CASABLANCA

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FOTO DE GONZALO MONTÓN MUÑOZ

viernes, 13 de enero de 2012

CUENTOS DE CINE PARA LEER CON MÚSICA (IV): "MOON RIVER"


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                  "Río de luna… viejo creador de sueños. Adondequiera que vayas te seguiré."
                                                                           
                            Para Julia, compañera de estudios. Por esas casualidades que tiene la vida.
  
   Cuando descubrí sus ojos verdeazulados de pizpireta adolescente observándome a través de los cristales del escaparate, supe que nuestros destinos terminarían escribiendo una trágica historia de amor en el futuro; fue un flechazo a primera vista. Todos los días pasaba por delante del establecimiento y me miraba con el deseo creciente -placentero en la espera- de quien sabe que no es llegado el momento.
   Pronto, las coletitas color vainilla dieron paso a una larga melena de un rubio oxigenado, y la mochila escolar se convirtió en un pequeño bolso rojo, que hacía girar como las aspas de un molino, mientras masticaba el chicle de su vida a toda velocidad y esperaba en la esquina de la calle a su príncipe azul. Sin darnos cuenta, su aspecto saludable de limón fresco se transformó en una elegante y extremada delgadez. Cuando se paraba a mirarme y bajaba hasta la punta de su respingona nariz las gafas de sol, podía observar unas tremendas ojeras enmarcando sus ojos transparentes como agua de lluvia, realzando, más si cabe, la luminosidad calida y viva de su mirada. 
   Un buen día, se presentó vestida como una estrella de cine clásico, con su pelo y su arrogancia de gata salvaje recogidos en un moño alto que coronaba su rostro  transido de tristeza contenida, tarareaba una canción  -tal vez “Moon River”- , sacó de su bolso una polvera y guiándose con su espejito, se repasó los labios, se coloreó las mejillas, se marcó los bordes de los ojos y se sombreó de azul los párpados. Finalmente, le dio una leve patadita a un gatito que la acompañaba y se dispuso a entrar en la tienda.
   Todo sucedió con gran rapidez. Empuñando una pequeña pistola apuntó al dependiente y lo conminó a liberarme de mi prisión de cristal. Nuestras miradas se cruzaron por un instante y pude disfrutar de su trágica belleza terminal. Precipitadamente salió huyendo a la calle, entre sus manos anhelantes me sentí más ligero, como si el cálido viento de verano, que agitaba el toldo de la joyería, hubiera soplado dentro de mí, sentí su pulso en mi cuerpo y un tibio placer de gozo me inundó antes de salir volando por los aires y diseminarme en mil cuentas al estrellarme contra el asfalto cuando un taxi a toda velocidad la arrolló al cruzar la avenida. En su cara de ángel vi el último fotograma de toda una vida de cine que nunca fue. Ella y yo, su fiel amigo, su río de luna, buscábamos lo mismo, el final del arco iris.

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