ALBARRACÍN: DESTINO Y
MUSA DE CREADORES
Albarracín es
una joya monumental y paisajística, ejemplo de conservación del patrimonio. A
este respecto, la labor que viene realizando la Fundación Santamaría, con su
director Antonio Jiménez a la cabeza y su equipo, es un ejemplo a nivel
mundial. Pero es mucho más, es un limbo espacial o como acertada y poéticamente
describiera Vázquez Montalbán, “un sueño de geología y urbanismo dormido a la
espera de la misma resurrección”, son toneladas de vacío y soledad, paradójica
causa de su extraordinaria preservación
a lo largo de los siglos.
Por eso, a
nadie le puede extrañar, que desde sus mismos orígenes, la peregrinación a esta
ciudad de ensueño haya sido obligada para creadores de todas las artes buscando
inspiración. Ahí están las figuras del poeta Ibn Ammar, más conocido como Abenamar
(1031-1086) en los textos cristianos, que estuvo durante algún tiempo protegido
en su corte, o el gran literato, filósofo y gramático, Ibn al-Sīd al-Batalyawsī (1052- 1127), quien, por
cierto, debió sufrir prisión y no salió muy contento cuando escribió el
siguiente satírico poema dedicado a su estancia: “Nos llevaron a la tierra de
Santa María / suposiciones de un pensamiento traidor / ya que conjurar es
falso. / Nos pusimos en camino dando gracias a Dios / por su causa, no por otra
/ y resultó que ni su agua calmaba la sed / ni la hierba era forrajera”.
El Cid la
visitó en diferentes ocasiones e incluso fue gravemente herido en el cuello a
los pies de sus murallas, bien lo sabía el anónimo poeta del Cantar cuando escribió: “Cabalgad con
cien jinetes / por si tenéis que luchar / por tierras de Albarracín / primero
habéis de pasar”.
Todos los
grandes viajeros de los siglos XVIII y XIX afrontaron los peligros de cruzar esa
inhóspita sierra para llegar a visitarla. Richard Ford en 1845 escribía: “Albarracín
es una silvestre población de montaña, con menos de dos mil habitantes y
construida bajo una eminencia sobre la que se levanta en otros tiempos la
ciudad antigua, como muestran aún sus murallas y dunas. El cortado barranco del
Guadalaviar es pintoresco; las nieves y el frío del invierno son duros…”, y
sigue describiendo con admiración la
excelencia del territorio para pescadores y geólogos, destacando entre sus
recursos la carne y lana de sus ovejas y, sobre todo, la miel.
Por su parte, al
poeta y narrador holandés, impenitente peregrino, Cees Nooteboom, no le
importó desviarse de su ruta a Santiago para acercarse hasta Albarracín y
describir su caserío “como un grupillo de dientes sueltos en la impresionante
dentadura pétrea de las rocas”. Fantástica visión de prodigioso anarquismo
constructivo de casas funambulistas vestidas de rojo y ocre suspendidas en el
vacío, con balcones cerrados por balaustradas de madera, diminutas ventanas con
visillos de encaje y bellas labores de rejería. Extraordinario castillo de
naipes en milagroso equilibrio que llevó a Ortega y Gasset a explicar que la
ciudad “lanza a las alturas su increíble perfil alucinado” y al poeta
turolense, Antonio Cano, a establecer una vanguardista comparación al hacerla
competir “con las vertiginosas alturas neoyorkinas, con el mérito de ser mucho
más audaces por lo viejas y torpes…”.
Son
innumerables los escritores que la han reseñado, a veces con sorpresa, como
Baroja al descubrirla en lontananza, o admiración, como Azorín, Jarnés, Carandell,
Llamazares, Jon Lauko, Alonso Crespo, Luis Zueco, José Luis Melero… También
insignes periodistas como Gervasio Sánchez y Antón Castro o novelistas como
José Luis Corral han impartido cursos sobre Fotoperiodismo, Literatura e
Historia, entre otros muchos. Pero son los poetas —Francisco Brines, Rosendo
Tello, Jiménez Losantos, Xoán Abeleira, etc. — con Labordeta a la cabeza,
quienes mejor la han sabido dibujar con palabras como estas del cantautor: “[…]
El cielo está pendiente de la roca. / Aire sobre la muralla, / detenido, / como
un lamento, / como una larga frase derrumbada. / Guadalaviar torcido, ausente,
/ lames, ceremonioso, la roca / quilla de piedra, / rojo penacho de cuestas y
de arcadas, / sobre ti duerme el tiempo, / sólo pervive el agua”.
También son
legión los artistas que han paseado sus calles buscando rincones ocultos para
pintar “al óleo o al pastel, boceto de aguafuerte o acuarela de cinzolín” y
sorber la luz de sus muros, puentes, callejones en escalera o laberínticas
escalinatas, arcos, fuentes, galerías emparradas, plazas y plazoletas, picassianas
casitas populares y nobles casonas con escudos señoriales y aldabas de
fantasía. Tal es su belleza que, el mismo Zuloaga, pedía confidencialidad a su
gran amigo el compositor Manuel de Falla al describirle su descubrimiento en
carta fechada en 1921: “Llego de Albarracín (lugar en donde el Cid hizo una de
sus grandes batallas). Vengo loco de entusiasmo. Aquello es lo más grande que
hasta ahora he visto. No hable a nadie de ello, ni siquiera pronuncie el nombre
de Albarracín (esas son cosas que debemos guardar para nosotros)”. Con él los
más grandes de la pintura nacional: Parcerisa, Benlliure, Solana, Tuset, Furió,
Núñez Losada, Quincoces, Joanna Aurora Charlo, Gonzalo Tena, Agustín y Fermín
Alegre… Y también internacionales como Vernon H. Bailey.
No son menos
los fotógrafos que se han visto cautivados por su “cubismo antiguo”: Otto
Wunderlich, Ricardo Calero, Jean Dieuzaide, Bernard Plossu, Kim Castells,
Castro Prieto, Joan Fontcuberta, Luis Agromayor, Juan Pando Barrero, Leo Tena,
Pedro Blesa, Agustín García, Gonzalo Montón… Incluido el mítico Patricio Julve
y el excelente fotógrafo local Francisco López Segura.
El cine
tampoco escapó a sus encantos y la ha convertido en escenario de lujo con
categoría de personaje en multitud de ocasiones en películas folclóricas de
gran calidad como La Dolorosa (Jean
Grémillon, 1934), con la “sonrisa de la República”, Rosita Díaz Gimeno, como
protagonista, o Alma aragonesa (José
María Ochoa, 1961), en la que la bellísima cantatriz, Lilián de Celis, se
resfriaba al lucir escote cantando a orillas del río; sobre la guerra civil: Torrepartida (Pedro Lazaga, 1956), filme
con el que el joven músico turolense, Antón García Abril, iniciaba su carrera
como compositor de bandas sonoras y ¡Jo,
papa! (Jaime de Armiñán, 1975), donde una hermosa Ana Belén mostraba sus
encantos femeninos para escándalo de la sociedad del momento y celebraba con
los lugareños, al concluir la jornada de rodaje, su cumpleaños en compañía de
su marido, Víctor Manuel, en el bar de la localidad, La Covacha. También
paseaba sus calles y cantaba jotas Alfredo Landa en Un curita cañón (Luis María Delgado, 1974). Sin olvidar las
históricas, The Promise (Terry
George, 2016), con un épico Christiane Bale o la serie El Cid. Por su parte, Alfredo Mayo, convertido ya en galán
trasnochado, trataba de seducir a Mara Cruz, “los ojos más bonitos de España”,
en el policiaco, Cerrado por asesinato (José
L. Gamboa, 1961) y Anthony Quinn (actor admirado por Eleuterio Sánchez, el
popular “Lute”, que aprovechó su presencia en España para saludarlo y conocer
la ciudad) jugaba en la plaza a las canicas con el niño Jorge Sanz, que bebía
los vientos por Paloma Gómez en Valentina
(Antonio José Betancor, 1982), un amor preadolescente de cine que unos años
más tarde se haría realidad.
ESTE ARTÍCULO SE PUBLICO EN EL CULTURAL DEL HERALDO "ARTES & LETRAS"`