La presentación en Teruel fue todo un éxito. Gracias a todos los amigos que tuvieron la amabilidad de acompañarnos, al Instituto de Estudios Turolenses y a su director, Nacho Escuín. También, como siempre, gracias al Museo de Teruel por ceder su coqueta sala. Agradezco, cómo no, al público presente y a las improvisadas fotógrafas, Elena Salvador y Chelo García:
domingo, 16 de enero de 2022
¿SUEÑAN LOS POETAS CON VERSOS ELÉCTRICOS?
O EL TIRO DE GRACIA (Y MOSTEO).
José Luis
Gracia Mosteo es un diesel de la literatura, un escritor tan heterodoxo como inclasificable,
un francotirador de las letras con una insólita puntería, puede matar al palomo
a metros de distancia, disparara
quemarropa sobre su propio perro de caza o darse un tiro en el pie sin decir
oxte ni moxte.
Lo ha
trabajado todo o casi todo: la crítica literaria, el ensayo, la novela y, de
manera especial, la poesía. Me atrevería a decir que es un poeta novelista, un
crítico poeta y un ensayista poético, vamos, que por encima de todo es un poeta,
un poeta y un provocador, pertinaz lector de los malditos -ergo le gusta el
malditismo-, hace méritos diarios para formar parte de su nómina y toda su obra
en conjunto lo avala, pero son tarjetas de presentación inmejorables para
merecer un lugar destacado entre ellos en el Parnaso sus poemarios, Blues de los bajos fondos (2009), Romancero negro (2017) y La pierna ortopédica de Rimbaud (2018).
Como su
extravagante inspector Barraqueta, una suerte de José Luis Torrente aragonés,
pero más humano y somarda, protagonista de sus novelas negras, El asesino de Zaragoza (2001) y El rock de la dulce Jane (2005), José
Luis –Gracia, no Torrente- lee poesía en el excusado, donde gusta de unir
“panteísmo y cultura” cada vez que el recto le pide “una oportunidad a la paz”,
y solo cuando es buena la pasa al salón o a la alcoba. Fruto de estas lecturas
de toda una vida, pues todos somos sabedores que es de obligado cumplimiento
para la salud el obrar diariamente, es su erudición poética en general y su
conocimiento de la poesía contemporánea en particular, y como consecuencia de
esa conjunción de vaciado físico y llenado espiritual, en un ejercicio de
decantación y síntesis espectacular, escribe su último ensayo, ¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La
estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI, que él mismo define como
“una cata de poetas vivos con sus obras más representativas; un termómetro para
medir la temperatura de la poesía en el tránsito del XX al XXI…”
Como podrán
intuir por lo escrito hasta aquí, tres son las características fundamentales de
la escritura de Gracia Mosteo: ironía, que en ocasiones deviene en sarcasmo o
humor somarda, ese fluorhídrico tan aragonés, tan corrosivo, con retranca y sin perfil
definido; presencia omnipresente de la metaliteratura y, por último, uso de una
prosa lírica y muy cuidada sea cual sea el género que practique, asentada
siempre en sólidos cimientos que se fundamentan en su amor por la poesía, la
precisión y belleza en el uso del lenguaje y unos profundos conocimientos
literarios, que presenta con brillantez, inteligencia y sin afectación alguna,
ahora bien, con la autoridad de quien ha leído y escrito poesía toda su vida.
José Luis no
quiere cansar al lector con un manual al uso, sabe, siguiendo el aforismo
gracianesco, que “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco,
no tan malo” y en apenas 150 páginas, trufadas de vivencias personales y
anécdotas desopilantes, presenta sin miedo y sin pelos en la lengua la
evolución de la poesía en el siglo XXI. No se encoge ante los grandes nombres,
saca la fusta y atiza a diestro y siniestro: ¿es toda la poesía de Alberti
digna de pasar a la historia? ¿Es Luis García Montero un gran poeta? ¿Están los
poemas de los críticos poetas, caso de José Luis García Martín a la altura de
sus propias críticas? ¿Quiénes son los poetas raros en estos tiempos rarunos?
¿Y los clásicos, y los posmodernos, y los nuevos realistas, y los extraviados…? ¿Son los instapoetas
realmente poetas? Como él mismo señala, le gusta “humanizar los mitos. Bajarlos
del pedestal y largarles un puntapié a ver qué hay debajo de la escayola”.
En este
sentido, para dejar las cosas claras, nada más comenzar su ensayo, se
autorretrata con precisa sinceridad y se declara “un ácrata civilizado que no
soporta la autoridad pero que ha tenido que moderarse para que, en su viaje
profesional de profesor a escritor, pasando por crítico literario, pudiera
sobrevivir; ha tenido la precaución de dejar las cerillas en casa para evitar
tentaciones, algo que ha cambiado al llegar a la edad provecta, de modo que,
cuando glosa un libro, prefiere el humo de la hoguera al incienso.” Así, por
poner algún ejemplo,a José Luis García
Martín, sin temblarle el pulso, lo describirá como “… un intocable en su
púlpito de director de la revista literaria Clarín;
un profesor que ha fustigado la mala literatura cual Pat Garrett literario que
donde pone la crítica pone el tiro; un miembro del jurado del Premio Príncipe
de Asturias que, si te atreves a desafiarle, te puede condenar a Príncipe de
Beckelar, o sea, de las galletas, menos mal que uno prefiere el pan tostado.”
Pero no todo
son varapalos, también hay amor, emoción y profunda admiración por muchos de
ellos, con retratos poéticos hermosos y acertados: “Luis Alberto de Cuenca es
un conservador civilizado […] el Cary Grant de la poesía que hubiera querido
ser John Wayne si hubiera nacido en el campo; un hombre de bien que sabe cantar
con brillantez: Vir bonus, dicendi peritus; un sir Lancelot du Lac con
bolígrafo en lugar de con espada; la reencarnación de Meleagro, pero con
corbata…”. A Luis Antonio de Villena lo define como “esteticista y amoral, pero
también galante y delicado… dignísimo discípulo de Constantino Cavafis; un
epígono de Calímaco y la poesía helenística; un tataranieto de Catulo; alguien
que vive y canta con distinción; un poeta rehén de sus apetencias; un escritor
erudito con aires de noble tronado; un autor urbano refinado; una víctima más
de la belleza…escritor que sueña con ser el nuevo Óscar Wilde.”
Presenta críticas
elogiosas: “Antón Castro ha escrito un poemario tan clásico como posmoderno; un
libro al que solo le sobran cuatro líneas para ser redondo. Antón Castro no me
ha invitado nunca a café, pero lo prefiero pues me permite mantener la libertad
de apuñalarle con el papel si escribe mal. No ha compartido nunca mantel
conmigo, pero lo prefiero pues su literatura me revela a un escritor delicado
al que se le pueden confiar los secretos más graves. No me ha invitado nunca a
beber, pero no puedo evitar decir que es una gran voz, aunque la amortigüen los
poetas que avillanan la literatura de hoy. Antón Castro ha escrito un libro
titulado Vino del mar que embriaga de
poesía al lector, por lo que voy a guardar las cerillas.” Incluso dedica
encendidos homenajes de admiración a escritores como Alfredo Castellón, Ángel Guinda o José Luis Melero, ese “Sherlock
Holmes de la literatura”, ese “minero literario al que solo le falta el candil
y la mula, mientras va cantando de covacha en covacha con un saco colgado al
hombro al que va echando los libros y las vidas que lee…”
El ensayo
concluye, a modo de epílogo, con las siete plagas “mosteicas” –al final son
diez- de la poesía actual, analiza con poética brillantez los peligros de las
redes sociales (“son la manzana de Eva… un vomitorio donde descargan sus
pulsiones; un ring donde bajan la guardia; un foro donde los más veteranos se degradan;
un patio de vecinos que nunca visitaría Borges –tan contenido como
perfeccionista-, pero sí Neruda, -tan torrencial como impetuoso-; si hay un
sitio tan peligroso en poesía, se llama Facebook, pero también Twiter e
Instagram, vallas de marketing gratuito pero trampa mortal para los
impulsivos.”)
La verdadera
crítica, la auténtica, agoniza o puede que haya muerto hace ya algún tiempo
(“Las verdades de la vida. Alterar la evolución de un sistema orgánico es fatal”,
apostillo citando del excelente film de Ridley Scott basado en el relato de
Philip K. Dick al que alude el título de este ensayo de este cazador de
replicantes poéticos que es Gracia Mosteo) Este es un libro valiente (“Es toda
una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo”), con
buena prosa y conocimiento de causa (“Yo... he visto cosas que vosotros no
creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar
en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se
perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”), se
esté o no de acuerdo con sus afirmaciones -cáusticas, aceradas, vitriólicas...-
hemos de reconocer que hacía falta, no dejará indiferente a nadie y tal vez
despierte muchas conciencias críticas. No olvidemos que José Luis Gracia Mosteo
ha venido para traer la paz al mundo (“Nuestro lema es: más humanos que los
humanos.”).
¿Sueñan los poetas con versos eléctricos? La
estrafalaria evolución de la poesía del XX al XXI es un ensayo tan
arriesgado como ameno, es un estudio para convenir o disentir, para tirarle
tomates a su autor o invitarlo a café, pero de lo que estamos seguros es que lo
leerán de un tirón. Nosotros, por nuestra parte, lo invitaremos a un vaso de bon vino, como pedía el bueno de
Gonzalo de Berceo por su trabajo, en la confianza de no merecer por esta reseña
el famoso tiro de Gracia (y Mosteo) del dardo de su palabra con el que ya
amenaza en una inminente publicación futura.
Aquí un anticipo del contenido de mi libro sobre Elvira de Hidalgo. Espero que os guste.
"De Hidalgo no fue una
maestra al uso, enseñaba empíricamente desde sus propias habilidades
interiorizadas desde niña cuando fue educada en la técnica del bel canto por el maestro Melchor Vidal y
puestas en práctica como prima donna
con las últimas grandes voces de esa escuela, Bonci, Battistini, Navarrini…, pero
también con las mejores de los nuevos gustos veristas, empezando por el gran
Caruso y siguiendo por los inigualables Ruffo o Chaliapin. Por eso sus grandes logros solo se produjeron cuando tenía
delante estudiantes con un excepcional talento natural, capaces de reproducir miméticamente,
por imitación, su forma de entender e interpretar el canto: Constantino
Ego, Giorgio Kokolios-Bardy, Silvana Bocchino, Zoe Vlachopoulos, Ana María Iriarte, María Dolores Ripollés,
Lluís Andreu, María Uriz y… claro está, Maria Callas.
De Hidalgo no se limitó
a educar su voz, le explicó también la importancia de la puesta en escena y la
necesidad de dotar de sentido artístico y dramático a los personajes; a ser
elegante, dentro y fuera del escenario (“Una diva, además de cantar e
interpretar, tiene que ser una diosa en la vida cotidiana”), la puso en manos
de su hermano Luis y de Biki Milán para que la convirtieran en la Audrey
Hepburn de la ópera, en la mujer más elegante del año 57 y, lo más importante,
como reconocería la Callas, no solo les enseñó a cantar, “sino a que cantáramos
mejor que nadie. Esa es la diferencia entre buenos profesores y grandes
profesores: los buenos profesores sacan el máximo partido de las capacidades de
un alumno: los grandes profesores son capaces de prever sus metas. Elvira de
Hidalgo vio que yo cantaría mejor Bellini y Donizetti, en parte porque su
música me atraía. Así que me orientó hacia ellos”.
Llegó incluso a ser su consejera
sentimental y se lo advirtió: “Ese hombre no te conviene, come la ensalada con
las manos”, pero el corazón no atiende a razones... Y la nave va, se arrojaron sus cenizas al Egeo dejando tras de sí una
estela de polvo de estrellas y una rosa con su nombre florece todas las
primaveras en el Parque Bagatelle de
París."
martes, 7 de diciembre de 2021
MAYÉUTICA LITERARIA
La buena literatura cose con
precisión de cirujano y sutil hilo de seda forma y contenido, en el fondo son
una misma cosa, un mismo cuerpo. Esto lo saben bien y lo sudan con desvelos mil
los buenos escritores y traductores, es el caso, en su doble condición, de José
Giménez Corbatón, autor de una obra rigurosa dotada de una voz muy personal,
cuya última colección de relatos, La seda
del tiempo, supone un resumen esencial de su trayectoria narrativa y de su
particular concepción de la escritura, sustentada sobre tres pilares básicos: prosa
limpia y depurada, compromiso ético-político y referencias constantes a los
grandes maestros de las letras universales, que convierten sus narraciones en
juegos o enseñanzas socráticas metaliterarias un tanto exigentes con el lector.
Abre la compilación una nouvelle sobre la Guerra Civil, “La sola
verdad”, narrada por una polifonía de voces, Adela, Nuria, Isaac, Paloma… y
Rafael, una suerte de Jhonny -el
protagonista de la novela de Dalton Trumbo y posterior película- mutilado de
guerra tras resultar herido en combate quien, como el resto de personajes,
sufre en sus propias carnes su brutalidad y nos confiesa con toda crudeza esa
“sola verdad” que define al hombre con una única palabra: Guerra, y con ella
nuestro verdadero destino final: nacer en la muerte, tema este recurrente en la
escritura de Giménez Corbatón, entendida como esa luz al final del camino, ese
dejar de ser para ser en el no ser. Heidegger en estado puro.
En “Carmela y el río”, nos
reencontramos con la devastada posguerra rural presente en los magníficos
relatos de El fragor del agua, en
este caso se denuncia la represión de una joven maestra vocacional desde niña,
ambientada en un territorio innominado que bien pudiera ser su mítico Crespol,
donde el río y sus aguas cobran todos sus valores simbólicos y las
descripciones de la naturaleza alcanzan un intenso lirismo. La prosa de Jiménez
Corbatón dice más por lo que sugiere que por lo que muestra explícitamente, la
elipsis, utilizada de forma magistral, condensa en pocas páginas una historia
que bien podría dar lugar a toda una novela.
Con el telón de fondo de la guerra
civil española, encontramos las tan dolorosas como divertidas anécdotas que un
abuelo exiliado recuerda para su nieto en “Rojo”, y los niños que crecieron sin
padre en “Hijos del pueblo”.
En “Retrato de familia” describe la
frustración de un marido desnortado y desclasado por las ínfulas de su mujer y
las consecuencias que ese influjo maternotiene en una hija peligrosamente fanatizada.
En “Meursault” nos abisma en su
particular metaliteratura y nos presenta el episodio en el que el protagonista
de la novela de Camus, El extranjero,
lee el recorte de prensa que daría origen unos años después a su drama, El malentendido, de esta forma, comienza a requerir del lector
lecturas previas (las referencias a escritores y a sus obras son constantes:
Balzac, Tolstoi, Némirovsky, etc.) para comprender las reflexiones que en forma
de monólogo-diálogo entabla Marta, la hija protagonista de la obra de teatro,
con aquel, encarcelado en espera de su ejecución, para hablar de la condición
humana, Dios, el amor, la justicia, la libertad, la pena de muerte, la soledad…
filosofía existencialista en suma, y crear un juego de espejos entre literatura
y vida que va a mantener en otros relatos como “Sombra de ojos”, proyección
actualizada de las difíciles relaciones entre madre e hija planteadas por Irène
Némirovsky en su novela, El baile, o
“Dora”, donde Corbatón ayuda a Patrick Modiano a reconstruir lo que fue de Dora
Bruder antes de su fin en Auschwitz, haciendo suya su particular poética en la
que la ficción y la realidad de la Ocupación se encuentran en una suerte de
simbiosis narrativa cuyo resultado es poder contar hechos reales, sirviéndose
de la imaginación para llenar los vacíos del pasado y convertirse en testigos
no presenciales que luchan contra el olvido de la ignominia de los campos de
exterminio.
En esa misma línea de denuncia del
fanatismo y la intolerancia se encuentran “Un triste adiós”, homenaje al
escritor Hugo Bettauer, asesinado tras publicar La ciudad sin judíos, una sátira -fábula premonitoria- del
antisemitismo, y “El lago”, relato que toma prestado un personaje de la novela
anterior, un joven poeta judío, para presentar los pensamientos previos a su
suicidio.
En el titulado “Eve”, utiliza una
cita de Adán y Eva, de
Charles-Ferdinand Ramuz, para exponer con crítica ironía el patriarcado actual
de nuestra sociedad, la sumisión de la mujer al hombre, impuestos por una
iglesia pervertida e hipócrita.
En “El club blanc”, la narradora
encuentra una carta de su abuela dirigida a la enigmática y huidiza escritora
catalana, Elvira Augusta Lewi, que le sirve para crear una mise en
abîme tan de su gusto y reivindicar la necesaria igualdad de la mujer (¡Qué
importancia tienen las mujeres en la escritura de Giménez Corbatón! ¡Qué conocimiento
manifiesta en estas celebraciones feministas de su psicología!)
La atractiva impostura, falsamente atribuida
al Gran Jefe Seattle, “Nosotros somos parte de la tierra”, la utiliza como
arranque del relato “Tierra y agua”, contundente crítica del supremacismo
blanco y radical afirmación de la igualdad de las razas.
El simbólico título, La seda del tiempo,anticipa otros muchos presentes en los
relatos y se convierte en el eje vertebral que los engarza, esa seda que bien
podría interpretarse como lo sutil del hilo de nuestras vidas, la nada del
tiempo de nuestra existencia, camino de la verdadera nada eterna que nos
espera, como la que anhela la protagonista de “Alas”, trasunto de la del relato
de Mercè Rodoreda “Semblava de seda”. Pero esa seda es también la suavidad del
lirismo de la prosa de Giménez Corbatón, esa fina tela con la que envuelve temas
y convicciones éticas, la característica fundamental de su escritura, con la
que transciende lo efímero de la realidad para dotarla de inmortalidad
literaria.
José Giménez
Corbatón, La seda del tiempo,
Zaragoza, Prames, 2021.
Raquel Esteban, amiga y directora gerente de la Fundación Bodas de Isabel, me dedicó estas emotivas y sentidas palabras en la presentación de mi libro en el Centro Aragonés del Puerto de Sagunto, a cuya directiva agradezco la invitación, de manera especial a su presidenta, Ángela. Como dijo MacArthur: "Volveré".
Queridos amigos:
Siento mucho no poder estar hoy con todos vosotros. En
primer lugar por tener que acompañar de una forma demasiado virtual a mi
admirado y querido Juan Villalba, y por otro, no poder compartir este espacio
con tantos amigos, ahora que nos han “soltado”y podríamos casi, casi, abrazarnos.
En cuanto recibí la propuesta de esta presentación, y temiendo
(como así ha ocurrido) no poder hacerla de forma presencial, me afané en
prepararla para tenerla lista en cuanto llegara el momento.
Y aquí estamos.
Agradezco la presencia de todos y agradezco especialmente
a Angela quien me dijo en su momento, que si yo no podía venir, prestaría su voz
para mis palabras. Merci beaucoup, Ángela.
Ganamos mucho con esto, pues voy a sonar con un acento
interesante y encantador.
Juan Villalba es una de esas piezas clave en al sociedad turolense.
Amable y sencillo, con una cabeza muy bien amueblada, es uno de nuestros
intelectuales más brillantes. Pero tiene un valor añadido: es una persona activa
y colaboradora, capaz de pasar de las teorías y del mundo mental a la acción,
incluso a lo folclórico y farandulero, sin perder nunca su elegante compostura.
No me veis, pero me estoy sonriendo ahora mismo,
recordando una sesión de fotos en la que Juan era nada más y nada menos que Azagra,
el pretendiente, y en esa escena ya marido de Isabel de Segura (la Amante de
Teruel).
Inmortalizábamos el momento en que Diego había entrado a hurtadillas
en la alcoba de los recién casados para pedir a Isabel ese beso que, por no
recibirlo, le llevaría a la muerte, allí mismo, a los pies de la cama.
Esta escena forma parte de una exposición que, con toda probabilidad,
llegará a este Centro antes de fin de año. Os reto a que encontréis a Juan,
nuestro escritor de hoy, en una de las fotos. Como pista, sabed que lleva una
crespina blanca, está en camisón, y parece que “ronca”.
Pero vayamos al tema que nos ocupa.
Me gustaría saber cuántos de los aquí presentes habéis
estado alguna vez en Teruel, levantad la mano por favor.
Pues resulta que hay tantos terueles como manos levantadas.
Además, para cada uno de vosotros Teruel es una cosa distinta. Puede ser el
Torico (porque os costó encontrarlo), o el rico jamón de aquel restaurante, el
olor a historia debajo de las torres mudéjares, un atardecer, la rejería
modernista,el eco de los lugares donde
estuvieron vuestros abuelos y familiares, o la ciudad transformada en las Bodas
de Isabel. Tantos terueles como experiencias sobre él.
Entiendo que los que no habéis levantado la mano no habéis
estado allí, pero seguro que cada uno se ha hecho una idea según lo que le han
contado, ha leído o escuchado. O sea, otros tantos terueles ¡Qué lío, qué
montón!
Pues bien, llega Juan Villalba y escribe un libro
magnífico que nos hace modificar yenriquecer lo que creíamos conocer sobre esa ciudad.
Yo diría que más que un libro al uso, es una guía. Es un
cuaderno de viaje que nos invita a recorrer Teruel, a descubrirlo y entenderlo
de otra manera. Cada rincón, cada piedra, cada elemento ha sido vivido, leído,
interpretado o contado por muchas personas a lo largo de la historia:
periodistas, fotógrafos, cronistas, poetas y músicos han vivido la ciudad y la
han reinterpretado, concediendo un valor añadido a cada uno de sus elementos.
A partir de ahora, no habrá otraforma mejor para pasearlo y comprenderlo, que
teniendo como libro de cabecera la otra dimensión de Teruel.
Juan reúne en forma de crisol diferentes épocas y
elementos. Desde el frío de la guerra civil, pasando por hechos históricos y
legendarios que tienen que ver con la fundación de la ciudad; reyes, héroes y
heroínas de la Edad Media; el Renacimiento en forma de fuentes y acueductos; las
preciosas huellas de la época modernista y tantas producciones contemporáneas
que dan hondura y valor a nuestra ciudad. Reúne todo eso y lo ordena en forma de
rutas y recorridos por Teruel.
Os va a sorprender la erudición de Juan, y tanto o más la
cantidad de personajes que han escrito, vivido y enriquecido nuestra ciudad con
su huella en uno u otro soporte. Españoles y extranjeros, algunos de renombre,
otros más modestos… circulan por las páginas decenas de personas, de nombres
que ciertamente dan otra dimensión a esta ciudad.
De la mano de Juan paseamos y entendemos cada ruta desde
un nuevo punto de vista. Un nuevo Teruel se abre ante nuestros ojos. Incluso
para mí, que he nacido, vivido y soñado en estas calles y plazas, me presenta
una nueva ciudad frente a la que creía conocer.
No voy a dar aquí más que un par de ejemplos que me han
hecho gracia (él ya desvelará luego lo que quiera) al recorrer sus páginas.
Habla, por ejemplo, de la puerta al ascensor que conecta
la estación de tren con el Óvalo. Él cree ver allí un episodio del mundo de Harry
Potter, a mí siempre me ha parecido la entrada a un templo egipcio.
Otro detalle que viene al caso, ya que estamos en este
Centro Aragonés que asume como parte de su identidad la Jota aragonesa. Juan se
entretiene en una época gloriosa de la ciudad, la Modernista, cuando a a
principios del siglo XX, Domingo Gascón reúne en un cancionero decenas de
versos sobre los Amantes de Teruel. Parte de ese cancionero fue llevado a
escena algo antes de la pandemia, en el teatro Marín de Teruel, en un precioso
espectáculo con orquesta/rondalla, bailadores y cantadores denominado “El
Tercer Amante”. Fue dirigido por vuestro/nuestro César Rubio, tan vinculado a
este Centro,y con él aprendimos nuevas
cosas sobre la Jota, a través de las coplas que compusieron los mejores
escritores del país a principios del siglo XX.
La lectura del libro ha cambiado mi Teruel. He empezado a
diseñar mis paseos de siempre desde otra dimensión, ayudada por la guía que Juan
propone. Y a menudo me acompaña un regalo que el autor nos hace al final del
libro. Se trata de una serenata con aire jotero que siempre me emociona.
Compuesta por los hermanos Martínez Garcés, es una de las cosas
más bonitas que he escuchado y que trasmite con mirada propia, la contemplación
de mi ciudad.
“Trajo la aurora su color, y el beso cálido del sol
la despertaba.
Junto a la torre de San Martín que se asomaba, yo la
vi, de una ventana.
Tras su mirada, se fue mi vida y mi razón.
La ciudad de los Amantes
cautivó mi corazón”.
Gracias Juan.
(Me gustaría mucho que sonara este tema cuando acabe el
acto, si fuera posible, y os parece bien)
Leer
a Juan Villalba siempre resulta didáctico y ameno. Seguramente ahí radica el
aprecio -casi devoción- que le profesan sus alumnos y, sobre todo, exalumnos en
los que el paso del tiempo ha ido depurando los sentimientos y, una vez
liberados de la presión de los exámenes y la evaluación de conocimientos,
pueden reconocer con objetividad el poso de sus enseñanzas. A pesar de estos
antecedentes, reconozco que me acerqué a su último trabajo con ciertas
reticencias, derivadas de la propia introducción del libro donde se presenta
como el resultado de “un encargo para elaborar una especie de guía de Teruel”.
La pregunta suspicaz resultaba inevitable: ¿Qué puede tener de novedoso o
sorprendente un libro sobre la ciudad para alguien nacido y afincado en la
misma, prácticamente a lo largo de toda su vida?
El
error nacía del hecho de prejuzgar la obra como una guía turística al uso,
sospechosa de ser una recopilación más de lugares y edificios emblemáticos, en
los que la breve introducción histórica y su correspondiente descripción
artística, vendrían acompañadas de alguna anécdota curiosa que pudiese llamar
la atención al lector para distinguirla entre las decenas de catedrales,
palacios y museos que, inevitablemente, terminarán mezclándose y confundiéndose
en la abarrotada memoria del viajero. Si a esta aventurada sospecha le añadimos
unas dosis de vanidad autóctona, nacida de la convicción de que poco o nada nos
queda por saber de nuestros escenarios cotidianos, quedan justificadas mis precauciones
a la hora de callejear por sus páginas.
El
libro, estructurado en una serie de paseos por la ciudad protagonizados por un
viajero ficticio, inusualmente bien informado, y su guía, que servirá de apoyo
para el intercambio de opiniones o la confrontación de versiones históricas, se
abre con una referencia a los típicos tópicos turolenses, en la que a los
clásicos del frío, la Guerra Civil y los Amantes, añade el eslogan “Teruel
existe”, última incorporación al imaginario colectivo sobre nuestra provincia
más allá de nuestras fronteras. Son precisamente las razones de esta
existencia, a lo largo del tiempo y en todos los ámbitos, las que se van
desgranando en los itinerarios de cinco paseos en los que el origen y el
destino pasan de ser una ruta prefijada para convertirse en la excusa que
permita hablar al autor, por boca de su viajero, de los acontecimientos y los
personajes que han intervenido en los sucesivos cambios de la fisonomía de la
ciudad hasta transformarla en la que hoy conocemos.
Estos
recorridos no son solo un desplazamiento en el espacio sino, sobre todo, por la
memoria. Los conocimientos y recuerdos del viajero y su guía callejean también,
de forma improvisada y aleatoria, pasando de un tema a otro con la naturalidad
de una conversación entre amigos, en la que vamos descubriendo el modo en que
la solución a necesidades primordiales, como la traída de aguas o la expansión
del casco urbano más allá de sus murallas, han condicionado la organización de
las calles, la distribución del comercio y los servicios o la ubicación de los
monumentos.La mirada del viajero se
detiene, evidentemente, en el colorido y la filigrana mudéjar junto a la
enrevesada forja modernista, pero también se fija en atractivos más humildes y
minoritarios como oscuros zaguanes escondidos en las calles de la judería,
escudos nobiliarios sobre los dinteles de las puertas, curiosos mosaicos en el
suelo confeccionados con fragmentos de losas funerarias o un novedoso museo a
cielo abierto compuesto por las pinturas murales de artistas contemporáneos.
Valga este ejemplo de eclecticismo artístico para poner de manifiesto la
insólita y amplia mirada que Juan Villalba despliega sobre la ciudad.
La
nomenclatura de las calles por las que transita, los usos de los edificios que
encuentra a su paso, o las construcciones que los precedieron le sirven también
para rescatar del olvido a personajes destacados de otros tiempos. Un profesor
filantrópico como el Maestro Fabregat, el clérigo diletante representado por el
Deán Buj, el antipapa Clemente VIII sucesor del Papa Lunao héroes de guerra como el Comandante Fortea
son, para el turolense actual, nombres que designar lugares y pocos podrían
explicar los motivos que les hicieron merecedores de tal reconocimiento. Frente
a la paradoja de estos renombrados anónimos, encontramos a otros
indisolublemente unidos a la ciudad de Teruel. El Tenor Marín, Yagüe de Salas,
Gabriel Yoly, Carlos Castel, Segundo de Chomón, Pierres Vedel, Pablo Monguió o
José Torán son algunos de los personajes más citados en las páginas de este
libro.
Pero
el autor no se conforma con dar su particular visión de Teruel, sino que
también indaga en la huella que dejó su paso por la ciudad en visitantes
ilustres y que ha quedado recogida en novelas como Un millón de muertos de José María Gironella, o Lejos de Veracruz de Enrique Vila-Matas
y en películas como Torrepartida de
Pedro Lazaga, o ¡Jo, papá! de Jaime
de Armiñan, por citar algunos ejemplos nacionales, puesto que más allá de
nuestras fronteras, los textos de Hemingway ylas fotografías de Robert Capa, como reporteros de guerra, el filme Sierra de Teruel de André Malraux,
combatiente voluntario en Teruel con las Brigadas Internacionales, y los poemas
del hispanista Archer Milton Huntington, divulgador de la historia de los
Amantes en Estados Unidos, han servido para divulgar por el resto del mundo el
encanto de este enclave de arcillas viejas y pobres, de Mansuetos que se abren
como carne joven en la tierra vieja, germen de las cuatro
torres de arcilla aupadaa las que
cantara Labordeta.
Esta
visión panorámica de la ciudad, formulada como una larga divagación que no
responde a cronologías ni temáticas, sino que va deslizándose por los recovecos
de la memoria, pasando de puntillas por lo obvio y recreándose en los aspectos
más pintorescos y menos conocidos, terminan por poner en evidencia la falta de
conocimientos sobre nuestro entorno cotidiano, configurando una obra
difícilmente clasificable dentro del género en el que inicialmente era
presentada. Teruel se nos muestra desde la “otra dimensión” a la que hace
referencia en su título y que resulta ser, en definitiva, la suma de todas las
dimensiones posibles: sin grandilocuencias, pero a su vez, sin ningún complejo.-
Juan
Villalba Sebastián. Teruel, otra
dimensión, Zaragoza, Pregunta Ediciones, 2020