GENTE QUE ESCRIBE EN TERUEL (I)
CICLO DE "POESÍA Y MÁS"
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| FOTO: GONZALO MUÑOZ |
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| LAMBERTO ALPUENTE |
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| FABIÁN NAVARRETE |
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| JESÚS CUESTA |
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| ALICE QUINN |
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| ASUN PERRUCA |
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| TIF |
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| MIRIAM GRIMALT |
GENTE QUE ESCRIBE EN TERUEL (I)
CICLO DE "POESÍA Y MÁS"
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| FOTO: GONZALO MUÑOZ |
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| LAMBERTO ALPUENTE |
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| FABIÁN NAVARRETE |
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| MIRIAM GRIMALT |
HISTORIAS
PARA NO DORMIR
Tras
una pandemia y con una guerra en la frontera de Europa, qué mejor que comprar
un libro de Instrucciones para el fin del
mundo. Con este sugerente y comercial título hace su presentación oficial el
escritor turolense José Baldó. Coeditado por el Instituto de Estudios
Turolenses y Prames, presenta trece relatos de misterio, suspense y terror
fantástico aderezados en ocasiones con ciertas dosis de amor y humor.
La portada, una puerta entreabierta generadora
de un pasillo de luz, nos invita a seguirlo y a traspasar ese umbral para
introducirnos en otra dimensión: la de sus narraciones. Recuerda la cabecera de
la mítica serie televisiva, Historias
para no dormir, en la que el inolvidable Chicho Ibáñez Serrador adaptaba
obras literarias de terror, misterio, ciencia ficción o suspense de autores
cuyo influjo se encuentra también en los relatos de Baldó.
La obra se estructura en cuatro partes
y sus respectivas historias mantienen una relación temática anticipada en el
título genérico que las agrupa: “Al borde del abismo”, “Juego de niños”,
“(Des)amores” y “Apocalipsis ¡Ya!” De igual forma, entre los bloques se crea
una cohesión interna mediante sutiles guiños narrativos que vincula sus
contenidos y dota a todo el conjunto de unidad y coherencia.
El poeta Mario Hinojosa le dedica unas
líricas palabras a modo de prólogo, “Continuidad de los parques”, en las que
comenta entre otras cosas la nutrida intertextualidad presente en los relatos
de Baldó. Si hablamos de escritores cita a Cortázar, Stephen King, Cheveer,
Carver, Lemaitre, Chéjov, McCarthy, Ellroy y Bécquer, pero podrían ser muchos
más: Poe, Lovecraft, Matheson… Y si lo hacemos de cineastas la lista sería
también interminable, al citado Ibáñez Serrador, se unirían Hitchcock, Kubrick,
Carpenter… Como afirmara Todorov: "No existe enunciado que esté desprovisto
de dimensión intertextual”; es decir, toda creación se construye como mosaico
de citas –conscientes e inconscientes-, refundiciones e inversiones y es el
resultado de la absorción y transformación de otros textos. Desde este punto de
vista, Baldó se convierte en una esponja que amalgama en su escritura toda una
serie de mensajes adquiridos desde temprana edad en su formación intelectual
como omnívoro lector, voraz telespectador y cinéfilo empedernido.
Esa anticipada influencia cortazariana
expuesta por Mario, se observa ya en el primer relato, “El escritor”, un
homenaje a la literatura pulp en el
que la ficción y la realidad se entrelazan en una historia circular creando un
efecto de cajas chinas con final abierto susceptible de múltiples lecturas.
En el segundo, “El sonido de las almas”,
encontramos otra de las constantes de la escritura de Baldó relacionada con sus
personales aficiones-pasiones: la música. Reconoce en nota el homenaje a las
leyendas de Bécquer -“Maese Pérez el Organista”, “El Miserere”, etc.-, así como
también en los nombres de sus protagonistas se perciben ecos de los de La Regenta -Julián Mesía, Froilán de Pas
y Ana Atienza-, con los que teje una historia de amor pasional y música
infernal.
“Alma condenada” es un microrrelato muy
bien resuelto que fue merecedor del primer premio del concurso “Mirambel Negro”.
Por su parte, “Los mandamientos”, el último de este primer apartado, es una
cruda historia de maltrato y educación perversa de un niño que sirve de
antesala a los cuentos de la siguiente sección protagonizados todos por
diabólicos muchachos. Si el primero, “Los vikingos”, es muy duro, el que cierra
la serie, “El secreto”, lo es en extremo. Ningún lector saldrá indemne tras su
lectura. Pero, como decía Chicho, ¿Quién
puede matar a un niño?
Para rebajar un tanto la tensión, el
tercer bloque, “(Des)amores”, encabezado por la significativa cita del Cantar de los cantares, “El amor es
fuerte como la muerte”, presenta otros tres relatos de afectos y amistades preadolescentes
con finales menos descarnados, si bien con un poso de tristeza y cierto regusto
amargo.
Decía Paul Eluard que “hay otros
mundos, pero están en este”, como demuestran las tres últimas narraciones. En
la primera, una magnífica bajada a los abismos de una mente enferma, con un tan
divertido como irónico título, “Feo, fuerte y formal”, con el que homenajea a John
Wayne y Loquillo. Recordemos que el actor se casó con tres mujeres hispanas y dejó
como epitafio esas tres palabras a su juicio definitorias de su personalidad,
aprovechadas a su vez por Loquillo para dar nombre a uno de sus discos más
importantes.
La
de Baldó es una prosa cinematográfica en el sentido más literal: parece haber
sido escrita pensando en la pantalla, sus personajes se comportan como si
actuaran ante una cámara. Baldó es, sobre todo, un gran creador de imágenes. La
joven aterrada que corre por los campos de maíz huyendo de una abominable criatura
requiere un travelling; una mujer y
un gato caminando en la oscuridad de la noche por un pueblo pide un plano secuencia;
el hombre que lleva el auricular del teléfono a la oreja para escuchar lo
inesperado sugiere un primerísimo primer plano…
La
prosa cinematográfica sólo funciona con los escritores que son buenos describiendo
y creando atmósferas. Esta es la virtud de la escritura de Baldó, no se recrea
en pesados retoricismos filológicos ni tiene retorcidas pretensiones
intelectuales, lo suyo es ir al grano: dibujar un ambiente adecuado para contar
una historia -en la mayoría de los casos para no dormir- con un giro
sorprendente en su final. Instrucciones
para el fin del mundo anticipa un narrador con casta. Al tiempo.
José
Baldó, Instrucciones para el fin del
mundo, Zaragoza, Prames-Instituto de Estudios Turolenses, 2022.
DE LA A A LA Z:
MARÍA MOLINER NOVELADA
De María Moliner se han escrito tres biografías, una ópera, una obra de teatro y un magnífico documental pero, hasta la fecha, nadie había novelado sobre su vida y trayectoria profesional, anómala e injusta circunstancia que corrige el montalbino Luis Miguel Benedicto con Significada: todas las palabras de María Moliner, una novela sencilla y bien armada. La documentación histórica no pesa, aunque la acción se ambienta con rigor, en especial en los momentos más importantes y críticos de su biografía como son la República, la Guerra Civil y la posguerra.
Luis Miguel no se esconde tras un pseudónimo, más bien transforma su nombre para firmar la novela como Miguel AZuara, simbólica composición formada por su segundo nombre y destacando de manera significativa con mayúsculas las dos primeras letras de su apellido materno (a quien homenajea de esta forma y por extensión a todas las mujeres) en el que curiosa y casualmente se presentan juntas la A y la Z, primera y última letra de nuestro alfabeto, para de esta forma anticipar en la sobria y alegórica portada, cuyos colores, blanco y negro, remiten con claridad meridiana a los del diccionario de María Moliner, no obstante, sobre la marmórea albura dominante (también podría ser la losa de una tumba un tanto resquebrajada por grietas que la recorren), aparece dibujado un no menos curioso y simbólico bichillo del polvo, conocido como pececillo de plata —lepisma saccharina—, que en un momento de la narración va a tener también su protagonismo.
La vida de María Moliner fluye ágil ante los ojos del lector mediante diálogos vivos y verosímiles escritos con un lenguaje, como se nos dice en un momento dado, “cercano y sencillo”. Como también es creíble esa argamasa ficcional en forma de reflexiones, pensamientos y vida cotidiana que sirve para amalgamar los hechos reales, terminar de componer la personalidad de la protagonista y dotarla de auténticos sentimientos y emociones, de verdadera humanidad.
Como nos anticipa el segundo apellido del autor, la novela se estructura siguiendo el orden alfabético, empieza en la A con la definición de la palabra “alumbrar”, pero no se cierra en la Z —letra en la que sí concluye la vida de la protagonista—, sino en la B, con la definición de “baturra”, un capítulo metaliterario en el que se revela y explica el marco narrativo, concluyendo de esta ingeniosa manera una obra que está pensada hasta sus últimos detalles.
Azuara repasa con detenimiento los quince años que María dedicó a definir ochenta mil palabras, titánica tarea que, como reza la contraportada, “… apenas le trajeron algo de notoriedad. Fueron pues su candidatura, y sobre todo el rechazo de la Real Academia Española, a la que tuvo el coraje de corregir, lo que le dieron renombre. Y sería el epitafio de un Premio Nobel de Literatura lo que le traería el prestigio en todo el mundo de las letras”. Así es, García Márquez describió su obra como “una proeza sin precedentes”, el “diccionario más completo, más útil, más acucioso y divertido de la lengua castellana”, “dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y —a mi juicio— más de dos veces mejor”.
La novela es una reivindicación de la insigne lexicógrafa y, como hemos anticipado, del papel de las mujeres en la transmisión de la cultura pero, en última instancia, es también un homenaje a los maestros y maestras rurales que hicieron de bibliotecarios en la República y, por ende, implícitamente supone un reconocimiento a la labor que las bibliotecas desempeñaron y desempeñan en su difusión.
Reseña publicada en el suplemento cultural "Artes & Letras" del Heraldo de Aragón
Miguel Azuara, Significada: todas las palabras de María Moliner, Universo de Letras, 2023.
SOBRE
EL ARTE DE TEJER FICCIÓN Y VIDA
La escritora turolense Angélica Morales,
actriz y dramaturga de largo recorrido y consolidada poeta avalada por
numerosos premios, juega ya en la Primera División de los novelistas españoles
con la publicación en la editorial Destino de su estupenda La casa de los hilos rotos. Llegar a este privilegiado parnaso
español no ha sido fruto del azar, sino de un intenso trabajo, como demuestra la
presencia en los cajones de su escritorio, durmiendo el sueño de los justos, de
las novelas finalistas del Premio Planeta 2017 y del Premio Azorín 2018, así
como también en los estantes de algunas bibliotecas de media docena de títulos
publicados por pequeños sellos editoriales independientes de ámbito autonómico.
Con los escasos hilos de la biografía de
una mujer olvidada, Otti Berger (Vörösmart, Hungría, 1898- Auschwitz, 1944), y
el gran contexto de la Bauhaus de fondo, Angélica Morales teje un relato multicolor
en la que pasión, arte, teatro, poesía y locura convergen para crear una auténtica
realidad llena de vida.
Entre 1919 y 1933, la Bauhaus fue un
movimiento de renovación artística, tanto en el diseño y la pintura, como en la
arquitectura; dotó de valor artístico la funcionalidad de los objetos y planteó
nuevos métodos pedagógicos, admitiendo la presencia y el protagonismo de las
mujeres en el arte, si bien con la perspectiva del tiempo descubrimos que esa
revolución fue más aparente que real.
Berger se formó en esta escuela como
artista textil y llegó a ser profesora durante un corto periodo de tiempo, pues
fue sustituida por no ser aria. Montó su propio estudio en Berlín hasta que en
1936 debió cerrarlo ante el acoso del régimen nazi a los judíos. Tras ser la
primera mujer en patentar sus diseños, se la invitó a participar junto a su
marido en la New Bauhaus de Chicago, pero regresó a su pueblo natal para cuidar
de su madre enferma, fatal decisión que supuso su deportación junto a toda su
familia al campo de concentración de Auschwitz. Su final ya se lo pueden
imaginar.
La novela alterna dos planos temporales y
dos ritmos narrativos: el pasado con una cadencia pausada, de plano secuencia, donde
confluyen las vidas de Otti Berger y la de ficción de Mercè Ribó, su apasionada
y soñadora compañera, amiga y confidente, hija de un importante empresario
textil catalán, y el presente, más trepidante, en el que accedemos a la biografía
de Mercè por medio de su bisnieta, Penélope, una joven pintora que mantiene una
tensa relación con su madre. Será ella quien descubra, junto a los diarios de
su bisabuela, la existencia de dolorosos secretos familiares.
La ambientación histórica es excelente y
embasta la narración con rigor y credibilidad: la Gran Guerra y sus
consecuencias, los felices veinte, la Guerra Civil española (Bolsa de Bielsa),
la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración y, por supuesto, la
Bauhaus con su representantes más destacados: Klint, Kandinsky… Sin olvidar a
todas las mujeres que estuvieron allí y quedaron relegadas a un segundo plano: la
diseñadora y primera mujer profesora de la escuela, Gunta Stölzl, la fotógrafa,
Gertrude Arndt, etc.
El contexto histórico transpira en la
novela sin lastrarla, no pesa ni abruma al lector. Lo verdaderamente importante
son las pasiones humanas, por encima de todo está la relación emocional de
Angélica con sus protagonistas, los hilos vitales y sentimentales que las unen
a través del tiempo, como ese emblemático pañuelo familiar que pasa de mano en
mano y destaca en la cabeza de la joven de la portada del libro. Ese pañuelo —se nos dirá— “es toda su
historia. Es el amor, el arte, el miedo, la represión, la lucha, la libertad,
el holocausto, el perdón, el acercamiento. Todo está ahí, entre esos hilos que
se enredan en su cuello y besan su piel.”
Hay mucho de historia, cierto, pero, sobre
todo, prima el análisis psicológico de los personajes principales, todas mujeres,
salvo uno, Antoni, el poeta loco, sobre el que gravitan los secretos y las
claves de la trama.
Desde su mismo título, en La casa de los hilos rotos los símbolos
son una constante, la condición de poeta de Angélica Morales marca su narrativa
con la pátina de lo lírico -para quien el mundo es un poema, la metáfora es
mucho más que un ornamento literario-, así como también su actividad teatral se
refleja en la fluidez y excelencia de los diálogos. En última instancia, toda
la novela es una alegoría en la que el hilo se convierte en vínculo con la
familia y la vida; la práctica del arte de tejer no solo redunda en un
aprendizaje técnico ni supone únicamente un placer creativo, sino que implica
también la transmisión intergeneracional de una forma de hacer, de ver el
mundo, de traspaso de saberes ancestrales. Probablemente de esta forma se difundiera
ese leitmotiv que acompaña a Otti a lo largo de su existencia, esa leyenda húngaro-croata
de su localidad de nacimiento, Vörösmart (en la actualidad Zmajevac), de Marta
la Roja. Angélica lo sabe bien, las mujeres durante sus tertulias tejían y
enseñaban a tejer a las generaciones posteriores, al tiempo que les transmitían
el patrimonio oral del pasado, esas historias, unas veces personales o
familiares, otras universales, son las semillas que con el tiempo terminarán
germinando en el interior de las mentes sensibles y prenderán la llama de la
imaginación creativa. Ese material propio extraído del pasado, mediante una
particular simbiosis autora-personajes, lo transfundirá a sus protagonistas para
darles vida y dotarlos de auténtica verdad.
Sobre estos cimientos simbólicos y de la
mano de Ottis Berger, la autora confecciona una red e impronta mental en los
lectores que les llevará a comprender la importancia de este arte para organizar
el mundo exterior e interior a través del lenguaje, conformando un andamiaje
lingüístico y de sentido que viene a impregnar nuestra cotidianidad y forma de
comunicarnos tal y como la conocemos. En el fondo, escribir sólo es una función
especializada de nuestra capacidad textil.
La
casa de los hilos rotos es una novela
emocionante y conmovedora de amor y amistad, de búsqueda de caminos creativos y
lenguajes artísticos, pero, por encima de todo es una historia de superación
personal -mujer judía, sorda, comunista y extranjera-, de lucha y tenacidad por
hacer realidad los sueños.
¿Veremos La casa de los hilos rotos llevada a la gran pantalla o convertida
en serie de televisión? Podría ser, tiene todos los elementos necesarios para
ser un éxito. Pero de lo que sí estamos seguros es de que Angélica Morales, no
tardando mucho, conseguirá un premio literario de Champions. Al tiempo.
Angélica Morales, La casa de los hilos rotos, Barcelona, Destino, 2023.
DE UNOS LOCOS CAÓTICOS COMO MAENZA
La bonita y significativa portada del
libro anticipa su estructura “fractal” que le da título: sobre un fondo rojo
intenso (no olvidemos el simbolismo de este color: fuego, amor, drama, calor, fuerza,
emoción, pasión, sangre, lujuria, violencia, ira, agresión, etc.) y mediante la
repetición de una figura hexagonal se teje un árbol (¿de la vida? La repetición
de átomos, moléculas, células, genes, neuronas… construyen todo lo existente:
cristales de nieve, conchas, manchas de animales, etc.), que presenta mediante
este simbólico dibujo las celdillas de las experiencias vitales de los
personajes cuya suma conforma la colmena existencial colectiva de todos ellos.
De igual forma, la estructura es una especie
de rompecabezas, tiene algo de la Rayuela
de Cortázar o de Manhattan Transfer
de Dos Passos, con cuatro momentos vertebradores: finales de los años setenta
(cuando muere Maenza en el año 1979); 1998, el momento más salvaje de los
protagonistas en plena juventud; la más reposada etapa de la primera década del
siglo XXI, el 2009; y el presente de la acción inicial ocurrido en 2019 y su
inmediato pasado del año anterior. Su lectura lineal según la disposición de
los capítulos es exigente, podríamos decir que caótica, como caótica era la
escritura, el cine y la personalidad de ese protagonista ausente, Maenza, pero omnipresente
en la novela. Mario no hace concesiones al lector y gira constantemente la
ruleta del juego narrativo del tiempo, lugar y acción, mezclando presente y
pasado, realidad, sueños y deseos. Otra forma de encarar la lectura sería la
cronológica, del pasado al presente, pero quizá la más recomendable para
componer el caleidoscopio del argumento sea la propia de la narración fílmica,
comenzar por el presente del 2019 y volver al pasado para ir componiendo
sucesos y relaciones.
La trama se inicia en 2019 con el intento
de asesinato de uno de los personajes centrales, Tíber, en el cine Maravillas
de la capital turolense cuando está viendo la película de Chaplin El gran dictador. Ingresado en el
hospital y durante el tiempo de su recuperación, Tiber se convierte en una especie
de Sherezade para su compañero de habitación, el desahuciado Ginés, y para su
médico, el doctor Roures. Poco a poco vamos sabiendo de sus amores y van
desfilando los protagonistas principales: Eyre -su amante, que ha perdido un
hijo suyo- y directora de un corto de corte maenciano, que pretenden rodar en
sus años juveniles; Eros, el guionista; Messina y Tíber, actores, y otros más secundarios como Javi, Ana y Toni.
Todos ellos eran jóvenes a finales de los noventa, auténticos “perros rabiosos”,
con muchos sueños por cumplir y mucho por experimentar, pero el tiempo con la
lima de sus dientes menudos, implacable, irá carcomiendo sus ilusiones: no
serán directores de cine, ni escritores, ni actrices… Poco a poco se
convertirán –o tal vez ya lo eran desde su infancia- en seres neuróticos al
borde del abismo, consecuencia de sus infancias traumáticas.
Podríamos decir que se trata de una
novela introspectiva, psicológica, con personajes impulsivos, “desenfrenados,
rebeldes y apasionados”, como lo fue ese ubicuo espíritu maenciano en forma de
recuerdos de los jóvenes y cuya personalidad transgresora y caótica gravita
sobre todas sus acciones inspirándolas y dando forma a la misma novela que
protagonizan. A los humanos en general y a los protagonistas de esta novela en
particular nos gusta abrazar el caos, nos atraen los iluminados, los
adelantados a su tiempo, y Maenza lo fue, y mucho más al nacer en la ciudad más
atrasada de España en una de sus épocas más oscuras.
Dos temas importantes son el sexo y la
violencia doméstica, ese fractal que se inicia en la infancia y en numerosas
ocasiones se sigue repitiendo con el discurrir de los años conformando ese
horror oculto en el día a día de muchas personas que de maltratados pasan a ser
maltratadores.
La novela cuenta con una
interesante banda sonora y en sus páginas suenan temas de Dire Straits,
Escorbuto, Metálica, Javier Álvarez, Vetusta Morla, Carolina Durante, etc.,
recogidos en una lista de música de Spotify, enriqueciendo la lectura con su
audición, que contribuye a ambientar situaciones y definir personalidades.
¿Qué es en definita Fractal? Desde luego es un homenaje a la
ciudad de Teruel y a multitud de personajes que nacieron y vivieron en ella:
Ildefonso Manuel Gil, José Antonio Labordeta, Joaquín Carbonell… pero, sobre
todo, Antonio Maenza: “La ciudad donde Ildefonso Manuel Gil esperó a ser
fusilado en las tripas de un seminario, donde José Antonio Labordeta le dio
clases a mi madre, la de José Antonio Maenza bajando por la calle del Tozal,
abriendo sus alas tristes con aquella gabardina negra, como un albatros siempre
adolescente […] Esta es nuestra ciudad…” Es también una historia, una tesis y
un juego, tres formas diferentes de mirar la vida y de leer esta novela. Es la
representación del inexcusable hilo del tiempo que teje el transcurrir de la
existencia y las relaciones humanas, fragmentadas en recuerdos particulares
cuya suma quizá pueda acercarse mínimamente siquiera a la realidad sucedida en
un momento y un lugar. Es una representación de la complejidad del mundo y de
la existencia que como la misma inteligencia artificial tan vigente en la
actualidad podemos captar por oposiciones binarias: femenino versus masculino;
razón vs locura; orden vs caos; éxito vs fracaso; forma vs contenido. En última
instancia, Fractal es una búsqueda
del sentido de la existencia metaforizada por el autor en la búsqueda del
sentido estético/narrativo de su propia novela; es decir, Fractal es una exigente indagación sobre el proceso creativo, sobre
el paso del tiempo, los amores perdidos, la amistad, los sueños rotos, la
locura, el fracaso y, cómo no, la muerte y su reverso: la vida.
Mario
Hinojosa, Fractal, Zaragoza,
Prames-Instituto Estudios Turolenses, 2023.
RAMÓN
J. SENDER Y SANTA TERESA DE JESÚS
Ramón J. Sender, El
verbo se hizo sexo (Teresa de Jesús), Huesca, Contraseña, 2022