CASABLANCA

CASABLANCA
FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

viernes, 8 de abril de 2022

 

DISTÓPICO MUNDO PRESENTE

 

           


En Fahrenheit 451, Ray Bradbury pretendía explicar qué es el hombre, qué necesita para vivir o cómo se comporta ante el poder o ante las demás personas. En esta novela se describe cómo un régimen totalitario utiliza los medios de comunicación para difundir su mensaje y doblegar a la sociedad suministrándole placeres inmediatos y proponiéndole métodos de entretenimiento constantes con los que evadirse y no pensar en nada, de esta manera, conseguía arrebatar a los ciudadanos todas aquellas cosas imprescindibles para constituirse como seres libres: cultura,  libros, ideales… Este mundo distópico de Bradbury es el que César Antonio Molina plantea ya como realidad en su última obra, de irónico título, ¡Qué bello será vivir sin cultura!, un ensayo en el que mezcla con mano maestra, prosa límpida e ingente saber, memorias personales, relatos, reflexión filosófica, teoría literaria  y cientos de lecturas de todo tipo, para demostrar fehacientemente que ya vivimos en nuestras propias carnes, o debería decir mejor mentes, la “tiranía del algoritmo” (en el sentido de que sus parámetros están regidos por criterios economicistas y antihumanistas), de manera que “ni siquiera los totalitarismos más salvajes del siglo XX, como el nazismo o el estalinismo, pudieron colonizar al ser humano libre, y ahora puede ocurrir.”

            ¿Caminamos mansamente hacia una sociedad de vigilancia masiva en la que se manipula la información para tener a la gente controlada, para convertirnos en meros consumidores anulando nuestra capacidad de pensar, de decidir por nosotros mismos, cercenando nuestra libertad como ciudadanos tal y como se refleja en 1984? Orwell imaginó un mundo posrevolucionario donde todo lo que existía antes de la revolución fundacional de 1984 (los valores humanistas, las formas de relacionarse, el debate público, la libertad de expresión, la cultura…) fue abolido y olvidado, de alguna manera, esto es lo que se denuncia en este ensayo: vivimos en una realidad que hasta hace tan solo unos años era imaginada por los escritores y pensadores como distopía, si bien, filósofos como  Adorno y Horkheimer ya nos anticiparon los males de la cultura de masas, en la que el genio creador y los verdaderos humanistas serían sustituidos por “especialistas”. Del “homo sapiens” hemos pasado al “pantalicus”: un ser humano controlado por la tecnología. De hecho, podríamos afirmar que vivimos en una sociedad como la descrita por los hermanos Wachowski en Matrix, en la cual los humanos no saben si lo que viven es real o un sueño, las máquinas -el “Genio Maligno” de Descartes- están creando una realidad virtual malvada que se confunde con la auténtica.

            Los capítulos, enunciados a modo de irónicas letanías o mantras, evidencian la presencia ya en nuestras vidas de muchos de los temores anticipados por Huxley en Un mundo feliz: que nos den tanta información que nos veamos reducidos a la pasividad y al egotismo; que la verdad se oculte, se tergiverse o, lo que es peor, se ahogue en un mar de irrelevancia; que la cultura sea cautiva y se trivialice, preocupada por los sensoramas, las orgías latrías, la pelota centrífuga, etc., o, simplemente, desaparezca por completo bajo los efectos del “soma” virtual, internet, ese “libro de arena” utilizado por la mayoría única y exclusivamente para buscar información, olvidando lo esencial, que la auténtica sabiduría se adquiere con “silencio, atención, reflexión, interpretación, memoria, etc.”

            Pero que nadie interprete que está en contra de la tecnología (“muy necesaria para el desarrollo del mundo y de la que participo”) ni contra el desarrollo humano, su crítica se dirige hacia el totalitarismo tecnológico que nos imponen las grandes multinacionales que vigilan nuestras vidas para anularnos como personas y convertirnos en meros consumidores. A diferencia de la distopía de Orwell, en la que se domina a la gente infligiéndole dolor, César Antonio Molina, como Huxley, plantea que en nuestra salvaje sociedad capitalista, el control se basa en el placer y la evasión, pues “este nuevo y renovado totalitarismo es más inteligente, controla ya todos nuestros sistemas de comunicación, amenaza los de relación y la forma de relacionarnos los unos con los otros”. Y para conseguir este fin, se debe acabar con la “lectura profunda”, la “escritura creadora y el libro”, volvemos a Bradbury: “Al leer los hombres empiezan a ser diferentes, cuando deben ser iguales, lo que es el objetivo del Gobierno, que vela por que los ciudadanos sean felices para que así no cuestionen sus acciones y rindan en su trabajo”, de esta forma, convertido el mundo globalizado en un desierto cultural, “sin editores, sin editoriales, sin librerías, sin críticos ni ensayistas, sin criterios estéticos”, se consumará la ya iniciada “revolución democrática sobre la tiranía del genio” y se hará realidad la siguiente cita de Woody Allen en la que resume de forma sarcástica las 1.300 páginas de la más universal novela de Tolstoi: “He hecho un curso de lectura rápida y he leído Guerra y paz en veinte minutos. Habla de Rusia. “

            La distopía es ya presente, pero como en la excelente y navideña película de Capra -homenajeada en el título-, nunca es tarde, ni todo está perdido, existe una segunda oportunidad y Dios, que en el caso de César Antonio Molina, citando a Eco, “es una biblioteca”, nos aporta la solución que él mismo avanza en el subtítulo de su ensayo, ahora ya sin ironía, sino como afirmación contundente: La cultura como antídoto frente a los peligros de la idiotización. Todavía estamos a tiempo de aplicarla: como Guy Montag, el personaje de Bradbury, debemos ser conscientes de hacia dónde estamos caminando y rectificar para salvarnos como seres pensantes y libres, como Neo en Matrix, debemos elegir entre “la pastilla roja o azul” pero ¡ojo! Sartre ya nos lo advirtió: “Si no elijo, también elijo”.

            Resulta paradójico descubrir el doloroso contraste entre la muchedumbre de esclavos griegos ilustrados y el analfabetismo obligatorio de civilizaciones posteriores, incluida la nuestra, donde el analfabeto funcional comienza a ser predominante.

            Qué bello será vivir sin cultura es una apasionada declaración de amor a las bibliotecas, a los libros físicos, a la lectura, a la literatura, a la filosofía, al arte, el viaje como conocimiento… Propugna la vuelta a las Humanidades, a la Cultura, en suma, a la esencia de los seres humanos, que en acertada definición de Emilio Lledó, “somos palabra, comunicación, lenguaje escrito y hablado”, por consiguiente, un animal que lee y piensa. Y solo recuperando esta esencia, dejaremos de ser “esclavos digitales” y podremos volver a vivir en libertad.- 

RESEÑA PUBLICADA EN LA REVISTA CULTURAL TURIA


César Antonio Molina, ¡Qué bello será vivir sin cultura!, Barcelona, Ediciones Destino, 2021.

viernes, 1 de abril de 2022

 

VINDICACIÓN DE BENJAMÍN JARNÉS







         Benjamín Jarnés, en su río fiel es una biografía atípica del especialista jarnesiano, Domínguez Lasierra, quien ha dedicado varias publicaciones al escritor de Codo, en su mayor parte de contenido bibliográfico, así pues estamos ante una continuación lógica de una “obra en marcha” que recorre a lo largo de sus 470 páginas la trayectoria vital del que es sin ningún género de dudas el novelista más importante de cuantos se iniciaron en la aventura de una “nueva novela” dentro de la denominada “generación de 1927”.

         Lo “atípico” de esta biografía editada por Erial Ediciones lo explica el propio autor en el exordio del libro titulado “Deuda”: “Jarnés ha escrito este libro –‘estas notas, este pequeño ensayo biográfico, esta vida que se pretende contar’-, del que soy amanuense. Pero también lo han escrito ellos, mis maestros jarnesianos”, y entre estos cita a Emilia de Zuleta, María Pilar Martínez Latre, Ildefonso-Manuel Gil, Ricardo Gullón, Francisco Ayala, Rafael Conte, Víctor Fuentes y Domingo Ródenas de Moya, cuyas citas se engarzan en el diálogo directo que mantienen Domínguez Lasierra y Jarnés, salpicado de referencias autobiográficas extraídas de sus propias obras ordenadas cronológica y temáticamente que sirven de hilo conductor a esta conversación coral poliédrica, dinámica y fresca sobre su experiencia existencial, personalidad, pensamiento y obra de extraordinaria originalidad en la que se conjuga con habilidad el rigor científico y la divulgación, la agilidad expositiva y la profundidad de análisis, evitando de esta forma fatigar al lector con el farragoso aparato crítico propio del género, al tiempo que se atribuye de esta ingeniosa manera los hallazgos y afirmaciones a cada uno de los estudiosos jarnesianos.

         Muy apreciado en su momento, colaborador destacado de publicaciones como Revista de Occidente y La Gaceta Literaria, entre otras; narrador imitado por los jóvenes, considerado casi un “guía generacional” por los escritores noveles que comenzaban a foguearse a principios de los años treinta, el corte abrupto de la Guerra Civil supuso para él no solo la distancia del exilio sino también el inicio de un progresivo olvido que culmina casi en desprecio absoluto de su obra acusándola de “deshumanizada”, cuando los otrora rendidos admiradores, caso de Max Aub, definían su narrativa como “cagarrita literaria”, si bien una década antes le pedía reverencialmente su bendición para el manuscrito de su extenso relato, Luis Álvarez Petreña, con las siguientes entusiastas palabras: “Tengo un interés extraordinario porque tú, novelista de verdad, me digas si esto es una novela. Una novela de nuestro tiempo y nuestra generación”. Las causas de ese radical cambio -una cumplida venganza-, nos las detalla Domínguez Lasierra en el capítulo significativamente titulado: “Max Aub: el origen de una inquina”.

         El propio Jarnés explicaba las causas de su posterior caída en desgracia junto con la de su generación por su “carácter de risueña y audaz rebeldía”, por haber querido “elevar el nivel del arte, por los arduos caminos de la inteligencia, por los delgados caminos de la sensibilidad…”, por todo ello se les acusaba de los “delitos de frivolidad, de inutilidad…” Su culpa fue pues la de mantener su independencia de pensamiento (no ser sectario ni tener una marcada afiliación política, aunque defendió la República y se tuvo que exiliar) y sus formulaciones estéticas, basadas en la sensualidad y el vitalismo de un mundo creativo en constante erupción vinculado a las corrientes de la literatura contemporánea más renovadoras.

         La lenta recuperación de su memoria, su paulatina incorporación a la historia de la literatura hispana vendría de la mano de sus amigos Gullón e Ildefonso, y de los espaldarazos de Fuentes, Zuleta, Martínez Latre y, fundamentalmente, del Congreso del Centenario de 1988, organizado por la Institución Fernando el Católico. Pero vayamos por partes: Lasierra nos habla de su paso por el seminario y su sólida formación humanística; de su carrera militar por razones de supervivencia, siempre en conflicto con su imperiosa necesidad de tiempo para consagrarse a la literatura; de su búsqueda de identidad y del nacimiento de su vocación; de su soledad inicial tras su llegada a Madrid y primeros contactos con el mundillo literario; de su lenta y progresiva notoriedad hasta llegar a ejercer un verdadero magisterio; del influjo de Stendhal en su obra; de su concepción lírico-intelectual de la novela, fragmentaria y construida esencialmente sobre sensaciones y motivos; de su evolución narrativa desde un máximo de preocupación por el estilo de sus primeras novelas hasta focalizar su atención en la estructura de las últimas, así como de la importancia de lo autobiográfico en casi todas ellas; de su amor por Aragón; de sus relaciones con los poetas del 27; de sus amores prohibidos; de ese 1929, año de la cúspide de su prestigio e inicio de su paulatino declive; de su exilio y enfermedad; de su regreso a España y muerte en 1949.

         Domínguez Lasierra cierra esta biografía de referencia, híbrido entre creación y ensayo, un “género intermedio” entre la tesis doctoral y la obra de arte literaria, con unos útiles anexos, que incluyen  un original “Colofón sobre un informe”, homenaje a Gregoria, el Amor en la vida de Jarnés, quien continúa su metaliteraria conversación con Domínguez Lasierra, biografiado y biógrafo frente a frente, juzgando su propia biografía: valorándola, catalogándola, analizándola y anticipando qué cuestiones quedan en el tintero pendientes de estudio para completarla satisfactoriamente; una entrevista publicada en 2013 en el Heraldo al autor; una reseña de la edición de la última aportación de Jarnes al cine, Cita de Ensueños (Figuras del Cinema), realizada por Jose María Conget y una detallada biocronología que se extiende más allá del año de su muerte, marcando los hitos más relevantes de la recuperación de su memoria y obra.

         Este Benjamín Jarnés, en su río fiel es lectura imprescindible para todo aquel que quiera tener una verdadera Aproximación a la biografía del prosista mayor de la generación del 27, y supone también un paso más en la reivindicación de un escritor atemporal, que aún hoy no goza del lugar que merece en nuestra literatura.

 

JUAN DOMÍNGUEZ LASIERRA, Benjamín Jarnés, en su río fiel. Aproximación a la biografía del prosista mayor de la generación del 27, Zaragoza, Erial Ediciones, 2021.

        

        

 

jueves, 10 de febrero de 2022

 FRANCISCO CALÉS, MÚSICA UNIVERSAL CON RAÍCES ESPAÑOLAS



         El pasado año, con el apoyo económico del Gobierno de Aragón (Departamento de Educación, Cultura y Deporte) y la colaboración de la SGAE, se editaba un CD en el que se rescataba del olvido más absoluto la figura del compositor zaragozano Francisco Calés (1886-1957), poniendo a nuestra disposición sus dos sinfonías grabadas por el maestro y musicólogo José Luis Temes –Premio Nacional de Música– con la Orquesta de Córdoba y el excelente trabajo técnico de Javier Monteverde.

         Más de cien años han tenido que pasar para que llegaran hasta nosotros las excepcionales composiciones del aragonés, perteneciente a la llamada “Generación de Maestros de Manuel de Falla y Joaquín Turina”, formado en Madrid bajo el magisterio, entre otros, de Tomás Bretón y Emilio Serrano. Se inició muy joven en la composición musical, pero ante la imposibilidad de vivir de ello, en 1913 ingresó en el Cuerpo de Directores de Música del Ejército, para el que compuso, entre otras obras, la famosa marcha militar legionaria, Tercios Heroicos. Hacia 1931 abandonó la milicia para dedicarse por entero a la enseñanza, de manera que a partir de 1942 fue profesor de solfeo del Real Conservatorio de Madrid.

         Sus primeras composiciones fueron Rosignola, La fiesta de las rosas, Impresiones sinfónicas, el Scherzo en sol menor (estrenado en 1908 bajo la dirección de Bretón) y el Poema Helénico sobre Dafnis y Cloe. Además de las sinfonías objeto de esta reseña, dentro de su actividad compositiva destacan también su Misa solemne en Do menor, interpretada en la catedral de Madrid en 1913, y sus óperas, El miserere de las montañas (1913), Las sombras del bosque (1914), con la que obtuvo el Premio de Roma otorgado por la Real Academia de Bellas Artes, y La del pañuelo blanco, ópera en un acto premiada en el concurso del Estado del año 1924.

         Las dos obras aquí presentadas son composiciones de juventud, la Sinfonía I es de 1912, con la que ganó el concurso del Círculo de Bellas Artes de Madrid y se estrenó en 1915, en el Teatro Price de Madrid, obteniendo un éxito importante. No así la Segunda, de 1916, que tuvo que esperar hasta el año 2010 para ser interpretada por primera vez por la Orquesta Sinfónica de Castilla-León bajo la dirección de José Luis Temes.

         La Sinfonía I es un ejercicio de estilo tardo romántico en el que el compositor, dominado por el ímpetu juvenil de quien quiere mostrar todo su saber, con un primer y un último tiempo de largas dimensiones, manifiesta múltiples influencias que van desde la exaltación romántica de esa colosal apertura con violines del primero, “Allegro appasionato”, pasando por Brahms y Strauss –evidente en el segundo, “Adagio Molto”–, hasta llegar a Mahler en su final, “Allegro giusto”.

         La Sinfonía II, mucho más personal y moderna, evidencia un Calés sin complejos que, seguro de su técnica, indaga –de forma tan misteriosa como increíble para un compositor español de su época–, en los caminos de la modernidad y las vanguardias, introduciendo y mezclando de forma prodigiosa resonancias de jazz, hasta el punto de que parece anticiparse en algunos momentos a la música de George Gershwin presente en las películas de Hollywood, que alcanza su apoteosis en un final brillante propio de las grandes bandas sonoras del mejor cine de los años cuarenta y cincuenta, pero sin olvidar los guiños al pasado hispanoárabe, ese estereotipo musical que podíamos denominar “Alhambrista”.

         Ambas sinfonías muestran a un compositor con facilidad para la orquestación, melodista refinado con buen gusto y poderoso en la exposición de los temas, que en modo alguno renuncia a sus orígenes hispanos, de manera que podríamos afirmar que pretende hacer música universal sin renunciar en absoluto a sus raíces.

         El trabajo de José Luis Temes –a quien debemos gran parte del análisis musicológico aquí presentado– al frente de la Orquesta de Córdoba es de enorme calidad, define con precisión los detalles e identifica y señala los planos sonoros de unas obras muy interesantes, que no merecían el castigo del ostracismo en el que se hallaban, y que estamos seguros se incorporarán con este extraordinario trabajo al repertorio de las orquestas nacionales, y esperemos que también de las internacionales.



martes, 1 de febrero de 2022

PRESENTACIONES DEL LIBRO, "ELVIRA DE HIDALGO, DE PRIMA DONNA A MAESTRA DE MARIA CALLAS"

 

TERUEL


La presentación en Teruel fue todo un éxito. Gracias a todos los amigos que tuvieron la amabilidad de acompañarnos, al Instituto de Estudios Turolenses y a su director, Nacho Escuín. También, como siempre, gracias al Museo de Teruel por ceder su coqueta sala. Agradezco, cómo no, al público presente y a las improvisadas fotógrafas, Elena Salvador y Chelo García:

























domingo, 16 de enero de 2022

 

         ¿SUEÑAN LOS POETAS CON VERSOS ELÉCTRICOS? O EL TIRO DE GRACIA (Y MOSTEO).




         José Luis Gracia Mosteo es un diesel de la literatura, un escritor tan heterodoxo como inclasificable, un francotirador de las letras con una insólita puntería, puede matar al palomo a metros de distancia, disparar  a quemarropa sobre su propio perro de caza o darse un tiro en el pie sin decir oxte ni moxte.

         Lo ha trabajado todo o casi todo: la crítica literaria, el ensayo, la novela y, de manera especial, la poesía. Me atrevería a decir que es un poeta novelista, un crítico poeta y un ensayista poético, vamos, que por encima de todo es un poeta, un poeta y un provocador, pertinaz lector de los malditos -ergo le gusta el malditismo-, hace méritos diarios para formar parte de su nómina y toda su obra en conjunto lo avala, pero son tarjetas de presentación inmejorables para merecer un lugar destacado entre ellos en el Parnaso sus poemarios, Blues de los bajos fondos (2009), Romancero negro (2017) y La pierna ortopédica de Rimbaud (2018).

         Como su extravagante inspector Barraqueta, una suerte de José Luis Torrente aragonés, pero más humano y somarda, protagonista de sus novelas negras, El asesino de Zaragoza (2001) y El rock de la dulce Jane (2005), José Luis –Gracia, no Torrente- lee poesía en el excusado, donde gusta de unir “panteísmo y cultura” cada vez que el recto le pide “una oportunidad a la paz”, y solo cuando es buena la pasa al salón o a la alcoba. Fruto de estas lecturas de toda una vida, pues todos somos sabedores que es de obligado cumplimiento para la salud el obrar diariamente, es su erudición poética en general y su conocimiento de la poesía contemporánea en particular, y como consecuencia de esa conjunción de vaciado físico y llenado espiritual, en un ejercicio de decantación y síntesis espectacular, escribe su último ensayo, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI, que él mismo define como “una cata de poetas vivos con sus obras más representativas; un termómetro para medir la temperatura de la poesía en el tránsito del XX al XXI…”

         Como podrán intuir por lo escrito hasta aquí, tres son las características fundamentales de la escritura de Gracia Mosteo: ironía, que en ocasiones deviene en sarcasmo o humor somarda, ese fluorhídrico tan aragonés, tan corrosivo, con retranca y sin perfil definido; presencia omnipresente de la metaliteratura y, por último, uso de una prosa lírica y muy cuidada sea cual sea el género que practique, asentada siempre en sólidos cimientos que se fundamentan en su amor por la poesía, la precisión y belleza en el uso del lenguaje y unos profundos conocimientos literarios, que presenta con brillantez, inteligencia y sin afectación alguna, ahora bien, con la autoridad de quien ha leído y escrito poesía toda su vida.

         José Luis no quiere cansar al lector con un manual al uso, sabe, siguiendo el aforismo gracianesco, que “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo” y en apenas 150 páginas, trufadas de vivencias personales y anécdotas desopilantes, presenta sin miedo y sin pelos en la lengua la evolución de la poesía en el siglo XXI. No se encoge ante los grandes nombres, saca la fusta y atiza a diestro y siniestro: ¿es toda la poesía de Alberti digna de pasar a la historia? ¿Es Luis García Montero un gran poeta? ¿Están los poemas de los críticos poetas, caso de José Luis García Martín a la altura de sus propias críticas? ¿Quiénes son los poetas raros en estos tiempos rarunos? ¿Y los clásicos, y los posmodernos, y los nuevos realistas,  y los extraviados…? ¿Son los instapoetas realmente poetas? Como él mismo señala, le gusta “humanizar los mitos. Bajarlos del pedestal y largarles un puntapié a ver qué hay debajo de la escayola”.

         En este sentido, para dejar las cosas claras, nada más comenzar su ensayo, se autorretrata con precisa sinceridad y se declara “un ácrata civilizado que no soporta la autoridad pero que ha tenido que moderarse para que, en su viaje profesional de profesor a escritor, pasando por crítico literario, pudiera sobrevivir; ha tenido la precaución de dejar las cerillas en casa para evitar tentaciones, algo que ha cambiado al llegar a la edad provecta, de modo que, cuando glosa un libro, prefiere el humo de la hoguera al incienso.” Así, por poner algún ejemplo,  a José Luis García Martín, sin temblarle el pulso, lo describirá como “… un intocable en su púlpito de director de la revista literaria Clarín; un profesor que ha fustigado la mala literatura cual Pat Garrett literario que donde pone la crítica pone el tiro; un miembro del jurado del Premio Príncipe de Asturias que, si te atreves a desafiarle, te puede condenar a Príncipe de Beckelar, o sea, de las galletas, menos mal que uno prefiere el pan tostado.”

         Pero no todo son varapalos, también hay amor, emoción y profunda admiración por muchos de ellos, con retratos poéticos hermosos y acertados: “Luis Alberto de Cuenca es un conservador civilizado […] el Cary Grant de la poesía que hubiera querido ser John Wayne si hubiera nacido en el campo; un hombre de bien que sabe cantar con brillantez: Vir bonus, dicendi peritus; un sir Lancelot du Lac con bolígrafo en lugar de con espada; la reencarnación de Meleagro, pero con corbata…”. A Luis Antonio de Villena lo define como “esteticista y amoral, pero también galante y delicado… dignísimo discípulo de Constantino Cavafis; un epígono de Calímaco y la poesía helenística; un tataranieto de Catulo; alguien que vive y canta con distinción; un poeta rehén de sus apetencias; un escritor erudito con aires de noble tronado; un autor urbano refinado; una víctima más de la belleza…escritor que sueña con ser el nuevo Óscar Wilde.”

         Presenta críticas elogiosas: “Antón Castro ha escrito un poemario tan clásico como posmoderno; un libro al que solo le sobran cuatro líneas para ser redondo. Antón Castro no me ha invitado nunca a café, pero lo prefiero pues me permite mantener la libertad de apuñalarle con el papel si escribe mal. No ha compartido nunca mantel conmigo, pero lo prefiero pues su literatura me revela a un escritor delicado al que se le pueden confiar los secretos más graves. No me ha invitado nunca a beber, pero no puedo evitar decir que es una gran voz, aunque la amortigüen los poetas que avillanan la literatura de hoy. Antón Castro ha escrito un libro titulado Vino del mar que embriaga de poesía al lector, por lo que voy a guardar las cerillas.” Incluso dedica encendidos homenajes de admiración a escritores como Alfredo Castellón,  Ángel Guinda o José Luis Melero, ese “Sherlock Holmes de la literatura”, ese “minero literario al que solo le falta el candil y la mula, mientras va cantando de covacha en covacha con un saco colgado al hombro al que va echando los libros y las vidas que lee…”

         El ensayo concluye, a modo de epílogo, con las siete plagas “mosteicas” –al final son diez- de la poesía actual, analiza con poética brillantez los peligros de las redes sociales (“son la manzana de Eva… un vomitorio donde descargan sus pulsiones; un ring donde bajan la guardia; un foro donde los más veteranos se degradan; un patio de vecinos que nunca visitaría Borges –tan contenido como perfeccionista-, pero sí Neruda, -tan torrencial como impetuoso-; si hay un sitio tan peligroso en poesía, se llama Facebook, pero también Twiter e Instagram, vallas de marketing gratuito pero trampa mortal para los impulsivos.”)

         La verdadera crítica, la auténtica, agoniza o puede que haya muerto hace ya algún tiempo (“Las verdades de la vida. Alterar la evolución de un sistema orgánico es fatal”, apostillo citando del excelente film de Ridley Scott basado en el relato de Philip K. Dick al que alude el título de este ensayo de este cazador de replicantes poéticos que es Gracia Mosteo) Este es un libro valiente (“Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo”), con buena prosa y conocimiento de causa (“Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”), se esté o no de acuerdo con sus afirmaciones -cáusticas, aceradas, vitriólicas...- hemos de reconocer que hacía falta, no dejará indiferente a nadie y tal vez despierte muchas conciencias críticas. No olvidemos que José Luis Gracia Mosteo ha venido para traer la paz al mundo (“Nuestro lema es: más humanos que los humanos.”).

         ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI es un ensayo tan arriesgado como ameno, es un estudio para convenir o disentir, para tirarle tomates a su autor o invitarlo a café, pero de lo que estamos seguros es que lo leerán de un tirón. Nosotros, por nuestra parte, lo invitaremos a un vaso de bon vino, como pedía el bueno de Gonzalo de Berceo por su trabajo, en la confianza de no merecer por esta reseña el famoso tiro de Gracia (y Mosteo) del dardo de su palabra con el que ya amenaza en una inminente publicación futura.

ESTA RESEÑA HA SIDO PUBLICADA EN EL DIARIO DE TERUEL