

         El propio Jarnés explicaba las causas de su posterior caída en desgracia junto con la de su generación por su “carácter de risueña y audaz rebeldía”, por haber querido “elevar el nivel del arte, por los arduos caminos de la inteligencia, por los delgados caminos de la sensibilidad…”, por todo ello se les acusaba de los “delitos de frivolidad, de inutilidad…” Su culpa fue pues la de mantener su independencia de pensamiento (no ser sectario ni tener una marcada afiliación política, aunque defendió la República y se tuvo que exiliar) y sus formulaciones estéticas, basadas en la sensualidad y el vitalismo de un mundo creativo en constante erupción vinculado a las corrientes de la literatura contemporánea más renovadoras.

         La lenta recuperación de su memoria, su paulatina incorporación a la historia de la literatura hispana vendría de la mano de sus amigos Gullón e Ildefonso, y de los espaldarazos de Fuentes, Zuleta, Martínez Latre y, fundamentalmente, del Congreso del Centenario de 1988, organizado por la Institución Fernando el Católico. Pero vayamos por partes: Lasierra nos habla de su paso por el seminario y su sólida formación humanística; de su carrera militar por razones de supervivencia, siempre en conflicto con su imperiosa necesidad de tiempo para consagrarse a la literatura; de su búsqueda de identidad y del nacimiento de su vocación; de su soledad inicial tras su llegada a Madrid y primeros contactos con el mundillo literario; de su lenta y progresiva notoriedad hasta llegar a ejercer un verdadero magisterio; del influjo de Stendhal en su obra; de su concepción lírico-intelectual de la novela, fragmentaria y construida esencialmente sobre sensaciones y motivos; de su evolución narrativa desde un máximo de preocupación por el estilo de sus primeras novelas hasta focalizar su atención en la estructura de las últimas, así como de la importancia de lo autobiográfico en casi todas ellas; de su amor por Aragón; de sus relaciones con los poetas del 27; de sus amores prohibidos; de ese 1929, año de la cúspide de su prestigio e inicio de su paulatino declive; de su exilio y enfermedad; de su regreso a España y muerte en 1949.

         Domínguez Lasierra cierra esta biografía de referencia, híbrido entre creación y ensayo, un “género intermedio” entre la tesis doctoral y la obra de arte literaria, con unos útiles anexos, que incluyen  un original “Colofón sobre un informe”, homenaje a Gregoria, el Amor en la vida de Jarnés, quien continúa su metaliteraria conversación con Domínguez Lasierra, biografiado y biógrafo frente a frente, juzgando su propia biografía: valorándola, catalogándola, analizándola y anticipando qué cuestiones quedan en el tintero pendientes de estudio para completarla satisfactoriamente; una entrevista publicada en 2013 en el Heraldo al autor; una reseña de la edición de la última aportación de Jarnes al cine, Cita de Ensueños (Figuras del Cinema), realizada por Jose María Conget y una detallada biocronología que se extiende más allá del año de su muerte, marcando los hitos más relevantes de la recuperación de su memoria y obra.

         Este Benjamín Jarnés, en su río fiel es lectura imprescindible para todo aquel que quiera tener una verdadera Aproximación a la biografía del prosista mayor de la generación del 27, y supone también un paso más en la reivindicación de un escritor atemporal, que aún hoy no goza del lugar que merece en nuestra literatura.

 

JUAN DOMÍNGUEZ LASIERRA, Benjamín Jarnés, en su río fiel. Aproximación a la biografía del prosista mayor de la generación del 27, Zaragoza, Erial Ediciones, 2021.

        

        

 

jueves, 10 de febrero de 2022

 FRANCISCO CALÉS, MÚSICA UNIVERSAL CON RAÍCES ESPAÑOLAS



         El pasado año, con el apoyo económico del Gobierno de Aragón (Departamento de Educación, Cultura y Deporte) y la colaboración de la SGAE, se editaba un CD en el que se rescataba del olvido más absoluto la figura del compositor zaragozano Francisco Calés (1886-1957), poniendo a nuestra disposición sus dos sinfonías grabadas por el maestro y musicólogo José Luis Temes –Premio Nacional de Música– con la Orquesta de Córdoba y el excelente trabajo técnico de Javier Monteverde.

         Más de cien años han tenido que pasar para que llegaran hasta nosotros las excepcionales composiciones del aragonés, perteneciente a la llamada “Generación de Maestros de Manuel de Falla y Joaquín Turina”, formado en Madrid bajo el magisterio, entre otros, de Tomás Bretón y Emilio Serrano. Se inició muy joven en la composición musical, pero ante la imposibilidad de vivir de ello, en 1913 ingresó en el Cuerpo de Directores de Música del Ejército, para el que compuso, entre otras obras, la famosa marcha militar legionaria, Tercios Heroicos. Hacia 1931 abandonó la milicia para dedicarse por entero a la enseñanza, de manera que a partir de 1942 fue profesor de solfeo del Real Conservatorio de Madrid.

         Sus primeras composiciones fueron Rosignola, La fiesta de las rosas, Impresiones sinfónicas, el Scherzo en sol menor (estrenado en 1908 bajo la dirección de Bretón) y el Poema Helénico sobre Dafnis y Cloe. Además de las sinfonías objeto de esta reseña, dentro de su actividad compositiva destacan también su Misa solemne en Do menor, interpretada en la catedral de Madrid en 1913, y sus óperas, El miserere de las montañas (1913), Las sombras del bosque (1914), con la que obtuvo el Premio de Roma otorgado por la Real Academia de Bellas Artes, y La del pañuelo blanco, ópera en un acto premiada en el concurso del Estado del año 1924.

         Las dos obras aquí presentadas son composiciones de juventud, la Sinfonía I es de 1912, con la que ganó el concurso del Círculo de Bellas Artes de Madrid y se estrenó en 1915, en el Teatro Price de Madrid, obteniendo un éxito importante. No así la Segunda, de 1916, que tuvo que esperar hasta el año 2010 para ser interpretada por primera vez por la Orquesta Sinfónica de Castilla-León bajo la dirección de José Luis Temes.

         La Sinfonía I es un ejercicio de estilo tardo romántico en el que el compositor, dominado por el ímpetu juvenil de quien quiere mostrar todo su saber, con un primer y un último tiempo de largas dimensiones, manifiesta múltiples influencias que van desde la exaltación romántica de esa colosal apertura con violines del primero, “Allegro appasionato”, pasando por Brahms y Strauss –evidente en el segundo, “Adagio Molto”–, hasta llegar a Mahler en su final, “Allegro giusto”.

         La Sinfonía II, mucho más personal y moderna, evidencia un Calés sin complejos que, seguro de su técnica, indaga –de forma tan misteriosa como increíble para un compositor español de su época–, en los caminos de la modernidad y las vanguardias, introduciendo y mezclando de forma prodigiosa resonancias de jazz, hasta el punto de que parece anticiparse en algunos momentos a la música de George Gershwin presente en las películas de Hollywood, que alcanza su apoteosis en un final brillante propio de las grandes bandas sonoras del mejor cine de los años cuarenta y cincuenta, pero sin olvidar los guiños al pasado hispanoárabe, ese estereotipo musical que podíamos denominar “Alhambrista”.

         Ambas sinfonías muestran a un compositor con facilidad para la orquestación, melodista refinado con buen gusto y poderoso en la exposición de los temas, que en modo alguno renuncia a sus orígenes hispanos, de manera que podríamos afirmar que pretende hacer música universal sin renunciar en absoluto a sus raíces.

         El trabajo de José Luis Temes –a quien debemos gran parte del análisis musicológico aquí presentado– al frente de la Orquesta de Córdoba es de enorme calidad, define con precisión los detalles e identifica y señala los planos sonoros de unas obras muy interesantes, que no merecían el castigo del ostracismo en el que se hallaban, y que estamos seguros se incorporarán con este extraordinario trabajo al repertorio de las orquestas nacionales, y esperemos que también de las internacionales.



martes, 1 de febrero de 2022

PRESENTACIONES DEL LIBRO, "ELVIRA DE HIDALGO, DE PRIMA DONNA A MAESTRA DE MARIA CALLAS"

 

TERUEL


La presentación en Teruel fue todo un éxito. Gracias a todos los amigos que tuvieron la amabilidad de acompañarnos, al Instituto de Estudios Turolenses y a su director, Nacho Escuín. También, como siempre, gracias al Museo de Teruel por ceder su coqueta sala. Agradezco, cómo no, al público presente y a las improvisadas fotógrafas, Elena Salvador y Chelo García:

























domingo, 16 de enero de 2022

 

         ¿SUEÑAN LOS POETAS CON VERSOS ELÉCTRICOS? O EL TIRO DE GRACIA (Y MOSTEO).




         José Luis Gracia Mosteo es un diesel de la literatura, un escritor tan heterodoxo como inclasificable, un francotirador de las letras con una insólita puntería, puede matar al palomo a metros de distancia, disparar  a quemarropa sobre su propio perro de caza o darse un tiro en el pie sin decir oxte ni moxte.

         Lo ha trabajado todo o casi todo: la crítica literaria, el ensayo, la novela y, de manera especial, la poesía. Me atrevería a decir que es un poeta novelista, un crítico poeta y un ensayista poético, vamos, que por encima de todo es un poeta, un poeta y un provocador, pertinaz lector de los malditos -ergo le gusta el malditismo-, hace méritos diarios para formar parte de su nómina y toda su obra en conjunto lo avala, pero son tarjetas de presentación inmejorables para merecer un lugar destacado entre ellos en el Parnaso sus poemarios, Blues de los bajos fondos (2009), Romancero negro (2017) y La pierna ortopédica de Rimbaud (2018).

         Como su extravagante inspector Barraqueta, una suerte de José Luis Torrente aragonés, pero más humano y somarda, protagonista de sus novelas negras, El asesino de Zaragoza (2001) y El rock de la dulce Jane (2005), José Luis –Gracia, no Torrente- lee poesía en el excusado, donde gusta de unir “panteísmo y cultura” cada vez que el recto le pide “una oportunidad a la paz”, y solo cuando es buena la pasa al salón o a la alcoba. Fruto de estas lecturas de toda una vida, pues todos somos sabedores que es de obligado cumplimiento para la salud el obrar diariamente, es su erudición poética en general y su conocimiento de la poesía contemporánea en particular, y como consecuencia de esa conjunción de vaciado físico y llenado espiritual, en un ejercicio de decantación y síntesis espectacular, escribe su último ensayo, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI, que él mismo define como “una cata de poetas vivos con sus obras más representativas; un termómetro para medir la temperatura de la poesía en el tránsito del XX al XXI…”

         Como podrán intuir por lo escrito hasta aquí, tres son las características fundamentales de la escritura de Gracia Mosteo: ironía, que en ocasiones deviene en sarcasmo o humor somarda, ese fluorhídrico tan aragonés, tan corrosivo, con retranca y sin perfil definido; presencia omnipresente de la metaliteratura y, por último, uso de una prosa lírica y muy cuidada sea cual sea el género que practique, asentada siempre en sólidos cimientos que se fundamentan en su amor por la poesía, la precisión y belleza en el uso del lenguaje y unos profundos conocimientos literarios, que presenta con brillantez, inteligencia y sin afectación alguna, ahora bien, con la autoridad de quien ha leído y escrito poesía toda su vida.

         José Luis no quiere cansar al lector con un manual al uso, sabe, siguiendo el aforismo gracianesco, que “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo” y en apenas 150 páginas, trufadas de vivencias personales y anécdotas desopilantes, presenta sin miedo y sin pelos en la lengua la evolución de la poesía en el siglo XXI. No se encoge ante los grandes nombres, saca la fusta y atiza a diestro y siniestro: ¿es toda la poesía de Alberti digna de pasar a la historia? ¿Es Luis García Montero un gran poeta? ¿Están los poemas de los críticos poetas, caso de José Luis García Martín a la altura de sus propias críticas? ¿Quiénes son los poetas raros en estos tiempos rarunos? ¿Y los clásicos, y los posmodernos, y los nuevos realistas,  y los extraviados…? ¿Son los instapoetas realmente poetas? Como él mismo señala, le gusta “humanizar los mitos. Bajarlos del pedestal y largarles un puntapié a ver qué hay debajo de la escayola”.

         En este sentido, para dejar las cosas claras, nada más comenzar su ensayo, se autorretrata con precisa sinceridad y se declara “un ácrata civilizado que no soporta la autoridad pero que ha tenido que moderarse para que, en su viaje profesional de profesor a escritor, pasando por crítico literario, pudiera sobrevivir; ha tenido la precaución de dejar las cerillas en casa para evitar tentaciones, algo que ha cambiado al llegar a la edad provecta, de modo que, cuando glosa un libro, prefiere el humo de la hoguera al incienso.” Así, por poner algún ejemplo,  a José Luis García Martín, sin temblarle el pulso, lo describirá como “… un intocable en su púlpito de director de la revista literaria Clarín; un profesor que ha fustigado la mala literatura cual Pat Garrett literario que donde pone la crítica pone el tiro; un miembro del jurado del Premio Príncipe de Asturias que, si te atreves a desafiarle, te puede condenar a Príncipe de Beckelar, o sea, de las galletas, menos mal que uno prefiere el pan tostado.”

         Pero no todo son varapalos, también hay amor, emoción y profunda admiración por muchos de ellos, con retratos poéticos hermosos y acertados: “Luis Alberto de Cuenca es un conservador civilizado […] el Cary Grant de la poesía que hubiera querido ser John Wayne si hubiera nacido en el campo; un hombre de bien que sabe cantar con brillantez: Vir bonus, dicendi peritus; un sir Lancelot du Lac con bolígrafo en lugar de con espada; la reencarnación de Meleagro, pero con corbata…”. A Luis Antonio de Villena lo define como “esteticista y amoral, pero también galante y delicado… dignísimo discípulo de Constantino Cavafis; un epígono de Calímaco y la poesía helenística; un tataranieto de Catulo; alguien que vive y canta con distinción; un poeta rehén de sus apetencias; un escritor erudito con aires de noble tronado; un autor urbano refinado; una víctima más de la belleza…escritor que sueña con ser el nuevo Óscar Wilde.”

         Presenta críticas elogiosas: “Antón Castro ha escrito un poemario tan clásico como posmoderno; un libro al que solo le sobran cuatro líneas para ser redondo. Antón Castro no me ha invitado nunca a café, pero lo prefiero pues me permite mantener la libertad de apuñalarle con el papel si escribe mal. No ha compartido nunca mantel conmigo, pero lo prefiero pues su literatura me revela a un escritor delicado al que se le pueden confiar los secretos más graves. No me ha invitado nunca a beber, pero no puedo evitar decir que es una gran voz, aunque la amortigüen los poetas que avillanan la literatura de hoy. Antón Castro ha escrito un libro titulado Vino del mar que embriaga de poesía al lector, por lo que voy a guardar las cerillas.” Incluso dedica encendidos homenajes de admiración a escritores como Alfredo Castellón,  Ángel Guinda o José Luis Melero, ese “Sherlock Holmes de la literatura”, ese “minero literario al que solo le falta el candil y la mula, mientras va cantando de covacha en covacha con un saco colgado al hombro al que va echando los libros y las vidas que lee…”

         El ensayo concluye, a modo de epílogo, con las siete plagas “mosteicas” –al final son diez- de la poesía actual, analiza con poética brillantez los peligros de las redes sociales (“son la manzana de Eva… un vomitorio donde descargan sus pulsiones; un ring donde bajan la guardia; un foro donde los más veteranos se degradan; un patio de vecinos que nunca visitaría Borges –tan contenido como perfeccionista-, pero sí Neruda, -tan torrencial como impetuoso-; si hay un sitio tan peligroso en poesía, se llama Facebook, pero también Twiter e Instagram, vallas de marketing gratuito pero trampa mortal para los impulsivos.”)

         La verdadera crítica, la auténtica, agoniza o puede que haya muerto hace ya algún tiempo (“Las verdades de la vida. Alterar la evolución de un sistema orgánico es fatal”, apostillo citando del excelente film de Ridley Scott basado en el relato de Philip K. Dick al que alude el título de este ensayo de este cazador de replicantes poéticos que es Gracia Mosteo) Este es un libro valiente (“Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo”), con buena prosa y conocimiento de causa (“Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”), se esté o no de acuerdo con sus afirmaciones -cáusticas, aceradas, vitriólicas...- hemos de reconocer que hacía falta, no dejará indiferente a nadie y tal vez despierte muchas conciencias críticas. No olvidemos que José Luis Gracia Mosteo ha venido para traer la paz al mundo (“Nuestro lema es: más humanos que los humanos.”).

         ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI es un ensayo tan arriesgado como ameno, es un estudio para convenir o disentir, para tirarle tomates a su autor o invitarlo a café, pero de lo que estamos seguros es que lo leerán de un tirón. Nosotros, por nuestra parte, lo invitaremos a un vaso de bon vino, como pedía el bueno de Gonzalo de Berceo por su trabajo, en la confianza de no merecer por esta reseña el famoso tiro de Gracia (y Mosteo) del dardo de su palabra con el que ya amenaza en una inminente publicación futura.

ESTA RESEÑA HA SIDO PUBLICADA EN EL DIARIO DE TERUEL

lunes, 3 de enero de 2022

MUJERES Y DIVAS: ELVIRA DE HIDALGO Y MARIA CALLAS

 

Aquí un anticipo del contenido de mi libro sobre Elvira de Hidalgo. Espero que os guste.




"De Hidalgo no fue una maestra al uso, enseñaba empíricamente desde sus propias habilidades interiorizadas desde niña cuando fue educada en la técnica del bel canto por el maestro Melchor Vidal y puestas en práctica como prima donna con las últimas grandes voces de esa escuela, Bonci, Battistini, Navarrini…, pero también con las mejores de los nuevos gustos veristas, empezando por el gran Caruso y siguiendo por los inigualables Ruffo o Chaliapin. Por eso sus grandes logros solo se produjeron cuando tenía delante estudiantes con un excepcional talento natural, capaces de reproducir miméticamente, por imitación, su forma de entender e interpretar el canto: Constantino Ego, Giorgio Kokolios-Bardy, Silvana Bocchino, Zoe Vlachopoulos,  Ana María Iriarte, María Dolores Ripollés, Lluís Andreu, María Uriz y… claro está, Maria Callas.

De Hidalgo no se limitó a educar su voz, le explicó también la importancia de la puesta en escena y la necesidad de dotar de sentido artístico y dramático a los personajes; a ser elegante, dentro y fuera del escenario (“Una diva, además de cantar e interpretar, tiene que ser una diosa en la vida cotidiana”), la puso en manos de su hermano Luis y de Biki Milán para que la convirtieran en la Audrey Hepburn de la ópera, en la mujer más elegante del año 57 y, lo más importante, como reconocería la Callas, no solo les enseñó a cantar, “sino a que cantáramos mejor que nadie. Esa es la diferencia entre buenos profesores y grandes profesores: los buenos profesores sacan el máximo partido de las capacidades de un alumno: los grandes profesores son capaces de prever sus metas. Elvira de Hidalgo vio que yo cantaría mejor Bellini y Donizetti, en parte porque su música me atraía. Así que me orientó hacia ellos”.

Llegó incluso a ser su consejera sentimental y se lo advirtió: “Ese hombre no te conviene, come la ensalada con las manos”, pero el corazón no atiende a razones... Y la nave va, se arrojaron sus cenizas al Egeo dejando tras de sí una estela de polvo de estrellas y una rosa con su nombre florece todas las primaveras en el Parque Bagatelle de París."