CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

miércoles, 15 de julio de 2015

FOTOS DE LA PRESENTACIÓN EN TERUEL DE "FOTOGRAMAS. 14 CUENTOS DE CINE" (I)

I

En la presentación ejerció de anfitrión mi amigo Gonzalo Montón, profesor del IES "Segundo de Chomón". También nos acompañó, Juan Ignacio Jiménez-Velasco, de Muñoz Moya Editores. 







Mi hija, Lucía, en primer plano


CONTINUARÁ...

domingo, 5 de julio de 2015

PRENSA PRESENTACIÓN EN TERUEL LIBRO RELATOS FOTOGRAMAS.14 CUENTOS DE CINE

En enero el Diario de Teruel avanzaba esta información.




El Diario de Teruel sacaba esta otra el día de la presentación:




La cadena Ser nos entrevistaba ese mismo día. Esta es la entrevista:


miércoles, 1 de julio de 2015

RESEÑA DE "EL BARDO DE LA MEMORIA. MITOS, LEYENDAS Y NARRACIONES DE TERUEL", DE FRANCISCO LÁZARO POLO

EL ESPÍRITU DEL PUEBLO

    
     A pesar de que asistimos en las últimas décadas a un renovado interés en Aragón por la “literatura” y la tradición oral, podemos afirmar que se encuentra en vías de extinción, hasta el punto de que apenas sobrevive en la memoria, cada vez más mermada de unos pocos mayores que han perdido ya, por la falta de costumbre y el forzado silencio, la habilidad narrativa y la riqueza verbal –la magia- de los narradores de tiempos pasados o de otras culturas orales todavía hoy en día vivas.
         La editorial aragonesa Prames reedita El bardo de la memoria. Mitos, leyendas y narraciones de Teruel, obra del profesor y escritor Francisco Lázaro Polo, cuyo origen se remonta a 1992, cuando el autor comenzó a recopilar las primeras narraciones y publicó por primera vez una edición con el germen de las 129 que integran el actual volumen y cuyos primeros treinta relatos también vieron la luz en el Diario de Teruel durante domingos alternos del año 1993. En 1996, la Diputación General de Aragón volvió a publicar la obra y en 2006, la editorial Aragón Vivo presentó una cuidada edición, con ilustraciones del artista gráfico Juan Iranzo, que en la que hoy comentamos han sido elaboradas a dos tintas por el ilustrador calamochino Ricardo Polo Cutando.    
         No es fácil en el mundo editorial aragonés que una obra se consolide de esta manera y cíclicamente vuelva a ver la luz, sin embargo, El bardo de la memoria es ya todo un clásico de las recopilaciones de leyendas turolenses, una obra de referencia esencial que, si bien no agota el tema, constituye un corpus fundamental de leyendas, mitos y tradiciones turolenses, imprescindible para todo aquel que quiera acercarse al espíritu de esta tierra, a su volksgeit.
         El libro puede tener varias lecturas: antropológica, folclórica, histórica y literaria. Pero que nadie se confunda, no se trata de un libro para estudiosos ni especialistas, El bardo de la memoria es una obra pensada con espíritu divulgativo, amena y entretenida, expuesta con un lenguaje claro y sencillo, dirigida para todos los públicos, un libro de lectura reposada, de mesilla de noche para paladear poco a poco su contenido, compuesto por textos literarios inspirados en temas tradicionales, la mayor parte de ellos leyendas, muchas de las cuales  son versiones literarias de tradiciones recogidas por otros compiladores anteriores como el padre Faci, Arcadio Larrea y Jaime Caruana, o por escritores como Pío Baroja y Tirso de Molina entre otros.
         No resulta fácil deslindar con claridad y precisión las fronteras, siempre inestables y borrosas, del cuento, la leyenda y la historia oral, géneros que por pertenecer a la literatura popular se resisten a ser definidos y encorsetados dentro de unos moldes estructurales demasiado rígidos; sabemos que el mismo desarrollo argumental puede presentarse unas veces como mera ficción y da lugar al cuento folclórico; otras, dotadas de mayor credibilidad por el pueblo, generan la leyenda; y otras veces son consideradas como acontecimiento histórico de carácter irrefutable acerca del cual nadie duda y que incluso puede haberse convertido en seña de identidad de una comunidad o hasta en su relato fundacional (historia oral).
         En El bardo de la memoria abundan las leyendas de corte histórico ambientadas en la Edad Media, en especial las de enfrentamientos entre culturas -cristiana, musulmana y judía-, pero también las relativas al mestizaje o al amor entre ellas. También hay varias relativas a la Guerra de la Independencia y muy numerosas son igualmente las de temática religiosa: marianas, hagiográficas, de cristos y milagros. Las hay también sobre animales fabulosos, brujas, demonios, dragones, tesoros escondidos y, por supuesto, como no podía ser de otra forma cuando se escribe desde la ciudad del amor, la ineludible cita con el mito del amor trágico, cuyo exponente más conocido es la leyenda-tradición-historia de los Amantes, pero que tiene diferentes ecos en otras localidades de la provincia como Albarracín, Griegos o Montalbán, por citar algunas.
         En rigor, no son muchas las narraciones presentes en El bardo de la memoria que en puridad sean cuentos populares propiamente dichos, de entre ellas destaca la magnífica serie recogida en Huesa del Común compuesta por “La buena hija” (la muchacha sin manos, variante del motivo 706 de la clasificación de Aarne Thompson), “Un marido hambriento y una mujer glotona” (la mujer ayunadora, motivo 1373A), “La mujer que no discutía con su marido” (motivo 1408B), “El sueño del dinero” (motivo 2035B) o el titulado “Camino del Pilar”. También son narraciones de corte claramente folclórico las ambientadas en Bronchales, “El dragón goloso”, y Corbalán, “El valiente y la fiera” ( motivo 300, el dragón asesino. Actualización local de un relato universal que Vicente Blasco Ibáñez ambientó en su tierra e incluyó en sus Cuentos valencianos. En él se cuenta la derrota de un monstruoso dragón, que asolaba Valencia, que fue exterminado por un reo de muerte a cambio de que el tribunal le perdonara la vida. Según la leyenda, los restos de la fiera pudieron contemplarse hasta fecha casi contemporánea en una iglesia de la ciudad. La versión turolense explica la creación de la Baronía de Escriche). Como el anterior, hay también varios cuentos explicativos, próximos a la leyenda, pero que dan razón de los nombres de determinados accidentes geográficos, caso de La pota del Cid en Calanda o de “La huella del caballo de Santiago” en La Iglesuela.
         En suma, lo que nos propone Lázaro Polo es un viaje a las raíces y al alma de nuestra tierra a través del mundo mágico de los mitos, las leyendas, tradiciones y cuentecillos populares de la provincia de Teruel. Su reescritura puede interesar al antropólogo o etnógrafo, al investigador de la literatura tradicional, al filólogo o al educador interesado en el cuento y su importante función en la educación infantil, pero de manera especial debe ser lectura obligada para todo aquel que quiera profundizar en la idiosincrasia turolense y en el conocimiento de una tierra mítica.

         FRANCISCO LÁZARO POLO, El bardo de la memoria, mitos, leyendas y narraciones, Zaragoza, Prames, 2014.

sábado, 20 de junio de 2015

VIDEO PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE RELATOS, "FOTOGRAMAS. 14 CUENTOS DE CINE"





   El próximo día 25 de junio, jueves, a las 20 horas, en el Museo Provincial de Teruel, presentaremos mi libro de relatos, Fotogramas. 14 cuentos de cine. Estaré acompañado por el profesor Gonzalo Montón y por el editor Juan Ignacio Jiménez-Velasco, de Muñoz Moya Editores. Nos gustaría contar con vuestra presencia.
  Como se anticipa en el título, Fotogramas es una colección de 14 cuentos en cuya génesis creativa subyace de forma más o menos explícita un guiño a alguna película destacada de la Historia del Cine. De alguna manera, podríamos decir que se trata de un conjunto de relatos que conforman una historia personal del cine, de un homenaje al cine o, incluso, de un juego de cine, al que invito a sumarse al amable lector que lo desee, tratando de descubrir la relación de películas que de una u otra forma los inspiran. Aquí os dejo un pequeño montaje de vídeo -un pastiche fílmico- realizado por Miki Barrera que en cierto modo resume la pretensión del libro. Espero que os guste.


lunes, 15 de junio de 2015

RESEÑA DE "MUÑECOS DE HIELO" DE EVA FORTEA BÁGUENA

   INFANCIAS PERDIDAS

         Exceptuando las pinceladas descriptivas de Galdós y las de los noventayochistas, Baroja y Valle, que se ocuparon tangencialmente en algunas de sus obras de Teruel capital, la ciudad existe para la literatura únicamente como doloroso escenario en el que tuvo lugar la cruenta Batalla de la guerra incivil que lleva su nombre. Son más de treinta las obras que, de una u otra forma, se ocupan de ella, desde Malraux, pasando por Hemingway, Gironella, Serrano Poncela, Benet o Labordeta, entre otras, hasta llegar a aquellas en las que la ciudad trasciende su condición de espacio bélico para convertirse en dramático personaje, en muchas de las cuales llega, incluso, a ser la auténtica protagonista, caso de Hospital de guerra (1981) de Santiago Lorén, Cuando las lágrimas se helaban en Teruel (1988) de Pacomio Sebastián, Concierto al atardecer (1992) de Ildefonso Manuel Gil o Estragos (2000) de Daniel Pelegrín. A ellas viene a sumarse Muñecos de hielo, primera novela de la escritora turolense Eva Fortea, publicada por el sello Tres Sorores de Prames.
        
Arriesgada apuesta, no sólo por lo delicado del tema, sino por la calidad narrativa de los autores citados; sin embargo, Fortea resuelve el envite de forma notable con una escritura sencilla, sin estridencias, eficaz y fluida, con la que construye una historia de supervivencia infantil en la guerra sin mayores pretensiones, protagonizada por unos personajes redondos, tres hermanos de cuatro, seis y ocho años, que viven el asedio de Teruel y padecen la ruptura familiar, los bombardeos, el hambre y, sobre todo, el intenso frío, un frío que congelará su infancia y su corazón durante mucho tiempo, como congeló el del muñeco de nieve con el que juegan en las calles destrozadas de Teruel.
         En toda sociedad, los niños constituyen la parte más débil, vulnerable y manipulable, son, sin duda, el colectivo en el que incide de manera más determinante cualquier alteración del entorno. No es pues extraño que en un conflicto armado sean ellos junto a la verdad las primeras víctimas, quizá por su inocencia y fragilidad. La guerra, cualquier guerra, pero de manera especial una guerra civil, destruye todo: la vida política, social, cultural y económica de un país, y los niños contemplan –es el caso de la novela de Eva Fortea- sin comprender cómo la violencia y la crueldad de los adultos irrumpen en sus vidas cotidianas, en sus mundos infantiles de fantasías y juegos, para asistir atónitos a un macabro espectáculo y observar cómo se rompe el hogar familiar, se dispersan los miembros de la familia y, en la mayoría de los casos, se enfrentan por primera vez de manera precipitada, sin preparación alguna, con la terrible realidad de la muerte, en su caso con la de sus padres.
         La Guerra Civil, para los que hemos tenido la suerte de no vivirla en primera persona, parece una anécdota lejana de la Historia reciente; sin embargo, muchas familias, las nuestras incluso, sufrieron las secuelas de esa guerra, perdieron algún familiar o se vieron divididas, tanto en lo físico como en muchas ocasiones también en lo ideológico. En todas las novelas cuyo argumento se desarrolla durante o después de la guerra, nos resulta fácil comprender los hechos narrados pues de alguna manera, de una u otra forma, nos son próximos y nos recuerdan relatos escuchados a nuestros mayores, este es el caso de Muñecos de hielo, que siendo diferente nos es también próxima.
         La novela se estructura  en breves capítulos nombrados con las letras del alfabeto, agrupados a su vez en cinco apartados. Los tres primeros corresponden a las vivencias personales de cada uno de los pequeños protagonistas, quienes en primera persona nos narran sus peripecias vitales desde el estallido de la guerra, su evacuación a tierras levantinas y su regreso a la ciudad devastada. En el cuarto, “Crecer”, asistimos a la dura y difícil estancia de Tomás, el hermano pequeño, en la “Beni”, el Hogar de la Beneficencia, lugar donde trabaja la que podemos considerar como única heroína de toda la historia, Julia. Al final, el reagrupamiento de los tres hermanos tras más de tres años de separación. La novela se cierra con una especie de epílogo titulado significativamente “Recuerdos”, en el que Tomás hace un repaso rápido a lo que ha sido su vida y la de sus hermanas tras la contienda.
         En Muñecos de hielo la guerra es el telón de fondo en el que se desarrollan las historias, o mejor dicho, las intrahistorias que viven los protagonistas, no hay pues grandes batallas, sino el diario discurrir de hambre, frío, miedo y muerte de unos niños, cuya narración sincera y veraz de los hechos deja entrever con claridad meridiana las vivencias de personas reales que sufrieron tan traumática experiencia, pero todo está expuesto de manera aséptica, con dolor, sí, pero sin odio ni rencor, eludiendo lo ideológico y político, no hay buenos ni malos, tan sólo la guerra que destruye y mata.  
         En definitiva, se trata pues de una historia de infancias perdidas y vidas rotas, de aprendizaje en medio de la adversidad, de orfandad, desgarro y barbarie histórica, pero que a la vez es tierna, vital e inolvidable, pues resulta convincente y atractiva a pesar de la dureza de los hechos, quizá, o eso pensamos, por la reivindicación a ultranza que hace la autora en sus páginas de la pureza y energía de la inocencia infantil. Afortunado debut el de nuestra paisana.

Esta reseña ha sido publicada en la revista Turia (núm. 115)

Eva Fortea Baguena, Muñecos de hielo, Zaragoza, Prames, 2015.

sábado, 6 de junio de 2015

PRÓLOGO DE AGUSTÍN SÁNCHEZ VIDAL AL LIBRO DE RELATOS "FOTOGRAMAS. 14 CUENTOS DE CINE"

PRESENTACIÓN EL PRÓXIMO DÍA 25 DE JUNIO EN EL MUSEO PROVINCIAL A LAS 20 HORAS

   El catedrático emérito de Historia del Arte y otros Medios Audiovisuales de la Universidad de Zaragoza y escritor de importantes ensayos, guiones de cine, etc., en la actualidad también novelista de éxito, ha tenido a bien prologar mi librito de relatos, Fotogramas. 14 cuentos de cine, con un excelente texto que los enriquece sobremanera y dota de sentido a todo el conjunto. Él, modestamente, lo calificó al remitírmelo como "delantalito", pero para mí es todo un traje de boda, por eso no me resisto a regalároslo. Ahí va, no tiene desperdicio.

                                        “LA ESCRITURA DE LA VIDA”
por
AGUSTÍN SÁNCHEZ VIDAL


         Hace un lustro Juan Villalba publicaba en Eclipsados Cuarto menguante, una colección de relatos con afortunado título. Además de hacer honor al nombre de la editorial,  se atenía a él para articularse en cuatro partes. La primera, Cuentos escolares, estaba integrada por narraciones tan impagables como “La junta de la culata” y “La mesa”. Proseguía con Cuentos rurales, todos ellos sin desperdicio, entre los que podrían destacarse “Como un golpe de viento” y “Más amarga que la muerte es la mujer”. Y luego se lanzaba ya a tumba abierta en los otros dos apartados, musicalmente denominados Gnossienes y Variaciones sobre un mismo tema.
         Pues bien, en el encomendado a Eric Satie podía leerse “Valor añadido”, donde se asistía al mutuo espionaje, casi en palíndromo, de los detectives Sam Spade y Philip Marlow. Un fuego cruzado entre literatura y cine que tanto podría derivar de las páginas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler como de las películas de John Huston y Howard Hawks.
         Pero es que, además, iba precedido por “El toro y la estrella”, donde el monolito que Arthur Clarke y Stanley Kubrick tramaron para su odisea espacial venía a encarnarse en el tótem turolense que preside la Plaza del Torico. Ese relato, ahora recuperado en este libro e inserto en la cronología que le corresponde, parecería preludiar su arranque, esas dos versiones para una misma historia de amor. Porque uno de sus pilares desempeña a orillas de Ebro el mismo papel tribal que la columna y el astado en la ciudad de los Amantes.
         Sólo que ahora el cine se ha convertido en el entero hilo conductor de estos catorce cuentos. Que se inician con la primera película española conservada. A través de los vetustos fotogramas que han sobrevivido aún podemos reconstruir los gestos cotidianos de sus protagonistas. Uno de ellos ha sido sorprendido por la cámara en el impaciente apremio de liar un cigarrillo que habrá echado de menos a lo largo de la misa de doce. Se mantiene ajeno a aquel artilugio que no sabe qué es ni para qué sirve. Sin embargo, gracias a él todavía podemos revivir el otoño zaragozano de 1899, el tránsito desde la penumbra del portón hasta el sol de la plaza, fijado para siempre en la precaria emulsión de un chasis Lumière.
         Y también en el “cortometraje” de Juan Villalba que abre este itinerario, con su dedicatoria al inolvidable personaje de Antón Castro que recorre el Maestrazgo turolense armado de su cámara fotográfica. Bajo su patrocinio se despliega una doble versión, esas dos salidas fabril y devocional, lionesa y zaragozana, de la mano de dos fotógrafos legendarios, el francés Jean Laurent y “el intrépido Cepero”, de nombre Lucas, nacido en Monegrillo y asesinado en 1924 en la capital aragonesa por un marido despechado que le disparó a bocajarro.
         Esa red de rebotes y referencias, de dobles versiones y tomas, con que se inician estos Fotogramas  da buena idea de la sutileza de sus páginas, auténtica filigrana de la mejor cinefilia y muy depurada literatura. No sería adecuado, por mi parte, avanzar más allá de ese pórtico y destripar su cuidadosa disposición, incurriendo en lo que ahora se llama spoilers.  No debe interferirse en ellos, necesitan de la complicidad a la que se convoca al lector, para compartir ese vasto legado de celuloide que vertebró el siglo XX de punta a punta, y sin el cual todos nosotros seríamos muy otros.
         El premio Nobel de Literatura Vidia S. Naipaul lo ha comparado a la gran novela realista decimonónica en su momento auroral, cuando hubo de rendir testimonio de los cambios acarreados por la revolución industrial:  “No creo exagerar al decir que sin el Hollywood de los años treinta y los cuarenta yo habría padecido una verdadera indigencia espiritual... Y he de preguntarme si el talento antes destinado a la literatura de imaginación no habrá ido a parar en este siglo a los primeros cincuenta años del glorioso cine”.
         Algo parecido ha hecho Juan Marsé por boca de su alter ego en El fantasma del cine Roxy, donde se procede a la evocación de un espectáculo voluntariamente estilizado y artificioso. Aquellos fotogramas estaban  construidos plano a plano, con una densidad de miradas y gestos, con una intensidad de luces y sombras, con una dicción visual que los anclaba en la memoria de forma indeleble, hasta echar en ella raíces muy profundas.
         Es un mundo que hoy parece tan brumoso y lejano como las convenciones de la ópera, pero que al mismo tiempo resulta tan accesible que sigue interpelando de tú a tú a gentes de las más diversas edades y geografías. Capaz de contar historias universales depurando y destilando muchas de las tradiciones meramente locales, sometiéndolas al plebiscito de cualquier público o cultura.
         Las páginas de Juan Villalba prolongan lo mejor de aquellos fogonazos: ojos acechados por navajas de afeitar; el caleidoscopio de la identidad personal, imposible ya de recomponer cuando se ha roto la bola de cristal donde se preserva la infancia; la pulsión escópica que nos lleva a ejercer de mirones frente a la pantalla, del mismo modo que lo haríamos en el patio trasero; la eterna partida al ajedrez con la muerte; el fulgor de los diamantes, arcos iris y sueños; el pálpito de la horda primitiva ante los tótems y tabúes que le ayudarán a preservar su cohesión tribal; el amor sin edad; el carrito de bebé que seguirá bajando las escaleras en un bucle infinito; qué bello es morir en el Danubio azul; cómo combinar la ginebra Tanqueray y el vermut Noilly Prat, los burros podridos y los cadáveres exquisitos, los jesuitas y el Marqués de Sade; las guerras de África y las de los replicantes más acá de la Puerta de Tannhäuser; tsunamis, rescates y animales que son mucho más que mascotas; y esa traca final en largometraje, la serpiente de celuloide que gira sobre sí misma irisando en todas direcciones, bajo el férreo Macguffin de unas trufas pero que muy negras.
         Y luego está el título. A día de hoy, fotograma es casi un arcaísmo, una palabra de época. De esas que se dispone a hacer las maletas para irse al asilo, como el evocado en “Mi vida por un cigarro”. Cosa de cinéfilos. Juan Villalba ha venido a ponerlo al frente de su libro cuando las grandes distribuidoras acaban de darle el finiquito. Las películas se trajinan ahora en digital, y en su lugar las nuevas hornadas hablan de frames. Bien lo sabe ese Germinal Morral --sumido ya en el desguace de la tercera edad y la brecha digital— que en el arranque de este libro se sienta ante el ordenador y se dispone a repasar en Youtube la historia del cine.
         De modo que apelar a esa antigualla analógica en el frontispicio es una muy consciente declaración de principios. Y también lo es el número, esto quizá de modo inconsciente: 14 fotogramas –por segundo--  era el umbral a partir del cual el proyector reproducía de forma convincente el movimiento. Es decir, la vida. Lo que en EEUU se llamó Vitagraph y Biograph, que luego prestaron sus nombres a productoras famosas, donde rompieron sus primeras lanzas algunos de los padres de la criatura, como David W. Griffith. Y en países como Argentina el cine se llamó Biógrafo: escritura de la vida. 
         Luego vino el glamour, los contratos millonarios, los locales de miles de butacas donde los espectadores contenían el aliento, la liturgia de las matinales donde se desfogaba la chiquillería, la alfombra de los Oscars, las estrellitas en el paseo de la Fama. Y el flujo de las imágenes establilizado en 16 y 24 fotogramas por segundo. Pero todo empezó con un modesto artefacto que conseguía captarlas y secuenciarlas a 14. El número mágico que aseguraba la preservación de la vida, su escritura. Conste.